Bitácora de Sergi Bellver: noviembre 2009

23/11/09

Fallo del IX Premio de Relato mínimo Diomedea.

Para la novena edición del Diomedea llegaron 86 textos desde siete países. Enhorabuena al ganador y al finalista —en singular, ya que en esta edición el jurado ha decidido declarar desierta una de las dos plazas habituales para los finalistas—.
Recordad que desde el pasado lunes ya está abierta la convocatoria para el X Premio de Relato mínimo Diomedea, con el que esta iniciativa cumplirá los dos años de vida y, muy probablemente, verá también su final. Gracias a todos aquellos que continúan colaborando de manera desinteresada en leer, valorar y después difundir estos textos, que es lo que aquí nos importa.


Fallo del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del IX Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «El niño y la guerra»
Autor: Jesús Esnaola Moraza
Donostiarra de nacimiento, reside en l'Hospitalet del Llobregat (Barcelona).
Bitácora: El Dr. Frankenstein, supongo

Obtiene el libro de relatos Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009), por gentileza de la editorial.


EL NIÑO Y LA GUERRA



EL SARGENTO ROMERO ENTRÓ EN LA CASA acompañado por dos de sus hombres. En el interior encontraron a la que debía de ser la abuela del chico.
—¿Dónde está su nieto, abuela? Lo necesitamos.
La abuela miró tranquila a los soldados y les indicó con la mano unas sillas, para que se sentaran, a la vez que respondía que el niño no estaba en casa.
El chico era conocido en todo el pueblo como elchicoquesabíadóndecaeríanlasbombas. Nadie sabía por qué, pero no era difícil imaginarlo.
La vieja intentaba ser atenta con los soldados pero estaba muy fatigada y, a veces, daba pequeños cabezazos y se le cerraban los ojos. Romero decidió ignorarla e hizo señas a sus hombres para que miraran en las habitaciones.
Un minuto más tarde los dos volvían sin haber encontrado al chico pero no hizo falta que se lo dijeran al sargento porque éste ya había oído el silbido de la bomba que la vieja estaba esperando y el niño había previsto hacía ya un rato.
«El niño y la guerra» es propiedad de © Jesús Esnaola Moraza 2009.


Cuento ganador del IX Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «De relojes y hombres»
Autor: Pedro Peinado Galisteo
Reside en Madrid.


Obtiene un lote con tres libros de relatos: Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009); Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008) y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.


DE RELOJES Y HOMBRES



—LE DIGO QUE ATRASA, ¿no lo ve? —el hombre da golpecitos en la esfera molesto porque el relojero, absorto en el vientre de un reloj de cuco, no le escucha.
—¿Pero aún sigue ahí? Mire, no sé lo que pretende, ya le he dicho veinte mil veces que su reloj funciona, ¿comprende lo que le digo, amigo
El hombre sale de la tienda y asiste a la formación, consolidación y desvanecimiento de una típica niebla de septiembre. Mientras la noche avanza veloz, cruza la calle en dirección a la relojería de enfrente. Una fugaz sensación de mareo no le deja disfrutar del amanecer.
Ya es mediodía cuando entra en el establecimiento. Con sus frenéticos relojes a cuestas, la cambiante clientela le impide alcanzar el mostrador. Uno de los dependientes, adelantándose a sus palabras, le va diciendo con la cabeza que no.
«De relojes y hombres» es propiedad de © Pedro Peinado Galisteo 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea
VIII Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

22/11/09

Para meditación de todos los que echaremos de menos páginas como "El síndrome Chéjov" y "Masacre en los jardines".

Nota a 1/1/2010:

Cuarenta días después de su "despedida", hoy regresa El Síndrome Chéjov. Como me parece una buena noticia en general (para el cuento), me reservo mi opinión particular acerca de este curioso efecto Guadiana.


Sigue la entrada original:

***

Copio el comentario que ayer dejé en El síndrome Chéjov y que no ha sido aprobado, por el motivo que sea, me da igual ya a estas alturas, pero que me sirve para arrancar una reflexión sobre "el estado del cuento" con el que tanto nos estamos llenando todos la boca de un tiempo a esta parte.

"A pesar de nuestro desencuentro, me entristece leer esto.

Quiero dejar por escrito que tu despedida me parece una mala noticia para el cuento, para la crítica y para la red. Espero que sea una buena noticia para tu vida personal y para tu escritura.

Lo mejor que se me ocurre decir ahora es 'gracias' por todo lo bueno (mucho), que siempre termino por olvidar lo malo y que a tu pregunta, sí, Miguel Ángel, 'El Síndrome Chéjov' valió la pena."


Suscribo punto por punto mi comentario, me reafirmo en él y me parece una noticia realmente triste. Pienso que algo está pasando cuando cierran páginas como la de Miguel Ángel Muñoz o la colectiva Masacre en los jardines, donde por desgracia tampoco puedo dejar (ni yo, ni nadie, en este caso) mi comentario de despedida.

Lo único que me gustaría cuestionar es el derecho que nos atribuimos casi todos al hablar (otros, los más listos, callan siempre) de cainismo, de cobardía, de "trepismo" y ambición, de sumas y de restas, y las pocas veces que nos mojamos en sentido contrario. Me hace hasta gracia cómo señalamos siempre los pecados y jamás los pecadores. A mí ya se me han cerrado unas cuantas puertas; ya no me saludan ciertos autores con la efusividad de antaño o, sencillamente, dejan de hablarme o de participar con la pasión inicial en esta bitácora (por suerte, hay numerosas y significativas excepciones, incluso unos cuantos "ilustres" que me leen "en la intimidad"); algunos editores han dejado de enviarme sus novedades (curiosamente, justo ahora, otros tantos toman en serio mi trabajo y empiezan a hacerme llegar sus libros); a unos cuantos autores no les parece suficientemente "moderada" mi política a lo The New Yorker de no hablar de los libros de cuentos que no me convencen o me parecen totalmente fallidos como apuesta literaria (si llego a hacerlo, tendría que mirar a mis espaldas en callejones solitarios, por lo menos), o la de The literary suplement, al ponerle los "peros" que hagan falta a cualquier buen libro, si los encuentro como crítico, equivocado o no, pero sincero con mis lectores, a quienes deseo siempre contagiar lo que un servidor, humildemente, considere como buena literatura. Equivocado o no, insisto, pero ofreciendo argumentos a los lectores, esa masa crítica despreciada a menudo por el Mercado, tratada como clientes a quienes vender un producto (y un libro lo es, pero tampoco lo podemos equiparar a una percha o a una crema de manos, señores) y no como seres pensantes que deciden, por suerte, con qué autores repetirán, qué motos dejarán de comprar y qué gato devolverán por liebre y por libro tras cada lectura.

En una palabra, ya tengo enemigos. Y no creo que eso se deba a mi supuesta "conflictividad" (para algunos, lo que tiene gracia, porque jamás me he dedicado, como otros, a destripar públicamente a nadie ni a sus libros), sino al bajísimo nivel de tolerancia que muchos tienen ante la crítica. Se quejan muchos de la falta de debate en el cuento, de la sempiterna cantinela de la visibilidad y de las ventas, y cuando alguien plantea dudas a la calidad literaria de un texto, el desierto en vez de la tertulia, la espalda en vez del argumento. Cuando alguien ha criticado mi trabajo o mis ideas he sido el primero en escuchar, en tomar nota y en debatir, siempre (hasta con algún anónimo, sin merecerlo). Cuando he podido hablar con ciertos autores y editores (y aquí me encantaría dar nombres, pero no quiero que luego me acusen de adulador, lo que sería el colmo) de su trabajo y le he puesto pegas en algún caso, por fortuna han actuado del mismo modo, debatiendo, posicionándose siempre con argumentos, tomando nota y cuestionándose las cosas, en vez de defender a ciegas lo indefendible. Es en esa clase de autores y de editores, humildes y grandes, inteligentes y atentos, en los que todavía tengo fe, si pienso en el presente y el futuro del cuento.

Luego, estudien sus reacciones, señoras y señores, escritoras y escritores, editoras y editores, críticas y críticos, lectoras y lectores, mediten acerca de su predisposición a la crítica disidente y después hablamos de sumas y de restas en el cuento. El verdadero daño se lo está haciendo todo el que trata el cuento como si fuera un cachorro desvalido que no aceptara el debate, al que hubiera que llevar entre algodones y perdonarle las caquitas en el rincón. Como si novela o poesía fueran ejemplares adultos que pudieran corretear libres y el cuento una criatura débil sobre la que extender un manto de tibieza, con lo que me cuestiono la madurez del género en España, incompleta aún, visto lo visto. Me gustaría invitar a cualquier persona a repasar mis críticas, reseñas, debates y comentarios sobre libros de cuentos del último año y medio, para que encontrara una sola opinión no argumentada sobre premisas literarias, un solo insulto, una sola boutade malintencionada. Tampoco censuré jamás las opiniones ajenas, salvo cuando contenían esos insultos o esas boutades dañinas, sobre todo hacia terceros que no se podían defender aquí o que preferían no "bajar a este antro a mancharse las botas". Así pues, el cainismo, la cobardía, el "trepismo" y la ambición, las sumas, las restas y otras operaciones matemáticas del ego (¿acaso no suma en el cuento, como expresión artística, y en cualquier otra actividad creativa e ideológica una crítica no adocenada, valiente y argumentada, siempre que se haga con respeto?), tienen mucho más que ver, me temo, con la subjetividad interesada (todo el mundo es íntegro y ecuánime hasta que le ponen pegas, imagino) y con una españolísima hipocresía, que con una realidad objetiva. ¿Qué queremos decir al hablar de "sumas"? ¿Sumar en el mercado editorial o sumar en el cuento como expresión literaria, humana, viva?

Para algunas cosas, os aseguro de veras que me hubiera gustado nacer anglosajón. Ah, España. Bienvenidos sean los portazos en las narices, los desaires en las reuniones y los silencios condicionados (incluyo los de aquellos que en privado me hacen saber que están de acuerdo con ciertas cosas, pero que temen "que sus amigos o sus editores les relacionen con ciertas expresiones disidentes"). Si algunos quieren una crítica tibia y aplaciente, lo siento, pero que no cuenten conmigo. "Nosotros siempre reseñamos bien los libros, nos gusten o no, es nuestra politica" (sic), me dijeron una vez. Ésa sí es una buena suma en el mercado editorial, desde luego (risas, música, abrazos, serpentinas al encontrarse), pero una resta peligrosa en el cuento como manifestación artística y en el acerbo acervo cultural de este país, de nuestra lengua, de una literatura que quisiéramos adulta. No llevo adelante este espacio para sacar libros gratis (ya me los compraré cuando me interesen, descuiden, ahórrense los envíos a medios) ni supedito mi actividad como crítico a que un editor me acaricie el lomo y me publique el día de mañana como autor. Si cualquier editor de los llamados independientes publica o veta autores por razones no literarias, tal vez se haya equivocado de profesión. Bueno, de profesión no, si es un buen comercial. De vocación, entonces.

Más de una vez quisieron convencerme de que jugara al ajedrez. "Si quieres estar en el mundillo, publicar y esas cosas, has de callar lo que piensas y estudiar cada jugada en función de tus intereses" (sic). Todavía tratan de convencerme de eso de vez en cuando y seguro que piensan que soy idiota cada vez que razono mi oposición a esa estrategia. Ahora mismo sé que hay escritores y editores leyendo esto y pensando al tiempo que soy idiota. Pero si un día consiguieran "convencerme" los ajedrecistas, ya no tendría sentido un espacio como este. Ya no habría resquicio para lo que me planteo como posible alternativa en la crítica, a través de la llana exposición de lo que uno piensa, equivocado o no. Callaría y cosecharía frutos, me enrocaría, sería el puto Karpov del cuento. Pero no voy a cerrar mi bitácora, no pienso llorar cuando siga coleccionando enemigos y portazos. Asumo el alto precio, lo pago y sigo arando el yermo, que algo habrá bajo el polvo y la roca. Aunque sólo fuera por poder mirarme al espejo cada mañana, seguiré aquí, como un insignificante grano en el culo del mundillo para muchos, como una voz distinta para unos pocos, echando de menos otras voces que ahora callan, como las de El síndrome Chéjov y Masacre en los jardines.

Ah, España. ¿Y si emigro a Gibraltar? For God's sake!

16/11/09

Convocatoria del X Premio de Relato mínimo Diomedea.

Estamos de celebración, ya que se cumplen dos años de la primera convocatoria del Diomedea, allá por noviembre de 2007. Gracias a todos los participantes y colaboradores que durante todo ese tiempo han hecho posible que esta iniciativa siga viva y a día de hoy continúe contagiando las ganas de compartir buenos textos.
Debido a las vacaciones navideñas y, sobre todo, a diversos compromisos (editoriales, docentes, personales y "viajeros") que me tendrán más ocupado de lo ya habitual durante casi todo el mes de enero, de nuevo el Diomedea amplia en un mes el plazo de admisión de relatos. Así pues, en esta décima convocatoria tendréis tres meses para escribir vuestro relato. Alcanzamos las diez ediciones y, como he dicho, el premio Diomedea cumple dos años de vida. Dos años, muchos textos de calidad, algunas polémicas, unos cuantos amigos nuevos y, lo más importante, un montón de bitácoras interesantes descubiertas y muchos autores que han podido llegar a otros lectores. Ese es el logro del que realmente podrá presumir el Diomedea en febrero de 2010. Llegará entonces el momento de hacer balance, de agradecerle algunas cosas a ciertas personas y de, tal vez, plantearse el final de esta iniciativa. Voy a dejar esa decisión para febrero, ya que va a depender mucho de mi disponibilidad y de mis circunstancias en esas fechas, para poder seguir llevando adelante o no este premio, con todo lo que conlleva (tiempo y dedicación, sobre todo). Por lo tanto, lo de la undécima edición queda en suspenso y me refiero a ella en condicional en el punto 5 de las nuevas bases. Veremos qué pasa en febrero.

Recordad que el fallo de la novena edición se publicará a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 23 de noviembre de 2009. Cualquier relato que haya sido entregado después de las 14 horas (en zona GMT +1.00) del día de hoy, 16 de noviembre, pasará de manera automática a participar en la décima edición del certamen. Han llegados todos, que nadie tema, el correo de registro se ha retrasado un poco por saturación del administrador, nada más.




Bases del X Premio de Relato mínimo Diomedea:


1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 16 de noviembre de 2009 queda abierta la convocatoria para el X Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y ganadores de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, siempre y cuando concursen con nuevos trabajos.

2. Los relatos se presentarán en castellano y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el X Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría durante la semana en la que valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas [1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 15 de febrero de 2010. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarían de manera automática a participar en el XI Premio de Relato mínimo Diomedea, en caso de que se llegara a convocar, lo que se anunciará con la debida antelación.

6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos y escritores reconocidos, así como por profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 22 de febrero de 2010, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos y obliga a indicar autoría y fuente.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados [2].

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner facilitado por el administrador, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «X Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de anteriores y sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial [3].

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

[1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
[2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
[3] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea
VIII Premio de Relato mínimo Diomedea

15/11/09

Nevsky Prospects en Tres rosas amarillas.

"Me llena de orgullo y de satisfacción" dar noticia de la presentación de los dos primeros libros de la nueva editorial especializada en literatura rusa Nevsky Prospects, que tendrá lugar en la santa librería del cuento Tres rosas amarillas, el próximo día 18, miércoles, a las 20.30 horas.

El acto contará con las intervenciones de Marjorie Eljach, directora de la Semana Gótica de Madrid, que comentará la antología Rusia Gótica, y de un tal Sergi Bellver, que hablará acerca de Historias de Belkin, de A. S. Pushkin. Además, disfrutaremos de la interpretacion de la actriz de teatro Virginia Méndez, que realizará la lectura dramatizada de uno de los cuentos. Al terminar (trataremos de hacer algo ameno y poco sesudo), podremos comparar el lambrusco de José Luis con algún que otro vino post-soviético.

Un fuerte abrazo a todos y espero veros por allí, en nuestra guarida del cuento y, por primera vez, al otro lado de la mesa.
Nevsky Prospects en Tres rosas amarillas
(pinchad en la invitación para verla a tamaño real)

7/11/09

Literatura de viajes (I):
Javier Reverte y los bloggers.

El pasado lunes, día 2 de noviembre, y gracias a una iniciativa de la empresa Addoor, pude asistir en la sede de Hotel Kafka a una charla que impartía el conocido escritor y viajero (siempre por ese orden, pues no concibe viaje que no haya de desembocar en palabras) Javier Reverte. Con el escritor y crítico Juan Soto Ivars como maestro de ceremonias, nos reunimos en el salón de Hotel Kafka un buen puñado de viajeros, de escritores y de bloggers (en ese orden, al menos, en mi caso).

Javier Reverte y Juan Soto Ivars (Addor) en Hotel Kafka. Foto: © José Miguel Redondo
© José Miguel Redondo

Una vez más, la experiencia me demuestra que lo presencial y lo virtual no pueden ser mundos aparte, y que uno y otro se alimentan, ya que a menudo la red es la única manera de establecer contacto con viajeros y escritores de otras latitudes, pero también en reuniones, cara a cara y entre vinos, como la que Addoor propició el pasado lunes en Madrid, los bloggers que nos dedicamos, entre otras cosas, al viaje y a la literatura de viajes, pudimos establecer contacto entre nosotros. Y un dato que refuerza esta impresión mía de que lo virtual no abarca todas sus posibilidades sin el apoyo de la relación personal y la cercanía, por eventual que esta sea, es que todas las páginas de los asistentes tienen un número importante de visitas en su haber y sin embargo, prácticamente ninguno de estos viajeros y escritores conocía la labor de los demás compañeros.

Tampoco sabíamos de otras iniciativas y posibilidades para la literatura de viajes y para cuando llega el momento de lanzarse otra vez al camino. Yo tomé buena nota de unas cuantas, más como viajero que como escritor, pues llevo demasiado tiempo enfrascado en mil proyectos literarios y en el dique seco, alejado de la vida nómada. Así, supe de la realidad de muchos de esos destinos en mi agenda de pendientes, ya que varios de los compañeros acababan de regresar de ellos. Rusia, sin ir más lejos, fue uno de esos destinos comentados, un territorio vasto y complejo, que uno tiene entre sus sueños migratorios... Siberia, Kamchatka, el Baikal, los Urales, los montes Altai, las grandes ciudades del Oeste, lugares tan físicos como sugerentes en el imaginario de todo viajero.

Descubrimos también amigos comunes (como Santos, de la librería Deviaje en la madrileña calle Serrano, jaima insólita para los nómadas y sede de una de las tertulias más veteranas de la capital) y hablamos de todos aquellos lugares que ya no volverán a ser, como Zanzíbar, o de la España que antaño era tan "exótica" como hoy puedan serlo África o China, si nos conformamos con el tópico (por eso pongo la frase en cuarentena). Hablamos también (abrió fuego Reverte) del poco predicamento que la literatura de viajes tuvo hasta hace bien poco en nuestro país, de la valentía y del buen ojo de editores como Mario Muchnik y hasta del modo en el que una narración de viajes puede ser estructurada y matizada para que cobre entidad como proyecto literario. Hablamos de Conrad y de Gide, por supuesto. De todos esos grandes escritores que cultivaron el género, como Stendhal, Miller, Andersen, Flaubert, Pushkin... para reflexión de quienes infravaloran la dimensión literaria del viaje narrado.

En lo que a mí se refiere, pude aportar a mis compañeros algunos datos que desconocían, más relacionados con lo literario que con lo viajero (excepto al referirme a Trourist, otra original iniciativa que, para mi sorpresa, no conocían mis compañeros), como digo, dado mi sedentarismo forzado de los últimos años. Premios literarios como el Eurostars Hotels, cuya quinta edición se llevó el periodista Paco Nadal; premios desparecidos como el Grandes Viajeros, por dejadez o por mala praxis, quién sabe; cursos de literatura de viajes como el que yo mismo preparé para la Escuela de Escritores (pronto un presencial, tres meses mano a mano con Isabel Calvo y con un cierre de lujo: Jordi Carrión) pero también los que figuran en el programa de otras escuelas y talleres; o noticias de editoriales (pocas, por desgracia, como por ejemplo Altaïr) donde cabe la literatura de viajes, aunque los jóvenes que llegan con nuevas ideas y que viajan por un mundo cada vez más uniformado lo siguen teniendo difícil para publicar, para impactar, para mirar de un modo distinto la realidad, algo que están consiguiendo muy pocos autores del género.

El pasado lunes en Madrid compartimos experiencias viajeras y aprendimos, una vez más, de la humildad y de la cercanía del maestro Javier Reverte (una condición que ya pude descubrir en Almería, en el pasado LILEC'09), de sus estrategias literarias a la hora de enfrentar el viaje y de sus cuitas viajeras cuando toma notas (siempre a mano, siempre en vivo) para sus libros.

Detallo a continuación la lista de páginas (por orden alfabético) que llevan adelante todos estos nómadas irreductibles (y os invito a descubrir otras, saltando de enlace en enlace) a quienes pude conocer el lunes, para todo aquél que esté interesado en los viajes, en la literatura de viajes y en el intercambio de experiencias e información relativa a este apasionante modo de vida, que lo es.

  1. Aines en ruta
  2. Alrededor del mundo con una mochila
  3. A Salto de Mata
  4. Cumplir un sueño
  5. Desde Saigón
  6. Diarios de un fotógrafo de viajes
  7. Edu y Eri Viajes
  8. El rincón de Sele
  9. Expatriada
  10. Intentando recorrer el mundo
  11. Miss Viajes
  12. Vagamundos
  13. Viaje al atardecer

1/11/09

¿Qué cuento, mañana?

Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.

GEORGE ORWELL, 1984



Pienso en voz alta. Bajad el volumen o cambiad de canal si os apetece; es lo bueno de una bitácora: es gratis y con un clic ya estás fuera, ya estoy fuera. Pienso en voz alta. Hace tiempo que preparo varias antologías de relatos. Es mi manera de saciar un deseo casi febril de editar libros de calidad sin esperar a disponer de una editorial propia, una realidad que todavía tardará unos años en cobrar forma para poder abordar con garantías mi idea concreta de lo que puede llegar a ser la edición independiente. El pasado 20 de octubre, en la charla que ofrecí sobre este tema junto a Jordi Corominas en la biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona (el próximo día 11, miércoles, hablaré del relato contemporáneo en la Jaume Fuster), y entre otras muchas cuestiones más importantes, hice una fugaz referencia a una figura que podríamos definir como editor freelance, es decir, un editor que trabaja por su cuenta y riesgo en un proyecto concreto y lo presenta a un sello editorial ya establecido. Este editor libre sería, sobre todo, un productor de ideas y contenidos que luego trataría de contagiar, con todo el buen criterio y el entusiasmo de los que fuera capaz, a un posible editor final del libro. Es evidente que, por muy buena que sea la idea desde un punto de vista literario, por muy trabajados que estén los contenidos y por muy fuerte que empujara ese entusiasmo, la decisión del editor final siempre dependerá de otros condicionantes lógicos, como la rentabilidad comercial, la adecuación del proyecto a sus colecciones y los compromisos previos de su programa. Además, si se me apura, queda un componente subjetivo, nada desdeñable, que puede terminar de definir el sí o el no. Hay editores a quienes no les gustan las antologías o los cuentos, sin más, otros editores que se dejan guiar demasiado por las firmas y aún los hay que, simplemente, toman decisiones por otros motivos, a menudo extraliterarios. Así pues, cuando ese editor freelance presenta un proyecto ha de estar preparado para cualquier tipo de respuesta y aceptar que no basta con el criterio literario, que el mundo editorial no deja de ser un negocio en el que muchos editores comprometen su esfuerzo, su tiempo y su capital, y que en ese negocio no dejan de participar personas que toman decisiones, a veces equivocadas y a veces acertadas, bajo premisas que tal vez se le escapan al impulsor original de ese proyecto. A veces, más allá de la rentabilidad y del criterio literario, el deseo de un editor no coincide con el de otro y no hay más. Si, por ejemplo, el editor freelance está pensando en una antología de nuevos escritores egipcios y el editor final da una negativa por respuesta porque ha decidido publicar una antología de relatos sobre escarabajos peloteros subsaharianos, no hay que echarse las manos a la cabeza, sino seguir adelante y buscar otro editor, menos miope, más audaz o, simplemente, más interesado en la literatura egipcia que en la fauna del Alto Nilo.

De esas antologías que tengo entre manos, alguna es más que probable que termine durmiendo el sueño de los justos, porque su naturaleza implica un volumen de trabajo considerable y su publicación tendría un dudoso interés para la mayoría de editores desde el punto de vista comercial. Los autores noveles, a priori, no son un buen negocio. Sucede algo parecido con otro proyecto en el que me he embarcado hace unos meses y que coordino junto a otra persona, aunque en este caso hay algunos nombres conocidos en la lista y el tema de fondo es literariamente muy atractivo, pero de nuevo los editores parecen torcer el gesto cuando uno quiere apostar por escritores jóvenes.

Mis otros tres proyectos son, si cabe, todavía más ambiciosos (y hablo siempre desde una perspectiva literaria, y no sólo porque en estos las firmas sean ya de cierto peso específico en el mundo editorial, si nos ponemos a hablar su idioma). Una de estas tres antologías tiene una temática muy definida, aunque desborde las orillas de varios géneros literarios, y en estos momentos su borrador se encuentra en manos de unos editores de quienes valoro mucho su trayectoria, a la espera de una respuesta que me lleve a volcarme con ellos o a seguir llamando a otras puertas. Las otras dos antologías, que llevan más tiempo gestándose en mi cabeza, en unos cuantos folios de apuntes y en muchas horas de lectura y de estudio, tenían su espacio reservado para esa editorial futurible que todavía espero montar algún día. Sin embargo, se han cruzado en mi camino cuatro editoriales independientes que poseen el perfil perfecto para su publicación y he decidido ofrecerles mis ideas a estos sellos, dos de los cuales, por el momento, las han acogido con cierto entusiasmo y se han adelantado en mis preferencias, aunque fuera por mera complicidad. En fin, con un poco de suerte es posible que 2010 sea un año de muchas sorpresas y unas cuantas buenas noticias para el cuento, para los cuentistas, para este hiperactivo Bellver y, sobre todo, para los lectores.

Pero, ¿a santo de qué comento todo esto hoy, aquí y, sobre todo, así? Bien, el caso es que de todos estos proyectos voy a sacar un partido que no tiene nada que ver con lo económico. Por las condiciones que propongo y negocio con varias editoriales, mi remuneración será más bien testimonial, así que la satisfacción va por otros derroteros. Primero, como es lógico, un editor se hace editando y todo esto me aporta experiencia, algo de currículum, unos cuantos contactos y más ideas para el futuro. Segundo, y aunque también hay malos ratos, sinsabores y decepciones, me divierto muchísimo trabajando en todo esto, me apasiona saber que de alguna manera dará fruto un día y que un puñado de autores y yo habremos sido capaces de llevar a buen puerto este barco, aunque a veces naufraguemos. Pero, sobre todo, lo que saco de todos estos proyectos y de todo este caudal de ilusión tiene que ver con lo literario y me sigue formando como escritor, como lector y como crítico sui géneris. Gracias a las horas de lectura y selección de relatos inéditos y publicados, de revisión y estudio de textos críticos y teóricos previos, de un arduo trabajo de reflexión y escritura en los diferentes prólogos y del trato directo con escritores y editores de todo tipo, mi perspectiva sobre el cuento se amplía, mis conocimientos abarcan propuestas y experiencias que antaño me pasaron desapercibidas y mi noción de lo que es, puede ser y debería ser el relato contemporáneo va afianzándose en sus principios fundamentales pero va cobrando también nuevos matices y abriéndose a un cuestionamiento inevitable, que me devuelve a cierto punto de partida.

¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Qué derivas, qué inercias, qué caminos trillados y qué nuevos rumbos está tomando el cuento hoy en día? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? Ciñámonos, por tratar un marco asumible, a lo que se está publicando en los últimos años en España. ¿Qué títulos o qué autores están trabajando de veras una renovación del cuento? ¿Hay espacio para propuestas diferentes, aunque estas insistan en vías ya de sobra recorridas por la narrativa española reciente? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de afinidad y apetencia de los autores y lectores? ¿Todo lo que publican las editoriales obedece sólo a cuestiones de sus departamentos comerciales o todavía hay editores irreductibles que apuestan por la literatura a cualquier precio? ¿Existen de veras las editoriales independientes, independientes del mercado, quiero decir? ¿No es eso una quimera, un absurdo? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Se practica ese ejercicio de equilibrio? ¿La crítica mantiene su papel de preceptora autónoma o se ha rendido a la ley de la compensación y los vasos comunicantes? ¿Hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿Pueden o deben dedicarse a la crítica literaria aquellos autores que también participan o anhelan participar en el mercado editorial? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada, no viciada por otras aspiraciones? ¿Debiera especificarse un criterio universal como mínimo común divisor para señalar lo que tiene o no calidad literaria y lo que puede o no renovar los discursos del cuento? ¿A quién le corresponde esa tarea? ¿Y los autores, no debieran ser los primeros críticos de sí mismos, lejos de la autocomplacencia? Permitidme esta actitud tan poco asertiva, tan inquisitiva, pero no quiero sentar cátedra sobre un asunto que, desde luego, acepta múltiples miradas. Simplemente, me preocupa que el cuento no esté hoy lloviendo sobre mojado. El cuento, mañana, vendrá de estas lluvias, y depende de todas las partes (autores, editores, críticos y lectores) que los lodos no ahoguen la capacidad del relato breve para cuestionar lo real, su vocación de maravilla y estremecimiento, esa naturaleza que un buen día atrapó al lector y le hizo ver que la vida era posible entre palabras.

Se está escribiendo mucho cuento en España y, a veces, se está escribiendo incluso buen cuento, desde un punto de vista formal. Cuando se ha dicho, y lo hemos dicho muchos, que el cuento comienza a gozar de buena salud en este país, uno ha interpretado que ya va siendo hora de abandonar el discurso de la queja, que si el cuento no tiene más presencia en los medios tal vez sea porque los medios tradicionales están demasiado condicionados por las inercias habituales del mercado editorial, que al cuento no le hace falta parecerse a otra cosa, y que, si bien poco a poco va ganando su espacio, tal vez su hábitat natural sea siempre periférico, como, no nos engañemos, le sucede a menudo a toda buena literatura. Pretender ocupar el cauce principal con el cuento es nadar contra la corriente. Ahora bien, de un tiempo a esta parte observo con una tibia preocupación que esa buena salud del cuento español se está quedando en la superficie. Porque sí, se publican cada vez más libros de relatos, y algunos incluso ganan cierta visibilidad, a través de importantes premios, a veces en algunos medios y de vez en cuando en las mesas de las librerías. Pero he de retomar mis dudas, he de volver a preguntarme y a preguntaros en voz alta si no estamos desactivando entre todos el potencial socavador y vivo del cuento en aras de la literatura de entretenimiento, de las mismas estrategias de producción y consumo que algunos cuentistas dicen despreciar, del placebo para todos y ninguna herida por la que respire una literatura nueva.

No venga nadie a darme la palmadita en la espalda ni a hablarme de pureza o de partidas de ajedrez. Sé muy bien cómo funciona este mundo, conozco sus reglas y soy lo suficientemente humano (es decir, contradictorio) como para desear sacar adelante mis proyectos, ahora como editor, pronto como escritor. Pero, sobre todo como lector, y como lector de cuentos en particular, creo que estamos ante un momento clave y delicado, al menos en el ámbito hispano. Supongo que es lícita la voluntad de todo escritor (como la mía propia) de hacer carrera, de vivir de la escritura si los planetas se alinearan, de dedicarse a lo que a uno le gusta sin tener que prostituir demasiadas horas en cualquier otra actividad profesional. En fin, escribimos, y nos apetece que alguien lea un día nuestro trabajo y nos pase de vez en cuando la mano por el lomo. Somos humanos. No hay nada malo en todo ello. Ahora bien, esa buena salud del cuento podría asentarse en un estado mucho más profundo de las cosas, para que el diagnóstico asegurara un cuento vivo el día de mañana. De lo contrario, si todo lo que anotamos como saludable en el cuento tiene que ver con la cantidad de títulos publicados, con la incidencia de estos en los medios o con la omnipresencia de algunos cuentistas, el futuro del cuento incuba el virus del tedio.

Pienso en voz alta. Escribo a vuelapluma. Creo que cada vez más escribo para los lectores, y no para el gremio, no para los demás escritores, no por la aprobación de nadie. Este espacio es sólo un cuaderno, un balcón abierto, una tertulia por turnos. Demonios, sólo es una bitácora, pero me basta para cuestionarme todo esto, para preguntarme y preguntaros si de veras el cuento goza de buena salud desde un punto de vista literario y creativo. Porque no lo sé, de veras, ya no estoy seguro. Cuanto más leo, cuanto más investigo, cuanto más estudio, cuantos más talleres imparto (con todo lo bueno y lo malo que tiene la escritura en un taller), cuantos más libros nuevos de relatos llegan a mi buzón (y cuando no hablo de ellos, no significa sólo que no me gusten, pues no todos los que omito están mal escritos, pero me desconciertan y no sé cómo abordar su crítica sin cuestionarme el futuro del cuento, si es que esos libros se quieren hacer pasar como buenos o, peor aún, como nuevos), cuanto más leo, edito y escribo, más me pregunto qué caminos le quedan al cuento para no morir de demasiada buena salud, para no atascarse en estos lodos, para poder llover con fuerza otra vez sobre aquél lector al que un día maravilló y le hizo temblar, con las manos abiertas y heridas, como recibe un niño la vida.

Insisto. ¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Puede un libro formalmente bien escrito, como De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, aportar algo nuevo si en 2009 trabaja premisas y modos de los clásicos orientales, de Borges o de los románticos ingleses? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? ¿Nos hemos quedado en Tizón, Zapata, G. Navarro y Monzó como los últimos grandes bisontes blancos que hicieron algo de veras nuevo en el cuento? ¿Tiene sentido escribir Con la soga al cuello, de Flavia Company, si ya se ha hecho tantas veces antes y si la redacción austera y literal no se entiende como otra forma de exceso estético, de postura retórica, al fin? ¿Qué títulos o qué autores están trabajando entonces una renovación del cuento? ¿No son más viejas que el tebeo las propuestas de Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem, gran tipo, o de Materia prima, de Francesc Serés, tipo listo? ¿Acaso da igual que no pretendan la novedad? ¿No es el propio título de Quédate donde estás, de Miguel Ángel Muñoz, una broma involuntaria y toda una declaración de principios que inhabilita cualquier riesgo literario, como luego sucede en sus cuentos? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de subjetividad, afinidad y apetencia de autores y lectores? ¿Tienen el realismo castellano en La marca de Creta, de Oscar Esquivias o el neorrealismo generacional en Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari, su cuota fija de lectores, su nuevo público objetivo? ¿Lo saben las editoriales? ¿Quedan o no editores irreductibles que apuesten por la literatura a cualquier precio? ¿Qué es literatura de riesgo (y me cuestiono a mí mismo): la fría audacia conceptual de Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra; la demasiada perfección técnica de Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando; el trabajo demorado de Como una historia de terror, de Jon Bilbao; la sutil crueldad de La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; el chiste sostenido de España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki o la deriva estética de La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira? ¿Arriesgar qué? ¿Por qué se acepta desde hace años como bueno el cuento encajado con precisión de relojero, si el cuento es una criatura viva e impredecible, si después de desmontar y volver a montar su mecanismo siempre quedaría una pieza fuera, prodigiosamente inútil? ¿Por qué Calcedo o Merino tienen más predicamento que Panero? ¿Por qué no se aprecia hoy en día el valor de una grieta, de una fisura, de un espacio de penumbra en el cuento? ¿Por qué tantos editores sólo quieren cuentos narrativos, que se entiendan, claritos y con buena letra? ¿Rechazarían un original de Kafka o de Beckett en 2009, si fuera firmado por un novel que no entiende cómo funciona este mundo editorial? ¿Por qué ya nadie lee otras capas por debajo de la primera lectura, por qué ya no hay discurso latente más allá de lo explícito? ¿Por qué esta adoración de la forma, del becerro de oro, y tan poco espíritu de búsqueda? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Qué libro habrá vendido más ejemplares, después de todo, El trabajo os hará libres, de Espido Freire; Manderley en venta, de Patricia Esteban Erlés; Oficios, de Juan Carlos Márquez; El deseo de ser alguien en la vida, de Fernando Cañero; Submáquina, de Esther García Llovet; Carne, de Eider Rodríguez; Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón; Estancos del Chiado, de Fernando Clemot; Órbita, de Miguel Serrano Larraz; Los objetos nos llaman, de Juan José Millás…? ¿Significaría algo, realmente, que el peor libro fuera el más vendido y el mejor un desconocido, o todo lo contrario? ¿Después de todo, qué libros de cuentos, o qué relatos, siquiera, recordará la gente dentro de cinco o diez años? ¿No iba de eso, la literatura, de rasgar para perdurar?

En definitiva, la gran pregunta regresa: ¿hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿No estaba justo aquí, en las bitácoras, en las revistas digitales, en cualquier página en la que escribiera la gente por amor al arte y sin rendirle cuentas a nadie? ¿No nos vamos a cargar entre todos ese espacio alternativo bailándole el agua al mercado, a las editoriales en las que querremos publicar un día nuestros cuentecitos, a los autores que nos hacen un poco de caso, a los lectores que comulgan con ruedas de molino? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada? ¿Por qué parece siempre que en este país de letras hay que jugarse el tipo, el futuro y la agenda si uno quiere decir de veras lo que piensa? ¿Y qué dicen los lectores? ¿Qué dicen los lectores, qué piensan de todo esto, qué les pasa por la cabeza cuando tienen un libro en la mano, una reseña delante, un autor en la sala? ¿Lee la gente en realidad, y de la poca que lee, cuánta lee bien? ¿Quién educa al lector, si medios, editores y autores son parte interesada, si el lector es para ellos un cliente? ¿Y ese lector que lee mucho y lee bien, de veras lee cuento? ¿Le importa a alguien, todo esto? ¿Y si al final dan lo mismo la búsqueda o el arte y un escritor escribe porque es lo que cree que sabe hacer, y un editor edita porque es lo que quiere hacer, y juntos lo venden, y unos lo compran y otros no, y no hay más, y eso del compromiso literario es un camelo? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Qué será del cuento, mañana?