Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.
GEORGE ORWELL, 1984
Pienso en voz alta. Bajad el volumen o cambiad de canal si os apetece; es lo bueno de una bitácora: es gratis y con un clic ya estás fuera, ya estoy fuera. Pienso en voz alta. Hace tiempo que preparo varias antologías de relatos. Es mi manera de saciar un deseo casi febril de editar libros de calidad sin esperar a disponer de una editorial propia, una realidad que todavía tardará unos años en cobrar forma para poder abordar con garantías mi idea concreta de lo que puede llegar a ser la edición independiente. El pasado 20 de octubre, en la charla que ofrecí sobre este tema junto a Jordi Corominas en la biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona (el próximo día 11, miércoles, hablaré del relato contemporáneo en la Jaume Fuster), y entre otras muchas cuestiones más importantes, hice una fugaz referencia a una figura que podríamos definir como editor
freelance, es decir, un editor que trabaja por su cuenta y riesgo en un proyecto concreto y lo presenta a un sello editorial ya establecido. Este editor libre sería, sobre todo, un productor de ideas y contenidos que luego trataría de
contagiar, con todo el buen criterio y el entusiasmo de los que fuera capaz, a un posible editor final del libro. Es evidente que, por muy buena que sea la idea desde un punto de vista literario, por muy trabajados que estén los contenidos y por muy fuerte que empujara ese entusiasmo, la decisión del editor final siempre dependerá de otros condicionantes lógicos, como la rentabilidad comercial, la adecuación del proyecto a sus colecciones y los compromisos previos de su programa. Además, si se me apura, queda un componente subjetivo, nada desdeñable, que puede terminar de definir el sí o el no. Hay editores a quienes no les gustan las antologías o los cuentos, sin más, otros editores que se dejan guiar demasiado por las firmas y aún los hay que, simplemente, toman decisiones por otros motivos, a menudo extraliterarios. Así pues, cuando ese editor
freelance presenta un proyecto ha de estar preparado para cualquier tipo de respuesta y aceptar que no basta con el criterio literario, que el mundo editorial no deja de ser un negocio en el que muchos editores comprometen su esfuerzo, su tiempo y su capital, y que en ese negocio no dejan de participar personas que toman decisiones, a veces equivocadas y a veces acertadas, bajo premisas que tal vez se le escapan al impulsor original de ese proyecto. A veces, más allá de la rentabilidad y del criterio literario, el deseo de un editor no coincide con el de otro y no hay más. Si, por ejemplo, el editor
freelance está pensando en una antología de nuevos escritores egipcios y el editor final da una negativa por respuesta porque ha decidido publicar una antología de relatos sobre escarabajos peloteros subsaharianos, no hay que echarse las manos a la cabeza, sino seguir adelante y buscar otro editor, menos miope, más audaz o, simplemente, más interesado en la literatura egipcia que en la fauna del Alto Nilo.
De esas antologías que tengo entre manos, alguna es más que probable que termine durmiendo el sueño de los justos, porque su naturaleza implica un volumen de trabajo considerable y su publicación tendría un dudoso interés para la mayoría de editores desde el punto de vista comercial. Los autores noveles, a priori, no son un buen negocio. Sucede algo parecido con otro proyecto en el que me he embarcado hace unos meses y que coordino junto a otra persona, aunque en este caso hay algunos nombres
conocidos en la lista y el tema de fondo es literariamente muy atractivo, pero de nuevo los editores parecen torcer el gesto cuando uno quiere apostar por escritores jóvenes.
Mis otros tres proyectos son, si cabe, todavía más ambiciosos (y hablo siempre desde una perspectiva literaria, y no sólo porque en estos las firmas sean ya de cierto peso específico en el mundo editorial, si nos ponemos a hablar su idioma). Una de estas tres antologías tiene una temática muy definida, aunque desborde las orillas de varios géneros literarios, y en estos momentos su borrador se encuentra en manos de unos editores de quienes valoro mucho su trayectoria, a la espera de una respuesta que me lleve a volcarme con ellos o a seguir llamando a otras puertas. Las otras dos antologías, que llevan más tiempo gestándose en mi cabeza, en unos cuantos folios de apuntes y en muchas horas de lectura y de estudio, tenían su espacio reservado para esa editorial futurible que todavía espero montar algún día. Sin embargo, se han cruzado en mi camino cuatro editoriales independientes que poseen el perfil perfecto para su publicación y he decidido ofrecerles mis ideas a estos sellos, dos de los cuales, por el momento, las han acogido con cierto entusiasmo y se han adelantado en mis preferencias, aunque fuera por mera complicidad. En fin, con un poco de suerte es posible que 2010 sea un año de muchas sorpresas y unas cuantas buenas noticias para el cuento, para los cuentistas, para este hiperactivo Bellver y, sobre todo, para los lectores.
Pero, ¿a santo de qué comento todo esto hoy, aquí y, sobre todo, así? Bien, el caso es que de todos estos proyectos voy a sacar un partido que no tiene nada que ver con lo económico. Por las condiciones que propongo y negocio con varias editoriales, mi remuneración será más bien testimonial, así que la satisfacción va por otros derroteros. Primero, como es lógico, un editor se hace editando y todo esto me aporta experiencia, algo de currículum, unos cuantos contactos y más ideas para el futuro. Segundo, y aunque también hay malos ratos, sinsabores y decepciones, me divierto muchísimo trabajando en todo esto, me apasiona saber que de alguna manera dará fruto un día y que un puñado de autores y yo habremos sido capaces de llevar a buen puerto este barco, aunque a veces naufraguemos. Pero, sobre todo, lo que saco de todos estos proyectos y de todo este caudal de ilusión tiene que ver con lo literario y me sigue formando como escritor, como lector y como crítico
sui géneris. Gracias a las horas de lectura y selección de relatos inéditos y publicados, de revisión y estudio de textos críticos y teóricos previos, de un arduo trabajo de reflexión y escritura en los diferentes prólogos y del trato directo con escritores y editores de todo tipo, mi perspectiva sobre el cuento se amplía, mis conocimientos abarcan propuestas y experiencias que antaño me pasaron desapercibidas y mi noción de lo que es, puede ser y debería ser el relato contemporáneo va afianzándose en sus principios fundamentales pero va cobrando también nuevos matices y abriéndose a un cuestionamiento inevitable, que me devuelve a cierto punto de partida.
¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Qué derivas, qué inercias, qué caminos trillados y qué nuevos rumbos está tomando el cuento hoy en día? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? Ciñámonos, por tratar un marco asumible, a lo que se está publicando en los últimos años en España. ¿Qué títulos o qué autores están trabajando de veras una renovación del cuento? ¿Hay espacio para propuestas diferentes, aunque estas insistan en vías ya de sobra recorridas por la narrativa española reciente? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de afinidad y apetencia de los autores y lectores? ¿Todo lo que publican las editoriales obedece sólo a cuestiones de sus departamentos comerciales o todavía hay editores irreductibles que apuestan por la literatura a cualquier precio? ¿Existen de veras las editoriales independientes, independientes del mercado, quiero decir? ¿No es eso una quimera, un absurdo? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Se practica ese ejercicio de equilibrio? ¿La crítica mantiene su papel de preceptora autónoma o se ha rendido a la ley de la compensación y los vasos comunicantes? ¿Hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿Pueden o deben dedicarse a la crítica literaria aquellos autores que también participan o anhelan participar en el mercado editorial? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada, no viciada por otras aspiraciones? ¿Debiera especificarse un criterio universal como mínimo común divisor para señalar lo que tiene o no calidad literaria y lo que puede o no renovar los discursos del cuento? ¿A quién le corresponde esa tarea? ¿Y los autores, no debieran ser los primeros críticos de sí mismos, lejos de la autocomplacencia? Permitidme esta actitud tan poco asertiva, tan inquisitiva, pero no quiero sentar cátedra sobre un asunto que, desde luego, acepta múltiples miradas. Simplemente, me preocupa que el cuento no esté hoy lloviendo sobre mojado. El cuento, mañana, vendrá de estas lluvias, y depende de todas las partes (autores, editores, críticos y lectores) que los lodos no ahoguen la capacidad del relato breve para cuestionar lo real, su vocación de maravilla y estremecimiento, esa naturaleza que un buen día atrapó al lector y le hizo ver que la vida era posible entre palabras.
Se está escribiendo mucho cuento en España y, a veces, se está escribiendo incluso buen cuento, desde un punto de vista formal. Cuando se ha dicho, y lo hemos dicho muchos, que el cuento comienza a gozar de buena salud en este país, uno ha interpretado que ya va siendo hora de abandonar el discurso de la queja, que si el cuento no tiene más presencia en los medios tal vez sea porque los medios tradicionales están demasiado condicionados por las inercias habituales del mercado editorial, que al cuento no le hace falta parecerse a otra cosa, y que, si bien poco a poco va ganando su espacio, tal vez su hábitat natural sea siempre periférico, como, no nos engañemos, le sucede a menudo a toda buena literatura. Pretender ocupar el cauce principal con el cuento es nadar contra la corriente. Ahora bien, de un tiempo a esta parte observo con una tibia preocupación que esa buena salud del cuento español se está quedando en la superficie. Porque sí, se publican cada vez más libros de relatos, y algunos incluso ganan cierta visibilidad, a través de importantes premios, a veces en algunos medios y de vez en cuando en las mesas de las librerías. Pero he de retomar mis dudas, he de volver a preguntarme y a preguntaros en voz alta si no estamos desactivando entre todos el potencial socavador y vivo del cuento en aras de la literatura de entretenimiento, de las mismas estrategias de producción y consumo que algunos cuentistas dicen despreciar, del placebo para todos y ninguna herida por la que respire una literatura nueva.
No venga nadie a darme la palmadita en la espalda ni a hablarme de pureza o de partidas de ajedrez. Sé muy bien cómo funciona este mundo, conozco sus reglas y soy lo suficientemente humano (es decir, contradictorio) como para desear sacar adelante mis proyectos, ahora como editor, pronto como escritor. Pero, sobre todo como lector, y como lector de cuentos en particular, creo que estamos ante un momento clave y delicado, al menos en el ámbito hispano. Supongo que es lícita la voluntad de todo escritor (como la mía propia) de hacer carrera, de vivir de la escritura si los planetas se alinearan, de dedicarse a lo que a uno le gusta sin tener que prostituir demasiadas horas en cualquier otra actividad profesional. En fin, escribimos, y nos apetece que alguien lea un día nuestro trabajo y nos pase de vez en cuando la mano por el lomo. Somos humanos. No hay nada malo en todo ello. Ahora bien, esa buena salud del cuento podría asentarse en un estado mucho más profundo de las cosas, para que el diagnóstico asegurara un cuento vivo el día de mañana. De lo contrario, si todo lo que anotamos como saludable en el cuento tiene que ver con la cantidad de títulos publicados, con la incidencia de estos en los medios o con la omnipresencia de algunos cuentistas, el futuro del cuento incuba el virus del tedio.
Pienso en voz alta. Escribo a vuelapluma. Creo que cada vez más escribo para los lectores, y no para el gremio, no para los demás escritores, no por la aprobación de nadie. Este espacio es sólo un cuaderno, un balcón abierto, una tertulia por turnos. Demonios, sólo es una bitácora, pero me basta para cuestionarme todo esto, para preguntarme y preguntaros si de veras el cuento goza de buena salud desde un punto de vista literario y creativo. Porque no lo sé, de veras, ya no estoy seguro. Cuanto más leo, cuanto más investigo, cuanto más estudio, cuantos más talleres imparto (con todo lo bueno y lo malo que tiene la escritura en un taller), cuantos más libros nuevos de relatos llegan a mi buzón (y cuando no hablo de ellos, no significa sólo que no me gusten, pues no todos los que omito están
mal escritos, pero me desconciertan y no sé cómo abordar su crítica sin cuestionarme el futuro del cuento, si es que esos libros se quieren hacer pasar como buenos o, peor aún, como nuevos), cuanto más leo, edito y escribo, más me pregunto qué caminos le quedan al cuento para no morir
de demasiada buena salud, para no atascarse en estos lodos, para poder llover con fuerza otra vez sobre aquél lector al que un día maravilló y le hizo temblar, con las manos abiertas y heridas, como recibe un niño la vida.
Insisto. ¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Puede un libro formalmente bien escrito, como
De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, aportar algo nuevo si en 2009 trabaja premisas y modos de los clásicos orientales, de Borges o de los románticos ingleses? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? ¿Nos hemos quedado en Tizón, Zapata, G. Navarro y Monzó como los últimos grandes bisontes blancos que hicieron algo de veras nuevo en el cuento? ¿Tiene sentido escribir
Con la soga al cuello, de Flavia Company, si ya se ha hecho tantas veces antes y si la redacción austera y literal no se entiende como otra forma de exceso estético, de postura retórica, al fin? ¿Qué títulos o qué autores están trabajando entonces una renovación del cuento? ¿No son más viejas que el tebeo las propuestas de
Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem, gran tipo, o de
Materia prima, de Francesc Serés, tipo listo? ¿Acaso da igual que no pretendan la novedad? ¿No es el propio título de
Quédate donde estás, de Miguel Ángel Muñoz, una broma involuntaria y toda una declaración de principios que inhabilita cualquier riesgo literario, como luego sucede en sus cuentos? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de subjetividad, afinidad y apetencia de autores y lectores? ¿Tienen el realismo castellano en
La marca de Creta, de Oscar Esquivias o el neorrealismo generacional en
Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari, su cuota fija de lectores, su nuevo público objetivo? ¿Lo saben las editoriales? ¿Quedan o no editores irreductibles que apuesten por la literatura a cualquier precio? ¿Qué es literatura de riesgo (y me cuestiono a mí mismo): la fría audacia conceptual de
Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra; la demasiada perfección técnica de
Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando; el trabajo demorado de
Como una historia de terror, de Jon Bilbao; la sutil crueldad de
La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; el chiste sostenido de
España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki o la deriva estética de
La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira? ¿Arriesgar qué? ¿Por qué se acepta desde hace años como
bueno el cuento encajado
con precisión de relojero, si el cuento es una criatura viva e impredecible, si después de desmontar y volver a montar su mecanismo siempre quedaría una pieza fuera, prodigiosamente
inútil? ¿Por qué Calcedo o Merino tienen más predicamento que Panero? ¿Por qué no se aprecia hoy en día el valor de una grieta, de una fisura, de un espacio de penumbra en el cuento? ¿Por qué tantos editores sólo quieren cuentos
narrativos, que se entiendan, claritos y con buena letra? ¿Rechazarían un original de Kafka o de Beckett en 2009, si fuera firmado por un novel
que no entiende cómo funciona este mundo editorial? ¿Por qué ya nadie lee otras capas por debajo de la primera lectura, por qué ya no hay discurso latente más allá de lo explícito? ¿Por qué esta adoración de la forma, del becerro de oro, y tan poco espíritu de búsqueda? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Qué libro habrá vendido más ejemplares, después de todo,
El trabajo os hará libres, de Espido Freire;
Manderley en venta, de Patricia Esteban Erlés;
Oficios, de Juan Carlos Márquez;
El deseo de ser alguien en la vida, de Fernando Cañero;
Submáquina, de Esther García Llovet;
Carne, de Eider Rodríguez;
Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón;
Estancos del Chiado, de Fernando Clemot;
Órbita, de Miguel Serrano Larraz;
Los objetos nos llaman, de Juan José Millás…? ¿Significaría algo, realmente, que el peor libro fuera el más vendido y el mejor un desconocido, o todo lo contrario? ¿Después de todo, qué libros de cuentos, o qué relatos, siquiera, recordará la gente dentro de cinco o diez años? ¿No iba de eso, la literatura, de rasgar para perdurar?
En definitiva, la gran pregunta regresa: ¿hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿No estaba justo aquí, en las bitácoras, en las revistas digitales, en cualquier página en la que escribiera la gente
por amor al arte y sin rendirle cuentas a nadie? ¿No nos vamos a cargar entre todos ese espacio alternativo bailándole el agua al mercado, a las editoriales en las que querremos publicar un día nuestros cuentecitos, a los autores que nos hacen un poco de caso, a los lectores que comulgan con ruedas de molino? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada? ¿Por qué parece siempre que en este país de letras hay que jugarse el tipo, el futuro y la agenda si uno quiere decir de veras lo que piensa? ¿Y qué dicen los lectores? ¿Qué dicen los lectores, qué piensan de todo esto, qué les pasa por la cabeza cuando tienen un libro en la mano, una reseña delante, un autor en la sala? ¿Lee la gente en realidad, y de la poca que lee, cuánta lee bien? ¿Quién educa al lector, si medios, editores y autores son parte interesada, si el lector es para ellos un cliente? ¿Y ese lector que lee mucho y lee bien, de veras lee cuento? ¿Le importa a alguien, todo esto? ¿Y si al final dan lo mismo la búsqueda o el arte y un escritor escribe porque es lo que cree que sabe hacer, y un editor edita porque es lo que quiere hacer, y juntos lo venden, y unos lo compran y otros no, y no hay más, y eso del compromiso literario es un camelo? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Qué será del cuento, mañana?