Bitácora de Sergi Bellver: octubre 2009

31/10/09

Crónicas de un hombre-rana en Barcelona (I).

André Breton: ¿Los objetos de orden mágico tienen posibilidades de inserción en nuestra vida personal?

Juan Eduardo Cirlot: […] Al fin encontré un pedazo de arbusto quemado; con un fervoroso cuidado, lo tomé en mis manos y me lo llevé a mi casa, donde todavía lo conservo. Este «resto de fuego» me dice más de Schönberg que todos los libros y todas las partituras. Es así como llevo mi vida y mis problemas, como todos los hombres, frente a la invisible muralla del destino.

Cirlot en Vallcarca (Alpha Decay, 2008, p. 41-42)


Lunes, 19 de octubre de 2009.


Consigo un billete de última hora en el AVE a Barcelona. Hay algo en todo lo imprevisible que, sin obedecer a la lógica, me hace sentir humano. Tal vez sea la posibilidad de que todo se vaya al garete lo que mantenga mis sentidos alerta y me recuerde que vivir de veras es, sobre todo, improvisar. Tengo el tiempo justo, así que meto algunos libros en la maleta. No son para leer, son regalos para los viejos y los nuevos amigos. Como una maldición para mis horas muertas en los viajes, me mareo casi siempre que leo en movimiento, no importa el medio de transporte; por eso la lectura es para mí una forma de quietud, de espera, de convalecencia, que diría mon cher.

Atocha, el jardín húmedo y las tortugas. Viajeros, escobas, policías en cochecitos de golf, azafatas ariscas, estatuas con ojeras y algún hombre casado que merodea en la puerta de los lavabos, traje de ganador, maletín en mano y susurrando, a la caza de su ración diaria de cruising con algún bakala de hormonas revolucionadas. No puedo evitarlo, pero nunca he confiado en las corbatas.

La calle Téllez, la fosa invisible a cielo abierto. Los suburbios. Tomar velocidad. Guadalajara. El páramo. Mensajes al móvil y algún vistazo a la prensa en un vagón semivacío me salvan de una extraña sensación: en algunos tramos, la oscuridad es total ahí fuera, no hay luna, ni estrellas, ni puntos de luz en el horizonte. Por momentos, creo estar en el vientre de una anguila de luz que cruza el fondo de algún yermo submarino. Se lo escribo en ciento sesenta caracteres a una librera. Tomo uno con leche en la cafetería. Se me acerca un hombre con corbata. Se tambalea pero no parece peligroso. Se tambalea por los botellines, no es el AVE, no parece peligroso. Sólo tira un papel al suelo, como si aún estuviera en una taberna de Madrid y no en la barra del coche cafetería del AVE. Le etiqueto como inofensivo porque no se preocupa en parecer educado y además le mira el culo a la azafata. Regreso a mi asiento, al vagón semivacío, al vientre de la anguila y miro las fotografías de la revista Paisajes (ya he dicho que, viajando, apenas puedo leer dos párrafos seguidos sin marearme). Soy un Jonás postpoético. La película que cuelga del techo es infumable. Guerreros y mamporros al estilo Conan pero en versión marca blanca. Épica de Carrefour.

Llego pasada la medianoche a Sants y cambio la anguila por gusanos que horadan las tripas de la ciudad (el nuevo túnel del AVE se tragará la Sagrada Familia cualquier día; eso sí será como los gusanos aquellos de Dune, para verlo). El metro de Barcelona no está pensado para acarrear maletas. Salgo a la superficie en la boca de metro Monumental, mi barrio de siempre (quince años fuera y la sensación sigue siendo la misma). Bajo la penumbra amarilla de las farolas, la puerta principal de la plaza de toros parece la boca de un dragón jubilado, sin dientes, casi inofensivo, sin corbata. El catalán en los rótulos ("Sol i ombra") me hace pensar en la desubicación, en la cabra y el garaje, en la cabra como cebo, atada a las afueras del pueblo, por si el dragón picara el anzuelo, aceptara su cena y se le pudiera dar el descabello todavía dormido.

Para mí, la plaza Monumental de Barcelona siempre fue otra cosa. Nunca me interesó demasiado el asunto taurino, ni para desgañitarme a las puertas de la tortura, ni para hacer un panegírico trasnochado y pedante al estilo Dragó-Boadella. Para mí la Monumental fue siempre el tugurio triste de los circos, los fuegos artificiales y las hogueras de Sant Joan, coca y cava en la terraza, mis primeros conciertos de rock de los ochenta, Bob Marley o Rod Stewart atronando, amortiguados, por la Gran Vía, hasta la terraza, en un tercer piso, desde la que me asomaba al verano. Luego vendrían Metallica o Iron Maiden y mis primeros cabezazos sobre el albero, qué faena, dos orejas y el rabo para aquellos grandes cabrones del metal. Vendrían también los muslos de una morena en mis orejas, primero a caballo sobre mis hombros en un concierto de Eros Ramazotti, luego cobrándome el detalle, mi cara entre sus muslos y el primer sabor del fuego en la boca. Qué faena. Las dos orejas. Y el rabo.

Antes de llegar a casa (a la que hoy es la casa de mi hermana), paso por un punto del Bicing y observo una solitaria bicicleta, anclada pero hecha añicos, doblada sobre sí misma, destrozada quizá por la rabia de un borracho que no ha podido robarla para ahorrarse una caminata. Ahí, retorcida y amarrada, parece un toro de lidia a punto para el despiece, o una cabra mordida por un dragón más listo. La ira de los perdedores es perra vieja y no suele morder los anzuelos. Los perdedores son de fiar, no llevan corbata y gritan cuando torean bicicletas. Matadores de bar, picadores a pedales.

Cruzo la Gran Vía, observo los bulbos blancuzcos y morunos de la Monumental, recuerdo aquellas gaviotas que los coronaban, cuando aprendieron a cazar palomas y a despellejarlas luego sobre el tejado de la iglesia de enfrente, bajo mi ventana. Veo de lejos la punta de la torre Agbar, esa mole fálica que parece un remedo de los bulbos de azulejo de la Monumental. Me distraigo lo justo, y un claxon me detiene en el bordillo. Pasa una sombra negra y amarilla, un taxi Citroën. Mientras se aleja, el hombre, como una estatua al volante de un abejorro de metal, me da la bienvenida con un insulto en catalán y una peineta. Es el mismo cruce en el que me atropelló de niño una furgoneta Dos caballos. Por no estar alerta, casi me mata a los nueve años una furgoneta azul de hojalata, en el mismo cruce, ahora con paso de cebra y semáforo. Ahora con una paloma muerta y destripada en ese paso de cebra, a las puertas de la iglesia del Roser, a diez metros de mi portal. Los resortes del destino son imprevisibles. Estoy vivo. Tengo el tiempo justo. Estoy en casa y presiento grandes cosas. Es hora de improvisar.

30/10/09

Microrregalo.

El pasado 22 de octubre, para celebrar las cien mil visitas en su página, el escritor Juan Carlos Márquez ofreció a sus lectores el relato «El progreso», que forma parte del original que quedó finalista del premio Ribera del Duero. Causa cierta sorpresa que dicha colección de cuentos no se haya convertido ya en libro, a estas alturas, sobre todo cuando el ritmo de publicaciones en relato está rozando la saturación en este último trimestre del año. Saturación por títulos desde diversas editoriales y sin embargo, salvo heroicas excepciones, desolación en las propuestas literarias. En fin, cosas del mundo editorial.

Yo, que todavía soy un escritor pequeño y torpón, y que saco adelante esta página que, contra viento y marea, ha pasado ya de los cien mil visitantes en sus pocos años de vida, no tengo gran cosa que ofreceros. Mi agradecimiento. Mi gratitud hecha sorpresa, a menudo, por el hecho de que siga habiendo lectores al otro lado. Por eso, porque me sigue pareciendo inaudito que, entre toda esta marea de bitácoras, libros, revistas y panfletos, alguien encuentre unos minutos para leer mis derivas, quiero haceros un microrregalo. Lo escribí para ese concurso al que todo Dios ha mandado un micro, pero me temo que no se ha comido una rosca. Por algo será. De hecho, creo que esta historia es más el germen de un relato breve, de tres o cuatro páginas, que un microrrelato en sentido estricto. Así que no hay mal que por bien no venga: aprender a renunciar siempre es una buena escuela para el escritor. No sé si este chico sin brazos pasará de aquí, ni si me apetece o viene a cuento contar su deseo en 1.000 palabras, en vez de 100. Pero mientras preparo algunas reseñas, un nuevo curso de literatura de viajes, dos artículos, una crónica y tres antologías (arf, arf... un momento, que respiro), ahí os lo dejo. Creo que, de haberlo recibido en el Diomedea, igual también me lo cargaba.
Feliz fin de semana a todos.

AJENJO



EL CHICO SIN BRAZOS sueña con ser médico.
Dejó a la madre y a las siamesas en su granja de Ucrania y llegó aquí para comprender cómo juega la genética con las piezas del cuerpo: sus manos le nacen de los hombros como brotes en un tubérculo rancio.
Los otros estudiantes se mofaban de él, le empujaban para hacerle caer o le llamaban dinosaurio. Un día, el chico sin brazos embistió a uno de segundo y le arrancó la lengua de un mordisco, con una furia antediluviana.
Ahora, en su celda, cada noche atenaza el diccionario con sus manos terribles y aprende una palabra nueva.
Ya va por «ajedrez».
«Ajenjo» es propiedad de © Sergi Bellver 2009.

19/10/09

Breves y agenda.

(entrada actualizada a 19.10.09)

Durante la semana que hoy empieza estaré en Barcelona, encontrándome con editores, autores, libreros y amigos, y me apetece daros noticia de algún que otro evento, por si os puede interesar. También aprovecho esta entrada para compartir ciertas actividades de algunos amigos de esta bitácora y comunicaros un par de asuntos, amargo uno (ver mi comentario a esta entrada), ilusionante el otro.

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El martes, día 20, a las 19 horas, tengo una cita en la que me haría especial ilusión encontrar a algunos de los amigos y lectores de esta bitácora que residen en Barcelona:

Dentro del ciclo de tertulias Vine a fer un café amb ("Ven a tomar un café con") de la Biblioteca Francesca Bonnemaison, y en la Sala Dante, Jordi Corominas i Julián y un servidor charlaremos acerca del presente y del futuro de la edición independiente.

Os paso los enlaces (en catalán):

Vine a fer un café amb, a l'Espai Francesca Bonnemaison

También aquí.

Y si os apetece, en el mismo espacio se encuentra el Centre de Cultura de Dones ("Centro de Cultura de Mujeres").

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El próximo jueves 22 se inaugura oficialmente el nuevo curso 2009-2010 en L'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès, toda una institución cultural en la ciudad. Allí estaremos algunos profesores del centro hermanado, Escuela de Escritores de Madrid.

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El lunes, día 19, se inicia en la librería Laie de Pau Claris una serie de conferencias que promete mucho (atentos a Laura Borràs) y que está relacionada con nuestra actividad al frente de bitácoras literarias, colaborando con revistas digitales y demás. Copio de la página de la librería:

Ciclo de literatura digital

"Las posibilidades de creación y difusión de la literatura que ofrece actualmente la tecnología, implica frecuentemente un cambio radical en la manera de entenderla (nuevos géneros, problematización de la noción de autoría, hibridación con otras disciplinas) y en la manera de leerla e interpretarla. Estas sesiones quieren ofrecer al público interesado en la literatura las herramientas bàsicas para navegar a través de un nuevo mundo de letras."

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El martes, día 20, a las 20.30 horas, y tras la tertulia en la Bonnemaison, Jordi Corominas y un servidor iremos a la fiesta de Alpha Decay en el Minusa Club (C/ Valencia, 166), donde presentará sus libros Matar en Barcelona, Socorrismo y Cul-de-sac. Se rumorea que Antonio Luque/Señor Chinarro está preparando una canción especial e inédita para el evento. Pasaros por allí, será divertido, punk e inolvidable, como fue ya en Madrid.

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Gracias a nuestro amigo Iván Humanes me entero de que el Área de Cultura Contemporánea de Fedelatina y el Laboratorio de Escritura han organizado una actividad que estoy seguro que interesará a muchos: Roda el món 2009 (ver página para conocer todos los detalles), primer ciclo de literatura latinoamericana y catalana, una serie de mesas redondas y talleres que tendrán lugar las tardes del 22 y 23 de octubre, jueves y viernes, en Casa Elizalde.

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Los bloggers y camaradas Pepe Cervera y Francisco Ortiz publican nuevo libro. Con motivo de su reciente libro de relatos Conozco un atajo que te llevará al infierno (Ediciones de Aquí), Pepe ha sido entrevistado en El Síndrome Chéjov. Por otra parte, está a punto de aparecer Última noche en Granada (Mira Editores), de Francisco Ortiz.

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Carmen Moreno, poeta entre otras cosas, arranca una nueva página,
Letratlántica, con una entrevista al loopoético y ubicuo Jordi Corominas. Mucha suerte en esta nueva singladura, Carmen.

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Están a punto de aparecer dos antologías de relatos más que apetecibles (sutilmente relacionadas y con algunos buenos escritores amigos en ellas), y para cada una se ha confeccionado una bitácora en Blogger que podréis seguir desde este momento: Antología hispánica del cuento Beatle (Páginas de Espuma) y Asamblea portátil. Muestrario de narradores iberoamericanos, con selección y prólogo de Salvador Luis Raggio (Editorial Casatomada), de la que daré más detalles en breve y con algunas jugosas sorpresas.

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A partir del próximo martes y hasta el lunes, día 26, es posible que vaya publicando de manera diaria en esta bitácora una crónica impresionista de este viaje a mi ciudad natal, que no visito desde hace demasiados meses.

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No puedo revelar más datos por ahora, pero acaban de confirmarme una complicidad que va a hacer que 2010 se convierta en un año muy especial para mí, para el cuento y también, si se me permite, para todos vosotros que amáis el relato breve (con perdón por la expresión, tan cierta como "cursi").

Feliz semana a todos.

14/10/09

Deriva en Facebook.

[escritura compulsiva o handing]


Sergi Bellver en el fondo, y en tierra firme, no ha dejado nunca de ser un hombre-rana

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Quisiera unas mandíbulas como las de Ed Harris o Vigo Mortensen, para encajar mejor el cuello del traje de hombre-rana

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Y un piano de (cara)cola para hundirme con dignidad, con una melodía de algas y notas amortiguadas por la corriente

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nadie estaba allí para hacer fotos cuando crucé la estepa salina, vestido de hombre-rana, dejando un imposible rastro de goterones negros, ya a muchas millas del Mar de Aral

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Una vez, cuando alcancé la escalinata de la Plaza San Marcos (me crucé a Jan Morris meando de pie al borde del Gran Canal), sólo tuve que avanzar a tientas, como un lenguado de tinta, entre los tobillos desnudos de la gente y las tarimas contra la inundación, hasta alcanzar uno de esos Campi en los que una vez abofeteé a Tadzio

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Fue duro, pero bello, muy hermoso, darme la vuelta, cerrar los ojos y sumergirme poco a poco en las tibias aguas del Sena, mientras el vestido de aquella mujer seguía insultándome, como una vela rota. Mi silueta todavía se marca en el limo del río, junto a l'île de Saint Louis, y tiene el contorno exacto de un pecio vikingo.

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Recuerdo todas las ciudades en las que no he sabido naufragar: Madrid, Berlín, Zaragoza, Santiago de Chile... en todas me ahogué en asfalto y polvo. De todas quise escapar hacia los acantilados, hacia el borde del mundo, hasta la bendición del vértigo un segundo antes de dejarme caer en el oleaje, de partirme la crisma y volver a casa.
No es bueno que un hombre-rana esté seco.

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Cuando emerjo en Lisboa nunca noto la diferencia entre el agua y la tierra. Tomar el eléctrico 28 (el conductor siempre me obliga a permanecer de pie, no quiere que le moje el asiento y las aletas molestan a otros viajeros) es como bucear junto al bote, con las lamas de madera pulidas por el tiempo. Cuando salto por la borda del 28 en Baixa, cruzo la Plaza del Comercio y me hundo en el Tajo, todavía me acompaña una melodía de chelo que se me pega al traje de hombre-rana como alquitrán.
Lisboa también es anfibia.

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Nadie sobre la tierra es consciente de mi infinita paciencia. Cultivada en las bodegas de buques hundidos, en las cabinas de aviones derribados sobre el Pacífico, junto al esqueleto de un animal que jamás descubrirá la Ciencia, mi paciencia de hombre-rana es capaz de hacerme olvidar toda ofensa.

Sin embargo, en el ascenso, cuando las burbujas me marean y el pecho se expande, empuño con fuerza un cuchillo, ansioso por alcanzar la superficie para diluir la sangre del otro en el océano.

Soy una criatura anfibia.

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En los años veinte crucé el Atlántico a pie, con un juego de lastres de plomo en la cintura. Descubrí los restos del Titanic antes que nadie. Llegué a encontrar la biblioteca, pero los libros se me deshicieron entre los dedos. De la pasta macilenta de lo que fue un ejemplar de La Odisea salió una morena que me mordió en los riñones. Un mes más tarde varé en una playa de Irlanda y, mientras remendaba mi traje de hombre-rana y bebía vino caliente, le conté toda la historia a un joven James Joyce.

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5/10/09

Barcelona me mata.

Título: Matar en Barcelona
Autores: Raúl Argemí, Javier Calvo, Darío Hernando, Sebastià Jovani, Mara Faye Lethem, Antonio Luque, Elena Medel, Sabino Méndez, Llucia Ramis, Francesc Serés, Manuel Vilas y Gabriela Wiener
Edita: Alpha Decay (edición a cargo de Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián)
ISBN: 978-84-937269-5-9

(deriva crítica publicada en la revista Calidoscopio)




UNA CIUDAD


A punta de navaja
Besándola una vez más

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «La mataré»


Los libros se producen, pero la buena literatura se comete, como cualquier otro crimen. Los editores de Matar en Barcelona, Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián, han planeado un asesinato simbólico para el que no caben atenuantes, y han degollado la imagen burguesa y circunspecta de Barcelona, dejando sobre el callejero la silueta en tiza de su cadáver.

Cada ciudad tiene su propio mapa criminal, y algunos ya forman parte del imaginario colectivo: Chicago o Nueva York tuvieron la mafia y Scorsese o Coppola se encargaron de traducir lo real a la ficción para instaurar el mito; Ciudad Juárez o el DF le cantan narcocorridos a sus delincuentes; la camorra sigue tan operativa en Nápoles como para que Saviano deba imitar a Rushdie; las capitales centroamericanas son feudo de las maras y a la postsoviética y desmesurada Moscú no la reconocería ni el camarada Stalin si levantara la cabeza. Sin embargo, no existen un crimen organizado ni un forajido legendario que puedan exportar una imagen idealizada de la Barcelona negra. Si los hubiera, la marca Barcelona ya se habría encargado de convertirlos en merchandising, pero lo cierto es que sólo hay delincuencia desarrapada, prostitución y restos de naufragios vitales que el Ayuntamiento y la Generalitat se encargan de etiquetar y recluir en guetos como el Raval, alejados de las clases pudientes. Las mismas que, como otra clase de pudor (en catalán: «peste»), operan desde la zona alta como verdaderas mafias de la ciudad, las de los especuladores inmobiliarios, políticos y financieros. Pero a pesar de sus modos caciquiles, esas sagas familiares no son los Corleone ni ofrecen carnaza para los mitómanos. Pasando de largo por las miserias del semejante, cada vez Barcelona se adormece en una suerte de cruzada cívica que llega hasta la náusea, tanto que, antes de que Barcelona nos mate de tedio, casi dan ganas de empuñar la navaja o la palabra y, con un beso –porque, a pesar de todo, la amamos tanto como la odiamos–, clavársela con saña mientras le susurramos en xarnego al oído «Barcelona, posa’t guapa, que te mato».

Hay un poso desubicado en los textos de este libro, un agobio que tiene ganas de ser grito, o por lo menos queja, como si fuera verdad eso de que no existe un solo lugar donde poderte colgar en Barcelona ciudad (sí, Loquillo y Sabino le pondrán banda sonora a toda esta deriva). No hay vocación de celebrar nada ni de decir lo estupendos que éramos, sino más bien de orear la morgue. Más allá de la bella cubierta del libro, no aparece por ninguna parte ese monolito fálico tan Kubrick de la torre Agbar que ahora, al borde de El Clot, se ha convertido en otra postal de la ciudad. Respira en estas páginas la Barcelona preolímpica, provinciana, llena de hollín y vías muertas que bloqueaban la salida al mar, antes de que la costa dejara de ser el vertedero social del Somorrostro. Por la Barcelona de este libro circulan, aun sin ser mencionados, enormes y lúgubres taxis SEAT 1500, el carraspeo de alguna Montesa Impala, unos cuantos transeúntes que todavía podían reconocer Las Ramblas como algo propio, escolares con la bolsa de Cuates en la mano y la cartera de cuero a la espalda y viajeros apolillados al fondo de los autobuses Pegaso. En esa atmósfera de Matar en Barcelona, alejada del mito preciosista del asesino refinado, reviven también el violador de l’Eixample, la asesina de ancianas o el perturbado de los andenes del metro. Todo este infame libro de familia, que se abre con los crímenes de la calle Ponent de la mano de Javier Calvo, no nos habla de la Barcelona guapa como marca registrada, sino de las huellas que una sociedad desajustada va dejando a su paso, sin que dé tiempo a que nadie borre esas suelas de sangre impresas en el asfalto.



UN LIBRO


Una lástima lo del bourbon
a manos de críticos del rock,
autopistas, calles, qué sé yo,
no nací en los USA, nací en El Clot.

LOQUILLO Y TROGLODITAS,
«Chanel, cocaína y Don Perignon»


Cierto espíritu irreverente y punk, como reza el lema de la nueva colección Héroes Modernos de la editorial Alpha Decay, llevó a su editora, Ana S. Pareja, a convertirse en cómplice de Jordi Corominas i Julián –culpable de darle un toque literario a la crónica de sucesos en la revista BCN Week– y a proponerle a doce autores –no todos tan jóvenes como dice la contracubierta– que revisaran en clave de ficción una serie de crímenes reales, y no necesariamente bajo las premisas habituales del género negro.

En este callejero canallesco de Barcelona uno podría suponer reminiscencias de la mirada de Bigas Luna, de las novelas y los boleros culinarios de Vázquez Montalbán o de la evocación tardía de autores como Juan Marsé. Uno a ratos esperaría encontrar trazos de Vila-Matas o de Quim Monzó, pero lo cierto es que Matar en Barcelona no destila ninguno de esos alcoholes, ni tampoco imita, por fortuna –salvo excepciones–, la cansina resaca de los cuentistas norteamericanos a la hora de tratar el crimen como ficción o de trabajar la real fiction al estilo Capote. Aquí la ebriedad es otra: hay otras maneras de ver la ciudad, de beber de sus sombras y de sus miserias, y casi todos los autores de la antología han conseguido y sabido separarse de esas referencias.

Como en toda antología, hay textos que destacan por encima de la media, pero también es justo decir que esa media general es, desde un punto de vista literario, bastante más coherente de lo que estamos acostumbrados a ver en otras antologías, con lo peligroso que resulta siempre que el criterio del editor quede secuestrado por el compromiso previo, cuando se trata de textos inéditos por encargo, como es el caso.

Matar en Barcelona es sobre todo una buena idea editorial, un proyecto que retoma parte del enfoque de Odio Barcelona (otra iniciativa de Ana S. Pareja en su etapa en Melusina), y apuñala por la espalda a una ciudad desprevenida y demasiado pagada de sí misma. No cabe esperar aquí cuentistas de un canon hipotético ni grandes alegrías para la renovación del relato breve como género. Sí narradores de recorrido y también otros que se estrenan con acierto. Incluso músicos que, como Antonio Luque (Sr. Chinarro), irrumpen de lleno en la narrativa, o como Sabino Méndez (compañero durante muchos años de Loquillo), que ya tiene un bagaje como escritor y ha publicado en sellos como Anagrama.

Cabe señalar siempre como positivo el hecho de incorporar antólogos «externos» a una editorial, como en el caso del dinámico y loopoético Corominas, ya que eso ayuda a dar otro aire a cada proyecto y paso a paso a toda una colección. Es un error insistir en una sola vía o en un único estilo para la narrativa, como le está pasando a varias editoriales de las llamadas independientes. Cada una de estas editoriales ha de dejar su sello en todo lo que hace, pero eso no puede suponer apostar siempre por el mismo patrón. En Matar en Barcelona uno piensa, como culpable y cómplice del cuento, que hubiera estado bien abrir aún más el campo a otras miradas, círculos y estéticas, como debiera hacer toda antología, pero en general Alpha Decay ha acertado en las propuestas y en los discursos del libro, a veces incluso opuestos, como en el caso de Manuel Vilas (quien juega con la historia) y de Francesc Serés (que se toma en serio los detalles).

No estamos por lo tanto ante una antología formal de género negro, como sí intentaba ser, por ejemplo, La lista negra de Salto de Página, y eso le da un valor añadido porque su intención no es la de hacer inventario sino la de reinventar un espacio. En todo caso, el sexo y la muerte, un buen polvo y un mal fiambre –o viceversa–, no nos engañemos, siempre despiertan morbo y ayudan a vender una idea.



DOCE CRÍMENES

Linda sonríe coqueta
y se guarda su secreto,
pues su fuente de energía
es la carne de los muertos.

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «Carne para Linda»


Javier Calvo trenza dos historias en «Festival de las luces», y a veces la más potente de las dos recuerda a otro relato suyo, «Los niños perdidos de Londres», o a El señor de las moscas de Golding. Empieza con una voz muy pegada a los niños –víctimas y verdugos al tiempo–, como un testigo que luego, poco a poco, se va desprendiendo del sencillo tono inicial («despachurrado») y deliberadamente descuidado. Luego esa voz parece cobrar conciencia de lo que narra, confundiéndose a ratos con otro tono mucho más forzado («La turbulencia cognitiva afecta al grado de autoconciencia de la historia»), en un interesante pero arriesgado juego narrativo.

La aparición de la bruja hace gala de toda la parafernalia ortodoxa del cine de terror y del cuento clásico. Y es que tal vez el relato de Calvo esté más cerca del terror que del género negro. El espiritismo, una liturgia oscura, los arcanos del tarot y una estructura casi cabalística le dan ese sello al cuento. Si la historia principal recuerda a Golding, Andersen o Poe, la otra remite de manera oportuna a la lucha de clases en La ciudad de los prodigios, como para darle al lector un espacio más allá del infierno particular de la bruja y, como en las películas de Hitchcock, que el efecto se apoye en lo que el lector sabe y los personajes desconocen.

El relato trata, entre otras cosas, del precio que implica asumir la libertad y del otro peaje de la sumisión, a veces más cómodo y «seguro», lo que ofrece una lectura política de la sociedad barcelonesa actual, tibia y adocenada, tan proclive a aceptar las pruebas más frágiles como hitos de un cambio ficticio.


Una lectura apresurada puede dar la impresión de que Gabriela Wiener se ha hecho un lío con los personajes que empujan a la gente a las vías del metro en «Estación de Naves», una narración más contemporánea –y, de paso, subterránea– que la anterior. Pero es un abigarramiento deliberado, del mismo modo que se confunde la masa que viaja en hora punta en el metro de cualquier ciudad del mundo. En este relato se sucede un juego de máscaras (p. 62) propio de la esquizofrénica voz que por fuerza ha de sostener su estructura formal. Aunque existe un peligro evidente de que el lector se pierda, el tratamiento que hace Wiener del tema es acertado.


Raúl Argemí trabaja con oficio y solvencia cierta vertiente fantástica del género negro en «El librero del ángel negro», un texto también nebuloso para que guarde coherencia con ese mismo «opio» narrativo que pide su personaje protagonista, el fraile asesino en diálogo con su sombra particular. Sólo encuentro algunas pegas formales como unos pocos tiempos verbales que no concuerdan, algunos galicismos innecesarios («visaje» o «bastimento») o cierto abuso de los puntos suspensivos (que cuando no se dosifican, no siempre producen suspense en la trama, sino la suspensión del ritmo).


Amén de su texto Socorrismo, también en Alpha Decay, «Me siento haciendo un NO8DO» supone una primera toma de contacto con la narrativa de Antonio Luque, mas allá de su trabajo como letrista bajo la identidad del Sr. Chinarro. Hay unas cuantas objeciones que hacerle al resultado final (incoherencias puntuales en el tono empleado, enfrentando cierta procacidad con un pudor extraño a la hora de retratar una escena lésbica; algunas frases excesivas; ciertos titubeos iniciales al presentar al personaje; etcétera), pero lo importante es que Luque se descubre como un narrador muy interesante.

Casi todos los desajustes del relato tienen que ver con algo muy común en ciertos escritores de talento: se saben escribiendo, en vez de dejarse ir en la historia, y quieren demostrar la valía, lo que produce un texto acumulativo que peca por exceso. Le vendrá bien al autor moderar y dosificar su potencial, ya que siguiendo el juego de palabras del título, el relato de Luque echa mano de un realismo social y biográfico que sí tiene bastante de No&Do. Pero un cuento –que se parece mas a una canción de lo que cree el Sr. Chinarro– no debiera hacer inventario de una vida (¿no está ya la novela tradicional para eso?) sino disparar un fogonazo sobre un fragmento en el que se ilumina lo que esa vida puede ser.


Sabino Méndez, otro músico que no es nuevo en esto pues ya ha publicado narrativa, muestra en «Otra carta robada» un texto serio, impecable, con una voz creíble y coherente, donde, como en toda buena literatura, no importan tanto el tema o el enfoque. Hay en ese relato alguna frase muy atinada sobre el acto mismo de escribir (con intención literaria): «Si toda esa verborrea que vertimos en los papeles no va a servir para entregar un simple y pequeño pedazo de verdad […], por sucio y roto que sea ese fragmento entonces ¿para qué demonios nos va a servir la escritura?» (p. 129). Méndez establece un diálogo consigo mismo y no tanto con el otro, ni con el interpelado en el texto, ni siquiera con el lector, en uno de los mejores relatos de la antología.


Francesc Serés trata el tema del suicidio y da cuenta –una vez más– de su sólida narrativa, sobria, tan libre de adornos y tan realista que a ratos resulta casi espartana. Sin embargo, en su relato «Morir en Barcelona» eso sanea la forma, el ritmo de la frase, que avanza sin lastre, pero no el planteamiento, ya que Serés decide que el relato se detenga en circunstancias y detalles cotidianos que le dan a algunos pasajes un tono entre informativo y notarial. A veces esa misma apuesta innegociable de Serés por la sobriedad puede dejar al lector con ganas de algo más. Cualquiera diría que escribe desde el mismo marco geográfico y cultural que Jesús Moncada, sin ir más lejos, cuyos textos, sin caer en la cenefa inútil, sí cuidan un poco más la palabra.


Para romper por completo la continuidad tras la lectura de Serés, Manuel Vilas nos proyecta de repente al año 2037 con su pequeña travesura, «Control». Aunque lo que podría encuadrarse en el género ciencia-ficción también es a menudo una suerte de realismo formal: como en las primeras páginas de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, 1984 o Un mundo feliz, el texto ha de instaurar desde el inicio una nueva realidad-marco verosímil desde la que contar la historia. Lo que sucede en el relato de Vilas es que se detiene en cuestiones a veces nimias (los teléfonos móviles de 2037), a veces absurdas (una futurible Cataluña independiente e incoherente que se expresa en castellano e inglés, como si el nacionalismo pudiera entrar en no sé qué extraña vereda), inhabilitando ese marco como recurso narrativo, con lo que desaprovecha el potencial y la metáfora que todo nuevo mundo puede ofrecer, como en las obras de Dick, Orwell o Huxley. De todos modos, Vilas tiene coartada y atenuantes: su relato es puramente lúdico y sin pretensiones, ya que parte de un constante juego de guiños extraliterarios (las referencias musicales y literarias son del s. XX; los personajes son trasuntos alocados de la villa Zeta) llevados, eso sí, al peligroso borde exterior de la galaxia del ingenio, con un tráfico ya tan denso a estas alturas. Uno de los riesgos de esta clase de relatos juguetones para compadres es que el lector se pierda la fiesta, al pensar que no le han invitado, porque el narrador le está hablando a otros.


Puede que el lector se pregunte también qué crimen cuenta exactamente Llucia Ramis. Un estilo parco en la forma y demorado en los aledaños de la historia, hace que algunas de las cargas de profundidad de «La vergüenza» estallen a medias y no lleguen a penetrar del todo en el cuestionamiento de la amistad y de la culpa que plantea el relato, entre otros temas. Es siempre prueba de inteligencia literaria pretender ser sutil, como intenta Ramis, pero a ratos faltaría un elemento más rompedor en este texto. Se puede contar algo desde lo cotidiano, pero ha de orbitar siempre en torno a algo insólito que lo materialice en la mente del lector. Siempre, por supuesto, que se encuentre un tono en equilibrio. Por ejemplo, Mecanoscrit del segon origen, aquella novela breve que nos hacían leer en casi todos los colegios de Barcelona, no es una apocalíptica «película» de invasiones alienígenas sino una sencilla historia de personajes a quienes, eso sí, Manuel de Pedrolo coloca en unas circunstancias extraordinarias. Por ahí van los tiros.


Mara Faye Lethem ha sido muy ambiciosa con «Cuando más apuesto es el león es cuando anda buscando comida» y eso merece reconocerle el atrevimiento. Aunque esa misma apuesta también supone riesgos y deslices: cierto exceso de adjetivación al principio del relato, algunos clichés en cuanto a la inmigración o un poco de confusión en la trama. De todos modos, la historia está contada de manera potente y directa, sin concesiones a la galería y con algunos de los momentos más oscuros –es elogio– del libro.


Sebastià Jovani recrea un crimen real de la burguesía barcelonesa y explora la inercia psicológica que la inminencia de la muerte –la propia y la de los seres queridos– provoca en alguien amenazado. Con «Lléveme a casa» consigue un relato negro de corte clásico, sin que aparezcan los modos de Hammett o Chandler, ni los de Montalbán, ni otros tantos, como ya se ha dicho, sino buscando su propio camino, en un texto en el que importa más la tensión narrativa que la resolución.


A «Nuestras hijas», el relato de Elena Medel, le hubiera beneficiado que el narrador se pegara a uno de los protagonistas, sin desprenderse tanto de la historia en algunos instantes ni desgajarla en todos los personajes masculinos de ese piso de reinserción para expresidiarios. El tema de la pedofilia se ha tratado de manera sutil y atinada en cuentos como «Un día perfecto para el pez plátano» de Salinger o en «El señor hizo conmigo maravillas», del catalán David Ventura (por no referir siempre a los clásicos contemporáneos). Sin embargo, creo que el interés del relato de Medel está en el «después de», en lo que sucede en la mente del violador cuando cree que ha pasado la tormenta pero el cielo sigue amenazando con nubarrones. El final del texto es muy brillante, cuando por fin la autora decide adherir la narración a un personaje y mojarse, con el cierre que en este caso ofrece la niña.


Darío Hernando no anuncia ninguna cuerda surrealista con el título de su relato «Cadáver exquisito», y más bien cae en un juego de palabras literal. El texto comienza con un salmo casi bíblico para luego exhibir un sarcasmo a ratos gamberro (el inefable Chiquito de la Calzada parece haberle dictado aquello de «una mala tarde la tiene cualquiera»), que convendría dosificar en algunos momentos. Luego el relato de Hernando pasea por una oscura ironía, que era el territorio por el que el lector podría pensar que iba a discurrir toda la antología desde el principio, cuando en realidad es mucho más ecléctica que todo eso.

A este «Cadáver exquisito» le sobra, eso sí, el marco histórico y social, y aquí la reminiscencia a la obra de Eduardo Mendoza sobre Barcelona tiene menos justificación que en el relato de Javier Calvo. Lo que le interesa al lector a estas alturas es el morbo, el sexo, el fiambre, el polvo y el muerto, ya que estamos. Lo que uno recuerda al terminar este relato es la febril obsesión del lacayo por el amo, la parte gore, y no ese retrato en sepia de la burguesía catalana. ¿Se acuerdan del caso de aquellos homosexuales alemanes que se conocieron por la red y tras la primera cita prepararon una cena en la que uno de ellos ofrecía como plato principal su propio pene? Si se escribiera un relato sobre este suceso, ¿tendría mucho sentido ponerse a hablar de la caída del muro de Berlín o de la reunificación del país, por ejemplo? En fin, le dejaremos la respuesta a algún editor alemán que se apunte al carro del Berlín negro y quiera emular a Pareja y Corominas en su iniciativa.

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Sobre la edición:

La bella ilustración de cubierta de Javier Arce, el grabado en páginas interiores, el diseño del logo de la colección Héroes Modernos, la caja de texto, la tipografía y el papel ofrecen un cúmulo de sensaciones agradables cuando uno tiene Matar en Barcelona en las manos. En general mejora el diseño de otras colecciones de Alpha Decay, especialmente la de narrativa, y confirma el potencial creativo y mediático de esta editorial catalana, que tira de imaginación y buenas maneras para desarrollar su tarea. De todos modos y a la espera de novedades en el catálogo de Alpha Decay, su apuesta por el relato parece más puntual que decidida.

En cuanto a las tripas del libro, y diseño aparte, sólo se me ocurre cuestionar dos cosas. Por un lado, el orden de los cuentos plantea dudas en algunos momentos en los que parece decaer el ritmo de la lectura. Y por otro, la opción de no traducir las citas en inglés o en francés resulta un tanto discutible y debiera obedecer siempre a un libro de estilo predeterminado, ya que de haber citado a Mishima, Hamsun o Dostoievski en sus idiomas originales, los lectores menos políglotas hubiéramos tenido un pequeño problema.