Bitácora de Sergi Bellver: septiembre 2009

22/9/09

Leer en el agua.



Título: Mirar al agua
Autor: Javier Sáez de Ibarra
Edita: Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-036-6




Pinto, no lo que veo, sino lo que vi.

EDVARD MUNCH


El artista contemporáneo no puede ―no debería― quedarse en la estética como única fuente y ambición de su trabajo, ni tampoco entregar un mensaje cerrado ―unidireccional― para que el receptor decida si lo «adquiere» o hace oídos sordos. A día de hoy, la literatura ya sólo sucede de veras cuando cifra una serie de claves que, en una segunda lectura, cuentan con la complicidad de ese receptor, quien participa del mensaje y anuda a los cabos sueltos que deja el autor nuevos códigos de interpretación, una nueva estrategia ―bidireccional― para la comunicación del conocimiento.

Así, como acontece cuando las artes plásticas reflejan una verdadera voluntad de adelantarse para ser, paradójicamente, contemporáneas, los de Mirar al agua no son cuentos escritos para la exhibición, el ocio vacuo o la mera representación ornamental de la realidad, sino para convocar en el lector un cuestionamiento crítico sobre las cosas. A Javier Sáez de Ibarra le sobrarían recursos y oficio ―lo demostró ya en su día con sus anteriores volúmenes de relatos― para confeccionar un libro con el que agradar y prodigarse, pero ha elegido un camino difícil y arriesgado, algo que, ya de por sí, merita un reconocimiento sin fisuras.

Aunque los textos de Mirar al agua pueden activar los resortes básicos de cualquier lector, para que no pasen desapercibidas ciertas capas y texturas en su planteamiento hay que acercarse a ellos bajo otro punto de vista, orillando un supuesto canon narrativo. Ya el primer relato le da al libro, además del título, una de sus claves de lectura: «Hay que leer en el agua» (p. 22), es decir, leer de manera indirecta, inteligente y dispuesta. El de Javier Sáez de Ibarra no es pues un libro dirigido al gusto general ni al sanedrín del cuento, sino más bien una empresa casi luterana o jesuita que aboga por la renuncia al boato y por la recuperación de ese afán de búsqueda que ha de alimentar siempre el espíritu inquieto e inconformista del buen escritor.

No hay costumbre en la literatura española de tratar el arte contemporáneo, la filosofía o la religión como temas y moldes para la narrativa, cuando a un artista le construyen siempre las demás disciplinas e inquietudes en las que la sensibilidad y las ideas se hayan puesto en juego. Consciente y audaz, Sáez de Ibarra se arriesga al asumir cierta voluntad de trascendencia ―no son gratuitas las citas que abren el libro― y busca dar con el sentido de su actividad artística y de su posición ética en el mundo. Desde esa particularidad roza, como sucede siempre que un autor honesto se enfrenta al espejo, lo universal de la condición humana. Y lo roza a veces para desbaratar la placidez de los tópicos, como un goterón de tinta china que irrumpiera en una acuarela.

Mirar al agua es la apuesta conceptual de un escritor que parece renunciar al estilo en favor de la propuesta. Luego, cada pincelada de Ibarra en este cuadro es deliberada, aunque en el lienzo se adivine a veces una pulsión del subconsciente, un brochazo en bruto a partir del cual el escritor elabora poco a poco su visión de cada cuento. En el relato «Un hombre pone un cuadro», por ejemplo, uno de los mejor concebidos del libro, tras la técnica asoma ese sustrato de emoción ―tan contenida durante el texto que nos parece sólo un barniz, hasta que el soberbio final nos desdice―.

Cuando la ambición es alta, acecha el peligro de errar el tiro y quedar a medio camino, aunque en esto, como en todo, sólo pierden los valientes. Pocas veces se tambalea la solidez del cuadro general de Mirar al agua, si acaso en algunas objeciones formales a determinados cuentos ―no quisiera defender el canon del cuento como dogma, pero sí recoger el espíritu de su discurso―, aunque también en ese aspecto este libro-cuadro se mantiene firme en el caballete.

En la peculiar familia de clase media con la que el autor versiona «Las meninas», el diálogo con la pintura es más evidente, aunque a ratos sólo abocetado, diluido en una suerte de abigarramiento coral. Dicen ―lo dice Jean Cocteau en La corrida del 1º de mayo (Demipage, 2009)― que Salvador Dalí, en un hipotético incendio en el Museo del Prado, hubiera salvado del fuego «el aire de Las meninas». En el cuento de Sáez de Ibarra, a la impostura de las relaciones en esa familia le faltaría por momentos una buena fogata, una ambientación más nociva, asfixiante, si cabe, como en la película Las invasiones bárbaras, sin ir más lejos.

La artista dotada y precoz de «Una ventana en Vía Speranzella» anhela cierto desapercibimiento del mundo, aunque en su obra vitalicia hay una fuerza de voluntad casi demencial. En cierto sentido podría pensarse en una versión femenina del Quijote, donde aquí Sancho sería el narrador, pero un Sancho ya licenciado de Barataria, asombrado y, a ratos, retórico, pero siempre testigo maravillado de la gesta y la voluntad del artista. También en este cuento se emula la técnica cervantina del manuscrito encontrado a través de lo que bien podría llamarse una vida encontrada.

En «Amores» sobraría la apostilla final sobre los anuncios de prostitución en los diarios, del mismo modo que en «Las meninas» se hace innecesaria la reproducción del cuadro al final del texto, como si se quisiera llevar al lector de la mano. «Amores» es también un cuento de riesgo, más por la resolución que por el recurso ―la transliteración de la realidad impresa―, algo manido ya en literatura de un tiempo a esta parte, aunque prefiero el acercamiento de Sáez de Ibarra o los de Víctor García Antón en «Sección contactos» y, sobre todo, el del poeta Pablo García Casado con «Dixan». Es decir, huir del collage, de la fotocopia y del Ctrl+C/Ctrl+V, como si fuera algo «novedoso» ―Dos Passos, señores―, e interpretar esa realidad impresa, que para eso existen la mirada y la tarea del escritor.

«La poesía del objeto» es un cuento difícil e incómodo, como aquellas mediáticas y polémicas esculturas hechas de cuerpos humanos plastificados. Como cuento-laboratorio o como el cuadro más «vorticista» del libro ―porque todo confluye hacia el mismo punto de fuga, como en un cuadro de Percy W. Lewis―, corre el peligro de caer en la desatención de Antonio López pero también tiene el acierto de no imitar a Botero o a Úrculo en su estética de la repetición.

«El disfrute de la palabra» inicia un bloque fantasma de tres cuentos que inciden en una fórmula similar, donde la forma parece primar sobre el fondo ―como en «Ready made»― y el significado nos habla de la belleza (cita de Danto en p. 99). Al final, esa exposición duplicada ―metaliteratura y ficción― y en apariencia no relacionada se va abrochando como los dientes de una cremallera. En ese supuesto bloque estarían también «Hiperrealismo/Surrealismo» y «La superstición de Narciso o aprender del que enseña», dos cuentos que, tratando el tema del ombliguismo artístico, bordean el resbaladizo terreno del ingenio.

Cuando digo que Javier Saéz de Ibarra renuncia a la exhibición, cabe recordar que existe un atisbo de estilo reconocible en cuentos como «Detención» (hay una cita clave de Bracho en la p. 137) y «Escribir mientras Palestina», con ese bello final, aunque la eficacia de este relato puede desmadejarse un tanto cuando la narradora emite ciertos juicios en sus digresiones históricas, políticas o religiosas. Funciona mejor cuando, recogiendo una de las metáforas del texto, opera como cuento-buldócer y no repara en la moral, presentando los hechos, atroces de por sí, como un narrador con la cámara al hombro, del mismo modo que del Holocausto judío provoca un terror mucho más profundo leer los informes técnicos y de productividad de los campos nazis, que escuchar sentencias morales sobre la barbarie.

«Jerónimo G.» es un relato bien contado, tal vez demasiado neutro y sin pretensiones formales, que desarrolla la voz de una profesora que participa en un programa de prisiones, aunque resulta un tanto forzada la historia para hablar del arte como «terapia» y camino de conocimiento personal.

Además de cierta confusión de voces entre el narrador-protagonista y el otro personaje, en el cuento «La belleza» hay algunas frases que se demoran en un preámbulo excesivo, hasta que el lector puede abandonar por fin la naturaleza muerta y el paisaje deja de ser un bodegón inerte, para encontrarnos de nuevo con uno de los cuentos más ambiciosos y memorables del libro. Es entonces cuando, como en un aguafuerte, con trazo enérgico, Sáez de Ibarra se acerca a una narración en puridad contemporánea, con un padre y su hijo despojados del barniz de las convenciones y enfrentados a la vida, en una espléndida metáfora de lo que la literatura a menudo es, por desgracia, cuando olvida su sentido: otra forma de prostitución.

Sáez de Ibarra es un lector agudo y voluntarioso ―como lo demuestra el magnífico estudio sobre la obra de Hipólito G. Navarro que publicó como prólogo en El pez volador (Páginas de Espuma, 2008)―, y además un lector fiel a autores como Borges, a quien homenajea en «Una ventana en Vía Speranzella», pero que no se contenta como el argentino con el artefacto en sí, sino que sabe darle vida más allá de cada pieza, dotando a su mecano de una tristeza casi ascética y conmovedora, fruto de la experiencia asimilada, de esa mirada sobre lo que ya fue ―de ahí que me haya servido de la conocida cita del pintor Edvard Munch en esta crítica―. No sé si Mirar al agua cambiará el mundo, como reza Scully al abrir el volumen, pero estoy convencido de que ha cambiado a Javier Saéz de Ibarra, quien se ha desnudado en este libro mucho más allá del evidente y descarnado «Autorretrato». Y eso, que sólo sucede cuando el escritor o el pintor se vuelcan en su trabajo y lo dejan todo perdido de pintura, garantiza que el lector también saldrá, como mínimo, con las manos manchadas de vida.


*

Sobre la edición:

Poco que añadir a lo comentado en su día en mi deriva de La fe ciega, de Gustavo Nielsen, uno de los mejores títulos recientes del catálogo de Páginas de Espuma, editorial que cumple este año una década trabajando en favor del cuento. Tan poco que, de hecho, copio parte de mi comentario de aquella ocasión:

«En cuanto a las tripas, [...] el diseño de costumbre, correctísimo: buenos márgenes, aunque con una caja de texto muy alargada, de 35 líneas por página, pero con el interlineado adecuado y el sello de marca en el folio y los títulos de los cuentos ―hacia el exterior y entre barras verticales―.

En cuanto a las cubiertas, en estos diez años ha habido para todos los gustos, pero en esta ocasión [...]» (y añado ahora) la ilustración, que tendrá sus defensores y detractores ―a uno le va el minimalismo en edición, qué quieren que les diga―, es coherente con el discurso del libro, que es lo importante. Sucede lo mismo con España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, donde la estética manga va acorde con el texto. La única pega seria se la pondría al papel de las cubiertas de Mirar al agua, un poco blandengue ya en la librería, cuando a uno todavía no le ha dado tiempo de gastar el libro.


Nota: a partir de esta entrada dejaré de añadir dos elementos habituales en mis reseñas, críticas y derivas de libros. Por un lado, he eliminado en el título la referencia previa «El cuento de 2009», ya que voy a ir intercalando desde ahora comentarios a libros publicados con anterioridad, y también a traducciones y reediciones, así como novelas y obras de literatura de viajes, aunque seguiré trabajando el cuento con especial dedicación. Para facilitar la búsqueda de entradas, sin embargo, mantendré la referencia «El cuento de 2009» en las etiquetas finales de aquellas que hagan referencia a libros de relatos publicados en este año.

También he decidido prescindir de la lista de enlaces relacionados que siempre cerraba mis reseñas y críticas de libros de relatos. Mi intención era poner en común el trabajo de otros críticos y autores con los lectores de esta bitácora, y complementar así la información disponible, además de facilitar el diálogo entre todas las partes. No obstante, y después de mantener esa postura durante mucho tiempo, he observado que otros críticos se conducen de un modo bien distinto, obviando el trabajo de algunos compañeros o restringiendo sus lecturas al círculo habitual. Así pues, a partir de ahora dedicaré ese tiempo precioso a otras tareas, y dejaré de tomarme el trabajo (que lo era) de investigar en la red en busca de otros puntos de vista, cediéndole esa tarea a cualquier lector interesado que desee teclear pistas en la barra de su buscador.

21/9/09

Fallo del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea.

Para la octava edición del Diomedea llegaron textos desde ocho países y se ha batido el récord de participación, aunque hay que tener en cuenta que esta convocatoria se amplió a los tres meses, uno más de lo habitual, por las vacaciones. Los seis candidatos finales (los que valora en última instancia el jurado) en esta ocasión fueron (por orden alfabético y título):

«Bebé» (código 8M30J02BE4), de José Aguilar
«Diferencias entre volar y arrastrarse» (código 8L14S15DE1), de Eva Mar Santurio
«Las hormigas» (código 8L14S33LS1), de Jesús Esnaola Moraza
«Magia» (código 8M30J06MA8), de Carlos Gámez
«Relincha el cielo» (código 8L14S20RO6), de Gilda Manso
«Un problema de peso» (código 8M30J07UO9), de Pilar Fernández Bravo.

Enhorabuena a los autores de los dos relatos finalistas y del ganador (tras una reñidísma votación), que desvelamos a continuación. Los tres se llevarán, además de los títulos de Gens ediciones que estaban previstos, el libro de relatos El desguace, que su autor, Manuel Sánchez Vicente, ha tenido el detalle de donar al certamen. Esperemos que el ejemplo cunda entre otros cuentistas en futuras ediciones del Diomedea.
Como siempre, gracias a todos vosotros, que seguís y muchas veces ayudais a difundir esta iniciativa, que cumplirá los dos años de vida coincidiendo con la décima edición. Gracias también a los miembros del jurado, que continúan colaborando de manera desinteresada.
Recordad que desde el pasado lunes ya está abierta la convocatoria para el IX Premio de Relato mínimo Diomedea.


Fallo del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Magia»
Autor: Carlos Gámez
Reside en la ciudad de Barcelona.
Bitácoras: El blog de Carlos Gámez
Esbozos

Obtiene los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y El desguace, de Manuel Sánchez Vicente, por gentileza del autor.


MAGIA



CUANDO ACEPTÉ LA INVITACIÓN DEL ILUSIONISTA, lo hice a regañadientes. ¿Por qué desearía ese señor que rompiera mi inercia y accediera al estrado para colaborar como voluntario en el típico truco de magia? Tal vez pensaría que al colocarme en aquella especie de armario, cerrar la puerta y clavar unas cuantas cuchillas daría algo de emoción a mi rutina. Él, por su parte, conseguiría un puñado de aplausos a cambio de mi desaparición. Supongo que ese era el trato y, la verdad, no me atraía mucho.
Pero mi esposa censuró mi inmovilidad: Nunca estás dispuesto a participar. Eres tan soso.
Y yo, despechado, acepté el ofrecimiento y subí al escenario.
Ahora debo reconocerlo, la incertidumbre por adivinar el truco cuando estaba en el cajón me intrigó. Y al descubrirme de nuevo montado en mi viejo triciclo de la infancia en un plano espacial distinto que coincidía con el mapa mental de mi niñez, decidí no responder a la llamada de retorno. Seguí pedaleando con ahínco mientras hacía sonar la bocina de mi vehículo y silenciaba las voces del mago.
Sólo me arrepiento de no haber podido ver la cara de mi mujer cuando abrieron el arcón.
«Magia» es propiedad de © Carlos Gámez 2009.


Finalista del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Bebé»
Autor: José Aguilar
Reside en la ciudad de Murcia.
Bitácora: La momia que habla

Obtiene los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y El desguace, de Manuel Sánchez Vicente, por gentileza del autor.


BEBÉ



ME DESPIERTA EL GRITO DE UN BEBÉ. Una mujer se levanta —un automatismo atávico— de mi lado. Oigo desde la cama cómo el llanto se apacigua y a dos niños regocijados por el despertar de su nuevo hermanito (así le llaman): uno hace pedorretas y otra —una chica, seguro— ríe sin parar. Una risa abierta, encantadora.
Desciendo por las escaleras y me dirijo a la habitación de donde surge tanto alboroto. No puedo evitar que se note mi nerviosismo cuando la mujer me lo muestra mientras mama de su seno oscuro, recorrido por pequeños ríos azules, un seno que yo no recuerdo haber acariciado nunca. Dos niñas saltan a su lado —me equivoqué, sí son dos niñas—. Disimulo, acaricio la frente arrugada del bebé con cuidado y regreso a la habitación para ducharme. Cosméticos, cepillos y toallas desmaquillantes han colonizado el baño. Bajo el agua helada, pienso en mi padre: la vida se te acaba imponiendo, eso decía. Cuando te quieres dar cuenta, otros la han decido por ti.
Pero, no sé, juraría que anoche me acosté sobrio, soltero. Sin hijos. ¿Quién es esta gente? ¿Qué nombre le habremos puesto al bebé?
«Bebé» es propiedad de © José Aguilar 2009.


Cuento ganador del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Relincha el cielo»
Autora: Gilda Manso
Reside en Buenos Aires (Argentina).
Bitácora: El Arcángel mirón

Obtiene un lote con cuatro libros de relatos: Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009); Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008) y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007). Recibe también el libro El desguace, de Manuel Sánchez Vicente, por gentileza del autor.


RELINCHA EL CIELO



EL CIELO SE PUSO ROSA, pero ya estamos todos adentro. Es un rosa casi fucsia, un cielo denso. Y ya sabemos lo que viene. Hace tiempo que sucede lo mismo.
La última vez que llovió, llovió arena. Fue una lluvia bastante suave, aunque opresora; nada que ver con aquella temperamental tormenta de verano; en esa ocasión, del cielo cayeron caballos. El cielo no tronaba: relinchaba. Eran caballos etéreos, casi románticos, pero caballos al fin. Cayeron y destrozaron medio pueblo; luego, cuando salió el sol, se levantaron como pudieron y buscaron un lugar donde descansar. Tuvimos que empezar de cero. Entonces, a los pocos días, llovió dinero; nos creímos salvados de nuestras miserias, cuando descubrimos que se trataba de australes. Una lluvia con más de diez años de retraso. Igual nos sabemos afortunados: en el pueblo de al lado, una noche hubo una tormenta de catedrales; los pueblerinos, luego de contar sus muertos, se convirtieron al ateísmo sin posibilidad de negociar con el cura que argumentó, sin éxito, que Dios tiene extraños métodos para llegar a sus fieles.
«Relincha el cielo» es propiedad de © Gilda Manso 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

14/9/09

Convocatoria del IX Premio de Relato mínimo Diomedea.

Recordad que el fallo de la octava edición (para la que se han batido récords de participación) se publicará a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 21 de septiembre de 2009. Cualquier relato que haya sido entregado después de las 14 horas del día de hoy, 14 de septiembre, pasará de manera automática a participar en la novena edición del certamen.


IX Premio de Relato mínimo Diomedea

Bases del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:


1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 14 de septiembre de 2009 queda abierta la convocatoria para el IX Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y ganadores de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, siempre y cuando concursen con nuevos trabajos.

2. Los relatos se presentarán en castellano y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el IX Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que NO constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas [1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 16 de noviembre de 2009. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el X Premio de Relato mínimo Diomedea.

6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos y escritores reconocidos, así como por profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 23 de noviembre de 2009, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos y obliga a indicar autoría y fuente.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados [2].

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner facilitado por el administrador, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «IX Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares [3].

9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de anteriores y sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial [4].

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

[1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
[2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
[3] El espíritu de este certamen se basa, entre otras cosas, en el rigor y en la buena voluntad de todas las partes. A este respecto, cabe señalar que algunos de los interesados han incumplido este punto, lo que no tendrá mayores consecuencias pero sí parece un detalle, cuanto menos, poco elegante.
[4] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea