
Título: Mirar al agua
Autor: Javier Sáez de Ibarra
Edita: Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-036-6
Pinto, no lo que veo, sino lo que vi.EDVARD MUNCH
El artista contemporáneo no puede ―no debería― quedarse en la estética como única fuente y ambición de su trabajo, ni tampoco entregar un mensaje cerrado ―unidireccional― para que el receptor decida si lo «adquiere» o hace oídos sordos. A día de hoy, la literatura ya sólo sucede de veras cuando cifra una serie de claves que, en una segunda lectura, cuentan con la complicidad de ese receptor, quien participa del mensaje y anuda a los cabos sueltos que deja el autor nuevos códigos de interpretación, una nueva estrategia ―bidireccional― para la comunicación del conocimiento.
Así, como acontece cuando las artes plásticas reflejan una verdadera voluntad de adelantarse para ser, paradójicamente, contemporáneas, los de Mirar al agua no son cuentos escritos para la exhibición, el ocio vacuo o la mera representación ornamental de la realidad, sino para convocar en el lector un cuestionamiento crítico sobre las cosas. A Javier Sáez de Ibarra le sobrarían recursos y oficio ―lo demostró ya en su día con sus anteriores volúmenes de relatos― para confeccionar un libro con el que agradar y prodigarse, pero ha elegido un camino difícil y arriesgado, algo que, ya de por sí, merita un reconocimiento sin fisuras.
Aunque los textos de Mirar al agua pueden activar los resortes básicos de cualquier lector, para que no pasen desapercibidas ciertas capas y texturas en su planteamiento hay que acercarse a ellos bajo otro punto de vista, orillando un supuesto canon narrativo. Ya el primer relato le da al libro, además del título, una de sus claves de lectura: «Hay que leer en el agua» (p. 22), es decir, leer de manera indirecta, inteligente y dispuesta. El de Javier Sáez de Ibarra no es pues un libro dirigido al gusto general ni al sanedrín del cuento, sino más bien una empresa casi luterana o jesuita que aboga por la renuncia al boato y por la recuperación de ese afán de búsqueda que ha de alimentar siempre el espíritu inquieto e inconformista del buen escritor.
No hay costumbre en la literatura española de tratar el arte contemporáneo, la filosofía o la religión como temas y moldes para la narrativa, cuando a un artista le construyen siempre las demás disciplinas e inquietudes en las que la sensibilidad y las ideas se hayan puesto en juego. Consciente y audaz, Sáez de Ibarra se arriesga al asumir cierta voluntad de trascendencia ―no son gratuitas las citas que abren el libro― y busca dar con el sentido de su actividad artística y de su posición ética en el mundo. Desde esa particularidad roza, como sucede siempre que un autor honesto se enfrenta al espejo, lo universal de la condición humana. Y lo roza a veces para desbaratar la placidez de los tópicos, como un goterón de tinta china que irrumpiera en una acuarela.
Mirar al agua es la apuesta conceptual de un escritor que parece renunciar al estilo en favor de la propuesta. Luego, cada pincelada de Ibarra en este cuadro es deliberada, aunque en el lienzo se adivine a veces una pulsión del subconsciente, un brochazo en bruto a partir del cual el escritor elabora poco a poco su visión de cada cuento. En el relato «Un hombre pone un cuadro», por ejemplo, uno de los mejor concebidos del libro, tras la técnica asoma ese sustrato de emoción ―tan contenida durante el texto que nos parece sólo un barniz, hasta que el soberbio final nos desdice―.
Cuando la ambición es alta, acecha el peligro de errar el tiro y quedar a medio camino, aunque en esto, como en todo, sólo pierden los valientes. Pocas veces se tambalea la solidez del cuadro general de Mirar al agua, si acaso en algunas objeciones formales a determinados cuentos ―no quisiera defender el canon del cuento como dogma, pero sí recoger el espíritu de su discurso―, aunque también en ese aspecto este libro-cuadro se mantiene firme en el caballete.
En la peculiar familia de clase media con la que el autor versiona «Las meninas», el diálogo con la pintura es más evidente, aunque a ratos sólo abocetado, diluido en una suerte de abigarramiento coral. Dicen ―lo dice Jean Cocteau en La corrida del 1º de mayo (Demipage, 2009)― que Salvador Dalí, en un hipotético incendio en el Museo del Prado, hubiera salvado del fuego «el aire de Las meninas». En el cuento de Sáez de Ibarra, a la impostura de las relaciones en esa familia le faltaría por momentos una buena fogata, una ambientación más nociva, asfixiante, si cabe, como en la película Las invasiones bárbaras, sin ir más lejos.
La artista dotada y precoz de «Una ventana en Vía Speranzella» anhela cierto desapercibimiento del mundo, aunque en su obra vitalicia hay una fuerza de voluntad casi demencial. En cierto sentido podría pensarse en una versión femenina del Quijote, donde aquí Sancho sería el narrador, pero un Sancho ya licenciado de Barataria, asombrado y, a ratos, retórico, pero siempre testigo maravillado de la gesta y la voluntad del artista. También en este cuento se emula la técnica cervantina del manuscrito encontrado a través de lo que bien podría llamarse una vida encontrada.
En «Amores» sobraría la apostilla final sobre los anuncios de prostitución en los diarios, del mismo modo que en «Las meninas» se hace innecesaria la reproducción del cuadro al final del texto, como si se quisiera llevar al lector de la mano. «Amores» es también un cuento de riesgo, más por la resolución que por el recurso ―la transliteración de la realidad impresa―, algo manido ya en literatura de un tiempo a esta parte, aunque prefiero el acercamiento de Sáez de Ibarra o los de Víctor García Antón en «Sección contactos» y, sobre todo, el del poeta Pablo García Casado con «Dixan». Es decir, huir del collage, de la fotocopia y del Ctrl+C/Ctrl+V, como si fuera algo «novedoso» ―Dos Passos, señores―, e interpretar esa realidad impresa, que para eso existen la mirada y la tarea del escritor.
«La poesía del objeto» es un cuento difícil e incómodo, como aquellas mediáticas y polémicas esculturas hechas de cuerpos humanos plastificados. Como cuento-laboratorio o como el cuadro más «vorticista» del libro ―porque todo confluye hacia el mismo punto de fuga, como en un cuadro de Percy W. Lewis―, corre el peligro de caer en la desatención de Antonio López pero también tiene el acierto de no imitar a Botero o a Úrculo en su estética de la repetición.
«El disfrute de la palabra» inicia un bloque fantasma de tres cuentos que inciden en una fórmula similar, donde la forma parece primar sobre el fondo ―como en «Ready made»― y el significado nos habla de la belleza (cita de Danto en p. 99). Al final, esa exposición duplicada ―metaliteratura y ficción― y en apariencia no relacionada se va abrochando como los dientes de una cremallera. En ese supuesto bloque estarían también «Hiperrealismo/Surrealismo» y «La superstición de Narciso o aprender del que enseña», dos cuentos que, tratando el tema del ombliguismo artístico, bordean el resbaladizo terreno del ingenio.
Cuando digo que Javier Saéz de Ibarra renuncia a la exhibición, cabe recordar que existe un atisbo de estilo reconocible en cuentos como «Detención» (hay una cita clave de Bracho en la p. 137) y «Escribir mientras Palestina», con ese bello final, aunque la eficacia de este relato puede desmadejarse un tanto cuando la narradora emite ciertos juicios en sus digresiones históricas, políticas o religiosas. Funciona mejor cuando, recogiendo una de las metáforas del texto, opera como cuento-buldócer y no repara en la moral, presentando los hechos, atroces de por sí, como un narrador con la cámara al hombro, del mismo modo que del Holocausto judío provoca un terror mucho más profundo leer los informes técnicos y de productividad de los campos nazis, que escuchar sentencias morales sobre la barbarie.
«Jerónimo G.» es un relato bien contado, tal vez demasiado neutro y sin pretensiones formales, que desarrolla la voz de una profesora que participa en un programa de prisiones, aunque resulta un tanto forzada la historia para hablar del arte como «terapia» y camino de conocimiento personal.
Además de cierta confusión de voces entre el narrador-protagonista y el otro personaje, en el cuento «La belleza» hay algunas frases que se demoran en un preámbulo excesivo, hasta que el lector puede abandonar por fin la naturaleza muerta y el paisaje deja de ser un bodegón inerte, para encontrarnos de nuevo con uno de los cuentos más ambiciosos y memorables del libro. Es entonces cuando, como en un aguafuerte, con trazo enérgico, Sáez de Ibarra se acerca a una narración en puridad contemporánea, con un padre y su hijo despojados del barniz de las convenciones y enfrentados a la vida, en una espléndida metáfora de lo que la literatura a menudo es, por desgracia, cuando olvida su sentido: otra forma de prostitución.
Sáez de Ibarra es un lector agudo y voluntarioso ―como lo demuestra el magnífico estudio sobre la obra de Hipólito G. Navarro que publicó como prólogo en El pez volador (Páginas de Espuma, 2008)―, y además un lector fiel a autores como Borges, a quien homenajea en «Una ventana en Vía Speranzella», pero que no se contenta como el argentino con el artefacto en sí, sino que sabe darle vida más allá de cada pieza, dotando a su mecano de una tristeza casi ascética y conmovedora, fruto de la experiencia asimilada, de esa mirada sobre lo que ya fue ―de ahí que me haya servido de la conocida cita del pintor Edvard Munch en esta crítica―. No sé si Mirar al agua cambiará el mundo, como reza Scully al abrir el volumen, pero estoy convencido de que ha cambiado a Javier Saéz de Ibarra, quien se ha desnudado en este libro mucho más allá del evidente y descarnado «Autorretrato». Y eso, que sólo sucede cuando el escritor o el pintor se vuelcan en su trabajo y lo dejan todo perdido de pintura, garantiza que el lector también saldrá, como mínimo, con las manos manchadas de vida.
Sobre la edición:
Poco que añadir a lo comentado en su día en mi deriva de La fe ciega, de Gustavo Nielsen, uno de los mejores títulos recientes del catálogo de Páginas de Espuma, editorial que cumple este año una década trabajando en favor del cuento. Tan poco que, de hecho, copio parte de mi comentario de aquella ocasión:
«En cuanto a las tripas, [...] el diseño de costumbre, correctísimo: buenos márgenes, aunque con una caja de texto muy alargada, de 35 líneas por página, pero con el interlineado adecuado y el sello de marca en el folio y los títulos de los cuentos ―hacia el exterior y entre barras verticales―.
En cuanto a las cubiertas, en estos diez años ha habido para todos los gustos, pero en esta ocasión [...]» (y añado ahora) la ilustración, que tendrá sus defensores y detractores ―a uno le va el minimalismo en edición, qué quieren que les diga―, es coherente con el discurso del libro, que es lo importante. Sucede lo mismo con España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, donde la estética manga va acorde con el texto. La única pega seria se la pondría al papel de las cubiertas de Mirar al agua, un poco blandengue ya en la librería, cuando a uno todavía no le ha dado tiempo de gastar el libro.
Nota: a partir de esta entrada dejaré de añadir dos elementos habituales en mis reseñas, críticas y derivas de libros. Por un lado, he eliminado en el título la referencia previa «El cuento de 2009», ya que voy a ir intercalando desde ahora comentarios a libros publicados con anterioridad, y también a traducciones y reediciones, así como novelas y obras de literatura de viajes, aunque seguiré trabajando el cuento con especial dedicación. Para facilitar la búsqueda de entradas, sin embargo, mantendré la referencia «El cuento de 2009» en las etiquetas finales de aquellas que hagan referencia a libros de relatos publicados en este año.
También he decidido prescindir de la lista de enlaces relacionados que siempre cerraba mis reseñas y críticas de libros de relatos. Mi intención era poner en común el trabajo de otros críticos y autores con los lectores de esta bitácora, y complementar así la información disponible, además de facilitar el diálogo entre todas las partes. No obstante, y después de mantener esa postura durante mucho tiempo, he observado que otros críticos se conducen de un modo bien distinto, obviando el trabajo de algunos compañeros o restringiendo sus lecturas al círculo habitual. Así pues, a partir de ahora dedicaré ese tiempo precioso a otras tareas, y dejaré de tomarme el trabajo (que lo era) de investigar en la red en busca de otros puntos de vista, cediéndole esa tarea a cualquier lector interesado que desee teclear pistas en la barra de su buscador.


