Bitácora de Sergi Bellver: junio 2009

28/6/09

En cadena.

Inaudito. De nuevo, los lectores se revelan como el más valioso hallazgo en esta página. Tras desvelar una de mis enfermedades crónicas (bibliofilia severa), ya han llegado cuatro libros a mis manos: desde Asturias a mi buzón, Morfología del cuento, de Vladimir Propp; desde Barcelona, vía librerías Laie, Apuntes hacia una pequeña teoría de lo visible, de John Berger y El diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce; y también desde Barcelona a mi buzón, El pensamiento del afuera, de Michel Foucault (en la edición de Pre-Textos de 1988, nada menos). Merci beaucoup, mes amis!

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En uno de los artículos más recientes de la cada vez más interesante Revista de Letras se rememora el legado y la figura de Michel Foucault, pensador de una estirpe de la que ahora andamos un tanto escasos. El otro día conversé con un amigo acerca de esta revista literaria digital y la charla me hizo reflexionar sobre ese tipo de páginas. Muchas personas ofrecen de manera gratuita (y loable) su tiempo y su esfuerzo para dotar de contenidos iniciativas como Revista de Letras y otras muchas publicaciones. Sin embargo, la mayoría de estas revistas, incluyendo la susodicha, se enfrentan a un dilema complicado: la necesidad de material para seguir publicando con cierta regularidad contra la conveniencia de una cierta criba en esas mismas colaboraciones. Apenas encuentro salvedades en todas las publicaciones digitales que me vienen ahora mismo a la cabeza (en formato revista, cuaderno, fanzine o foro abierto, con una periodicidad específica, imprevisible o en función de los artículos, pero páginas literarias colectivas en todo caso) alternan colaboraciones interesantes con intervenciones menos afortunadas: La tormenta en un vaso, Diagonal, Hermano Cerdo, El coloquio de los perros, Espacio Luke, Siete de siete, Narrativas, Masacre en los jardines, etcétera. De repente uno encuentra en esas páginas artículos estupendos, reseñas e ideas que merecerían una mayor difusión junto a textos de compromiso, pantomimas de los acólitos habituales o movimientos estratégicos que se le podrían ahorrar al lector.

En fin, tampoco es algo endémico de lo virtual: en los suplementos culturales de los diarios y en algunas de las mejores revistas literarias impresas (incluidas dos de mis favoritas, Quimera y Letras libres) sucede exactamente lo mismo. Sólo me preocupa que esa inercia se contagie por sistema del papel al bitio, cuando lo virtual debiera quedar como espacio de absoluta independencia. Supongo que no es fácil decirle a un colaborador habitual que su texto no lleva a ninguna parte (más allá del intento de promoción del responsable), y renunciar con ello al artículo y muy probablemente al colaborador (cuando no al amigo, incluso: el ego de los escritores es muy delicado, como bien sabemos), pero sólo dejo por escrito mis cavilaciones por si le sirven a alguien. Creo que, en el dilema expuesto, a corto plazo puede resultar complicado mantener un criterio firme para aceptar sólo los mejores textos y sacar adelante con ellos una revista literaria, pero a medio plazo ese método sólo puede redundar en beneficio de su calidad y, por lo tanto, logrará con el tiempo la fidelidad de los lectores. Una revista, como un catálogo editorial, ha de tratar de acertar en cada apuesta (no siempre posible), pero ha de mantener sobre todo un sello en todo lo que haga (asumible a partir de unos mínimos).

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Otra de esas publicaciones es Calidoscopio, la revista antes conocida como panfleto (a lo Prince). Para el mes de julio prepara un especial canalla y delirante (en estado alterado de conciencia), pero en su último número todavía se pueden encontrar algunos textos interesantes, de esos que merecerían una mayor difusión, una impresión en rotativas o, cuanto menos, quitarle la silla por un día a tres o cuatro «profesionales» (de esquina, labial grumoso y bolso de lentejuelas) de la crítica que ya han amoldado su trasero en cualquier columna, farola o suplemento cultural. Calidoscopio, como cualquier otra página, no es ajena a lo comentado en el eslabón anterior de esta cadena a vuelapluma, pero también permite que a uno, de repente y por ejemplo, le sorprenda una librera de Cambrils (Tarragona) escribiendo sobre escritoras sin aburrir con los lugares comunes de siempre, y logrando lo que debiera conseguir siempre un texto: contagiar la pasión de quien firma por el tema del que escribe. En casos así uno toma conciencia de todos los matices que las palabras amateur y «profesional» adquieren cuando las aplica a las esquinas peor alumbradas de lo literario.

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Uno de los responsables de Calidoscopio (iniciativa bicéfala, entre Madrid y Barcelona) tiene la culpa de que un servidor participe como jurado, prescriptor, elector o uomo di respetto (a lo Corleone) para la sección Arroz negro de la revista BCN Week. Desde hace unos días ya están disponibles los dos nuevos textos seleccionados. Circulan por la ciudad en cualquiera de los 15.000 ejemplares impresos y aguardan en la red para los lectores de toda la galaxia (¿tendrán WiFi en Ganímedes?). Como ya avancé en su día, los autores de este mes son dos conocidos de esta bitácora, bloggers activos, habituales del Diomedea y de otras lides: Manu S. Vicente y Gilda Manso.

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Hablando de bitácoras, de textos, de cuentos, de publicaciones y de iniciativas, desde hace unos días circula por la red, como un rumor, el Proyecto Troyanos. No sé en qué quedarán todas esas pistas y declaraciones de intenciones (algo pomposas a veces, pero sugerentes en todo caso) que van dejando por ahí, ni si al final del sendero estará la bruja o la casita de chocolate, si todo ese proyecto no es más que un cuento chino o de veras se están tomando un trabajo de chinos, pero desde luego, si no se tuerce ni es un bulo, la cosa promete. Veremos qué pasa. De momento tiene buena pinta.

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Una de las muchas cosas que comentan estos troyanos, y que a mí particularmente me interesa, tiene que ver con la relevancia que va cobrando día a día el idioma castellano en países como Brasil y Estados Unidos. No sé hasta qué punto ese fenómeno tiene una incidencia real en lo literario, ni si hay un movimiento editorial apreciable en cualquiera de esos dos países que recoja la creación literaria autóctona (o inmigrada) en castellano. Tendría que investigarlo. El caso es que ayer, cuando desperté, en ese fructífero estado de duermevela (una ebriedad serena y calidoscópica) que precede a la vigilia completa, tuve una visión: Iowa. Luego el intelecto, la razón y todos esos torpes invitados quisieron llevar la fiesta a su terreno y me hablaron de Chicago, de Nueva York o, por supuesto, de Los Ángeles, Miami o San Diego. Pero nada que hacer. De hecho, si algo me atrae de Estados Unidos está en otra parte, en los paisajes de otros estados: Wyoming, Montana, Oregón, Vermont, Arizona, Wisconsin, la California no urbana… Nada que hacer, como digo, la fiesta ya tenía su protagonista (un borracho lúcido y carismático): las Grandes Llanuras del Medio Este, el condado de Madison, las anodinas Iowa City o Des Moines (según dice una buena amiga portorriqueña afincada en Chicago), las riberas del Mississippi y el American Writer's Workshop seguían martilleando en mi cabeza Iowa, Iowa, Iowa… someday I'll be there.

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Me quedo con I'll be there, I want you back con Billy Jean, Rock with you, I wanna be startin' something, Beat it, Smooth criminal y con tantas otras canciones de los dos primeros tercios de la vida de Michael Jackson (desde los Five y la joya Off the wall hasta Bad y, ya en menor medida, Dangerous). Personalmente, me tocaron mucho más las muertes de Freddie Mercury, John Lennon, Kurt Cobain o Cliff Burton, bajista de Metallica. Y la de Vicente Ferrer (maestro en armonía). Pero creo que «Jacko» fue un genio musical, audiovisual y del baile que tuvo al menos tiempo de demostrarlo en vida, antes de que el personaje engullera al artista y sus demonios personales destruyeran su creatividad.

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No se estudia escritura creativa en la universidad, no de una manera seria y planificada. Y no en Europa, al menos hasta donde yo sé, aunque no tengo todos los datos (creo que en Alemania sí existe algún caso). Pero no en España, eso desde luego. Por esa razón, algunos de los programas de estudios que se presentan como «máster» desde varias iniciativas privadas no obtienen el reconocimiento, la convalidación y el prestigio «oficiales». En España existía ya al menos un Máster a partir de unos talleres literarios, Máster que pretende estar homologado por una universidad española, aunque lo cierto es que sólo goza de su permiso para utilizar un nombre y un logotipo en las promociones, como mero reclamo publicitario. Pero insisto: el mundo universitario mira para otro lado y se desentiende de la enseñanza de escritura creativa (o de creación literaria). Sé que en Estados Unidos, por ejemplo, existen estudios oficiales de escritura creativa que suman los correspondientes créditos en diferentes carreras de Humanidades. Sucede por ejemplo en la Universidad de Nueva York, en la prestigiosa Universidad de Berkeley, en la de Iowa y en algunas otras. Toronto, en Canadá, también es otro caso. En algunas de estas universidades, además, la escritura creativa en español forma parte de los departamentos correspondientes (Literatura, Filología, Traducción, etcétera).

Con el tiempo ha de llegar este debate a las universidades españolas y europeas, y no sé hasta qué punto esto será positivo o negativo para los talleres literarios privados, de los que, entre otras cosas, come un servidor. Tampoco la posible incorporación de esta materia al ámbito universitario sería garantía de una mejor docencia, si no contara con la experiencia de quienes llevan más de una década en talleres privados. Como en todo, lo fundamental es el criterio. Al menos el centro para el que trabajo forma parte de la Red Europea de Programas de Escritura Creativa, que se preocupa de compartir y contrastar entre varias escuelas de toda Europa métodos y estrategias para mejorar la docencia y sumar esfuerzos, entre otras cosas. Pero me planteo todo esto con el mismo espíritu con el que antes hablaba de las revistas literarias: conciliar la necesidad de rentabilizar cualquier iniciativa empresarial con el rigor en su actividad cultural (también, con sus peculiaridades, toda universidad es en cierto modo una empresa).

El próximo día 1 de julio finaliza el plazo para la inscripción en la prueba de acceso al Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid, prueba que tendrá lugar el día 4 de julio. Los seleccionados (incluyendo varios becados, uno completo y dos parciales) comenzarán el Máster en otoño y la ponencia inaugural correrá a cargo del escritor italiano Alessandro Baricco. No es casualidad: Baricco dirige la Scuola Holden de Milán, donde se desarrolla un Máster en escritura que, si bien tampoco está homologado por ninguna universidad en los dominios de Il Cavaliere (ocupado en otros menesteres y menesterosas), goza de un prestigio real en todo el espectro literario italiano, después de años de buen hacer y de buen criterio. Ése es el espíritu con el que nace el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid: formar escritores (narradores, en concreto) que, con el tiempo, podrán argumentar la realización de ese Máster como garantía, cuanto menos, de un trabajo serio y riguroso, el mismo con el que (me consta) se ha desarrollado todo su temario.

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No sé si ya lo he dicho alguna vez, pero me encantaría trabajar algún día al frente de un programa de radio. En una emisora local o a través de un portal de radio en línea, da lo mismo. Todavía me fascina ese medio, donde la voz es la protagonista, y creo que se pueden hacer cosas interesantes e imaginativas con la literatura y la radio, donde la imagen no roba protagonismo. De un tiempo a esta parte han aparecido algunas buenas iniciativas que relacionan lo virtual y la televisión (literalia.tv, aviondepapel.tv, canal-l.tv, etcétera), pero ojalá pronto alguien se anime con la radio. Las emisoras convencionales (RNE y compañía) cuelgan archivos de sus programas en sus páginas web, pero no estoy muy al tanto de si hay iniciativas serias que trabajen sólo el formato podcast y on line. ¿Alguien tiene más pistas?

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La Escuela de Escritores y la cadena SER, como muchos ya sabéis (porque participáis en él), convocan cada semana el concurso Relatos en cadena, que en su primera temporada ya desembocó en un libro recopilatorio, publicado por Alfaguara. Formo parte del pre-jurado en ese certamen y el pasado martes ganó un texto que había pasado (de manera anónima, con un código numérico, como siempre) por mis manos. Eso satisface, pero también plantea un interrogante que extiendo a todos los concursos, como el Setenil, por ejemplo, ya en marcha: el jurado es el último responsable del fallo de cualquier premio (se entiende que hablamos sólo de los limpios, por supuesto, como parece serlo el Setenil), pero ¿quién audita, controla o valora al pre-jurado de esos premios? ¿Cuántos textos no habrán quedado en el camino por la falta de criterio, el desbordamiento o el descuido de quienes hacen la primera criba? En fin, ni yo mismo quedo libre de estas cuestiones, ya que nadie es infalible, pero lo que quiero decir con todo esto es que un escritor ha de relativizar siempre sus expectativas y sus «victorias y derrotas» en todo concurso literario. Escribir es lo más importante. Trabajar en ello. No hay victoria ni derrota real, sólo lucha con, para y desde el texto. Lo demás ha de ser siempre accesorio y llegar (o no) a posteriori. Ganar un concurso puede llegar a ser un estupendo efecto secundario, pero el síntoma y la fiebre han de ser siempre el deseo y la escritura.

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Ya que de concursos hablamos, hago una apostilla: ya es la quinta vez que un participante del Premio Diomedea me escribe un airado mensaje de correo, protestando por el fallo del jurado. Uno puede errar con la preselección de textos, pero no creo que se equivoque por sistema todo el jurado del Diomedea, mucho más amplio en proporción que en cualquier otro premio literario: entre ocho y doce escritores (muchos ni siquiera se conocen entre ellos) valorando los seis textos que yo les presento como candidatos. Me puedo equivocar, sí, pero la experiencia y cierto ojo para estas cosas han hecho que mi pronóstico personal se cumpla en casi todas las convocatorias. Tras cada fallo, llegan algunos de esos afectados (en todos los sentidos). Unos me escriben con cajas destempladas, otros con la tibia máscara de la ironía, pero todos los que han caído en ese error han gozado de mi paciencia y de la respuesta más amable y argumentada que he sabido darles, cuando no tendría por qué (por eso no se da nunca ningún tipo de explicaciones en ningún premio literario, menos en éste, claro, porque su administrador es un poco tonto). Aún así, es habitual que estos «agraviados» dejen de concursar en el Diomedea, lógicamente, o que borren de su bitácora un enlace que, a veces durante años, ha conducido a la mía, lo cual ya es menos lógico y bastante más infantil. En fin, libres son.

Cualquier día, sin embargo, alguien terminará por calentarme los cascos más de la cuenta, y publicaré entonces su texto, dejándole en evidencia con un concienzudo análisis crítico con los motivos por los que no ha llegado a la final, porque una cosa es el gusto y las modas, sí, y otra muy distinta el criterio literario y el conocimiento de los recursos utilizados en la escritura contemporánea (no hablo ya del talento). Menos mal que ésta es una iniciativa personal y no remunerada (a veces hay quien olvida que sólo me supone trabajo y algunos euros en la ventanilla de Correos, y me pide explicaciones que no vienen a cuento) y que el premio se reduce a un puñado de libros (animo a otros cuentistas o editoriales a tomar ejemplo de Juan Carlos Márquez, por cierto, y a donar alguno de sus libros para futuras ediciones del Diomedea), porque si llega a haber un buen dinero de por medio igual hasta me envían a casa una carta bomba o me meten en la cama la cabeza de un caballo (a lo Corleone). Un poco de humildad y de sentido del humor no vendrían mal. Creo.

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Veremos qué pre-jurado y qué criterio gastan en el primer concurso de relatos al que mando un texto en mi vida. El viernes grapé las copias de mi cuento, cerré la plica y crucé los dedos en Correos. Nunca he sido muy amigo de los premios literarios, pero comienzo a cambiar de opinión. Alguna vez tenía que empezar. Tal vez envíe mi libro de relatos al Tiflos, por ejemplo, si es que se convoca este invierno, ya que a pesar de la pésima distribución de Castalia al menos la edición es buena y el libro estaría en una fecha razonable en manos de los lectores, porque por la vía tradicional, con los editores, hay que pensar en plazos inabarcables de espera. No tengo prisa, pero después de tres años trabajando en el libro, cuando lo acabe, no estoy seguro de que me apetezca esperar otros dos años para compartirlo con los lectores, por cuestiones de agenda editorial. Por eso a partir de ahora, cuando descubra un certamen que parezca limpio y tenga, premio aparte, cierto prestigio literario, buscaré algún relato acabado que no esté en el libro y que encaje en ese concurso, me preguntaré por qué no y me imaginaré un día con dinero en el bolsillo para comprarme un portátil nuevo, lanzarme de una vez con aquella revista o dedicarme unos meses a la escritura a tiempo completo, que para eso sirven los concursos. Para eso, y no para dorar el ego ni creerse licenciado de nada. Prometo callarme la boca y no darle la vara a nadie cuando no gane un concurso, y otro, y otro... y seguir así, encadenando palabras y grapando folios, calladito y humilde, hasta que un buen día mi trabajo dé (o no) algún fruto. Porque la fiebre todavía no remite y a mí, la verdad, lo que me divierte es escribir.

27/6/09

Quark.



Del DRAE:

quark. (Voz ingl.). 1. m. Fís. Tipo de partículas elementales, componentes de otras partículas subatómicas, como el protón y el neutrón, y que no existen de manera aislada.

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El término quark, que en inglés puede referirse al graznido de una gaviota, fue acuñado por los científicos a partir de una frase que aparece en el libro Finnegans Wake, de James Joyce:

«Three quarks for Muster Mark!»

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quark. Tipo de queso fresco de Europa Oriental. De leche de vaca, tiene textura untuosa, color blanco y sabor ligeramente ácido.

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Quark Inc. Empresa responsable del programa de edición QuarkXPress para los sistemas operativos Mac OS X y Windows, utilizado como herramienta profesional por editores, impresores y fotomecánicos.

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Stephen Hawking, físico teórico, dijo del libro Finnegans Wake, de James Joyce:

«Me lo llevé a la playa un día, pero no entendí nada.»

22/6/09

Fallo del VII Premio de Relato mínimo Diomedea.

Para la séptima edición del Diomedea llegaron textos desde siete países y, como en la sexta entrega, ha vuelto a aumentar el número de participantes en casi un 20 por ciento. Varios relatos de autores fieles al Diomedea se han quedado muy cerca de los seis candidatos finales (los que valora en última instancia el jurado) que en esta ocasión fueron (por orden alfabético): «Cambio climático» (código 7V29Y13CO4), de Rosana Alonso; «Carteras ajenas» (código 7S13J19CS3), de Hugo García Saritzu; «El hatillo» (código 7V29Y17EO8), de Jesús Esnaola Moraza; «El velatorio» (código 7L15J23EO9), de Manuel Sánchez Vicente; «Tomates Cherry» (código 7V29Y18TY9), de Claudia Munáiz y «Sumamente desesperados» (código 7V29Y16DS7), de Andrés Portillo González.
Enhorabuena a los dos finalistas y al ganador, que desvelamos a continuación. Los tres se llevarán, además de los títulos de Gens ediciones que estaban previstos, el libro de relatos Norteamérica profunda, que su autor, Juan Carlos Márquez, ha tenido el detalle de donar al certamen. Esperemos que el ejemplo cunda entre otros cuentistas en futuras ediciones del Diomedea.
Como siempre, gracias a todos vosotros, que seguís y muchas veces ayudais a difundir esta iniciativa, próxima a cumplir los dos años de vida. Gracias también a los miembros del jurado, que continúan colaborando de manera desinteresada.
Recordad que desde el pasado lunes ya está abierta la convocatoria para el VIII Premio de Relato mínimo Diomedea, que en esta ocasión comprenderá un trimestre para abarcar las vacaciones (se falla en septiembre) y también para que durante el mes de julio podáis concentraros en el I Concurso Internacional de Microrrelatos "Museo de la Palabra", si os apetece.


Fallo del VII Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del VII Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Carteras ajenas»
Autor: Hugo García Saritzu
Nacido en la Patagonia argentina, desde 1980 vive en la localidad barcelonesa de Vilanova i la Geltrú. Es Doctor en Filología Hispánica por la UB y ha ejercido la crítica literaria en medios como el suplemento cultural de LA VANGUARDIA.
Bitácora: Vell Talp

Obtiene los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y Norteamérica profunda, de Juan Carlos Márquez, por gentileza del autor.


CARTERAS AJENAS



ELLA SE PUSO DELANTE DE USTED mientras el metro entraba en Liceu. Pinta de guiri, buen culo y la cartera en el bolsillo trasero clamando hurto sin violencia. Fue fácil. Dos dedos en pinza, grúa y adiós. Las puertas tardaron en abrirse, usted maldijo y ella se volvió. Sonrisa de diosa pagana. Un temblor le recorrió el espinazo recordándole monos pasados y olvidados. Cuando quiso reponerse de aquella mirada, ella había desaparecido en el gentío.
El botín: cinco euros, DNI de Katharine Werfel, un folleto del Gimnàs Raval y un papel con direcciones. Aunque usted siempre se deshace de las carteras robadas, ésta decidió quedársela. Necesitaba encontrarla.
Ni en el gimnasio, santuario del breakdance, ni en las direcciones, todas casas okupadas, le dieron novedad de ella. El golpe bajo vino del consulado alemán: el año anterior, el metro había arrollado a Katharine Werfel.
Buscar el olvido no fue fácil.
Hace dos días, en Sants y en hora punta, las puertas del metro tardaron en abrirse. Dos manos se sujetaron a su cintura. Se volvió. Reconoció su mirada y su sonrisa y, otra vez, la perdió en el gentío. Inmediatamente se palpó el bolsillo, ya no tenía su cartera.
«Carteras ajenas» es propiedad de © Hugo García Saritzu 2009.


Finalista del VII Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «El hatillo»
Autor: Jesús Esnaola Moraza
Donostiarra de nacimiento, reside en Barcelona. Recientemente obtuvo una mención especial en el III Concurso de relatos de TMB de Barcelona.
Bitácora: El doctor Frankenstein, supongo

Obtiene los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y Norteamérica profunda, de Juan Carlos Márquez, por gentileza del autor.


EL HATILLO



AQUELLA MISMA NOCHE, tras escuchar la decisión de Marta, subí a la azotea de casa con el fusil de precisión que usaba cuando iba de caza mayor. Saqué los prismáticos y miré con ellos alrededor de todo el edificio, intentando descifrar cuál sería la ruta más probable.
Hasta el amanecer no las oí acercarse. Venían dos juntas. Aguardé a que se separaran. Todo se complicaría mucho si no lo hacían. Tras unos segundos de tensión, una de ellas viró hacia el sur mientras que la otra siguió directa hacia mí. Cargué el fusil. Coloqué la rodilla derecha en el suelo y encajé bien la culata en mi hombro. Un disparo. Tal vez no me diera tiempo de hacer dos.
Apareció su cabeza en la mira telescópica. Contuve la respiración y mi dedo índice apretó suave el gatillo. La cabeza de la cigüeña reventó y el hatillo que llevaba en el pico con mi hijo, con nuestro hijo dentro, se precipitó al vacío. Cuando estaba a mitad de camino del suelo, desapareció como la pólvora de un fuego artificial pero sin luz, sin ruido.
«El hatillo» es propiedad de © Jesús Esnaola Moraza 2009.


Cuento ganador del VII Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del VII Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Cambio climático»
Autora: Rosana Alonso
Compagina su trabajo como analista de laboratorio en un hospital con la escritura. Ha recibido diversos talleres literarios y obtuvo un segundo premio en la modalidad de texto hiperbreve en el XIII concurso de la Fundación Civilia “Todos somos diferentes 2008”. Reside en Camarma de Esteruelas (Madrid).
Bitácora: (no consta)

Obtiene un lote con cuatro libros de relatos: Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009); Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008) y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007). Recibe también el libro Norteamérica profunda, de Juan Carlos Márquez, por gentileza del autor.


CAMBIO CLIMÁTICO



FUE UNA PRIMAVERA PRECOZ. El terapeuta le había dicho a mamá que cuidar del jardín le vendría bien; se había convertido en una selva en miniatura en la que perdíamos siempre la pelota. Compró un abono universal a un extraño hombrecillo de acento extranjero que vendía sus productos a domicilio. Todos, menos papá, nos dedicamos a desbrozar, abonar y sembrar el jardín con entusiasmo. Pasado un mes germinaron un poeta, una bailarina y un violinista entre los macizos de clavelinas y pensamientos. El poeta escribía palabras nuevas que mamá cantaba siguiendo el sonido del violín y la bailarina giraba alocada a nuestro alrededor, como una mariposa gigante y exótica. Llovían colores primarios y saltábamos sobre charcos violetas y verdes, salpicándolo todo. Papá nos miraba muy serio resguardado bajo el porche, como si no le alegrara escuchar a mamá cantar después de tanto silencio. «Es el cambio climático», murmuraba, y recogía el agua multicolor en frasquitos para analizarla en su laboratorio. Una noche, mientras dormíamos, tiró el abono al contenedor y echó herbicida en el jardín. Nuestros invitados se fueron marchitando y mamá se encerró en su cuarto de nuevo. Un aliento helado se adueñó de la casa.
«Cambio climático» es propiedad de © Rosana Alonso 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

21/6/09

Bibliofilia severa (recaída).



El pasado viernes 19, desde tierras del norte llegó el primer libro: Morfología del cuento, de Vladimir Propp.
La gente es increíble, de verdad. GRACIAS.


Del 13/6/09:

Estoy enfermo. Soy bibliófilo. Tengo deudas. No llego ni a mileurista. Busco (más) trabajo. No moveré un dedo por menos de 9 euros la hora. Estoy enfermo. Soy braquiófilo (los brazos, ciertos brazos, esos brazos: me río de ti cuando señalas otra pasión cualquiera como bella y te ríes de la mía; qué sabrás tú de brazos). Tengo branquias. No puedo respirar fuera del agua. Busco una pecera amplia, a compartir. Me han dicho que a una editora que me gusta (su trabajo, no sus brazos) no le gusta la narrativa de humor. El primer relato de mi libro va de un hombre-rana a la deriva. No es una broma. No es humor. A la deriva, el hombre-rana c'est moi. Y estoy enfermo. Soy bibliófilo. Tengo deudas. No llego a fin de mes. Hoy he mentido y he dicho que mañana madrugaba, porque no tenía dinero para las copas. No me moveré de aquí por lo menos hasta las 9. Estoy enfermo. Soy antólogo. Tengo proyectos. No doy abasto pero el deseo me alcanza. Busco editores. No moveré ninguna antología sin una buena apuesta. Quiero muchos libros, narrativa, narrativa y poesía, claro, como siempre, ya te lo he dicho, estoy enfermo. Pero ahora quiero (mucho) estos libros. Dámelos. Los quiero. Regálamelos. Mándamelos a casa. Pásamelos por la calle, en el metro, métemelos en la mochila sin que me entere o déjame una nota. O los robaré. Soy un hombre-rana enfermo. Y no tengo dudas: los quiero, dámelos o los robaré [*]:

  • Berger, John. Apuntes para una pequeña teoría de lo visible, Árdora, 1997. (recibido)
  • Bierce, Ambrose. Diccionario del Diablo. (recibido)
  • Bordieu, Pierre. Las reglas del arte, Anagrama, 1995.
  • Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, 1989.
  • Deleuze, Gilles. Lógica del sentido, Paidós, 1989.
  • Foucault, Michel. El pensamiento del afuera, Pre-Textos, 2000. (recibido)
  • Gombrowicz, Witold. Cualquiera, casi.
  • Herzog, Werner. Del caminar sobre el hielo, Ediciones de la Tempestad, 2003.
  • Huxley, Aldous. Si mi biblioteca ardiera esta noche, Edhasa, 2009.
  • Jung, Carl Gustav. Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y en la ciencia, Trotta, 1999.
  • Maillard, Chantal. La razón estética, Laertes, 1998.
    -Contra el arte y otras imposturas, Pre-Textos, 2009.
  • McDougall, Joyce. Alegato por una cierta anormalidad, Paidós, Buenos Aires, 1993.
  • Miller, Jacques-Alain. Los signos del goce, Paidós, Buenos Aires, 1998.
  • Muchnik, Mario. Lo peor no son los autores, El Taller de Mario Muchnik, 1999.
  • Pavese, Cesare. El oficio de vivir, Seix Barral, 2001.
  • Propp, Vladimir. Morfología del cuento, Fundamentos, 1991. (recibido)
  • Roth, Joseph. Cualquiera, o las Cartas de Acantilado, o Viaje a Rusia, Minúscula, 2008.
  • Steiner, George. George Steiner en "The New Yorker", Siruela, 2003.
    -Presencias reales, Destino, 1993.
  • Talens, Jenaro. Elementos para una semiótica del texto artístico, Cátedra, 1980.
  • Todorov, Tzvetan. Poética, Losada, Buenos Aires, 1975.
  • Valéry, Paul. Teoría poética y estética, Visor, 1990.
  • Virilio, Paul. La estética de la desaparición, Anagrama, 1988.

  • [* Pero no robar a libreros como estos, que son cojonudos. No, ahí, si acaso, cómprame los libros y me los mandas:

    Laie CCCB
    Auzolan Liburudenda
    Galatea Llibres
    Librería La Clandestina
    Librería Xoroi
    Librero humanoide
    El llibreter
    Librería Valdeska
    Tres rosas amarillas

    Si vas a robarlos, hazlo en la FNAC o en un sitio de esos, y que se jodan. Aunque, bien mirado, ni te molestes, no los tendrán, esos libros: un día pregunté por Flannery O'Connor y se pensaban que era una cantante de folk.]

    15/6/09

    Convocatoria del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea.

    Recordad que el fallo de la séptima edición (para la que se han recibido un 20 por ciento más de trabajos que en la anterior) se publicará a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 22 de junio de 2009. Cualquier relato que haya sido entregado después de las 14 horas del día de hoy, 15 de junio, pasará de manera automática a participar en la octava edición del certamen.
    En esta ocasión se amplía el plazo de entrega de los textos para dar cabida a las vacaciones de verano y para que el certamen no se solape del todo con el I Concurso Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”, al que os animo a participar, eso sí, con un texto distinto, no sea que os den el premio y luego os quiten los 7.000 euros porque el relato no sea inédito (también cuentan las bitácoras y el Diomedea, sí). Chéjov no lo quiera.


    VIII Premio de Relato mínimo Diomedea

    Bases del VIII Premio de Relato mínimo Diomedea:


    1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 15 de junio de 2009 ha quedado abierta la convocatoria para el VIII Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y ganadores de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, siempre y cuando concursen con nuevos trabajos.

    2. Los relatos se presentarán en castellano y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

    3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

    4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el VIII Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

    5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas [1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 14 de septiembre de 2009. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el IX Premio de Relato mínimo Diomedea.

    6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos y escritores reconocidos, así como por profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 21 de septiembre de 2009, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos y obliga a indicar autoría y fuente.

    7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados [2].

    8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner facilitado por el administrador, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «VIII Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares [3].

    9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de anteriores y sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial [4].

    10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

    [1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
    [2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
    [3] El espíritu de este certamen se basa, entre otras cosas, en el rigor y en la buena voluntad de todas las partes. A este respecto, cabe señalar que algunos de los interesados han incumplido este punto, lo que no tendrá mayores consecuencias pero sí parece un detalle, cuanto menos, poco elegante.
    [4] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
    Premiados en anteriores convocatorias:

    I Premio de Relato mínimo Diomedea
    II Premio de Relato mínimo Diomedea
    III Premio de Relato mínimo Diomedea
    IV Premio de Relato mínimo Diomedea
    V Premio de Relato mínimo Diomedea
    VI Premio de Relato mínimo Diomedea

    9/6/09

    Escribid, escribid, malditos.

    BCN WeekDesde el mes pasado colaboro como jurado (por llamarlo de alguna manera, aunque sería más adecuado llamarlo "cazatalentos" o algo por el estilo) en la sección "Arroz negro" de la revista BCN Week. En mayo se publicó un cuento de Matías Candeira y un poema de Rubén García Cebollero, todavía disponibles en red, en este enlace. BCN Week es una revista alternativa, supuestamente informal (aunque se toman muy en serio muchas cosas para que el trabajo valga la pena) y trilingüe (nada que ver con tripletes, aunque aquí levante el dedo meñique y entone una risa de ultratumba), en castellano, inglés y un poquito de catalán, para que luego digan. Tiene una tirada de quince mil ejemplares que se distribuye de manera gratuita en diversos locales de Barcelona y, como habéis podido ver, también cuenta con versión virtual. En adelante, los tres colaboradores encargados de esta sección, Albert Lladó (impagable el haberme permitido participar en el jurado de esa bella iniciativa llamada Ficcions, que persigue promover la escritura entre los jóvenes catalanes: vídeo, en catalán y revista Secundèria), Jordi Corominas i Julián (el alma mater del asunto y de otras tantas loo-poesía-curas, como la revista Calidoscopio, que pronto publicará también su número de junio) y un servidor seguiremos buscando textos para la sección. Podéis enviarme vuestros relatos (breves, por favor) a mi correo-e, aunque preferiría haceros yo mismo la propuesta, de manera personalizada. Eso hice en las últimas semanas y después de proponérselo a unos cuantos autores, en el mes de junio los seleccionados han sido el salmantino Manuel Sánchez Vicente y la argentina Gilda Manso, viejos conocidos del Diomedea. En breve aparecerá la edición de junio de BCN Week con sus relatos en "Arroz negro".


    Museo de la Palabra Imagino que, a estas alturas, vía Facebook y por otros mentideros de lo virtual, ya estará casi todo el mundo enterado del bombazo del inminente verano: el Museo de la Palabra convoca el premio literario mejor dotado económicamente en castellano (si atendemos a euros por palabra, supera incluso al Planeta o al Ribera del Duero; estos romanos están locos...). O dicho de otro modo, desde el pasado día 1 de junio se puede participar en el I Concurso Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”.

    A través de ese enlace podéis acceder a la página del Museo de la Palabra y descubrir allí las bases completas y el formato de participación en este nuevo y flamante premio de microrrelato que os propone la manchega Fundación César Egido Serrano. Ahora bien, si me lo permitís, me gustaría daros tres consejos: paciencia, trabajo y coherencia. Es decir, que no enviéis lo primero que se os ocurra, que esperéis unos días a terminar de corregir o de perfilar vuestro microrrelato y que no tratéis de colar nada que no sea inédito (en papel o en silicio, da lo mismo). Seguro que por 7.000 euros para 600 caracteres (espacios incluidos) la competencia será dura y participará más de un "consagrado", pero me consta (de muy buena tinta...) que el certamen será limpio y, la verdad, me encantaría ver a alguno de los habituales del Diomedea por allí.

    *

    Tengo muchas más cosas que contaros, colaboraciones mías como crítico en nuevas revistas, proyectos de antologías que van cobrando forma, derivas que se avecinan, nuevas reseñas, nuevos cursos (quinta edición del intensivo virtual de Literatura de viajes el 3 de agosto, aquí, y primera convocatoria del curso presencial en la Escuela de Escritores de Madrid el 20 de julio, aquí) y alguna que otra sorpresa. Pero eso será otro día. Ahora os dejo escribir, que es lo suyo. Y ya que estamos, escribid también para el VII Diomedea, hombre, que no imprimo quince mil ejemplares ni doy 7.000 euros sino un puñado de buenos libros, pero, ¿y lo bien que nos lo pasamos luego todos leyendo?

    3/6/09

    Paisaje.

    Cita John Cage a Kant para decir que las dos únicas experiencias que no requieren de sentido son la música y la risa. No me apetece releer a Deleuze, ni reivindicar la disolución de nada, ni buscar atenuantes, ni refundar la ley del vértigo, ni hablar de la grieta que se abre poco a poco en mi cabeza y por la que se asoma la muerte, con sus manos pequeñas e inquietas, de niño hambriento. La risa que me ronda es arcana y se retuerce en la esquina del mundo y agita y tumba las cosas como un pájaro que no sabe salir de la habitación. Ni siquiera acierta a escapar por el boquete que hizo en el vidrio de la ventana al estrellarse. El pájaro, el delito, el vértigo y la risa extraña se quedarán, domesticados, como inquilinos de la grieta. Y alguien tendrá que apagar la luz y darle unos huesos al niño, que tiene mala cara. Pero ahora la risa no, ni el sentido, ni las paredes de esta habitación. No, ahora en esta noche y en esta espiral de la fiebre no, porque lo único que necesito es que alguien arranque de una vez y que todo se mueva, y que tire los mapas por la ventana, que los tire sin cuidado, que no saben volar, ni sabrán tampoco volver a entrar por el agujero. Dejar la grieta atrás, y el niño frío con su caldo de espanto atrás, y atrás los pájaros y los libros y los nombres y las cifras. Y sólo el paisaje, y la música, y el paisaje, y más allá, y el paisaje sin fin, y la música, y no detenerse hasta que vuelva la risa del cielo abierto, como un pájaro, a posarse en mi cabeza.


    1/6/09

    Textos de los alumnos (III):
    Jesús Sánchez Jaén.

    Literatura de viajes Literatura de viajes
    (Hoy, lunes 1 de junio, ha comenzado una nueva edición del curso,
    para la que todavía quedan algunas plazas libres).



    EL REINO DE LA ARENA


    Es octubre, aunque aquí el otoño es algo desconocido. El sol se levanta con la misma intensidad casi todo el año y al mediodía el calor es inmisericorde. Pero estamos en Tombuctú, y el simbolismo de su nombre puede más, de momento, que el aire casi incandescente o la luz dolorosa que se clava en los ojos. Hemos llegado en avión, un medio muy directo más poco atractivo. Este año la estación de las lluvias ha sido generosa en esta parte del Sahel, en contra de lo habitual, y las carreteras cercanas al gran Níger andan anegadas en muchos lodazales.

    La primera impresión es un tanto decepcionante. La ciudad no parece ni rica, ni exótica, ni enigmática siquiera. La imagen legendaria de la capital del Sahara, transmitida por los grandes viajeros medievales desde Ibn Batuta en adelante y asentada en la leyenda por los relatos de los exploradores decimonónicos, solo se corresponde con la realidad en una cosa, el desierto, que en estos tiempos se adentra por las calles con tentáculos de arena. El asfalto mal remendado, los embriones de acera, los rincones más escondidos, todo está cubierto con una capa de arena que se encarama hasta por el arranque de las paredes. Quizá siempre fue así, pues Tombuctú ha nacido y vivido por y en el desierto. De su supuesta opulencia no se ve ni rastro. En el siglo XV León el Africano encontró una ciudad con numerosos mercaderes enriquecidos gracias al comercio de telas europeas, que se pagaban en oro puro. En su crónica relata el poder del señor de Tombuctú, que poseía un ejército impresionante, y menciona la abundancia de ganados y cereales en los mercados. Su situación estratégica, en el borde sur del Sahara, la hacía punto de partida y destino de grandes caravanas, y las minas de sal próximas la proveían de un producto muy cotizado a lo largo de siglos. Si de todo ello hubo y por su dominio pelearon con frecuencia mandinkas contra shongais y estos con los magrebíes y los peules, y los tuaregs contra los otros cuatro, hoy nada se encuentra; no se atisban palacios, las mercancías escasean y el oro se ha olvidado.

    Las calles enarenadas nos reciben casi vacías, y el refugio que ofrece un remedo de restaurante sirve para poco más que calmar el apetito. La comida es parca y sin gracia, pero con el condimento obligado de la arena omnipresente. Por suerte la caída de la tarde muestra otra cara, la de una mínima animación callejera que crece pausada al ritmo de la sombra: cuanto mayor es ésta más gente hay en la calle. Para entonces es posible ver la mezcla que compone la población: tuaregs espigados envueltos en “jaiques” de colores vivos y con turbantes ampulosos se entrecruzan con grupos de negros fornidos y andar flexible. De repente tropeles de niños corretean jugando junto a sus madres, todos igualmente negros. No se aprecia recelo entre ambas poblaciones, pero tampoco un trato cercano. El sol desciende en el horizonte, y eso anima a atreverse con los caminos que salen de la ciudad hacia las dunas. Entre ellas se avistan conjuntos de tiendas míseras compuestas por lonas, plásticos y ramas. Alguien nos indica que son asentamientos de familias tuaregs, instaladas aquí a causa de un proceso de sedentarización obligado tras las revueltas transfronterizas de los últimos años. Las tribus tuaregs de todo el Sahara pasan, desde hace décadas, por una etapa de graves dificultades para asimilar un mundo de fronteras donde ellos solo conocían desierto libre y horizontes sin límites. Resulta difícil encontrar en Tombuctú la mirada orgullosa y el andar altivo de los “imohag” que tan bien ha descrito Vázquez Figueroa en sus novelas. Parecen vivir resignados a su suerte pero eso no les resta elegancia en la manera de moverse ni distinción en el porte.

    A la mañana siguiente el día, según va despuntando, nos empuja hacia las calles. Sopla una ligera brisa proveniente del Níger que hace muy agradable un paseo madrugador. Junto a algunas casas varias mujeres negras están atareadas ante unas construcciones cónicas de adobe de casi dos de metros de altura. Al acercarnos con curiosidad podemos ver que se trata de hornos familiares, de los que sale un aroma cálido a pan recién cocido. Ellas llevan túnicas largas de colores intensos y van tocadas con pañuelos anudados sobre su pelo con destreza. Aquella de allí maneja una pala de madera con la que extrae de la boca del horno varias tortas levemente chamuscadas. A la luz fresca de la mañana muestra un rostro redondo y juvenil. La brisa le ha obligado a cubrirse con un manto holgado, de mangas muy abiertas, bajo el que asoma una túnica azul. Así es difícil atisbar su figura, tan cubierta de ropa. Qué imagen tan similar a la descrita por una expedición francesa que llegó a Tombuctú en 1922 tras cruzar por primera vez el Sahara en automóvil de norte a sur. No eran grandes literatos ni viajeros románticos, sino militares empeñados en abrir una nueva ruta de comunicación, pero dejaron constancia de su travesía en un diario plagado de buenas descripciones y datos contemporáneos muy útiles para observar, ochenta años después, cómo las gentes del Sahara han cambiado, aunque no demasiado. Los autores, J.M. Haardt y L. Audouin-Dubreuil, se recrean en varias páginas narrando la desnudez de los chavales y de muchas mujeres negras de Tombuctú. Éstas les parecen especialmente jóvenes y bien formadas:

    «Muchas llevan un pañuelo alrededor de los riñones, llevando siempre descubierto el busto.»
    La primera travesía del Sahara en automóvil.
    El raid Citroën, 1922-23.


    También ellos se detuvieron ante los hornos de adobe y disfrutaron contemplando la habilidad de quienes cocían el pan, narrando encandilados la belleza corporal de las mujeres negras.

    En la misma calle, al pie de un muro, un grupo de niños ha instalado un futbolín y juega animadamente. Los más pequeños visten pantalones cortos, camisetas de estilo europeo y unas chancletas de goma entre las que la arena sale y entra con presteza a cada paso que dan. Los mayores llevan túnicas verdes y amarillas que ya mueven concierto garbo. La imagen, por inesperada, resulta chocante pero ¿acaso no hay lugar más propio para jugar al futbolín que las calles de Tombuctú a las siete de la mañana?. En fin, esto si que no lo vieron los militares franceses.

    Cuando los chicos se percatan de la presencia de los extranjeros, uno de ellos se acerca y pregunta, haciéndose entender en un francés rudimentario. Conoce el camino a la gran mezquita y los lugares más interesantes, por lo que es aceptado al momento como guía informal. Bani, así le llamaremos, no tiene más de doce años y sobre su cabeza oscura crece un pelo de rizos minúsculos más negro si cabe. Intercambiamos pocas palabras mientras nos lleva resuelto hacia una gran construcción de adobe, en la que asoman múltiples maderos secos. Estamos ante la Djingereber, la mezquita más antigua de la ciudad y tal vez de la región del Níger, mandada construir por el gran Kankan Musa en 1325. Se la encargó al arquitecto granadino Isaac es-Saheli, quien creó un nuevo estilo basado en gruesos muros de adobe y madera en los que sobresalen pequeñas almenas y algunas torrecillas de forma piramidal. Una de éstas, la más alta, sirve de minarete al muecín.

    Bani, nuestro acompañante, tiene el gesto adusto y sonríe poco, quizá desacostumbrado a los visitantes blancos. Nos lleva hasta la entrada del templo con presteza y aguarda fuera. El interior de la mezquita es muy diferente a cuantas hayamos visto antes. Varias hileras de arcos soportados por gruesos pilares ocupan la sala de oración, mermando en extremo el espacio para los fieles. La luz natural se limita a la que entra por la puerta, una prevención frente al sol y al calor añadida al poder aislante del adobe. Aparte de sus funciones religiosas, el edificio es toda una muestra de sabiduría arquitectónica y buen hacer bioclimático. No debe haber mejor lugar en la ciudad para protegerse del rigor del
    mediodía. Decenas de esteras de colores dispuestas en el suelo permiten caminar sin pisar la arena y aportan un contraste vistoso frente al gris de los pilares.

    El chico nos guía por los patios posteriores y, sin una palabra, se dirige hacia la azotea para mostrarnos de cerca el minarete. Tiene poca altura y las paredes en talud para darle mayor consistencia; esclavitudes de unos materiales tan pobres.

    A continuación Bani se encamina hacia las otras mezquitas, en las que no está permitido el acceso a los infieles, y luego callejea hasta las viviendas donde habitaron los tres exploradores europeos que residieron en Tombuctú en el siglo XIX, Gordon, Caillie y Lang. El relato de la expedición francesa en automóvil describe todos estos lugares, recreándose en la casa donde estuvo su compatriota Rene Caillie, como no. Además, Haardt y Audouin-Dobreuil explican con detalle las actividades diversas a las que se dedicaron en sus semanas en Tombuctú, poniendo especial emoción en el relato de un hecho festivo, la llegada de la gran caravana de la sal, la «azalai», que regresaba de las minas de Taudenit, a unos 100 Km. al norte en el profundo desierto. Dos veces al año arribaban a la ciudad cientos de camellos cargados con barras de sal, protegidos por una fiera escolta armada para ahuyentar a los bandoleros. La «azalai» era recibida con grandes festejos que podemos recordar gracias al diario de viaje de estos dos oficiales franceses. En la actualidad las caravanas casi han desaparecido, y el escaso comercio de sal se abastece con camiones. Poco consuelo queda ya al viajero salvo leer las crónicas de tiempos pasados.

    Pedimos a Bani que nos lleve al mercado, y mientras caminamos por las calles sumidos en una cierta añoranza, nos conformamos con ver a las mujeres que ataviadas con frescos vestidos cuidan de los niños o realizan labores caseras a las puertas de las viviendas. Algún tuareg cruza la calle con paso distraído, refugiado en el interior de su turbante. A la entrada del mercado, una vendedora rodeada de niños posa para nuestra cámara en medio de un puesto de tubérculos y hortalizas dispuestos sobre palanganas blancas. Tiene un bebe en los brazos y su precioso vestido verde, a juego con el pañuelo de la cabeza, denota que no pertenece al desierto.

    © JESÚS SÁNCHEZ JAÉN
    Jesús Sánchez Jaén reside en Madrid. Realizó el curso intensivo virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores entre enero y febrero de 2009. Es el responsable de la página Viajes y viajeros.