Bitácora de Sergi Bellver: mayo 2009

26/5/09

Fogonazos (otras formas de país).

Cuando el tren se detuvo en la estación de Almería el pasado miércoles, al poner el pie en el andén, el olor del salitre en el aire me dijo que, en cierto modo, volvía a casa. Era la primera vez que visitaba la ciudad, pero eso importaba poco: mi país está hecho de sal y de orillas, de luz y de arena. Mi país no es una convención escrita, ni un pedazo de papel, ni fue nunca un marco definible. Ya desde niño, mi idea de patria "[...] no era un país, sino el material del que están hechos los países", como escribía Willa Cather en su novela Mi Ántonia. La cita encabezaba Sobre tierra plana, una antología de relatos que apareció a inicios de 2008 en la editorial a la que sigo echando una mano, y venía seguida por un prólogo de Javier Reverte.

Los trenes ya no transportan el mineral por la quimérica pasarela de hierro que ahora muere sobre el puerto de Almería. Se diría que aguarda a un Nostromo o a un Titanic 2.0 salido de la película Dune, dispuesto a amarrar su popa para volcar entrañas de otros mundos, herrumbre desmenuzada y dispuesta para el inventario. El puente del mineral se eleva despacio desde el fin de los andenes, junto a la mole ferruginosa del "toblerone" (los antiguos silos de almacenaje), salva el tráfico de los coches con unos arcos que, sin serlo, tienen bastante de romanos, y penetra en las aguas del muelle hasta ofrecerle al azul esa especie de promesa de montaña rusa. Al azul o a lo que sea en realidad ese azul. Porque la luz de Almería no es azul, ni clara, ni una luz siquiera. La luz de Almería es otra forma de país, una suerte de Ítaca austera y serena en la que habrán de tensar el arco el mendigo y el desertor, el rey y el soldado, todos los jirones de sí mismo que soporta cada Ulises.

Le digo a Miguel Ángel Muñoz, con el pescado en el plato y los libros en la conversación, que podrían empalmar un AVE y hacerlo volar por el puente del mineral (que para eso son los pájaros), mar adentro, como a un convoy de manga japonés. El infierno (el que forjan las miserias humanas) también está en Almería, o eso viene a decir Juan Manuel Gil mientras cena y se irrita (el tipo tiene gracia hasta cuando se cabrea) hablando de los despropósitos políticos que han convertido El Alquián en la boca del Hades. Javier Reverte y todos los demás hablamos de viajes, de libros y de las formas de comer pescado con las manos. Ana Santos y Pedro Miguel (gracias otra vez), el señor Curri (Antonio García Fernández para las solapas), Oscar, la novia del hijo del pescador-relojero (hay algo de artesano judío, de pescador galileo y sabio, en ese don para dejar limpia cada raspa), el violinista, una Nausica repentina en la Rambla, tres o cuatro Circes, dos niños en las casetas del LILEC, algunos alumnos sedientos que con su curiosidad pueblan el taller de vida, Javier Reverte (no confundir con ningún académico pescador de truchas: este es un hombre humilde y cercano), la piedra caliente de las fachadas, el café americano, las jibias, la solana espabilando mi pellejo por el paseo marítimo, cierto remedo de mis retazos alicantinos de infancia, cierto rumor de Eixample, cierta nostalgia de los otros que también fuimos (en otras vidas, tal vez) me deslizan en la mochila un lastre amable: otro lugar en el que no sentirse extranjero.

Después, el viernes, un autobús asciende por la mitad de mi árbol genealógico, de Murcia a Valencia, y una amiga (a lo Cela, con una chófer más alta que yo) me acerca a repetir encuentros y extravíos en Albarracín. Enrique Páez, su discurso impagable y los cojones del caballo, la familia repentina de escritores (que también tiene muchas ramas y raíces, que para eso son los árboles), los catalanes, la cita del cuaderno de Pla, el solanar sobre el pueblo, un editor que nunca parece descansar, el vino pésimo de la venganza (de Don Mendo), Germán agotado, Ana danzarina, Patricia fenicia, Mariana risueña, Pau a dos manos, Muriel y Bea que suman seis mamás, Sergi medio sonámbulo por las esquinas (dice Lucía), las llaves de la habitación en mi bolsillo a todas horas ("este año no me dejan en la calle"), el buen Jacobo, Javi y el menda preguntándonos "cuándo se folla aquí", la trouppe de profesores en el molino de agua (agua en todas partes menos en el vaso), alumnos escaldados del innombrable por doquier (todo cae por su peso: tres sorpresas exceden la casualidad), el cara-ternasco del hostal que rezonga (tendero cascarrabias capaz de sabotear una comida en hermandad), pocos desmanes, mucha letra y otra vuelta de tuerca a mi cuento de niño con padre postizo y gorra de béisbol. Ah, y de postre, otra charla sobre literatura de viajes con Julio Llamazares, de nuevo un encuentro amable con un escritor humilde, un leonés ameno y tranquilo (¿por qué los más mediocres terminan por ser los más soberbios?, ¿cómo demonios se endiosa un jabalí?). Y la lluvia (amarilla no, más bien rojiza) que sólo bravuconea un poco de madrugada y escampa pronto. Menos mal, hay que remontar la empedrada, emular a Sísifo, pero contentos (hemos elegido nuestra roca, nuestra sed). Domingo tarde, dispersión, y cada uno de regreso a su país, a su exilio o a su luz.

En fin, días que valieron la pena.

Aunque fuera para que Javier Reverte y Julio Llamazares me dieran algún consejo útil para el nuevo curso virtual de literatura de viajes, en ciernes (empezamos el lunes, 1 de junio). Aunque sea por haber conocido Almería y haber respirado un poco de mar antes de regresar a este exilio mesetario. Aunque sólo fuera por lo compartido con amigos y desconocidos, valieron la pena, la verdad.

19/5/09

Migración a la luz (LILEC'09).

Hoy, martes 19, tendrá lugar a las 20.30 horas (dentro de un ratito en realidad) el Encuentro de "bloggers" en la caseta de Literatura en red del LILEC'09, la Feria del Libro y de la Lectura de Almería. En ese encuentro se elaborará una suerte de decálogo para los autores y administradores de bitácoras literarias. Al hilo de mi entrada anterior, no creo que nada sea definitivo ni concluyente, pero sí puede ofrecer, al menos, algunas líneas maestras para una buena convivencia en esta parte concreta de la "blogosfera", la que tiene que ver con lo literario. Luego, a las 22.30 horas, fiesta virtual y tangible, con los vídeo-recitales de las poetas Ana Gorría (desde Madrid) y Estíbaliz Espinosa (desde Galicia), acompañadas por la música de los guitarristas del grupo almeriense Unsilenced, en el pub Zaguán, donde los famosos Banderines literarios. También tendrá lugar en pocos minutos un encuentro digital a las 19.30 horas con Miguel Ángel Cáliz, editor de Traspiés.

Mañana miércoles, día 20, un servidor madrugará para tomar el tren camino de la luz y del mar, para participar durante dos días en esta fiesta del libro y de la lectura. Ni que decir tiene que además de cuadernos y proyectos, llevo en la mochila muchas ganas de conocer la ciudad, de disfrutar del evento, de compartir la ilusión de los alumnos, de reencontrarme con amigos como Miguel Ángel Muñoz, o de conocer en persona a Juan Manuel Gil, Antonio García Fernández o a los editores de El Gaviero. Pero también de convertirme en flânneur la mañana del jueves por las callejas ¿morunas y sobrias? de Almería, y de emborracharme de mar, de luz y de viaje (el viernes, para Albarracín, a seguir escribiendo el fin de semana), que la abstinencia ya duró demasiado.

Además del taller que impartiré (gratuito y abierto, miércoles y jueves de 17 a 20 horas en la sede del Instituto Andaluz de la Juventud) sobre Relato de viajes (pensado para el LILEC pero a la vez relacionado con el curso vitual de Literatura de viajes que redacté para la Escuela de Escritores y para el que todavía quedan plazas disponibles), mañana a las 20.30 horas estaré disponible para todos vosotros en otro encuentro virtual, a través de la página habilitada por el festival para la ocasión, una bitácora duplicada donde podréis encontrar toda la información necesaria sobre el programa del LILEC'09 (actualizada cada día) y sobre los autores, colaboradores y participantes (se pueden seguir allí los enlaces para conocer más detalles sobre cada participante).

La dinámica básica de dicho encuentro es sencilla: estaré conectado desde la caseta en la Rambla y podréis charlar conmigo en directo a través de la bitácora del Festival http://lilec09.blogspot.com/ o dejarme vuestras preguntas en la dirección de correo-e lilec09@gmail.com o en la página de Facebook "Lilec Almería".

Si os apetece, estaré encantado de charlar con vosotros "en tiempo real".
Seguiremos informando. Pero será ya desde Almería y Albarracín. Copio de la página del LILEC:


MIÉRCOLES 20:

13.00 h
. Encuentro digital con ORIOL BORRÀS, del Gremio de Editores de Cataluña.

17.00 h- 20.00 h. Taller de escritura: El relato de viajes con SERGI BELLVER en la Sede del IAJ.

19.00 h. Encuentro digital* con FRANCISCO CAÑABATE.

19.30 h. Animación. Espectáculo de Danza y Teatro, AD-LIBITUM en el Recinto del Festival. Rambla Federico García Lorca.

20.00 h. Encuentro digital* con SERGI BELLVER.

20.30 h. Leí 2: Literatura y cocina con ÓSCAR LÓPEZ y SERGI AROLA en el Teatro Apolo.

13/5/09

Los siete pecados virtuales.

La abolición de la distancia física entre un comediante y un hombre de bien produce siempre, por muy grande que haya sido la diversión, cierto embarazo.

THOMAS MANN, La muerte en Venecia


Como en cualquier otro ámbito, también en el no-lugar de las bitácoras literarias se manifiestan las mejores y las peores versiones de nuestra condición humana. Los siete pecados capitales ―en los que todos hemos caído alguna vez― adoptan otros modos y ropajes, pero siguen siendo perfectamente reconocibles en este continente virtual. Así, podría identificarse la Avaricia en aquellas bitácoras cuyo objetivo de base es aumentar el número de visitas, donde a veces ni siquiera figuran enlaces a otras páginas ni se destaca el trabajo ajeno ―o sólo el de aquellos que ofrecen «contraprestaciones»―, y donde cada movimiento persigue un provecho laboral o una progresión vertical en listas y directorios. En cierto modo, también la Gula seguiría pautas parecidas en una bitácora literaria, según su compulsiva necesidad de engullir atenciones, enlaces, comentarios, acólitos y referencias. Dándole otra vuelta de tuerca al asunto, hasta la Lujuria tiene su espacio en la «blogosfera» de las letras, pues a menudo las relaciones entre algunos anfitriones y visitantes resultan casi pornográficas, con felaciones mutuas y otros desmanes obscenos. Sobre la Envidia creo que no cabe decir demasiado, pues tal vez sea el pecado capital más extendido y sintomático ―una verdadera pandemia―, en especial entre las bitácoras literarias en castellano, que padecen una doble denominación de origen: la hispana ―desde la madre pútrida hasta cada rincón de las Américas― y la literaria ―la Envidia es endémica entre los escritores, salvo historias clínicas de excepcional inmunidad―. Esa enfermedad, en los casos más graves, cuando la fiebre se intensifica y la sangre del infectado alcanza su punto de ebullición, desemboca en la Ira, otro pecado capital, por fortuna algo más escaso en lo literario, pero mortal de necesidad: cuando pierden los papeles, el escritor furibundo o el crítico virulento cavan la tumba de su credibilidad y de su prestigio[1].

Sin embargo, creo que en esta rara e inclasificable comunidad de las bitácoras literarias cabe matizar un poco todo eso y hablar, en cierto modo, de «los siete pecados virtuales» ―de idéntica raíz pero diferente ramaje, salvo la soberbia y la pereza―, pues la condición humana es la misma, pero la manera específica en la que se manifiesta en este medio produce sus propios endemismos, quistes y pandemias. De un tiempo a esta parte le doy vueltas a lo que otros vaticinan desde hace unos pocos años: una inminente implosión de las bitácoras ―no sólo de las literarias― o, cuanto menos, un declive involutivo que conducirá poco a poco hacia su extinción ―no literal, pero sí efectiva en términos de influencia, credibilidad y difusión―. No soy tan alarmista. Sería plausible pensar en una evolución, cruel, sí, pero tal vez positiva, según esa dinámica que ha seguido siempre la naturaleza en todas sus edades: la selección natural de los mejor adaptados al medio. Pero pienso que eso excluiría también ciertas propuestas artísticas e intelectuales esencialmente minoritarias, garantes por lo tanto de la diversidad cultural, y por eso quiero creer que todavía existen otras alternativas. El camino no tiene por qué conducir necesariamente a la profesionalización de los autores, como señalan algunos estudiosos[2], pues junto a algunas mejoras que se producirían en varias cuestiones formales vendrían también otros malos hábitos, inherentes a la inmediatez de la actividad laboral y contrarios a la expresión artística. Además, un autor profesional de bitácora debería conservar un elevado nivel de auto-exigencia y disponer de un completo margen para su libertad de opinión, algo que en teoría «garantizan» los medios, pero que en la práctica resulta falaz, desde el momento en el que esos medios pertenecen a grupos editoriales, cuando no políticos, y si bien no obligan de manera explícita, si condicionan y empujan a la auto-censura del autor. De no ser así ―y en esto lamento mi atroz escepticismo―, ese hipotético autor profesional comprometería las pocas virtudes ―las que compensan los siete pecados virtuales― de una buena bitácora literaria: independencia, diálogo[3], generosidad[4] y criterio ―más el talento, en el mejor de los casos―.

No obstante, aunque insisto en creer en la posibilidad de vías alternativas, a día de hoy me cuesta identificarlas y siento cierta preocupación o, cuanto menos, se va enquistando en mí un estado de ánimo particular, cierto embarazo, pero no el que pueda sentir ese hombre de bien ―tan políticamente correcto y burgués, que mira por encima del hombro al artista― del que habla Thomas Mann, sino desde el punto de vista del comediante, en el sentido más digno del oficio, el de quien ofrece su trabajo para disfrute ajeno, pero también en el peyorativo, el de quien ya no sabe si al final terminará hablándole al viento, como un payaso desubicado. Por muy grande que haya sido la diversión ―y me he divertido mucho en estos años, os lo aseguro, escribiendo en este espacio y sobre todo leyendo en otros―, empiezo a pensar que las virtudes de las buenas bitácoras literarias están en jaque, que atravesamos una época incierta y que se hace necesaria una reflexión seria, íntima, casi monástica, en la que cada autor y editor de bitácoras literarias se plantee seriamente su «fe», su motivación y la rectitud de sus acciones.

No se trata de buscar la perfección ni la «santidad» ―tan perversas e inverosímiles―, basta con tener un mínimo sentido de la ética y cierta empatía con los lectores, cierta noción de comunidad crítica. No se trata de bajar del Sinaí con unas nuevas Tablas de la Ley para la «blogosfera» ―que tarde o temprano vendrán impuestas desde un ente externo, si nos descuidamos: la SGAE, el Ministerio de Cultura, el Gran Hermano Google o cualquier otro sanedrín― ni de jerarquizar nuestra «religión» ―nuestra vocación por lo literario― con ningún clero de santones. Eso sería repetir los modos del Mercado. Bastaría, si se me permite porfiar en las fronteras del símil, con una concepción menos apocalíptica y judeocristiana del asunto ―menos darwinista, también, a pesar de la paradoja―. Sería suficiente adoptar una actitud menos competitiva pero sí competente, que resultara en una conciencia individual y al mismo tiempo colectiva ―más pronto que tarde tendrá que ser expuesta desde un debate interno en la red, si nos ocupamos todos: escritores, críticos, editores y lectores[5]―. Convendría una actitud más «budista» ―sigamos jugando en serio con la metáfora― que nos llevara a recorrer el «óctuple noble sendero» de la virtud: la recta atención, el pensamiento recto, la recta concentración, la recta opinión, la palabra recta, la recta acción, el recto sustento y el esfuerzo recto. Es decir, bastaría con respetar la motivación original que nos mueve a compartir nuestro tiempo y nuestro esfuerzo al frente de una bitácora literaria; bastaría con que esa motivación fuera honesta y sincera, con que prestáramos atención a las cosas y las pensáramos un poco antes de publicar nada. Que pensáramos además asistidos por el criterio, por un mínimo criterio que de veras ofreciera una opinión sólida, rebatible, pero defendible más allá del «gusto». Bastaría con la palabra recta, sobre todo, con decir verdad y ser valientes, pero también con la recta acción, al expresar esa verdad y nuestras ideas con valentía, sí, pero también con respeto. Sólo una conducta honesta, seria y rigurosa ―no comprometida por aspiraciones laborales o personales― garantizaría la independencia.

De lo contrario, tendrán razón los que profetizan el declive de las bitácoras literarias y, de seguir así, no se le podrá reprochar nada al iluminado agorero que desde cualquier púlpito anuncie su fin ―seguirán existiendo bitácoras «literarias», no cabe duda, y proliferarán a miles, pero se habrá aniquilado para siempre su verdadero potencial y la justificación última de su existencia: ofrecer una alternativa fiable a los medios y dar voz a discursos minoritarios―. Para evitar esa inercia peligrosa hay que identificar sus causas. Para salvaguardar las ―pocas, pero ciertas― virtudes de las bitácoras literarias, lo primero es tener conciencia de sus siete pecados virtuales.

*

I. LA SATURACIÓN

No es lo mismo diversidad que multiplicación. Es evidente que todo el mundo tiene derecho a expresar sus opiniones en su propio espacio, y esa es una de las virtudes potenciales de la red en general. Pero la realidad concreta de las bitácoras literarias, a día de hoy, es que demasiadas conviven y comparten la atención de un público que ya no puede seguir creciendo en progresión aritmética. La información ha llegado a saturar al medio y al lector y, lo que es peor, a menudo esa información se clona en una cadena interminable de páginas que, lejos de ofrecer esa diversidad cultural y ese altavoz para los discursos minoritarios, copian, reproducen y difunden fracciones concatenadas del mismo discurso dominante, produciendo esa sensación de que estamos a punto de perder la enorme oportunidad que ofrecían las bitácoras literarias. No nos convertimos en una alternativa realmente independiente a los medios si en el modus operandi de cada página reproducimos sus estrategias fundamentales.

Todas las bitácoras de creación literaria quedan sepultadas por el alud de propuestas. La mayoría de las bitácoras de actualidad literaria reproducen a pequeña escala la metodología de los medios informativos. Por último, demasiadas bitácoras de crítica literaria ―y todas las mixturas posibles entre esos tres tipos de página― están más pendientes de su repercusión que de su aportación en ideas. Tiene cierta lógica que, por ejemplo, algunos libros sean reseñados en diferentes bitácoras en un corto intervalo, ya que algunas editoriales envían sus novedades al mismo tiempo o los autores de las reseñas las encuentran simultáneamente en las librerías. Eso obedece a los plazos de cada plan editorial. Lo que ya no tiene tanto sentido es que casi todas esas reseñas deambulen por los mismos tópicos y echen mano de los mismos recursos, con lo que al final parece que lo importante es que la editorial X o el escritor Z sepan que has hablado de su libro, y no que los lectores conozcan tu verdadera postura, de haber alguna.


II. LA PEREZA

Semilla y fruto a la vez de la saturación, la pereza está consiguiendo que se intensifique esa sensación de tierra baldía, de clonación indefinida de un material estéril. Si el lector no siente verdadera curiosidad ni tiene afán por investigar en la red, termina por aceptar lo que tiene más a mano, con la misma pereza del lector conformista de suplemento cultural. Si el escritor no tiene una verdadera voluntad de cuestionar lo dado y de investigar en la escritura, termina por dar como válida cualquier cosa, y la pereza toma por buena cualquiera de sus «producciones» a la hora de publicar una nueva entrada en su bitácora. Si el crítico no siente un verdadero respeto por el trabajo de los demás ni tiene una vocación de estudio auténtica, la pereza le llevará a catar en diagonal un libro y a apoyarse en la mísera parcela de prestigio que haya podido conseguir para su firma, antes de reseñarlo. O peor aún, a no explorar en otros discursos y a repetir hasta la saciedad los mismos juicios y la misma dialéctica. Incluso algunos, en el colmo de la desfachatez, parecen jactarse de todo ello, lo cual sería aceptable como divertimento, si no pretendieran después arrogarse un criterio que no demuestran. Para escribir algo decente antes hay que leer mucho, pero para hablar de literatura no basta con haber leído mucho, sino que hace falta, sobre todo, haber leído bien, y eso supone un triple esfuerzo en tiempo, atención y reflexión.


III. LA PRISA

Es cierto que los planes de las editoriales hacen que las referencias a ciertos títulos coincidan en el tiempo, pero es también sospechoso que la actualidad sea la que parezca regir las elecciones de muchos de los autores de bitácoras que ejercen de críticos. La inmediatez no es un valor a considerar en literatura. En periodismo sí, donde las noticias caducan en poco tiempo, pero no en literatura, donde los textos necesitan una lectura atenta, reposada y crítica, antes de que pueda madurar cualquier interpretación sólida que compartir con los lectores. Al fin y al cabo, la prisa es en parte hija de cierto tipo de pereza, que quiere acabar cuanto antes las cosas, no tomarse demasiado trabajo con ellas y esperar a que todo el mundo tome nota de que se ha fichado, de que se ha cumplido, de que uno también estuvo allí y, a ser posible, el primero.

Del mismo modo que un proyecto creativo no puede tener demasiada consistencia si no se le dedica un tiempo a la reflexión y al trabajo, la construcción de una bitácora literaria tiene los cimientos de barro si la inmediatez dirige las obras. Vivimos en un mundo trepidante, cierto, y si en algún no-lugar se manifiesta esa energía dinámica es justo en la red, pero eso no quiere decir que los ritmos, los modos y las aspiraciones deban ir a la misma velocidad. Para los avances tecnológicos, vale, para la explosión de las redes sociales, es inevitable ―ya empiezan también a saturarse―, pero para la literatura no. Lo que estamos consiguiendo con todo esto es que nuestras bitácoras no sean exactamente literarias, sino bitácoras «de libros», bitácoras «del mundo editorial». Es decir, clonaciones virtuales e individuales de aquella mala praxis tradicional que tantas veces se critica desde «este lado» de las cosas. Por esta vía sólo seremos un eco más del discurso imperante, y no un coro de voces nuevas.


IV. EL AMIGUISMO

Los ambiciosos, a toda prisa, buscan «amigos» hasta en las puertas del infierno. Junto con la envidia, el «amiguismo» es el otro cáncer de lo literario, su reverso en realidad, al menos en el mundo hispano. Es natural y hasta saludable que cualquier persona que, por su trabajo o por su actividad literaria, esté relacionada con este mundo cuente entre sus amistades a muchos escritores, editores y críticos ―lo lógico es que un médico tenga amigos en el ámbito sanitario, y nadie se escandaliza por eso―. Es incluso probable que, entre todos esos escritores amigos, la persona en cuestión encuentre a unos cuantos cuyo talento se muestre de manera independiente al vínculo afectivo. Podría llegar a ser humanamente perdonable que, al margen de la calidad literaria de una propuesta, un amigo quisiera echarle una mano a ese colega de letras que está dando sus primeros pasos, con alguna mención, alguna recomendación o cualquier sugerencia. Lo que ya no me parece justificable es ensalzar por sistema el trabajo de los amigos, ya sea en editoriales, en columnas, en artículos críticos y por supuesto en títulos de creación literaria. Y ensalzarlo además al margen de su calidad literaria o, peor aún, otorgándole méritos que no se sostienen e integrándolo en grupúsculos, mafias y cuadrillas en las que gozará de favores vitalicios. Todo ello no conduce sino a la endogamia, que también observamos en las bitácoras, donde cada vez queda menos espíritu de búsqueda y de diálogo y los acólitos regresan siempre a las mismas parroquias. A corto plazo puede pensar uno que está haciéndole un «favor» a ese amigo cuando elogia su trabajo, pero es probable que a la larga se le ponga en más de un brete ―y con ello al criterio propio―, cuando lectores independientes sancionen su mediocridad. Del mismo modo que un verdadero amigo no es aquél que te dice lo que quieres oír, sino el que te señala lo que, por tu bien, necesitas escuchar, una reseña rendida y lisonjera de un mal libro o una hagiografía de una trayectoria personal, cuando no obedece a valores reales y contrastables, no es ningún «favor» entre amigos, sino un mercadeo insustancial entre necios.

Resulta comprensible, sin embargo, que más de una vez la amistad ponga en aprietos al criterio, pero también en esto toca ser valiente. Del mismo modo que podría ofenderse el autor del libro reseñado por una crítica negativa de su trabajo, debiera ofenderse antes el crítico por la insinuación del autor ―hay mil maneras― para que la futura reseña sea favorable en todo caso. En un mundo ideal todos respetarían el trabajo y el criterio del otro, pero al final uno ha de contentarse con el mal menor, y callar muchas cosas, guardar silencio antes que perjudicar al amigo y, en el mejor de los casos, hacerle partícipe de nuestras objeciones sólo en privado, pues a veces parece que sólo queda resignarse a que, como decía un sabio, dos escritores sólo puedan llegar a ser verdaderos amigos a condición de que no se lean el uno al otro. En realidad sí es posible la amistad entre dos escritores que, además de leerse, se admiren o que mantengan posturas estéticas y éticas irreconciliables, si por lo menos se respetan, pero en cualquier caso manejar el complicado ego de los artistas y esperar que sepan distinguir entre texto y persona resulta muy difícil.

Lo que resulta francamente indignante, y es algo que sucede de antiguo en los medios tradicionales hispanos y que muchas bitácoras literarias están imitando, es buscar deliberadamente esas «amistades» en determinadas esferas de influencia, o ignorar sistemáticamente el trabajo de otros autores sólo porque no son de nuestra cuadrilla o porque alguna vez tuvieron un rifirrafe con alguno de nuestros camaradas, o mentir descaradamente sobre la calidad literaria de un trabajo sólo para ganar un nuevo «amigo», un editor, un escritor de renombre, un redactor que nos conceda un rinconcito en cualquier revista literaria, una «amistad», en definitiva, que nos encargaremos de cebar bien para que siga siendo rentable.


V. LA HIPOCRESÍA

Una consecuencia lógica del «amiguismo» es la hipocresía, la única armadura que los necios pueden echarse a la espalda cuando tienen ya demasiadas vergüenzas que ocultar. Cuando se hacen determinadas concesiones, cuando la coherencia brilla por su ausencia en todos y cada uno de los movimientos que un personaje puede llevar a cabo con tal de conseguir sus objetivos, la hipocresía toma distintas formas, que no son sino acentos de una misma jerga: el cinismo, el «buenismo» ―el de a quien todo le parece «maravilloso»―, la seriedad mal entendida ―«riguroso» no quiere decir «rígido», ni es más serio un crítico por ser hosco y cortante, sino por tenerle un respeto a su labor y a la de los demás― o la supuesta independencia ―la de esos «críticos» que fustigan determinados libros o autores a partir de una complicada dialéctica que retuercen a su antojo para enseguida santificar otros, según sus intereses, el humor con el que se hayan levantado de la cama o los niveles de gramíneas en el aire―.

Lo peor de la hipocresía en lo literario es que su doble cara, su doble rasero, no queda sólo para el trabajo final, sino que afecta a todas las actividades del escritor y del crítico. A veces os aseguro que le dan a uno arcadas cuando escucha o lee dos o tres versiones no ya distintas ―se entenderían ciertos matices―, sino contrarias de una misma «opinión», según se exprese tomando cañas, en la presentación de un libro, en una bitácora o en una revista literaria. ¿Tan difícil es, atendiendo a las mínimas reglas del sentido común, mantener un discurso mínimamente coherente, sea quien sea el interlocutor? ¿Tan importante es congraciarse y prodigarse con todas las piezas del puzle literario? ¿No sería más saludable y relajado presentar siempre la misma cara y que fueran el tiempo y nuestros actos los que fueran colocando cada cosa y a cada persona en su sitio? De nuevo, la prisa es siempre mala compañera de viaje y la «candidez» no es otra cosa que la etiqueta que le colocan el necio, el cínico y el vendido a quien defiende su verdad.


VI. LA SOBERBIA

Otra de las funciones de las bitácoras literarias, perfectamente legítima, a mi entender, es la de difundir la obra de un autor. El escritor o el crítico pueden disponer de un espacio en el que encontrarán una respuesta por parte de sus lectores y, como ya sabemos, una oportunidad para el debate. No hay nada de malo en que un escritor o un crítico den noticia en su bitácora de los libros que publican, de las reseñas que aparecen de sus libros en los medios o en otras bitácoras, o de las que ellos mismos, como críticos, publican también en revistas literarias y otros espacios. Me parece una publicidad lícita y saludable, siempre que se mueva en los límites del buen gusto. Ya puestos, no estaría mal que algunas de las bitácoras literarias más visitadas de la red hicieran algo más que promoción, pues aparte de dar cumplida cuenta de la agenda cultural de la ciudad y de dejar guiños a sus amigos y lectores, lo cierto es que no ofrecen demasiados contenidos. Todo perfectamente legítimo, insisto, aunque no sabría si llamar a eso «bitácora literaria» o espacio promocional. En fin, creo que las redes sociales pueden llegar a cumplir mucho mejor esa función.

Lo que resulta un tanto irritante es comprobar la soberbia de algunos de esos autores y críticos que creen que por haber publicado en papel ya se han ganado no sé qué suerte de galones, cuando podríamos hacer inventario de decenas de poemarios, novelas, relatos, ensayos y artículos que, en manos de otros editores ―con mayor criterio o con más escrúpulos― no hubieran pasado ni la primera cata de lectura. Publicar no garantiza la calidad literaria, señores, porque muchos editores han de comer de su trabajo y están más pendientes de la rentabilidad de su catálogo que de la entidad de su biblioteca. Por eso, por lo lejos que queda esa actitud de la verdadera búsqueda artística, resulta indignante la arrogancia que derrochan algunos autores hacia otros usuarios de bitácoras literarias. Hablo de la soberbia de escritores y críticos de todo pelaje, ya publiquen en una editorial minoritaria, ya sean auténticos «fenómenos» editoriales ―no olvidemos la etimología de la palabra, que tiene que ver también con la anomalía o con la deformidad, y no sólo con el prodigio― o, en el colmo del despropósito, de la soberbia de quienes creen que un par de reseñas publicadas en la revista de algún «amigo» les confieren una especie de aura de «intelectualidad» de la que hacen gala sin ningún reparo. Da lo mismo si hablamos de escritores y críticos independientes, de escritores y críticos «consagrados», de escritores y críticos en la red o de cualquier otra criatura del circo de las letras, con sus domadores, sus elefantes, sus payasos, sus tigres de Bengala, sus putas de caravana, sus mujeres barbudas y otros freaks. Da lo mismo. Nada justifica, en ningún caso, la soberbia. La de desdeñar el debate, la de valorar una opinión por la firma y no por sus argumentos, la de no «mancharse los zapatos» paseando por ciertos lugares y la de mirar por encima del hombro las propuestas de los demás, cuando las suyas debieran ser las primeras a poner en cuarentena.


VII. LA TIBIEZA

Con mucho, el peor de los siete pecados virtuales de las bitácoras literarias. Entre otras cosas, porque participa de los demás, ya que tiene bastante que ver con la saturación ―la sensación de uniformidad del discurso imperante nace de la mojigatería de todos sus fragmentos, como piezas de un engranaje en el que nada chirría―, la pereza ―la renuncia a formar un criterio sólido―, la prisa ―las ganas de no quedarse fuera obligan a ser sumisos y complacientes con los círculos de influencia―, el amiguismo ―y la endogamia, sobre todo― y la hipocresía ―hay que mantener la sonrisa del súbdito a cualquier precio―. Pero, sobre todo, la tibieza es el peor y el más sibilino de todos los pecados virtuales, capitales y estructurales de las bitácoras literarias porque se disfraza de corrección política, porque impide el cuestionamiento, la duda, la disidencia, el debate de fondo, la alternativa, la originalidad y, por lo tanto, aborta toda posibilidad real de que la literatura se haga presente, evolucione y suceda en las bitácoras.

No puede ser que ciertas propuestas gusten o convenzan a todo el mundo, que un día se hable de un libro irreverente e innovador en términos elogiosos y al día siguiente se ensalce con el mismo ímpetu cualquier basura comercial. No es de recibo que un crítico comprometa su criterio reseñando o publicando textos que no se sostienen desde ningún punto de vista, y pretendiendo después que su dictamen se tome en serio cuando el objetivo, no siendo de su cuerda, resiste cualquier argumentación. Es absolutamente imposible defender la calidad literaria de dos textos antagónicos y quedarse tan ancho, sólo porque la novedad o nuestros intereses o afinidades nos empujan a ello. Con todo respeto, supongo que estamos de acuerdo en que el «corpus narrativo» de la muy honorable Corín Tellado no es «comparable» al de Jorge Luis Borges, Thomas Mann o Richard Ford, desde un punto de vista literario ―algún patán sorbemocos dirá por ahí que por qué no, «si escribió muchos libros»―. Bien, pues uno está cansado de ver cómo algunos escritores y críticos ―o aspirantes― no tienen el menor pudor en alabar, compartir o señalar textos a ambas orillas de un abismo intelectual y literario. ¿Cómo demonios van a ser lo mismo Lucía Etxebarría y Virginia Woolf; quién tendría narices de meter en el mismo saco a Coelho y a Musil, o a Zafón y a Kafka sin quedar como un cretino integral? Pues no se escandalicen tanto, no, porque todos los días me encuentro en algunas bitácoras y revistas virtuales con aseveraciones peores, con panegíricos donde lo mismo da un folletín kitsch que una novela de vanguardia y, lo que es peor, con cadenas de comentarios donde todo el mundo es «maravilloso», magnífico, magistral y usa el mejor dentífrico… pero en las que pocas veces alguien se atreve a alzar una voz en contra, educada, respetuosa, argumentada y constructiva, pero en contra de la falta de criterio, cuanto menos.

*

No tengo ningún afán inquisidor y no estoy libre de pecado, pero sí tiro la primera piedra, porque el tema me importa y porque creo necesario y urgente un debate o, cuanto menos, que cada uno de nosotros se retire por un tiempo a su celda virtual y haga examen de conciencia. Si cree que por acción u omisión, de manera deliberada o involuntaria está cayendo en alguno de esos siete pecados virtuales en su bitácora o en su revista digital, me valdría simplemente con que reflexionara sobre ello. Y que obrara en consecuencia, de la manera más recta posible y según su criterio, pero que mantuviera ese criterio, que lo cuidara y que lo defendiera sin complejos. Si algún día me veis escribir un ensayo, puede que os encontrarais con un manuscrito llamado Contra la tibieza. Qué ganas le entran a uno a veces, os lo juro.

Notas:
  1. En esto no hay apenas diferencias entre el cauce literario tradicional y las bitácoras literarias. Así, la envidia y la soberbia producen los mismos ataques interesados, malintencionados y personales, de manera idéntica en los medios impresos y en las páginas digitales, con una salvedad, para vergüenza de lo virtual: el detestable anonimato.
  2. Dice uno de los creadores de la revista virtual Dos doce, que pronto se terminará lo de la gratuidad en las páginas digitales, claro que también dicen otros que el libro electrónico ya está aquí para sustituir al libro impreso, y qué quieren que les diga, yo no las tengo todas conmigo y sigo erre que erre: convivirán.
  3. Diálogo, porque en una bitácora literaria, salvo censura ―directa o por omisión― del administrador, existe una auténtica oportunidad para el debate que no se plantea en los medios tradicionales. Es verdad que en las secciones de cultura de las páginas digitales de algunos periódicos, por ejemplo, existen foros de «opinión», pero también es cierto que la mayoría terminan por ser auténticos vertederos de injurias anónimas o de halagos impúdicos de los acólitos habituales. El escritor, el editor, el crítico y el lector encuentran en las bitácoras un verdadero espacio de diálogo e intercambio, que sólo alcanza su verdadero potencial cuando se unen el respeto, la valentía y el criterio. Sin embargo, existe eso que llamo censura por omisión, cuando el administrador responde a ciertos comentarios y obvia otros, bien argumentados, por el motivo que sea, o cuando son los propios lectores los que omiten alguna opinión para no «incomodar» al anfitrión.
  4. Generosidad, porque en la mayoría de casos el tiempo y el esfuerzo dedicados a la página no son remunerados, pero sobre todo porque una de las cualidades de las mejores bitácoras literarias reside precisamente en lo que mueven en toda la red a favor del trabajo de terceros, a través de enlaces, comentarios, reseñas o iniciativas.
  5. El próximo martes 19 de mayo, y en el marco del LILEC'09, la Feria del Libro y de la Lectura de Almería, tendrá lugar un encuentro virtual de bitácoras literarias, en el que, entre otras cosas, se pretende elaborar una suerte de código ético. Más información en este enlace y también en este.

6/5/09

El cuento de 2009 (III):
Space Oddity.



Título: Órbita
Autor: Miguel Serrano Larraz
Prólogo: Manuel Vilas
Edita: Candaya
ISBN: 978-84-936007-9-2





Al final, la estrella sería tan oscura que ya no podría verse desde la nave: todo lo que quedaría sería un agujero negro en el espacio. La estrella continuaría, no obstante, ejerciendo la misma fuerza gravitatoria sobre la nave, que seguiría en órbita alrededor del agujero negro.

STEPHEN HAWKING, Historia del tiempo


En la última escena de La hora 25 el rostro de Anthony Quinn esboza una mueca terrible ―la de un hombre roto― cuando un fotógrafo insolente le pide una sonrisa más para la posteridad. Para quienes no recuerden la cinta ―rodada en 1967 y basada en la novela de Virgil Georgiu―, Quinn interpreta en ella a un pobre diablo rumano que primero es enviado a un campo de concentración para judíos y después ensalzado como arquetipo de la raza aria por los nazis. Sí, señores, Anthony Quinn, la gran estrella mexicana, tan «ario» como un chihuahua gigante, ¿no creen?

En el caso que nos ocupa, creo sinceramente que lo peor que podría pasarle a Miguel Serrano Larraz sería tomarse demasiado en serio el prólogo que Manuel Vilas ha escrito para Órbita, no fuera a terminar posando para los medios como legatario de la raza «afterpop» o relevo de la supuesta generación del cacao con avellanas. No es la primera vez que me encuentro con un prólogo bienintencionado pero que al mismo tiempo resulta arma de doble filo para presentar un libro. Sin embargo, y por fortuna, detecto en Serrano cierto distanciamiento respecto a cualquier tipo de etiquetas y entiendo el texto de Manuel Vilas como lo que en realidad es: un acto de generosidad, casi afectivo, hacia un nuevo autor zaragozano ―lean ese prólogo sin comer polvorones, me lo agradecerán: «Zaragoza» figura hasta nueve veces en la primera página―. Hasta ahí, el prólogo difunde y promociona a corto plazo el trabajo de Serrano, al firmarlo en términos elogiosos nada menos que Manuel Vilas. Y es que vaya por delante que, para quien esto escribe, Vilas es, sin ambages, el escritor con la pulsión poética más interesante ―junto a Fernández Mallo, para mi gusto, mejor poeta que narrador― y con la prosa más potente de toda la hornada «nocillera», y que textos como España (DVD ediciones) sí han abierto trocha en la oscura maleza de la narrativa contemporánea en castellano. Pero a medio y a largo plazo, el hecho de que la gran estrella de las letras mañas prescriba un libro con tal entusiasmo podría llegar a ser contraproducente para el joven autor ―joven (1977), pero en absoluto novel, pues Miguel Serrano ya publicó novela y poemarios con anterioridad―, si se dejara condicionar por la parte más mundana de lo literario. Si al autor de Órbita le pudieran más los cantos de sirena que la voz de la escritura, si no ejerciera de Ulises amarrado al mástil en su odisea particular por las letras zaragozanas. De lo contrario, la tremenda fuerza gravitatoria de Vilas y de sus estrategias dialécticas ―¿«fantasmagorías de las sociedades capitalistas de última generación», «era de mutación emocional», «instrumentos literarios antiguos», «cubismo»?― podría llegar a engullir y comprometer la originalidad de sus futuras propuestas. No, no aceptamos pulpo como animal de compañía, ni Anthony Quinn como prototipo ario, ni Manuel Vilas como Ground Control y Miguel Serrano como Major Tom, ni Órbita como satélite mutante de lo «afterpop», porque cuando todas esas tentativas de vanguardia se precipiten hacia el agujero negro del olvido, Miguel Serrano continuará escribiendo cuentos, contando historias, dejando pistas y bebiendo ―por fortuna, insisto― de muchas corrientes literarias.

Un libro mediocre, romo y timorato termina por ser lo que cualquier lector desee hacer de él. Un buen libro, sin embargo, lo es en sí mismo y en estado salvaje; no se presta al hierro para el ganado ―la maldita etiqueta― y esa imposibilidad de domesticarlo despierta nuestro deseo de descubrimiento. Miguel Serrano ―como Fernández Mallo, por cierto― viene de una formación científica, y algo queda de ello en sus cuentos desde dos puntos de vista: la investigación y el método. Se percibe esa voluntad de descubrimiento y ese trabajo de laboratorio en los cuentos de Órbita, aunque también ahí radican las carencias y los excesos del libro. En varios pasajes, cuando los textos demandaban más audacia, el autor ha reculado y allá donde la técnica debía perfeccionarse para sustentar la estructura, el texto se desmadeja. Quienes conozcan de antemano mi serie de derivas sabrán de sobra que, cuando un libro me decepciona, prefiero guardar silencio antes que recrearme en la crítica gratuita. Sin embargo, y aun con todas sus imperfecciones, considero que Órbita contiene suficientes aciertos y que la escritura de Miguel Serrano atesora el potencial necesario como para que pueda compartir su lectura con los demás. Por ello, sin dejar de señalar las zonas de luz y de sombra del libro, vale la pena detenerse en dibujar la trayectoria ―elíptica, no circular― de estos cuentos.

«Órbita», el que abre fuego y da título al libro, es un explícito homenaje a Bolaño que provoca cierta sensación de vaguedad e indeterminación. Sin embargo, no creo que sea por error, sino algo deliberado: el autor toma la decisión de nublar la atmósfera del texto para llevarlo al terreno en el que piensa que la historia cobrará la dimensión adecuada. Pero una cosa es la voluntad y otra el resultado. La reiteración o la neblina textual no crean necesariamente estilo, y si bien el narrador puede abrir vías muertas, el autor ―dos entes distintos; primer curso de escritura, lección uno― ha de tener perfectamente claro el rumbo del relato, porque algunas opciones no terminan de «funcionar»: aunque se exponga la idea de que es un superdotado, ¿de veras un niño de nueve años puede leer Rojo y negro de Stendhal y percibir «algo» de la verdadera naturaleza de Julien Soreil? (p. 18). ¿Todavía podemos aceptar en una literatura realmente contemporánea que el narrador quiera resolver el final del cuento con un sueño?

«Perspectivas» es un relato arriesgado, donde se revela de nuevo el Serrano investigador, donde habla la voz de un muerto, pero también donde el narrador escatima información de manera deliberada (p. 43). Sin embargo, en esa suerte de ineficaz proyección kafkiana, de repente, asoman frases tan brillantes como «El futuro se abría ante mí hermoso y prometedor como un labio partido» (p. 43), o leves trazos líricos y con una deriva interesante (p. 48). El muerto, no lo hemos dicho, se reencarna nada menos que en… bueno, descúbranlo ustedes, pero creo que «Perspectivas» estropea la deuda con Kafka y le quita rigor al libro, cuando tal vez debiera haber quedado como cuento de ensayo y cajón, a pesar de algunas pinceladas vibrantes. En este sentido, creo que el cuento «Y así sucesivamente», por su juego cabalístico, paranoico y conspirativo, parecía un homenaje más logrado y prudente al autor de El castillo.

A quienes todavía duden entre considerar Órbita como un libro «afterpop» o como el dignísimo primer libro de un narrador sin demasiadas ínfulas ―elogio―, les remito a «Shaman's blues», crónica iniciática en toda regla del naufragio juvenil, llena de guiños a la Zaragoza de los años 90 ―un servidor vivió algunos meses en la ciudad, durante 1995, cuando todas las mujeres se teñían de rubio platino y los domingos callaban como nazarenos, o al revés―. En este relato la voz se hace más rica en su discurso, se permite algunas licencias poéticas e incluso ―ahora sí― establece algún tipo de nexo con lo «afterpop», aunque también con otras corrientes: «El martes, sin embargo, tiene, o tenía, la forma alargada de una canoa, mientras que el miércoles se desplazaba ante nosotros a la velocidad de un transatlántico, macizo, incuestionable y severo» (p. 58). Por desgracia, a ratos Serrano desbarata todo eso, y con ello lo que podría haber llegado a ser un cuento perfecto, al levantarse la falda y mostrar las enaguas de la escritura: «pero basta ya de metáforas, basta ya de símiles» (p. 59). Y digo esto porque cuando un escritor ha logrado que el lector entre en su juego, cuando ha conseguido su complicidad, no puede romper la baraja sin previo aviso, no puede deshacer de golpe la seducción ―uno de los pilares del hecho literario―, minando toda la entidad de los aciertos anteriores. Una de las características de la verdadera literatura contemporánea ―de la mejor, sin rodeos ni etiquetas― es que importa poco o nada la historia en sí, y es el cómo lo que de veras cuenta, un cómo que en «Shaman's blues» agradecería un punto más de velocidad, manteniendo el acierto de no caer en clichés punk ni en personajes planos, pero potenciando ese espíritu realmente canalla que palpita en el relato.

La prosa de «Y sólo del amor queda el veneno» resulta un tanto redundante y obvia en el primer párrafo, poco pulido, propio de un autor que se ha gustado antes de tiempo. En cuanto a los puntos de vista utilizados, hay que justificar, exponer o, cuanto menos, hacer coherentes las motivaciones de los personajes, sus conflictos y sus deseos. Los del personaje femenino tienen un pase, por la soledad, tal vez, pero el del masculino al final resulta bastante inverosímil, por no hablar del gato. Otro ejemplo de manual de lo que Vilas llamaría «instrumento literario antiguo»: la omnisciencia absoluta del narrador no sólo no es rompedora ―más bien decimonónica―, sino gratuita en la escritura del ahora: no todo vale en lo formal, y aquí es donde la técnica flaquea.

«Estrategia del aplauso» es otro relato que sigue fielmente la cuerda clásica ―y lo digo ahora en clave positiva― de todos los cuentistas que en el mundo han sido ―en el ámbito hispano, al menos― desde 1962: un nuevo homenaje ―implícito o explícito, poco importa, porque está bien resuelto― a Cortázar, al jazz y a Rayuela. Tanto si es deliberado como si el poso de sus lecturas ha salido a flote desde el inconsciente de Miguel Serrano, la herencia está ahí, incuestionable: «afterpop» no, afterjazz, si acaso. Otro texto que sigue el abecedario canónico del cuento es «Cuerpo y alma», una complicada pero evidente metáfora de situación llevada casi al límite entre novios y menestras.

«Últimas señales» es el relato que demuestra de manera más clara, a mi entender, todo el potencial de Miguel Serrano como narrador. Salvando una nueva y gratuita personificación felina (p. 182 y 183) y obviando la extensión del texto, en el que se han dejado entrar una serie de detalles superfluos e informaciones que no aportan nada realmente significativo ni al ambiente, ni a la trama ni a la exposición del conflicto de los personajes, creo que es ―al menos formalmente― el mejor relato del conjunto. Por su estructura, por su solidez, por el trabajo de revisión que se adivina en la lectura, por la consistencia del tejido narrativo y el juego de engarces que se establece en varios puntos del cuento y por el tema de fondo ―la identidad en jaque―, justifica por sí solo que anotemos el nombre de Miguel Serrano para el futuro ―no pienso emplear jamás la expresión «a seguir de cerca», me pone nervioso―. Ojalá en sus próximos textos ―me encantaría, como lector― Serrano conserve su capacidad de trabajo, su falta de prisa y su humildad, y que a partir de ahí ―la audacia sólo cabe desde el criterio, o de lo contrario se queda en bravata― haga como Major Tom en «Space Oddity» y se atreva de veras a abandonar la nave, a dejarse ir y a dejar atrás todo campo gravitatorio que no sea el de su propio deseo.


For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world.
Planet Earth is blue
And there's nothing I can do.


DAVID BOWIE, «Space Oddity» (1969)


Finalmente, me pregunto si la carta de «Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo premio)» será real. Verídica o no, al menos resulta verosímil, y además destila esa otra vena que en Serrano promete y mucho: un humor agridulce, transido de nostalgia, para el que alguien debería acuñar un modismo aragonés equivalente a morriña o saudade, si es que no existía ya y lo ha borrado el cierzo de los soportales de Zaragoza, como al McDonald's del pobre Vilas. Desde luego, a cualquier escritor (a Bryce Echenique o al que sea) le aterraría la perspectiva de recibir una carta así, ese encargo sentimental y atroz para ejercer de poco menos que de alcahueta ilustrada. Un texto irreverente, sí (p.149), con un personaje que al lector le cuesta dejar de identificar con un probable Miguel Serrano a las puertas de escarcharse el corazón, como una fruta atónita en una estación de servicio aragonesa. El texto recoge otra bella imagen ―amarga, pero bella― del libro, cuando el tipo se da cuenta de que ya no quiere a la chica (p. 141 y 142). Uno, en ese momento, ya no puede seguir leyendo con ojos de escritor, ni de lector, ni mucho menos de crítico, ni seguir pensando en una reseña ni nada que se le parezca. A uno, y perdonen ustedes, lo único que se le ocurre entonces es compadecerse del protagonista y tratar, amistosamente, de espabilarle, mandándole un correo electrónico:

De: alasdealbatros@yahoo.es
Para: mcastrof@yahoo.es
Asunto: Alfredito SÍ escribió aquella carta

Mensaje: Lo que pasa es que te traicionó, macho, que le dijo a Estela que se buscara un "ragazzo" italiano, "un hombre", dijo exactamente, el muy...
Tu intuición, de algún modo, lo sabe, y por eso no soportas a Echenique, menos aún que si no la hubiera escrito
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Winagra: increase your sexual power

*

Sobre la edición:

La primera vez que tuve contacto con la editorial Candaya fue ―como le sucedería a muchos tras el cacao literario de aquel momento― gracias a Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo. No debe de ser casualidad, por tanto, que en el catálogo de narrativa de la editorial figuren algunos autores más o menos afines, como Javier Moreno, por ejemplo, y no tanto el propio Miguel Serrano, como ya he comentado. Pero también es cierto que en Candaya conviven otras propuestas literarias, como los inclasificables textos de Descortesía del suicida, de Carlos Vitale ―narrativa hiperbreve, agudos esbozos de poemas, aforismos y alguna que otra boutade del «ingenio»― o la novela Mis dos mundos, de Sergio Chejfec, que por lo que he podido catar hasta el momento tiene una pinta magnífica. El caso es que su apuesta coloca a Candaya en la periferia de la narrativa española, y no lo digo por su ubicación, claro está ―Canet de Mar, una localidad del Maresme, está a escasa distancia de Barcelona―, sino por la valentía que demuestra esta editorial independiente al incluir en su catálogo obras que, más allá de las modas y de las supuestas «generaciones» que se les quieran adjudicar, son de todo menos acomodaticias o complacientes con la inercia más cerril e inmovilista del mercado y de la crítica. Es inevitable que en cualquier colección ―y, de momento, la de narrativa de Candaya va por el undécimo título― contenga hallazgos valiosos y algún que otro desliz, pero ese riesgo sólo lo asumen editoriales audaces como la que nos ocupa, y creo que es de recibo señalarlo.

En cuanto a la edición de Órbita ―al libro físico en sí― no cabe hacer demasiadas objeciones. A partir de la novela de Sergio Chejfec, Candaya decidió simplificar aún más el diseño de cubiertas y ya no nos encontraremos con aquel marco negro que distinguía de lejos a un título de narrativa de la editorial. Ahora sus libros tienden todavía más hacia un sano minimalismo, acorde también con su colección de poesía, por ejemplo, lo que me parece positivo. Luego ya el gusto por la ilustración o el montaje fotográfico es subjetivo ―la cubierta de Descortesía del suicida me parece muy bella, por ejemplo; la de Mis dos mundos no dice demasiado y las de Órbita y Las salvajes muchachas del partido, gusten o no, casan a la perfección con la manera en que se presentan los trabajos de Serrano Larraz y Lázaro Covadlo―.
Respecto a las tripas del libro, el trabajo también es muy correcto: falsas guardas ―ingeniosa y práctica la idea de pegarlas en el interior del lomo, entre las cubiertas y los pliegos―, tipografía tradicional, elegante caja de texto ―con los márgenes y las proporciones adecuadas, o cuanto menos las que más ayudan a una lectura fluida― e impecable impresión ―como todo lo que hacen en Romanyà Valls―. Lo único cuestionable sería el uso sistemático de las comillas "inglesas" en vez de las «españolas», o del paréntesis en vez del guión largo. Lo más ortodoxo ―y la tipografía elegida lo es― sería lo contrario, pero no deja de ser una elección del editor para su libro de estilo. Finalmente, una sugerencia: el grosor de las cubiertas agradecería un poco más de gramaje: tras la primera lectura de Órbita aparece alguna leve doblez que correspondería a un ejemplar mucho más baqueteado.

Enlaces relacionados:

  • Entrevista a Miguel Serrano por Francisco Legaz para El bosque de las palabras (1)
  • Entrevista a Miguel Serrano por Francisco Legaz para El bosque de las palabras (2)
  • Crónica de la presentación de Órbita en Zaragoza en La curvatura de la córnea, de Javier López Clemente
  • Crónica de la presentación de Órbita en Sevilla, por Francisco Camero para El Diario de Sevilla
  • Comentario de Órbita en el diario Público, por Paul Viejo
  • Comentario de Órbita en El hombre que salió de la tarta, de Agustín Fernández Mallo
  • Reseña de Órbita para el suplemento El Día Cultural, por Antonio J. Rodríguez, disponible en su bitácora Berliner Haus
  • Reseña de Órbita en De reojo, de Sergio del Molino
  • Reseña de Órbita en Diario de lecturas, de Vicente Luis Mora
  • 4/5/09

    LILEC, Wikio, Vila-Matas y Setenil (2).

    En plan bacteria:

    UNO. En breve daré más detalles concretos (cómo enfocaré el curso, que tendrá parte práctica, etcétera) sobre el taller de literatura de viajes que impartiré en el LILEC'09 de Almería los próximos 20 y 21 de mayo.

    DOS. No sé si me sorprenden algunas de las reacciones a la polémica Vila-Matas/Carrión. Lo que me preocupa es que algunas personas sigan valorando la calidad literaria de un escritor o el rigor de un crítico según su repercusión mediática y otros baremos cuantitativos: tiradas de ejemplares de suplementos y revistas, reediciones, cifras de ventas... Según esas personas, Dan Brown y Ken Follet deben de estar entre los mejores escritores de la historia. Es patético que se repitan viejos modos y que todavía se mire por encima del hombro a quienes de veras proponen alternativas. Unas cuantas editoriales y muchísimos lectores (no del mainstream, claro, sino las independientes aquellas y los menos pasivos estos) ya hace tiempo que se están dando cuenta de cómo se invierten ciertas polaridades en la cultura.

    TRES. Repaso mis favoritos para el próximo Premio Setenil y me digo que, si hay justicia, libros como los de Ignacio Ferrando, Jon Bilbao, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez y Matías Candeira han de estar en la pomada... Chéjov te guarde la vista, Tomeo.

    CUATRO. Me dicen que diga... que mañana se publica este nuevo listado de las bitácoras literarias más visitadas y enlazadas de la "blogosfera", según Wikio. Y digo yo que aquí lo importante será bucear un poco, porque viejas conocidas aparte y ausencias varias (clamorosa la de Diario de lecturas y otras tantas) hay unas cuantas que nunca he visitado. En fin, números, números, números, el mismo vicio en el que caen los que se fijan en la tirada de una revista o un libro. Creo que los tiros van por otro lado. Eso sí, al tanto con el subidón de El síndrome Chéjov, que no se queda donde está, no...

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