Bitácora de Sergi Bellver: abril 2009

30/4/09

LILEC, Wikio, Vila-Matas y Setenil.

¿A que parece un título de Quim Monzó? (lean Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury, hagan el favor). No, sólo es una breve nota para poner al día algunas cosas:


• Como muchos de vosotros ya sabréis, este año me han invitado a participar en la Feria del Libro y de la Lectura de Almería, LILEC'09, impartiendo un taller de literatura de viajes los días 20 y 21 de mayo. Podéis ver mi perfil para el evento, consultar qué otros talleres gratuitos se ofrecerán durante la feria, o visitar la bitácora del certamen para descubrir el programa y la lista completa de participantes de este año, además de repasar anteriores ediciones. La que se avecina del LILEC entre el 15 y el 24 de mayo estará dedicada al viaje como tema y tendrá como invitada a la comunidad catalana. La verdad es que pasar unos días de primavera en Almería parece un plan estupendo. Bajo esa luz que a Luna Miguel no le basta y junto a esa costa (esa casa) en la que nada Juan Manuel Gil, a uno le entrarán ganas de quedarse donde está, como al amigo Miguel Ángel Muñoz. Animo a todos los viajeros a fijar su destino por unos días en esa esquina del Mediterráneo. Nos acompañarán escritores como Javier Reverte, Care Santos o Félix J. Palma, entre otros, y además la "blogosfera" tendrá un papel muy importante, con un encuentro virtual de bitácoras literarias. Difundid la noticia en vuestras páginas, si os parece, porque creo de veras que la iniciativa es bella y útil.

En paralelo, la buena gente de El Gaviero ediciones ha tenido otra hermosa idea, convocando un ameno concurso literario: Postales viajeras. Os espera el mejor de los premios posibles: un pedazo de lote de libros. Podéis consultar la información completa en su Cuaderno Gaviero o en su página de Facebook.


• Me avisan en privado, por un correo-e, de que "[...] Bitácora de Sergi Bellver sigue subiendo en el ranking Literatura" y me piden que eche un "vistazo a la clasificación" y la anuncie el próximo lunes "en exclusiva antes de su publicación en Wikio al día siguiente, martes". No me cuesta nada, así lo haré y, de paso y sobre todo, agradeceré a todos los visitantes su atención.


• Descubro en la enjundiosa bitácora de Jordi Carrión (un tipo que sabe mucho, más que quien os habla, sobre literatura de viajes, entre otras cosas), que Enrique Vila-Matas ha vuelto a caer en esos modos tan desagradables que a veces gastan las grandes divas (Dios te salve, Marías, lleno eres de Gracia) de las letras, a saber: el endiosamiento. En un artículo para la edición catalana del diario EL PAÍS, Vila-Matas da un par de pataditas bajo el agua y sin que mire el árbitro. Me entristece que un escritor del que admiro unas cuantas cosas y de quien conozco su generosidad para muchas otras, caiga en lo personal y no sostenga lo que dice en la completa, simple y exclusiva argumentación. De paso, y al hilo de los comentarios, se reafirma uno en lo detestable de ciertos anónimos (o pseudónimos sin remite, que es lo mismo) y en el flaco favor que le hacen a quien pretenden "defender". Se puede estar de acuerdo con unos o con otros, yo mismo a veces he discrepado del buen Carrión, de algún artículo de la revista Quimera y de lo que hiciera falta, pero al menos él siempre defiende sus tesis y discursos con argumentos y mirando a la cara, esto es: firmando y llamando a las cosas y a las personas por su nombre.


• Precisamente Vila-Matas cayó en otro de esos desmanes el año pasado, a raíz del anterior Premio Setenil y de no sé qué fantasmagórico lobby del cuento (¡¿...?!). En la edición de este año el escritor Javier Tomeo presidirá el jurado, lo que le dará otra mirada al asunto, y todos sabemos que la cosecha del 2008 ha sido excelente (a las pruebas me remito), por lo que habrá que esperar al fallo del VI Premio Setenil a libro de cuentos editado, pero si el jurado hace bien su trabajo, este año la cosa promete y mucho.

21/4/09

Noche de los libros: El silencio por Mallarmé.

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Aprovechando la circunstancia, desde este momento he dedicido integrar en esta página los contenidos y el espíritu del proyecto que originó la bitácora colectiva Literatura de viajes, para poder mantener, actualizar y promover con mayor eficacia sus propuestas en un solo espacio. Por ese motivo, hoy mismo he volcado en esta bitácora las tres entradas más importantes de aquella, con dos textos de antiguos alumnos del curso de Literatura de viajes en Escuela de Escritores y una nota de lectura sobre el libro Viajes con Charley, de John Steinbeck.


El próximo jueves, día 23 de abril, y en el marco de las actividades de La Noche de los Libros, el Real Jardín Botánico del CSIC y la Escuela de Escritores de Madrid han organizado un evento que planterá dos actividades paralelas y complementarias: un homenaje interactivo al silencio y la reflexión como fuentes de la palabra escrita y una jornada de talleres gratuitos de escritura.

Sobre la primera recomiendo leer la información que sigue, acerca del Silencio por Mallarmé. En cuanto a los talleres, se impartirán de relato, de escritura creativa o de literatura de viajes, entre otros. Por mi parte, participaré impartiendo un taller de literatura de viajes junto a Isabel Calvo, una de las profesoras más experimentadas de la Escuela de Escritores. Entre las 16 y las 17.45 horas tendremos la primera sesión doble, en dos turnos de 45 minutos, en la que hablaré sobre la mirada del viajero o el espacio urbano como fuente de la narrativa de viajes, entre otros temas; y entre las 18 y las 19.45 horas, Isabel Calvo tomará La Odisea de Homero y La línea de sombra de Conrad como puntos de partida para hablar de la literatura de viajes o el viaje como experiencia trascendente en el escritor. Ambos talleres, en cierto modo complementarios, dejarán espacio para la práctica de la escritura, con la propuesta de ejercicios durante las sesiones.


El 11 de septiembre de 1923 el escritor mexicano Alfonso Reyes reunió en el Real Jardín Botánico de Madrid a un grupo de escritores y poetas entre los que se encontraban José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Eugeni D'Ors o Antonio Bergamín. Aquél encuentro sirvió para reivindicar el silencio, la reflexión y la escritura en un homenaje al poeta francés Stephane Mallarmé. Las instrucciones de Reyes eran sencillas: sentarse durante cinco minutos en algún lugar del Botánico y, a continuación, escribir qué había pensado cada autor durante ese tiempo. Bautizaron el encuentro como El silencio por Mallarmé (Una encuesta sin trascendencia) y publicaron sus textos breves sobre el silencio, la reflexión y la escritura en el número 5 de la Revista de Occidente.

En conmemoración de aquella iniciativa, el próximo jueves 23 de abril las puertas del Jardín Botánico permanecerán abiertas entre las 16 y las 20 horas, siendo gratuito el acceso al recinto, ya que esta institución invita a los amantes de la escritura a emular aquél primer Silencio por Mallarmé para celebrar el Día del Libro.


En colaboración con Escuela de Escritores, los escritores Javier Rioyo, Juan Carlos Méndez Guédez, Doménico Chiappe, Juan Carlos Chirinos, Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Carlos Márquez, Ignacio Ferrando, Luis Luna, Javier Sáez de Ibarra, Alfonso Fernández Burgos, Eduardo Berti y Pablo Andrés Escapa participarán desde las cinco de la tarde en la reedición del Silencio por Mallarmé, un acto al que podrá unirse cualquier amante de la escritura que se acerque al Real Jardín Botánico. Además, y desde las cuatro de la tarde, algunos de los profesores de Escuela de Escritores impartirán talleres de escritura gratuitos en varias localizaciones del Botánico.

Los asistentes podrán disfrutar del recogimiento del Real Jardín Botánico para reflexionar durante esos cinco minutos de silencio y escribir a continuación sus textos, que serán publicados en la página web www.silenciopormallarme.org. Durante esas cuatro horas, además de participar en el Silencio por Mallarmé, los asistentes podrán inscribirse en los cuatro talleres de escritura gratuitos que los profesores de Escuela de Escritores impartirán a lo largo de la tarde (hasta completar un aforo máximo de quince alumnos por taller). Y para aquellos a quienes la distancia les impida acercarse al Jardín Botánico, habrá un Silencio por Mallarmé virtual: a través de www.silenciopormallarme.org, los internautas podrán visionar un video del Jardín Botánico mientras escriben su silencio en la misma página.

Accede a la información completa en la página de la Escuela de Escritores.

Viajes con Charley, de John Steinbeck.

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Viajes con Charley, de John SteinbeckTítulo: Viajes con Charley. En busca de América
Autor: John Steinbeck
Editorial: Península, 1998
Colección: Altaïr
ISBN: 978-84-830710-6-9
Obra original: Travels with Charley (1962).



En el complicado 1960, John Steinbeck realizó un viaje en caravana por gran parte del territorio de su país, Estados Unidos, delegando las licencias de la ficción en las «personales» y silenciosas apostillas de su perro, Charley, para mezclarse con las gentes del camino y reflexionar sobre su realidad y sus esperanzas: la búsqueda de ese lugar en el mundo que todos acarreamos. Dos años más tarde, en 1962, el año del Nobel, John Steinbeck publicaba ese ejercicio de inmersión en un diario de ruta: Viajes con Charley.

En el primer fragmento de esta obra, que es la de un gran escritor pero sobre todo es literatura de viajes en estado puro, Steinbeck deja claro que, a algunos, la fiebre de viajar les invade desde el comienzo y ya no remite:

Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.

Steinbeck desmitifica la necesidad de exóticos viajes para lograr una buena experiencia ─también en lo literario─, por lo que recorre su país ─la edición en castellano de Península llevaría el subtítulo de En busca de América─ y se detiene a percibir el espíritu americano desprovisto de estereotipos. Precisamente por eso consigue aprehenderlo y profundizar en él como pocos, por mirarlo de un modo genuino, como viajero y como escritor. De nuevo, no siempre es el paisaje ni el itinerario lo que provoca una experiencia intensa, sino la mirada y la actitud del escritor y del viajero que se cuestiona la realidad, y a sí mismo, si es preciso:

Sería agradable poder decir de mis viajes con Charley: «Salí a buscar la verdad sobre mi país y la encontré». Y luego sería una tarea tan fácil escribir mis hallazgos y retreparme cómodamente con la magnífica sensación de haber descubierto verdades y habérselas transmitido a mis lectores. Ojalá fuese tan fácil. Pero lo que llevaba en mi cabeza y, más profundo aún, en mis percepciones era un barril de gusanos. Descubrí hace mucho recogiendo y clasificando animales marinos que lo que encontraba estaba estrechamente entremezclado con cómo me sentía en ese momento. La realidad externa sabe no ser tan externa después de todo.

Y para finalizar este breve acercamiento al libro, veamos cómo en este estupendo pasaje Steinbeck, tras haber atravesado el país entero desde su residencia en el viejo Este, regresa a su California natal y se reencuentra allí con los paisajes de su juventud. El autor no sólo habla de los bosques de secoyas, sino que va más allá de la estampa clásica del turista y sobre todo consigue mostrar esa magnificencia al lector. Logra transmitirle a ese lector la parte a priori intransferible de la experiencia, hasta hacerle sentir realmente su experiencia, con un lenguaje en absoluto engolado, de trazos líricos contenidos, y gracias a la genuina actitud del escritor y del viajero ante el camino.

Me quedé dos días cerca de los cuerpos de los gigantes, y no hubo viajeros, ni grupos cotorreando con cámaras. Hay un silencio de catedral aquí. Tal vez la gruesa y blanda corteza absorba el ruido y cree un silencio. Los árboles se elevan rectos hacia el cenit. No hay horizonte. Amanece temprano y sigue siendo amanecer hasta que el sol está ya alto. Luego el follaje, que tiene un verdor de helecho, filtra desde muy arriba la luz del sol dándole un tono de un dorado verdoso y la distribuye en rayos o más bien en fajas de luz y de sombra. Después de que el sol pasa el cenit es ya la tarde y enseguida el ocaso, con una penumbra susurrante, hasta que vuelve la mañana.
Así es como se modifican el tiempo y las divisiones ordinarias del día. Para mí el amanecer y el oscurecer son periodos silenciosos, y allí en medio de las secoyas casi todo el día es un periodo silencioso. Los pájaros se desplazan en la luz tenue o cruzan como centellas las fajas de sol, pero hacen poco ruido. Bajo los pies hay un colchón de agujas que ha ido depositándose a lo largo de dos mil años. No se puede oír ningún rumor de pisadas en esa gruesa manta. Yo experimento allí una sensación remota y enclaustrada. No se atreve uno a hablar por miedo a alterar algo… ¿qué? He tenido la sensación desde mi más tierna infancia de que en los bosques de secoyas estaba pasando algo, algo de lo que yo no formaba parte. Y por si había olvidado esa sensación, pronto volví a experimentarla.
De noche, la oscuridad es negra… sólo mirando recto hacia arriba se ve un trozo de gris y una estrella esporádica. Y hay un respirar en el negror, pues esas cosas inmensas que controlan el día y habitan la noche son cosas vivas y tienen presencia, y quizá sentimientos y, en algún punto de las profundidades de la percepción, puede que comunicación. He tenido toda la vida una asociación con estas cosas (es curioso que no sirva en este caso la palabra árboles). Puedo aceptarlas y aceptar su poder y su edad porque estuve expuesto a ellas desde la infancia. Por otra parte, la gente que carece de esa experiencia empieza a tener aquí una sensación de desasosiego, de peligro, de estar atrapado, encerrado y abrumado. No es sólo el tamaño que tienen estas secoyas lo que les asusta sino lo extrañas que son. ¿Y por qué no? Son los últimos miembros que quedan de una raza que floreció en cuatro continentes tan atrás en el tiempo geológico como el periodo jurásico. Se han encontrado fósiles de estos ancianos que databan de la era del cretáceo mientras que en el eoceno y el mioceno estaban esparcidos por Inglaterra y el continente europeo y América. Y luego los glaciares fueron bajando y barrieron a los titanes irremisiblemente. Y sólo quedan estos pocos: un recuerdo pasmoso de cómo era el mundo hace mucho. ¿Es posible que no nos guste que nos recuerden que somos muy jóvenes y bisoños en un mundo que era viejo cuando llegamos nosotros a él? ¿Y podría ser que hubiese una firme resistencia a la evidencia de que un mundo vivo seguirá su camino majestuosamente cuando nosotros ya no lo habitemos?

JOHN STEINBECK, Viajes con Charley


John SteinbeckJOHN STEINBECK nació en 1902 en Salinas, California. Tuvo varios reveses en los inicios de su carrera, justo cuando un escritor comienza a forjarse y revela su condición, la de quien no puede evitar seguir escribiendo porque es lo único que le mantiene cuerdo en su propia piel. Aquellos que todavía no hayan leído a este autor puede que tengan una idea de Norteamérica que, sin saberlo, le debe mucho al trabajo de Steinbeck, o tal vez conozcan un remedo de lo más significativo de su obra a través del cine, a veces gracias a excelentes versiones, como la de John Ford dirigiendo a Henry Fonda en Las uvas de la ira o la de Elia Kazan con James Dean en Al este del Edén, que adquirió más eco que el propio libro. Otras magníficas obras de Steinbeck que se llevaron con relativo acierto al cine fueron De ratones y hombres, con John Malkovich, o Camaradas errantes, con el gran Spencer Tracy.

Sin duda, Las uvas de la ira es la obra de mayor envergadura de Steinbeck. En ella, el autor logra que la vida transite por cada página, señalando la deriva de unos exiliados en su propia tierra y, a través de esa polvorienta odisea, la de toda una generación. La Madre del clan Joad simboliza el eterno pilar que sustenta todas aquellas patrias verdaderas del corazón humano, tan sólido como vulnerable y capaz de estremecerse ante la bondad del prójimo. El drama de aquellos granjeros desheredados puso en tela de juicio ante el público la bondad del espejismo americano, e incluso llevaría al gobierno a tomar medidas sociales.

¿Qué pensaría John Steinbeck al contemplar la América y el mundo de hoy? Aunque los últimos acontecimientos en la política de su país quizá le levantaran el ánimo, es probable que nos contara, apesadumbrado, que en realidad cambiaron pocas cosas, y aún así, apuesto a que seguiría manteniendo su inaudita fe en el ser humano. Esa es la grandeza de un escritor y de un viajero como Steinbeck ─no sería su único libro de viajes, vendrían otros, como el dedicado a Rusia─, pues a través de la sencillez se revela capaz de captar y mostrar la vida en palabras, sin maquillarla, pero al mismo tiempo sin derrotismo y sin renunciar a la posibilidad de un mundo más digno y respirable, libre del polvo de la injusticia.

Textos de los alumnos (II): Eva González.

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QUEREMOS PAZ CON DERECHO A COCINA


Seguro que ya se habrá generalizado su uso electrónico en los transportes públicos, pero hace unos doce años, en la ciudad polaca de Wroclaw, los billetes de tranvía los picaba manualmente el pasajero, en una maquinita que estaba ubicada a tal efecto junto a las entradas del vagón. Yo misma conservé de mis primeros trayectos algunos billetes usados, porque me gustaban los monumentos que aparecían en los dibujos: el ayuntamiento, la Universidad o alguna de las catedrales de la ciudad.
Enseguida aprendí a comprar el billete mensual, menos vistoso ―la fotografía insulsa de un tranvía―, pero que autorizaba los viajes nocturnos y también en autobús. Para conseguirlo, me explicaron al poco de instalarme, había que ir a la garita el último día del mes, y decirle al encargado de expenderlo algo así como prosze, bilet tramvayove e autobusove miesenchne e nochenne. Eso bastaba para que el trabajador o trabajadora estatal, normalmente añoso y regordete, alzara su mirada enrojecida y entregara el cartoncito. Y más le valía a uno llevarlo consigo, porque los comités de inspección destinados a multar al polizón se presentaban a menudo. Estos solían formarlos parejas mixtas de ex-presidiarios, integrantes de los programas de reinserción social postcomunista, con los que no convenía discutir. Los pasajeros polacos del tranvía eran por lo general silenciosos, y por aquél entonces el silencio era mi mejor aliado: vienes por el billete, te enseño mi billete, te vas decepcionado sin tu multa y te olvidas de mi cara. Atreverse a hablar significaría ver cómo se volteaban varias cabezas, varios interrogantes en las miradas, ¿de dónde eres? ¿Ucraniana? ¿Bielorrusa? ¿De qué otro sitio se puede ser si no?

Ir en tranvía implicaba pisar terreno habitual, viajar únicamente hasta donde se extendieran sus raíles. Los barrios del centro, sucios y desolados por la nieve y el fango del prolongado invierno, al menos presentaban rasgos reconocibles a través de la ventanilla, entre el vaivén y la aglomeración de las horas punta: el monumento medieval de la picota en cuyo pedestal se daban cita las parejas, la iglesia de Santo Domingo, y el nuevo centro comercial de la calle Swidnicka, donde comprar perfumes de importación o el periódico español de la semana anterior, a cinco veces su precio original.
Incluso el hecho de alejarse, camino de la estación, no suponía más que atravesar la familiar calle Kollantaja, llena de tiendas, tráfico, bullicio y gitanillos rumanos pidiendo piednaze, pani, por el amor de Dios. Allí estaba el piso donde vivía mi amiga Agnieszka. Se trataba de una vivienda gubernamental, como tantas otras, situada en un hermoso edificio que habitaron ricos negociantes alemanes hasta que la guerra se los llevó a otra parte y los rusos nos empujaron a nosotros hacia acá, y con nosotros quiero decir a los polacos, para que repobláramos las dos Silesias que, al precio de tanta sangre, les habían arrebatado a los soldados de Hitler, me contaba.
Me gustaba el humor negro polaco, y aprendía de mi amiga Agnieszka y de su madre todo tipo de chascarrillos, que hicieron mi vida más llevadera, tanto en los transportes públicos como fuera de ellos.
En aquella etapa compartí con ellas una época de euforia, en la que, como en un sueño, se quebraron fronteras de un día para otro. De pronto se multiplicaron las opciones en los escaparates, y también la necesidad de poseerlo todo, y lo que los mayores veían con temor y reservas, la juventud lo sentía como un gran regalo, del que uno debía apresurarse a disponer. La casa era una vivienda de habitaciones espaciosas que permitió a la familia crecer y reproducirse con cierto desahogo: en el cuarto de la entrada, el hermano mayor, su mujer y sus dos hijos; en el del fondo, la madre, Agnieszka y su mellizo Jakub, un seminarista medio tonto; y durante casi un año, en la habitación central, habían convivido el padre y su nueva esposa, hasta que pudieron costearse una casa con jardín a las afueras, donde seguro que les acribillan los mosquitos, se consolaba la madre.

En polaco, la palabra paz y la palabra habitación tienen una misma raíz y una fonética muy parecida.
―Antes, queríamos paz; luego, nos conformábamos con una habitación con derecho a cocina ―se reían.
Nunca viajé sola en autobús, siguiendo las advertencias maternales de Agnieszka:
―Como acabes en Kridki o cualquier barrio colmena de esos, te aseguro que no te va a divertir que te tomen por bielorrusa o ucraniana.
―A lo mejor, si les digo que soy española, me dicen ¿Franciszek Franco? Arriba España, y me regalan una botella de vodka.
―Me temo que los cabezas rapadas no se caracterizan por sus conocimientos de Historia ―me replicaba Agnieszka.
―En cualquier caso, si te regalan la botella, acuérdate de las amigas ―añadía su madre.
Yo vivía en Plac Grundwalzki, todas las mañanas tomaba el tranvía 9 hasta Dominikanski y, justo detrás, quedaba la Universidad. Cuando me convertí en un rostro habitual, a veces se dirigían a mí y, de vez en cuando, surgían comentarios impertinentes:
―Tanto tiempo aquí y aún no sabes hablar buen polaco.
Pero Agnieszka me había enseñado cómo responder:
―Mira a Lech Walesa, tampoco sabe hablar, ¡y ha llegado a presidente!


© EVA GONZÁLEZ
Eva González
Reside en Valladolid. Realizó el curso virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores entre julio y agosto de 2008.

Textos de los alumnos (I): Jordi Roldán.

Literatura de viajes Literatura de viajes
Con este texto, publicado en origen el 16 de octubre de 2008, se inició la sección dedicada a las colaboraciones de los alumnos que pasaron por el curso virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores de Madrid. Una vez finalizado cada taller, les propongo revisar alguno de sus ejercicios semanales, corregirlo según lo aprendido durante el curso para, tras una edición básica por mi parte, publicarlo en esta bitácora colectiva.

YA NO QUIERES BAILAR CONMIGO



Dicen que su mujer, Matilde, en un día de tormenta se tiró a la riera desde el puente que lleva a Jaume III, un mirador con las tripas fuera al que le han segado el horizonte del mar. Antoine, sin embargo, nunca ha confirmado este hecho. Cada día desde hace dos años realiza el mismo tramo en la línea 5, varado en un horario y en un asiento. Matilde está en todos los puntos del trayecto, colándose entre las vallas publicitarias y los árboles de las aceras. Sus labios decoran las esquinas del retrovisor, sus ojos negros se abren y se cierran entre las letras de la ventanilla de emergencia, el aire acondicionado exhala el olor de su cuello, los bucles de sus rizos dibujan el volante del conductor y por la punta del bolígrafo resbala la textura de sus pecho, cuando Antoine hace garabatos en el periódico.
Ha pasado cientos de veces por Andrea Doria, casi tantas como las que ha leído el precio del diesel y los milibares necesarios para hinchar una rueda en la gasolinera del cruce, mientras esperaba a que ella saliera del trabajo. Aquel día de julio que llovía y que regresó solo a casa, en la tienda de lencería que queda enfrente del depósito de super, pensó en regalarle un conjunto de ropa interior. Seguía evocando recuerdos y por el hilo musical sonaba Misia: te extraño, en cada paso que siento solitario, y el autobús en la bajada, se transformó durante unos segundos en un tranvía lisboeta que va a encontrarse con el Tajo, aunque aquí el río es un mar y los edificios no tienen vida, son armazones inertes, construcciones postmodernas de ladrillo camuflado por pintura blanca o piedra forrada, con tímidos jardines en la parte delantera, un quirófano de vivencias.
Al girar a la derecha en Junípero Serra, un segmento de ciudad insustancial, sin otra misión que la de conducir al tráfico o al peatón de una calle principal a otra, hay una tienda de chinos que acaban de traspasar, donde Antoine le compró el perfume que imitaba a uno de Loewe y un vestido blanco de tirantes. Pero ahora esas no son más que pistas borradas.
Ya ha anochecido cuando el autobús pasa por Joan Miró. Múltiples establecimientos de comida rápida y tiendas de souvenirs le miran desde el suelo retando a que se pare y entre, pero no puede. Las calles están llenas de turistas anglosajones y germanos. Adolescentes y adultos jóvenes agrupados por género de camino a los garitos de Gomila o del Paseo Marítimo donde tendrá lugar la mezcla de cuerpos y labios extraños. Este rincón de Palma es una puerta de entrada a lo que anuncian las agencias de viaje en sus folletos: todo incluido, aunque el sexo corra de su cuenta.

—¡Amigo! Levántate para que oigas aullar al perro asirio.
Es su calle, Federico García Lorca, el final del trayecto de Antoine. Este fragmento de «Paisaje con dos tumbas y un perro asirio» de Poeta en Nueva York lo tiene grabado en la memoria, y a menudo, cuando ve el chasis azul de la parada, recita el verso en voz baja. Hoy, sin embargo, no puede moverse, sigue enganchado a la silla. El autobús pasa por delante de un bloque de pisos y sólo puede mirar de reojo la ventana de una habitación y a una mujer de vestido blanco en la entrada. Continúa la ruta, indefenso ante el ímpetu del motor.
Cruza Marqués de la Senia y mira al puerto deportivo cuando ya está subiendo el Born. Hacía tiempo que no venía. Antes paseaba mucho con ella por allí. En verano, con una botella de agua y cigarrillos, se sentaban en los bancos a la sombra de los Platanus hispanica, a sentir el inicio de la brisa marina que llega al puerto y a ver pasar la gente. Hablaban de pintores y de las piedras de marés, que según explicaba Matilde, si las metes en un cubo de agua no se disuelven, pero eso los alemanes no lo entendían.
El ritmo cardíaco se le acelera al recorrer Jaume III dirección al Paseo Mallorca. Llega a un puente que es un sepulcro, sin rocío, ni cruz, ni nada. Se agarra fuerte a la barra del techo y haciendo un esfuerzo por mover las piernas entumecidas, se levanta y aprieta el botón de parada. A través de las puertas automáticas, ve a una mujer con vestido ibicenco que busca el Mediterráneo a lo lejos. En la mano tiene el DVD de una película, El marido de la peluquera.
Antoine vuelve a sentarse.

© JORDI ROLDÁN
Jordi Roldán (Sabadell, 1975)
Radiólogo y escritor, reside en Palma de Mallorca, desde donde publica sus creaciones de narrativa y poesía, o explora el terreno del tunning literario a través de su estupenda bitácora.
Realizó el curso virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores entre julio y agosto de 2008.

20/4/09

Fallo del VI Premio de Relato mínimo Diomedea.

Para esta edición del certamen han llegado textos desde nueve países y ha aumentado el número de concursantes en algo más de un 20 por ciento. Enhorabuena a los dos finalistas y por supuesto al ganador, que ya resultó finalista de una convocatoria anterior, lo que demuestra que perseverar trae sus frutos. De nuevo se han quedado a un paso del podio algunos relatos de autores habituales del Diomedea, quienes seguro cosecharán en el futuro esos mismos frutos, si continúan trabajando del mismo modo.
Gracias a todos vosotros y también a los miembros del jurado, que colaboran de manera desinteresada, esta iniciativa sigue en plena forma y difundiendo el trabajo de otros autores en la red. Recordad que desde el pasado lunes ya está abierta la convocatoria para el VII Premio de Relato mínimo Diomedea.


Fallo del VI Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del VI Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VI Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «El dios de la parcela»
Autora: Flor Coss
Nacida en 1970, vive en la ciudad de México y es ingeniera.
Bitácora: Learning to fly

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


EL DIOS DE LA PARCELA



EN DOS HORAS MÁS se levantará mi mujer a echar las tortillas, para entonces los gallos y los asnos habrán cantado anunciando la hora de empezar un nuevo día. Mi mujer no sabrá lo que pasó, no tiene por qué saber que me he vengado de ella. A mí no me importa que ella no sepa que ya me he cobrado con tal de que mi ofensa se vea satisfecha. Que siga tendida en el petate, durmiendo como si los mismos ángeles resguardaran su puerta.
Despertaré a la chamaca mientras su madre duerme, la llevaré junto al río donde nadie sino Dios será testigo. Él me mirará levantarle la falda, golpearle las nalgas hasta excitarme para luego saciarme en ella. ¡Que pague por las funciones que me negó su madre!
Dios no hará nada, estará de mi lado porque es lo justo, porque Él es hombre como yo y como Él yo soy el dios de esta parcela. Nos haremos uno.
Es tiempo.
La levanto, la llevo en brazos, le beso la frente y le digo que se ha ganado un premio. Le pido que sea buena con su padre porque Dios la está mirando.
«El dios de la parcela» es propiedad de © Flor Coss 2009.


Finalista del VI Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del VI Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Cambalache»
Autor: Manuel Sánchez Vicente
Periodista y guionista de televisión, entre las pasiones de este salmantino figuran el cine, la fotografía, la literatura en general y los relatos cortos en particular, género al que dedica parte de su tiempo. Ha ganado varios premios de cuentos y gracias a uno de ellos ha publicado el libro de relatos El desguace.
Bitácora: La espada oxidada

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


CAMBALACHE



TRAS LA ÚLTIMA DISCUSIÓN decidí poner punto final a nuestra crisis de pareja. Al principio no supe qué hacer con tu cuerpo, así que te tuve tres días recostada en el sofá hasta que decidí enterrarte bajo las losetas del sótano. Fue entonces cuando comencé a imitar tu voz. Escuché el contestador hasta que hice mía esa forma de arrastrar la letra «erre», como un gourmet francés. Luego estudié nuestros vídeos. Copié tus gestos rotundos, tu peinado caótico y esa manía tan tuya de mordisquearte la lengua con los paletos, como hacen los niños traviesos. Han pasado diez años desde que desaparecí y ahora te acusan de un crimen. Creen que me has hecho algo. Mi abogado ha presentado una apelación en el juzgado, pero mi única opción es que no registren la casa. Cariño, veo tu cara en el espejo y recuerdo que nunca fuiste rencorosa. Por favor, deja que recupere mi aspecto. Al fin y al cabo, yo te devolví la vida.
«Cambalache» es propiedad de © Manuel Sánchez Vicente 2009.


Cuento ganador del VI Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del VI Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «La incertidumbre»
Autor: Javier Puche
Nacido en Málaga en 1974, reside en Madrid. Es Licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico. Realizó el Máster en Creación Literaria en la Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid. Ha trabajado como corrector de estilo, crítico musical y guionista de televisión. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías. Fue ganador del I Premio de Relato Breve ECH y finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea.
Bitácora: Puerta falsa

Obtiene un lote con los libros de relatos Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009), que está a punto de llegar a las librerías; Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008) y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.


LA INCERTIDUMBRE



EN MEDIO DEL MAR NEGRO, a cientos de kilómetros de cualquier costa, un hidropedal avanza despacio bajo la luna. Sus tripulantes, un hombre y una mujer de mediana edad, pedalean maquinalmente, pese a estar dormidos. La cabeza del hombre descansa vencida hacia atrás. Y su boca se abre hacia el cielo, como si anhelara devorar las estrellas. La cabeza de la mujer cae por el contrario hacia delante y tiene la boca cerrada. Con las ondulaciones del mar, ambas cabezas se tambalean un poco. La de él parece decir que no. La de ella, que sí. Entregados a esta inconsciente discrepancia, surcan la oscuridad. Al amanecer, el lamento de una ballena los despierta abruptamente.
ELLA (desperezándose): Nos hemos dormido.
ÉL: Eso parece.
ELLA (mirando alrededor): ¿Y qué hacemos ahora?
ÉL: No tengo ni idea. Quizá deberíamos seguir pedaleando.
Y eso es justamente lo que hacen: pedalear. Pedalear en silencio. Seguir navegando sin rumbo por las oscuras aguas hasta perderse de vista en el horizonte.
«La incertidumbre» es propiedad de © Javier Puche 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

16/4/09

Arte visual (II): Ale & Ale.

Artistas: Ale & Ale
Página: Ale & Ale en Myspace

© Ale & Ale
© Ale & Ale.


Ale & Ale son dos ilustradores que residen y trabajan en Milán (Italia). Han colaborado con editoriales y han publicado algunos de sus trabajos en revistas y campañas publicitarias. Su obra ha sido seleccionada en importantes certámenes internacionales de ilustración: Feria del Libro de Bolonia en 2002, 2003 y 2007; Figures Future de París en 2002 y 2004; y Bienal de Ilustración de Barreiro (Portugal) en el año 2003.
Utilizan desde el collage al dibujo para crear un estilo ecléctico, que concilia una estética retro con paradojas, por momentos, de corte surrealista.

13/4/09

El cuento de 2008 (V):
El río de Halfonius Monk.




Título: El boxeador polaco
Autor: Eduardo Halfon
Edita: Pre-Textos
ISBN: 978-84-8191-910-3





―No quiere salir.
―Lamento que no se encuentre bien ―dijo la mujer―. Es un hombre agradabilísimo. Era boxeador, ¿sabe?

ERNEST HEMINGWAY, «Los asesinos»


No es casual que publique ahora mi deriva a partir de este libro, después de haber compartido la de Submáquina hace tan pocos días. A pesar de tratarse de dos escrituras muy distintas, hay en ambos títulos una tentativa cierta de no plegarse a las etiquetas ni a los géneros que me interesa mucho. Antes de publicar esta entrada quise que a la lectura de El boxeador polaco le sucediera la de El ángel literario, que Halfon publicó con Anagrama en 2004, y que apenas ahora comienzo a catar en diagonal, pero precisamente eso me ha llevado a no demorar más la entrega por una sencilla razón: la confirmación del descubrimiento de una nueva ―para mí― voz en las letras hispanas que ha conectado con el lector que soy, más allá de mi faceta como escritor. Halfon ha conseguido ―y os aseguro que no es fácil― que vuelva a leer una obra reciente olvidándome de los otros lectores que me construyen ―el escritor, el editor, el profesor y el «crítico»― y que sea sólo el lector quien se sumerja en el río de sus ficciones. Antes del concurrido ―y ya finiquitado, por lo visto―debate al hilo de vuestro libro de cuentos favorito de 2008, al nombre de Eduardo Halfon sólo le adjudicaba una vaga noción como finalista del Herralde de novela de algún año reciente ―son ya tantos los autores americanos en ese premio que me aturdía: fue con El ángel literario y en 2004, como confirmé más tarde [1]―, pero gracias a un comentario del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán a los pocos días ya me había ocupado de tener El boxeador polaco en mis manos.

Aquellos que confundan el rigor con la ortodoxia dirán, entre la miopía y la prisa, que El boxeador polaco no es un libro de cuentos o que pertenece al «género de la autoficción». Es probable que ni el propio autor tenga claro si se trata de un libro de cuentos, pero al menos el esfuerzo que se percibe es dual: por un lado, cada uno de los textos funciona de manera autónoma y sostiene la tensión narrativa dentro de su propia entidad, pero por otro, y ya al final de la lectura de todo el volumen, la impresión general recuerda a la que pueda dejar una novela fragmentada pero con el eco sostenido de una sola intención, y ahí de nuevo establezco un símil con Submáquina de Esther García Llovet, al menos en su estructura. Aquí el personaje que Halfon construye es un trasunto del propio autor, aunque caracterizado, caricaturizado y quintaesenciado, todo al tiempo, para protegerse y divertirse, supongo, pero también para que los ropajes de la ficción, como decía Conrad, ayuden a traer al lector una visión más rica de «la realidad», esa fibra primera de lo escrito y la semilla de toda fabulación. Para los que estén demasiado preocupados en clasificar El boxeador polaco como novela, libro de cuentos o diario de un «exagerado» ―en el sentido de artista que le daba Sábato al término―, la principal cualidad de la escritura de Eduardo Halfon —una sutil habilidad para rehacer la vida en el texto— escapará a su campo de visión, encajonado en ese afán absurdo por atar cabos y hacer mediciones para poder ponerle una etiqueta al libro. Esa miopía es propia de la crítica más torpe y de los lectores más desorientados, que necesitan tener siempre marcado el sendero en el bosque, para quienes todo lo que queda más allá de sus lindes se convierte en niebla y el rumor del río es sólo una mentira más.

Pero, ¿qué es un río exactamente? En El boxeador polaco se dan cita la ficción y la «realidad», es cierto, pero del mismo modo que pueden hacerlo en un libro de cuentos «ortodoxo» o en la cotidianidad de cada uno de nosotros. ¿Acaso no elegimos ―entre todo el espectro perceptible, ya de por sí limitado― aquellos colores y sonidos de la «realidad» que más nos convienen para construir la experiencia y el relato que hacemos de nosotros mismos a los demás? ¿No es el escritor un intérprete de esa «realidad» en cada una de sus ficciones? ¿No la traduce según ese diccionario intransferible que su mirada es, del mismo modo que nuestro cerebro toma una decisión para identificar «río» a partir de la información que le ofrecen nuestros sentidos? Desde un punto de vista formal, es decir, rígido, podría encontrarse una etiqueta para El boxeador polaco pero, al menos a mí, esa tarea no me interesa y además me parece estéril. Cada lector, según su mapa del mundo y de la literatura, puede elaborar una interpretación distinta. Así, para unos El boxeador polaco podría pertenecer a la corriente de real fiction del mejor Truman Capote, para otros al torrente de digresiones metaliterarias de Vila-Matas y a las elucubraciones de sí mismo como personaje, y para otros aún, en cierto modo, al caudal ingente de los dietarios de Andrés Trapiello [2]. Algunos lectores, según su nivel de tolerancia a la niebla y su distancia respecto al río, podrían tomar la escritura de Eduardo Halfon como un salto de agua del que gotearían ―con el ritmo prosaico de Juan Carlos Onetti, pero sin imposturas legatarias― la lucidez de Mark Twain o el humor de Slawomir Mrozek [3]. O como una cascada por la que desbordaran las luces y las sombras de Ernest Hemingway. O las de Alejo Carpentier, pero puras, auténticas, sin ese colorido sobreexpuesto y gratuito de la peor versión de la literatura panamericana. El boxeador polaco ―y, por lo leído hasta ahora, también El ángel literario― se amolda a todos esos cauces y a muchos otros, porque su cualidad fundamental ―insisto― es transparente, adaptable e inaprensible como el agua limpia: escritura que rehace la vida en el texto y vida que hace acto de presencia en la lectura. Y por eso el buen lector olvida pronto la ortodoxia y abandona el camino marcado. Por eso atraviesa los jirones de niebla y se deja llevar por el río del texto en El boxeador polaco, donde ya poco importa el destino del viaje o la nomenclatura en los mapas de ese curso de agua.

Le contesté esa misma noche, y el tono de mi carta resultó más petulante de lo que había previsto. Te felicito, le escribí. Así se lee un cuento: dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo, Annie, donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción, ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Al igual que los trucos de un mago nos impresionan sabiendo muy bien que son sólo trucos. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido aserruchada en dos. Pero así lo creemos. Es una ilusión verdadera. La literatura, escribió Platón, es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar es más inteligente que quien no se deja engañar.

«Lejano» (páginas 19 y 20).

Halfon tiene el acierto y la honestidad de no quedarse en el tópico ni en el compadreo y de acercarse a la literatura universal sin complejos y a la vez sin soberbia, aceptando la deuda contraída con escritores de todas las latitudes, renunciando al exceso efectista y a las modas. La suya es escritura en estado puro, con las gotas justas de rigor estilístico y verosimilitud, con las notas justas que le dan empaque, solidez y fondo a la melodía, pero también con esa condición jazzística que se permite la improvisación y el juego. Y por eso en El boxeador polaco, contra lo que puedan argumentar los miopes, entre la «realidad» y la ficción la literatura sucede, como sucede la vida frente a una criatura hermosa, insolente y sexual ―antes de vislumbrar la «Fumata blanca»―. Como late con fuerza la vida en ese otro río inabarcable e ingobernable que es la música de Thelonius Monk, entre las teclas de un piano en su fabuloso «Epistrophy», que en El boxeador polaco es también epístrofe [4], es decir, la crónica de una doble conversión: la del pianista clásico y el escritor judío en músico zíngaro y en escritor ateo, en dos creadores libres al fin de todo lastre.

En este libro la herida de estar vivo es una leyenda a pie de página, como una libélula que se posa en el instante preciso y nos permite leer sus alas antes de remontar el vuelo y dejarnos, aturdidos y fascinados, como deja la vida huella en un país rajado por los volcanes y los machetes, o en el rostro de un niño ―todo un héroe, con su cicatriz, sus trabajos y su odisea particular, ese Juan Kalel de «Lejano», que hasta tiene apellido de pequeño Supermán, señor de la plantación y del Pach'un tijz [5]―. O sobre todo en la biografía de un abuelo, el auténtico detonante de toda la carga simbólica en El boxeador polaco. La verdadera lección sobre literatura en este libro y sobre aquella vieja e inefable verdad de las mentiras no está en el Halfon-profesor-personaje de cada relato, ni en la entrañable figura de Joe Krupp en «Twaineando», sino en la estrategia vital de ese superviviente de Auschwitz, que tiene una delicadeza y una ternura dignas de Robert Louis Stevenson para dibujarle a su nieto y a cualquiera un mundo menos sórdido, si es que eso ―poesía aparte― fuera posible después de Auschwitz.

Qué bueno que Eduardo Halfon no haya sucumbido a la tentación de darnos una clase de moral a cuento de la historia de su país ―de todos sus países― o de su árbol genealógico ―y de todas sus raíces―, y que sin embargo haya logrado que la terrible belleza de Guatemala cobre vida, color y voz en «Lejano», que un extrañamiento tan «gringo» y cheeveriano pueble «Twaineando» o que el vértigo de la sangre palpite en «Fumata blanca» y «El boxeador polaco» ―el cuento―. Qué bueno que Halfonius Monk ame más la música que las partituras, más la literatura y la escritura que la farsa de «ser escritor». Estoy dispuesto a equivocarme y a dejarme engañar, decidid vosotros cuando lo leáis, pero lo único que sé es que El boxeador polaco es un río. No es un libro. Os lo digo yo: es un río. Y te lleva. Os doy mi palabra.

*

Sobre la edición:

Refiriéndonos al libro como objeto, hay quien dice que las ediciones de Pre-Textos son demasiado serias. Es precisamente esa sobriedad la que hace que tenga a la valenciana Pre-Textos como una de mis editoriales de referencia en diseño editorial. Tanto por sus austeras colecciones de poesía, como en su recuperación de clásicos, apenas la tipografía y lo que parece una impresión a dos tintas consiguen, junto con los papeles empleados, un resultado siempre elegante, un poco en la línea de la francesa Gallimard y de otras editoriales insignes. La colección de narrativa contemporánea de Pre-Textos, que utiliza ilustraciones que a veces recuerdan a los bellos carteles propagandísticos de los años treinta, tiene ese sello inconfundible que Andrés Trapiello —responsable del diseño, junto a Alfonso Meléndez— siempre deja en todo lo que hace como editor y tipógrafo, y pienso ahora en su pequeña aventura andaluza (dirige la colección La Veleta de la granadina editorial Comares).

Por todo ello, en el comentario de hoy sobre la edición de El boxeador polaco no cabe decir demasiado, ya que el resultado es absolutamente incontestable y toda la pulcritud del libro objeto no hace otra cosa que apoyar al texto, que es para lo que sirve el diseño, y no para robarle protagonismo, que es en lo que incurren esas otras editoriales de la escuela publicitaria, con ilustraciones chillonas o fotografías de revista en las cubiertas. Del mismo modo que la concisión le sienta bien a la literatura, la edición siempre agradece la mesura, y parece que eso lo han aprehendido antes muchas de las editoriales más o menos apartadas del eje Madrid-Barcelona y de su velocidad: aun con las objeciones puntuales que quepan en cada caso, la extremeña Periférica, la aragonesa Tropo, la gallega Ediciones del Viento, la almeriense El Gaviero, la palentina Menoscuarto o la que nos ocupa hoy, la valenciana Pre-Textos, entre otras, saben editar a fuego lento y con los ingredientes necesarios.

Notas:
  1. Un fragmento del libro de Anagrama:

    Las personas entran y salen de la literatura sin saber por qué. Y quizás el solo hecho de preguntárselo es acercarse demasiado al sol, pues la razón jamás podrá comprender manifestaciones de un espíritu estético. Jamás. Sin pedir permiso ni perdón, el ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.

    EDUARDO HALFON, El ángel literario

    Quien sea más o menos habitual de esta bitácora ya lo sabe: no me gusta hacer hagiografías y sí ceñirme a los libros, al texto, pero no debe de ser casualidad lo de Eduardo Halfon. Casi cinco años después del Herralde su nombre quedó entre los finalistas del I Premio Ribera del Duero de Narrativa breve, y sé de buena tinta que de no haber figurado en el sexteto el libro Mirar al agua de Javier Sáez de Ibarra, que promete mucho, los Cuentos del cuartel de Halfon hubieran tenido todos los números para hacerse con el galardón.
  2. La mastodóntica serie de diarios de Trapiello, El salón de los pasos perdidos, se publica también en Pre-Textos.
  3. El texto del relato «Twaineando», que por cierto se puede leer en la bitácora La Mancha literaria, además de orbitar en torno a la figura de Mark Twain y de rendir homenaje al maestro, destila el humor y la iconoclastia respecto al mundillo literario de Mrozek en cuentos como «El Nobel» o «Del diario de un arribista», ambos de La mosca (Acantilado, 2005). No importa si esto es deliberado o casual, El Quijote también tenía esa sana mala leche y aparece en el relato de Halfon, luego, todos los descreídos ―Cervantes, Twain, Mrozek, Halfon― vienen de la misma estirpe.
  4. De cualquier diccionario: epístrofe. f. Rel. conversión.
  5. Según el libro ―y en uno de sus pasajes más bellos, después de haber desgranado esa fuerza hipnótica que tienen los topónimos en las lenguas precolombinas―, Pach'un tijz es el término que en lengua cakchikel se utiliza para referirse a la poesía, un neologismo que literalmente significa «trenzado de palabras».

Enlaces relacionados:

  • Elocuencias de un tartamudo, bitácora de Eduardo Halfon
  • Vídeo de la entrevista que Luis Figueroa le realizó a Eduardo Halfon para la página de la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala
  • Entrevista a Eduardo Halfon en la página Ciudad del Hombre, por Diego Marín A.
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora de Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g)
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora de Javier Fernández de Castro en El Boomeran(g)
  • Reseña de El boxeador polaco en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora El diario del gallo, dedicada a la literatura guatemalteca
  • Convocatoria del VII Premio de Relato mínimo Diomedea.

    Recordad que el fallo de la sexta edición se publicará a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 20 de abril de 2009. Cualquier relato que haya sido entregado después de las 14 horas del día de hoy, 13 de abril, pasa de manera automática a participar en la séptima edición del certamen.




    Bases del VII Premio de Relato mínimo Diomedea:


    1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 13 de abril de 2009 ha quedado abierta la convocatoria para el VII Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y ganadores de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, siempre y cuando concursen con nuevos trabajos.

    2. Los relatos se presentarán en castellano y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

    3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

    4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el VII Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

    5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas [1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 15 de junio de 2009. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el VIII Premio de Relato mínimo Diomedea.

    6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos y escritores reconocidos, así como por profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 22 de junio de 2009, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos y obliga a indicar autoría y fuente.

    7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados [2].

    8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner facilitado por el administrador, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «VII Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

    9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de anteriores y sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial [3].

    10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

    [1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
    [2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
    [3] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
    Premiados en anteriores convocatorias:

    I Premio de Relato mínimo Diomedea
    II Premio de Relato mínimo Diomedea
    III Premio de Relato mínimo Diomedea
    IV Premio de Relato mínimo Diomedea
    V Premio de Relato mínimo Diomedea

    8/4/09

    El cuento de 2009 (II):
    Licencia de armas.




    Título: Submáquina
    Autora: Esther García Llovet
    Edita: Salto de Página
    ISBN: 978-84-936354-4-2





    Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar.

    ROBERTO BOLAÑO, «Últimos atardeceres en la tierra»


    La primera elaboración mental en la que uno cae cuando se encuentra con el título de este libro le hace bosquejar el fantasma de cualquier androide salido de la imaginación de Philip K. Dick o de los fotogramas de la Metrópolis de Fritz Lang. En cuanto se acerquen a Submáquina verán que no es el caso —o no del todo, que la cosa traerá matices luego—, y que el título obedece a algo más que a ese juego de palabras y metáforas entre los títulos de las seis piezas («Cargador», «Resorte», «Seguro», «Recámara», «Gatillo» y «Cañón») que arman este artefacto literario: cuidado, García Llovet les está apuntando al entrecejo y no va a dudar en cometer el crimen.

    ¿O debiera decir que es Tiffani Figueroa quien les tiene en el punto de mira? ¿Se pondrá García Llovet estupenda y flaubertiana y dirá alguna vez aquello de «Tiffani Figueroa soy yo»? Es cierto, el eje sobre el que gira el tambor de este libro es la construcción del personaje de Tiffani —me van a permitir que en esta deriva no utilice el diminutivo, tan horrísono en mi otra lengua materna— pero las seis balas que se alojan en ese tambor no son para jugar a la ruleta rusa, pues no hay azar en la concepción del libro, y todo el riesgo que asume su autora es literario, es decir, el mejor de los posibles.

    Hay quien recibe Submáquina como novela y no como libro de relatos. Aunque parezca que ahora mismo yo esté posicionándome en una de esas dos interpretaciones al incluir este comentario en mi serie sobre el cuento, lo cierto es que no es relevante. Submáquina es escritura a secas, y de paso supone la confirmación de Esther García Llovet como una muy buena escritora [1], que maneja la tensión narrativa y la ambientación de manera soberbia y mesurada. Otro de los valores de Submáquina es que su autora no está demasiado pendiente de las etiquetas ni de los requisitos aduaneros del género —de ningún género— y, haciendo honor a la invocación estética de lo fronterizo en todo el libro, Esther García Llovet se convierte en una espalda mojada que burla la vigilancia de la ortodoxia literaria y, sobre todo en lo estructural, se permite el lujo de la libertad creativa. Submáquina tiene mucho de novela, es cierto, y, de manera casi confesional, rinde homenaje al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes o 2666, pero no con aquella demora en su desarrollo, sino con la agilidad y el vértigo de las piezas cortas de, por ejemplo, Putas asesinas. Reinterpretar la mirada del Bolaño total y excesivo a través de la prosa del Bolaño francotirador es un mérito más en este homenaje implícito.

    Me voy a permitir una broma, cariñosa, pero justificada: dice en el prólogo de este libro Fernando Royuela —alguna errata por ahí ya lo ha rebautizado a lo Cortázar— que Submáquina «No es comida rápida sino alta gastronomía literaria. Su lectura por lo tanto no debe ser voraz, sino atenta y gustativa». La lectura se la dejo a los lectores, pero no estoy de acuerdo en lo otro: en cierto modo, Submáquina ES «comida rápida», es el hambre que aprieta el estómago en un atasco de operación salida y que se alivia —y vaya si lo hace— en cualquier gasolinera, es el cuarto de libra en la plancha y el cocinero en camiseta panadera que te deja la carne medio cruda y el sudor en el olfato, es el vaso sucio con el rastro caramelo del refresco, el sky rojo de los taburetes del dinner, el aparcamiento oscuro de un café de carretera en el que follan el camionero y la mulata —donde podrían haberlo hecho perfectamente el taxista y una Tiffani mocosa— y es, sobre todo, la vida que ocurre a toda velocidad, la vida que no espera y empuja, la vida que te pone delante el menú sin tiempo para pensar la respuesta —su protagonista es una mujer que se ha fabricado a sí misma sobre la marcha, sin planos, asumiendo el error y la improvisación—. En ese sentido —y sólo en ese sentido, como demostraré en esta misma entrada—, Submáquina es «fast good» contemporáneo, literatura ágil y sin ese refinamiento gastronómico impostado de las «grandes obras» que hablan más del ego de su autor que de la vida que habita sus páginas. Aunque su escritura es muy cuidada —y claro que le doy la razón a Royuela, sólo estaba rizando el rizo— Submáquina es, sobre todo, un libro en el que la vida es imperfecta y sorpresiva, es decir, verosímil:

    Ese verano alquilé una moto y estuve viajando cerca de tres meses, o cuatro, no recuerdo. Viajaba por la carretera de la costa, con el sol de frente, dejando atrás playas vacías justo el instante antes de ponerse el sol. Me acuerdo de las sombras de los rascacielos avanzando por la arena de la playa hasta llegar al mar. Una mañana entré a comer a un restaurante y al sentarme en la barra la camarera me saludó y me preguntó adónde iba. Se llamaba Corina, lo ponía en su chapa. "No estoy segura", le contesté. Y era verdad.
    —Pues eso ya es demasiado lejos.
    Me sirvió una hamburguesa doble que no había pedido y que no me cobró. Luego Corina me dijo que eso es lo malo de los viajes. Que siempre hay que llegar a alguna parte. Y que todos los sitios existen ya.

    «Recámara» (página 55).


    La creación del personaje de Tiffani Figueroa en Submáquina se asienta sobre los espejos que otros personajes —tan violentos, dulces, vulnerables y terribles como ella misma— le enfrentan, sobre la huella de lo fugaz, del indicio y de lo no dicho, sobre la necesaria complicidad del lector y sobre una manera de disponer la información que recuerda a las notas, pruebas y fotografías que en una investigación policial se clavan en el corcho de la sala de briefing: también el lector está contratado como detective en este libro. Si en Mientras agonizo William Faulkner se sirve de la voz de cada personaje para construir una historia, García Llovet deconstruye esa historia en voces distintas para presentar a un personaje. Cada pieza de Submáquina es autónoma, o puede llegar a serlo, pero forma parte indisoluble de un mecanismo que sólo cuando se acciona de manera conjunta consigue el disparo, el crimen, la obra de arte —si se me concede hacerle caso al Marqués de Sade—. Dilucidar si estamos ante una novela hecha de relatos o nos encontramos con seis relatos que hacen una novela, como digo, no es relevante.

    Y no es sólo esta frontera de género la que burla Submáquina, pues también va más allá de los clichés más efectistas y predecibles de la novela negra o el thriller. Del mismo modo que la prosa de García Llovet es austera y tiene la alevosía y premeditación del mejor de los delitos —el que no se permite el error ni encuentra castigo, el verdadero crimen perfecto en literatura, aunque le deje a uno en ciertos momentos con ganas de alguna deriva, de alguna concesión «lírica», aunque ese «pero» sea defecto de fábrica de quien esto escribe—, lo que de veras evoca a Hammet o a Chandler es el qué y no tanto el cómo, el trasunto del antihéroe y no sus escenas de acción o las tramas deliberadamente escatimadas al lector. Lo que evoca al mejor género negro y lo trasciende no es el cliché externo, sino el tortuoso viaje interior del protagonista como depredador y presa a la vez. Es ese ascenso del tiburón a los infiernos exteriores que dibuja la cita de Bolaño que abre esta deriva, la vía directa por la que un vientre hinchado —de culpas y secretos— asciende en línea recta a la superficie de las cosas: García Llovet le da la vuelta a la piel de Tiffani Figueroa y nos muestra su infierno particular, sin caer en la solemnidad de un narrador demiurgo e idiota, mostrando a ráfagas los pecados y la vulnerabilidad de una verdadera autómata en su inercia vital y en sus contradicciones. De repente me acuerdo del Deccard de K. Dick y creo que esta mujer «submáquina» es una replicante de sí misma, hecha de jirones de realidad, de recuerdos implantados por la velocidad con la que le sucede la vida y que, como todos, intenta desesperadamente huir de la muerte en cada exceso, en cada encuentro, en toda su soledad.

    Es cierto, como ya se ha comentado varias veces en otras reseñas, que Submáquina puede traerle al lector un catálogo de referencias cinematográficas, pero en eso también es un libro inteligente y si algo evoca de Amores perros o 21 gramos tiene más que ver con los guiones de Guillermo Arriaga que con la a veces reiterativa puesta en escena de Iñárritu. Claro que hay David Lynch en algunas de las costuras del libro, pero más por la manera sonora e hipnótica de contar y de provocar un eco en cada ambiente, que por los enanos y todo el circo simbólico. De repente uno relee algunos pasajes de Submáquina, especialmente uno en el que la nieve hace acto de presencia, crujiente como el papel de la diana móvil en una galería de tiro, y piensa en Fargo y en su estética desolada, y en que bien podría aparecer el personaje que allí interpreta Frances McDormand en este libro, si uno pudiera creerse una moral tan sólida, que para nada casaría con la del personaje axial de Submáquina, tan humano precisamente por sus contradicciones.

    Submáquina no es sólo un libro que se haya escrito, es sobre todo un libro que se ha consumado, cometido y ejecutado, como el mejor de los crímenes, pero que en algo es absolutamente legal, y es que se ha disparado con licencia de armas, porque Esther García Llovet se ha tomado todo el tiempo necesario para ganársela, porque se ha curtido en el trabajo para acertar en el blanco, y porque Tiffani y la literatura de Submáquina están hechas de abismos y renuncias, de supervivencia y sordidez, en definitiva, de las mismas piezas que construyen todos y cada uno de nuestros puzles personales. Submáquina deja en el aire el rastro de pólvora de esa cualidad tan peligrosa, doliente y encendida de la condición humana, que nos impulsa adelante como un tiro y sin remilgos: nuestro deseo de libertad, aunque ese impulso nos empuje a las fronteras del infierno.

    *

    Sobre la edición:

    Como ya señalé en mi devolución para Como una historia de terror, de Jon Bilbao, en Salto de Página apostaron desde el principio por un diseño reconocible y que ayudara a fijar la imagen de la editorial en la retentiva del lector. Si en aquella ocasión cuestionaba todo el espacio que ocupaba el fondo púrpura metalizado de las cubiertas, ahora creo que tampoco es mala cosa, ya que eso obliga a la brevedad en los textos de solapa y contracubierta, lo que limita la información, sí, pero también evita los típicos excesos —ese solapismo atroz— en los que caen algunos editores. Bien está ser breve, dar las indicaciones justas y dejar que sea el lector quien juzgue por sí mismo. Para la cubierta de Submáquina, además, se ha escogido una ilustración sobre mucho blanco, sin marco, que respira un poco mejor en el espacio del que dispone.

    De las tripas, nada que añadir a lo comentado a cuento del libro de relatos de Jon Bilbao: caja de texto un poco larga, tipografía impecable y algunos detalles originales en la portadilla o los créditos del final. De paso, compruebo que la ausencia de guiones largos en los diálogos de Como una historia de terror fue elección de Jon Bilbao.

    De nuevo cabe destacar el trabajo de Salto de Página, no sólo con estos dos títulos sino en general en todo su catálogo, sobre todo de un tiempo a esta parte, con algunas antologías que vinieron y otras que están a punto de llegar. Con su apuesta por la buena literatura, su capacidad de adaptación a los nuevos modos de lo literario —que ya no beben sólo de la prensa impresa— y su manera de defender y mover cada libro, Salto de Página se está convirtiendo en una garantía para los buenos lectores y en un refugio para los escritores que, esperanzados, vemos que todavía quedan unos cuantos editores con criterio.

    Notas:
    1. Mi intención cuando escribo una de estas devoluciones o notas de lectura es, sobre todo, poner en común con mis lectores un texto que creo que merece la pena difundir, y no tanto recorrer los trilladísimos caminos de la crítica habitual. Verán que no suelo utilizar las coletillas habituales («un autor a seguir de cerca», «irrumpe en el panorama literario», etcétera: pronto se inventará la máquina de hacer reseñas, igual que ya idearon un novelista cibernético), ni le bailo el agua a ningún editor (el texto, queridos, el texto: por eso guardo silencio cuando no me convence, porque hacerle favores a un editor o a un escritor a corto plazo supone que, a medio término, los lectores se puedan sentir traicionados), ni reparo demasiado en el Currículum Vitae de los autores, ni busco en los almanaques literarios los premios conseguidos, ni mucho menos me permito la hagiografía personal. Sin embargo, creo que hoy cabe hacer una excepción en este punto y recomendar Coda (Lengua de Trapo, 2003), la magnífica novela con la que Esther García Llovet, además de ganar un premio, obtuvo el favor de un buen puñado de lectores y se ganó, sobre todo, el respeto de quien valora a una escritora por su trabajo y no por su personaje. No puedo decir lo mismo de otras escritoras, a quienes no siempre les falta el talento, pero que lo dilapidan en una suerte de carrera por «ser escritora». García Llovet no está por la labor. García Llovet , sin prisa y más preocupada por su trabajo que por cualquier figuración, escribe. Escribe. Escribe.

    Enlaces relacionados:

  • Comentario de Submáquina en el diario Público, por Paul Viejo
  • Comentario de Submáquina en Tinta digital, por Marina Díaz
  • Reseña de Submáquina en La tormenta en un vaso, por Marta Sanz
  • Reseña de Submáquina en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de Submáquina en Llegir en cas d'incendi, por Salva G.
  • Reseña de Submáquina en Vagamundos, por Fernando Ortega
  • Reseña de Submáquina en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Submáquina en La biblioteca imaginaria, por Cristina Monteoliva
  • Reseña de Submáquina en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de Submáquina en El laberinto de Noé, de Esteban Gutiérrez Gómez
  • 7/4/09

    Tres devoluciones para El infinito viajar.

    Este texto ensayístico sobre literatura de viajes fue publicado en el número de marzo de la revista cultural Calidoscopio. En cierto modo, estas devoluciones recogen la línea medular del temario del curso virtual intensivo de Literatura de viajes que imparto en la Escuela de Escritores de Madrid. Por el momento habrá que esperar un poco para la cuarta convocatoria del taller, y muy probablemente vendrá en verano, al finalizar el curso trimestral Bitácoras y literatura en la red, que dará comienzo el próximo 22 de abril. Justo al día siguiente, el 23, al hilo de las celebraciones del Día del Libro y dentro de una serie de actividades que prepara la Escuela de Escritores, impartiré un breve taller de Literatura de viajes en Madrid, del que daré más detalles muy pronto. Será una buena ocasión para recabar impresiones, junto con los talleres del LILEC'09 de Almería, y para seguir ultimando la versión presencial del curso. Para otoño de 2009 preparo algunas novedades en este sentido, con nuevos cursos, un proyecto editorial y, si todo sale bien, la publicación de mi primer libro de viajes, que recogerá mi experiencia de cuatro meses en la Patagonia chilena y tratará de llevar al papel mi concepción de la literatura de viajes contemporánea como escritura más allá del género literario.

    Los tres fragmentos citados pertenecen al libro El infinito viajar, de Claudio Magris, publicado en Anagrama.



    Tres devoluciones para El infinito viajar.


    I. MOVIMIENTO, VÉRTIGO E INTUICIÓN


    Si la fórmula ―ética y etimológica― del turista es el círculo cerrado, la condición esencial del viajero le induce a una aceptación de la fuerza centrífuga que en todo movimiento puede impulsarle a un margen inesperado. Esa actitud maleable del viajero determina el matiz de su experiencia, a través de una mirada subjetiva y dúctil sobre el entorno, sobre la otredad y sobre sí mismo, y le ayuda a dinamizar esa experiencia, a acompasarla con lo que la vida es en todo caso: movimiento y cambio. Cuando esto se da, lo imprevisto puede invertir el sentido del viaje y proyectarlo a un perímetro alejado del lugar común, a un exilio del tópico en el que tanto el escritor como el viajero encontrarán su espacio vital.

    Pero lo cierto es que nuestras puertas de la percepción del mundo están cerradas a cualquier exceso o sorpresa en el plan de ruta. El potencial de nuestros sentidos se disipa cada vez más en esta saturación tecnológica que los atrofia, y todo lo que no esté marcado y medido en el mapa, sencillamente, no existe. Somos transeúntes que deambulan inertes por este siglo XXI, y así, sumidos en el automatismo del trabajo, el consumo y el ocio dirigido, no solemos habitar una noción real del espacio y el tiempo, sino que nos desplazamos de un modo casi productivo, funcional. No nos inmiscuimos en lo que nos rodea, ni nos exponemos de veras al otro, ni prestamos demasiada atención a la voz íntima de las cosas, acostumbrados como estamos a ese eterno ruido de fondo de la ciudad, lo virtual y la rutina. Esta suerte de anestesia vital es pues uno de los paradigmas de nuestro tiempo ―la voluntad enquistada al servicio del Mercado― y la raíz del vértigo para quien de repente se da cuenta de esa inercia perversa en la que no hacemos otra cosa que consumir(nos).

    Sin embargo, todavía hoy es posible vencer ese vértigo, despertar al viaje, instalarse en una vigilia implicada con el mundo. Más allá de la recuperación de lo sensorial, de la capacidad del camino para desinfectar nuestra percepción entumecida y deshacer la costra de pereza y de costumbre que llevamos adherida, ese retorno al viaje demorado y expuesto, ese infinito regreso a Ítaca que cantaba Kavafis, todavía tiene cabida en nuestro viajar si elegimos la mejor de las brújulas: nuestra intuición.

    En el viaje, no siempre la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, y en cuanto a lo racional y lo inconsciente sucede algo parecido. No podemos prever absolutamente cada detalle del viaje, ni abarcar de pasada toda la cultura de un país, ni regresar a casa pensando que ya lo sabemos todo de aquellas tierras y de sus gentes. Esa es la inercia circular que traza una y otra vez el turista. A la literatura le sientan bastante mal las certezas desmedidas, y en la literatura de viajes en particular, una concepción cartesiana y enciclopédica de las cosas termina por matar todo el espíritu iniciático del viaje. Aunque la experiencia de ese viaje y su escritura no sean solo subjetivas sino también sesgadas por naturaleza, no podemos mezclarnos con el camino ataviados con toda la parafernalia occidental, poniendo una barrera profiláctica entre las personas del lugar y nosotros. Por muy exótico y atrevido que nos pareciera nuestro destino, con esa actitud desbarataríamos todas las cargas de profundidad que la experiencia intensa de un viaje podría dejar en nuestro subconsciente. A veces sus efectos se materializan y estallan mucho tiempo después del regreso a casa, porque de un auténtico viaje se regresa siempre distinto, es así de simple. Y en ese desplazamiento, en ese retorno a lo que en verdad somos, la intuición habrá sabido guiarnos mejor que ninguna otra fibra de la condición humana.


    «El sujeto en la visión clásica, aún extraviado frente al vértigo de las cosas, acaba por encontrarse a sí mismo en la confrontación con ese vértigo; atravesando el mundo —viajando en el mundo— descubre su propia verdad, esa verdad que al principio es tan sólo potencial y latente en él y que traduce en realidad a través de la confrontación con el mundo.»

    CLAUDIO MAGRIS


    II. VIAJE, ESCRITURA Y CAMBIO


    El escritor de literatura de viajes, por añadidura, más allá de las herramientas del oficio, encontrará en su intuición ―la lectora que en primer lugar vislumbra esa verdad de la que habla Magris― y en su mirada sobre el mundo la única posibilidad de una interpretación literaria del viaje y la justificación para la puesta en marcha de un verdadero proyecto narrativo. Lo demás, si no participa de esto, y de la implicación de la que hablábamos antes, es periodismo o publicidad, crónica o estrategia discursiva, pero no literatura de viajes contemporánea.

    Todo escritor ha de partir de la base de que no es factible una certeza unívoca sobre lo que es realidad en ningún ámbito de la existencia, y mucho menos en un viaje, pues las ideas, el tiempo y el espacio cambian de un momento a otro sin remisión. Así como la imagen de nosotros mismos que cada día vemos en el espejo se compone de millones de células de corta vida, que sustituyen a las que murieron ayer y a su vez serán sustituidas por otros millones mañana, ni los países, ni las gentes ni mucho menos las sociedades perviven inalterables por mucho tiempo, aunque nos parezca reconocer en el espejo de nuestros conocimientos un mundo vagamente parecido al de anteayer.

    No siempre vamos a encontrar lo que buscamos en un viaje, hay que ser audaz pero al mismo tiempo y en cierto modo, maleable, dúctil y disponible a habitar el margen, como empezaban diciendo estas devoluciones. En ello también radica la magia de viajar y escribir después sobre lo que no esperábamos, en dar fe de esa regeneración celular del mundo, porque como en las mejores obras de la literatura universal, todo termina por contar la historia de un cambio. Y el viajero es sobre todo un ser humano que se expone al camino y, de alguna manera, cambia. Cambia él mismo y cambia su mirada sobre los demás y sobre las cosas. Y cambia en modos imprevistos, ya que a veces incluso la decepción puede abrir paso a una epifanía, ensanchar el campo de visión desde la certeza al cuestionamiento, o convertir un prejuicio en curiosidad.


    «Utopía y desencanto. Muchas cosas se vienen abajo, cuando se viaja; certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se van perdiendo por el camino —el camino es un maestro duro, pero también bueno—. Otras cosas, otros valores y sentimientos se hallan, se encuentran, se recogen en él. Al igual que viajar, escribir significa desmontar, reajustar, volver a combinar; se viaja en la realidad como en un teatro, desplazando los bastidores, abriendo nuevos paisajes, perdiéndose en callejones y deteniéndose delante de falsas puertas dibujadas en la pared.»

    CLAUDIO MAGRIS


    III. MIRADA, LITERATURA Y TIEMPO


    Es preciso educar la mirada para estar atento a lo que muda a nuestro alrededor, para no pasar por alto lo que sucede también en lo más cercano. El mundo no se detiene, es una criatura viva en constante mutación, lo notamos en los grandes acontecimientos, pero también sucede en lo sutil, en cambios apenas perceptibles que paso a paso van conformando una sociedad nueva, desde la irrupción de Internet en nuestro modo de relacionarnos con otras personas ―o separarnos de ellas sin perderlas de vista, como ciudades sitiadas que se envían emisarios―, al deterioro y reformulación del medio, o la concepción uniformada o alternativa de un modo de vida.

    La literatura de viajes utiliza diversos pinceles y óleos para elaborar su cuadro del mundo, pero más que cualquier otro, maneja un material indispensable: el tiempo. Escribir literatura de viajes es un modo de fijar en un texto aquel espacio, aquellas personas y aquel momento que ya no volverán a ser. Y para que no desaparezcan en vano, el escritor debe educar su mirada y convertirla en un testigo y un intérprete de lo que le rodea, desde lo más pequeño a lo universal, desde los grandes hitos de la Historia a cada instante fugaz en el que la vida fue, aceptando que no volverá a repetirse. Y sin embargo al escritor y al viajero les es dado disfrutar de la experiencia ―o denunciarla, o sublimarla, si es traumática―, comulgar con lo que les rodea y aprehender la naturaleza de las cosas hasta poder ser ellos mismos, por un instante, el movimiento de la propia vida, ese tránsito consciente del que nadie sale jamás indemne.

    El escritor ―de literatura de viajes, o el escritor a secas― plasmará su mirada sobre el mundo, y no tanto la imagen convencional y más o menos consensuada del mundo físico, la sociedad o el momento histórico. El buen escritor es sobre todo un observador agudo, y no es por clarividencia sino por esa sencilla pero certera capacidad de ahondar en la apariencia de las cosas por lo que a menudo a ese escritor se le considera un adelantado. No avanza el mañana, no le hace falta, le basta con estar atento al latido del momento presente para diferenciarse de las demás miradas, acostumbradas a recibir y reconocer siempre una misma imagen heredada de las cosas. Así, la mejor literatura de viajes, incluso la más canónica ―la del «buen cronista»―, es sobre todo una proyección, un verdadero viaje psicológico del interior al afuera, y no tanto al revés. Pero es también una manera particular de enfocar el espacio y a las personas que lo habitan, para traerlos a una luz nueva y fijar allí la atención del lector y que ésta trascienda el tiempo de la lectura, que le convoque al movimiento: hoy el viaje y la literatura tienen sentido si miran el mundo de otra manera, si van más allá de la representación incompleta de estampas costumbristas y, trascendiendo teorías y figuras, consiguen revivir en la propia experiencia literaria una verdadera sensación de movilidad, de huida de lo mortecino.

    No podemos salir al camino con esa mirada costumbrista, atrofiada y dirigida, del mismo modo que no podemos llevar a cuestas el sofá de casa o la conexión ADSL ―sí en cualquier réplica de nuestra pecera, en cualquier café temático o aeropuerto, pero no en mar abierto, en el oleaje frenético del verdadero viaje―. No deberíamos redundar en esa negación perpetua del riesgo a la que nos ha acostumbrado el estado de seguridad preventiva y bienestar occidental —un estándar ya universal, adquirido o perseguido de cerca por otras sociedades, y que ahora pierde las costuras y se desarma, inevitablemente—. Ante la estática sucesiva del turista, viajar es ahora más que nunca una estética, una dinámica del cambio y la disidencia. Una oportunidad real para educar la mirada de una vez por todas y percibir ―no se puede dejar de insistir en ello― lo que en verdad es la vida: movimiento y evolución.

    Toda elección supone una renuncia, pero también una experiencia única. Renunciar al itinerario fijado puede hacernos vivir como nunca la esencia de un lugar. Tanto el viajero de largas travesías como el poblador paciente de nuevos destinos viven un cambio en su esquema mental del mundo: su horizonte cultural se ensancha en manos de la vida, y su noción de las cosas se sustenta entonces en la experiencia, en los sentidos, en su propia conciencia del momento presente, del otro y de sí mismo. El mundo no palpita tanto en los grandes titulares de la rutina como en la letra pequeña de los días. Hay que leer mejor el camino, exponerse, para conocer nuestros límites y nuestra naturaleza, porque quien no supera alguna vez una prueba de fuego no sabrá nunca quién es en realidad.

    Escribir literatura de viajes en este tiempo que nos ha tocado vivir supone también una elección. No se trata de aceptar los corsés del género, sino de replantearse la escritura y el viaje como experiencias gnósticas, complementarias y capaces de abrir nuevas vías evolutivas. Cabe desgranar las posibilidades de la literatura de viajes como último «género» capaz de desbaratar la propia idea del género literario. Esa elección puede acercarnos un poco más, con trazos incompletos pero enérgicos —en cierto modo impresionistas—, a una idea del mundo como espacio en perpetua construcción y del tiempo como material de soporte para nuestro revelado último —para la ortogénesis de un nuevo ser humano, tras esta agonía darwinista del Mercado—. La vida perece si se enquista, pues su naturaleza es la de una criatura en movimiento continuo, y ese roce le ayuda a mudar la piel, a prevalecer.


    «Vivir, viajar, escribir. Acaso hoy la narrativa más auténtica sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapuscinski, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos. Por lo demás, él mismo crea una literatura vitalísima zambulléndose en la realidad, plasmándola con rigurosa precisión, aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores aún más huidizos y componiéndolo todo en un cuadro, fiel y a la vez reinventado, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. Quizá el viaje sea la expresión por excelencia de esa literatura, de esa narrativa non fiction teorizada por Truman Capote.»

    CLAUDIO MAGRIS