
Título:
La fe ciegaAutor:
Gustavo NielsenEdita:
Páginas de EspumaISBN: 978-84-8393-023-6―Y por eso el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso.
JULIO CORTÁZAR, Rayuela
A efectos legales, el libro de Gustavo Nielsen fue editado el pasado mes de diciembre, por lo que podría incluirlo en la serie
El cuento de 2008, pero como estos relatos van a tener su recepción por parte del público a lo largo de 2009, me parece oportuno iniciar con
La fe ciega esta nueva serie de derivas, devoluciones o notas de lectura, que irá intercalándose con la anterior. Así, en adelante llegarán nuevas entradas sobre aquellos caminos transitados —
Mil cretinos (Anagrama, 2008),
Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008),
Manderley en venta (Tropo, 2008), etcétera— y sobre los recién estrenados —
Submáquina (Salto de página, 2009),
Con la soga al cuello (Páginas de Espuma, 2009),
La soledad de los ventrílocuos (Tropo, 2009) y los que vengan—. Como siempre, la motivación de todo esto es contagiaros buenas lecturas. Y una que os recomiendo desde ahora, es la de
La fe ciega.
Descubrir a Nielsen ha sido como aprender de una vez a apreciar el mate. Primero, en la ceremonia de la lectura, uno —
gallego al fin y al cabo, con el paladar educado en el café dulce y la tibieza— recibe el libro de otras manos y tantea con la bombilla
[1] esa infusión escrita, desapacible y recia. Después ese amargor se instala en la boca, pero al rato el poso de la yerba y la liturgia entre compadres llega a hacerse familiar, entrañable aun sin edulcorantes, activando ese resorte inefable de la complicidad que se establece entre los caracteres más fuertes, sin milongas ni remilgos. No importa ya el sabor duro y roto de esas letras, sino el porqué de la propia lectura, lo que nos reúne en torno a cada cuento en
La fe ciega. Lo que tiene relevancia en estos relatos es lo que convocan en nosotros al dejar reposar el texto, y no tanto lo formal de las historias.
En
La fe ciega no hay escritura complaciente, ni placebos, ni cuentos de receta. No hay soluciones ni diagnósticos, sino la sintomatología y la convalecencia de unos textos enfermos, y por lo tanto vivos, si la enfermedad es el lenguaje de la vida cuando protesta, cuando reclama un pedazo de esperanza para sí. La condición humana demanda desde la herida y la fiebre —esa escritura de la que habla Cortázar y que ha de ser incendio para deshacer el coágulo— una redención, la cura del miedo en forma de consuelo. Este es, de algún modo, el tema de fondo de los relatos de este libro: todos, en algún momento, somos el niño enfermo que, sin decirlo, no espera cuentos, sino la mano del padre en la frente.
Gustavo Nielsen tiene el acierto de permitirse la arruga y las zonas de sombra en el tejido narrativo, de admitir la imperfección como parte definitoria de toda vida, y en algunos momentos le concede a sus cuentos la virtud de lo no premeditado, del punto ciego en la perspectiva, a pesar del buen trabajo de estructura que se percibe en todo el libro. Hay una arquitectura no tan funcional y sí tentativa e integradora en cada texto, como esas casas abiertas al entorno, colgadas sobre un risco, con un patio central que respeta un árbol viejo o una escalinata que muere en el río. No hay imposición de la técnica sobre el terreno, sino asunción de la fragilidad, como el ciego que también lee el mundo con el tacto y la duda, como la fe que mueve a algunas personas a buscar alivio a esta vida alienada en territorios sin mapas, a tientas, por el puro impulso del enfermo que no se resigna.
A pesar del buen manejo de la tensión narrativa y de la inclusión de los elementos habituales del género, como los puntos de giro y demás artefactos, ninguno de los cuentos de
La fe ciega peca de esa miopía mojigata de los que escriben el mismo cuento a perpetuidad. Es verdad que a veces la presentación de los personajes en algunos cuentos, o el planteamiento de la historia, o el dibujo del ambiente, sobre todo al inicio, ofrece una primera impresión algo abigarrada, por lo menos hasta que arranca de veras el texto, y entonces cada personaje llega a ser, en vez de
decir, y el relato respira, en vez de
funcionar, y la atmósfera cuaja y
se hace, en vez de quedarse en la palabra escrita. Como si a priori les llamaran desde demasiados lugares a la vez, los narradores en los que Nielsen se apoya atienden apresurados a todas esas voces y sólo después —eso sí, casi al instante—, al dejarse ir, el discurso de unos y otros se va armonizando y los cuentos cobran vida propia.
Tengo la sensación, ciega, injustificable, pero tan cierta como la fe en las tripas del creyente, de que Nielsen viene de muchas literaturas. No sé explicarlo, lo asumo, pero hay algo norteamericano en sus cuentos, no desde el canon usual, sino emigrado de Monument Valley a la Patagonia, algo de Butch Cassidy convertido en gaucho, de un Woody Allen forajido en Corrientes —si el judío genial hubiera nacido desacomplejado y valiente, esto es: con la agilidad y la sal de su lenguaje pero sin el discurso del siempre
loser—. Incluso encuentro trazos de lo eslavo en los cuentos de Nielsen, el desapercibimiento y la fina malicia de los narradores de Bohumil Hrabal o la mirada de Kundera —si a Kundera le hubiera dado más el sol y supiera cortar la carne de las cosas sin rodeos—. Hay algo de Roth —Joseph— y de Bellow, como una tristeza soterrada en la ironía, pero una tristeza atrevida, cierta atracción por el lado oscuro de las cosas, como si al instalarse en esa ceguera los personajes de Nielsen encontraran un paisaje más habitable, más a resguardo de la demasiada luz, un refugio infantil entre las sábanas. Y por supuesto, Cortázar, mucho Cortázar, algo de Onetti, y quizá un atisbo —una temperatura— de Quiroga.
En
La fe ciega el orden de los cuentos me parece acertado, aunque una idea que me asaltó al terminar el libro fue que no sólo se dejaría leer perfectamente al revés, sino que incluso ganaría un tono distinto con ello —probadlo, si se os ocurre—. Desde luego, si este libro fuera cosa mía, «El café de los micros» hubiera encabezado el índice, pues me parece, sin duda, el mejor relato del conjunto.
«Adiós, Bob» exhibe la incuestionable capacidad del autor para el retrato del mundo femenino, lejos de clichés, y con el lienzo del 11-S de fondo, aunque de una manera tangencial —de efecto retardado— en el argumento. Nielsen consigue sin embargo dotar de un peso específico el ambiente y darle coherencia a la toxicidad que exudan las relaciones de esas mujeres, como si ya de antemano estuvieran respirando el humo y la ceniza de lo que estaba por venir, por caer del cielo. En este relato las marcas y cicatrices de las heroínas, la mastectomía de Joan, la amputación de las torres gemelas del WTC, la agonía de la gata neoyorkina, la castración de la supremacía ―doblemente fálica― americana o la liquidación de su intocabilidad, la decapitación de esa soberbia encarnada en la patinadora masculina que molesta al escupe-fuegos árabe en el parque, la rabia y el rechazo de sí misma de la Mariana inmigrante, cada símbolo y cada juego de espejos convoca ―sobre todo al dejar reposar la lectura, como he dicho― la inteligencia y la complicidad del buen lector. Ignoro si hay algo premeditado en ello ―por algo mucho más obvio que el juego en el título―, pero no he podido evitar encontrar decenas de ligazones y paralelismos ―la naturaleza felina y huidiza de los personajes, la emigración como forma de soledad, esos dos finales desolados― entre este cuento y «Bienvenido, Bob», de Juan Carlos Onetti
[2].
«La fe ciega» es otro estupendo relato, uno de los tres mejores del libro, junto a «Adiós, Bob» y «El café de los micros». Como en el último cuento, en este que da título al libro se establece con talento la relación entre el mundo infantil y el adulto, muy a lo Salinger, con ese humor implacable de los niños que no nacieron idiotas y a través de una utilización atinada de lo onírico ―los sueños del tío, la imaginación de la niña que todo lo cuestiona―. En ese tipo de cuentos hay una asunción de ese mundo infantil que no tiene nada que ver con el paternalismo, y que explora la innata capacidad del ser humano para la brutalidad
[3] cuando se siente amenazado, convirtiéndola en algo que casi enternece, porque viene del afecto en peligro, de la sagrada búsqueda del consuelo
[4].
Tanto «Redención» como «Turf», siendo muy dignos, son los textos que menos me han atrapado del libro, a pesar de la insana mala leche que en el primero canibaliza a un gordo y a la conciencia del protagonista, o del perfecto y sutil retrato de un hampón en el segundo. Como demuestra en varios cuentos, el humor de Nielsen ―divertidísimo «La vida cantada»― es fino y tiene el punto justo entre crueldad y compasión hacia sus personajes, según el momento. En «Aniquilación de un poema», con el que no he podido evitar pensar en
Rayuela, hay guiños tan agudos como lo de quemar el libro de un tal Nielsen o tan gratos como el darse cuenta de que no es fácil encontrar cuentos mejores que los de Salinger, y de que, al mismo tiempo, no existe el libro perfecto, ni siquiera
Nueve cuentos. Este de Nielsen tiene una lucidez agridulce, echa mano del salvavidas del cinismo, con el timón del sexo navega por la ilusión de ese puñado de argentinos ―
insufribles, como gauchos en una pampa de vasta pedantería― por formar parte de algo en el lado luminoso de las cosas, en el reverso de la mediocridad, que tampoco es la brillantez, sino una mediocridad distinta, bajo otra luz. «Aniquilación de un poema», al fin, es la coartada para la ceguera a la que se acoge la bohemia ilustrada, tan pútrida y vistosa, mientras allí fuera en el mundo sucede la realidad.
Para terminar, sobre «El café de los micros» no quiero deciros demasiado, prefiero dejaros casi a ciegas, despertaros la curiosidad, pero una curiosidad febril, insolente, como de niño empecinado, esa pasión inconsciente que se parece tanto a los síntomas de la fe. Es un relato soberbio, vivísimo, un cuento excelente y heredero de muchas cosas, escrito hace tiempo ―tiene casi siete años, por lo que se deduce de los agradecimientos del libro― y supongo que muy grato para el autor, por su recorrido. Pero creedme ―no es dogma, pero casi―, porque no os miento y tengo una fe ciega
[5] en esto: si «El café de los micros» lo hubiera escrito un tal Sam Shepard, por ejemplo, ya sería parte del canon, ya lo habrían rodado los hermanos Coen, o Lynch, o Kusturica, o Kiezlowski, o cualquier otro realizador capaz de plasmar esa calidad fílmica que tienen los espacios abiertos en la Argentina; capaz de contar en fotogramas la bella y violenta historia de un padre, un hijo, las bestias del exterior, los demonios interiores, la fiebre y el café dulce y tibio de la infancia; capaz de poner en imágenes ese viento feroz ―como el mate más genuino: sin milongas ni remilgos― que azota lo literario en aquella página meridional del cuento en castellano en la que escribe Gustavo Nielsen.
*Sobre la edición:
Después de una década en el cuento, todos conocemos ya de sobra el diseño ―interior y exterior― de los libros de Páginas de Espuma, con sus hallazgos y sus lugares comunes. En cuanto a las tripas, lo dicho, el diseño de costumbre, correctísimo: buenos márgenes, aunque con una caja de texto muy alargada, de 35 líneas por página, pero con el interlineado adecuado y el sello de marca en el folio y los títulos de los cuentos ―hacia el exterior y entre barras verticales―.
En cuanto a las cubiertas, en estos diez años ha habido para todos los gustos, pero en esta ocasión tienden a un minimalismo que se agradece y huye de esas combinaciones de colores un tanto forzadas que encontramos en otros títulos del catálogo de la colección
Voces. Desde luego, en esto habrá tenido mucho que ver el sentido estético de Gustavo Nielsen, arquitecto de profesión y autor además de la ilustración de cubierta. En fin, Páginas, la decana, para qué os voy a contar más.
Notas:
- Así llaman en el Cono Sur a la cánula metálica para sorber el mate.
- Quien no lo tenga a mano puede leer el cuento de Onetti en este enlace y sacar sus propias conclusiones, si hay deliberación o es una bendita casualidad.
- No os perdáis el diálogo de la página 52 en torno a Papá Noel.
- En la página 55 se da una de las claves del libro: «El consuelo es algo difícil de manejar. Una de las cosas en las que me gustaría tener una fe ciega».
- Escribe también Cortázar en Rayuela: «Y así es como los que nos iluminan son los ciegos» (capítulo 98).
Enlaces relacionados:
Milanesa con papas, bitácora de Gustavo Nielsen
Reseña de La fe ciega en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
Reseña de La fe ciega en Masacre en los jardines, por Pablo Matilla