Bitácora de Sergi Bellver: marzo 2009

30/3/09

Arte visual (I): Martin Wittfooth.

Arte visual

Artista: Martin Wittfooth
Página: Wittfooth en Myspace

Approaching Solstice, © Martin Wittfooth 2006.
Approaching Solstice, 19" x 28", óleo sobre lienzo.
© Martin Wittfooth 2006.


Neoyorquino de 28 años, de Brooklyn, para más señas, Martin Wittfooth trabaja el óleo sobre lienzo, pero también utiliza otros materiales, como papel, madera, barro o polímeros. Ha expuesto su obra en galerías de diversas ciudades de los EEUU y en otros países como Canadá o Alemania. También ha realizado cubiertas para artistas musicales, como el grupo Silverstein, para quien ilustró su álbum When Broken is Easily Fixed. Su obra es una mezcla ácida de elementos oníricos, apocalípticos y poéticos que en cada composición tienden a una suerte de neosurrealismo narrativo.

20/3/09

BN-001: Viaje al fin de la noche.

Cubierta de la 1ª edición de Voyage au bout de la nuit

Biblioteca Nautilus

Registro: BN-001

Título: Viaje al fin de la noche
Autor: Louis-Ferdinand Céline

Título original: Voyage au bout de la nuit
Primera edición: Denoël & Steele, 1932.




Cada vez que se menciona a Louis-Ferdinand Céline se hace referencia a actuaciones y posturas de sobra conocidas que, aparte de lo político, revelan un carácter hosco y arrogante, sin el que Céline tampoco podría haber escrito nunca Viaje al fin de la noche del modo en que lo hizo, con la textura y la coherencia de una voz estremecedora. Porque más allá del valor formal de su prosa, de la incuestionable calidad literaria [1] de su propuesta y del punto de inflexión que Viaje al fin de la noche supuso para la narrativa francesa y europea del siglo XX, esta es una novela sobre la arrogancia y la amargura de la lucidez, sobre la tragedia de quien ya no puede volver a sentirse en paz con la existencia.

Se hace necesario releer a Céline ahora, en estos tiempos de democracias de bajo perfil, de estados «progresistas» que todavía fundamentan su discurso ―cuando este muestra sus fallas― en la represión y el adocenamiento, no para sacar nada en claro de su filia fascista, por supuesto, pero sí para arrugar el gesto y morder, para permitirse la arrogancia de ser, por un instante, lúcidos y audaces con esta verdad que insistimos en esquivar.

Los años treinta fueron una época convulsa para Europa y para el mundo, en la que las diferentes ideologías políticas se asentaban cada vez en posiciones más antagónicas. Y llegarían a ser agónicas, pues de todos esos rescoldos no podía venir otra cosa que el fuego que estuvo a punto de arrasar para siempre la civilización occidental. En ese tiempo agitado, la lucidez y el descaro que exudan las páginas de Viaje al fin de la noche no hacían otra cosa que decir verdad, y decirla de un modo atroz, sórdido y descarnado: qué difícil no abjurar de lo absurdo de la condición humana en un mundo como el de entonces. Pero justo ahora, cuando el fascismo y la tibieza toman otras caras, y las hogueras prenden poco a poco en Grecia, quizá pronto en Barcelona y no hace mucho en la misma Banlieue por la que el alter ego de Céline, Ferdinand Bardamou, deambulaba en esta novela, justo ahora se hace imprescindible tomar partido y hacer algo. También la literatura sirve para eso, para revelar y cuestionar, para rebelarse y actuar.

No importa si en su tiempo el personaje de Céline eligió la traición a la madre Francia, como decenas de miles de compatriotas que se mantuvieron conformes con la perfidia del régimen de Vichy, por activa o por pasiva, del mismo modo que hoy en día miramos para otro lado. No, no es esto lo revelador de Viaje al fin de la noche, una de las mejores novelas de la contemporaneidad. Lo importante es la verdad que, a trazos desgarrados, sigue dibujando sobre el lienzo miserable de lo real. Europa, África, o los Estados Unidos, aparecen en Viaje al fin de la noche con los mismos harapos de aburguesamiento, brutalidad y exceso que lucen hoy en día, sólo que ahora las costuras ya no aguantan y los remiendos ya no sirven. Entonces fue una Segunda Guerra Mundial, pero mañana puede ser la liquidación universal de un modo de vida en el que nos hemos enquistado.

Hay mucho más que nihilismo, fealdad existencial, escepticismo y contestación en esta novela, hay desde luego un equilibrio prodigioso entre oficio y búsqueda artística, entre estructura y grieta, pero hay, sobre todo, el testimonio de un tiempo que no ha caducado todavía. Y queda en ella el legado literario de un personaje como Céline, sí, despreciable, como despreciable es el espejo de la verdad cuando se nos enfrenta para revelar nuestros propios abismos.

Notas:
  1. Como muestra del valor literario de esta obra y de su calado en la literatura francesa, baste recordar las palabras que sobre Céline escribió un personaje histórico sospechoso de cualquier cosa menos de fascista:
    «Le style de Céline est subordonné à sa perception du monde. A travers ce style rapide qui semblerait négligé, incorrect, passionné, vit, jaillit et palpite la réelle richesse de la culture française, l'expérience affective et intellectuelle d'une grande nation dans toute sa richesse et ses plus fines nuances. Et, en même temps, Céline écrit comme s'il était le premier à se colleter avec le langage. L'artiste secoue de fond en comble le vocabulaire de la littérature française.»

    LÉON TROTSKY, Littérature et révolution

*


Comienzo de la novela original (1932):


Ça a débuté comme ça. Moi, j’avais jamais rien dit. Rien. C’est Arthur Ganate qui m’a fait parler. Arthur, un étudiant, un carabin lui aussi, un camarade. On se rencontre donc place Clichy. C’était après le déjeuner. Il veut me parler. Je l’écoute. "Restons pas dehors! qu’il me dit. Rentrons!" Je rentre avec lui. Voilà. "Cette terrasse, qu’il commence, c’est pour les oeufs à la coque! Viens par ici!" Alors, on remarque encore qu’il n’y avait personne dans les rues, à cause de la chaleur ; pas de voitures, rien. Quand il fait très froid, non plus, il n’y a personne dans les rues; c’est lui, même que je m’en souviens, qui m’avait dit à ce propos: "Les gens de Paris ont l’air toujours d’être occupés, mais en fait, ils se promènent du matin au soir; la preuve, c’est que lorsqu’il ne fait pas bon à se promener, trop froid ou trop chaud, on ne les voit plus; ils sont tous dedans à prendre des cafés-crème et des bocks. C’est ainsi! Siècle de vitesse! qu’ils disent. Où ça? Grands changements! qu’ils racontent. Comment ça? Rien n’est changé en vérité. Ils continuent à s’admirer et c’est tout. Et ça n’est pas nouveau non plus. Des mots, et encore pas beaucoup, même parmi les mots, qui sont changés! Deux ou trois par-ci, par-là, des petits..." Bien fiers alors d’avoir fait sonner ces vérités utiles, on est demeuré là assis, ravis, à regarder les dames du café.


Traducción de © Carlos Manzano (1993):


La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada. Fue Arthur Gánate quien me hizo hablar. Arthur, un compañero, estudiante de medicina como yo. Resulta que nos encontramos en la Place Clichy. Después de comer. Quería hablarme. Lo escuché. «¡No nos quedemos fuera! ―me dijo―. ¡Vamos adentro!» Y fui y entré con él. «¡Esta terraza está como para freír huevos! ¡Ven por aquí!», comenzó. Entonces advertimos también que no había nadie en las calles, por el calor; ni un coche, nada. Cuando hace mucho frío, tampoco; no ves a nadie en las calles; pero, si fue él mismo, ahora que recuerdo, quien me dijo, hablando de eso: «La gente de París parece estar siempre ocupada, pero, en realidad, se pasean de la mañana a la noche; la prueba es que, cuando no hace bueno para pasear, demasiado frío o demasiado calor, desaparecen. Están todos dentro, tomando cafés con leche o cañas de cerveza. ¡Ya ves! ¡El siglo de la velocidad!, dicen. Pero, ¿dónde? ¡Todo cambia, que es una barbaridad!, según cuentan. ¿Cómo así? Nada ha cambiado, la verdad. Siguen admirándose y se acabó. Y tampoco eso es nuevo. ¡Algunas palabras, no muchas, han cambiado! Dos o tres aquí y allá, insignificantes...». Conque, muy orgullosos de haber señalado verdades tan oportunas, nos quedamos allí sentados, mirando, arrobados, a las damas del café.

16/3/09

Avances.

Sergi Bellver, editor de Gens

Hace cosa de tres semanas quedé con Luis Luna, uno de los poetas que han publicado recientemente en la editorial para la que trabajo, para entregarle unos ejemplares de su libro. Iban a hacerle una entrevista para un portal web, a él y a Lourdes de Abajo (otra excelente poeta, por cierto, a quien he descubierto hace poco y que acaba de publicar con Amargord) y, de repente, me propusieron hacer algún comentario en calidad de editor. Sin preguntas, en modo "revele su rollo" y a cámara abierta. No me siento demasiado cómodo con el medio "televisivo", prefiero con mucho la radio, pero como ya tengo interiorizado el discurso de esa editorial, no tuve que pensar mucho para cubrir el expediente. El vídeo está dividido en dos partes y si pulsáis en la imagen con la que abro esta entrada veréis la segunda (subid bien el volumen), donde hablo más de mi punto de vista sobre la escritura que de la editorial en cuestión (y donde me cargo el final del poema de Rilke, por cierto). La primera parte o un par de cortes de la presentación de Territorio en penumbra en el Ateneo de Madrid están disponibles una vez se accede a esa página de Youtube, en "vídeos relacionados". Los medios en esta ocasión no eran para tirar cohetes, pero suficientes: una videocámara, la parte trasera del Museo del Prado y el ruido de la ciudad. Y si parezco un vampiro es porque estaba cara al sol, con perdón.

Por cierto, tiene que estar ya al caer la emisión de la entrevista que nos hicieron hace tres meses en Tres rosas amarillas, a dos autores de la editorial y a un servidor, para es.madrid.tv, con producción de Antena 3. Para haceros una idea del reportaje, podéis curiosear en este enlace al vídeo de www.esmadrid.com en el que entrevistan a Diego Moreno, uno de los editores de Nórdica Libros en la misma santa casa del cuento en Malasaña.


Calidoscopio

También está a punto de salir del horno el nuevo número del panfleto cultural Calidoscopio, dedicado al viaje literario desde varios prismas y en el que colaboro con un texto. Justo anoche comentaba mi renuencia a las colaboraciones gratuitas (no ya en sentido literal, que también, sino sobre todo literario, es decir, sin venir a cuento y a modo de parche para rellenar espacio), pero este caso suponía una excepción, pues me interesa el tema y me parece que los responsables de esta original revista se han tomado en serio la concepción del número, y por eso quise colaborar con un texto. Se trata de una triple deriva teórica para la que utilizo de coartada el libro El infinito viajar, de Claudio Magris (Anagrama), con la intención de reflexionar sobre la literatura de viajes y cuestionar algunos supuestos. En cuanto se actualice Calidoscopio, podréis leerlo en el enlace de la imagen, arriba.


Masacre en los jardines

Ya que estamos, y aunque el enlace figura ahí, a la derecha (y en esta imagen), entre las reseñas que voy publicando, os recuerdo que hace unos cuantos días colaboré con la página Masacre en los jardines con un comentario a El gran sueño del paraíso, de Sam Shepard. De nuevo, donde hay criterio y trayectoria, como sucede con esa bitácora colectiva dedicada al cuento, a uno no le importa aportar algo de vez en cuando.


Bitácoras y literatura en la red

Ya está abierta la matrícula para el curso Bitácoras y literatura en la red en la Escuela de Escritores, que dará comienzo el próximo 22 de abril (de nuevo, como cada año, aunque en esta ocasión me adelanto 24 horas, el Día del Libro se convierte en talismán para mí). Se trata de un curso virtual (como no podía ser de otra manera en este caso) de tres meses de duración. Podéis encontrar todos los detalles técnicos y administrativos, y un breve índice de los contenidos en el enlace. En enero de este año la Escuela de Escritores me propuso hacerme cargo de ese taller y, como sucedió con el de literatura de viajes, acepté encantado, siempre y cuando pudiera elaborar un temario completamente nuevo y según mi criterio, y eso es justo lo que he hecho. El curso no se ceñirá exclusivamente a la elaboración de una bitácora relacionada con la literatura o en sus aspectos teóricos y técnicos, sino que abordará también las posibilidades que lo literario tiene en la red para explorar nuevas vías creativas, o la alternativa que ya supone este medio a los cauces tradicionales. En fin, creo que después de varios años trabajando e investigando en ella, puedo aportar muchas cosas a quien quiera lanzarse a la "blogosfera". De postre, además, van a echarme una manita algunos autores de bitácoras de sobra conocidas, a quienes también entrevisto en el temario, con lo que la cosa creo que promete.


Bitácora de Sergi Bellver

Como algunos habrán notado ya, el índice y la barra lateral de esta página van creciendo poco a poco, pero no para añadir lastre, sino para volar cada vez más alto. En breve añadiré contenidos a esas nuevas secciones, que pretenden dinamizar esta bitácora y seguir moviendo cosas en sus lectores.

Arte visual

Tanto en el mundo de las bitácoras como en las redes sociales, o en páginas casi extraviadas por algún nudo periférico de la world wide web (auténtica world wild jungle para algunas cosas), se encuentra uno de vez en cuando con la propuesta gráfica de gente con mucho talento. Ilustradores, dibujantes, directores y guionistas de cortometrajes (también de animación), fotógrafos, diseñadores... En una bitácora literaria como esta puede parecer una licencia, pero a menudo esos creadores incorporan en su trabajo la calidad narrativa que alberga todo mensaje y, qué demonios, uno apuntaba en su infancia para ilustrador o dibujante, y le ha quedado siempre esa grieta por la que respira la curiosidad. De modo que a partir de ahora, y con cierta periodicidad, iré publicando aquí algunas escuetas entradas con una pequeña muestra del trabajo de esos creadores, para compartirla con vosotros y contagiar el descubrimiento. Ni que decir tiene que si os apetece hacer alguna sugerencia en ese sentido, tenéis los comentarios a vuestra disposición.

Biblioteca Nautilus

De repente, noto el peso de unas gafas de pasta en mi nariz y arrugo el ceño cotejando fichas hipotéticas. Sí, amigos, la invasión de los ultracuerpos: llevo un bibliotecario dentro y en noches de tormenta imagina que ha de salvar unos cuantos libros del diluvio universal o de la estulticia humana, del olvido, sobre todo, con la determinación febril de un capitán Nemo del presente, surcando los siete mares digitales en sus 20.000 Gigas de viaje virtual. A partir de ahora, y sin dejar en ningún caso las series de no-reseñas y derivas sobre los libros de cuentos que trajo 2008 y los que seguirá trayendo 2009, publicaré, como una suerte de fichas del bibliotecario del Nautilus, breves comentarios sobre las que para mí han sido y seguirán siendo obras imprescindibles de la literatura universal, aquellos libros que deberían encontrar los alienígenas tras el fin del mundo para no condenarnos como a alimañas inútiles. Cuando sea posible, además, y por puro fetichismo, rescataré la imagen de cubierta de la primera edición de cada título. Y para que no me acusen de sectario, empezaremos con una novela.

Cursos

Además de los cursos que llevo adelante en la Escuela de Escritores, estoy moviéndome para impartir algunos talleres en bibliotecas y centros culturales a lo largo de 2009. Los cursos presenciales tienen una gran demanda por parte del profesorado que no siempre se puede satisfacer y, la verdad, con los alumnos cara a cara es como más disfruto de mi trabajo. Aparte, estoy elaborando varios proyectos de talleres itinerantes, jornadas de escritura y mesas de debate, para los que quiero reclutar a los mejores compañeros de viaje. Cuando las cosas cobren forma, os las iré comunicando puntualmente.

De momento, en la segunda quincena del mes de mayo impartiré un taller de Literatura de viajes en el marco del LILEC'09 (Festival del Libro y la Lectura de Almería), una magnífica iniciativa que en esta edición tendrá como cauces temáticos El viaje y La cultura catalana. Como suelo decir, "más detalles en breve".

1/3/09

El cuento de 2009 (I):
Síntomas de la fe.




Título: La fe ciega
Autor: Gustavo Nielsen
Edita: Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-023-6





―Y por eso el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso.

JULIO CORTÁZAR, Rayuela


A efectos legales, el libro de Gustavo Nielsen fue editado el pasado mes de diciembre, por lo que podría incluirlo en la serie El cuento de 2008, pero como estos relatos van a tener su recepción por parte del público a lo largo de 2009, me parece oportuno iniciar con La fe ciega esta nueva serie de derivas, devoluciones o notas de lectura, que irá intercalándose con la anterior. Así, en adelante llegarán nuevas entradas sobre aquellos caminos transitados —Mil cretinos (Anagrama, 2008), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008), Manderley en venta (Tropo, 2008), etcétera— y sobre los recién estrenados —Submáquina (Salto de página, 2009), Con la soga al cuello (Páginas de Espuma, 2009), La soledad de los ventrílocuos (Tropo, 2009) y los que vengan—. Como siempre, la motivación de todo esto es contagiaros buenas lecturas. Y una que os recomiendo desde ahora, es la de La fe ciega.

Descubrir a Nielsen ha sido como aprender de una vez a apreciar el mate. Primero, en la ceremonia de la lectura, uno —gallego al fin y al cabo, con el paladar educado en el café dulce y la tibieza— recibe el libro de otras manos y tantea con la bombilla [1] esa infusión escrita, desapacible y recia. Después ese amargor se instala en la boca, pero al rato el poso de la yerba y la liturgia entre compadres llega a hacerse familiar, entrañable aun sin edulcorantes, activando ese resorte inefable de la complicidad que se establece entre los caracteres más fuertes, sin milongas ni remilgos. No importa ya el sabor duro y roto de esas letras, sino el porqué de la propia lectura, lo que nos reúne en torno a cada cuento en La fe ciega. Lo que tiene relevancia en estos relatos es lo que convocan en nosotros al dejar reposar el texto, y no tanto lo formal de las historias.

En La fe ciega no hay escritura complaciente, ni placebos, ni cuentos de receta. No hay soluciones ni diagnósticos, sino la sintomatología y la convalecencia de unos textos enfermos, y por lo tanto vivos, si la enfermedad es el lenguaje de la vida cuando protesta, cuando reclama un pedazo de esperanza para sí. La condición humana demanda desde la herida y la fiebre —esa escritura de la que habla Cortázar y que ha de ser incendio para deshacer el coágulo— una redención, la cura del miedo en forma de consuelo. Este es, de algún modo, el tema de fondo de los relatos de este libro: todos, en algún momento, somos el niño enfermo que, sin decirlo, no espera cuentos, sino la mano del padre en la frente.

Gustavo Nielsen tiene el acierto de permitirse la arruga y las zonas de sombra en el tejido narrativo, de admitir la imperfección como parte definitoria de toda vida, y en algunos momentos le concede a sus cuentos la virtud de lo no premeditado, del punto ciego en la perspectiva, a pesar del buen trabajo de estructura que se percibe en todo el libro. Hay una arquitectura no tan funcional y sí tentativa e integradora en cada texto, como esas casas abiertas al entorno, colgadas sobre un risco, con un patio central que respeta un árbol viejo o una escalinata que muere en el río. No hay imposición de la técnica sobre el terreno, sino asunción de la fragilidad, como el ciego que también lee el mundo con el tacto y la duda, como la fe que mueve a algunas personas a buscar alivio a esta vida alienada en territorios sin mapas, a tientas, por el puro impulso del enfermo que no se resigna.

A pesar del buen manejo de la tensión narrativa y de la inclusión de los elementos habituales del género, como los puntos de giro y demás artefactos, ninguno de los cuentos de La fe ciega peca de esa miopía mojigata de los que escriben el mismo cuento a perpetuidad. Es verdad que a veces la presentación de los personajes en algunos cuentos, o el planteamiento de la historia, o el dibujo del ambiente, sobre todo al inicio, ofrece una primera impresión algo abigarrada, por lo menos hasta que arranca de veras el texto, y entonces cada personaje llega a ser, en vez de decir, y el relato respira, en vez de funcionar, y la atmósfera cuaja y se hace, en vez de quedarse en la palabra escrita. Como si a priori les llamaran desde demasiados lugares a la vez, los narradores en los que Nielsen se apoya atienden apresurados a todas esas voces y sólo después —eso sí, casi al instante—, al dejarse ir, el discurso de unos y otros se va armonizando y los cuentos cobran vida propia.

Tengo la sensación, ciega, injustificable, pero tan cierta como la fe en las tripas del creyente, de que Nielsen viene de muchas literaturas. No sé explicarlo, lo asumo, pero hay algo norteamericano en sus cuentos, no desde el canon usual, sino emigrado de Monument Valley a la Patagonia, algo de Butch Cassidy convertido en gaucho, de un Woody Allen forajido en Corrientes —si el judío genial hubiera nacido desacomplejado y valiente, esto es: con la agilidad y la sal de su lenguaje pero sin el discurso del siempre loser—. Incluso encuentro trazos de lo eslavo en los cuentos de Nielsen, el desapercibimiento y la fina malicia de los narradores de Bohumil Hrabal o la mirada de Kundera —si a Kundera le hubiera dado más el sol y supiera cortar la carne de las cosas sin rodeos—. Hay algo de Roth —Joseph— y de Bellow, como una tristeza soterrada en la ironía, pero una tristeza atrevida, cierta atracción por el lado oscuro de las cosas, como si al instalarse en esa ceguera los personajes de Nielsen encontraran un paisaje más habitable, más a resguardo de la demasiada luz, un refugio infantil entre las sábanas. Y por supuesto, Cortázar, mucho Cortázar, algo de Onetti, y quizá un atisbo —una temperatura— de Quiroga.

En La fe ciega el orden de los cuentos me parece acertado, aunque una idea que me asaltó al terminar el libro fue que no sólo se dejaría leer perfectamente al revés, sino que incluso ganaría un tono distinto con ello —probadlo, si se os ocurre—. Desde luego, si este libro fuera cosa mía, «El café de los micros» hubiera encabezado el índice, pues me parece, sin duda, el mejor relato del conjunto.

«Adiós, Bob» exhibe la incuestionable capacidad del autor para el retrato del mundo femenino, lejos de clichés, y con el lienzo del 11-S de fondo, aunque de una manera tangencial —de efecto retardado— en el argumento. Nielsen consigue sin embargo dotar de un peso específico el ambiente y darle coherencia a la toxicidad que exudan las relaciones de esas mujeres, como si ya de antemano estuvieran respirando el humo y la ceniza de lo que estaba por venir, por caer del cielo. En este relato las marcas y cicatrices de las heroínas, la mastectomía de Joan, la amputación de las torres gemelas del WTC, la agonía de la gata neoyorkina, la castración de la supremacía ―doblemente fálica― americana o la liquidación de su intocabilidad, la decapitación de esa soberbia encarnada en la patinadora masculina que molesta al escupe-fuegos árabe en el parque, la rabia y el rechazo de sí misma de la Mariana inmigrante, cada símbolo y cada juego de espejos convoca ―sobre todo al dejar reposar la lectura, como he dicho― la inteligencia y la complicidad del buen lector. Ignoro si hay algo premeditado en ello ―por algo mucho más obvio que el juego en el título―, pero no he podido evitar encontrar decenas de ligazones y paralelismos ―la naturaleza felina y huidiza de los personajes, la emigración como forma de soledad, esos dos finales desolados― entre este cuento y «Bienvenido, Bob», de Juan Carlos Onetti [2].

«La fe ciega» es otro estupendo relato, uno de los tres mejores del libro, junto a «Adiós, Bob» y «El café de los micros». Como en el último cuento, en este que da título al libro se establece con talento la relación entre el mundo infantil y el adulto, muy a lo Salinger, con ese humor implacable de los niños que no nacieron idiotas y a través de una utilización atinada de lo onírico ―los sueños del tío, la imaginación de la niña que todo lo cuestiona―. En ese tipo de cuentos hay una asunción de ese mundo infantil que no tiene nada que ver con el paternalismo, y que explora la innata capacidad del ser humano para la brutalidad [3] cuando se siente amenazado, convirtiéndola en algo que casi enternece, porque viene del afecto en peligro, de la sagrada búsqueda del consuelo [4].

Tanto «Redención» como «Turf», siendo muy dignos, son los textos que menos me han atrapado del libro, a pesar de la insana mala leche que en el primero canibaliza a un gordo y a la conciencia del protagonista, o del perfecto y sutil retrato de un hampón en el segundo. Como demuestra en varios cuentos, el humor de Nielsen ―divertidísimo «La vida cantada»― es fino y tiene el punto justo entre crueldad y compasión hacia sus personajes, según el momento. En «Aniquilación de un poema», con el que no he podido evitar pensar en Rayuela, hay guiños tan agudos como lo de quemar el libro de un tal Nielsen o tan gratos como el darse cuenta de que no es fácil encontrar cuentos mejores que los de Salinger, y de que, al mismo tiempo, no existe el libro perfecto, ni siquiera Nueve cuentos. Este de Nielsen tiene una lucidez agridulce, echa mano del salvavidas del cinismo, con el timón del sexo navega por la ilusión de ese puñado de argentinos ―insufribles, como gauchos en una pampa de vasta pedantería― por formar parte de algo en el lado luminoso de las cosas, en el reverso de la mediocridad, que tampoco es la brillantez, sino una mediocridad distinta, bajo otra luz. «Aniquilación de un poema», al fin, es la coartada para la ceguera a la que se acoge la bohemia ilustrada, tan pútrida y vistosa, mientras allí fuera en el mundo sucede la realidad.

Para terminar, sobre «El café de los micros» no quiero deciros demasiado, prefiero dejaros casi a ciegas, despertaros la curiosidad, pero una curiosidad febril, insolente, como de niño empecinado, esa pasión inconsciente que se parece tanto a los síntomas de la fe. Es un relato soberbio, vivísimo, un cuento excelente y heredero de muchas cosas, escrito hace tiempo ―tiene casi siete años, por lo que se deduce de los agradecimientos del libro― y supongo que muy grato para el autor, por su recorrido. Pero creedme ―no es dogma, pero casi―, porque no os miento y tengo una fe ciega [5] en esto: si «El café de los micros» lo hubiera escrito un tal Sam Shepard, por ejemplo, ya sería parte del canon, ya lo habrían rodado los hermanos Coen, o Lynch, o Kusturica, o Kiezlowski, o cualquier otro realizador capaz de plasmar esa calidad fílmica que tienen los espacios abiertos en la Argentina; capaz de contar en fotogramas la bella y violenta historia de un padre, un hijo, las bestias del exterior, los demonios interiores, la fiebre y el café dulce y tibio de la infancia; capaz de poner en imágenes ese viento feroz ―como el mate más genuino: sin milongas ni remilgos― que azota lo literario en aquella página meridional del cuento en castellano en la que escribe Gustavo Nielsen.


*

Sobre la edición:

Después de una década en el cuento, todos conocemos ya de sobra el diseño ―interior y exterior― de los libros de Páginas de Espuma, con sus hallazgos y sus lugares comunes. En cuanto a las tripas, lo dicho, el diseño de costumbre, correctísimo: buenos márgenes, aunque con una caja de texto muy alargada, de 35 líneas por página, pero con el interlineado adecuado y el sello de marca en el folio y los títulos de los cuentos ―hacia el exterior y entre barras verticales―.

En cuanto a las cubiertas, en estos diez años ha habido para todos los gustos, pero en esta ocasión tienden a un minimalismo que se agradece y huye de esas combinaciones de colores un tanto forzadas que encontramos en otros títulos del catálogo de la colección Voces. Desde luego, en esto habrá tenido mucho que ver el sentido estético de Gustavo Nielsen, arquitecto de profesión y autor además de la ilustración de cubierta. En fin, Páginas, la decana, para qué os voy a contar más.


Notas:
  1. Así llaman en el Cono Sur a la cánula metálica para sorber el mate.
  2. Quien no lo tenga a mano puede leer el cuento de Onetti en este enlace y sacar sus propias conclusiones, si hay deliberación o es una bendita casualidad.
  3. No os perdáis el diálogo de la página 52 en torno a Papá Noel.
  4. En la página 55 se da una de las claves del libro: «El consuelo es algo difícil de manejar. Una de las cosas en las que me gustaría tener una fe ciega».
  5. Escribe también Cortázar en Rayuela: «Y así es como los que nos iluminan son los ciegos» (capítulo 98).

Enlaces relacionados:

  • Milanesa con papas, bitácora de Gustavo Nielsen
  • Reseña de La fe ciega en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de La fe ciega en Masacre en los jardines, por Pablo Matilla