Bitácora de Sergi Bellver: febrero 2009

25/2/09

Bitácoras, literatura y siglo XXI.

En el Instituto Cervantes de Madrid tuvo lugar ayer martes la mesa redonda «El blog: escritura y siglo XXI», coordinada por el escritor Juan Carlos Méndez, y en la que participaron Laura Borràs, investigadora y profesora de la Universidad de Barcelona y de la UOC, el periodista y editor Basilio Baltasar y el conocido escritor Lorenzo Silva. Fueron varios los motivos que me llevaron a acudir a esta cita, algunos bastante obvios, que para eso lleva uno un buen trecho recorrido en esto de las bitácoras literarias y quiere estar al día, y otro más concreto, que adelantaré al final de esta entrada.

Resulta significativo que, para redactarla, esté maldiciendo ahora mismo mi deficiente conexión a la red, ya que para desarrollar algunos temas necesito consultar las fuentes y buscar los enlaces correctos. La escritura y la lectura pueden mantenerse al margen de la realidad virtual y alimentarse sólo del papel, y esa es la opción de algunos reaccionarios, pero en ese enquistamiento terminarán por perecer. A día de hoy necesitamos de la red no sólo como medio de consulta ―complementario, que no único, cuidado con los indocumentados―, sino sobre todo como un espacio dinámico y libre en el que la idea y la creación literaria toman un ritmo y una dimensión que corresponde de veras a la contemporaneidad. Todo aquel que niegue a estas alturas las posibilidades ―muy por encima de los riesgos, que también los hay― que lo virtual ofrece a lo literario estará adoptando la misma actitud del amanuense ante la imprenta o del acemilero ante la rueda. La red no es ni el Armagedón para el papel ni la Tierra Prometida: sólo una herramienta más, un lenguaje nuevo, poderosísimos, eso sí. No estamos hablando de una guerra para el «futuro», ni de una confrontación entre tradición y modernidad, sino de un presente en el que, echando mano de dos títulos de Houellebecq, asistimos a una ampliación del campo de batalla que invalida cualquier posibilidad de una isla para la resistencia más catastrofista.

Ayer, en la citada mesa redonda, quedaron bastantes cuestiones en el tintero ―sobre todo a la hora de tratar las posibilidades o las corrientes específicas que ya se están dando en las bitácoras―, tal vez porque este es un océano del que apenas podemos rasgar la superficie en un encuentro de poco más de hora y media, pero otra bondad de lo virtual es que el diálogo puede continuar y ramificarse ―ganar vida― a través de bitácoras como esta, de vuestros comentarios o del correo electrónico ―medio que pienso utilizar para conversar con algunos de los ponentes, por cierto―. A menudo asiste uno a esta clase de eventos con cierto escepticismo, pero he de confesar que en el Instituto Cervantes se dijeron ayer cosas muy útiles y lúcidas sobre la realidad de las bitácoras ―yo insisto en esa nomenclatura sobre la anglosajona, ustedes me perdonarán― y la escritura. Sería demasiado extenso hacer en esta página una relación detallada de todo lo abordado, pero sí creo que puede tirarse aquí de uno o dos hilos conductores en las tres ponencias.

La profesora universitaria e investigadora Laura Borràs Castanyer ―impulsora del interesante proyecto Hermeneia― resultó, para quien esto escribe, todo un descubrimiento y una reconciliación con la actividad de los docentes universitarios, otras veces tan desubicados. Su concepción de lo virtual y de la red como espacios de libertad y de metamorfosis, la naturalidad con la que se despoja de lastre y navega al son del tiempo que vivimos, la exposición amena y desprejuiciada de sus tesis y las vías ―a modo de enlaces verbales que remitían a fuentes que uno pulsaba de inmediato en su imaginario cultural: siempre termino por regresar a Roland Barthes, y esta vez lo hice a cuento de la acertada lectura que Borràs hizo de los conceptos de cuestionamiento y disponibilidad― abiertas por su discurso me hicieron reflexionar y asentir de continuo. El único matiz que haría a su intervención tendría que ver con la red como espacio de participación democrática, cuanto menos en lo que atañe a lo literario-artístico.

Allí estaba Basilio Baltasar, editor y periodista relacionado con un diario nacional, para poner la apostilla adecuada a una amenaza que él tildó, con acierto, de plebiscitaria. Es verdad que su punto de vista podía resultar «interesado», ya que no en vano el papel del editor y de los medios impresos está en entredicho para el futuro más inmediato ―también el de los distribuidores, que ahí sí hay tela que cortar―, pero alarmismos aparte, y aunque mi postura es más cercana a la de Laura Borràs, hay dos cosas en las que estoy de acuerdo con la exposición de Baltasar.

Primero, sin la intervención de profesionales formados ni la criba de un buen editor, esa supuesta democracia ―un elástico todo vale― se convierte en el mayor peligro para las bitácoras literarias, en la raíz de esa obsolescencia inminente que algunos anuncian para el fenómeno, porque sin criterio ni formación lo único que conseguimos es la saturación de contenidos, la vacuidad de las propuestas y la publicidad ―de público― de materiales que antaño quedaban para el ámbito personal ―supongo que muchos recordaréis el desastre que tuvo lugar en el III Premio Diomedea cuando tuve la infeliz idea de acudir a la votación popular, en vez de recurrir como siempre a un jurado autorizado por sus conocimientos―. Entiendo que en algunos casos puede llegar a ser saludable ―más para el emisor que para el receptor― que cualquier persona tenga la posibilidad de poner en común su dietario, de hacer amigos virtuales o de publicar las fotos de su boda, pero creo que si hablamos de bitácoras con una mínima intención de abordar lo literario ―el tema de la mesa de ayer y de esta bitácora―, ya sea desde la creatividad, el ensayo o la crítica, la saturación no hace más que atomizar la atención de un posible lector entre demasiadas propuestas, por muy interesantes que estas sean.

Segundo, y para esto toca bajarse del caballo y palpar el terreno de la realidad, la gratuidad de los medios en la red es un bien para todos, pero no puede sostener económicamente ni a los profesionales ni a los propios medios, por lo que tanto los periódicos como los libros convivirán necesariamente durante mucho tiempo con las versiones digitales y los libros electrónicos. ¿Quién garantiza un sueldo digno para que los mejores profesionales del periodismo y los mejores creadores literarios puedan seguir desempeñando su papel si sus contenidos líquidos circulan de manera gratuita por la red ―porque el libro electrónico, por muchas fosas y trampas que se inventen, quedará a merced de la piratería igual que el Cd o el Dvd, que nadie sea ingenuo―, quién asegura, por tanto, la excelencia en su trabajo? ¿La publicidad ―ahora sí, la publicidad como estrategia del Mercado―? No es suficiente, sobre todo porque la dinámica ensayada hasta hoy por la publicidad en las páginas web es a todas luces molesta para los usuarios: uno puede elegir pasar página ante el anuncio impreso de un diario, pero el anuncio virtual aparece a modo de banner, cookie o a toda pantalla, de una manera agresiva. Como bien dice Baltasar, ese negocio no está resuelto. Claro que, como digo, es una posición «interesada» o cuanto menos implicada en el tema, pero no deja de ser coherente. Una cosa es la gratuidad ―en todas sus acepciones― de una bitácora, de cualquier bitácora, y ahí sí existe la libérrima opción de compartir algo con los demás, y otra cosa es el reparto universal del talento o la omnipresencia de la calidad literaria. No, cabe reparar en cada caso y reconocer la capacidad de trabajo, la utilidad y validez de un discurso, no como productos para el Mercado, sino, sobre todo, como motores y vehículos de esa metamorfosis permanente que la cultura demanda para no perecer en la endogamia, el inmovilismo y los viejos modos.

Como campo de pruebas y ocio personal, casi todo vale ―en Japón es legal la comercialización y publicación de fotos eróticas de menores de edad mientras no queden a la vista los genitales; en la red quedan a menudo impunes actitudes delictivas, apologías y ataques personales inaceptables bajo el anonimato, etcétera, luego, no todo debiera valer―, pero como actividad cultural cabría demandar un mínimo nivel de auto-exigencia por parte de los bloggers, que fueran los primeros editores de sus propias páginas. Un poco en ese sentido, y ponderando con lucidez las anteriores intervenciones, la de Lorenzo Silva ahondaba en los riesgos ―no en vano es abogado de formación― y verdaderas alternativas de las bitácoras ―como escritor que ha tocado diversos géneros, ya sea la novela, el negro, la literatura de viajes o ahora, justamente el que nos ocupa, con su último título, El blog del inquisidor―. El anonimato o la utilización perniciosa de las redes sociales fue otra de las cuestiones que puso sobre la mesa, aunque él sabe mejor que nadie que a largo plazo uno aprende a relativizar lo primero ―amén de esa desagradable pero útil función: la moderación de comentarios― y a gestionar lo segundo: cualquier herramienta queda a merced del uso que le demos los humanos, pero toda empresa que obtenga un beneficio económico ha de vigilar que esa utilización no vulnere los derechos de otros usuarios, como sucedió en Tuenti con un caso de acoso escolar, aunque para esto se tendría que abrir otro debate, como la apropiación de datos por parte de los administradores, por ejemplo, como sucede en el ya casi orwelliano Facebook, tan útil para ciertas cosas, todo sea dicho.

En cuanto a esa alternativa real de las bitácoras frente a los medios tradicionales, y para recoger el espíritu de la intervención de Borràs y rebatir un poco a Baltasar ―esto lo añado yo―, algunas de las ideas de Silva las firmo como propias: sí hay excelencia y gratuidad ―en las formas, al compartir, pero no en el fondo, donde asiste el criterio y el esfuerzo― en muchas bitácoras literarias, sí hay alternativa ―lo hemos hablado entre todos nosotros, a menudo― a los medios tradicionales, y sí hay libertad y vastedad del campo de batalla en lo virtual, y ahí están los creadores de software libre, los administradores de páginas dedicadas al estudio y la difusión de la obra de algún autor concreto, como señalaba Silva en referencia a la Universidad de Bonn y Franz Kafka, por ejemplo; ahí están los medios o los editores haciendo el camino inverso y fijándose en lo que se cuece en la red, y ahí, verbigracia, tenemos el conocido especial de Babelia, a pesar de su poca continuidad, o la consideración que ciertas editoriales están haciendo de nuestro trabajo.

En resumen, libro y bitácora son cada vez más simbióticos, la metamorfosis continúa imparable, el debate sigue abierto, y entre toda esta marea ―a menudo negra y pegajosa― de las bitácoras literarias, no cabe duda de que hay mucho bueno que rescatar, muchas iniciativas y trayectorias que nos revelan que el siglo XXI ha de ver por fuerza una regeneración de lo literario. En ese sentido y con ese espíritu ―y con esto acabo―, preparo desde hace semanas un nuevo temario a petición de la Escuela de Escritores de Madrid, que pretende abordar la realidad y las posibilidades de las bitácoras literarias y de la red en sí, y para el que contaré con la inestimable colaboración de algunas de las mejores firmas de esto que se ha dado en llamar «blogosfera». Desde luego, vuestro interés y vuestra actividad, efervescente siempre y a veces encendida, la trayectoria de muchas de vuestras páginas y la curiosidad de tantos y tantos lectores, propician mesas redondas como la de ayer tarde y demandan cursos como el que se avecina, y del que os daré más detalles en breve.


Este vídeo, que recoge unos pocos minutos de la ponencia, fue grabado por Antonio Pulido Ruiz y podemos acceder a él gracias a su bitácora Apuntes de un librepensador, donde también figura un álbum de fotos.

23/2/09

Fallo del V Premio de Relato mínimo Diomedea.

De nuevo y como siempre, muchas gracias a todos los autores que han participado en esta edición del Premio Diomedea. Se han recibido relatos desde España (57%), Chile (21%) o Argentina (12%), y también desde México, Colombia, Israel o Escocia (que sumaron el 10% restante). Enhorabuena a la ganadora y a los dos finalistas ―entre los que en esta ocasión, por esas cosas del voto al texto y sin conocer más que un código de cifras y letras, encontramos al ganador de la pasada convocatoria―. El jurado no lo ha tenido fácil porque el nivel de los seis relatos candidatos era muy similar. Así, se han quedado a un paso del podio los relatos «Ningún náufrago», de Raúl Sánchez Quiles, «Sobre el nido de una ballena», de Pedro Peinado Galisteo y «Un pequeño problema», de Ginés Cutillas. Del mismo modo, las votaciones entre los cuentos finalistas y el ganador han sido muy reñidas.
En fin, espero que como en todas las ediciones anteriores, esta iniciativa sirva para que descubráis el trabajo y las páginas de otros autores en la red. Y para que esa comunicación se mantenga y crezca, os animo a todos a participar en el VI Premio de Relato mínimo Diomedea.


Fallo del V Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del V Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del V Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «La familia unida»
Autora: Araceli Esteves Castro
Diplomada en la EUTI por la Universidad Autónoma de Barcelona, ciudad en la que nació en 1960. Tras vivir en Londres y Bruselas, ejerce como profesora de inglés en Palma de Mallorca, donde reside. Publica con asiduidad textos breves en su bitácora, un trabajo que el crítico y editor Fernando Valls recogió en una ocasión en su página La nave de los locos, donde publicó este mismo relato.
Bitácora: El pasado que me espera

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


LA FAMILIA UNIDA



NUNCA ME LLEVÉ BIEN con la familia. Desde la abuela Felicia, con ese don para esparcir cizaña, hasta el patán de mi hermano Ricardo, todos parecían puestos en escena para que la mía fuera una existencia desgraciada. Eran parientes artificiales, implantados en mi vida como órganos ajenos y que mi cuerpo rechazó con furia desde niño. Durante años fantaseé con ser un niño adoptado, pero el pulgar en forma de martillo no dejaba espacio para la duda acerca de mi ascendencia. Todo lo que hice de joven para alejarme de mis parientes, resultó un esfuerzo vano e inútil. Acabé con la mandíbula de la abuela encajada en uno de mis fémures, las costillas de Ricardo sobre mi coxis y al lado, el cráneo de papá. Juntos y revueltos en el mismo nicho, obedeciendo la costumbre familiar.
«La familia unida» es propiedad de © Araceli Esteves Castro 2009.


Finalista del V Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del V Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «La guerra»
Autor: Xuan Folguera Martín
Cuentista activo y vecino de Madrid, en el pasado año 2008 obtuvo, entre otros, el I Premio Desnivel de Relato de Escalada. Su cuento «Manos» resultó ganador del IV Premio de Relato mínimo Diomedea
Bitácora: Los cuadernos secretos

Obtiene un libro de relatos a convenir con el autor, ya que en la pasada edición se hizo con Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006).


LA GUERRA



ANTES DE QUE EXISTIERA LA MUERTE, todo era mucho más divertido en el barrio. Nos acuchillábamos unos vecinos a otros, nos suicidábamos colisionando nuestros coches contra las farolas o nos lanzábamos en plancha desde la azotea. Como mucho, perdíamos la inconsciencia durante unas cuantas horas. Al amanecer, siempre sanaban las heridas, se soldaban los huesos y nos levantábamos sin rencor y con paso titubeante, como si únicamente nos hubiéramos despertado de un sueño.
Hace un par de días, unos vecinos le pegaron una pedrada en la cabeza al tío Luis. Al amanecer no se levantó. Tampoco se levantó al día siguiente.
―La guerra ―sentenció una mañana el abuelo.
Todos lo miramos en silencio durante unos segundos, pero enseguida continuamos recogiendo piedras y palos para ir en busca de los vecinos. No sabíamos muy bien lo que era la guerra, pero no estaba bien que los restos del tío Luis continuaran solos en la acera.
«La guerra» es propiedad de © Xuan Folguera Martín 2009.


Cuento ganador del V Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del V Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «La gotera»
Autora: Marta María López García
Desde Piedras Blancas (Asturias), localidad en la que reside, lleva adelante una bitácora dedicada a la literatura, donde publica reseñas de libros o entrevistas a escritores. Colabora regularmente con la página literaria Qué leo ahora.
Bitácora: El desván de los libros

Obtiene un lote con los libros de relatos Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008), Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006); y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.


LA GOTERA



LA CASA TENÍA UNA GOTERA que caía ―plot, plot, plot― sobre el fregadero y sonaba metálicamente igual que el corazón de un hombre de hojalata. Pensaban que era el ruido el que no les dejaba dormir, ni leer, ni hacer el amor. Pusieron un vaso debajo de la gotera. Sonaba distinto ―plin, plin, plin―, casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otro lado de las paredes de su casa. Era más llevadero.
Poco a poco el vaso se fue llenando. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba llenándose. Gota a gota. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban las gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Se besaban, hacían el amor mecánicamente y el ritmo de la gotera se transformaba en el diapasón de sus torpes movimientos. Pero un día la gotera dejó de sonar ―silencio― y volvieron a leer y a dormir. Y a escucharse el uno al otro.
Se les quitaron entonces ―definitivamente― las ganas de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella: «plot». Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba: «plin». Pero nada.
«La gotera» es propiedad de © Marta María López García 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

18/2/09

El cuento de 2008 (IV):
De sogas, pájaros y ardillas.



Título: Como una historia de terror
Autor: Jon Bilbao
Edita: Salto de Página
ISBN: 978-84-936354-1-1





—¿Pero qué es lo que te da miedo?
—Tengo miedo de que el edificio se venga abajo.

JOHN CHEEVER, «El ángel del puente»


El que nos ocupa es uno de los mejores libros de relatos que he leído en 2008, y lo digo sin rodeos y desde el comienzo para que nadie se confunda. Así, me parece más que justa la excelente recepción que Como una historia de terror ha tenido entre la crítica alternativa que ya conforman —es una realidad incuestionable— varias de las mejores bitácoras literarias de la red y, sobre todo, la visibilidad que se ha ganado en los medios habituales, llegando incluso a posicionar el cuento en algunos suplementos y revistas[1] que todavía no lo abordan lo suficiente. En esto último habrá tenido algo que ver el premio recibido por el libro, pero como viene siendo tónica habitual por mi parte en esta serie de notas de lectura, ese es un aspecto en el que no repararé, porque la calidad literaria viene de serie y ha de destacarse con independencia de su reconocimiento en cualquier galardón[2], o de lo contrario estaríamos bailándole el agua al Mercado y su modus operandi. La valoración positiva de este libro ha sido prácticamente unánime, como digo, salvo, quizá, en algunos detalles de la reseña que apareció en la página colectiva Masacre en los jardines, elogiosa en todo caso. Y es que, insisto —atiendan, por favor, que luego no venga nadie a pedir cuentas—, el de Jon Bilbao me parece no sólo uno de los mejores libros de relatos del año pasado, sino la confirmación —Salto de Página publicó también su novela El hermano de las moscas— de un escritor honesto y capaz.

Sin embargo, considero que en un espacio como esta bitácora, que no es la de un crítico, sino la de un escritor en perpetua búsqueda con sus propios textos y la de un editor en contacto permanente con los de otros, pero sobre todo la de un febril lector de cuentos, también el rigor y la honestidad han de ser valores inaplazables. Demasiadas veces he cuestionado, en privado y en público, el trabajo de otros que sí se consideran a sí mismos como críticos, por lo que he de atenerme a lo que considero fundamental a la hora de valorar el trabajo de un escritor —es lo menos que se merece—. Es frecuente que algunos críticos se queden con una de las varias posibles lecturas que ofrece un texto —todo texto que sostenga un discurso con una mínima dimensión literaria soporta al menos tres lecturas—, o peor aún, que en su reseña le escatimen al lector aquello que como preceptores o jueces, y no siempre por la calidad del artista, sino por sus prejuicios, buscan en un libro resueltamente y a priori[3], como cuando, por ejemplo, la concepción estética y hasta política que el crítico tiene de lo literario condiciona toda posible interpretación. Ese tipo de reseñas son en realidad opiniones o exhibiciones del gusto —buen o mal gusto— de quien las firma, pero no críticas ni estudios serios, aunque se den el barniz de dictámenes papales. El diálogo entre el texto, el crítico y el lector debiera ser siempre más limpio, sincero y expuesto, del mismo modo que el escritor se la juega haciendo público su trabajo. Por lo tanto, y para que se tenga en cuenta desde este instante, dejo claro que mi idea y mi percepción del cuento contemporáneo condiciona de antemano cualquier lectura, y esto también matiza mi percepción de Como una historia de terror. Es desde ese territorio maleable y subjetivo, sin desligarme de lo que me construye como lector —lo contrario sería impostado—, desde donde comparto mis impresiones, valoraciones y alguna que otra objeción al libro.

Como prueba de la capacidad de trabajo del autor y atendiendo al rigor de la concepción formal de sus cuentos, Como una historia de terror me parece de los pocos libros recientes que resisten la comparación con otro de los hallazgos del año 2008 en este sentido estructural: Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando. Ambos autores —asturianos de nacimiento, por cierto, aunque lo del madrileño Ferrando fue casi por accidente—, comparten el mismo gusto por el trabajo de relojero, por el texto artesano y la demora del tempo narrativo, aunque es en la apuesta estética y en la elección de los temas donde los dos libros se bifurcan.

Los cuentos de Como una historia de terror no son los primeros que puedo leer de Jon Bilbao. El autor participó con otros tres, «Amenaza exterior», «Desechable» y «Sospechas fundadas», en Ficciones, una antología que compartió en 2005 con otros cuatro autores, publicada por EDAF para la Asociación Colegial de Escritores[4]. En ellos, Bilbao ya avanzaba en parte los temas, los motivos y los enfoques que vendrían a repetirse en el libro de Salto de Página. De hecho, una de las impresiones más sutiles que me ha provocado la lectura de Como una historia de terror es la de una compilación de cuentos de distintas épocas. En cualquier caso, son siete cuentos en los que se nota una clara progresión respecto a los primerizos[5] y muy pocas diferencias de criterio y resolución entre ellos, dándole solidez al volumen. Me parece un conjunto bien cohesionado, insisto, con un hilo distintivo y una ordenación bastante acertada de los textos. Hay una suerte de densificación de la neblina en el ambiente de los cuentos de Jon Bilbao, que evoluciona desde «Prolegómenos» hasta el cuento que cierra y da título al libro, y que ayuda a que el lector avance por esas historias como por un sendero del que más valdría no alejarse, como en aquellos cuentos de miedo que nos contaban de pequeños, cuando la angustia iba de la mano de la excitación.

Esa presencia de lo vital como semilla de la angustia, ese tema fundamental en la obra de Jon Bilbao, tiene más que ver con la amenaza implícita que la naturaleza humana cierne sobre sí, que con el entorno o los acontecimientos. Tal vez por eso la coherencia que se respira en este libro liga también lo conceptual y lo formal, y creo que estos cuentos no resistirían una lectura seria si no se hubieran desarrollado con esa escritura espartana, lacerante y exacta con la que Jon Bilbao —anoten este como uno de los mayores méritos del libro— no busca gustarse a sí mismo ni darse la razón, sino con la que trabaja a favor de sus historias. Hay ahí una asimilación afortunada de las lecturas de cuentistas como Carver, Shepard o Cheever, y no otra burda imitación, lo que también es de agradecer. Aunque es verdad que, en ocasiones, el autor de Como una historia de terror parece tener miedo a que su edificio narrativo se venga abajo —no se permite apenas derivas ni deja costuras a medio coser, como sí nos sucede en la vida—, y esa especie de refuerzo constante de la historia, ese inventario minucioso, puede llegar a sobrecargar los pilares de su escritura e impedir que respire, además de coherencia, otras posibilidades, que tome aire a partir de ese cuestionamiento de la lógica y del sentido que también conforma nuestra contemporaneidad.

Jon Bilbao digiere y se salta algunas de las reglas del cuento clásico, y eso es bueno, en principio, porque no lo hace a las bravas, sino consciente. Los decálogos de Quiroga, las ideas de Piglia, los parámetros de Chéjov o las poéticas cuentísticas de Carver o Cortázar no han sido corsés sino, quiero pensar, trampolines para un autor que se permite esa orfandad, un autor más realista que fantástico, más exhaustivo que intensivo, pero que ata los cabos más fantásticos de lo real y consigue no distraer la atención del lector mientras dura el pacto narrativo. Y ello a pesar de la extensión de algunos de sus relatos. No existe una medida para el cuento, su lenguaje artístico y su capacidad para el sabotaje de nuestras certezas tiene cabida en textos de una página o de sesenta. Sin embargo, creo que en algunos momentos, aun con el buen trabajo de hilandera que Bilbao se ha tomado para no dejar costuras ni flecos sin zurcir en sus relatos, le vendrían bien ciertas elisiones, algún que otro detalle mínimo pero poliédrico, desde lo inconsciente, ese puñetazo en el estómago capaz de atraer sobre sí al lector y arrojar, a modo de prisma, una luz distinta sobre los cuentos. Los de Como una historia de terror ganan por técnica y juego de piernas, por resistencia, pero no por K.O., y eso no es demérito ni virtud, creo, sino otra manera de plantear el trabajo del escritor. No estoy hablando de trucos ni recetas, sino de ópticas y perspectivas. De todos modos, pienso en relatos como «Enemigos», de Chéjov, «Visor», de Carver, «Casa tomada», de Cortázar o «La cura», de Cheever —con merodeador y crisis de pareja en el lote, como en «El hambre en los alrededores del lago» de Bilbao, pero en doce páginas—, y sigo creyendo que uno de los méritos del cuento debiera ser siempre la capacidad de mostrar en pocas páginas lo que otros relatos o las novelas dicen en demasiadas. Y lo dice un autor proclive al exceso y lector satisfecho, no sólo de aquellos otros cuentos de aliento medio que también cultivaron los mejores autores del género, sino también de novelas.

Me ha resultado muy grata la capacidad de Jon Bilbao para tomar motivos de la cotidianidad, para fijarse en lo que nos rodea y colocarlo de forma que sus historias nos conduzcan al ánimo al que nos parece inducir cada cuento. Los temas de fondo en el libro son en sí mismos nuestro pan de cada día. Bilbao es otro autor que aborda con buen tino temas ignorados por la narrativa reciente, como las relaciones laborales —sin el cedazo político de Belén Gopegui— o el paradigma social del ahora, tan a punto de desmontar su coartada a cada instante, en relatos como «Rata» o «Después de nosotros, el diluvio», donde hay cierta similitud simbólica con «El ladrón de lencería», con un culpable que evade la responsabilidad lanzando un señuelo, los prejuicios, la violencia aletargada en las relaciones humanas, la plebe que quisiera linchar al monstruo, al marcado —esto es, al diferente, a la criatura en la encrucijada, en vez de al Dr. Frankenstein—, apartando el espejo de sí misma, apartándolo de nosotros como esa posibilidad de turba encendida que siempre somos, llegado el momento. La pareja es también un tema recurrente en este libro, pues no en vano la confrontación de nuestros deseos con los del otro es la semilla de nuestros peores miedos. Aparte, el tratamiento del sexo me parece mucho más interesante en «La fortaleza» que en «Prolegómenos», donde el final se deshincha un poco, lejos de sugerir, o en el mismo «El hambre en los alrededores del lago», donde a veces roza el efectismo fácil, pero en el que sin embargo el autor fulmina el lugar común —y se le agradece, una vez más—, y un cuento, por cierto, en el que me interesa mucho más el personaje del chico de las palomas que el supuesto protagonista.

En resumen, Bilbao no se pierde por las ramas de la falsa intelectualidad, sino que se adentra en nuestro bosque común y arranca y huele la raíz de las cosas que de veras nos tocan. Cada uno de nosotros teme perder lo que ha construido con los años, con las renuncias, con los afectos, con las cicatrices y los recuerdos. Tenemos miedo a que la vida que hemos cimentado con todo ese material sensible, derrubio sobre derrubio, pierda las costuras y se venga abajo, y que tras el colapso de ese edificio, como una suerte de 11-S privado, todo lo que creemos ser se desmorone. Queremos seguridad, pero eso no nos salvará del terror. Terror al miedo, terror a que sobre los cascotes de nuestra derrota se instale para siempre el miedo. «Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece un grano de arena», anotaba John Cheever en sus Diarios. Los personajes de Como una historia de terror albergan la misma amenaza que, seamos o no conscientes de ello, crece desde lo más pequeño y gravita sobre nuestras cabezas a diario, pero estos personajes en eterno tránsito, en fuga de sí mismos, tienen además noticia, atisban ese peligro, lo anuncian. Si hay terror en estos cuentos no tiene nada que ver con el susto funcional o el gore efectista, sino más bien con aquella amenaza del derrumbe como una forma de desamparo.

Lo quiera o no, lo asuma o prefiera separarse de ello, Bilbao es deudor del cine y del guión televisivo, y eso creo que aporta a sus cuentos mucho más de lo que puede lastrarlos en algún momento. El estilo tan visual de su narrativa, la estructura clara y definida, le hacen pensar a uno que a ratos está revisando el story board de una película, y así, a pesar de la extensión de muchos de sus cuentos, el autor consigue que asistamos a la proyección de Como una historia de terror interesados por su desarrollo y atrapados por su agilidad. De todos modos, como en las mejores películas de terror, se corre a veces el peligro de que el espectador se quede con una imagen concreta, impactante —¿cuándo sale el bicho?, pregunta el niño—, como es posible que pase con este libro, del que el lector recordará —es más que probable, en realidad— la resbaladiza pero audaz escena de sexo en «El hambre en los alrededores del lago» o las ardillas que bullen desde lo atávico en «Como una historia de terror». También puede que el lector fije en su imaginario un ambiente, como el recurrente motivo del bosque como amenaza cerval en estos cuentos, aunque de una manera mucho más eficaz —a lo John Boorman—, y menos tramposa que la de prestidigitadores como Michael Night Shyalaman, ya que hablamos de cine y de El bosque. El único truco al que se le ven los hilos en los cuentos de Bilbao podría ser el del perro extraviado y luego pródigo del último relato —que tiene jorobado y todo—, pero como lector le agradezco que en sus cuentos el feroz sea el hombre, el amenazado el lobo y Caperucita lleve lencería deportiva.

Pero ya que estamos con el cine, y ya que este libro tiene ecos felices nada menos que de Alfred Hitchcock, me gustaría convocar a los lectores a que hicieran una lectura menos superficial de Como una historia de terror, a que no se quedaran sólo con esas ardillas, con esa progenie macabra y onírica de Banner y Flappy —van a buscar, personas maduras, para matar, canta el muñeco sin cabeza—, que tan bien maneja Jon Bilbao en su relato más trabajado —la inclusión de los sueños suele ser desafortunada en la narrativa española reciente, pero Bilbao pasa con nota el examen, porque los trae a cuento y cumplen su papel—. Si le preguntáramos a un espectador común, ¿qué película creen que recordaría del mencionado director inglés? Tal vez Los pájaros, así, de manera casi inmediata, justo antes de hacer memoria poco a poco con las demás. No, no permitan que lo efectista les deslumbre. Piensen mejor en La soga (1948), en su ambición conceptual, en los temas que tocaba de soslayo —la conciencia de una supuesta superioridad intelectual como germen del fascismo, el crimen, la angustia, la homosexualidad soterrada, etcétera—, en la sobriedad narrativa, en esos planos larguísimos, casi ligados uno sobre el otro, en las elipsis magistrales casi sin espacio para la exhibición, en el portentoso trabajo de cámara, en el manejo de información para punzar la emoción en el momento justo, en esos diálogos afinadísimos —Bilbao los maneja también con mucha solvencia—, en ese final abierto que por fin rompe el encierro y respira —la dosis justa de aire fresco, el reto de Jon Bilbao para sus finales—, en esos personajes tan bien trabajados —lo mismo en el libro—, ese magisterio del suspense en permanente reto consigo mismo, independientemente del resultado[6], y tendrán una excelente vara para medir los muchos aciertos y logros, y los pocos excesos y defectos de este estupendo libro de cuentos: Como una historia de terror.

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Sobre la edición:

Se observa un diseño reconocible para la colección, actual, siendo cuestionable todo el espacio devorado por el color y los motivos que la editorial ha elegido como sello de marca. Se adivina a la segunda mirada una letra ese en la cubierta, intencionada o no, pero que provoca que la ilustración quede algo encajonada.

En las tripas, hay una cantidad generosa de texto en la caja: 35 líneas y un cuerpo modesto, cuando con una maquetación más generosa —en lo productivo— el libro podría haberse disparado fácilmente hasta las trescientas páginas, lo que da idea de la dimensión —cuantitativa— de algunos cuentos de Jon Bilbao —el último podría ser una novela breve de ciento veinte páginas sin problema—. La inclusión de páginas impresas en negro, como la portadilla o los créditos y notas legales al final, parece un buen truco para darle presencia de falsas guardas, como hacen Candaya o Traspiés, pero en Salto de Página saben además dotarlas de contenido. La ausencia de guiones largos en los diálogos del texto crea a veces cierta confusión, y no sé si es elección del autor o forma parte del libro de estilo de Salto de Página, porque es el primer título que leo de su catálogo. En todo caso no me parece afortunada. Por otro lado, en el texto aparecen demasiados laísmos sin corregir.

Los recursos tipográficos de toda la colección son como muy de programa de procesador de textos, pero van en sintonía con la idea de la editorial. Se nota que en Salto de Página han reflexionado sobre ella, que han planeado bien su línea, y se agradece, sobre todo, que se hayan sumado a esas otras editoriales que están apostando de veras por el cuento, y que lo estén haciendo además con criterio, con un buen trabajo y preocupándose de la distribución. Los que defendemos el cuento estamos de enhorabuena con Salto de Página.

Notas:
  1. Sobre Como una historia de terror en la revista Quimera:
    «Ya en El hermano de las moscas Jon Bilbao había dado muestras de dos de las características principales de su prosa: el buen pulso narrativo y la vocación por la extrañeza desatada por, digamos, elementos invasores, irrupciones que propician un tono entre fantástico y existencial. Su nueva entrega, una serie de relatos largos reunidos en Como una historia de terror, propone de manera más explícita un juego en el que el lector es llevado a territorios que son igual de sombríos o agrestes que los paisajes interiores de sus protagonistas. La inquietud y la angustia pues, son desatadas por este juego de espejos en los que son las víctimas las que parecen proyectar un aire sereno pero inquietante sobre su propio entorno.»

    M. G. R., Quimera, diciembre de 2008
  2. De los otros títulos comentados con anterioridad en esta serie podría hacerse una larga lista de premios.
  3. «Todo artista es tan múltiple que el crítico no puede dejar de encontrar en él lo que busca resueltamente y a priori» (André Maurois).
  4. Se trata de una edición no venal, pero por si alguien pretende conseguirla, además de dirigirse a la ACE, podría serle útil anotar el ISBN: 978-84-414169-6-3.
  5. Circula por ahí otro título de Jon Bilbao, que reúne Tres relatos y que, mucho me temo, será todavía más difícil de encontrar a estas alturas. Para saber más, pueden visitar este enlace de 2006.
  6. Ni la crítica de la época, ni la posterior, ni el propio Alfred Hitchcock consideraban La soga como una de sus mejores películas, pero me parece en todo caso una obra maestra para ejemplificar lo que es la técnica al servicio del arte narrativo.

Enlaces relacionados:

  • Las victorias parciales, bitácora de Jon Bilbao
  • Entrevista a Jon Bilbao en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • Entrevista a Jon Bilbao en Revista de Letras, por Diego Giménez
  • Reseña de Como una historia de terror en El Cultural, por Pilar Castro (30/1/09)
  • Reseña de Como una historia de terror en La tormenta en un vaso, por Nere Besabé
  • Reseña de Como una historia de terror en Masacre en los jardines
  • Reseña de Como una historia de terror en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de Como una historia de terror en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de Como una historia de terror en Los ritos de paso, de Cable Hogue (pseudónimo)
  • Reseña de Como una historia de terror en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Como una historia de terror en Papel en blanco, por Jaime Valero
  • Reseña de Como una historia de terror en Solodelibros, por Emiliano Molina
  • Reseña de Como una historia de terror en En blanco y negro, de Mateo de Paz
  • Reseña de Como una historia de terror en El laberinto de Noé, de Esteban Gutiérrez
  • Reseña de Como una historia de terror en Tiempo de silencio, por Antonio Martínez Asensio
  • 17/2/09

    Vuestro libro de cuentos favorito de 2008.

    Nota previa, actualizada a sábado, 21 de marzo:

    Esta es una entrada dinámica, que irá cambiando según vuestra participación, y que va a mantenerse disponible y activa todo el tiempo que vosotros decidais. Los enlaces en los títulos remiten al fondo de la librería Tres rosas amarillas. Quien prefiera comprar un libro determinado en su ciudad, puede obtener el ISBN (remito a la Agencia Española del ISBN cuando no encuentro el libro) y tener así más información para darle la vara a su librero.
    Larga e intensa vida al cuento.



    Está muy bien hablar del pasado Babelia y todo eso, pero es mejor que no nos detengamos ahí y sigamos haciendo cosas, ¿no os parece?

    No es una competición, es una encuesta o un sondeo y, ya me gustaría, tal vez la posibilidad de abrir un debate. No hay ningún premio para el autor, el libro o la editorial. Sólo pretendo que pongamos en común impresiones, lecturas y afinidades literarias. No se trata de dilucidar cuál ha sido el mejor, sino cuáles han sido vuestros libros de relatos favoritos de entre los publicados en España a lo largo de 2008. Propongo estos porque son de los que tengo noticia y porque he leído muchos de ellos, pero esa lista es sólo un recordatorio, por lo que si queréis aportar algún otro título a la lista, para eso está el apartado de "Otros", en el que no caben, sin embargo, antologías (o de lo contrario habría incluido alguna de 451 editores o la reciente El pez volador de Hipólito G. Navarro en Páginas de Espuma). Entiéndase que hablamos de libros de cuentos nuevos, publicados por una editorial española en 2008, y de autor único, español o latinoamericano. Sólo hay dos condiciones para votar intervenir (eso, intervenir):
    1. No hacerlo de manera anónima ni con pseudónimos o nombres no reconocibles, con lo que esta encuesta, sintiéndolo mucho, está limitada a personas con bitácora, página web o perfil público. Sólo haré excepciones con aquellos comentarios que provengan de personas de las que yo mismo pueda responder. Cualquier comentario sospechoso será inmediatamente eliminado sin más explicación (esta es vuestra casa, pero también la mía). Por supuesto, los amigos también podéis intervenir enviándome un correo-e a Yahoo o un mensaje vía Facebook, con vuestras opiniones, que reproduciré en esta página, si no hay inconveniente.

    2. Podéis elegir uno o más libros, no importa si nombráis dos o cinco, pero en todo caso tendréis que dar una razón para cada uno de ellos, un motivo, aunque sea de manera escueta y con una sola frase. Lo más importante de todo esto es poner en común cómo habéis recibido esos libros, conversar sobre lo que se ha hecho en el cuento en España en 2008 y, sobre todo, lo más importante, servir de guía a los lectores desubicados. No en vano fue eso, precisamente, lo mejor de aquella famosa encuesta realizada por Miguel Ángel Muñoz en El síndrome Chéjov: muchos de nosotros anotamos unos cuantos títulos y autores de los que ahora disfrutamos, no tanto por el resultado de las votaciones como por los comentarios de los participantes.

    El plazo para participar es elástico, veremos cómo avanza la cosa, y al final, entre todos los participantes sortearé un libro de relatos de los que aparecen en la lista, con lo que, al menos, seguro que uno de vosotros no participa en balde. Vamos allá con la lista, en la que presento los libros por orden alfabético y a la que iré añadiendo los que hagan falta:

    1. Abierto para fantoches, de Patricia Esteban Erlés (Dip. Prov. de Zaragoza)
    2. Avisos de derrota, de Oscar Sipán (Onagro)
    3. Carne, de Eider Rodríguez (451 editores)
    4. Carreras delictivas, de Juan Sebastián Cárdenas (451 editores)
    5. Cenizas, de Gonzalo Calcedo Juanes (Pre-textos)
    6. Como una historia de terror, de Jon Bilbao (Salto de Página)
    7. Cuatro veces fuego, de Lara Moreno (Tropo)
    8. Cuentos del jíbaro, de Juan Gracia Armendáriz (Demipage)
    9. Cuentos premonitorios, de Cristof Polo (Alfama)
    10. Descortesía del suicida, de Carlos Vitale (Candaya)
    11. El androide y las quimeras, de Ignacio Padilla (Páginas de Espuma)
    12. El boxeador polaco, de Eduardo Halfon (Pre-textos)
    13. El deseo de ser alguien en la vida, de Fernando Cañero (Universidad Complutense de Madrid)
    14. El experimiento Wolberg, de Manuel Moyano (Menoscuarto)
    15. El fumador y otros relatos, de Marcelo Lillo (Caballo de Troya)
    16. El juego del diábolo, de Juan Pedro Aparicio (Páginas de Espuma)
    17. El pensamiento mudo de los peces, de Lola López Mondéjar (Páginas de Espuma)
    18. El perfume del cardamomo, de Andrés Ibáñez (Impedimenta)
    19. El sapo es un príncipe. Y viceversa, de José Ovejero (Funambulista)
    20. El trabajo os hará libres, de Espido Freire (Páginas de Espuma)
    21. Formas del relámpago, de Jordi Macarulla Tarrés (Baile del Sol)
    22. Historia de las despedidas, de Pedro Sorela (Alianza)
    23. Ladrón de mapas, de Eduardo Lago (Destino)
    24. La fe ciega, de Gustavo Nielsen (Páginas de Espuma)
    25. La fuerza de la gravedad, de Francesc Serés (Alpha Decay)
    26. La marca de Creta, de Óscar Esquivias (Ediciones del Viento)
    27. La merienda de las niñas, de Cristina García Morales (Cuadernos del Vigía)
    28. La ruta de Waterloo, de Adolfo García Ortega (Menoscuarto)
    29. Las puertas de lo posible, de José María Merino (Páginas de Espuma)
    30. Los cuatrocientos golpes, de Federico Fuertes (Ed. de Aquí)
    31. Los cuentos de amor ya no se llevan, de Isabel Cañelles (Fundación Colegio del Rey)
    32. Los enfermos erróneos, de Sonia Hernández (La otra orilla)
    33. Los objetos nos llaman, Juan José Millás (Seix Barral)
    34. Oficios, de Juan Carlos Márquez (Castalia)
    35. Manderley en venta, de Patricia Esteban Erlés (Tropo)
    36. Mil cretinos, de Quim Monzó (Anagrama)
    37. Monstruos cotidianos, de Cristina Gálvez (Traspiés)
    38. Mucha suerte, de Antonio Báez (Narradores)
    39. Mundo S.A., de Pablo del Barco (Menoscuarto)
    40. Norteamérica profunda, de Juan Carlos Márquez (Diputación de Badajoz)
    41. Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens)
    42. Propuesta imposible, de Javier Sáez de Ibarra (Páginas de Espuma)
    43. Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando (J de J)
    44. Sólo de lo perdido, de Carlos Castán (Destino)
    45. Todos los cuentos, el cuento, de Pepa Merlo (Diputación de Cádiz)
    46. Un mortal sin pirueta, de Ernesto Calabuig (Menoscuarto)
    47. Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem (Ed. Escalera)
    48. Otro (especificar)

    16/2/09

    Convocatoria del VI Premio de Relato mínimo Diomedea.

    El próximo lunes 23 de febrero, como siempre a las 14 horas (en zona GMT +1.00), se dará a conocer en esta bitácora el fallo del jurado del V Premio de Relato mínimo Diomedea. Y a lo largo de esta semana publicaré la cuarta entrada de la serie El cuento de 2008, dedicada al libro de relatos Como una historia de terror, de Jon Bilbao (Salto de Página, 2008). Por otro lado, voy a establecer un enlace permanente a la entrada anterior en la barra lateral de esta página, para que quien desee participar en nuestra tertulia sobre el cuento, o quien prefiera sentarse a escuchar, pueda seguir haciéndolo.




    Bases del VI Premio de Relato mínimo Diomedea:


    1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 16 de febrero de 2009, queda abierta la convocatoria para el VI Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y GANADORES de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, con nuevos trabajos, en todo caso.

    2. Los relatos se presentarán en castellano, y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

    3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras, ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

    4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el VI Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

    5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas[1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 13 de abril de 2009. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el VII Premio de Relato mínimo Diomedea.

    6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos, editores, escritores y profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 20 de abril de 2009, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos, y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos, y obliga a indicar autoría y fuente.

    7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados[2].

    8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner ―que le será facilitado por el administrador―, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «VI Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

    9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial[3].

    10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

    [1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
    [2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
    [3] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
    Premiados en anteriores convocatorias:

    I Premio de Relato mínimo Diomedea
    II Premio de Relato mínimo Diomedea
    III Premio de Relato mínimo Diomedea
    IV Premio de Relato mínimo Diomedea

    2/2/09

    Revista Vulture y breves.

    En el número 58 de la revista Vulture, de este mes de febrero, aparece publicado un extracto de la entrevista que Rubén A. Arribas me realizó para la sección fija Pequeñas independencias, por mi labor como uno de los editores de Gens.

    No tardará mucho en aparecer el texto de la entrevista en Aviones desplumados, la página que lleva adelante Rubén, pero, de momento, en este enlace puedes consultar la edición virtual del artículo, y en este otro enlace puedes descargarte el PDF (todavía no está actualizado y aparece la revista n.º 57, de enero) o hacerte una idea de su apariencia en papel, si avanzas en pantalla hasta la página 27. La edición en papel de la revista Vulture se distribuye de manera gratuita, y con una tirada de 20.000 ejemplares, en algunos locales y centros culturales de Barcelona, Bilbao, Madrid y Valencia.

    *

    Todavía tenéis tiempo hasta el 16 de febrero para participar en el V Premio de relatos mínimos Diomedea. Ha habido algunos problemas logísticos con el envío de libros y la recepción de originales, pero ya está todo solventado.

    En breve publicaré en esta bitácora, dentro de la serie El cuento de 2008, las reseñas, derivas o devoluciones de otros libros de cuentos que llamaron mi atención en el pasado año. Los siguientes en la lista serán Como una historia de terror, de Jon Bilbao y Mil cretinos, de Quim Monzó. También he preparado una reseña de El gran sueño del paraíso, de Sam Shepard, que aparecerá en unos días en una conocida bitácora colectiva dedicada al cuento.