Bitácora de Sergi Bellver: enero 2009

26/1/09

A cuento de Babelia.

Como muchos de vosotros sabréis a estas alturas, en el suplemento Babelia del diario EL PAÍS del sábado 24 de enero apareció publicado un especial dedicado al relato que, por varios motivos y nunca mejor dicho, viene a cuento hoy en este espacio. También supongo que todo el mundo ―incluido algún astronauta a la deriva en la periferia del sistema solar― estará al tanto ya del bicentenario de Edgar Allan Poe ―a mí, de momento, la efeméride no me hastía, como sí me sucedió un poco con El Quijote, tal vez porque aquello lo asumí como una herencia común y a los cuentos del bostoniano les tengo un afecto especial―, y quienes visitan esta página con cierta frecuencia tendrían noticia de aquella celebración de la que unos cuantos pudimos disfrutar el pasado sábado 17 en la librería Tres rosas amarillas, con la complicidad de la Escuela de Escritores de Madrid y al hilo de la publicación de los cuentos completos ―y comentados― de Poe por parte de la editorial Páginas de Espuma. Los responsables de Babelia subtitulan su especial con el inexacto pero oportuno «El bicentenario de Poe coincide con el resurgir del relato español» ―inexacto porque creo que llevamos como mínimo cuatro o cinco años de auge en el cuento; al menos en lo que a creación se refiere, que el meollo editorial es otra cosa―, e imagino que tendrían cerradas desde mucho antes las colaboraciones, entrevistas y demás, pero no deja de ser curioso que aquella especie de corriente de energía que rebrotó como un conjuro en Tres rosas amarillas haya tenido un eco tan cercano y que además haya resonado con semejante difusión. Parece que el corazón delator de Poe ha seguido latiendo con fuerza bajo las tablas del mundillo literario, para poner en evidencia unos cuantos olvidos y reconocer algún que otro mérito.

Extrañaba iniciativas como esta desde hacía mucho tiempo, pero sin mucha fe, porque no dejo de contemplar con cierto recelo todo lo que tenga que ver con los suplementos literarios o culturales. Que nadie haga cábalas, pues, porque mi escepticismo sigue en perfecto estado de revista y pienso que el cuento merecía no ahora, sino desde hace años, unos cuantos especiales en los medios, o por lo menos una presencia continua entre las reseñas que tantas veces se dedican a la novela ―los críticos también reciben libros de cuentos en su buzón, y es elección y responsabilidad suya no reseñarlos―. Pero si esa presencia ha tenido que venir así, ahora y de la mano de Poe, bienvenida sea. Creo que el marco adecuado para un estudio exhaustivo del cuento y sus variables podría estar en una revista de veras especializada ―yo, erre que erre― o en algún libro de ensayo o teoría literaria ―el crítico Fernando Valls, por ejemplo, ha publicado hace poco, y precisamente con Páginas de Espuma, el interesante Soplando vidrio―, por lo que tampoco hay que ponerse estupendos o hilar demasiado fino y pedirle a un suplemento de fin de semana ―siempre sometido a la inmediatez― una exégesis profunda y definitiva del tema, aunque varios detalles sí me sugieren que se podría haber sacado bastante más jugo a la oportunidad. Por eso mi lectura del Babelia del pasado sábado me deja un sabor agridulce. Me alegro, como muchos, de este especial, pero aunque mis reservas le puedan parecer «insustanciales» a alguien, al menos son honestas y las expongo aquí sin guardar demasiado la ropa, como de costumbre.

Alberto Manguel, en su «Elogio del cuento» se da un poco la razón a sí mismo cuando dice que «El cuento es quizás el más conservador de todos los géneros», algo en lo que no puedo estar de acuerdo, por mucho que se refiera a lo formal, ya que lo que están haciendo algunos autores en el cuento me parece hoy en día una referencia de lo que tiene el arte de vivo ―de búsqueda, al fin―, tal y como pintan las cosas en los tanatorios de la cultura; ¿acaso no están anquilosadas también las proposiciones formales de la novela o la poesía, salvo por esos otros autores ―pocos― de veras innovadores ―y digo de veras, no refritos presentados como mutaciones―? Conservadora, como mínimo, me parece esa noción del cuento, justo después de que el artículo haya transitado por las sendas habituales cada vez que se habla del tema: señoras, señores, parafraseando a Hipólito G. Navarro, uno empieza a estar ya hasta las narices del dinosaurio de Monterroso ―ya está dicho―. Bien es cierto que Manguel es un lector privilegiado y luego da una de cal y una de arena al decir que «[…] los cuentos siguen escribiéndose y, no lo dudo, leyéndose. Tal vez porque, en su clásica, modesta precisión, nos permiten concebir la insoportable complejidad del mundo como una íntima y breve epifanía», pero aunque tanto él como Fernando Savater ―en su línea, en el artículo «Los hijos de Poe» el filósofo aborda su figura como una suerte de educación sentimental del lector, lo que en el fondo no me desagrada del todo porque, como ya he comentado, no soy imparcial en ello― pueden ser firmas reputadas para el lector medio, no parecen desde luego las voces más autorizadas para establecer un diagnóstico o exponer un estudio sobre las diversas realidades y poéticas del cuento. Primero, porque no lo cultivan ni como autores ni como críticos, y segundo y sobre todo, porque con el mayor respeto del mundo ―el que les tengo como lectores, más que nada―, estoy seguro de que hay otras voces con mucho más criterio y bastante luz que arrojar sobre el tema. De todos modos, me hago cargo de cómo están las cosas, y si hay que echar mano de un flamante ganador del Planeta para que el cuento de una vez exista a ojos de los lectores ―de la mayoría de lectores, porque cierta minoría ya lo disfruta desde hace años―, la apuesta de Babelia me parece comprensible: la figura del preceptor que bendice un discurso ―o la ausencia de discurso, da lo mismo― ha de tener ciertos galones en la manga para que las masas se la tomen en serio. Otra cosa es que el cuento necesite o no una visibilidad a esos niveles, porque tal vez ese margen minoritario no le siente del todo mal en algunos casos. Hay discursos que son incompatibles con la corriente principal ―mainstream, para los modernos―, y eso es bueno para la higiene de la literatura, porque si una parte de ella no queda en la periferia la condenamos a toda a la uniformidad. Y no estoy hablando de la impostura de lo marginal como estética vacía, sino de aquellos cuentistas que trabajan de veras en otra línea, que compensan la balanza del libro-consumible con una deriva distinta ―o con una deriva a secas, que no es poco―.

Cuentistas son desde hace tiempo, y buenos, Cristina Fernández Cubas y José María Merino. En su artículo «Cuentos infinitos», Fernández Cubas atina más cuando dice que «Existen casi tantos cuentistas como maneras de afrontar un cuento», despojando al género de esa aureola de recetario unívoco con la que algunos escritores y críticos desubicados se acercan a la creación e interpretación de relatos breves. De lo que uno anda ya un tanto cansado es del manido tema de la militancia y el sectarismo. Lo dice al menos un tipo que edita, receta ―digo bien―, escribe y lee cuentos ―de autores a veces antagónicos, sin casarse con nadie ni hacer camarillas―, pero que piensa cultivar también como autor la novela o la literatura de viajes y que no tiene, por lo tanto, la impresión de militar en otra garita que en la de sus zapatos. Escribe Fernández Cubas ―aunque puntualice lo de «casos extremos»― que a veces cuentistas y lectores «[…] tienen la sensación de pertenecer a una secta, una singular hermandad de iniciados protegida por infatigables estudiosos que desenvainan la espada a la menor ocasión en defensa del género», para matizar después que el único ataque posible es el silencio o el ninguneo que casi todas las grandes editoriales le han dedicado al cuento y los medios a las editoriales pequeñas que sí apuestan por él ―así reinterpreto parte de su texto―. Es un misterio todavía el hecho de que sólo Anagrama, Tusquets y Pre-textos ―y Destino, y pocas más― se tomen en serio ―de vez en cuando― al relato. Las demás editoriales ―casi todas las grandes, insisto― siguen pensando que sólo la novela bien cebada de páginas vende, pero resulta incomprensible que, después de haberse demostrado el predicamento de los grandes cuentistas universales y de algunos noveles valiosos en el boca a oreja, esas editoriales no se hayan preocupado del género, no ya por una labor de difusión cultural ―algo que puede sonar a utópico-cándido pero que debiera estar en el código deontológico de las editoriales que se llaman a sí mismas «literarias»― sino por una simple cuestión económica ―utilizando su lógica―, ya que el mejor libro de cuentos de Cortázar, de Monzó o de Tizón vende más que la peor novela de no-me-hagan-ustedes-decir-quién. Me detengo un instante y sopeso: me temo, con gran pesar, que incluso esa novelaca infumable y circunspecta de seiscientas páginas puede llegar a vender más que un buen libro de cuentos. Sí, me temo que así es, por lo que veo todos los días en los vagones de metro, pero eso no va en contra de mi argumento, sino que pone de relieve los síntomas de una mala praxis editorial: se le ha dado demasiada cancha a esas novelas consumibles, perfectamente olvidables al poco tiempo, henchidas de actualidad y buenas maneras ―y cuando se cuela un libro de cuentos en ese lote para cubrir el expediente, suele pecar de lo mismo―. Se ha perdido la oportunidad de seguir educando a un buen público con buenas lecturas, y la experiencia me demuestra ―Babelia ha obviado el importante papel que tienen los talleres literarios en ese aspecto― que un lector formado sigue siendo un buen comprador de libros, si no mejor. Como es lógico, las finanzas de las grandes editoriales me importan lo mismo que la milagrosa aparición del rostro de Proust en un paquete de magdalenas de oferta, pero la perjudicada al final es la buena literatura, que sigue enterrada bajo demasiada morralla perecedera.

Así es complicado asentar las bases de una literatura de calidad, pero lo cierto es que, al final, todo buen texto termina por abrirse paso lentamente entre esos terrones de mediocridad, tenaz como una raíz que horada la atención de cada buen lector. De ese modo se conforma la verdadera tradición literaria, la que establece una ligazón casi genealógica ―que no generacional, por favor― entre unos autores y otros, en la intimidad encendida de la lectura y al margen de una tradición supuesta e impuesta por un canon con fecha de caducidad, elaborado a base de listas de ventas y expertos en mercadotecnia editorial. Por eso, en cierto modo, me resultó grato leer lo que escribe todo un maestro del cuento como José María Merino ―me hubiese encantado leer también a Medardo Fraile, si se lo hubieran propuesto― en su texto «La tradición española»: «En los últimos tiempos, por parte de los jóvenes cuentistas, que en España son cada vez mejores, no hay empacho en utilizar lo fantástico, que también en la Universidad se empieza a valorar como un elemento respetable». El comentario seguía el hilo de lo fantástico en escritores latinoamericanos, y por lo tanto no dejaba de frecuentar caminos ya de sobra conocidos, pero el simple hecho de que un autor con el oficio y la experiencia de Merino considere que algunos cuentistas jóvenes están haciendo un buen trabajo, ya manifiesta que la atención es recíproca y que la buena salud del cuento ―desde el punto de vista de la creación literaria, insisto― no es fruto reciente, sino una tendencia a la que asistimos desde hace varios años.

En esa buena salud también tienen bastante que ver varias editoriales independientes ―las «independientes» de veras son las más grandes, que hacen lo que les da la gana, y no las pequeñas, que hacen lo que pueden, pero ya nos entendemos―, que me imagino que habrán recibido el especial de Babelia con la misma mezcla de sorpresa, expectativa y desconfianza que he notado ya en unos cuantos autores con los que he podido conversar y también en varias bitácoras, otra de las piezas del engranaje que, de un tiempo a esta parte, se han ocupado de esa buena salud del cuento de una manera más franca y constante. Si algo confirman ―por exceso o por defecto― todos estos artículos de Babelia que hoy comento es lo que ya he dicho muchas veces en muchos foros: el trabajo, la dedicación, el criterio y la credibilidad de algunas de esas bitácoras literarias me ofrecen, como mínimo, las mismas garantías que cualquier suplemento cultural. Ante la ausencia casi total de libros de cuentos entre las reseñas que elaboran los críticos más conocidos y en los medios de mayor difusión, ese lector interesado en el género ha obtenido más información y ha participado en más debates en la red de bitácoras y revistas virtuales, con lo que tildar de militancia o sectarismo al mundo del cuento no tiene justificación ―salvo por algunos lloricas, facoceros, matapadres de tres al cuarto e imitadores de Mr. Scrooge, que de todo hay―, porque lo que en realidad está haciendo, hasta el día de hoy, es sobrevivir como buenamente puede en esos márgenes que le deja la corriente principal del Mercado. E insisto, eso tiene tantas lecturas negativas como positivas. Algunos editores con buen ojo ya se están dando cuenta de ello y permanecen atentos a lo que se cuece en estos espacios virtuales. Otros, bien enfrascados en el supuesto advenimiento del libro electrónico como panacea, bien fosilizados en su biblioteca y descreídos de las nuevas tecnologías, están dejando de lado y mirando por encima del hombro esta realidad ―ésta, la de las bitácoras y la crítica alternativa, la de los lectores activos que prefieren indagar a recibir― y desconectándose por lo tanto del presente, que es lo que día a día construye ese futuro que tanto rumian unos o reformula ese pasado en el que tanto porfían otros. Hay pasos que no pueden obviarse para andar este camino. Por suerte, existen editoriales que nos permiten confiar en una cadena de presentes, en un futuro todavía saludable para el cuento, bien recién llegadas ―o casi―, como Salto de Página, Tropo, Gens ―ninguna de ellas mencionada, por cierto, en esa lista de novedades literarias en español [*], en la que hay algunas ausencias clamorosas y que por lo tanto cuestiona la amplitud de la mirada que Babelia ha volcado sobre el cuento― o 451 editores, bien desde hace años, como Menoscuarto o Lengua de Trapo, o como Páginas de Espuma, que justo ahora cumple una década con Juan Casamayor al frente ―con esta bocaza que me caracteriza, he podido comunicarle en persona mis reservas ante ciertos títulos e iniciativas de su editorial, reservas en parte disipadas por Casamayor sin luz de gas y con argumentos, pero he sido más pudoroso o remilgado para reconocerle y agradecerle todo lo que Páginas de Espuma ha hecho por el cuento en España e Iberoamérica, regalándonos libros y autores que nos han abierto muchos caminos y nos han dado de beber cuando esto del cuento era un verdadero desierto―.

Con su reportaje «Regreso a casa», Winston Manrique Sabogal ―de quien no tenía noticia hasta el sábado por mi poca querencia a los suplementos, supongo― tienta varias lagunas sin llegar a hacer pie en el fondo del asunto, aunque hay que agradecerle algunos detalles, como reconocer el trabajo que las bitácoras literarias y algunas editoriales pequeñas ―aunque no profundice en ello como debiera― están haciendo para que el cuento sea, sobre todo, un material literario de calidad y una propuesta artística de calado. No obstante, difiero en algunos puntos de vista de ese reportaje ―y en parte de lo que dice también Cristina Fernández Cubas―, como la insistencia en lo de las facciones y el victimismo del cuento, o el hecho de que la celeridad o el formato supuestamente breve y fraccionado de la red favorezca al cuento como género en sí, cuando podemos encontrar relatos de los llamados de aliento medio entre los títulos más elogiados del último año ―Ignacio Ferrando o Jon Bilbao escriben textos de unas treinta páginas en algún caso―, o la lectura de muchos libros de cuentos no ocupa menos tiempo que el de una novela de paginación media-corta ―como la que se avecina de Ricardo Menéndez Salmón, por cierto, El corrector, que aún no he podido leer y que no sale muy bien parada en este mismo número de Babelia, donde Manuel Rodríguez Rivero le da estopa―. La alternativa que ofrece eso que se ha dado en llamar «blogosfera» no participa tanto del formato, como de la visibilidad que cobran algunos libros y, sobre todo, del diálogo fértil que se establece entre ciertos autores, lectores y críticos. Eso permite que la pulsión del cuento entre ellos sea distinta a la que tiene el Mercado, como sucede en otras artes ―en este sentido, resulta curioso el artículo de Babelia, fuera del tema que nos ocupa, en el que los artistas plásticos también establecen sus preferencias y dejan fuera a vacas sagradas y mediáticas como Tàpies o Antonio López, o rescatan a Barceló por los pelos―. Es desde esa perspectiva implicada en el tema cuando se aprecia esa buena salud del cuento como detonador cultural, y no por una simple cuestión de plazos y espacios.

Se le agradece también a Sabogal, sin embargo, que empiece la batería de opiniones prestadas con Juan Eduardo Zúñiga, todo un referente que a menudo es olvidado por muchos, y que haya contado para la ocasión no sólo con autores, sino también con críticos y libreros, partes importantes del asunto. En una de las intervenciones más lúcidas, el escritor Miguel Ángel Muñoz demuestra, no ya un escepticismo saludable, sino una percepción atinada de la realidad del cuento en España, y por eso, para que «libros de cuentos muy valiosos» dejen de ser «completamente despreciados por los medios de comunicación convencionales», hace falta algo más que un especial de sábado a cuento de Poe. Del mismo modo que «Un cuento requiere un esfuerzo continuo, estar más atento, ser cómplice e involucrarse más en la historia», como bien dice Hipólito G. Navarro, para que este especial de Babelia no quede en flor de un día es necesario que todas las partes se involucren, que poco a poco comencemos a leer reseñas serias de libros de cuentos de editoriales grandes y pequeñas en los medios; que los críticos no aparten ciertos sobres de su mesa y de una vez consideren a la novela y al cuento como lo que son: arte narrativo por igual; que algunos editores sepan mantener cierta complicidad con los autores a la hora de apostar por su trabajo en textos breves, sin demandarles por sistema novelas para tomárselos en serio, como señala de manera gráfica el escritor Pedro Ugarte en el reportaje, o, reciclando un poco las palabras de la aragonesa Patricia Esteban Erlés, sin que los cuentistas tengan la sensación de que le hablan a las paredes cuando defienden ese trabajo ante un editor. Y se haría necesario, sobre todo, que los distribuidores hicieran un esfuerzo continuo, dejaran de pedir apellidos y credenciales para poner un libro en el circuito y estuvieran más atentos al hecho literario, porque el boca a oreja, cuando el texto es de calidad, garantiza una larga vida a ese libro.

Ha sido grato encontrarse, por una vez, con el cuento como protagonista en un suplemento con una tirada de más de dos millones de ejemplares como Babelia, pero ahora hace falta que nadie descuide a esos lectores fieles y entendidos que menciona el editor de Tusquets, Juan Cerezo, y esto sea el inicio de algo, o los que editamos, recetamos ―a pacientes y alumnos―, escribimos y leemos cuentos tendremos que regresar a nuestro sucedáneo de «militancia», que no obedece a otra cosa que a la tibia y ocasional impotencia de quien defiende aquello en lo que cree, aquello que ama. Ojalá cambien las cosas y, no ya el cuento en particular, sino la buena y nueva literatura en general, tengan su espacio, pero si no fuera así, algunos de nosotros seguiremos con nuestro trabajo, como siempre, cada uno desde su terreno, porque en esto nos mueve el deseo y nada más.

Finalmente, para ser sincero, he de reconocer sin ambages que me ha hecho ilusión ver a esta bitácora en ese especial de Babelia, entre las «Páginas digitales con especial atención al cuento», porque lo interpreto como cierto reconocimiento a mi trabajo, y sobre todo porque me alegra compartir mención con algunas de esas bitácoras que ―camaradería o amistad aparte― llevan mucho tiempo dedicándole «especiales» al cuento, todos los días, desinteresadamente, y de las que nunca dejo de aprender. Bitácoras como El síndrome Chéjov de Miguel Ángel Muñoz (le pusieron mal el enlace al bueno de M. A.), La nave de los locos de Fernando Valls, Relataduras de Juan Carlos Márquez o El tacto de un billete falso de Pepe Cervera, entre otras (la lista completa aparece al final del artículo de Sabogal, y no hubiera estado de más añadir alguna dirección más, de bitácoras que ya conocemos casi todos, aunque entiendo que en prensa el espacio es oro).

Ahora queda abierta la veda de los comentarios para debatir o aportar otros puntos de vista, pero terminemos con un pequeño juego, si os parece. En el especial de Babelia también incluyeron una relación de cuentos imprescindibles ―esas cosas que suelen hacerse en estas ocasiones―, a partir de los que proponían los entrevistados. Se repiten grandísimos cuentos como «El nadador» de Cheever, «Continuidad de los parques» de Cortázar o «La dama del perrito» de Chéjov. Podéis consultar el enlace de esos «Relatos universales que no hay que perderse», pero aquí van mis favoritos:

«Casa tomada», de Julio Cortázar; «Catedral», de Raymond Carver; «Enemigos», de Antón Chéjov y «Un día perfecto para el pez plátano», de J. D. Salinger.

En fin, ¿y los vuestros?


[* Hablando de novedades literarias en español, os invito a seguir mencionando vuestros libros de cuentos favoritos editados en España en 2008, en la encuesta en curso de esta bitácora. Se pueden seleccionar varios a la vez, pero sólo se admite un voto por IP, de modo que no se puede repetir, aunque sí rectificar. No es una competición ni nada que se le parezca, tan sólo me apetece conocer la recepción de esos libros entre los lectores. Se aceptan comentarios, por supuesto, y en ningún sitio mejor que en esta misma entrada.]

17/1/09

El cuento de 2008 (III):
Podríamos, nosotros.



Título: Nosotros, todos nosotros
Autor: Víctor García Antón
Prólogo: Medardo Fraile
Edita: Gens ediciones
ISBN: 9788493561864



Y aunque todas las mierdas se pareciesen (lo que es inexacto) no importaría nada, siempre va bien cambiar de mierda, ir un poco más lejos en la mierda, de vez en cuando, mariposear, en fin, como si fuéramos efímeros.

SAMUEL BECKETT, Molloy


Lo sabemos. Somos conscientes de que hay libros densos y eficientes que recuerdan a torres de oficinas en construcción. Por los intersticios de las escaleras, entre las plantas diáfanas abiertas al tajo de las avenidas, sopla un viento frío y rentable, un aliento de lápida y cigarra que lame el cemento, todavía crudo. Es la clase de libros que se vende bien, lo vemos con claridad, libros deshabitados que se contratan sobre plano y producen beneficios aún antes de albergar vida. Luego ―nos preguntan―, ¿para qué esa vida, si a lo peor nos contagia cualquier cosa? Para qué cambiar nada, si el esqueleto de hormigón ya sostiene lo demás. Las ciudades, los gobiernos, las carreras, el prestigio, la sensatez, los geranios perfectos en nuestro balconcito y cualquier otra clase de hipoteca o patrimonio, toda esa mierda que no tolera llamarse a sí misma efímera se construye sobre esa clase de libros. Eso pensamos, aunque nos hayan dicho siempre que lo que esté al margen del edificio no puede ser otra cosa que suelo echado a perder, malas hierbas, solares improductivos, bagatelas que no interesan al burgués.

Pero nos resistimos. Y por eso decimos que hay, en alguna otra parte, libros breves y delicados como esos dientes de león que flotan sin rumbo, libros para posarse en cualquier claro a montar un campamento, para fundar una horda de nómadas y armar carabelas con las que descubrir nuevos territorios, utopías litorales, como cuando había bosques. Tendría que haber más libros de esa otra orilla, libros como juncos, flexibles y fuertes, que sirvieran para silbar o escanciar agua fresca. Porque nos hemos encontrado con ellos, sí, lo decimos: hay libros afilados como hojas de afeitar con los que un hombre se corta el labio por la mañana y que le tienen el resto del día lamiéndose la herida, dejando perdidas las camisetas, vigilando los besos que recibe. Nosotros, todos nosotros pertenece a toda esa estirpe de libros incómodos, agridulces y deliciosamente improductivos[1] que navegan a contracorriente desde su botadura. El linaje de sus cuentos es mestizo, de mala hierba, de bosque ocupado, de sangre en el filo. Su literatura no produce, no se enmarca en el tiempo formulado como inversión a recuperar. Este libro no dice «nosotros» como tema del que extraer historias, sino que nos hace aparecer a todos y cada uno de nosotros como territorio inexplorado, como voluntad incierta, como insatisfacción inevitable, en un discurso que articula en cada cuento una verdad sospechada, callada tras la palma de la mano, como un secreto que sabemos compartido: nosotros podríamos cambiar el rumbo, volver a ser en verdad nosotros.

Un libro como este merece por nuestra parte una deriva desnuda y ensangrentada, merece el sabor a hierro en la lengua y muchas camisetas sucias, merece sobre todo que desarrollemos una noción exacta de la mierda, una asunción honesta de nuestra mierda y de la calidad efímera de todo lo que nos hace humanos. Nuestra cobardía, nuestra incertidumbre, nuestra finitud y nuestra maravillosa capacidad de desear socavan esa impostura conformista de lo que la vida parece, de lo que los planos del gueto dicen que «debe ser» la vida, de lo que los peritos titulados certifican que la vida «es», pero si algo consigue la lectura de Nosotros, todos nosotros es poner en tela de juicio cualquiera de esas certezas, apuntaladas en nuestra percepción a base de renuncias y rendiciones dirigidas. Creemos sin dudarlo que este libro es afilado y mala hierba, porque no nos ha dejado salir indemnes, porque nos infecta y nos recuerda que estamos vivos y que cualquier cosa podría salir mal, o incluso bien, y que no hay nada seguro porque sólo disponemos de un ahora sin cartografiar que todavía podemos redescubrir y hacer nuestro.

Sí, podríamos decir un montón de cosas ―la mierda de siempre―, hablar de esa determinación de hélice que tiene la escritura de García Antón, de la influencia de la prosa inclemente y ebria de Beckett o de Bernhard[2], de un compromiso que se parece al de Brecht o de una coherencia y una finura que nos recuerdan a las de Buzzati, todo con be de búsqueda, con be de bálsamo, con be de bello. Podríamos hablar de la apuesta rigurosa de este cuentista, que no se conforma con lo ya hecho y decide no repetir aquella voz deudora y sensible de Amor del bueno, que encuentra una senda propia en este nuevo libro, una senda lúcida en la que no hace concesiones a la galería, en la que recupera aquella hermosa dualidad del creador ensimismado en su trabajo y adicto al riesgo, con esa sonrisa obscena ―maravillosamente obscena― y amarga de quien todavía disfruta follando y sin embargo empieza a ser consciente de que un día la muerte se llevará por delante toda esta mierda efímera nuestra, el juego, la carne, las ganas, todo eso. Es un libro jodido y hermoso porque está escrito con miedo y audacia, con vergüenza y descaro, porque tiene tripas y porque los conocimientos del autor, ya bregado en la enseñanza y en la escritura, no lastran la naturaleza de esa criatura viva que se agita un paso por delante de la muerte en cada cuento.

Podríamos decir que el cuento que abre el libro y le da título es un cuento duro, cáustico y enmarañado, que el editor ha jugado fuerte colocando ese cuento al principio, y que tal vez «En lo alto de la higuera» o «La estela de las mujeres» no sólo hubieran dejado entrar al lector de manera más suave en el libro, sino que hubieran establecido una suerte de puente desde Amor del bueno, un puente desde el que saltar a una orilla heredera, parricida y más elevada que la de ese primer libro. De todos modos, si el lector pasa la prueba de fuego de «Nosotros, todos nosotros», todo el bosque se abrirá para él. Nadie tendría derecho a recriminarnos nada si dijéramos que «El método Shomsky» es un relato ácido y necesariamente cabreado, divertido y cascarrabias, por encima de la media nacional de tibieza en los cuentistas españoles del presente. Nadie en absoluto podría tosernos si dijéramos en voz alta que «La estela de las mujeres» es un cuento bello y generoso, que cuenta más de lo que dice y lo hace además por fuera del tópico, con una verdad más íntima de la que estamos acostumbrados a recibir en esos infumables cuentos de amor que nos arrojan los furgones del reparto en cada esquina, a toda velocidad, para cumplir el horario. Ese cuento va despacio ―a pedales― y sigue la estela de un escritor grande, cada vez más grande en su sencillez. No nos tomaríamos a nadie en serio si viniera a ponerle pegas a «Un tigre de Bengala» o a «El gobierno del solar», dos relatos que ajustan cuentas con muchas cosas, dos relatos casi marxistas y cándidos, si la candidez fuera una nueva forma de tristeza o de rabia, una esperanza insobornable pero exhausta en el género humano. Quizá el autor no esté completamente de acuerdo con esto, pero es que ese libro ya no es suyo, no, este libro es nuestro, completamente nuestro. Por eso, sí, podríamos decir muchas cosas, decir por ejemplo que «En lo alto de la higuera» es un cuento delicioso, un sirope doble de identidad y ternura, una especie de Italo Calvino vareado y recogido para la almazara por el mejor Hipólito G. Navarro, la promesa de un aceite virgen que dejará un buen sabor de boca pasado el tiempo, una vez reposada la lectura. Por supuesto, podríamos, tendríamos todo el derecho del mundo a decir que «Cinco estaciones» es, sencillamente, el advenimiento de una escritura ya madura e inconfundible, un cuento emocionante y trabajado que nos devuelve la fe en el arte y oficio de la palabra y nos recuerda que todavía es posible darse de bruces con la verdadera literatura a estas alturas de la partida. Podríamos robar las palabras del prólogo de Medardo Fraile y comulgar con ese suspiro virilmente llorado que también nos parece el texto «Últimas palabras a mi padre». Podríamos, en definitiva, afirmar sin ambages que Nosotros, todos nosotros es el mejor libro de relatos que hemos leído en todo el 2008, uno de los libros de cuentos que mejor nos ha leído en años, y que dentro de mucho, mucho tiempo, seguirá teniendo, al margen de hipotecas y patrimonios inertes, una larga vida entre cierta horda minúscula y nómada de lectores.

Podríamos.

Pero lo único que de veras nos apetece hacer ahora es salir corriendo, huir de la sombra de esos cementerios verticales de hormigón que asolan el perfil de la ciudad-libro, alejarnos de toda esa jauría de peritos y cigarras, dar pedales hasta algún bosque y empuñar este libro afilado para rajarnos bien la boca y saborear la herida sin tener que vigilar el beso de todas las cosas. Y después, al recordar otra vez que estamos vivos, mariposear, mariposear siempre como dientes de león, cambiar de mierda y seguir follando y silbando en cualquier claro, en la otra orilla, cada vez más lejos de la muerte. Ahora eso, si nos disculpan, es lo que nosotros deseamos en realidad.

*

Sobre la edición:

Las tripas de este libro, y ahora nos referimos a las otras, a las de papel ahuesado, son de una pulcritud intachable. Los tipos Garamond, la composición tradicional y una cuidada maquetación hacen cómoda la lectura. Como únicos inconvenientes, tal vez, si es que llegan a serlo, podríamos señalar el escaso margen interior de la caja de texto y la cantidad de líneas por página, treinta y dos, que dan cierta sensación de estrechez general, aunque las dimensiones del libro van en esa línea y siguen una proporción casi áurea.
En cuanto a las cubiertas, la elección del negro acharolado ―al estilo Tusquets― suele ser arriesgada, por las consabidas huellas y rayaduras, y porque como cualquiera que haya leído un poco sobre teoría del color sabrá, la densidad del negro otorga siempre cierta severidad a las imágenes de cubierta, que en el ojo suelen gravitar hacia lo oscuro, elijan el diseño que elijan. La composición fotográfica en el caso de este título, obra del fotógrafo y escritor Julio Jurado, salva la cara, consigue cierto equilibrio cromático con la tipografía y se sale de la tónica habitual de ilustraciones de esta colección de narrativa ―con una apariencia muy distinta a la de la colección de poesía en la misma editorial, mucho más sobria y elegante―, que cosecha tantos detractores como defensores, por su peculiar estética.

Hablamos por lo tanto de un diseño muy cuidado para el texto ―lo esencial― pero mejorable en el aspecto gráfico, con lo que el contenido ha de asomar la cabeza contra el continente, en vez de verse reforzado y en armonía con él ―para eso debieran servir las cubiertas de un libro, sobre todo―. La que nos ocupa no es la primera editorial independiente seria que trabaja con Publidisa, pero tal vez sí sea pionera en ponerse al día y reformular el concepto de tirada para poder apostar por textos valientes y por autores noveles ―una asignatura que demasiadas editoriales independientes y casi todas las distribuidoras suspenden―. En resumen, para tratarse de una impresión digital, un terreno en el que no hay demasiadas opciones para un diseñador audaz, y después de hacer la media, nuestra nota general para la edición es un aprobado.


Notas:
  1. En la edición del domingo 17 de agosto de 2008 del Diario de Teruel, Francisco J. Millán entrevistó a Víctor García Antón.
    «FJM: ¿Escribir relatos breves es un oficio?
    VGA: De la literatura no se vive, y mucho menos de un género minoritario como el relato. Sin embargo, creo que esa marginalidad, esa ausencia de rentabilidad tan contraria a los usos del capitalismo imperante es muy saludable para el cuento por muchas razones. [...] escribir, como enamorarse o perderse en un bosque, es una actividad absolutamente inútil, pura pérdida de tiempo. La escritura es de esas cosas bellas que uno hace por el deseo de hacerlas, por el deseo de compartirlas con otros. Y me parece que, hoy en día, aquel que busque obtener de la literatura un beneficio tiene todas las papeletas para convertirse en un escritor frustrado, o peor aún, en un afamado escritor.»

    Domingo, 17/8/08 (p. 24), Diario de Teruel

  2. El propio autor escribe en las dedicatorias finales del libro: «[…] a Thomas Bernhard y a Samuel Beckett, de quienes, no sin esfuerzo, he tratado de aprender y separarme.»

Enlaces relacionados:

  • Página del colectivo La llave de los campos
  • Entrevista al autor en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • El autor lee su cuento «Canasta» para Avión de papel, de David González Torres
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros por Emilia Lanzas en el n.º 97 de Luke, revista virtual de literatura y creación contemporánea
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros en Diagonal
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros por David González Torres en El hueco del viernes
  • Entrevista al autor en Avión de papel, por David González Torres, tras la publicación de Amor del bueno
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  • 15/1/09

    El corazón delator.

    Podría imaginar un coche de caballos que atravesara veloz un camposanto escocés, junto a una abadía en ruinas, o a una matrona con un ojo de cristal ascendiendo resuelta a alguna buhardilla de un brumoso suburbio londinense. Podría evocar una escena parecida para que hubiera venido al mundo este maestro, pero lo cierto es que Edgar Allan Poe nació el día 19 de enero de 1809 en la circunspecta Boston, y por eso, pasado mañana, sábado, unos cuantos admiradores celebraremos ese segundo centenario con sus cuentos como excusa. Poe fue cuentista, y antes periodista, y aún antes y siempre, poeta. Mantuvo durante toda su vida el sueño inconcluso de publicar un periódico propio ―la historia me suena― y en sus inicios aparcó la poesía a favor de la narrativa, a priori por una cuestión casi alimenticia. Sin embargo, sus mejores cuentos están transidos de una poética personal y agridulce, una sublimación lírica de lo extraño, que si bien nos ha dejado un legado impresionante en forma de narrativa, rescata y restaura la figura de Edgar Allan Poe como poeta en lo que todo buen poeta ha de reclamar de la palabra: ritmo, belleza y convulsión, así se entreveren en la prosa.

    Algunos críticos y autores, de un tiempo a esta parte, han adelgazado la sombra de Poe sobre la literatura contemporánea, y si bien es cierto que, para muchos, sus ideas no tuvieron la hondura de las de Thomas Mann, ni sus mecanismos tocan los mismos resortes que activa la obra de Franz Kafka, ni habita en sus cuentos la potente carga simbólica de la poética de Baudelaire o la limpieza técnica de Maupassant, ni sus personajes muestran la misma contradictoria y cierta humanidad que los de Cortázar, ni su imaginación, aun febril, llega a los niveles portentosos de Julio Verne, no es menos verdad que Poe influyó en todos estos escritores, y en muchos más ―tan dispares como Auden y Conan Doyle―, de un modo decisivo e inapelable. Es bien conocida la adoración de Baudelaire y Cortázar por la obra del bostoniano, y no en vano uno y otro se convirtieron en los mejores traductores de su trabajo al francés y al castellano. En poesía, también Mallarmé o Valéry se declararon en deuda con Poe, y en literatura fantástica o de ciencia-ficción ―con todo el vasto territorio que estos apelativos puedan invocar― Lovecraft, Wells o el mismo Verne tuvieron en Poe a un padre artístico. Es innegable pues el frescor y la fecundidad de esa sombra sobre buena parte de la literatura posterior, tanto en la anglosajona como en la latinoamericana y la francesa, y así como Poe recibió un legado cierto de los poetas románticos ―Byron, Shelley o Keats―, dejó tras de sí una serie de estelas y derivas, recogidas por los precursores franceses del surrealismo, absorbidas por los grandes cuentistas latinoamericanos ―Cortázar, Quiroga o el propio Borges― y navegables en todo caso por lectores que, desde el siglo XIX, han disfrutado y seguirán disfrutando de sus cuentos, sobre todo de sus cuentos.

    Edgar Allan Poe supuso una de mis primeras lecturas serias de adolescencia ―disfrutadas con ese pálpito afiebrado del descubrimiento, es decir, muy, muy serias―, y no concibo aquellos años sin el tejado de la iglesia al otro lado de mi ventana ni sus gaviotas como cuervos, sin los primeros discos de Iron Maiden, Led Zeppelin y Beethoven, sin aquellas tardes polares, arrojadas al dibujo con un inmenso mapamundi sobre mi cabeza, encerradas en el iglú de luz de un flexo, bajo el que me escondía de los otros libros, los marciales, y sin los cuentos de Poe o aquellas ediciones serigrafiadas del mejor Nietzsche o de la Historia del tiempo de Hawking. «La caída de la casa Usher», «Los crímenes de la calle Morgue», «El escarabajo de oro», o «Un descenso al Maelström» me señalaron ambientes, hitos y lugares en el mapa que antes eran leyendas en blanco en mi imaginación, y que en ese momento cobraban forma en un dibujo atormentado o en ensoñaciones viajeras de adolescente. Aquellas lecturas no iban a intervenir todavía en mi vocación, pues este ha sido un largo sueño del que sólo he despertado al cabo de muchos años, pero recuerdo ahora el único cuento al que poder llamar cuento, escrito con dieciséis años, en el que una prostituta del Raval ―Charlotte, cómo no― aprendía a golpes a moverse por ese submundo, ayudada por un transexual ―imagino que Almodóvar contaminaría algo con sus primeras películas― a reinar en el hampa de Barcelona, y obsesionada con un peculiar cliente, un marinero ―francés y pelirrojo, cómo no―, enamoradizo y perturbado, que acabaría por degollarla. Las copias impresas y encuadernadas en canutillo blanco de aquel cuento se perdieron ―cuando todavía no usábamos ordenadores ni siquiera disquetes―, regaladas a algunas chicas con afán de impresionarlas, supongo, pero de él recuerdo sobre todo tres cosas: la cara de estupefacción de mi profesora de literatura ― por el tema y por el tono, según me dijo―, la rara expresión de mi padre ―quien, como mi profesor de matemáticas, empezó a sospechar que lo de no estudiar ciencias, lo de o Bellas Artes o nada, iba en serio―, y una breve frase con la que presentaba las veinte páginas de mi relato: «Cualquier parecido con Edgar Allan Poe sería completamente intencionado». Tardé otros dieciséis años en volver a escribir un cuento. Ahora, tanto tiempo después, y ya con el dibujo en el baúl, como un boxeador retirado que de vez en cuando sube al desván a acariciar sus guantes, la escritura se ha convertido para mí en lo que siempre debió ser: un destino y un camino ineludibles, un Polo Sur y una aventura de las que ni Gordon Pym ni yo querremos escapar nunca. Ya no puedo engañarme a mí mismo, ni repetir la cantinela de antaño y decir que no tengo nada que contar, que no soy culpable del deseo de escribir, porque igual que le sucedió a Poe, que acabó sacrificando una supuesta comodidad rutinaria por la apuesta vital de la escritura ―la historia me suena―, bajo mis tablas late un corazón delator que me pone en evidencia ante los demás: escribo, bien o mal, eso ya no importa tanto, pero escribo sobre todo porque soy incapaz de dejarlo.

    Más allá de todo análisis crítico, pues, la figura de Poe ha sido siempre y seguirá siendo para mí un referente más que literario, una parte importante de mi equipaje sentimental, a la que pienso honrar con todo mi afecto el próximo sábado, en esa lectura continuada de sus cuentos a la que nos convocan la Escuela de Escritores de Madrid, la editorial Páginas de Espuma ―a propósito de su estupenda edición comentada de los cuentos completos de Poe― y sobre todo la librería Tres rosas amarillas ―consulta su página web para todos los detalles que avanzo en mi Agenda―, en la que espero ver a muchos de vosotros, sobre todo a los que residís en Madrid, tanto si os disfrazáis como si no.

    La obra gráfica es del pintor impresionista Edouard Manet, a propósito del texto poético El cuervo, de Edgar Allan Poe.

    10/1/09

    Telegrama

    Las navidades (parecía que no iban a acabar nunca) y un gripazo inclemente me han vapuleado a base de bien, con lo que he tenido la bitácora y el correo un tanto desatendidos. La semana que viene me pondré al día con todo, responderé comentarios, correos y demás; disculpen las molestias. [STOP] El próximo lunes día 12 comienza la tercera edición del curso intensivo virtual de Literatura de viajes en la Escuela de Escritores de Madrid. Todavía hay algunas plazas libres. Puedes obtener más información o inscribirte en este enlace. [STOP] Cada mes, la Escuela de Escritores entrevista a uno de sus profesores, para dar a conocer sus métodos, experiencia e impresiones. En esta ocasión me ha tocado a mí, y como era de esperar, me he explayado. Se puede acceder a la entrevista en este enlace. [STOP] Hablando de entrevistas, en breve se emitirá un reportaje que grabamos no hace mucho en la librería Tres rosas amarillas, donde dos autores de la editorial y un servidor (en calidad de editor, obvio) presentamos el proyecto de Gens. Será en el canal de TDT del Ayuntamiento de Madrid, es.MADRID.tv, y también a través de su página web. Ya avisaré con tiempo cuando sepa las fechas exactas de emisión. [STOP] En febrero, además, Rubén A. Arribas, que está haciendo un buen trabajo con las editoriales independientes, publicará una entrevista que me realizó para la revista Vulture. [STOP] Este nuevo año viene cargado de ideas, proyectos y deseos. Pero sobre todo, a Chéjov gracias, viene repleto de sorpresas y de trabajo. [NON STOP]