Bitácora de Sergi Bellver: ¿Qué cuento, mañana?

1/11/09

¿Qué cuento, mañana?

Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.

GEORGE ORWELL, 1984



Pienso en voz alta. Bajad el volumen o cambiad de canal si os apetece; es lo bueno de una bitácora: es gratis y con un clic ya estás fuera, ya estoy fuera. Pienso en voz alta. Hace tiempo que preparo varias antologías de relatos. Es mi manera de saciar un deseo casi febril de editar libros de calidad sin esperar a disponer de una editorial propia, una realidad que todavía tardará unos años en cobrar forma para poder abordar con garantías mi idea concreta de lo que puede llegar a ser la edición independiente. El pasado 20 de octubre, en la charla que ofrecí sobre este tema junto a Jordi Corominas en la biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona (el próximo día 11, miércoles, hablaré del relato contemporáneo en la Jaume Fuster), y entre otras muchas cuestiones más importantes, hice una fugaz referencia a una figura que podríamos definir como editor freelance, es decir, un editor que trabaja por su cuenta y riesgo en un proyecto concreto y lo presenta a un sello editorial ya establecido. Este editor libre sería, sobre todo, un productor de ideas y contenidos que luego trataría de contagiar, con todo el buen criterio y el entusiasmo de los que fuera capaz, a un posible editor final del libro. Es evidente que, por muy buena que sea la idea desde un punto de vista literario, por muy trabajados que estén los contenidos y por muy fuerte que empujara ese entusiasmo, la decisión del editor final siempre dependerá de otros condicionantes lógicos, como la rentabilidad comercial, la adecuación del proyecto a sus colecciones y los compromisos previos de su programa. Además, si se me apura, queda un componente subjetivo, nada desdeñable, que puede terminar de definir el sí o el no. Hay editores a quienes no les gustan las antologías o los cuentos, sin más, otros editores que se dejan guiar demasiado por las firmas y aún los hay que, simplemente, toman decisiones por otros motivos, a menudo extraliterarios. Así pues, cuando ese editor freelance presenta un proyecto ha de estar preparado para cualquier tipo de respuesta y aceptar que no basta con el criterio literario, que el mundo editorial no deja de ser un negocio en el que muchos editores comprometen su esfuerzo, su tiempo y su capital, y que en ese negocio no dejan de participar personas que toman decisiones, a veces equivocadas y a veces acertadas, bajo premisas que tal vez se le escapan al impulsor original de ese proyecto. A veces, más allá de la rentabilidad y del criterio literario, el deseo de un editor no coincide con el de otro y no hay más. Si, por ejemplo, el editor freelance está pensando en una antología de nuevos escritores egipcios y el editor final da una negativa por respuesta porque ha decidido publicar una antología de relatos sobre escarabajos peloteros subsaharianos, no hay que echarse las manos a la cabeza, sino seguir adelante y buscar otro editor, menos miope, más audaz o, simplemente, más interesado en la literatura egipcia que en la fauna del Alto Nilo.

De esas antologías que tengo entre manos, alguna es más que probable que termine durmiendo el sueño de los justos, porque su naturaleza implica un volumen de trabajo considerable y su publicación tendría un dudoso interés para la mayoría de editores desde el punto de vista comercial. Los autores noveles, a priori, no son un buen negocio. Sucede algo parecido con otro proyecto en el que me he embarcado hace unos meses y que coordino junto a otra persona, aunque en este caso hay algunos nombres conocidos en la lista y el tema de fondo es literariamente muy atractivo, pero de nuevo los editores parecen torcer el gesto cuando uno quiere apostar por escritores jóvenes.

Mis otros tres proyectos son, si cabe, todavía más ambiciosos (y hablo siempre desde una perspectiva literaria, y no sólo porque en estos las firmas sean ya de cierto peso específico en el mundo editorial, si nos ponemos a hablar su idioma). Una de estas tres antologías tiene una temática muy definida, aunque desborde las orillas de varios géneros literarios, y en estos momentos su borrador se encuentra en manos de unos editores de quienes valoro mucho su trayectoria, a la espera de una respuesta que me lleve a volcarme con ellos o a seguir llamando a otras puertas. Las otras dos antologías, que llevan más tiempo gestándose en mi cabeza, en unos cuantos folios de apuntes y en muchas horas de lectura y de estudio, tenían su espacio reservado para esa editorial futurible que todavía espero montar algún día. Sin embargo, se han cruzado en mi camino cuatro editoriales independientes que poseen el perfil perfecto para su publicación y he decidido ofrecerles mis ideas a estos sellos, dos de los cuales, por el momento, las han acogido con cierto entusiasmo y se han adelantado en mis preferencias, aunque fuera por mera complicidad. En fin, con un poco de suerte es posible que 2010 sea un año de muchas sorpresas y unas cuantas buenas noticias para el cuento, para los cuentistas, para este hiperactivo Bellver y, sobre todo, para los lectores.

Pero, ¿a santo de qué comento todo esto hoy, aquí y, sobre todo, así? Bien, el caso es que de todos estos proyectos voy a sacar un partido que no tiene nada que ver con lo económico. Por las condiciones que propongo y negocio con varias editoriales, mi remuneración será más bien testimonial, así que la satisfacción va por otros derroteros. Primero, como es lógico, un editor se hace editando y todo esto me aporta experiencia, algo de currículum, unos cuantos contactos y más ideas para el futuro. Segundo, y aunque también hay malos ratos, sinsabores y decepciones, me divierto muchísimo trabajando en todo esto, me apasiona saber que de alguna manera dará fruto un día y que un puñado de autores y yo habremos sido capaces de llevar a buen puerto este barco, aunque a veces naufraguemos. Pero, sobre todo, lo que saco de todos estos proyectos y de todo este caudal de ilusión tiene que ver con lo literario y me sigue formando como escritor, como lector y como crítico sui géneris. Gracias a las horas de lectura y selección de relatos inéditos y publicados, de revisión y estudio de textos críticos y teóricos previos, de un arduo trabajo de reflexión y escritura en los diferentes prólogos y del trato directo con escritores y editores de todo tipo, mi perspectiva sobre el cuento se amplía, mis conocimientos abarcan propuestas y experiencias que antaño me pasaron desapercibidas y mi noción de lo que es, puede ser y debería ser el relato contemporáneo va afianzándose en sus principios fundamentales pero va cobrando también nuevos matices y abriéndose a un cuestionamiento inevitable, que me devuelve a cierto punto de partida.

¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Qué derivas, qué inercias, qué caminos trillados y qué nuevos rumbos está tomando el cuento hoy en día? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? Ciñámonos, por tratar un marco asumible, a lo que se está publicando en los últimos años en España. ¿Qué títulos o qué autores están trabajando de veras una renovación del cuento? ¿Hay espacio para propuestas diferentes, aunque estas insistan en vías ya de sobra recorridas por la narrativa española reciente? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de afinidad y apetencia de los autores y lectores? ¿Todo lo que publican las editoriales obedece sólo a cuestiones de sus departamentos comerciales o todavía hay editores irreductibles que apuestan por la literatura a cualquier precio? ¿Existen de veras las editoriales independientes, independientes del mercado, quiero decir? ¿No es eso una quimera, un absurdo? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Se practica ese ejercicio de equilibrio? ¿La crítica mantiene su papel de preceptora autónoma o se ha rendido a la ley de la compensación y los vasos comunicantes? ¿Hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿Pueden o deben dedicarse a la crítica literaria aquellos autores que también participan o anhelan participar en el mercado editorial? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada, no viciada por otras aspiraciones? ¿Debiera especificarse un criterio universal como mínimo común divisor para señalar lo que tiene o no calidad literaria y lo que puede o no renovar los discursos del cuento? ¿A quién le corresponde esa tarea? ¿Y los autores, no debieran ser los primeros críticos de sí mismos, lejos de la autocomplacencia? Permitidme esta actitud tan poco asertiva, tan inquisitiva, pero no quiero sentar cátedra sobre un asunto que, desde luego, acepta múltiples miradas. Simplemente, me preocupa que el cuento no esté hoy lloviendo sobre mojado. El cuento, mañana, vendrá de estas lluvias, y depende de todas las partes (autores, editores, críticos y lectores) que los lodos no ahoguen la capacidad del relato breve para cuestionar lo real, su vocación de maravilla y estremecimiento, esa naturaleza que un buen día atrapó al lector y le hizo ver que la vida era posible entre palabras.

Se está escribiendo mucho cuento en España y, a veces, se está escribiendo incluso buen cuento, desde un punto de vista formal. Cuando se ha dicho, y lo hemos dicho muchos, que el cuento comienza a gozar de buena salud en este país, uno ha interpretado que ya va siendo hora de abandonar el discurso de la queja, que si el cuento no tiene más presencia en los medios tal vez sea porque los medios tradicionales están demasiado condicionados por las inercias habituales del mercado editorial, que al cuento no le hace falta parecerse a otra cosa, y que, si bien poco a poco va ganando su espacio, tal vez su hábitat natural sea siempre periférico, como, no nos engañemos, le sucede a menudo a toda buena literatura. Pretender ocupar el cauce principal con el cuento es nadar contra la corriente. Ahora bien, de un tiempo a esta parte observo con una tibia preocupación que esa buena salud del cuento español se está quedando en la superficie. Porque sí, se publican cada vez más libros de relatos, y algunos incluso ganan cierta visibilidad, a través de importantes premios, a veces en algunos medios y de vez en cuando en las mesas de las librerías. Pero he de retomar mis dudas, he de volver a preguntarme y a preguntaros en voz alta si no estamos desactivando entre todos el potencial socavador y vivo del cuento en aras de la literatura de entretenimiento, de las mismas estrategias de producción y consumo que algunos cuentistas dicen despreciar, del placebo para todos y ninguna herida por la que respire una literatura nueva.

No venga nadie a darme la palmadita en la espalda ni a hablarme de pureza o de partidas de ajedrez. Sé muy bien cómo funciona este mundo, conozco sus reglas y soy lo suficientemente humano (es decir, contradictorio) como para desear sacar adelante mis proyectos, ahora como editor, pronto como escritor. Pero, sobre todo como lector, y como lector de cuentos en particular, creo que estamos ante un momento clave y delicado, al menos en el ámbito hispano. Supongo que es lícita la voluntad de todo escritor (como la mía propia) de hacer carrera, de vivir de la escritura si los planetas se alinearan, de dedicarse a lo que a uno le gusta sin tener que prostituir demasiadas horas en cualquier otra actividad profesional. En fin, escribimos, y nos apetece que alguien lea un día nuestro trabajo y nos pase de vez en cuando la mano por el lomo. Somos humanos. No hay nada malo en todo ello. Ahora bien, esa buena salud del cuento podría asentarse en un estado mucho más profundo de las cosas, para que el diagnóstico asegurara un cuento vivo el día de mañana. De lo contrario, si todo lo que anotamos como saludable en el cuento tiene que ver con la cantidad de títulos publicados, con la incidencia de estos en los medios o con la omnipresencia de algunos cuentistas, el futuro del cuento incuba el virus del tedio.

Pienso en voz alta. Escribo a vuelapluma. Creo que cada vez más escribo para los lectores, y no para el gremio, no para los demás escritores, no por la aprobación de nadie. Este espacio es sólo un cuaderno, un balcón abierto, una tertulia por turnos. Demonios, sólo es una bitácora, pero me basta para cuestionarme todo esto, para preguntarme y preguntaros si de veras el cuento goza de buena salud desde un punto de vista literario y creativo. Porque no lo sé, de veras, ya no estoy seguro. Cuanto más leo, cuanto más investigo, cuanto más estudio, cuantos más talleres imparto (con todo lo bueno y lo malo que tiene la escritura en un taller), cuantos más libros nuevos de relatos llegan a mi buzón (y cuando no hablo de ellos, no significa sólo que no me gusten, pues no todos los que omito están mal escritos, pero me desconciertan y no sé cómo abordar su crítica sin cuestionarme el futuro del cuento, si es que esos libros se quieren hacer pasar como buenos o, peor aún, como nuevos), cuanto más leo, edito y escribo, más me pregunto qué caminos le quedan al cuento para no morir de demasiada buena salud, para no atascarse en estos lodos, para poder llover con fuerza otra vez sobre aquél lector al que un día maravilló y le hizo temblar, con las manos abiertas y heridas, como recibe un niño la vida.

Insisto. ¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Puede un libro formalmente bien escrito, como De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, aportar algo nuevo si en 2009 trabaja premisas y modos de los clásicos orientales, de Borges o de los románticos ingleses? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? ¿Nos hemos quedado en Tizón, Zapata, G. Navarro y Monzó como los últimos grandes bisontes blancos que hicieron algo de veras nuevo en el cuento? ¿Tiene sentido escribir Con la soga al cuello, de Flavia Company, si ya se ha hecho tantas veces antes y si la redacción austera y literal no se entiende como otra forma de exceso estético, de postura retórica, al fin? ¿Qué títulos o qué autores están trabajando entonces una renovación del cuento? ¿No son más viejas que el tebeo las propuestas de Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem, gran tipo, o de Materia prima, de Francesc Serés, tipo listo? ¿Acaso da igual que no pretendan la novedad? ¿No es el propio título de Quédate donde estás, de Miguel Ángel Muñoz, una broma involuntaria y toda una declaración de principios que inhabilita cualquier riesgo literario, como luego sucede en sus cuentos? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de subjetividad, afinidad y apetencia de autores y lectores? ¿Tienen el realismo castellano en La marca de Creta, de Oscar Esquivias o el neorrealismo generacional en Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari, su cuota fija de lectores, su nuevo público objetivo? ¿Lo saben las editoriales? ¿Quedan o no editores irreductibles que apuesten por la literatura a cualquier precio? ¿Qué es literatura de riesgo (y me cuestiono a mí mismo): la fría audacia conceptual de Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra; la demasiada perfección técnica de Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando; el trabajo demorado de Como una historia de terror, de Jon Bilbao; la sutil crueldad de La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; el chiste sostenido de España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki o la deriva estética de La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira? ¿Arriesgar qué? ¿Por qué se acepta desde hace años como bueno el cuento encajado con precisión de relojero, si el cuento es una criatura viva e impredecible, si después de desmontar y volver a montar su mecanismo siempre quedaría una pieza fuera, prodigiosamente inútil? ¿Por qué Calcedo o Merino tienen más predicamento que Panero? ¿Por qué no se aprecia hoy en día el valor de una grieta, de una fisura, de un espacio de penumbra en el cuento? ¿Por qué tantos editores sólo quieren cuentos narrativos, que se entiendan, claritos y con buena letra? ¿Rechazarían un original de Kafka o de Beckett en 2009, si fuera firmado por un novel que no entiende cómo funciona este mundo editorial? ¿Por qué ya nadie lee otras capas por debajo de la primera lectura, por qué ya no hay discurso latente más allá de lo explícito? ¿Por qué esta adoración de la forma, del becerro de oro, y tan poco espíritu de búsqueda? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Qué libro habrá vendido más ejemplares, después de todo, El trabajo os hará libres, de Espido Freire; Manderley en venta, de Patricia Esteban Erlés; Oficios, de Juan Carlos Márquez; El deseo de ser alguien en la vida, de Fernando Cañero; Submáquina, de Esther García Llovet; Carne, de Eider Rodríguez; Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón; Estancos del Chiado, de Fernando Clemot; Órbita, de Miguel Serrano Larraz; Los objetos nos llaman, de Juan José Millás…? ¿Significaría algo, realmente, que el peor libro fuera el más vendido y el mejor un desconocido, o todo lo contrario? ¿Después de todo, qué libros de cuentos, o qué relatos, siquiera, recordará la gente dentro de cinco o diez años? ¿No iba de eso, la literatura, de rasgar para perdurar?

En definitiva, la gran pregunta regresa: ¿hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿No estaba justo aquí, en las bitácoras, en las revistas digitales, en cualquier página en la que escribiera la gente por amor al arte y sin rendirle cuentas a nadie? ¿No nos vamos a cargar entre todos ese espacio alternativo bailándole el agua al mercado, a las editoriales en las que querremos publicar un día nuestros cuentecitos, a los autores que nos hacen un poco de caso, a los lectores que comulgan con ruedas de molino? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada? ¿Por qué parece siempre que en este país de letras hay que jugarse el tipo, el futuro y la agenda si uno quiere decir de veras lo que piensa? ¿Y qué dicen los lectores? ¿Qué dicen los lectores, qué piensan de todo esto, qué les pasa por la cabeza cuando tienen un libro en la mano, una reseña delante, un autor en la sala? ¿Lee la gente en realidad, y de la poca que lee, cuánta lee bien? ¿Quién educa al lector, si medios, editores y autores son parte interesada, si el lector es para ellos un cliente? ¿Y ese lector que lee mucho y lee bien, de veras lee cuento? ¿Le importa a alguien, todo esto? ¿Y si al final dan lo mismo la búsqueda o el arte y un escritor escribe porque es lo que cree que sabe hacer, y un editor edita porque es lo que quiere hacer, y juntos lo venden, y unos lo compran y otros no, y no hay más, y eso del compromiso literario es un camelo? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Qué será del cuento, mañana?

37 comentarios:

Esquirlo dijo...

Un experimento en bibliotecas públicas , institutos, cárceles , submarinos...nos daría pistas. Textos anónimos y a votar. Seguro que gana Poe.

Juan Carlos Márquez dijo...

1. El cuento y la poesía deben ser los talleres de experimentación de la literatura, un espacio sin limitaciones, donde no deben de tener cabida expresiones ridículas como "línea editorial" o "autor consagrado".
2. Un cuentista ha de ser un buscador zarandeado en cada proyecto por su incompetencia, un hombre a la deriva, no un relojero.
3. Un cuento tiene que llevar al lector al borde de la emoción, cuente o no cuente una historia, sea o no sea narrativo, tiene que ser un organismo vivo, latente, evocador, absurdo, no un mecanismo de relojería.
4. Una parte nada desdeñable de los libros de cuentos que se publican en España últimamente son objetos que semejan humanidad, autómatas, pero no están vivos. Son ficción, una representación de la realidad, del OTRO, en un sentido lacaniano. Artefactos narrativos. Escritura viejuna, que dirían los de Muchachada Nui, agarrapiñada, como dice un buen amigo y cuentista.
5. Es imposible (es mentira) que todos los libros de cuentos sean tan buenos como se refleja en los medios, ya sean tradicionales o posinternet. Se ha caído en el vicio mamporrero de no hacer diferencias entre unos libros y otros, cuando las hay y a menudo son abrumadoras.

LCS dijo...

A mí sí que me interesa lo que has escrito. Como siempre, me he leído el post entero.

Seguiré con atención tus proyectos.

Marta María López dijo...

Por desgracia, todo está sujeto al gusto del lector, y el gusto del lector está sujeto a lo que le meten por los ojos a través de la publicidad, y los que hacen esto de la publicidad creen muchas veces que el lector es un tanto simple y cuanto más mastida sea la literatura, mejor se la va a tragar. Llegamos así a las listas de ventas y podemos entender qué libros aparecen. ¿Me parece bien o mal? Mira, me da igual. En un mundo ideal ocurrirían las cosas de otra manera, pero el mundo no es ideal y lo asumo. Me basta con creer (y lo creo firmemente) que a base de insistir, los libros, con mayor o menor trabajo, salen a la luz. Los buenos, los malos y los regulares. Descubrir los libros que van a emocionarme, que van a dejarme con la sonrisa tonta en la boca, es todo un incentivo, aunque por el camino tropiece con alguno que no me gusta nada. Me rodeo, eso sí, de opiniones que respeto para tantear lo que compro. Esas opiniones me las pueden decir a viva voz o a través de los dos o tres blogs en cuyo criterio sinceramente confío.

En cuanto a lo de innovar: si volvemos la vista atrás, ¿cuántos autores, cuántas obras han sido verdaderamente innovadoras a lo largo de la Historia? Muy pocas, pero mientras tanto, decenas de autores han escrito obras maravillosas. Son pocos los llamados a innovar, a hacerlo de forma consistente y no hueca, de manera duradera y no fugaz, pocos los que torcerán los destinos de un género literario. ¿Y qué si estamos estancados durante un tiempo? Quizás sea una manera de consolidar lo que ya hay. Para mí, por ejemplo, De mecánica y alquimia está siendo una delicia, me está despertando las sensaciones maravillosas de aquellas primeras lecturas que marcaron la dirección de mis gustos futuros. ¿Qué sentido tiene? El sentido básico de la literatura, crear belleza, generar emoción, transportar al lector dentro del cuento y llevarlo agarrado de la solapa hasta el punto y final. Hacía mucho, mucho tiempo que unos relatos no me gustaban como lo están haciendo los de Rengel.

No digo que la forma no tenga importancia, claro que no, pero el contenido, lo que se cuenta, eso es lo que a mí me motiva también a comprar un libro.

Me pregunto cuántos grandes relatos se han muerto sin haber sido escritos porque su autor se planteó lo poco original de la temática, la forma... Pero si muchas veces el relato menos original del mundo muestra una imagen tan impactante que ya por eso el relato merece ser leído.

Un saludo, Sergi.

Marta María López dijo...

Y por cierto, es mucho más bonito este diseño del blog que el anterior. Más sencillo.

Fernando Clemot dijo...

El artículo es estupendo, extraordinario y abre una reflexión interesantísima, Sergi, lo enlazaré. Desde mi punto de vista hay un choque de estilos o tradiciones en el cuento, un poco lo que pasa en la novela de los últimos años ( la española-quizá Aldecoa-, hispanoamericana y norteamericana-Capote, Salinger...) No creo que haya que renunciar al lenguaje en pos de una narrativa tan sujeta, si es así acabaremos convirtiendo la literatura en imagen y imagen contra imagen gana el cine y la televisión. Quizá la solución sea una comunión de corrientes, que haya debate y pasión, que se mueva algo y creo que en esta pequeña" lucha" ganaremos todos.
Dejo una pequeña reflexión que hizo Manuel Fernández Cuesta (Península) en una entrevista. Decía que están desapareciendo las literatura "nacionales" y le preguntábamos por qué. Nos contestó que porque se ve el mismo tipo de programas de televisión en todos los rincones del planeta.
Quizá nos equivocamos de enemigo y es la imagen contra quien tenemos que luchar. Por pura supervivencia.

Miriam dijo...

Pues yo, como lectora, pienso que por mucho que la crítica interesada, como dices, las editoriales y los escritores me quieran vender un libro, al final lo que cuenta es precisamente lo que señalas: si dentro de unos años recordaré o no ese libro o esos cuentos, o esa novela, o ese poemario. El editor o el escritor ya habrán cobrado su libro, sea bueno o malo, si es que caí, pero lo único que permanecerá con el tiempo será la buena literatura.

Mientras tanto, todo lo demás no es tan importante, creo. Que cada uno haga lo que pueda y sepa. El tiempo, como digo, como dices, pondrá a cada uno en su sitio.

Como siempre, Bellver, con un par, sí señor. Por si te sirve de algo, a mí también me interesa y mucho lo que haces. Para mí tus reseñas y artículos son una referencia cuando pienso en acercarme a una librería a por otro libro de relatos, porque sé que te podrás equivocar o no, como todo el mundo, pero eres franco en lo que haces.
Sigue así. Seguro que te salen enemigos y detractores, para hacer lo que haces a veces hay que pagar un precio, pero no estás solo, porque también hay gente que necesita que alguien diga las cosas con valentía y criterio.

Anónimo dijo...

uy bueno, Sergi. Aunque ya podrías haber puesto tu entrada en fascículos, jejeje. No, en serio: me parece que tu entrada de blog está embarazada de por lo menos cuatro artículos diferentes. Y el título es tan bueno que más que título es una títula.

Sobre la primera parte, lo de la edición: ¿por qué siempre hablas (y en general habláis) de libros de relatos y nunca de revistas de relatos? Me da la impresión de que la revista es también un excelente soporte para el género, y a veces, en lugar de una antología en libro, queda mucho mejor una antología en revista, mucho más vistoso, más cercano a un mayor público, más fácil de distribuir (porque hay mil veces más quioscos que librerías). Mira esta noticia, sobre una revista francesa que se ha convertido en bestseller en poco tiempo: http://www.publico.es/televisionygente/265998/revista/papel/rompe/moldes/internet

Hay otros ejemplos, en Alemania la revista Literaturen (http://www.literaturen.de). En Chile también hay un par. Te llevo unos ejemplares la próxima vez que te vea en Madrid. ... Leer más

En fin, que a lo mejor también se debe debatir el soporte.

Sobre la última parte de tu entrada, el repaso que le das a los libros, qué pena no haber leído ni el 10% de los libros que hablas (motivos geotemporales), pero vamos, es interesante para hacerme la lista de compra de mi próximo viaje.

Un abrazo, y gracias, muchas gracias por el palizón que te has pegado para escribirnos esta conferencia.

Juan Carlos Márquez dijo...

Yo no creo que la imagen sea el problema, Fernando, me parece lógico e incluso deseable que el cine, la televisión, el cómic, los dibujos animados, Internet, los sms o la play-station influyan en la literatura, de la misma manera que influyó en su día la aparición del automóvil o de la rueda, si nos remontamos más. Lo curioso, que no problemático, es que en 2009existan escritores y lectores fascinados por la rueda. Creo que las preguntas que se hace Sergi son reflexiones sinceras, necesarias, no se trata de condenar o de salvar a nadie, al final todos son medios legítimos para contar o para contarse, y con el talento preciso pueden dar obras excelentes, pero se hace raro que mientras la escultura o la pintura han abierto nuevos caminos y hoy no se valora como antaño pintar bodegones ni esculpir bustos romanos, la narrativa siga apegada en cierta forma al pasado, es como si todo se moviera menos la literatura. Heidi ha evolucionado hasta Bob Esponja, Dallas hasta Cinco Hermanos, Hitchcock se ha asomado a Lynch. ¿Y los cuentos qué? ¿Serán los cuentos un nocambio, el único eslabón con lo ancestral, con la oralidad de la cueva? ¿Será que los niños de hoy ven Bob Sponja y sin embargo en los colegios siguen leyendo las Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer? ¿De dónde proviene esta anacronía? ¿Es buena, mala, regular, anecdótica? ¿Está el mundo literario formado por tribus que apenas se reconocen entre sí, como esas galaxias llenas de planetas?
Yo creo que no, creo que los cuentistas de este país nunca hemos tenido tantos amigos cuentistas, con independencia de las corrientes, que las hay y muy diversas, pero creo también que no debemos privar a los lectores ni privarnos nosotros de estos debates, que esto no puede quedarse en el petit comité de los cafés o la cenas, por eso hay que valorar estas posibilidades de intercambio que, de vez en cuando, nos brinda Sergi.

Fernando Valls dijo...

Me atrevería, como mucho, a explicar cómo es el cuento hoy, pero cómo será mañana y pasado mañana sólo lo saben los nocilleros, que son escritores y adivinos, por suerte para ellos. Qué duda cabe que los únicos cuentos del futuro serán los que ellos escriban.
Fernando, eso de que se han acabado las literaturas nacionales, lo diga quien lo diga, suena muy guay, pero me temo que hoy por hoy no es verdad, porque de ser cierto nos harían más caso fuera, cosa que no ocurre.
Si alguien se siente capaz de responder a todas las preguntas que se hace Sergi, debe ponerse a escribir un libro sobre la matería, porque será de sumo interés. Saludos.

Juan Carlos Márquez dijo...

El diseño: quita el sello viejuno del Exin castillos y pon uno más pop, de naranjito del mundial o argo. A ver si encuentro alguno chulo.

Juan Carlos Márquez dijo...

http://www.surferrosa.es/wp-content/images/sellos-dibujos-animados-mazingerz.jpg

Manuel Abacá dijo...

Hola, Sergi. Yo, que veo todo el artículo desde el punto de vista de un lector, no me hago tantas preguntas. Me pregunto qué me gusta de un cuento, y me respondo que tenga algo que me resulte creible. Si me pongo a pensar en los cuentos que más me han gustado, llego la mayoría de las veces a relacionar ese gusto con la oralidad, la misma oralidad que una nana con el resultado contrario, un texto poco monocorde, un texto que me despierte que quiera leer y releer, que me emocione.
Yo, si encuentro algo que defina al cuento que se publica hoy, no es el que pretenda romper una tradición (cosa que a veces -como seguir las tradicciones- parece más bien una excusa porque no se sabe cómo escribir sin ser lo más convencional) sino dos cosas:

1. Falta de sinceridad. La mayoría de las veces empiezo a leer un cuento y me suena a literatura.
2. Falta de trabajo, falta de lecturas, falta de conciencia con eso que Chéjov decía "no se necesita tanto ser un joven literato como un hombre" (o mujer). Eso sí: EGO, de sobra.

M.Eugenia dijo...

Ha sido un placer leerte.Con tu permiso te enlazo.
Saludos

FERNANDO CLEMOT dijo...

Hola a todos.
No tengo tanta confianza como Juan Carlos en que sepamos utilizar la tecnología y no nos afecte en la literatura y hasta en el lenguaje.Como alguien dijo llegó la tecnología pero no la sabiduría. Internet, los móviles y sus mensajes no son inventos al uso si no que implican nuevas formas de comunicación y es por eso que afectará de forma diferente que el coche o el microondas.
Hemos entrado en la era de la imagen y de la inmediatez ( aunque quizá la primera se pueda englobar en la segunda) Un ejemplo: se toleran las faltas de ortografía ( es mejor escribir rápido que bien) y no sé hasta qué punto las reducciones acabarán afectándonos a todos ( los ktal y las sonrisas con paréntesis)y reduciendo el vocabulario de forma sensible. Supongo que en unos años veremos algún efecto sorprendente.
Esta inmediatez creo que se ha filtrado también a la literatura ( y por ende al cuento) y resulta más sencillo e inmediato leer lo último de Fernández Mallo o Foster Wallace que leer a Aldecoa o a Hemingway y no te digo ya a Píndaro o Chaucer. Todo pasa a ser viejo con una celeridad de locura. No soy muy optimista, lo siento, la imagen, economía y el bestsellerismo nos cercan.
En cuanto a lo que comenta Fernando creo que no estamos en igualdad de condiciones con la literatura hegemónica ( anglosajona) que tiene algunos tics que tampoco me gustan nada.
Quizá la solución sea esa, que nos comuniquemos, que discutamos pero con atención a lo que tenenos delante.

Jon Bilbao dijo...

Me gustaría intervenir con unas palabras sobre el tema de la innovación. Creo que alguien que aspira a escribir bien no tiene la obligación de ser innovador. Tiene la obligación de ser personal. En algunos casos, esa personalidad resulta ser tan singular y poderosa –afectando al tratamiento de los temas, al aspecto formal o a ambas cosas– que los textos resultantes pueden recibir el calificativo de innovadores.

Pero esa personalidad, de la que a mi modo de ver surge la innovación, no es algo premeditado. No puedes sentarte a escribir teniendo en mente: «voy a hacer algo que nadie haya hecho nunca». Eso es echarse a la espalda una carga que no te dejará moverte. Y suponiendo que consigas escribir algo, lo más probable es que te haga sonrojar y que, seguro, sea algo que otro ya ha hecho con anterioridad.

Mary Shelley decía que a los escritores les gusta pensar que crean a partir de la nada, cuando en realidad crean a partir del caos. Estoy de acuerdo. Opino que escribir es tratar de poner un poco de orden en el caos que cada uno llevamos dentro. Para ello partimos de unas lecturas de referencia (algo que es más amplio que las influencias), de las técnicas propias de la escritura y de nuestra experiencia personal. Durante ese proceso de ordenación el escritor irá descubriendo unas inquietudes recurrentes, unas corrientes subterráneas, unos temas que se siente llamado a explorar una y otra vez. Y estas inquietudes/corrientes/temas no surgen de aquellas lecturas de referencia, sino del escritor mismo, de su caos personal. Todo esto se suma a lo aprendido en la lectura, dotándolo de un valor añadido. Para mí, ahí radica la diferencia entre un autor con personalidad y un emulador de tal o cual tradición.

Sin embargo, ese proceso durante el que la personalidad del escritor va cobrando forma, y del que surge la innovación, puede requerir bastante tiempo. Esos autores que señalas, Sergi, como los últimos innovadores de nuestra literatura (Navarro, Tizón, Monzó…) tienen unos cuantos libros a sus espaldas y desde su publicación ha pasado el tiempo necesario para que los apreciemos con la necesaria perspectiva. En cuanto a los que están (estamos) empezando, creo que es demasiado pronto para hacer algo más que conjeturar sobre su futuro. No debemos apresurarnos a ensalzar ni a descartar. Algunos que han irrumpido con aires de renovadores de la literatura se revelarán como bluffs. Otros, que se apoyan de forma más patente en formas de hacer del pasado, se revelarán como autores muy personales, y quizá incluso como innovadores. El dominio de las herramientas del oficio, la capacidad de contar bien una historia, el buen gusto y la erudición no jactanciosa son y serán siempre de agradecer, además de constituir la mejor base para ir más allá.

Juan Carlos Márquez dijo...

Sobre lo que comentan Jon y Fernando:
A mí no me gusta hablar de innovación porque eso no me parece un elemento relevante en lo literario, yo prefiero el término experimentación entendida como búsqueda, pero no como cambio externo, sino como búsqueda personal, del escritor, de minería de nosotros mismos, que dice Landero. Por eso, como escritor, me considero bipolar: los modelos clásicos me sirven para contar historias y, como no, procuro que se impregnen de mí, procuro reflejarme, pero cuando no quiero contar sino exclusivamente contarme, no tengo control, sólo puedo dejarme ir, no tengo otro remedio. No creo (ojalá no me equivoque) que ningún escritor tenga en mente innovar, porque eso es de majaderos, de egos desmesurados con poco apego a la tierra, pero sí creo que el mundo cambia y que lo que sirvió un tiempo puede seguir sirviendo para narrar "ficciones" pero no puede explicarnos como hombres ahora, hoy, en este mundo que ya no es el mismo. Vosotros, Jon y Fernando, como yo, sois autores contemporáneos en un sentido literario, no bebéis sólo de la trama, tenéis una poética, una búsqueda, a eso es a lo que yo llamo "experimentación", no quedarse quieto en la narración sistemática de ficciones, sino traspasar esa frontera. Menuda chapa que os estoy soltando.
Fernando, yo paso de la tecnología como deslumbramiento pasajero y motivo literario, me parece irrelevante, pero si que me interesa como motor de cambio, por ejemplo, si no existiera Internet seguramente no os habría conocido. Me diréis, antes había cartas, sí, vale, antes los escritores se enviaban cartas, las cartas siguen vigentes pero ahora, en cambio, no tenemos tiempo. Es lo mismo, sí y no. Un abrazo.

Manuel Abacá dijo...

Hola, a todos. Quería expresar mi conformidad con lo que apunta Jon Bilbao.

Un saludo.

FERNANDO CLEMOT dijo...

Suscribo lo que comenta Jon sobre personalidad por encima de innovación. Un abrazo.

Carlos F. dijo...

Me gustaría añadir algo al tema de la imagen porque es algo de lo que se habla mucho ahora. A lo mejor, de forma un poco vaga. No es el caso ni de Fernando ni de Juan Carlos. En primer lugar, estoy de acuerdo con Juan Carlos. No se puede obviar que vivimos sometidos a un continuo bombardeo de imágenes y que sería un poco esconder la cabeza como las avestruces fingir que no pasa nada, que las series de televisión que vemos después de cenar o los dibujos animados que ven nuestros chavales no existen. Escribiríamos cosas un poco fuera del mundo, como a veces pasa.
Uno, a veces, tiene la sensación de que hay miedo, mucho miedo, a hablar de televisión en literatura. Como si con decir la palabra mágica bastara para que el lector cerrara su libro de golpe y porrazo y agarrara el mando a distancia (o se conectara al Youtube). Yo no creo que la literatura lleve las de perder con la imagen (o sucedáneos). Es más, creo que tendríamos que huir de cualquier contraposición. Me daría mucho miedo un mundo en el que tengamos que elegir entre palabras e imágenes. Creo que pueden convivir bastante bien. Es más, también creo en el enriquecimiento mutuo.
Como ejemplo basta uno de mis libros preferidos: "La vida: instrucciones de uso", de Perec. Es magnífico porque las historias se narran como si fueran objetos dentro de cuadros inmóviles. Literatura de la buena, que no podría existir sin imágenes, sin simultaneidad. ¿Por qué no podemos usar las imágenes que nos rodean para contar historias? ¿Por qué no podemos contar historias como si fueran imágenes? ¿Narrar con la imagen quiere realmente decir claudicación o empobrecimiento? Yo creo que no. ¿Quién ha dicho que la guerra esté perdida, incluso que haya guerra? A lo mejor, por ahí pueden ir los tiros de esa comunión de corrientes de la que hablaba Fernando Clemot en su primera intervención.
Eso sí, hay que andarse con mucho ojo con la lectura que hacemos de estas “imágenes”. Últimamente, uno tiene la sensación de que hay tendencia a etiquetar las obras según los temas que tratan y no cómo los tratan. A muchos libros, que usan modos de narrar trasnochados, bien disfrazados a base de hábiles tijeretazos, les ponen echando leches la etiquetita de moderno porque en la página 15 aparece la palabra internet dos veces en la misma línea.
Por ahí sí que podría ir todo ese contrabando que nos están intentando vender como nueva literatura.
Ahora bien, disiento con Fernando Clemot sobre la supuesta cercanía de Fernández Mallo o Foster Wallace. Es mucho más sencillo leer a Aldecoa que a Foster Wallace (y los dos están entre mis cuentistas favoritos). De hecho, si nos salimos de madre, todos preferiremos al peor Galdós (que también me gusta mucho) que a Foster Wallace. A las cifras de venta de los folletines me remito. A vuestra experiencia como jurados de premios literarios me remito.
Tampoco entiendo esa contraposición entre los clásicos y Foster Wallace. De hecho, uno de los encantos que tiene es su condición de escritor puente, de escritor que te lleva a otros escritores. Me refiero a su magnífico ensayo sobre Dostoievski en “Hablemos de langostas”. También a todos los guiños literarios que hay en sus cuentos y que poco tienen que ver con el cansino “corta y pega” que nos quieren meter con calzador algunos supuestos innovadores.

Carlos F. dijo...

Otra puntualización que quiero hacer es sobre el tan traido y llevado empobrecimiento del lenguaje al que nos han condenado las nuevas tecnologías. Sinceramente, no creo que las abreviaturas y los emoticonos de los chats o de los SMS sean el futuro lenguaje de las actas notariales, el final de la escritura. Simplemente, me parecen una jerga (una lengua que sirve para identificarte como integrante de un grupo: los adolescentes.) que se utiliza en un contexto dado (la red, las paredes con pintadas, las pantallas de los móviles) y que difícilmente acabará llegando a las redacciones que se hacen en clase. Si se produce, es que algo falla en el sistema escolar, es que no se ha sabido enseñar el registro estándar. Y de eso no tiene la culpa internet. No sé si los que sois profesores tenéis otra opinión.
Los nuevos soportes de comunicación crean sus propios lenguajes. Pero de ahí a que sea causa de un empobrecimiento general de la lengua creo que hay un trecho.
Y una cosa es usar una jerga, en un momento dado, para hacer literatura y otra muy diferente es que sólo se disponga de un registro muy limitado para escribir. Creo.
Hay huir de los dogmatismos. Porque nacen siempre de la confrontación, sea real o ficticia. Por eso los odio. Es posible convivir con las imágenes, es posible que la literatura entre en la imagen y la imagen en la literatura. Ahora bien, tanto la negación sistemática del mundo audiovisual como su supremacía absoluta me parecen un error. Aún recuerdo aquellas declaraciones originalísimas de Ruiz Zafón donde decía algo así como que el futuro de la literatura eran las series de televisión. El folletón. El folletón, que diría Bolaño. Mucho ojo con las poéticas que todo esto trae como consecuencia. He leido por ahí hasta recomendaciones sobre los temas “más adecuados” para la literatura del futuro. Preceptiva literaria en pleno siglo veintiuno. Así no se puede ¿innovar?
Tremendamente reveladora me parece la intervención de Jon Bilbao sobre la innovación. Al final, el tiempo siempre acaba poniendo a cada uno en su sitio. Eso sí, también quiero recordar que “Velocidad de los jardines” es un primer libro que vale como una obra completa. Y que antes, Tizón publicó un libro de poemas igualmente suntuoso. (Y tan difícil de encontrar...). También es verdad que el tiempo ha confirmado nuestras primeras lecturas.
En cuanto al futuro del cuento, creo que depende de los lectores. Si hay lectores se publicará el mal cuento (o poco innovador, o repetitivo o como lo quieras llamar), es cierto. Pero también habrá espacio para obras arriesgadas o innovadoras (y que conste que no tengo nada claro qué narices es una obra arriesgada o innovadora). Ahora bien, si faltan lectores, sólo quedará sitio para el cuento del relojero.
Eso seguro. No sé si es una percepción mía o si, realmente, ocurrió así. En los noventa, tuve la sensación de que se intentó recuperar la poesía como género popular, en el buen sentido. A la caza, aunque sea a lazo o a hostia limpia del lector perdido. Y mucho de eso de poesía que se entiende, poesía para todos, poesía para los que no leen poesía, etc...Se fracasó. En mi opinión, porque se jugó demasiado con los supuestos prejuicios del lector y éste acabó sintiéndose estafado o simplemente aburrido. He aquí el resultado: Un género que el dinero público mantiene vivo con respiración artificial a través de premios y subvenciones. Más allá de la mayor o menor calidad de las diferentes corrientes estéticas. Siento ser tan duro.
¿Está pasando algo así con el cuento? Creo que no. Pero uno de los peores problemas que puede tener un género minoritario es la “anulación” (o el aprovechamiento) de sus suspuestos defectos para facilitar la venta de libros. Si no hay lectores, el único cuento que tiene futuro es el “cuento de certamen”. Y, salvo dignísimas excepciones, sabemos lo que eso significa. ¿Cómo cazar a los lectores? ¿Con folletines de cinco páginas?
Disculpad este rollazo.

Zeberio Zato dijo...

Yo no me atrevo a replicar todos estos comentarios. En general, también soy más partidario de la personalidad que de la innovación, porque creo que de esta última sólo se conoce su influencia cuando ha pasado un tiempo suficiente. Por el momento, todavía prefiero leer a los innovadores viejos, aquellos que sí es seguro que marcaron una línea sobre la que experimentaron después otros.

Y otro comentario al margen, esta vez sobre tu entrada: me dará pena no poder leer esas antologías que dices que quedarán en el olvido por falta de editorial. Espero que más pronto que tarde puedas cumplir el sueño de sacar tu propia editorial. Será un gusto, sin duda.

ladydark dijo...

Creo que cualquier cosa que pudiera opinar ha sido expresada estupendamente más arriba por Juan Carlos, Jon o Fernando, unicamente establecer que desde mi punto de vista de lectora a estas alturas sólo pido a una lectura que me sorprenda. Dentro de esta sorpresa cabe la innovación y lo personal, porque para mi, como muy bien apuntabais, el desarrollo literario personal va unido a un proyecto innovador en consonancia con el hecho de ser "único" de cada uno de nosotros. No soy una gran lectora de cuentos, simplemente los clásicos y lo más moderno que he leido en cuento han sido Borges o Córtazar, pero si que tengo debilidad por la poesía y creo que el destino del cuento esta muy unido al de la poesía en un cierto sentido, su pretendido "elitismo", en algunos casos somos los propios lectores los que le damos esa pátina de superioridad intelectual que termina por dañar su supervivencia. Sólo veo posible un futuro acercandose al lector através de los medios necesarios, medios que en la actualidad son muchos y más efectivos que hace veinte o treinta años.

Anónimo dijo...

Llego tarde y lo que yo quería expresar ya lo han dicho(y muy bien, por cierto) Jon Bilbao, Manuel Abacá, JC Márquez y CarlosF.

Aun asi quiero dejar constancia de mi lectura atenta a la entrada y los comentarios. Creo que romper moldes en literatura(en relato más concretamente) debe ser algo natural, que surja expontáneamente del escritor. Si no es así la voz suena impostada(como esos actores que hacen que tengas presente que estás en un teatro y que todo es un decorado en vez de sumergirte en lo que está ocurriendo ante ti)y la sensación que te deja el relato es de falsedad de manierismo frío.
Cuando es natural sucede el acto mágico y te olvidas de que estás leyendo un relato y además ese relato va más allá de lo meramente epidérmico y penetra hasta la médula, te e-mociona y con-mociona.
Si va a haber artificiosidad prefiero un relato de los de toda la vida, contado con esa cualidad del auténtico narrador de historias y sentirme como se debieron sentir nuestros ancestros cuando escuchaban en la gruta a la luz de la hoguera lo recreado por el "escritor" de la tribu.

Sergi se echaban de menos estas entradas que mueven y remueven e implican a la gente interesada en el tema.
Un saludo.
R.A.

Sergi Bellver dijo...

Queridos, gracias a todos por vuestras intervenciones, por vuestro tiempo y por vuestros pedazos de materia gris. Me consta que esta entrada la está leyendo mucha gente (bastante más de la que parece, porque va a haber unos cuantos silencios significativos), y me alegra que esa gente tome nota de vuestras opiniones.

En breve voy a hacer dos cosas con esta entrada: a) recoger cabos sueltos y contestaros a todos y b) publicarla de nuevo, ordenando la información y con algunos enlaces, para facilitar la lectura y el debate.

Antes han de venir un par de cosas, pero "republico" en breve y seguimos con esta apasionante y, por una vez fuera del tópico, necesaria charla.

carlos maiques dijo...

La verosimilitud es quizás el gran problema de lo que se escribe y se lee. Es muy complicado comerse "gatos por libros" que no llegan a la supuesta verdad de sus modelos, o invenciones que no vuelan como máquinas chirriantes del Renacimiento, sin su sentido de la maravilla. Ahora bien, si podemos optar por multitud de rutas posibles, ¿es la más "difícil" la mejor, y para qué? Con el tiempo, todo esto no será tan importante, y la costumbre allanará las escarpaduras. Un saludo.

manuespada dijo...

La innovación normalmente es tan sólo ingenio, y ser un escritor puede ser muy experimental y hacer mala Literatura. Quiero decir: si el buen escritor además es innovador, fantástico, lo malo es cuando la experimentación es tan sólo un maquillaje para disfrazar la mala Literatura. En resumen, se pued hacer buena Literatura sin innovar, pero la innovación no es garantía de buena Literatura, sino una muestra de ingenio.

Anónimo dijo...

Interesante debate. Si por innovación entendemos ir más allá de lo que otros nos dejaron, la innovación teórica del arte, no hay mucha esperanza. Cuando leo a Becket, a Macedonio Fernández, a Lamborghini, la Rayuela de Cortázar, a Octavio Paz, a Cirlot, o yendo antes en el tiempo a Joyce o Sterne o Diderot con su Jaques el fatalista, etc. y lo comparo con lo que hoy se da se y hace, es para renunciar a lo actual. Renuncia por falso, pretencioso, iletrado y ante todo mercancía. El libro hoy en día está diseñado para la venta, objeto de consumo, con su pérdida de valor correspondiente. De valor real. Es un resultado del fetichismo que nos invade, donde el producto nos somete y se pone a nuestro nivel (nivel que es paupérrimo, sea dicho). El libro es un producto más que se vende mal, como un perfume, o la última tendencia en zapatos. ¿En realidad alguien puede creer aún que hay esperanza si nos movemos en estas variables del "comercio ante todo"? ¿Esperanza en un nuevo Cirlot, en un nuevo Joyce? ¿La innovación ante todo, como objetivo? ¿Qué nos queda? La honestidad. El desarrollo y la evolución en y con las obras pasadas. Un escritor debería ser honesto con sus circunstancias, con el arte verdadero, con él mismo. Como lo debe ser un lector, más aún un crítico. No nos olvidemos del mercadeo en el que vivimos, de la pérdida total del sentido exacto del "valor". ¿Cómo sobrevir a nuestra época? Siento dar una imagen tan derrotista. No hablo de la muerte. Sino de la disolución, del verdadero sentido. La literatura sigue ahí, se palpa en muchos escritores actuales. Lo que hay que saber es separar el grano de la paja, practicar la trilla. Y eso es tan complicado... ¡Y a la vez admiro tanto a los que no piensan así! Ellos sí que son felices. Comparto la idea de Márquez, la literatura como conocimiento propio, de tus posibilidades, como renuncia y apoyo. Y para ello la poesía (poesis, reconciliación con el mundo) y el cuento son instrumentos precisos, bisturís de cirujano. Como lo es la buena novela.

Carlos F. dijo...

Felicidades a Fernando Clemot por ese Setenil. Es un lujazo participar en este debate.

Miguel Serrano dijo...

Cómo me han gustado los comentarios de Carlos F, sobre todo el de la poesía. Carlos: dices que crees que eso no está sucediendo con el cuento, es lo único en lo que no coincido contigo. En todo lo demás, desde Foster Wallace al folletón, de acuerdo. Gracias por decirlo.
Al anónimo que está tentado de abandonar la lectura de contemporáneos porque los compara con nosequién, le pediría (y también muchos de los autores que estamos aquí, supongo) que revisara sus conocimientos de estadística y empezara a poner fecha y nacionalidad a los libros de esos autores que nombra. Que nos dé un oportunidad. O si no, que sea coherente y lea a los contemporáneos de Sterne, y después hablamos.
La innovación me parece un asunto antiguo y aburridísimo, a pesar de que debates como éste lo hagan parecer un tema fascinante (por la calidad de los "ponentes", me temo, no porque el tema de mucho de sí).
Saludos a todos.

IHB dijo...

Estimado,

Aquí el anónimo. No estoy tentado en abandonar la lectura de los contemporáneos. Como indico en mi mensaje, hay autores actuales que me interesan, pero hay que buscarlos en los circuitos “no oficiales”. No he descartado ninguna oportunidad, de hecho, yo también soy uno de esos “autores que están aquí”. Y, por el momento, no me he autodescartado. Simplemente desconfío del rumbo editorial, del riesgo editorial (que es mínimo en la mayoría de ocasiones). Mira las grandes editoriales, que son las que venden, no nos equivoquemos, y lee a sus autores. O comprueba, salvo raras excepciones (como el Setenil) los premiados. Luego, compara la calidad de esos autores con cualquiera de los citados. ¿En verdad podemos pensar que la intención que mueve a esos autores que venden y son los conocidos por el gran público tiene el mismo motivo que los otros? ¿Cuánto jóvenes autores han sido tentados por una prosa más fácil y sin recorrido para poder publicar? ¿Qué hay que hacer para poder vivir de la literatura? Hay unos cuántos escritores que han dicho no, que están ahí, honestos, y que valen la pena, no lo discuto. Lo único que hay que esperar de ellos (de nosotros) es que el valor artificial que se ha creado del libro (hoy en día es un objeto más) no nos inunde y no nos limite la escritura. De momento, leo a los que cité para aprender de ellos. Y descubro con placer a algunos nuevos. Es más, en este debate hay algunos autores, que conozco, que merecen mi respeto y admiración, por ejemplo Juan Carlos Márquez o Fernando Clemot, también Matías Candeira. Al menos ellos han luchado contra el monopolio. Y no quiero que parezca esta respuesta una defensa a ultranza de mi exposición, Miguel. En verdad parte de razón tienes. Me falta más confianza. Probablemente no me expliqué bien.

Abrazos.

Miguel Serrano dijo...

Lo siento, Iván, por tu comentario me había parecido que eras uno de esos que dicen que "ya no hay escritores como los de antes", y te ponen como ejemplo un alemán del siglo dieciséis, un inglés del dieciocho y un par de rusos del diecinueve, como si los autores contemporáneos tuviésemos que estar a la altura de lo poco (poquísimo) que ha salvado la Historia de la Literatura Universal. Releo ahora mi mensaje y compruebo que el tono no era el más adecuado. Perdona. De todas formas, creo que se escribe igual de mal o de bien que siempre, que el mercado sólo es un ingrediente más, y no el más importante, en lo que se escribe (otra cosa es lo que se lee). Bueno, estoy un poco espeso, pero supongo que se entiende. Un saludo.

IHB dijo...

Miguel, se entiende tu mensaje, un abrazo. Mi primer mensaje también era excesivo, algo tendencioso. Tendría que haber matizado. Nada, hay que seguir adelante. Tener fe. Trabajar. En cualquier caso, un placer poder participar en un foro tan animado. Siempre en órbita. :)

Althena dijo...

La veread es que yo tampoco tengo la menor idea de que voy a contar mañana, ya veremos.... Eso de por amor al arte, bueno habra sido en un principio, ahora nos ven como peligrosos y hasta portadores de una nacionalidad extra.
Ah, quien soy, me presento, Althena la nueva incorporacion de "LA COSTILLA INCOMODA" reloaded, que junto con las chicas volvemos a la carga. Aseguramos que ningun hombre saldra herido, y de serlo sera curado. Asi que cuando gustes, la casa nuevamente es tuya para pasear a voluntad.

Sergi Bellver dijo...

Queridos, GRACIAS a todos por vuestro tiempo y vuestras aportaciones. Creo que este debate se merece algo más que varias respuestas en este hilo de comentarios. Así pues, en unos días voy a publicar una entrada, más concisa y concreta, recogiendo también vuestros puntos de vista sobre el tema (que, no nos equivoquemos, no era sólo la innovación literaria, sino el estado de las cosas en el cuento, en la edición, en la crítica y en nuestro papel como autores y otras partes del asunto).

Un abrazo a todos.

Ignacio Jáuregui dijo...

Espero no repetirme, porque no me ha dado tiempo a leer todos los comentarios...

Creo sinceramente que el problema es el compadreo escritores-críticos-editores, como los es el de periodistas y políticos, el de maestros y editoriales de libros de texto, el de médicos e industria farmacéutica...

Escritor es el que escribe, y el compromiso es consigo mismo: escribir bien. Cada uno tiene su nivel de compromiso en todas las esferas de la vida, y su nivel de decencia, y esto no se enseña ni se aprende, salvo en casa y de chiquito, al calor de la mesa camilla y la conversación íntegra. Escribir es, debe ser, un medio creativo y eficaz de ejercer la integridad, cada uno la suya. El escritor DEBE estar al margen del mercado, del editor, del crítico, del lector --salvo de ese lector crítico imprescindible que tenemos todos al lado, y que siempre es un hijo de puta maravilloso incapaz de llamar (como aquel personaje de Forges) al pan, zusf, y al vino, frolo.
Un abrazo.
Ignacio Jáuregui

Ignacio Jauregui dijo...

Por otra parte, quiero suscribir al 100% lo escrito por Jon Bilbao y subrayar una obviedad aún mayor, si cabe, que la chorrada obvia que escribí ayer:

No sé hacia dónde va el cuento, ni me importa. Yo he leído a Borges, a Cortázar, o a Poe, o a London, o a Conrad, o a Hemingway o a quien fuera, no porque escribieran cuentos, novelas, trilogías o ladrillos de cuatro tomos, sino porque me gustaba su discurso. Un escritor es su discurso, creo, independientemente de si lo desarrolla en tres o en trescientas páginas. O dicho de otro modo: con todo el respeto por tí y por todos los paladines del cuento dentro y fuera de los blogs, como lector de a pie creo que ya va siendo hora de que superemos un poco el artificial discurso pro-cuento.
He dicho.
Un abrazo.