Bitácora de Sergi Bellver: Crónicas de un hombre-rana en Barcelona (I).

31/10/09

Crónicas de un hombre-rana en Barcelona (I).

André Breton: ¿Los objetos de orden mágico tienen posibilidades de inserción en nuestra vida personal?

Juan Eduardo Cirlot: […] Al fin encontré un pedazo de arbusto quemado; con un fervoroso cuidado, lo tomé en mis manos y me lo llevé a mi casa, donde todavía lo conservo. Este «resto de fuego» me dice más de Schönberg que todos los libros y todas las partituras. Es así como llevo mi vida y mis problemas, como todos los hombres, frente a la invisible muralla del destino.

Cirlot en Vallcarca (Alpha Decay, 2008, p. 41-42)


Lunes, 19 de octubre de 2009.


Consigo un billete de última hora en el AVE a Barcelona. Hay algo en todo lo imprevisible que, sin obedecer a la lógica, me hace sentir humano. Tal vez sea la posibilidad de que todo se vaya al garete lo que mantenga mis sentidos alerta y me recuerde que vivir de veras es, sobre todo, improvisar. Tengo el tiempo justo, así que meto algunos libros en la maleta. No son para leer, son regalos para los viejos y los nuevos amigos. Como una maldición para mis horas muertas en los viajes, me mareo casi siempre que leo en movimiento, no importa el medio de transporte; por eso la lectura es para mí una forma de quietud, de espera, de convalecencia, que diría mon cher.

Atocha, el jardín húmedo y las tortugas. Viajeros, escobas, policías en cochecitos de golf, azafatas ariscas, estatuas con ojeras y algún hombre casado que merodea en la puerta de los lavabos, traje de ganador, maletín en mano y susurrando, a la caza de su ración diaria de cruising con algún bakala de hormonas revolucionadas. No puedo evitarlo, pero nunca he confiado en las corbatas.

La calle Téllez, la fosa invisible a cielo abierto. Los suburbios. Tomar velocidad. Guadalajara. El páramo. Mensajes al móvil y algún vistazo a la prensa en un vagón semivacío me salvan de una extraña sensación: en algunos tramos, la oscuridad es total ahí fuera, no hay luna, ni estrellas, ni puntos de luz en el horizonte. Por momentos, creo estar en el vientre de una anguila de luz que cruza el fondo de algún yermo submarino. Se lo escribo en ciento sesenta caracteres a una librera. Tomo uno con leche en la cafetería. Se me acerca un hombre con corbata. Se tambalea pero no parece peligroso. Se tambalea por los botellines, no es el AVE, no parece peligroso. Sólo tira un papel al suelo, como si aún estuviera en una taberna de Madrid y no en la barra del coche cafetería del AVE. Le etiqueto como inofensivo porque no se preocupa en parecer educado y además le mira el culo a la azafata. Regreso a mi asiento, al vagón semivacío, al vientre de la anguila y miro las fotografías de la revista Paisajes (ya he dicho que, viajando, apenas puedo leer dos párrafos seguidos sin marearme). Soy un Jonás postpoético. La película que cuelga del techo es infumable. Guerreros y mamporros al estilo Conan pero en versión marca blanca. Épica de Carrefour.

Llego pasada la medianoche a Sants y cambio la anguila por gusanos que horadan las tripas de la ciudad (el nuevo túnel del AVE se tragará la Sagrada Familia cualquier día; eso sí será como los gusanos aquellos de Dune, para verlo). El metro de Barcelona no está pensado para acarrear maletas. Salgo a la superficie en la boca de metro Monumental, mi barrio de siempre (quince años fuera y la sensación sigue siendo la misma). Bajo la penumbra amarilla de las farolas, la puerta principal de la plaza de toros parece la boca de un dragón jubilado, sin dientes, casi inofensivo, sin corbata. El catalán en los rótulos ("Sol i ombra") me hace pensar en la desubicación, en la cabra y el garaje, en la cabra como cebo, atada a las afueras del pueblo, por si el dragón picara el anzuelo, aceptara su cena y se le pudiera dar el descabello todavía dormido.

Para mí, la plaza Monumental de Barcelona siempre fue otra cosa. Nunca me interesó demasiado el asunto taurino, ni para desgañitarme a las puertas de la tortura, ni para hacer un panegírico trasnochado y pedante al estilo Dragó-Boadella. Para mí la Monumental fue siempre el tugurio triste de los circos, los fuegos artificiales y las hogueras de Sant Joan, coca y cava en la terraza, mis primeros conciertos de rock de los ochenta, Bob Marley o Rod Stewart atronando, amortiguados, por la Gran Vía, hasta la terraza, en un tercer piso, desde la que me asomaba al verano. Luego vendrían Metallica o Iron Maiden y mis primeros cabezazos sobre el albero, qué faena, dos orejas y el rabo para aquellos grandes cabrones del metal. Vendrían también los muslos de una morena en mis orejas, primero a caballo sobre mis hombros en un concierto de Eros Ramazotti, luego cobrándome el detalle, mi cara entre sus muslos y el primer sabor del fuego en la boca. Qué faena. Las dos orejas. Y el rabo.

Antes de llegar a casa (a la que hoy es la casa de mi hermana), paso por un punto del Bicing y observo una solitaria bicicleta, anclada pero hecha añicos, doblada sobre sí misma, destrozada quizá por la rabia de un borracho que no ha podido robarla para ahorrarse una caminata. Ahí, retorcida y amarrada, parece un toro de lidia a punto para el despiece, o una cabra mordida por un dragón más listo. La ira de los perdedores es perra vieja y no suele morder los anzuelos. Los perdedores son de fiar, no llevan corbata y gritan cuando torean bicicletas. Matadores de bar, picadores a pedales.

Cruzo la Gran Vía, observo los bulbos blancuzcos y morunos de la Monumental, recuerdo aquellas gaviotas que los coronaban, cuando aprendieron a cazar palomas y a despellejarlas luego sobre el tejado de la iglesia de enfrente, bajo mi ventana. Veo de lejos la punta de la torre Agbar, esa mole fálica que parece un remedo de los bulbos de azulejo de la Monumental. Me distraigo lo justo, y un claxon me detiene en el bordillo. Pasa una sombra negra y amarilla, un taxi Citroën. Mientras se aleja, el hombre, como una estatua al volante de un abejorro de metal, me da la bienvenida con un insulto en catalán y una peineta. Es el mismo cruce en el que me atropelló de niño una furgoneta Dos caballos. Por no estar alerta, casi me mata a los nueve años una furgoneta azul de hojalata, en el mismo cruce, ahora con paso de cebra y semáforo. Ahora con una paloma muerta y destripada en ese paso de cebra, a las puertas de la iglesia del Roser, a diez metros de mi portal. Los resortes del destino son imprevisibles. Estoy vivo. Tengo el tiempo justo. Estoy en casa y presiento grandes cosas. Es hora de improvisar.

3 comentarios:

Víctor Abreu dijo...

Me encantó la crónica. Yo también me mareo si leo durante un viaje... y desconfío de las corbatas. Saludos.

Esquirlo dijo...

A mí casi me aplasta una cornisa por ir a dónde no debía . Citas cirlot en Vallcarca , ¿ es el barrio ' ¿ el pueblo ? , ¿ la maravillosa fábrica ?

ladydark dijo...

Improvisa Sergi, nunca dejes de improvisar, toda la vida es una pura improvisación, estamos sobre el escenario y nos van cambiando el guión cada tres frases, si no aprendemos a improvisar nos despiden de la obra. Y mientras improvisas sigue regalándonos tus palabras, todas y cada una, hiladas con esmero y con sentimiento, el mismo que seguro que la muchacha morena aún recuerda.