Bitácora de Sergi Bellver: Barcelona me mata.

5/10/09

Barcelona me mata.

Título: Matar en Barcelona
Autores: Raúl Argemí, Javier Calvo, Darío Hernando, Sebastià Jovani, Mara Faye Lethem, Antonio Luque, Elena Medel, Sabino Méndez, Llucia Ramis, Francesc Serés, Manuel Vilas y Gabriela Wiener
Edita: Alpha Decay (edición a cargo de Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián)
ISBN: 978-84-937269-5-9

(deriva crítica publicada en la revista Calidoscopio)




UNA CIUDAD


A punta de navaja
Besándola una vez más

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «La mataré»


Los libros se producen, pero la buena literatura se comete, como cualquier otro crimen. Los editores de Matar en Barcelona, Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián, han planeado un asesinato simbólico para el que no caben atenuantes, y han degollado la imagen burguesa y circunspecta de Barcelona, dejando sobre el callejero la silueta en tiza de su cadáver.

Cada ciudad tiene su propio mapa criminal, y algunos ya forman parte del imaginario colectivo: Chicago o Nueva York tuvieron la mafia y Scorsese o Coppola se encargaron de traducir lo real a la ficción para instaurar el mito; Ciudad Juárez o el DF le cantan narcocorridos a sus delincuentes; la camorra sigue tan operativa en Nápoles como para que Saviano deba imitar a Rushdie; las capitales centroamericanas son feudo de las maras y a la postsoviética y desmesurada Moscú no la reconocería ni el camarada Stalin si levantara la cabeza. Sin embargo, no existen un crimen organizado ni un forajido legendario que puedan exportar una imagen idealizada de la Barcelona negra. Si los hubiera, la marca Barcelona ya se habría encargado de convertirlos en merchandising, pero lo cierto es que sólo hay delincuencia desarrapada, prostitución y restos de naufragios vitales que el Ayuntamiento y la Generalitat se encargan de etiquetar y recluir en guetos como el Raval, alejados de las clases pudientes. Las mismas que, como otra clase de pudor (en catalán: «peste»), operan desde la zona alta como verdaderas mafias de la ciudad, las de los especuladores inmobiliarios, políticos y financieros. Pero a pesar de sus modos caciquiles, esas sagas familiares no son los Corleone ni ofrecen carnaza para los mitómanos. Pasando de largo por las miserias del semejante, cada vez Barcelona se adormece en una suerte de cruzada cívica que llega hasta la náusea, tanto que, antes de que Barcelona nos mate de tedio, casi dan ganas de empuñar la navaja o la palabra y, con un beso –porque, a pesar de todo, la amamos tanto como la odiamos–, clavársela con saña mientras le susurramos en xarnego al oído «Barcelona, posa’t guapa, que te mato».

Hay un poso desubicado en los textos de este libro, un agobio que tiene ganas de ser grito, o por lo menos queja, como si fuera verdad eso de que no existe un solo lugar donde poderte colgar en Barcelona ciudad (sí, Loquillo y Sabino le pondrán banda sonora a toda esta deriva). No hay vocación de celebrar nada ni de decir lo estupendos que éramos, sino más bien de orear la morgue. Más allá de la bella cubierta del libro, no aparece por ninguna parte ese monolito fálico tan Kubrick de la torre Agbar que ahora, al borde de El Clot, se ha convertido en otra postal de la ciudad. Respira en estas páginas la Barcelona preolímpica, provinciana, llena de hollín y vías muertas que bloqueaban la salida al mar, antes de que la costa dejara de ser el vertedero social del Somorrostro. Por la Barcelona de este libro circulan, aun sin ser mencionados, enormes y lúgubres taxis SEAT 1500, el carraspeo de alguna Montesa Impala, unos cuantos transeúntes que todavía podían reconocer Las Ramblas como algo propio, escolares con la bolsa de Cuates en la mano y la cartera de cuero a la espalda y viajeros apolillados al fondo de los autobuses Pegaso. En esa atmósfera de Matar en Barcelona, alejada del mito preciosista del asesino refinado, reviven también el violador de l’Eixample, la asesina de ancianas o el perturbado de los andenes del metro. Todo este infame libro de familia, que se abre con los crímenes de la calle Ponent de la mano de Javier Calvo, no nos habla de la Barcelona guapa como marca registrada, sino de las huellas que una sociedad desajustada va dejando a su paso, sin que dé tiempo a que nadie borre esas suelas de sangre impresas en el asfalto.



UN LIBRO


Una lástima lo del bourbon
a manos de críticos del rock,
autopistas, calles, qué sé yo,
no nací en los USA, nací en El Clot.

LOQUILLO Y TROGLODITAS,
«Chanel, cocaína y Don Perignon»


Cierto espíritu irreverente y punk, como reza el lema de la nueva colección Héroes Modernos de la editorial Alpha Decay, llevó a su editora, Ana S. Pareja, a convertirse en cómplice de Jordi Corominas i Julián –culpable de darle un toque literario a la crónica de sucesos en la revista BCN Week– y a proponerle a doce autores –no todos tan jóvenes como dice la contracubierta– que revisaran en clave de ficción una serie de crímenes reales, y no necesariamente bajo las premisas habituales del género negro.

En este callejero canallesco de Barcelona uno podría suponer reminiscencias de la mirada de Bigas Luna, de las novelas y los boleros culinarios de Vázquez Montalbán o de la evocación tardía de autores como Juan Marsé. Uno a ratos esperaría encontrar trazos de Vila-Matas o de Quim Monzó, pero lo cierto es que Matar en Barcelona no destila ninguno de esos alcoholes, ni tampoco imita, por fortuna –salvo excepciones–, la cansina resaca de los cuentistas norteamericanos a la hora de tratar el crimen como ficción o de trabajar la real fiction al estilo Capote. Aquí la ebriedad es otra: hay otras maneras de ver la ciudad, de beber de sus sombras y de sus miserias, y casi todos los autores de la antología han conseguido y sabido separarse de esas referencias.

Como en toda antología, hay textos que destacan por encima de la media, pero también es justo decir que esa media general es, desde un punto de vista literario, bastante más coherente de lo que estamos acostumbrados a ver en otras antologías, con lo peligroso que resulta siempre que el criterio del editor quede secuestrado por el compromiso previo, cuando se trata de textos inéditos por encargo, como es el caso.

Matar en Barcelona es sobre todo una buena idea editorial, un proyecto que retoma parte del enfoque de Odio Barcelona (otra iniciativa de Ana S. Pareja en su etapa en Melusina), y apuñala por la espalda a una ciudad desprevenida y demasiado pagada de sí misma. No cabe esperar aquí cuentistas de un canon hipotético ni grandes alegrías para la renovación del relato breve como género. Sí narradores de recorrido y también otros que se estrenan con acierto. Incluso músicos que, como Antonio Luque (Sr. Chinarro), irrumpen de lleno en la narrativa, o como Sabino Méndez (compañero durante muchos años de Loquillo), que ya tiene un bagaje como escritor y ha publicado en sellos como Anagrama.

Cabe señalar siempre como positivo el hecho de incorporar antólogos «externos» a una editorial, como en el caso del dinámico y loopoético Corominas, ya que eso ayuda a dar otro aire a cada proyecto y paso a paso a toda una colección. Es un error insistir en una sola vía o en un único estilo para la narrativa, como le está pasando a varias editoriales de las llamadas independientes. Cada una de estas editoriales ha de dejar su sello en todo lo que hace, pero eso no puede suponer apostar siempre por el mismo patrón. En Matar en Barcelona uno piensa, como culpable y cómplice del cuento, que hubiera estado bien abrir aún más el campo a otras miradas, círculos y estéticas, como debiera hacer toda antología, pero en general Alpha Decay ha acertado en las propuestas y en los discursos del libro, a veces incluso opuestos, como en el caso de Manuel Vilas (quien juega con la historia) y de Francesc Serés (que se toma en serio los detalles).

No estamos por lo tanto ante una antología formal de género negro, como sí intentaba ser, por ejemplo, La lista negra de Salto de Página, y eso le da un valor añadido porque su intención no es la de hacer inventario sino la de reinventar un espacio. En todo caso, el sexo y la muerte, un buen polvo y un mal fiambre –o viceversa–, no nos engañemos, siempre despiertan morbo y ayudan a vender una idea.



DOCE CRÍMENES

Linda sonríe coqueta
y se guarda su secreto,
pues su fuente de energía
es la carne de los muertos.

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «Carne para Linda»


Javier Calvo trenza dos historias en «Festival de las luces», y a veces la más potente de las dos recuerda a otro relato suyo, «Los niños perdidos de Londres», o a El señor de las moscas de Golding. Empieza con una voz muy pegada a los niños –víctimas y verdugos al tiempo–, como un testigo que luego, poco a poco, se va desprendiendo del sencillo tono inicial («despachurrado») y deliberadamente descuidado. Luego esa voz parece cobrar conciencia de lo que narra, confundiéndose a ratos con otro tono mucho más forzado («La turbulencia cognitiva afecta al grado de autoconciencia de la historia»), en un interesante pero arriesgado juego narrativo.

La aparición de la bruja hace gala de toda la parafernalia ortodoxa del cine de terror y del cuento clásico. Y es que tal vez el relato de Calvo esté más cerca del terror que del género negro. El espiritismo, una liturgia oscura, los arcanos del tarot y una estructura casi cabalística le dan ese sello al cuento. Si la historia principal recuerda a Golding, Andersen o Poe, la otra remite de manera oportuna a la lucha de clases en La ciudad de los prodigios, como para darle al lector un espacio más allá del infierno particular de la bruja y, como en las películas de Hitchcock, que el efecto se apoye en lo que el lector sabe y los personajes desconocen.

El relato trata, entre otras cosas, del precio que implica asumir la libertad y del otro peaje de la sumisión, a veces más cómodo y «seguro», lo que ofrece una lectura política de la sociedad barcelonesa actual, tibia y adocenada, tan proclive a aceptar las pruebas más frágiles como hitos de un cambio ficticio.


Una lectura apresurada puede dar la impresión de que Gabriela Wiener se ha hecho un lío con los personajes que empujan a la gente a las vías del metro en «Estación de Naves», una narración más contemporánea –y, de paso, subterránea– que la anterior. Pero es un abigarramiento deliberado, del mismo modo que se confunde la masa que viaja en hora punta en el metro de cualquier ciudad del mundo. En este relato se sucede un juego de máscaras (p. 62) propio de la esquizofrénica voz que por fuerza ha de sostener su estructura formal. Aunque existe un peligro evidente de que el lector se pierda, el tratamiento que hace Wiener del tema es acertado.


Raúl Argemí trabaja con oficio y solvencia cierta vertiente fantástica del género negro en «El librero del ángel negro», un texto también nebuloso para que guarde coherencia con ese mismo «opio» narrativo que pide su personaje protagonista, el fraile asesino en diálogo con su sombra particular. Sólo encuentro algunas pegas formales como unos pocos tiempos verbales que no concuerdan, algunos galicismos innecesarios («visaje» o «bastimento») o cierto abuso de los puntos suspensivos (que cuando no se dosifican, no siempre producen suspense en la trama, sino la suspensión del ritmo).


Amén de su texto Socorrismo, también en Alpha Decay, «Me siento haciendo un NO8DO» supone una primera toma de contacto con la narrativa de Antonio Luque, mas allá de su trabajo como letrista bajo la identidad del Sr. Chinarro. Hay unas cuantas objeciones que hacerle al resultado final (incoherencias puntuales en el tono empleado, enfrentando cierta procacidad con un pudor extraño a la hora de retratar una escena lésbica; algunas frases excesivas; ciertos titubeos iniciales al presentar al personaje; etcétera), pero lo importante es que Luque se descubre como un narrador muy interesante.

Casi todos los desajustes del relato tienen que ver con algo muy común en ciertos escritores de talento: se saben escribiendo, en vez de dejarse ir en la historia, y quieren demostrar la valía, lo que produce un texto acumulativo que peca por exceso. Le vendrá bien al autor moderar y dosificar su potencial, ya que siguiendo el juego de palabras del título, el relato de Luque echa mano de un realismo social y biográfico que sí tiene bastante de No&Do. Pero un cuento –que se parece mas a una canción de lo que cree el Sr. Chinarro– no debiera hacer inventario de una vida (¿no está ya la novela tradicional para eso?) sino disparar un fogonazo sobre un fragmento en el que se ilumina lo que esa vida puede ser.


Sabino Méndez, otro músico que no es nuevo en esto pues ya ha publicado narrativa, muestra en «Otra carta robada» un texto serio, impecable, con una voz creíble y coherente, donde, como en toda buena literatura, no importan tanto el tema o el enfoque. Hay en ese relato alguna frase muy atinada sobre el acto mismo de escribir (con intención literaria): «Si toda esa verborrea que vertimos en los papeles no va a servir para entregar un simple y pequeño pedazo de verdad […], por sucio y roto que sea ese fragmento entonces ¿para qué demonios nos va a servir la escritura?» (p. 129). Méndez establece un diálogo consigo mismo y no tanto con el otro, ni con el interpelado en el texto, ni siquiera con el lector, en uno de los mejores relatos de la antología.


Francesc Serés trata el tema del suicidio y da cuenta –una vez más– de su sólida narrativa, sobria, tan libre de adornos y tan realista que a ratos resulta casi espartana. Sin embargo, en su relato «Morir en Barcelona» eso sanea la forma, el ritmo de la frase, que avanza sin lastre, pero no el planteamiento, ya que Serés decide que el relato se detenga en circunstancias y detalles cotidianos que le dan a algunos pasajes un tono entre informativo y notarial. A veces esa misma apuesta innegociable de Serés por la sobriedad puede dejar al lector con ganas de algo más. Cualquiera diría que escribe desde el mismo marco geográfico y cultural que Jesús Moncada, sin ir más lejos, cuyos textos, sin caer en la cenefa inútil, sí cuidan un poco más la palabra.


Para romper por completo la continuidad tras la lectura de Serés, Manuel Vilas nos proyecta de repente al año 2037 con su pequeña travesura, «Control». Aunque lo que podría encuadrarse en el género ciencia-ficción también es a menudo una suerte de realismo formal: como en las primeras páginas de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, 1984 o Un mundo feliz, el texto ha de instaurar desde el inicio una nueva realidad-marco verosímil desde la que contar la historia. Lo que sucede en el relato de Vilas es que se detiene en cuestiones a veces nimias (los teléfonos móviles de 2037), a veces absurdas (una futurible Cataluña independiente e incoherente que se expresa en castellano e inglés, como si el nacionalismo pudiera entrar en no sé qué extraña vereda), inhabilitando ese marco como recurso narrativo, con lo que desaprovecha el potencial y la metáfora que todo nuevo mundo puede ofrecer, como en las obras de Dick, Orwell o Huxley. De todos modos, Vilas tiene coartada y atenuantes: su relato es puramente lúdico y sin pretensiones, ya que parte de un constante juego de guiños extraliterarios (las referencias musicales y literarias son del s. XX; los personajes son trasuntos alocados de la villa Zeta) llevados, eso sí, al peligroso borde exterior de la galaxia del ingenio, con un tráfico ya tan denso a estas alturas. Uno de los riesgos de esta clase de relatos juguetones para compadres es que el lector se pierda la fiesta, al pensar que no le han invitado, porque el narrador le está hablando a otros.


Puede que el lector se pregunte también qué crimen cuenta exactamente Llucia Ramis. Un estilo parco en la forma y demorado en los aledaños de la historia, hace que algunas de las cargas de profundidad de «La vergüenza» estallen a medias y no lleguen a penetrar del todo en el cuestionamiento de la amistad y de la culpa que plantea el relato, entre otros temas. Es siempre prueba de inteligencia literaria pretender ser sutil, como intenta Ramis, pero a ratos faltaría un elemento más rompedor en este texto. Se puede contar algo desde lo cotidiano, pero ha de orbitar siempre en torno a algo insólito que lo materialice en la mente del lector. Siempre, por supuesto, que se encuentre un tono en equilibrio. Por ejemplo, Mecanoscrit del segon origen, aquella novela breve que nos hacían leer en casi todos los colegios de Barcelona, no es una apocalíptica «película» de invasiones alienígenas sino una sencilla historia de personajes a quienes, eso sí, Manuel de Pedrolo coloca en unas circunstancias extraordinarias. Por ahí van los tiros.


Mara Faye Lethem ha sido muy ambiciosa con «Cuando más apuesto es el león es cuando anda buscando comida» y eso merece reconocerle el atrevimiento. Aunque esa misma apuesta también supone riesgos y deslices: cierto exceso de adjetivación al principio del relato, algunos clichés en cuanto a la inmigración o un poco de confusión en la trama. De todos modos, la historia está contada de manera potente y directa, sin concesiones a la galería y con algunos de los momentos más oscuros –es elogio– del libro.


Sebastià Jovani recrea un crimen real de la burguesía barcelonesa y explora la inercia psicológica que la inminencia de la muerte –la propia y la de los seres queridos– provoca en alguien amenazado. Con «Lléveme a casa» consigue un relato negro de corte clásico, sin que aparezcan los modos de Hammett o Chandler, ni los de Montalbán, ni otros tantos, como ya se ha dicho, sino buscando su propio camino, en un texto en el que importa más la tensión narrativa que la resolución.


A «Nuestras hijas», el relato de Elena Medel, le hubiera beneficiado que el narrador se pegara a uno de los protagonistas, sin desprenderse tanto de la historia en algunos instantes ni desgajarla en todos los personajes masculinos de ese piso de reinserción para expresidiarios. El tema de la pedofilia se ha tratado de manera sutil y atinada en cuentos como «Un día perfecto para el pez plátano» de Salinger o en «El señor hizo conmigo maravillas», del catalán David Ventura (por no referir siempre a los clásicos contemporáneos). Sin embargo, creo que el interés del relato de Medel está en el «después de», en lo que sucede en la mente del violador cuando cree que ha pasado la tormenta pero el cielo sigue amenazando con nubarrones. El final del texto es muy brillante, cuando por fin la autora decide adherir la narración a un personaje y mojarse, con el cierre que en este caso ofrece la niña.


Darío Hernando no anuncia ninguna cuerda surrealista con el título de su relato «Cadáver exquisito», y más bien cae en un juego de palabras literal. El texto comienza con un salmo casi bíblico para luego exhibir un sarcasmo a ratos gamberro (el inefable Chiquito de la Calzada parece haberle dictado aquello de «una mala tarde la tiene cualquiera»), que convendría dosificar en algunos momentos. Luego el relato de Hernando pasea por una oscura ironía, que era el territorio por el que el lector podría pensar que iba a discurrir toda la antología desde el principio, cuando en realidad es mucho más ecléctica que todo eso.

A este «Cadáver exquisito» le sobra, eso sí, el marco histórico y social, y aquí la reminiscencia a la obra de Eduardo Mendoza sobre Barcelona tiene menos justificación que en el relato de Javier Calvo. Lo que le interesa al lector a estas alturas es el morbo, el sexo, el fiambre, el polvo y el muerto, ya que estamos. Lo que uno recuerda al terminar este relato es la febril obsesión del lacayo por el amo, la parte gore, y no ese retrato en sepia de la burguesía catalana. ¿Se acuerdan del caso de aquellos homosexuales alemanes que se conocieron por la red y tras la primera cita prepararon una cena en la que uno de ellos ofrecía como plato principal su propio pene? Si se escribiera un relato sobre este suceso, ¿tendría mucho sentido ponerse a hablar de la caída del muro de Berlín o de la reunificación del país, por ejemplo? En fin, le dejaremos la respuesta a algún editor alemán que se apunte al carro del Berlín negro y quiera emular a Pareja y Corominas en su iniciativa.

*

Sobre la edición:

La bella ilustración de cubierta de Javier Arce, el grabado en páginas interiores, el diseño del logo de la colección Héroes Modernos, la caja de texto, la tipografía y el papel ofrecen un cúmulo de sensaciones agradables cuando uno tiene Matar en Barcelona en las manos. En general mejora el diseño de otras colecciones de Alpha Decay, especialmente la de narrativa, y confirma el potencial creativo y mediático de esta editorial catalana, que tira de imaginación y buenas maneras para desarrollar su tarea. De todos modos y a la espera de novedades en el catálogo de Alpha Decay, su apuesta por el relato parece más puntual que decidida.

En cuanto a las tripas del libro, y diseño aparte, sólo se me ocurre cuestionar dos cosas. Por un lado, el orden de los cuentos plantea dudas en algunos momentos en los que parece decaer el ritmo de la lectura. Y por otro, la opción de no traducir las citas en inglés o en francés resulta un tanto discutible y debiera obedecer siempre a un libro de estilo predeterminado, ya que de haber citado a Mishima, Hamsun o Dostoievski en sus idiomas originales, los lectores menos políglotas hubiéramos tenido un pequeño problema.

9 comentarios:

amor y libertad dijo...

la tentación del wild side está en todas las ciudades y en todas las personas

caminemos

Anónimo dijo...

Sergi, eres un puto crack...

luna dijo...

genial.


Sobre la edicion: es suave, muy suave, y eso es importante.

Amaia dijo...

Bueno,iré a mirar,no he acabado de leer la reseña porque hago tarde,aún no me he duchado,pero ya te digo yo que en esta ciudad la realidad supera con creces la ficción,la delincuencia,la falta de sosiego,la actitud incivica,politicamente hablando,amoral,especulativa,tiene todos los límites rebasados a día de hoy.No hay ciudad en estos momentos que me merezca más descredibilidad que Barcelona,quizá llevo aquí ya demasiado tiempo,es eso una pregunta hacia mí misma?

carlos maiques dijo...

Hola Sergi:

En general, siempre escaman un tanto esos artefactos narrativos con un toponímico diferenciador, ya sea en largometrajes (American Gangster)o novelas (el extraño prólogo de Jonathan Franzen a un libro de Alice Munro, donde comentaba sobre la inexistencia en las estanterías de títulos como Canadian Psycho, Canadian Pastoral , etc) Pero habrá que echarle un vistazo y hojear esta antología, que tiene, por lo que se ve, su propio interés y coherencia.

Barcelona es una ciudad que puede haber caído en la cuenta de haberse convertido en un monstruo genérico al decir de Koolhaas, y es entre el hueco de esa piel y la carne y el hueso donde se desarrolla parte del juego de historias que componen la reflexión de Matar en Barcelona, por lo que dices.

La autorreferencialidad de una gran ciudad también dice mucho de las complejas relaciones que se han ido formando en ella con el paso del tiempo, como los ríos perdidos de Javier Calvo sugieren. Un saludo y hasta otra.

PS:Aunque ya lo habrás notado a estas alturas, cuando escribes sobre el primer relato, ha de tratarse de William Golding, no Goldwin-sólo es una puntualización, nada que afecte a esta deriva- .

PPS: "Barcelona me mata". ¿Ya te has trasladado, o la itinerancia de los picos tinerfeños te lleva, precisamente, por otros derroteros? Suerte con Gens, Teide,y con los pesos pesados de tu antología.

Amaia dijo...

Sergi,me vas a perdonar el aprovechamiento de volver aquí para saludar,ondeando con la manita a mi querido y muy buscado Carlos Maiques,me alegra volver a verte por aquí,sí,me alegra y no poco!

Gorocca.

Anónimo dijo...

«Los niños perdidos de Londres» es uno de los cuatro cuentos del libro Los ríos perdidos de Londres, por cierto.

Francisco Ortiz dijo...

Bueno, con un "estudio" como este del libro, generoso y bueno, me considero exento de añadir otro, la verdad. Así que recomiendo tu texto y te dejo un saludo.

Gemma. dijo...

"Cada vez Barcelona se adormece en una suerte de cruzada cívica que llega hasta la náusea, tanto que, antes de que Barcelona nos mate de tedio, casi dan ganas de empuñar la navaja o la palabra y, con un beso –porque, a pesar de todo, la amamos tanto como la odiamos–, clavársela con saña mientras le susurramos en xarnego al oído «Barcelona, posa’t guapa, que te mato»."


"De las huellas que una sociedad desajustada va dejando a su paso."

Apunts que m'han agradat.

Petó,
G.