Bitácora de Sergi Bellver: Textos de los alumnos (III): Jesús Sánchez Jaén.

1/6/09

Textos de los alumnos (III):
Jesús Sánchez Jaén.

Literatura de viajes Literatura de viajes
(Hoy, lunes 1 de junio, ha comenzado una nueva edición del curso,
para la que todavía quedan algunas plazas libres).



EL REINO DE LA ARENA


Es octubre, aunque aquí el otoño es algo desconocido. El sol se levanta con la misma intensidad casi todo el año y al mediodía el calor es inmisericorde. Pero estamos en Tombuctú, y el simbolismo de su nombre puede más, de momento, que el aire casi incandescente o la luz dolorosa que se clava en los ojos. Hemos llegado en avión, un medio muy directo más poco atractivo. Este año la estación de las lluvias ha sido generosa en esta parte del Sahel, en contra de lo habitual, y las carreteras cercanas al gran Níger andan anegadas en muchos lodazales.

La primera impresión es un tanto decepcionante. La ciudad no parece ni rica, ni exótica, ni enigmática siquiera. La imagen legendaria de la capital del Sahara, transmitida por los grandes viajeros medievales desde Ibn Batuta en adelante y asentada en la leyenda por los relatos de los exploradores decimonónicos, solo se corresponde con la realidad en una cosa, el desierto, que en estos tiempos se adentra por las calles con tentáculos de arena. El asfalto mal remendado, los embriones de acera, los rincones más escondidos, todo está cubierto con una capa de arena que se encarama hasta por el arranque de las paredes. Quizá siempre fue así, pues Tombuctú ha nacido y vivido por y en el desierto. De su supuesta opulencia no se ve ni rastro. En el siglo XV León el Africano encontró una ciudad con numerosos mercaderes enriquecidos gracias al comercio de telas europeas, que se pagaban en oro puro. En su crónica relata el poder del señor de Tombuctú, que poseía un ejército impresionante, y menciona la abundancia de ganados y cereales en los mercados. Su situación estratégica, en el borde sur del Sahara, la hacía punto de partida y destino de grandes caravanas, y las minas de sal próximas la proveían de un producto muy cotizado a lo largo de siglos. Si de todo ello hubo y por su dominio pelearon con frecuencia mandinkas contra shongais y estos con los magrebíes y los peules, y los tuaregs contra los otros cuatro, hoy nada se encuentra; no se atisban palacios, las mercancías escasean y el oro se ha olvidado.

Las calles enarenadas nos reciben casi vacías, y el refugio que ofrece un remedo de restaurante sirve para poco más que calmar el apetito. La comida es parca y sin gracia, pero con el condimento obligado de la arena omnipresente. Por suerte la caída de la tarde muestra otra cara, la de una mínima animación callejera que crece pausada al ritmo de la sombra: cuanto mayor es ésta más gente hay en la calle. Para entonces es posible ver la mezcla que compone la población: tuaregs espigados envueltos en “jaiques” de colores vivos y con turbantes ampulosos se entrecruzan con grupos de negros fornidos y andar flexible. De repente tropeles de niños corretean jugando junto a sus madres, todos igualmente negros. No se aprecia recelo entre ambas poblaciones, pero tampoco un trato cercano. El sol desciende en el horizonte, y eso anima a atreverse con los caminos que salen de la ciudad hacia las dunas. Entre ellas se avistan conjuntos de tiendas míseras compuestas por lonas, plásticos y ramas. Alguien nos indica que son asentamientos de familias tuaregs, instaladas aquí a causa de un proceso de sedentarización obligado tras las revueltas transfronterizas de los últimos años. Las tribus tuaregs de todo el Sahara pasan, desde hace décadas, por una etapa de graves dificultades para asimilar un mundo de fronteras donde ellos solo conocían desierto libre y horizontes sin límites. Resulta difícil encontrar en Tombuctú la mirada orgullosa y el andar altivo de los “imohag” que tan bien ha descrito Vázquez Figueroa en sus novelas. Parecen vivir resignados a su suerte pero eso no les resta elegancia en la manera de moverse ni distinción en el porte.

A la mañana siguiente el día, según va despuntando, nos empuja hacia las calles. Sopla una ligera brisa proveniente del Níger que hace muy agradable un paseo madrugador. Junto a algunas casas varias mujeres negras están atareadas ante unas construcciones cónicas de adobe de casi dos de metros de altura. Al acercarnos con curiosidad podemos ver que se trata de hornos familiares, de los que sale un aroma cálido a pan recién cocido. Ellas llevan túnicas largas de colores intensos y van tocadas con pañuelos anudados sobre su pelo con destreza. Aquella de allí maneja una pala de madera con la que extrae de la boca del horno varias tortas levemente chamuscadas. A la luz fresca de la mañana muestra un rostro redondo y juvenil. La brisa le ha obligado a cubrirse con un manto holgado, de mangas muy abiertas, bajo el que asoma una túnica azul. Así es difícil atisbar su figura, tan cubierta de ropa. Qué imagen tan similar a la descrita por una expedición francesa que llegó a Tombuctú en 1922 tras cruzar por primera vez el Sahara en automóvil de norte a sur. No eran grandes literatos ni viajeros románticos, sino militares empeñados en abrir una nueva ruta de comunicación, pero dejaron constancia de su travesía en un diario plagado de buenas descripciones y datos contemporáneos muy útiles para observar, ochenta años después, cómo las gentes del Sahara han cambiado, aunque no demasiado. Los autores, J.M. Haardt y L. Audouin-Dubreuil, se recrean en varias páginas narrando la desnudez de los chavales y de muchas mujeres negras de Tombuctú. Éstas les parecen especialmente jóvenes y bien formadas:

«Muchas llevan un pañuelo alrededor de los riñones, llevando siempre descubierto el busto.»
La primera travesía del Sahara en automóvil.
El raid Citroën, 1922-23.


También ellos se detuvieron ante los hornos de adobe y disfrutaron contemplando la habilidad de quienes cocían el pan, narrando encandilados la belleza corporal de las mujeres negras.

En la misma calle, al pie de un muro, un grupo de niños ha instalado un futbolín y juega animadamente. Los más pequeños visten pantalones cortos, camisetas de estilo europeo y unas chancletas de goma entre las que la arena sale y entra con presteza a cada paso que dan. Los mayores llevan túnicas verdes y amarillas que ya mueven concierto garbo. La imagen, por inesperada, resulta chocante pero ¿acaso no hay lugar más propio para jugar al futbolín que las calles de Tombuctú a las siete de la mañana?. En fin, esto si que no lo vieron los militares franceses.

Cuando los chicos se percatan de la presencia de los extranjeros, uno de ellos se acerca y pregunta, haciéndose entender en un francés rudimentario. Conoce el camino a la gran mezquita y los lugares más interesantes, por lo que es aceptado al momento como guía informal. Bani, así le llamaremos, no tiene más de doce años y sobre su cabeza oscura crece un pelo de rizos minúsculos más negro si cabe. Intercambiamos pocas palabras mientras nos lleva resuelto hacia una gran construcción de adobe, en la que asoman múltiples maderos secos. Estamos ante la Djingereber, la mezquita más antigua de la ciudad y tal vez de la región del Níger, mandada construir por el gran Kankan Musa en 1325. Se la encargó al arquitecto granadino Isaac es-Saheli, quien creó un nuevo estilo basado en gruesos muros de adobe y madera en los que sobresalen pequeñas almenas y algunas torrecillas de forma piramidal. Una de éstas, la más alta, sirve de minarete al muecín.

Bani, nuestro acompañante, tiene el gesto adusto y sonríe poco, quizá desacostumbrado a los visitantes blancos. Nos lleva hasta la entrada del templo con presteza y aguarda fuera. El interior de la mezquita es muy diferente a cuantas hayamos visto antes. Varias hileras de arcos soportados por gruesos pilares ocupan la sala de oración, mermando en extremo el espacio para los fieles. La luz natural se limita a la que entra por la puerta, una prevención frente al sol y al calor añadida al poder aislante del adobe. Aparte de sus funciones religiosas, el edificio es toda una muestra de sabiduría arquitectónica y buen hacer bioclimático. No debe haber mejor lugar en la ciudad para protegerse del rigor del
mediodía. Decenas de esteras de colores dispuestas en el suelo permiten caminar sin pisar la arena y aportan un contraste vistoso frente al gris de los pilares.

El chico nos guía por los patios posteriores y, sin una palabra, se dirige hacia la azotea para mostrarnos de cerca el minarete. Tiene poca altura y las paredes en talud para darle mayor consistencia; esclavitudes de unos materiales tan pobres.

A continuación Bani se encamina hacia las otras mezquitas, en las que no está permitido el acceso a los infieles, y luego callejea hasta las viviendas donde habitaron los tres exploradores europeos que residieron en Tombuctú en el siglo XIX, Gordon, Caillie y Lang. El relato de la expedición francesa en automóvil describe todos estos lugares, recreándose en la casa donde estuvo su compatriota Rene Caillie, como no. Además, Haardt y Audouin-Dobreuil explican con detalle las actividades diversas a las que se dedicaron en sus semanas en Tombuctú, poniendo especial emoción en el relato de un hecho festivo, la llegada de la gran caravana de la sal, la «azalai», que regresaba de las minas de Taudenit, a unos 100 Km. al norte en el profundo desierto. Dos veces al año arribaban a la ciudad cientos de camellos cargados con barras de sal, protegidos por una fiera escolta armada para ahuyentar a los bandoleros. La «azalai» era recibida con grandes festejos que podemos recordar gracias al diario de viaje de estos dos oficiales franceses. En la actualidad las caravanas casi han desaparecido, y el escaso comercio de sal se abastece con camiones. Poco consuelo queda ya al viajero salvo leer las crónicas de tiempos pasados.

Pedimos a Bani que nos lleve al mercado, y mientras caminamos por las calles sumidos en una cierta añoranza, nos conformamos con ver a las mujeres que ataviadas con frescos vestidos cuidan de los niños o realizan labores caseras a las puertas de las viviendas. Algún tuareg cruza la calle con paso distraído, refugiado en el interior de su turbante. A la entrada del mercado, una vendedora rodeada de niños posa para nuestra cámara en medio de un puesto de tubérculos y hortalizas dispuestos sobre palanganas blancas. Tiene un bebe en los brazos y su precioso vestido verde, a juego con el pañuelo de la cabeza, denota que no pertenece al desierto.

© JESÚS SÁNCHEZ JAÉN
Jesús Sánchez Jaén reside en Madrid. Realizó el curso intensivo virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores entre enero y febrero de 2009. Es el responsable de la página Viajes y viajeros.

1 comentario:

Amaia dijo...

Vaya,está muy bien Sergi,he encontrado a faltar algunos acentos de última hora(en un Qué y alguno más adelante,poca cosa y sin demasiada importancia).Me ha parecido que transmite muy bien lo viajado,lo único que he echado de menos es ese narrar metafórico y poético que tienen algunos escritores y del cual he visto algún atisbo breve,la arena se adentraba en las calles con sus tentáculos...En fin,lo dicho,muy interesante el texto,felicidades a los dos:profe y alumno!