Bitácora de Sergi Bellver: En cadena.

28/6/09

En cadena.

Inaudito. De nuevo, los lectores se revelan como el más valioso hallazgo en esta página. Tras desvelar una de mis enfermedades crónicas (bibliofilia severa), ya han llegado cuatro libros a mis manos: desde Asturias a mi buzón, Morfología del cuento, de Vladimir Propp; desde Barcelona, vía librerías Laie, Apuntes hacia una pequeña teoría de lo visible, de John Berger y El diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce; y también desde Barcelona a mi buzón, El pensamiento del afuera, de Michel Foucault (en la edición de Pre-Textos de 1988, nada menos). Merci beaucoup, mes amis!

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En uno de los artículos más recientes de la cada vez más interesante Revista de Letras se rememora el legado y la figura de Michel Foucault, pensador de una estirpe de la que ahora andamos un tanto escasos. El otro día conversé con un amigo acerca de esta revista literaria digital y la charla me hizo reflexionar sobre ese tipo de páginas. Muchas personas ofrecen de manera gratuita (y loable) su tiempo y su esfuerzo para dotar de contenidos iniciativas como Revista de Letras y otras muchas publicaciones. Sin embargo, la mayoría de estas revistas, incluyendo la susodicha, se enfrentan a un dilema complicado: la necesidad de material para seguir publicando con cierta regularidad contra la conveniencia de una cierta criba en esas mismas colaboraciones. Apenas encuentro salvedades en todas las publicaciones digitales que me vienen ahora mismo a la cabeza (en formato revista, cuaderno, fanzine o foro abierto, con una periodicidad específica, imprevisible o en función de los artículos, pero páginas literarias colectivas en todo caso) alternan colaboraciones interesantes con intervenciones menos afortunadas: La tormenta en un vaso, Diagonal, Hermano Cerdo, El coloquio de los perros, Espacio Luke, Siete de siete, Narrativas, Masacre en los jardines, etcétera. De repente uno encuentra en esas páginas artículos estupendos, reseñas e ideas que merecerían una mayor difusión junto a textos de compromiso, pantomimas de los acólitos habituales o movimientos estratégicos que se le podrían ahorrar al lector.

En fin, tampoco es algo endémico de lo virtual: en los suplementos culturales de los diarios y en algunas de las mejores revistas literarias impresas (incluidas dos de mis favoritas, Quimera y Letras libres) sucede exactamente lo mismo. Sólo me preocupa que esa inercia se contagie por sistema del papel al bitio, cuando lo virtual debiera quedar como espacio de absoluta independencia. Supongo que no es fácil decirle a un colaborador habitual que su texto no lleva a ninguna parte (más allá del intento de promoción del responsable), y renunciar con ello al artículo y muy probablemente al colaborador (cuando no al amigo, incluso: el ego de los escritores es muy delicado, como bien sabemos), pero sólo dejo por escrito mis cavilaciones por si le sirven a alguien. Creo que, en el dilema expuesto, a corto plazo puede resultar complicado mantener un criterio firme para aceptar sólo los mejores textos y sacar adelante con ellos una revista literaria, pero a medio plazo ese método sólo puede redundar en beneficio de su calidad y, por lo tanto, logrará con el tiempo la fidelidad de los lectores. Una revista, como un catálogo editorial, ha de tratar de acertar en cada apuesta (no siempre posible), pero ha de mantener sobre todo un sello en todo lo que haga (asumible a partir de unos mínimos).

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Otra de esas publicaciones es Calidoscopio, la revista antes conocida como panfleto (a lo Prince). Para el mes de julio prepara un especial canalla y delirante (en estado alterado de conciencia), pero en su último número todavía se pueden encontrar algunos textos interesantes, de esos que merecerían una mayor difusión, una impresión en rotativas o, cuanto menos, quitarle la silla por un día a tres o cuatro «profesionales» (de esquina, labial grumoso y bolso de lentejuelas) de la crítica que ya han amoldado su trasero en cualquier columna, farola o suplemento cultural. Calidoscopio, como cualquier otra página, no es ajena a lo comentado en el eslabón anterior de esta cadena a vuelapluma, pero también permite que a uno, de repente y por ejemplo, le sorprenda una librera de Cambrils (Tarragona) escribiendo sobre escritoras sin aburrir con los lugares comunes de siempre, y logrando lo que debiera conseguir siempre un texto: contagiar la pasión de quien firma por el tema del que escribe. En casos así uno toma conciencia de todos los matices que las palabras amateur y «profesional» adquieren cuando las aplica a las esquinas peor alumbradas de lo literario.

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Uno de los responsables de Calidoscopio (iniciativa bicéfala, entre Madrid y Barcelona) tiene la culpa de que un servidor participe como jurado, prescriptor, elector o uomo di respetto (a lo Corleone) para la sección Arroz negro de la revista BCN Week. Desde hace unos días ya están disponibles los dos nuevos textos seleccionados. Circulan por la ciudad en cualquiera de los 15.000 ejemplares impresos y aguardan en la red para los lectores de toda la galaxia (¿tendrán WiFi en Ganímedes?). Como ya avancé en su día, los autores de este mes son dos conocidos de esta bitácora, bloggers activos, habituales del Diomedea y de otras lides: Manu S. Vicente y Gilda Manso.

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Hablando de bitácoras, de textos, de cuentos, de publicaciones y de iniciativas, desde hace unos días circula por la red, como un rumor, el Proyecto Troyanos. No sé en qué quedarán todas esas pistas y declaraciones de intenciones (algo pomposas a veces, pero sugerentes en todo caso) que van dejando por ahí, ni si al final del sendero estará la bruja o la casita de chocolate, si todo ese proyecto no es más que un cuento chino o de veras se están tomando un trabajo de chinos, pero desde luego, si no se tuerce ni es un bulo, la cosa promete. Veremos qué pasa. De momento tiene buena pinta.

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Una de las muchas cosas que comentan estos troyanos, y que a mí particularmente me interesa, tiene que ver con la relevancia que va cobrando día a día el idioma castellano en países como Brasil y Estados Unidos. No sé hasta qué punto ese fenómeno tiene una incidencia real en lo literario, ni si hay un movimiento editorial apreciable en cualquiera de esos dos países que recoja la creación literaria autóctona (o inmigrada) en castellano. Tendría que investigarlo. El caso es que ayer, cuando desperté, en ese fructífero estado de duermevela (una ebriedad serena y calidoscópica) que precede a la vigilia completa, tuve una visión: Iowa. Luego el intelecto, la razón y todos esos torpes invitados quisieron llevar la fiesta a su terreno y me hablaron de Chicago, de Nueva York o, por supuesto, de Los Ángeles, Miami o San Diego. Pero nada que hacer. De hecho, si algo me atrae de Estados Unidos está en otra parte, en los paisajes de otros estados: Wyoming, Montana, Oregón, Vermont, Arizona, Wisconsin, la California no urbana… Nada que hacer, como digo, la fiesta ya tenía su protagonista (un borracho lúcido y carismático): las Grandes Llanuras del Medio Este, el condado de Madison, las anodinas Iowa City o Des Moines (según dice una buena amiga portorriqueña afincada en Chicago), las riberas del Mississippi y el American Writer's Workshop seguían martilleando en mi cabeza Iowa, Iowa, Iowa… someday I'll be there.

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Me quedo con I'll be there, I want you back con Billy Jean, Rock with you, I wanna be startin' something, Beat it, Smooth criminal y con tantas otras canciones de los dos primeros tercios de la vida de Michael Jackson (desde los Five y la joya Off the wall hasta Bad y, ya en menor medida, Dangerous). Personalmente, me tocaron mucho más las muertes de Freddie Mercury, John Lennon, Kurt Cobain o Cliff Burton, bajista de Metallica. Y la de Vicente Ferrer (maestro en armonía). Pero creo que «Jacko» fue un genio musical, audiovisual y del baile que tuvo al menos tiempo de demostrarlo en vida, antes de que el personaje engullera al artista y sus demonios personales destruyeran su creatividad.

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No se estudia escritura creativa en la universidad, no de una manera seria y planificada. Y no en Europa, al menos hasta donde yo sé, aunque no tengo todos los datos (creo que en Alemania sí existe algún caso). Pero no en España, eso desde luego. Por esa razón, algunos de los programas de estudios que se presentan como «máster» desde varias iniciativas privadas no obtienen el reconocimiento, la convalidación y el prestigio «oficiales». En España existía ya al menos un Máster a partir de unos talleres literarios, Máster que pretende estar homologado por una universidad española, aunque lo cierto es que sólo goza de su permiso para utilizar un nombre y un logotipo en las promociones, como mero reclamo publicitario. Pero insisto: el mundo universitario mira para otro lado y se desentiende de la enseñanza de escritura creativa (o de creación literaria). Sé que en Estados Unidos, por ejemplo, existen estudios oficiales de escritura creativa que suman los correspondientes créditos en diferentes carreras de Humanidades. Sucede por ejemplo en la Universidad de Nueva York, en la prestigiosa Universidad de Berkeley, en la de Iowa y en algunas otras. Toronto, en Canadá, también es otro caso. En algunas de estas universidades, además, la escritura creativa en español forma parte de los departamentos correspondientes (Literatura, Filología, Traducción, etcétera).

Con el tiempo ha de llegar este debate a las universidades españolas y europeas, y no sé hasta qué punto esto será positivo o negativo para los talleres literarios privados, de los que, entre otras cosas, come un servidor. Tampoco la posible incorporación de esta materia al ámbito universitario sería garantía de una mejor docencia, si no contara con la experiencia de quienes llevan más de una década en talleres privados. Como en todo, lo fundamental es el criterio. Al menos el centro para el que trabajo forma parte de la Red Europea de Programas de Escritura Creativa, que se preocupa de compartir y contrastar entre varias escuelas de toda Europa métodos y estrategias para mejorar la docencia y sumar esfuerzos, entre otras cosas. Pero me planteo todo esto con el mismo espíritu con el que antes hablaba de las revistas literarias: conciliar la necesidad de rentabilizar cualquier iniciativa empresarial con el rigor en su actividad cultural (también, con sus peculiaridades, toda universidad es en cierto modo una empresa).

El próximo día 1 de julio finaliza el plazo para la inscripción en la prueba de acceso al Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid, prueba que tendrá lugar el día 4 de julio. Los seleccionados (incluyendo varios becados, uno completo y dos parciales) comenzarán el Máster en otoño y la ponencia inaugural correrá a cargo del escritor italiano Alessandro Baricco. No es casualidad: Baricco dirige la Scuola Holden de Milán, donde se desarrolla un Máster en escritura que, si bien tampoco está homologado por ninguna universidad en los dominios de Il Cavaliere (ocupado en otros menesteres y menesterosas), goza de un prestigio real en todo el espectro literario italiano, después de años de buen hacer y de buen criterio. Ése es el espíritu con el que nace el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid: formar escritores (narradores, en concreto) que, con el tiempo, podrán argumentar la realización de ese Máster como garantía, cuanto menos, de un trabajo serio y riguroso, el mismo con el que (me consta) se ha desarrollado todo su temario.

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No sé si ya lo he dicho alguna vez, pero me encantaría trabajar algún día al frente de un programa de radio. En una emisora local o a través de un portal de radio en línea, da lo mismo. Todavía me fascina ese medio, donde la voz es la protagonista, y creo que se pueden hacer cosas interesantes e imaginativas con la literatura y la radio, donde la imagen no roba protagonismo. De un tiempo a esta parte han aparecido algunas buenas iniciativas que relacionan lo virtual y la televisión (literalia.tv, aviondepapel.tv, canal-l.tv, etcétera), pero ojalá pronto alguien se anime con la radio. Las emisoras convencionales (RNE y compañía) cuelgan archivos de sus programas en sus páginas web, pero no estoy muy al tanto de si hay iniciativas serias que trabajen sólo el formato podcast y on line. ¿Alguien tiene más pistas?

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La Escuela de Escritores y la cadena SER, como muchos ya sabéis (porque participáis en él), convocan cada semana el concurso Relatos en cadena, que en su primera temporada ya desembocó en un libro recopilatorio, publicado por Alfaguara. Formo parte del pre-jurado en ese certamen y el pasado martes ganó un texto que había pasado (de manera anónima, con un código numérico, como siempre) por mis manos. Eso satisface, pero también plantea un interrogante que extiendo a todos los concursos, como el Setenil, por ejemplo, ya en marcha: el jurado es el último responsable del fallo de cualquier premio (se entiende que hablamos sólo de los limpios, por supuesto, como parece serlo el Setenil), pero ¿quién audita, controla o valora al pre-jurado de esos premios? ¿Cuántos textos no habrán quedado en el camino por la falta de criterio, el desbordamiento o el descuido de quienes hacen la primera criba? En fin, ni yo mismo quedo libre de estas cuestiones, ya que nadie es infalible, pero lo que quiero decir con todo esto es que un escritor ha de relativizar siempre sus expectativas y sus «victorias y derrotas» en todo concurso literario. Escribir es lo más importante. Trabajar en ello. No hay victoria ni derrota real, sólo lucha con, para y desde el texto. Lo demás ha de ser siempre accesorio y llegar (o no) a posteriori. Ganar un concurso puede llegar a ser un estupendo efecto secundario, pero el síntoma y la fiebre han de ser siempre el deseo y la escritura.

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Ya que de concursos hablamos, hago una apostilla: ya es la quinta vez que un participante del Premio Diomedea me escribe un airado mensaje de correo, protestando por el fallo del jurado. Uno puede errar con la preselección de textos, pero no creo que se equivoque por sistema todo el jurado del Diomedea, mucho más amplio en proporción que en cualquier otro premio literario: entre ocho y doce escritores (muchos ni siquiera se conocen entre ellos) valorando los seis textos que yo les presento como candidatos. Me puedo equivocar, sí, pero la experiencia y cierto ojo para estas cosas han hecho que mi pronóstico personal se cumpla en casi todas las convocatorias. Tras cada fallo, llegan algunos de esos afectados (en todos los sentidos). Unos me escriben con cajas destempladas, otros con la tibia máscara de la ironía, pero todos los que han caído en ese error han gozado de mi paciencia y de la respuesta más amable y argumentada que he sabido darles, cuando no tendría por qué (por eso no se da nunca ningún tipo de explicaciones en ningún premio literario, menos en éste, claro, porque su administrador es un poco tonto). Aún así, es habitual que estos «agraviados» dejen de concursar en el Diomedea, lógicamente, o que borren de su bitácora un enlace que, a veces durante años, ha conducido a la mía, lo cual ya es menos lógico y bastante más infantil. En fin, libres son.

Cualquier día, sin embargo, alguien terminará por calentarme los cascos más de la cuenta, y publicaré entonces su texto, dejándole en evidencia con un concienzudo análisis crítico con los motivos por los que no ha llegado a la final, porque una cosa es el gusto y las modas, sí, y otra muy distinta el criterio literario y el conocimiento de los recursos utilizados en la escritura contemporánea (no hablo ya del talento). Menos mal que ésta es una iniciativa personal y no remunerada (a veces hay quien olvida que sólo me supone trabajo y algunos euros en la ventanilla de Correos, y me pide explicaciones que no vienen a cuento) y que el premio se reduce a un puñado de libros (animo a otros cuentistas o editoriales a tomar ejemplo de Juan Carlos Márquez, por cierto, y a donar alguno de sus libros para futuras ediciones del Diomedea), porque si llega a haber un buen dinero de por medio igual hasta me envían a casa una carta bomba o me meten en la cama la cabeza de un caballo (a lo Corleone). Un poco de humildad y de sentido del humor no vendrían mal. Creo.

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Veremos qué pre-jurado y qué criterio gastan en el primer concurso de relatos al que mando un texto en mi vida. El viernes grapé las copias de mi cuento, cerré la plica y crucé los dedos en Correos. Nunca he sido muy amigo de los premios literarios, pero comienzo a cambiar de opinión. Alguna vez tenía que empezar. Tal vez envíe mi libro de relatos al Tiflos, por ejemplo, si es que se convoca este invierno, ya que a pesar de la pésima distribución de Castalia al menos la edición es buena y el libro estaría en una fecha razonable en manos de los lectores, porque por la vía tradicional, con los editores, hay que pensar en plazos inabarcables de espera. No tengo prisa, pero después de tres años trabajando en el libro, cuando lo acabe, no estoy seguro de que me apetezca esperar otros dos años para compartirlo con los lectores, por cuestiones de agenda editorial. Por eso a partir de ahora, cuando descubra un certamen que parezca limpio y tenga, premio aparte, cierto prestigio literario, buscaré algún relato acabado que no esté en el libro y que encaje en ese concurso, me preguntaré por qué no y me imaginaré un día con dinero en el bolsillo para comprarme un portátil nuevo, lanzarme de una vez con aquella revista o dedicarme unos meses a la escritura a tiempo completo, que para eso sirven los concursos. Para eso, y no para dorar el ego ni creerse licenciado de nada. Prometo callarme la boca y no darle la vara a nadie cuando no gane un concurso, y otro, y otro... y seguir así, encadenando palabras y grapando folios, calladito y humilde, hasta que un buen día mi trabajo dé (o no) algún fruto. Porque la fiebre todavía no remite y a mí, la verdad, lo que me divierte es escribir.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucha miga en esta entrada...

Ya irè por partes, de momento me quedo con lo de que la fiebre es lo importante y las consecuencias de esa fiebre: escribir. Lo demás , ganar o perder, efectos secundarios.

Me alegra que te animes a envíar tus relatos a concurso. Eso sí, hay que ser selectivo. Hoy lei el fallo del jurado de un cocurso al que había envíado un relato y tanto ganadores como finalistas tocaban temas manidos(maltrato, alzeimer,pobreza..etc) de forma predeciblemente ñoña. Y el problema no es el tema(aunque yo personalmente prefiero más ruptura con lo cotidiano), el problema es que se cuente siempre igual. Se puede hablar de cualquier cosa(no hay nada nuevo bajo el sol) pero siempre buscando otro ángulo,no sé, algo que marque la diferencia.
De todas formas , como tú bien dices perder o ganar es igual, estar en la brecha es la cosa...

:DD Yo participé en el Diomedea antes y no me pillaba pataletas al perder, al revés siempre revisaba y veía errores en el texto. Leía los relatos ganadores, disfrutaba y a continuar.
Las revistas literarias digitales y en papel son dignas de admirar, espero que no pierdan esa parcela de veracidad e interés.

Un saludo
R.A.

PD Me da que tendrás algún que otro troll en esta entrada....

Anónimo dijo...

Sorry, se me olvidaba.

En la Universidad de Alcalá hay una Escuela de Escritura. Imparte algún taller que otro, conferencias...hacen lo que pueden.
Los talleres dan créditos para según que carreras.
Eso sí son talleres más bien intensos, de 3 o 4 días.
Y a veces viene algún escritor a dar alguna charla.
Yo también creo que la Escritura está poco presente en la Universidad española.
Dew.
R.A.

Amaia dijo...

Aunque ande de vacaciones Sergi,sería imperdonable pasar por alto esta entrada,porque dices tanto.
Y de todas las verdades que muestras sin pudor,sin miedo a lo que todos sabemos que pasa cuando alguien dice una verdad que no interesa,me quedo con el último párrafo,sí,porque lo que queremos,lo que deseamos realmente tus comentaristas y/o lectores habituales,es precisamente, que una persona como tú salga adelante en ese monstruo implacable que es el mundo literario de hoy.
Y desde hace que te leo,no sé cuánto,me quedo con una cosa,lo que más me interesa de ti,tu gran,tu increíble y maravillosa bondad que se traduce en muchas otras cualidades:generosidad,lealtad,humildad,sinceridad.
Deseo de corazón porque no entiendo de otra manera,que alguien lúcido coja tu libro y lo publique y nos dé a todos esa oportunidad.

Un fuerte abrazo.
Salut!

hugo dijo...

Después de leer tu afiebrado, febril y fibroso monólogo interior/exterior desencadenado, se me ocurre comentarte un par de cosas. Por una parte, hay que despedirse o descartar la posibilidad de incluir como asignatura la "Creación Literaria" o algo similar. Manda Bolonia y sus bolonios eficientistas. roguemos para que no ya Filología, sino todo Humanidades pueda resistir.
Por otra parte y respecto a la parte final de tu artículo sólo puedo decirte ¡Bienvenido al club de "los sin techo" editorial!
Un editor madrileño,independiente, tan independiente que hasta tiene lengua propia (lo cual no deja de preocupar a doña Esperanza y su otras virtudes teologales), después de seis meses de tener mi manuscrito y un mes de marear la perdiz, me dice: "No, Hugo, si tu novela es muy buena, lo que has de entender es que una editorial no puede publicar sólo lo muy bueno"
Otro editor, legendariammente independiente, de Barcelona, me animó para que presentara mi novela al concurso de su editorial prometiéndome el oro y el moro. Por supuesto al final nada de nada, pero su secretaria, al devolverme los manuscritos presentados me dice: "Lo has de disculpar(al editor) es que este año le otorgó el premio a un amigo que está pasando un mal momento".

Y no me extiendo más,
salut,
hugo

Hiperbreves S.A. dijo...

Sergi, tocas muchos palos en esta entrada y la verdad es que no estoy muy lúcido a estas horas para entrar en un análisis más profundo. Por eso me voy a centrar en lo del Diomedea. Creo que lo peor que tienen los concursos es que hay gente que siempre espera ganarlos. Tipo Susan Boyle. El ego de algunos escritores parece no tener límites y, ante la normalidad del fracaso, actúan como víctimas de una conspiración mundial contra su excelsa obra. Últimamente soy asiduo al Diomedea y no creo que sus fallos den para ninguna polémica.

Ánimo.

Nacho Viñuela dijo...

Me he presentado varias veces al Diomedea y nunca he ganado. No ganar me hace querer seguir intentándolo con más ahínco. El verdadero éxito, el más difícil de conseguir, es el de la satisfacción de uno mismo con su texto. Los premios han de ser, como mucho, un cierto bálsamo para la piel autoflagelada (me refiero al famoso látigo del que habla Truman Capote en el Prefacio de “Música para camaleones”), pero jamás deberían ser un fin en sí mismos. Quizás esto sea otro síntoma más de la enfermedad de esta sociedad en la que todos queremos siempre ganar algo. Stevenson, que sabía mucho, lo dijo muy bien y de manera muy simple: “Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con entusiasmo y alegría”.
Estoy seguro de que la mayoría de la gente que se presenta al Diomedea, lo hace por la pasión por la escritura verdadera y la integridad que transmiten las entradas de esta bitácora. Es un placer fracasar en semejante compañía.

Óscar Santos Payán dijo...

Hola Sergi. Te leo y descubro tu pasión por la radio. Pues nada, si la temporada que viene sigo con "La noche a tientas" estás invitado a colaborar. Un abrazo fuerte

manuespada dijo...

Sergi, si te gusta la radio, te recomiendo las llamadas "Radios Libres", quizá encuentres algo en Internet. Son radios de barrio, como Radio Vallekas, o en su día "Radio cadena de wáter", etc. Ahora estoy un poco desconectado del tema, pero en su día tenía un proyecto para este tipo de radios. Son radios de barrio, con una difusión limitado, pero de las pocas en ñas que te permiten hablar de cultura, cuentos, literatura, cine..´. Ahora no lo sé, pero en su día sólo había que presentar un proyecto serio y con base y te daban un hueco en la parrilla. Eso sí, nada de beneficios económicos, como los blogs, por amor al arte. Pero merece la pena, es muy divertido, hablas de lo que te apetece y es gratificante. En las generalistas hay poquito, de hecho, ya ni Radio 3 deja un hueco para la ficción. Escarba en ese camino de las "radios libres", si yo no lo hago es por falta de tiempo.