Bitácora de Sergi Bellver: Fogonazos (otras formas de país).

26/5/09

Fogonazos (otras formas de país).

Cuando el tren se detuvo en la estación de Almería el pasado miércoles, al poner el pie en el andén, el olor del salitre en el aire me dijo que, en cierto modo, volvía a casa. Era la primera vez que visitaba la ciudad, pero eso importaba poco: mi país está hecho de sal y de orillas, de luz y de arena. Mi país no es una convención escrita, ni un pedazo de papel, ni fue nunca un marco definible. Ya desde niño, mi idea de patria "[...] no era un país, sino el material del que están hechos los países", como escribía Willa Cather en su novela Mi Ántonia. La cita encabezaba Sobre tierra plana, una antología de relatos que apareció a inicios de 2008 en la editorial a la que sigo echando una mano, y venía seguida por un prólogo de Javier Reverte.

Los trenes ya no transportan el mineral por la quimérica pasarela de hierro que ahora muere sobre el puerto de Almería. Se diría que aguarda a un Nostromo o a un Titanic 2.0 salido de la película Dune, dispuesto a amarrar su popa para volcar entrañas de otros mundos, herrumbre desmenuzada y dispuesta para el inventario. El puente del mineral se eleva despacio desde el fin de los andenes, junto a la mole ferruginosa del "toblerone" (los antiguos silos de almacenaje), salva el tráfico de los coches con unos arcos que, sin serlo, tienen bastante de romanos, y penetra en las aguas del muelle hasta ofrecerle al azul esa especie de promesa de montaña rusa. Al azul o a lo que sea en realidad ese azul. Porque la luz de Almería no es azul, ni clara, ni una luz siquiera. La luz de Almería es otra forma de país, una suerte de Ítaca austera y serena en la que habrán de tensar el arco el mendigo y el desertor, el rey y el soldado, todos los jirones de sí mismo que soporta cada Ulises.

Le digo a Miguel Ángel Muñoz, con el pescado en el plato y los libros en la conversación, que podrían empalmar un AVE y hacerlo volar por el puente del mineral (que para eso son los pájaros), mar adentro, como a un convoy de manga japonés. El infierno (el que forjan las miserias humanas) también está en Almería, o eso viene a decir Juan Manuel Gil mientras cena y se irrita (el tipo tiene gracia hasta cuando se cabrea) hablando de los despropósitos políticos que han convertido El Alquián en la boca del Hades. Javier Reverte y todos los demás hablamos de viajes, de libros y de las formas de comer pescado con las manos. Ana Santos y Pedro Miguel (gracias otra vez), el señor Curri (Antonio García Fernández para las solapas), Oscar, la novia del hijo del pescador-relojero (hay algo de artesano judío, de pescador galileo y sabio, en ese don para dejar limpia cada raspa), el violinista, una Nausica repentina en la Rambla, tres o cuatro Circes, dos niños en las casetas del LILEC, algunos alumnos sedientos que con su curiosidad pueblan el taller de vida, Javier Reverte (no confundir con ningún académico pescador de truchas: este es un hombre humilde y cercano), la piedra caliente de las fachadas, el café americano, las jibias, la solana espabilando mi pellejo por el paseo marítimo, cierto remedo de mis retazos alicantinos de infancia, cierto rumor de Eixample, cierta nostalgia de los otros que también fuimos (en otras vidas, tal vez) me deslizan en la mochila un lastre amable: otro lugar en el que no sentirse extranjero.

Después, el viernes, un autobús asciende por la mitad de mi árbol genealógico, de Murcia a Valencia, y una amiga (a lo Cela, con una chófer más alta que yo) me acerca a repetir encuentros y extravíos en Albarracín. Enrique Páez, su discurso impagable y los cojones del caballo, la familia repentina de escritores (que también tiene muchas ramas y raíces, que para eso son los árboles), los catalanes, la cita del cuaderno de Pla, el solanar sobre el pueblo, un editor que nunca parece descansar, el vino pésimo de la venganza (de Don Mendo), Germán agotado, Ana danzarina, Patricia fenicia, Mariana risueña, Pau a dos manos, Muriel y Bea que suman seis mamás, Sergi medio sonámbulo por las esquinas (dice Lucía), las llaves de la habitación en mi bolsillo a todas horas ("este año no me dejan en la calle"), el buen Jacobo, Javi y el menda preguntándonos "cuándo se folla aquí", la trouppe de profesores en el molino de agua (agua en todas partes menos en el vaso), alumnos escaldados del innombrable por doquier (todo cae por su peso: tres sorpresas exceden la casualidad), el cara-ternasco del hostal que rezonga (tendero cascarrabias capaz de sabotear una comida en hermandad), pocos desmanes, mucha letra y otra vuelta de tuerca a mi cuento de niño con padre postizo y gorra de béisbol. Ah, y de postre, otra charla sobre literatura de viajes con Julio Llamazares, de nuevo un encuentro amable con un escritor humilde, un leonés ameno y tranquilo (¿por qué los más mediocres terminan por ser los más soberbios?, ¿cómo demonios se endiosa un jabalí?). Y la lluvia (amarilla no, más bien rojiza) que sólo bravuconea un poco de madrugada y escampa pronto. Menos mal, hay que remontar la empedrada, emular a Sísifo, pero contentos (hemos elegido nuestra roca, nuestra sed). Domingo tarde, dispersión, y cada uno de regreso a su país, a su exilio o a su luz.

En fin, días que valieron la pena.

Aunque fuera para que Javier Reverte y Julio Llamazares me dieran algún consejo útil para el nuevo curso virtual de literatura de viajes, en ciernes (empezamos el lunes, 1 de junio). Aunque sea por haber conocido Almería y haber respirado un poco de mar antes de regresar a este exilio mesetario. Aunque sólo fuera por lo compartido con amigos y desconocidos, valieron la pena, la verdad.

4 comentarios:

Amaia dijo...

Ah,Almería,la ciudad de la luz amigo!debió de ser un encuentro entrañable y enriquecedor para vos,ese recular hacia atrás en la memoria infante,padre postizo?no entiendo,tampoco sé si hace falta.Salvo un nombre que no me ha gustado,el resto,envidia pura,de la buena te lo aseguro.Un abrazo!

el lector dijo...

Valente dijo que la luz no basta..., puede ser verdad. Pero es suficiente para (re)encontrarse y para encontrar amigos.

Además están el aire, y la humedad y el salitre.

bambu222 dijo...

Maravilloso escrito sobre mi tierra,que casi es Africa.Vuelve pronto y conocelá más a fondo.

Óscar Santos Payán dijo...

Me alegra volver a verte aunque sea a través de tu texto. Ya sabes que estoy por aquí, en Madrid. Un abrazo y gracias a ti.