Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2009 (III): Space Oddity.

6/5/09

El cuento de 2009 (III):
Space Oddity.



Título: Órbita
Autor: Miguel Serrano Larraz
Prólogo: Manuel Vilas
Edita: Candaya
ISBN: 978-84-936007-9-2





Al final, la estrella sería tan oscura que ya no podría verse desde la nave: todo lo que quedaría sería un agujero negro en el espacio. La estrella continuaría, no obstante, ejerciendo la misma fuerza gravitatoria sobre la nave, que seguiría en órbita alrededor del agujero negro.

STEPHEN HAWKING, Historia del tiempo


En la última escena de La hora 25 el rostro de Anthony Quinn esboza una mueca terrible ―la de un hombre roto― cuando un fotógrafo insolente le pide una sonrisa más para la posteridad. Para quienes no recuerden la cinta ―rodada en 1967 y basada en la novela de Virgil Georgiu―, Quinn interpreta en ella a un pobre diablo rumano que primero es enviado a un campo de concentración para judíos y después ensalzado como arquetipo de la raza aria por los nazis. Sí, señores, Anthony Quinn, la gran estrella mexicana, tan «ario» como un chihuahua gigante, ¿no creen?

En el caso que nos ocupa, creo sinceramente que lo peor que podría pasarle a Miguel Serrano Larraz sería tomarse demasiado en serio el prólogo que Manuel Vilas ha escrito para Órbita, no fuera a terminar posando para los medios como legatario de la raza «afterpop» o relevo de la supuesta generación del cacao con avellanas. No es la primera vez que me encuentro con un prólogo bienintencionado pero que al mismo tiempo resulta arma de doble filo para presentar un libro. Sin embargo, y por fortuna, detecto en Serrano cierto distanciamiento respecto a cualquier tipo de etiquetas y entiendo el texto de Manuel Vilas como lo que en realidad es: un acto de generosidad, casi afectivo, hacia un nuevo autor zaragozano ―lean ese prólogo sin comer polvorones, me lo agradecerán: «Zaragoza» figura hasta nueve veces en la primera página―. Hasta ahí, el prólogo difunde y promociona a corto plazo el trabajo de Serrano, al firmarlo en términos elogiosos nada menos que Manuel Vilas. Y es que vaya por delante que, para quien esto escribe, Vilas es, sin ambages, el escritor con la pulsión poética más interesante ―junto a Fernández Mallo, para mi gusto, mejor poeta que narrador― y con la prosa más potente de toda la hornada «nocillera», y que textos como España (DVD ediciones) sí han abierto trocha en la oscura maleza de la narrativa contemporánea en castellano. Pero a medio y a largo plazo, el hecho de que la gran estrella de las letras mañas prescriba un libro con tal entusiasmo podría llegar a ser contraproducente para el joven autor ―joven (1977), pero en absoluto novel, pues Miguel Serrano ya publicó novela y poemarios con anterioridad―, si se dejara condicionar por la parte más mundana de lo literario. Si al autor de Órbita le pudieran más los cantos de sirena que la voz de la escritura, si no ejerciera de Ulises amarrado al mástil en su odisea particular por las letras zaragozanas. De lo contrario, la tremenda fuerza gravitatoria de Vilas y de sus estrategias dialécticas ―¿«fantasmagorías de las sociedades capitalistas de última generación», «era de mutación emocional», «instrumentos literarios antiguos», «cubismo»?― podría llegar a engullir y comprometer la originalidad de sus futuras propuestas. No, no aceptamos pulpo como animal de compañía, ni Anthony Quinn como prototipo ario, ni Manuel Vilas como Ground Control y Miguel Serrano como Major Tom, ni Órbita como satélite mutante de lo «afterpop», porque cuando todas esas tentativas de vanguardia se precipiten hacia el agujero negro del olvido, Miguel Serrano continuará escribiendo cuentos, contando historias, dejando pistas y bebiendo ―por fortuna, insisto― de muchas corrientes literarias.

Un libro mediocre, romo y timorato termina por ser lo que cualquier lector desee hacer de él. Un buen libro, sin embargo, lo es en sí mismo y en estado salvaje; no se presta al hierro para el ganado ―la maldita etiqueta― y esa imposibilidad de domesticarlo despierta nuestro deseo de descubrimiento. Miguel Serrano ―como Fernández Mallo, por cierto― viene de una formación científica, y algo queda de ello en sus cuentos desde dos puntos de vista: la investigación y el método. Se percibe esa voluntad de descubrimiento y ese trabajo de laboratorio en los cuentos de Órbita, aunque también ahí radican las carencias y los excesos del libro. En varios pasajes, cuando los textos demandaban más audacia, el autor ha reculado y allá donde la técnica debía perfeccionarse para sustentar la estructura, el texto se desmadeja. Quienes conozcan de antemano mi serie de derivas sabrán de sobra que, cuando un libro me decepciona, prefiero guardar silencio antes que recrearme en la crítica gratuita. Sin embargo, y aun con todas sus imperfecciones, considero que Órbita contiene suficientes aciertos y que la escritura de Miguel Serrano atesora el potencial necesario como para que pueda compartir su lectura con los demás. Por ello, sin dejar de señalar las zonas de luz y de sombra del libro, vale la pena detenerse en dibujar la trayectoria ―elíptica, no circular― de estos cuentos.

«Órbita», el que abre fuego y da título al libro, es un explícito homenaje a Bolaño que provoca cierta sensación de vaguedad e indeterminación. Sin embargo, no creo que sea por error, sino algo deliberado: el autor toma la decisión de nublar la atmósfera del texto para llevarlo al terreno en el que piensa que la historia cobrará la dimensión adecuada. Pero una cosa es la voluntad y otra el resultado. La reiteración o la neblina textual no crean necesariamente estilo, y si bien el narrador puede abrir vías muertas, el autor ―dos entes distintos; primer curso de escritura, lección uno― ha de tener perfectamente claro el rumbo del relato, porque algunas opciones no terminan de «funcionar»: aunque se exponga la idea de que es un superdotado, ¿de veras un niño de nueve años puede leer Rojo y negro de Stendhal y percibir «algo» de la verdadera naturaleza de Julien Soreil? (p. 18). ¿Todavía podemos aceptar en una literatura realmente contemporánea que el narrador quiera resolver el final del cuento con un sueño?

«Perspectivas» es un relato arriesgado, donde se revela de nuevo el Serrano investigador, donde habla la voz de un muerto, pero también donde el narrador escatima información de manera deliberada (p. 43). Sin embargo, en esa suerte de ineficaz proyección kafkiana, de repente, asoman frases tan brillantes como «El futuro se abría ante mí hermoso y prometedor como un labio partido» (p. 43), o leves trazos líricos y con una deriva interesante (p. 48). El muerto, no lo hemos dicho, se reencarna nada menos que en… bueno, descúbranlo ustedes, pero creo que «Perspectivas» estropea la deuda con Kafka y le quita rigor al libro, cuando tal vez debiera haber quedado como cuento de ensayo y cajón, a pesar de algunas pinceladas vibrantes. En este sentido, creo que el cuento «Y así sucesivamente», por su juego cabalístico, paranoico y conspirativo, parecía un homenaje más logrado y prudente al autor de El castillo.

A quienes todavía duden entre considerar Órbita como un libro «afterpop» o como el dignísimo primer libro de un narrador sin demasiadas ínfulas ―elogio―, les remito a «Shaman's blues», crónica iniciática en toda regla del naufragio juvenil, llena de guiños a la Zaragoza de los años 90 ―un servidor vivió algunos meses en la ciudad, durante 1995, cuando todas las mujeres se teñían de rubio platino y los domingos callaban como nazarenos, o al revés―. En este relato la voz se hace más rica en su discurso, se permite algunas licencias poéticas e incluso ―ahora sí― establece algún tipo de nexo con lo «afterpop», aunque también con otras corrientes: «El martes, sin embargo, tiene, o tenía, la forma alargada de una canoa, mientras que el miércoles se desplazaba ante nosotros a la velocidad de un transatlántico, macizo, incuestionable y severo» (p. 58). Por desgracia, a ratos Serrano desbarata todo eso, y con ello lo que podría haber llegado a ser un cuento perfecto, al levantarse la falda y mostrar las enaguas de la escritura: «pero basta ya de metáforas, basta ya de símiles» (p. 59). Y digo esto porque cuando un escritor ha logrado que el lector entre en su juego, cuando ha conseguido su complicidad, no puede romper la baraja sin previo aviso, no puede deshacer de golpe la seducción ―uno de los pilares del hecho literario―, minando toda la entidad de los aciertos anteriores. Una de las características de la verdadera literatura contemporánea ―de la mejor, sin rodeos ni etiquetas― es que importa poco o nada la historia en sí, y es el cómo lo que de veras cuenta, un cómo que en «Shaman's blues» agradecería un punto más de velocidad, manteniendo el acierto de no caer en clichés punk ni en personajes planos, pero potenciando ese espíritu realmente canalla que palpita en el relato.

La prosa de «Y sólo del amor queda el veneno» resulta un tanto redundante y obvia en el primer párrafo, poco pulido, propio de un autor que se ha gustado antes de tiempo. En cuanto a los puntos de vista utilizados, hay que justificar, exponer o, cuanto menos, hacer coherentes las motivaciones de los personajes, sus conflictos y sus deseos. Los del personaje femenino tienen un pase, por la soledad, tal vez, pero el del masculino al final resulta bastante inverosímil, por no hablar del gato. Otro ejemplo de manual de lo que Vilas llamaría «instrumento literario antiguo»: la omnisciencia absoluta del narrador no sólo no es rompedora ―más bien decimonónica―, sino gratuita en la escritura del ahora: no todo vale en lo formal, y aquí es donde la técnica flaquea.

«Estrategia del aplauso» es otro relato que sigue fielmente la cuerda clásica ―y lo digo ahora en clave positiva― de todos los cuentistas que en el mundo han sido ―en el ámbito hispano, al menos― desde 1962: un nuevo homenaje ―implícito o explícito, poco importa, porque está bien resuelto― a Cortázar, al jazz y a Rayuela. Tanto si es deliberado como si el poso de sus lecturas ha salido a flote desde el inconsciente de Miguel Serrano, la herencia está ahí, incuestionable: «afterpop» no, afterjazz, si acaso. Otro texto que sigue el abecedario canónico del cuento es «Cuerpo y alma», una complicada pero evidente metáfora de situación llevada casi al límite entre novios y menestras.

«Últimas señales» es el relato que demuestra de manera más clara, a mi entender, todo el potencial de Miguel Serrano como narrador. Salvando una nueva y gratuita personificación felina (p. 182 y 183) y obviando la extensión del texto, en el que se han dejado entrar una serie de detalles superfluos e informaciones que no aportan nada realmente significativo ni al ambiente, ni a la trama ni a la exposición del conflicto de los personajes, creo que es ―al menos formalmente― el mejor relato del conjunto. Por su estructura, por su solidez, por el trabajo de revisión que se adivina en la lectura, por la consistencia del tejido narrativo y el juego de engarces que se establece en varios puntos del cuento y por el tema de fondo ―la identidad en jaque―, justifica por sí solo que anotemos el nombre de Miguel Serrano para el futuro ―no pienso emplear jamás la expresión «a seguir de cerca», me pone nervioso―. Ojalá en sus próximos textos ―me encantaría, como lector― Serrano conserve su capacidad de trabajo, su falta de prisa y su humildad, y que a partir de ahí ―la audacia sólo cabe desde el criterio, o de lo contrario se queda en bravata― haga como Major Tom en «Space Oddity» y se atreva de veras a abandonar la nave, a dejarse ir y a dejar atrás todo campo gravitatorio que no sea el de su propio deseo.


For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world.
Planet Earth is blue
And there's nothing I can do.


DAVID BOWIE, «Space Oddity» (1969)


Finalmente, me pregunto si la carta de «Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo premio)» será real. Verídica o no, al menos resulta verosímil, y además destila esa otra vena que en Serrano promete y mucho: un humor agridulce, transido de nostalgia, para el que alguien debería acuñar un modismo aragonés equivalente a morriña o saudade, si es que no existía ya y lo ha borrado el cierzo de los soportales de Zaragoza, como al McDonald's del pobre Vilas. Desde luego, a cualquier escritor (a Bryce Echenique o al que sea) le aterraría la perspectiva de recibir una carta así, ese encargo sentimental y atroz para ejercer de poco menos que de alcahueta ilustrada. Un texto irreverente, sí (p.149), con un personaje que al lector le cuesta dejar de identificar con un probable Miguel Serrano a las puertas de escarcharse el corazón, como una fruta atónita en una estación de servicio aragonesa. El texto recoge otra bella imagen ―amarga, pero bella― del libro, cuando el tipo se da cuenta de que ya no quiere a la chica (p. 141 y 142). Uno, en ese momento, ya no puede seguir leyendo con ojos de escritor, ni de lector, ni mucho menos de crítico, ni seguir pensando en una reseña ni nada que se le parezca. A uno, y perdonen ustedes, lo único que se le ocurre entonces es compadecerse del protagonista y tratar, amistosamente, de espabilarle, mandándole un correo electrónico:

De: alasdealbatros@yahoo.es
Para: mcastrof@yahoo.es
Asunto: Alfredito SÍ escribió aquella carta

Mensaje: Lo que pasa es que te traicionó, macho, que le dijo a Estela que se buscara un "ragazzo" italiano, "un hombre", dijo exactamente, el muy...
Tu intuición, de algún modo, lo sabe, y por eso no soportas a Echenique, menos aún que si no la hubiera escrito
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Winagra: increase your sexual power

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Sobre la edición:

La primera vez que tuve contacto con la editorial Candaya fue ―como le sucedería a muchos tras el cacao literario de aquel momento― gracias a Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo. No debe de ser casualidad, por tanto, que en el catálogo de narrativa de la editorial figuren algunos autores más o menos afines, como Javier Moreno, por ejemplo, y no tanto el propio Miguel Serrano, como ya he comentado. Pero también es cierto que en Candaya conviven otras propuestas literarias, como los inclasificables textos de Descortesía del suicida, de Carlos Vitale ―narrativa hiperbreve, agudos esbozos de poemas, aforismos y alguna que otra boutade del «ingenio»― o la novela Mis dos mundos, de Sergio Chejfec, que por lo que he podido catar hasta el momento tiene una pinta magnífica. El caso es que su apuesta coloca a Candaya en la periferia de la narrativa española, y no lo digo por su ubicación, claro está ―Canet de Mar, una localidad del Maresme, está a escasa distancia de Barcelona―, sino por la valentía que demuestra esta editorial independiente al incluir en su catálogo obras que, más allá de las modas y de las supuestas «generaciones» que se les quieran adjudicar, son de todo menos acomodaticias o complacientes con la inercia más cerril e inmovilista del mercado y de la crítica. Es inevitable que en cualquier colección ―y, de momento, la de narrativa de Candaya va por el undécimo título― contenga hallazgos valiosos y algún que otro desliz, pero ese riesgo sólo lo asumen editoriales audaces como la que nos ocupa, y creo que es de recibo señalarlo.

En cuanto a la edición de Órbita ―al libro físico en sí― no cabe hacer demasiadas objeciones. A partir de la novela de Sergio Chejfec, Candaya decidió simplificar aún más el diseño de cubiertas y ya no nos encontraremos con aquel marco negro que distinguía de lejos a un título de narrativa de la editorial. Ahora sus libros tienden todavía más hacia un sano minimalismo, acorde también con su colección de poesía, por ejemplo, lo que me parece positivo. Luego ya el gusto por la ilustración o el montaje fotográfico es subjetivo ―la cubierta de Descortesía del suicida me parece muy bella, por ejemplo; la de Mis dos mundos no dice demasiado y las de Órbita y Las salvajes muchachas del partido, gusten o no, casan a la perfección con la manera en que se presentan los trabajos de Serrano Larraz y Lázaro Covadlo―.
Respecto a las tripas del libro, el trabajo también es muy correcto: falsas guardas ―ingeniosa y práctica la idea de pegarlas en el interior del lomo, entre las cubiertas y los pliegos―, tipografía tradicional, elegante caja de texto ―con los márgenes y las proporciones adecuadas, o cuanto menos las que más ayudan a una lectura fluida― e impecable impresión ―como todo lo que hacen en Romanyà Valls―. Lo único cuestionable sería el uso sistemático de las comillas "inglesas" en vez de las «españolas», o del paréntesis en vez del guión largo. Lo más ortodoxo ―y la tipografía elegida lo es― sería lo contrario, pero no deja de ser una elección del editor para su libro de estilo. Finalmente, una sugerencia: el grosor de las cubiertas agradecería un poco más de gramaje: tras la primera lectura de Órbita aparece alguna leve doblez que correspondería a un ejemplar mucho más baqueteado.

Enlaces relacionados:

  • Entrevista a Miguel Serrano por Francisco Legaz para El bosque de las palabras (1)
  • Entrevista a Miguel Serrano por Francisco Legaz para El bosque de las palabras (2)
  • Crónica de la presentación de Órbita en Zaragoza en La curvatura de la córnea, de Javier López Clemente
  • Crónica de la presentación de Órbita en Sevilla, por Francisco Camero para El Diario de Sevilla
  • Comentario de Órbita en el diario Público, por Paul Viejo
  • Comentario de Órbita en El hombre que salió de la tarta, de Agustín Fernández Mallo
  • Reseña de Órbita para el suplemento El Día Cultural, por Antonio J. Rodríguez, disponible en su bitácora Berliner Haus
  • Reseña de Órbita en De reojo, de Sergio del Molino
  • Reseña de Órbita en Diario de lecturas, de Vicente Luis Mora
  • 19 comentarios:

    Amaia dijo...

    Me lo apunto Sergi,para los apeaderos, me da un placer enorme pasarme por aquí y leer una crítica nueva.Me gusta cómo escriben estos de Zaragoza, me sacude su pulso literario,me pasó con Víctor G.Antón,y con S.Puértolas que tb creo que es de por allí.

    Un abrazo!

    BACO dijo...

    Joder, Sergi, das miedo. Pero bueno, nadie dirá que tu crítica no está fundamentada.
    No he leído "Orbita" pero me han recomendado su lectura. Para poder opinar habrá que leerlo y releerlo.
    Me quedo con la duda de si a tu juicio aporta algo más (literariamente hablando, y sobre el tema cuento)de lo que estamos leyendo ahora.
    Salud!

    Francisco Ortiz dijo...

    Admirable visita a ese libro y a ese autor. El rigor de tu comentario, las aseveraciones que se pueden contrastar y la valoración me parecen sobresalientes, un gran ejemplo de crítica literaria.

    Sara Castelar Lorca dijo...

    No suelo leer mucha narrativa, de hecho vivo profundamente preocupada en que me alcance el tiempo para leer toda la poesía que quiero leer y releer, que seguramente que será más de la que sea yo capaz de asumir, pero lo mismo me animo...por hacerte caso y eso :)

    Miriam dijo...

    Una crítica razonada y seria, como de costumbre, aunque en el caso de hoy creo que es todavía más valiente y lúcida. A mí me sirve de mucho que muestres por qué te convence o por qué te decepciona un libro, que lo hagas siempre dando tus motivos, y no de manera gratuita. Me siento respetada como lectora, no sé si me explico, pero es así. Con el tiempo, el hecho de aparecer o no en tu blog será la prueba de fuego para un libro de relatos, porque está visto que no te cortas un pelo, ni para lo bueno ni para lo malo.

    Mi enhorabuena. Con todo lo que expones, lo positivo y lo negativo, creo que de todos modos me haré con un ejemplar de Órbita, para juzgar por mí misma.

    Sólo una pregunta, para terminar: ¿para cuándo reseñas de novelas? Siento curiosidad por tu opinión sobre algunas de las últimas que he leído.

    Saludos

    Anónimo dijo...

    Hola, Sergi. Antes que nada, muchas gracias por la lectura atenta y crítica de mi libro. Hacen falta críticos que se tomen en serio su trabajo, y que no fusilen en un par de horas un esfuerzo de años. Tu nota me ha dado mucho que pensar, y quiero compartir mis reflexiones con los lectores de tu bitácora, si no te importa. En primer lugar, tengo que decir que muchas de las cosas que no te han gustado de mi libro son conscientes y voluntarias, y que no sé hasta qué punto se puede decidir si el criterio del lector es más válido que el del autor, que lleva mucho tiempo (una década, en mi caso) pensándolas. Algunos ejemplos: el hecho de que Samuel, el protagonista de "Órbita", lea "Rojo y negro" a los nueves años te parece poco verosímil. Ahora bien, a mí la verosimilitud no me importa lo más mínimo, y creo en el relato (y en la literatura en general) como un espacio simbólico. Por otra parte, yo leí ese libro a los diez años (puse los nueve por otros motivos que no vienen al caso). ¿Quieres decirme que yo, Miguel Serrano, no soy verosímil? A los diez años no entendí nada del libro de Stendhal, por supuesto, pero mi relato no sugiere en ningún momento que Samuel comprenda a Sorel, eso tampoco me interesaba... También me criticas el final del relato. Me parece que entender ese final como un sueño es un error, tal vez un error de escritura y no de lectura. En cualquier caso, ¿conoces muchos relatos que terminen DENTRO de un sueño? Yo sólo conozco uno, y es precisamente a ese uno al que quería rendir homenaje.
    Lo mismo con "Shamam´s blues" y con "Y sólo del amor queda el veneno". Te parece que al primero le falta ritmo, pero una vez más se trata de una decisión voluntaria, yo quería que fuera un relato con algo de letanía, con un ritmo continuo de bajo y batería que no terminara de resolver. En cuanto al segundo, la prosa afectada del principio es estructural, y el relato sólo se puede entender desde el amaneramiento voluntario, que roce lo cursi y se acerque peligrosamente a lo que yo entiendo por "mala literatura". En cuanto a las "motivaciones de los personajes"... bueno, eso sí que es un tema decimonónico, de la novela psicológica, como bien nos recuerda Borges en el prólodo de "La invención de Morel". Cuando hablas de que las motivaciones del gato no son convincentes, ¿lo dices en serio?
    Por lo demás, me alegro de que "Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002" te haya desconcertado. Por tu comentario, entiendo que el relato ha logrado su objetivo, al menos en un lector. El hecho de que te plantees si es verdad o no, y que te hayan entrado ganas de pegarle un bofeton (aunque sea metafórico) al protagonista, y que te hayas quedado sin tus herramientas críticas a la hora de abordarlo... Una alegría, vamos. Me habría gustado un comentario más extenso de "Cuerpo y alma", pero bastante esfuerzo has hecho con todo lo demás, así que no abusaré.
    En fin, no quiero extenderme más. Muchísimas gracias por todo, ya sabes que toda ayuda es poca a la hora de dar a conocer la existencia de un libro de relatos (más si el autor es un desconocido).
    Un abrazo:

    Miguel Serrano Larraz

    Juan Carlos Márquez dijo...

    Una cosa es la verdad y otra, muy distinta, la verosimilitud. Confirmar que un dato es verdad no lo convierte en verosímil. Yo no me he leído el libro, pero en principio no me parece que el comentario de Miguel zanje las dudas sobre la verosimilitud del relato del reseñista, en este caso Sergi. La verdad es, pero la verosimilitud corresponde por completo al autor. A lo mejor los nuevos postulados no tienen en cuenta estos preceptos, pero eso merece una demostración narrativa. Yo quiero verlo y leerlo con mis ojos.

    Anónimo dijo...

    el tema es ¿te ha gustado el libro o no? ¿te parece un buen libro o un mal libro? ¿te parece Serrano un buen escritor o un mal escritor? ¿recomiendas la lectura del libro o la desaconsejas? ¿no podrías dejarte de rodeos, como todos los críticos, que le dan más importancia a lo que ellos mismos dicen que al libro? ¿no podrías decir lo mismo en un párrafo, como en cualquier periódico o revista, y listo, que lo que cuentan son esas cosas al final, si el libro vale la pena o es un bodrio, el sí o el no?

    saludos

    Sergi Bellver dijo...

    Gracias por la atención, Amaia. Es verdad que Zaragoza es como un universo literario aparte y a la vez dentro del español, con todo lo bueno y malo que tienen los mundillos literarios (poca gente con mucho talento, mucha gente con poco talento, esferas de influencia, iniciativas interesantes, compadreo, rigor y seriedad, amiguismo, etcétera: TODOS los mundillos literarios repiten el mismo modelo). Desde luego, la escritura de Puértolas y la de García Antón (afincados en Madrid, por cierto, y turolense el segundo) son muy distintas, y éstas a su vez no tienen nada que ver con la de otros aragoneses como Vilas, Castán, Erlés o el mismo Serrano, luego, lo dicho: todo un universo literario aparte y diverso.

    Abrazos.

    Sergi Bellver dijo...

    Espero que no, Baco. No sé si llamarla crítica, lectura, deriva, reseña, pero sea lo que sea, te garantizo que el libro está leído a fondo (como todos, sin prisas, porque si no, no los comento) e intento plantear mis argumentos, con opción a la sana discrepancia, por supuesto. Haces bien, lee Órbita y juzga por ti mismo. Luego me cuentas, si quieres, si he dado pie con bola o me fumé una alfombra, aunque cada lector es un mundo.

    Hablar sobre la trascendencia literaria de una obra ya son palabras mayores. Mi intención es compartir lecturas, plantear debates, cuestionar unas cuantas cosas en torno a la literatura del ahora y al cuento. Pero reconozco que soy un lector difícil de contentar, y no lo digo como algo necesariamente positivo. Sólo sucede así, no hay más. No creo que se hayan escrito demasiados libros de cuentos en los últimos 25 años de los que se pueda decir con verdad y con criterio que aportaron una mirada o una propuesta literaria realmente nueva. Tizón, Monzó, Zapata, G. Navarro y unos cuantos más. Y para de contar.

    Como dice Paul Viejo en su comentario en el diario Público, Órbita (y otro buen puñado de libros de los que apenas se habla en otros foros, revistas y páginas de la red) es un libro que hay que leer ahora. El tiempo revelará su dimensión. El tiempo y las lecturas, no la dialéctica.

    Salud y República (ya puestos).

    Sergi Bellver dijo...

    Bienvenido de nuevo, Francisco, cuánto tiempo. ¿Vas a estar en Almería para el LILEC, por cierto? En fin, gracias por tu comentario. Me alegra que gente con criterio, como tú, valoren el trabajo que le pongo a estas "reseñas". Me quedo con lo de que mis aseveraciones (y mis dudas, y cuestionamientos, añado, que aquí no se sienta cátedra) "se pueden contrastar", porque creo que es por ese camino, y no sólo por el de la subjetividad (inevitable y hasta necesario, a veces), por el que debe enfilar un crítico: respeto al trabajo del escritor y reflexión sobre el texto. Lo demás es accesorio.

    Un abrazo.

    *Bienvenida, Sara, y gracias por tu comentario. Si no eres muy asidua de la narrativa (tampoco me alcanza el tiempo para leer todo lo que deseo leer y releer, en narrativa breve, novela, poesía, ensayo…), el relato corto es una buena manera de acercarte a ella. Me gusta hacer proselitismo del buen cuento, de modo que si alguna vez quieres bibliografía orientativa, avísame. Pero no me "hagas caso", no, cata algunos párrafos en cualquier librería (o en la página web de la editorial, si sigues el enlace en mi Agenda), y decide por ti misma, a ver si Órbita te convence y te entretiene.

    Saludos.

    Sergi Bellver dijo...

    Gracias, Miriam. Si este comentario sobre Órbita te parece más "valiente y lúcido" supongo que será por mencionar nombres propios y esas cosas, pero en fin, tampoco es nada nuevo ni del otro mundo, con decir lo que uno piensa y no traicionarse a sí mismo, ya es más que suficiente. No creo que sea para tanto, la verdad, sólo expreso en público y firmo lo que muchas veces (demasiadas) termina por quedar en lo privado en los "círculos literarios". Eso debería ser lo normal, lo saludable, y por eso no me parece gran cosa. Si los demás prefieren guardar la ropa, estupendo. Yo no puedo perder el tiempo: quiero nadar.

    Me hace especial ilusión que digas lo del respeto al lector, que me parece fundamental. A corto plazo puede escribir uno sus "reseñas" para los demás escritores, para los editores, para todo el que pueda "beneficiarle" de algún modo, pero creo que lo que da de veras credibilidad es escribir siempre, a corto, medio y largo plazo, para los verdaderos lectores (no sólo para los ocasionales de suplemento dominical ni para los amiguetes), que no son tontos y se dan cuenta de cuándo uno habla por interés o por amor al arte. Eso sí, por la incidencia que pueda tener, no creo que "aparecer o no" en mi bitácora suponga ningún "test" para ningún libro. Un buen libro es un buen libro y punto. Una castaña es una castaña y se acabó. En los medios tradicionales se rigen por otros baremos, y por eso unas veces se reseñan castañas pilongas como buenas y otras pasan inadvertidos libros brillantes. Y al revés, claro, que también se acierta. Pero todo ese mundo de las críticas literarias a veces está condicionado por mil cosas que no siempre tienen que ver con lo estrictamente literario: esferas de influencia, afinidades, contraprestaciones, mera desinformación, pereza, grupos mediáticos, etcétera. En parte es hasta lógico, pues mucha gente come de eso y nadie quiere "suicidarse". Yo sólo pongo en común mis impresiones, y como es lógico, me puedo equivocar. Pero aquí sólo se habla de literatura, nada más. Y nada menos. Por eso me puedo permitir el lujo de decir lo que me parece oportuno y sin límites de extensión ni de expresión, acotados unos por la página impresa y otros por un puesto de trabajo: al fin y al cabo esta es mi/vuestra casa y lo hago gratis, qué demonios.

    Ya me dirás qué te parece Órbita cuando lo leas, Miriam. Mira, al fin y al cabo, si tres o cuatro personas se acercan a un libro del que no tenían noticia, pues algo bueno saldrá de todo esto, ¿no?. Lo de las novelas, por otro lado, ya lo he comentado alguna vez: me concentro en el relato porque lo conozco mejor, porque trabajo más el género desde todos sus flancos y porque me divierte (algo muy importante que no hay que olvidar nunca). Pero no soy militante y menos "contra nada", sino en todo caso a favor. Amo leer una buena novela, para mí es narrativa, arte, y no hay más. Sin embargo, creo que es bueno para todos que cada uno sepa estar en su sitio, y de momento pienso que yo puedo aportar mucho más a los lectores reseñando libros de cuentos (además, por ahora las editoriales sólo me mandan libros de cuentos, pero todo es ponerse). En poesía, ya lo he dicho muchas veces, no tengo criterio formado, sólo gusto e intuición. En narrativa pienso (humildemente) que sí tengo criterio, y en fin, en la sección Biblioteca Nautilus ya empecé con una novela de Céline, y vendrán otras de Mann, Roth, Conrad, etcétera (no es que uno se haya quedado antiguo, es que la Biblioteca Nautilus pretende rescatar títulos para una "eternidad sumergida"), así que… Eso sí, si quieres mi opinión escueta sobre alguna novela reciente en concreto, pregúntame, o escríbeme un correo, que para eso está, y si la he leído te digo algo cuando pueda.

    Un abrazo.

    Sergi Bellver dijo...

    Saludos y bienvenido, Miguel.

    Gracias a ti por la deportividad y la humildad. A menudo echo de menos los comentarios de los autores, de otros escritores, de unos cuantos críticos, sobre todo cuando hay material con el que discutir (amistosamente), pero me imagino que, a otra escala, los modelos de conducta del mundo-libro se repiten en la "blogosfera": los que se consideran a sí mismos como "consagrados" no descienden a las trincheras o no se mezclan con quienes no son de "su cuerda" cuando se plantean ciertos debates. Estoy contigo en lo de no fusilar el trabajo del escritor en un ratito, con esas críticas de solapa que por desgracia estamos acostumbrados a ver por ahí: cuando yo publique mis libros, si tienen que fusilarlos (que me tocará, seguro, y alguno ya está afilando la bayoneta, fijo), al menos que el pelotón esté entrenado y el verdugo sepa lo que hace… Es lo mínimo.

    Me gustaría sentar una base sobre la que seguir hablando: no se trata tanto de lo que me "gusta" o no de un libro de relatos (que también, no me escondo ni manejo verdades absolutas: siguiendo la estela de mis derivas se me identifica como lector) como de lo que creo que en narrativa del siglo XXI es o no avanzado, aceptable, novedoso, brillante, bien resuelto, riguroso o cualquiera de las otras dos mil cosas que uno busque (o no) en lo literario. Releyendo mi entrada verás que hago esa misma puntualización y anoto que muchas de tus opciones son justamente eso, opciones deliberadas, y no aspavientos. No hay criterio más válido que otro si ambos están contrastados y quienes los sostienen son capaces de defenderlos con argumentos. Está claro que el autor vive muy de cerca todo lo que tiene que ver con su trabajo, pero quiero que sepas (y creo que lo sabes) que me comprometo siempre en mis valoraciones y trato de ser justo, algo que sólo puedo hacer habiendo leído tu libro con paciencia y mucha atención. Si en algunas cosas "no llego", ya será cuestión de aceptar mis limitaciones, del mismo modo que un autor ha de aceptar que, cuando pone en común su trabajo, el criterio de los lectores (de los lectores mínimamente curtidos, se entiende) reinterpretará su texto.

    Ahora, con la misma afabilidad, me planteo algo: ¿es mejor un libro por llevar una década de trabajo detrás?, ¿es mejor un lector por llevar mil libros de relatos en las alforjas? En principio, cuanto menos, una cosa y otra dan cierta idea de trabajo, de humildad, y hasta es posible que ofrezca indicios razonables de criterio. Pero no es (no puede ser) una idea definitiva: conozco el ensayo de un catedrático que estuvo ocho años redactándolo. El resultado es paupérrimo, desde todos los puntos de vista, en su estética y en sus postulados. Conozco la trayectoria de un "crítico" que, si no miente, lleva miles de libros en esas alforjas: aun así, su criterio y su modus operandi son a menudo detestables. Todo según mi criterio, claro. Para otros mi página será una basura. Me parece bien. Luego, el resultado de una obra o de una lectura no depende sólo del tiempo empleado (y una vez dicho esto añado que odio las prisas en literatura, a los autores hambrientos de no sé qué y a los críticos sin el más mínimo respeto por el trabajo ajeno), sino del enfoque, el talento, la capacidad de relacionar conceptos y elementos, la formación, las lecturas asimiladas (no acumuladas, ojo, sino asimiladas y aprehendidas). Conclusión: el tiempo no garantiza el criterio de nadie, si acaso y con suerte, sólo lo va puliendo.

    Sí me preocupa, sin embargo, que afirmes que " la verosimilitud no (te) importa lo más mínimo". Estoy contigo en que la literatura es (entre otras muchas cosas) un espacio simbólico. Pero ese espacio simbólico en el que vale cualquier motivo, cualquier deseo y cualquier conflicto, ha de regirse por unas mínimas normas internas (inherentes al texto, no necesariamente réplicas del mundo real, cuidado) de verosimilitud. Dos ejemplos facilones: 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Huxley. Estamos de acuerdo (¿no?) en que, por mucho que avanzaran en su tiempo situaciones históricas posibles no son verídicas (de momento, al menos). Hasta ahí bien. Pero son verosímiles en su seno, y todo encaja y sigue una lógica íntima en ese mismo espacio simbólico en el que una y otra novela se desarrollan. Las dos crean un marco en el que sucede el hecho literario y de paso se clarifica el tema de fondo de ambas propuestas, hasta el punto de llegar de manera directa al lector, que sabe perfectamente de qué le han estado hablando en realidad cuando cierra el libro.

    Partiendo de la base de que ni tú, Miguel, ni yo, "letraheridos" y esas cosas, somos verosímiles en absoluto (permíteme la broma) en un mundo que en general ni lee, ni crea, ni se cuestiona nada, creo que una cosa es tomar la literatura (y ya hablo en serio) como espacio en movimiento en el que la imaginación humana dispone de un territorio de libertad, y otra enarbolar la bandera del "todo vale". ¿Por qué "nos creemos" El señor de las moscas o El tambor de hojalata? Porque los niños de Goldwin y Grass son verosímiles en el marco simbólico de cada obra. Luego, que no se me malinterprete y se piense que busco la lógica cartesiana… yo también escupo sobre la tumba del realismo, si es menester.

    Sobre relatos que terminen dentro o fuera de un sueño ("Relato con un fondo de agua" de Cortázar u otros diez), no estaba cuestionando la calidad literaria del tuyo, sino, al hilo del prólogo de Vilas (a ver qué dice Carrión en la presentación del viernes en Barcelona, por cierto, que ya he añadido a la Agenda de mi bitácora para que mis visitantes catalanes conozcan tu libro; Fernández Mallo te incluyó en la más pura tradición literaria del relato ―como hago yo mismo con tu trabajo―, así que nadie se pone de acuerdo, ni siquiera los amigos), preguntándome qué tenía eso de rompedor, afterpop o mutante, si no participa de lo que al menos yo (lerdo o lúcido, pero sincero) entiendo como "literatura realmente contemporánea".

    Me parece un poco injusto lo que comentas de "Shaman's blues", porque realmente no cargo las tintas sobre el ritmo. Te quedas con un 1% del asunto. Es más, me parece de los mejores cuentos del libro y también resalto de ese texto unos cuantos aciertos (que está bien que hagas tus apostillas, pero no olvides la parte positiva de mi crítica ni que sólo hablo de un libro si me convence más de lo que me decepciona ―6 a 4, set ganado, recuerda―, y te aseguro que he callado respecto a libros de autores bastante conocidos que otros críticos "consagrados" ponen por las nubes, o incluso de escritores amigos ―ya veremos por cuánto tiempo, y si son de veras amigos―, con eso te lo digo todo). Para no equivocarme, te copio la segunda mitad del párrafo dedicado a ese cuento, para que veas que sí, que creo que un ritmo más trepidante le vendría bien (más que la letanía, lo que me interesa en ese relato es la vena poética, la digresión, lo que permanece fuera del molde tradicional, cosas que también pueden trabajarse desde la intensidad y la velocidad), pero que en todo caso eso no es lo más importante, sino el sabotaje de la seducción (seducción del fabulador sobre la gente en torno al fuego, otra de las cosas que la literatura es, además de espacio simbólico):

    "Por desgracia, a ratos Serrano desbarata todo eso, y con ello lo que podría haber llegado a ser un cuento perfecto, al levantarse la falda y mostrar las enaguas de la escritura: «pero basta ya de metáforas, basta ya de símiles» (p. 59). Y digo esto porque cuando un escritor ha logrado que el lector entre en su juego, cuando ha conseguido su complicidad, no puede romper la baraja sin previo aviso, no puede deshacer de golpe la seducción ―uno de los pilares del hecho literario―, minando toda la entidad de los aciertos anteriores. Una de las características de la verdadera literatura contemporánea ―de la mejor, sin rodeos ni etiquetas― es que importa poco o nada la historia en sí, y es el cómo lo que de veras cuenta, un cómo que en «Shaman's blues» agradecería un punto más de velocidad, manteniendo el acierto de no caer en clichés punk ni en personajes planos, pero potenciando ese espíritu realmente canalla que palpita en el relato."

    En todo caso, tú tomas tus elecciones como autor, y uno hace sus interpretaciones como lector, crítico, autor, profesor de escritura (saltándome todas las recetas habidas y por haber) y lo que haga falta, pero sobre todo como lector. ¡Sobre todo como lector, insisto! Respecto a "Y sólo del amor queda el veneno", tu propuesta es coherente, pero como digo, otra cosa es que el resultado final lo sea, que ese acercamiento peligroso no se haya ido de las manos y traspase la línea roja. Ah, cuando hablo de las motivaciones del gato hablo precisamente de la verosimilitud, preguntándome si el narrador (el narrador, no el autor, ojo) estaba tomándose al lector en serio cuando habla del gato en los términos en los que lo hace.

    En cuanto a mi comentario sobre "Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002" no hay tanto desconcierto como juego que pretendía ser cómplice, que empezaba por juguetear con verdad y ficción, y terminaba con ese correo electrónico/colleja. De "Cuerpo y alma", de "Últimas señales" (que ese relato es otro de los que me ha gustado, maño, y no dices nada, leches), de otros relatos, de Órbita, de la literatura universal, de las rubias teñidas expuestas al cierzo y de todo lo demás, pues sí, estimado Miguel, ya seguimos hablando otro día, y entre cañas, a poder ser, que ya no son horas. El día que terminé de redactar mi "reseña" (sin contar las horas de lectura, suelo dedicar unas seis o siete horas de media como mínimo a mis comentarios o derivas sobre libros) ya estaba rozando el límite razonable entre esfuerzo desinteresado y masoquismo, como en este preciso instante, ya que nadie me paga un duro por compartir todo esto y creo, sinceramente, que las motivaciones fundamentales están cumplidas: he hablado con honestidad de lo que me parece tu libro, al menos a unas cuantas personas así se lo parece (me han llegado varios comentarios en privado, empezando por tus editores y continuando por otros escritores, con opiniones para todos los gustos) y lo que es mejor, otras tantas van a terminar por comprarse tu libro para juzgar por sí mismas. Literatura en movimiento y en comunidad, señores, ¿qué más queremos?

    Un abrazo fuerte, Miguel.

    Sergi Bellver dijo...

    Bueno, Juan Carlos, más o menos ya he contestado al tema de la verosimilitud con mi respuesta a Miguel. En efecto, uno puede escribir uno de esos cuentos de locomotoras y putas de buen corazón que tanto "te gustan" o sobre una nevera llevada en volandas por un escuadrón de escarabajos que se pierde en la bruma marina… pero si el texto está bien tramado, si la verosimilitud participa del espacio simbólico, la literatura encuentra su lenguaje. El quid de la cuestión está en que un buen lector no se sienta intimidado, que no le den gato por libro y que no se pregunte "¿y esto a qué viene ahora?", "¿de dónde sale este mayordomo moldavo?", y que, sin embargo, crea a pies juntillas en textos como los de Crónicas marcianas de Bradbury, sin ir más lejos (no más lejos que a Marte, al menos). Y sí (no me hagan justificarme), lo siento, hay buenos y malos lectores, hay buen y mal gusto, como en todo, lectores con criterio que pueden argumentar sus elecciones y respetar una obra al reconocerle talento y trabajo aunque no les llene (me pasa con Borges, al que le reconozco como monstruo insigne de las letras pero que no "me toca" la fibra), y lectores a los que casi todo les parece maravilloso, o críticos que no ven un buen cuento (o que no identifican un chusco de cuento, lo que es peor) aunque se les haga un croquis, críticos que un día usan su dialéctica para defender lo mismo que al día siguiente atacan, con la misma dialéctica, pero sin argumentos.

    Sergi Bellver dijo...

    A ver, Anónimo, apruebo tu comentario porque en principio no ofendes a nadie, y me gusta que la gente se exprese, siempre que no falte ni a las personas ni al mínimo sentido de la ética. Ahora bien, si me lo permites, con la misma libertad te digo que tu comentario (anonimatos aparte, que me duele la boca ya de decirlo) me ha parecido un poco torpe (eufemismo).

    El tema es: ¿te has leído de veras la entrada completa? ¿Te has enterado de algo? ¿De veras te parece que doy rodeos o que no me centro en el libro? Debe de ser la pereza la que te hace hablar así, leyendo en diagonal y sin pensar muy bien antes de darle al botón de "publicar". Para decir "lo mismo" en cuatro frases y darte dos titulares que te permitieran "consumir" una reseña más en cinco minutos, sin pensar demasiado, ya están algunos de esos suplementos o revistas que tanto parecen gustarte. Creo que tu perfil encajaría más como oyente de los 40 principales o como espectador de Página2, pero sólo durante la cuña de la lista de los libros más vendidos, no vayas a tragarte la media hora y de repente salga un escritor hablando más de cinco minutos seguidos... Tal vez no pudieras reponerte del esfuerzo.

    Anónimo dijo...

    Gracias una vez más, Sergi. Me encanta el debate en todas sus vertientes, y este me parece muy productivo, sobre todo para mi obra futura (si la hay). Mis comentarios eran un poco pensamientos en voz alta, nada más y nada menos, del mismo modo que una crítica no deja de ser una lectura particular, y como tal hay que tomarla, y la tuya me gustó por muchas cosas, a pesar de algún "palo" (de las cosas buenas no he dicho nada, claro, porque no pienso contradecirte en los halagos).
    En cuanto a la verosimilitud, mejor lo hablamos con unas cervezas, en este caso yo creo que lo que criticabas no era la lógica interna de lo relatado(estoy de acuerdo en que es imprescindible) sino la VERDAD del dato, y por eso no me gustó. No pones en cuestión que un chico que ha leído "Rojo y negro" a los nueve años haga una u otra cosa, sino en hecho de que haya podido leer ese libro a esa edad, y eso, verosímil o no, es verdad. Yo no escribo mis relatos pensando en su verosimilitud desde un punto de vista técnico, de resortes y esas cosas (a eso me refería con esa frase que no te ha gustado), sino desde el convencimiento de que son verdad, ni más ni menos. Que lo consiga o no ya es otra cosa. Bueno, voy a dejar de divagar, ya hablamos otro día.
    Un abrazo:

    Miguel

    P.D: Estoy de acuerdo con que los años de trabajo no dan criterio, pero te puedo asegurar que cuando en un libro se han pensado a fondo todos los detalles (de ritmo, de tono, de argumento...), las críticas duelen especialmente, sobre todo cuando se trata de decisiones que se han meditado mucho y que uno cree acertadas.

    Sergi Bellver dijo...

    Miguel, a toda pastilla (lo odio), que he de cerrar:

    -Un niño de nueve, diez u once años puede leer el libro de Stendhal. Eso es factible. Lo que me preguntaba es si puede "pillar" algo de la dimensión del libro, como parece en el personaje de tu relato.

    -Ah, coño, claro que duelen esas cosas (así vas haciendo callo), pero es que de lo contrario hubieras escritor el libro de relatos perfecto.

    -Como no sigas escribiendo narrativa te doy un capón serio, porque me cito (onanista, pero me cito, que hay prisa):

    "Por su estructura, por su solidez, por el trabajo de revisión que se adivina en la lectura, por la consistencia del tejido narrativo y el juego de engarces que se establece en varios puntos del cuento y por el tema de fondo ―la identidad en jaque―, justifica por sí solo que anotemos el nombre de Miguel Serrano para el futuro ―no pienso emplear jamás la expresión «a seguir de cerca», me pone nervioso―. Ojalá en sus próximos textos ―me encantaría, como lector― Serrano conserve su capacidad de trabajo, su falta de prisa y su humildad, y que a partir de ahí ―la audacia sólo cabe desde el criterio, o de lo contrario se queda en bravata― haga como Major Tom en «Space Oddity» y se atreva de veras a abandonar la nave, a dejarse ir y a dejar atrás todo campo gravitatorio que no sea el de su propio deseo."


    Hala, más abrazos.

    Sergi


    pd: oh, el debate, con lo que me gusta. Lástima que mucha gente de la que me gustaría que participara aquí no va a entrar (no lo hacen casi nunca, por mucho que uno argumente), no sólo al hilo de tu libro, también sobre lo que es el cuento hoy, sobre lo mutante o lo tradicional, sobre diferentes posturas...

    re-pd: algunos halagos sí cabe matizarlos, aunque se los hagan a uno. No lo digo por tu libro, lo que he dicho en clave positiva de tu libro creo que es incontestable. Hablo en general: a mí me carga cuando me hacen la pelota sin motivo. Me hace sospechar.

    Amaia dijo...

    Sergi,sólo quería intervenir en esto último,en lo de la posdata.La verdad es que los escritores que vas reseñando en tu bitácora,sean o vayan a ser en un futuro insignes o no,como mínimo tendrían que mostrar un poco más de empatía,si no es con tu bitácora,sí al menos con las lectoras-es que nos fiamos de tu criterio a la hora de elegir.Es decir,deberían de desendiosarse y bajar al cemento llano porque las que gastamos la pasta en sus libros somos nosotras-os,sólo eso ya merece un descenso de escalón.El enriquecimiento que supone la opinión-debate del escritor para mí personalmente,es inmenso.Y dicho esto y a título de ejemplo y por que creo que viene a cuento, hace cosa de un año más o menos intentaba insistentemente entrar en la bitácora de una escritora que tú has reseñado en diversas ocasiones.Por motivos que no explicaré(la educación,amigo),eso sería ponerme a su altura,no se me daba permiso para entrar en su bitácora como comentarista,lo entiendo sólo hasta cierto punto porque que yo sepa no es ni tan buena ni mucho menos consagrada y de humilde,na de na.Y sigo,pues verás,al final esa escritora por lo que sea(que creo que tb lo sé)me siguió la pista y se dio cuenta que te hacía caso y que yo compraba los libros que tú reseñabas o algunos al menos.Entonces se empezó a hacer visible en los blogs que yo comentaba habitualmente, supongo yo, para ver si compraba su libro.Por supuesto la descarté totalmente como escritora por dos sencillas razones,la primera por ser mujer como yo y haberme rechazado y la segunda,por tomarme por gilipollas.En fin,qué rollo he soltado pero me parece que tenía que desquitarme porque me gasto bastante pasta en libros sabes? a mí no me los regalan.

    Un abrazo!

    Sergi Bellver dijo...

    A ver, Amaia, tres cosas rápidas, que tengo lío:

    - Justo en unos minutos publico una nueva, larga y tal vez polémica entrada (a la que mucha gente no hará ni caso, como siempre, pero no importa) en la que hablo de ese tipo de cosas, por lo que me sorprende (hasta cierto punto) la coincidencia (matizo: hasta cierto punto porque recojo en parte un estado de ánimo colectivo).

    Ah, lo de las entradas largas, aunque muhca gente me lo critica, en serio o en broma (incluyendo a amigos) es también una apuesta, una postura y una criba (de lectores), en mi caso.

    - El respeto al lector, como le digo a Míriam, me parece esencial, inaplazable, ético. Y desde ese punto de vista (ya lo verás dentro de unos minutos) no soporto la soberbia de ciertos autores y críticos. También he de decir que con el tiempo he variado mi opinión respecto a muchos, en un sentido o en otro, ya que, por ejemplo, autores y críticos que en su día me parecieron "ensimismados" me han demostrado con el tiempo tener criterio, humildad y buena intención. Claro que también me ha pasado al revés, y gente que admiraba se me ha caído al suelo.

    - Dicho esto, dos apostillas: supongo que lo del endiosamiento lo dices por otros, pero no por Miguel Serrano, que ha demostrado una deportividad, una humildad y un criterio que ya quisieran para sí muchos otros escritores "consagrados". Aceptando el debate, para empezar, y con argumnentos, sin acritud. Así que no acepto cualquier mínima alusión a Miguel en ese sentido, porque ha dado ejemplo público y privado de saber estar. Si te refieres a otros, y si tu experiencia personal con esa escritora (me intriga el nombre, pero mejor así, no lo hagas público) te lleva a expresarte así, Amén.

    Abrazos.