Bitácora de Sergi Bellver: Walter Benjamin.

5/4/09

Walter Benjamin.

De su ensayo La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica (1932), y al hilo de lo que algunos se resisten en llamar «fascismo», hoy, en pleno 2009: no hace falta ser especialmente inteligente para leer entre líneas, prescindir de la nomenclatura ya caduca y percibir la vigencia del ruido de fondo en este ensayo. La terminología ha cambiado, las aristas parecen romas, el corpus ideológico de entonces es hoy un cadáver, seco como el pellejo de una res en el desierto, pero los mecanismos para domesticar, uncir, explotar y sacrificar a esa res —que, sin embargo, en su inaudita mansedumbre parece feliz con su destino— son exactamente los mismos. Cada día que pasa me maravillo de que aún no nos hayamos echado a las calles a cornearlo todo y mostrar algún vestigio del animal bravo que otrora fue esa res, de que un atisbo de rabia no nos haya devuelto aún la voz.


EPÍLOGO


La proletarización creciente del hombre actual y el alineamiento también creciente de las masas son dos caras de uno y el mismo suceso. El fascismo intenta organizar las masas recientemente proletarizadas sin tocar las condiciones de la propiedad que dichas masas urgen por suprimir. El fascismo ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse —pero que ni por asomo hagan valer sus derechos— [1]. Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las condiciones de la propiedad; el fascismo procura que se expresen precisamente en la conservación de dichas condiciones. En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política. A la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza en el culto a un caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores culturales.

Todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en un solo punto. Dicho punto es la guerra. La guerra, y sólo ella, hace posible dar una meta a movimientos de masas de gran escala, conservando a la vez las condiciones heredadas de la propiedad. Así es como se formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica se formula del modo siguiente: sólo la guerra hace posible movilizar todos los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las condiciones de la propiedad. Claro que la apoteosis de la guerra en el fascismo no se sirve de estos argumentos. A pesar de lo cual es instructivo echarles una ojeada. En el manifiesto de Marinetti sobre la guerra colonial de Etiopía se llega a decir: «Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética... Por ello mismo afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras... ¡Poetas y artistas futuristas... acordaos de estos principios fundamentales de una estética de la guerra para que iluminen vuestro combate por una nueva poesía, por unas artes plásticas nuevas!» [2].

Este manifiesto tiene la ventaja de ser claro. Merece que el dialéctico adopte su planteamiento de la cuestión. La estética de la guerra actual se le presenta de la manera siguiente: mientras que el orden de la propiedad impide el aprovechamiento natural de las fuerzas productivas, el crecimiento de los medios técnicos, de los ritmos, de las fuentes de energía, urge un aprovechamiento antinatural. Y lo encuentra en la guerra que, con sus destrucciones, proporciona la prueba de que la sociedad no estaba todavía lo bastante madura para hacer de la técnica su órgano, y de que la técnica tampoco estaba suficientemente elaborada para dominar las fuerzas elementales de la sociedad. La guerra imperialista está determinada en sus rasgos atroces por la discrepancia entre los poderosos medios de producción y su aprovechamiento insuficiente en el proceso productivo —con otras palabras: por el paro laboral y la falta de mercados de consumo—. La guerra imperialista es un levantamiento de la técnica, que se cobra en el material humano las exigencias a las que la sociedad ha sustraído su material natural. En lugar de canalizar ríos, dirige la corriente humana al lecho de sus trincheras; en lugar de esparcir grano desde sus aeroplanos, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades; y la guerra de gases ha encontrado un medio nuevo para acabar con el aura.

«Fiat ars, pereat mundus», dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del arte «pour l’art». La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte.


[1] Una circunstancia técnica resulta aquí importante, sobre todo respecto de los noticiarios cuya significación propagandística apenas podrá ser valorada con exceso. A la reproducción masiva corresponde en efecto la reproducción de masas. La masa se mira a la cara en los grandes desfiles festivos, en las asambleas monstruos, en las enormes celebraciones deportivas y en la guerra, fenómenos todos que pasan ante la cámara. Este proceso, cuyo alcance no necesita ser subrayado, está en relación estricta con el desarrollo de la técnica reproductiva y de rodaje. Los movimientos de masas se exponen más claramente ante los aparatos que ante el ojo humano. Sólo a vista de pájaro se captan bien esos cuadros de centenares de millares. Y si esa perspectiva es tan accesible al ojo humano como a los aparatos, también es cierto que la ampliación a que se somete la toma de la cámara no es posible en la imagen ocular. Esto es, que los movimientos de masas y también la guerra representan una forma de comportamiento humano especialmente adecuada a los aparatos técnicos.
[2] La Stampa, Turín.


WALTER BENJAMIN,
Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit, (1932).

2 comentarios:

carlos maiques dijo...

Hola Sergi:

Por desgracia, diría que siempre hemos vivido tiempos en los que la humanidad y su autoalienación, que "ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. " Por desgracia, también, las posibilidades técnicas intensifican esta capacidad hasta llegar a niveles insospechados con anterioridad.

Una variante de todo esto puede ser observada en libros de muy reciente edición, como Watching the Watchmen, donde aparecen con todo lujo de detalles el grano del papel barato donde fueron realizados los bocetos rápidos de creación de personajes y ambientes del cómic de Moore, Gibbons y Higgins. ¿Es, en gran parte, esa morosidad, ese tratamiento lujoso de lo que está fuera de campo otra vertiente de la conservación, del sentimiento de pérdida, puede la autoalienación mantener un criterio? En todo caso continuamos haciéndonos preguntas. Un saludo y hasta otra.

Gorocca dijo...

Completamente de acuerdo con Carlos Maiques y ahora que ando enfrascada de nuevo con Fiodor, se confirma más si cabe la afirmación de Maiques de que siempre hemos vivido la autodestrucción como goce estético de primer orden.Algunos bastante lúcidos como Benjamin o Fiodor o Hanna lo detectaban y denunciaban, por decir algunos.Un saludo!y ahora toca descansar un poco por el Norte.Por cierto, me alegro de verte de nuevo Carlos pues hacía ya largo tiempo que no coincidía,un placer!