Bitácora de Sergi Bellver: Textos de los alumnos (II): Eva González.

21/4/09

Textos de los alumnos (II): Eva González.

Literatura de viajes Literatura de viajes


QUEREMOS PAZ CON DERECHO A COCINA


Seguro que ya se habrá generalizado su uso electrónico en los transportes públicos, pero hace unos doce años, en la ciudad polaca de Wroclaw, los billetes de tranvía los picaba manualmente el pasajero, en una maquinita que estaba ubicada a tal efecto junto a las entradas del vagón. Yo misma conservé de mis primeros trayectos algunos billetes usados, porque me gustaban los monumentos que aparecían en los dibujos: el ayuntamiento, la Universidad o alguna de las catedrales de la ciudad.
Enseguida aprendí a comprar el billete mensual, menos vistoso ―la fotografía insulsa de un tranvía―, pero que autorizaba los viajes nocturnos y también en autobús. Para conseguirlo, me explicaron al poco de instalarme, había que ir a la garita el último día del mes, y decirle al encargado de expenderlo algo así como prosze, bilet tramvayove e autobusove miesenchne e nochenne. Eso bastaba para que el trabajador o trabajadora estatal, normalmente añoso y regordete, alzara su mirada enrojecida y entregara el cartoncito. Y más le valía a uno llevarlo consigo, porque los comités de inspección destinados a multar al polizón se presentaban a menudo. Estos solían formarlos parejas mixtas de ex-presidiarios, integrantes de los programas de reinserción social postcomunista, con los que no convenía discutir. Los pasajeros polacos del tranvía eran por lo general silenciosos, y por aquél entonces el silencio era mi mejor aliado: vienes por el billete, te enseño mi billete, te vas decepcionado sin tu multa y te olvidas de mi cara. Atreverse a hablar significaría ver cómo se volteaban varias cabezas, varios interrogantes en las miradas, ¿de dónde eres? ¿Ucraniana? ¿Bielorrusa? ¿De qué otro sitio se puede ser si no?

Ir en tranvía implicaba pisar terreno habitual, viajar únicamente hasta donde se extendieran sus raíles. Los barrios del centro, sucios y desolados por la nieve y el fango del prolongado invierno, al menos presentaban rasgos reconocibles a través de la ventanilla, entre el vaivén y la aglomeración de las horas punta: el monumento medieval de la picota en cuyo pedestal se daban cita las parejas, la iglesia de Santo Domingo, y el nuevo centro comercial de la calle Swidnicka, donde comprar perfumes de importación o el periódico español de la semana anterior, a cinco veces su precio original.
Incluso el hecho de alejarse, camino de la estación, no suponía más que atravesar la familiar calle Kollantaja, llena de tiendas, tráfico, bullicio y gitanillos rumanos pidiendo piednaze, pani, por el amor de Dios. Allí estaba el piso donde vivía mi amiga Agnieszka. Se trataba de una vivienda gubernamental, como tantas otras, situada en un hermoso edificio que habitaron ricos negociantes alemanes hasta que la guerra se los llevó a otra parte y los rusos nos empujaron a nosotros hacia acá, y con nosotros quiero decir a los polacos, para que repobláramos las dos Silesias que, al precio de tanta sangre, les habían arrebatado a los soldados de Hitler, me contaba.
Me gustaba el humor negro polaco, y aprendía de mi amiga Agnieszka y de su madre todo tipo de chascarrillos, que hicieron mi vida más llevadera, tanto en los transportes públicos como fuera de ellos.
En aquella etapa compartí con ellas una época de euforia, en la que, como en un sueño, se quebraron fronteras de un día para otro. De pronto se multiplicaron las opciones en los escaparates, y también la necesidad de poseerlo todo, y lo que los mayores veían con temor y reservas, la juventud lo sentía como un gran regalo, del que uno debía apresurarse a disponer. La casa era una vivienda de habitaciones espaciosas que permitió a la familia crecer y reproducirse con cierto desahogo: en el cuarto de la entrada, el hermano mayor, su mujer y sus dos hijos; en el del fondo, la madre, Agnieszka y su mellizo Jakub, un seminarista medio tonto; y durante casi un año, en la habitación central, habían convivido el padre y su nueva esposa, hasta que pudieron costearse una casa con jardín a las afueras, donde seguro que les acribillan los mosquitos, se consolaba la madre.

En polaco, la palabra paz y la palabra habitación tienen una misma raíz y una fonética muy parecida.
―Antes, queríamos paz; luego, nos conformábamos con una habitación con derecho a cocina ―se reían.
Nunca viajé sola en autobús, siguiendo las advertencias maternales de Agnieszka:
―Como acabes en Kridki o cualquier barrio colmena de esos, te aseguro que no te va a divertir que te tomen por bielorrusa o ucraniana.
―A lo mejor, si les digo que soy española, me dicen ¿Franciszek Franco? Arriba España, y me regalan una botella de vodka.
―Me temo que los cabezas rapadas no se caracterizan por sus conocimientos de Historia ―me replicaba Agnieszka.
―En cualquier caso, si te regalan la botella, acuérdate de las amigas ―añadía su madre.
Yo vivía en Plac Grundwalzki, todas las mañanas tomaba el tranvía 9 hasta Dominikanski y, justo detrás, quedaba la Universidad. Cuando me convertí en un rostro habitual, a veces se dirigían a mí y, de vez en cuando, surgían comentarios impertinentes:
―Tanto tiempo aquí y aún no sabes hablar buen polaco.
Pero Agnieszka me había enseñado cómo responder:
―Mira a Lech Walesa, tampoco sabe hablar, ¡y ha llegado a presidente!


© EVA GONZÁLEZ
Eva González
Reside en Valladolid. Realizó el curso virtual de Literatura de viajes de la Escuela de Escritores entre julio y agosto de 2008.

1 comentario:

Sergi Bellver dijo...

gorocca dijo...
Un verdadero placer haberte leído Eva, se nota que has tenido buenos maestros, si a eso le añades el talento el resultado ya es esto.
Saludos desde el Norte!

Gcc.

16-dic-2008 22:23:00