Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2009 (II): Licencia de armas.

8/4/09

El cuento de 2009 (II):
Licencia de armas.




Título: Submáquina
Autora: Esther García Llovet
Edita: Salto de Página
ISBN: 978-84-936354-4-2





Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar.

ROBERTO BOLAÑO, «Últimos atardeceres en la tierra»


La primera elaboración mental en la que uno cae cuando se encuentra con el título de este libro le hace bosquejar el fantasma de cualquier androide salido de la imaginación de Philip K. Dick o de los fotogramas de la Metrópolis de Fritz Lang. En cuanto se acerquen a Submáquina verán que no es el caso —o no del todo, que la cosa traerá matices luego—, y que el título obedece a algo más que a ese juego de palabras y metáforas entre los títulos de las seis piezas («Cargador», «Resorte», «Seguro», «Recámara», «Gatillo» y «Cañón») que arman este artefacto literario: cuidado, García Llovet les está apuntando al entrecejo y no va a dudar en cometer el crimen.

¿O debiera decir que es Tiffani Figueroa quien les tiene en el punto de mira? ¿Se pondrá García Llovet estupenda y flaubertiana y dirá alguna vez aquello de «Tiffani Figueroa soy yo»? Es cierto, el eje sobre el que gira el tambor de este libro es la construcción del personaje de Tiffani —me van a permitir que en esta deriva no utilice el diminutivo, tan horrísono en mi otra lengua materna— pero las seis balas que se alojan en ese tambor no son para jugar a la ruleta rusa, pues no hay azar en la concepción del libro, y todo el riesgo que asume su autora es literario, es decir, el mejor de los posibles.

Hay quien recibe Submáquina como novela y no como libro de relatos. Aunque parezca que ahora mismo yo esté posicionándome en una de esas dos interpretaciones al incluir este comentario en mi serie sobre el cuento, lo cierto es que no es relevante. Submáquina es escritura a secas, y de paso supone la confirmación de Esther García Llovet como una muy buena escritora [1], que maneja la tensión narrativa y la ambientación de manera soberbia y mesurada. Otro de los valores de Submáquina es que su autora no está demasiado pendiente de las etiquetas ni de los requisitos aduaneros del género —de ningún género— y, haciendo honor a la invocación estética de lo fronterizo en todo el libro, Esther García Llovet se convierte en una espalda mojada que burla la vigilancia de la ortodoxia literaria y, sobre todo en lo estructural, se permite el lujo de la libertad creativa. Submáquina tiene mucho de novela, es cierto, y, de manera casi confesional, rinde homenaje al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes o 2666, pero no con aquella demora en su desarrollo, sino con la agilidad y el vértigo de las piezas cortas de, por ejemplo, Putas asesinas. Reinterpretar la mirada del Bolaño total y excesivo a través de la prosa del Bolaño francotirador es un mérito más en este homenaje implícito.

Me voy a permitir una broma, cariñosa, pero justificada: dice en el prólogo de este libro Fernando Royuela —alguna errata por ahí ya lo ha rebautizado a lo Cortázar— que Submáquina «No es comida rápida sino alta gastronomía literaria. Su lectura por lo tanto no debe ser voraz, sino atenta y gustativa». La lectura se la dejo a los lectores, pero no estoy de acuerdo en lo otro: en cierto modo, Submáquina ES «comida rápida», es el hambre que aprieta el estómago en un atasco de operación salida y que se alivia —y vaya si lo hace— en cualquier gasolinera, es el cuarto de libra en la plancha y el cocinero en camiseta panadera que te deja la carne medio cruda y el sudor en el olfato, es el vaso sucio con el rastro caramelo del refresco, el sky rojo de los taburetes del dinner, el aparcamiento oscuro de un café de carretera en el que follan el camionero y la mulata —donde podrían haberlo hecho perfectamente el taxista y una Tiffani mocosa— y es, sobre todo, la vida que ocurre a toda velocidad, la vida que no espera y empuja, la vida que te pone delante el menú sin tiempo para pensar la respuesta —su protagonista es una mujer que se ha fabricado a sí misma sobre la marcha, sin planos, asumiendo el error y la improvisación—. En ese sentido —y sólo en ese sentido, como demostraré en esta misma entrada—, Submáquina es «fast good» contemporáneo, literatura ágil y sin ese refinamiento gastronómico impostado de las «grandes obras» que hablan más del ego de su autor que de la vida que habita sus páginas. Aunque su escritura es muy cuidada —y claro que le doy la razón a Royuela, sólo estaba rizando el rizo— Submáquina es, sobre todo, un libro en el que la vida es imperfecta y sorpresiva, es decir, verosímil:

Ese verano alquilé una moto y estuve viajando cerca de tres meses, o cuatro, no recuerdo. Viajaba por la carretera de la costa, con el sol de frente, dejando atrás playas vacías justo el instante antes de ponerse el sol. Me acuerdo de las sombras de los rascacielos avanzando por la arena de la playa hasta llegar al mar. Una mañana entré a comer a un restaurante y al sentarme en la barra la camarera me saludó y me preguntó adónde iba. Se llamaba Corina, lo ponía en su chapa. "No estoy segura", le contesté. Y era verdad.
—Pues eso ya es demasiado lejos.
Me sirvió una hamburguesa doble que no había pedido y que no me cobró. Luego Corina me dijo que eso es lo malo de los viajes. Que siempre hay que llegar a alguna parte. Y que todos los sitios existen ya.

«Recámara» (página 55).


La creación del personaje de Tiffani Figueroa en Submáquina se asienta sobre los espejos que otros personajes —tan violentos, dulces, vulnerables y terribles como ella misma— le enfrentan, sobre la huella de lo fugaz, del indicio y de lo no dicho, sobre la necesaria complicidad del lector y sobre una manera de disponer la información que recuerda a las notas, pruebas y fotografías que en una investigación policial se clavan en el corcho de la sala de briefing: también el lector está contratado como detective en este libro. Si en Mientras agonizo William Faulkner se sirve de la voz de cada personaje para construir una historia, García Llovet deconstruye esa historia en voces distintas para presentar a un personaje. Cada pieza de Submáquina es autónoma, o puede llegar a serlo, pero forma parte indisoluble de un mecanismo que sólo cuando se acciona de manera conjunta consigue el disparo, el crimen, la obra de arte —si se me concede hacerle caso al Marqués de Sade—. Dilucidar si estamos ante una novela hecha de relatos o nos encontramos con seis relatos que hacen una novela, como digo, no es relevante.

Y no es sólo esta frontera de género la que burla Submáquina, pues también va más allá de los clichés más efectistas y predecibles de la novela negra o el thriller. Del mismo modo que la prosa de García Llovet es austera y tiene la alevosía y premeditación del mejor de los delitos —el que no se permite el error ni encuentra castigo, el verdadero crimen perfecto en literatura, aunque le deje a uno en ciertos momentos con ganas de alguna deriva, de alguna concesión «lírica», aunque ese «pero» sea defecto de fábrica de quien esto escribe—, lo que de veras evoca a Hammet o a Chandler es el qué y no tanto el cómo, el trasunto del antihéroe y no sus escenas de acción o las tramas deliberadamente escatimadas al lector. Lo que evoca al mejor género negro y lo trasciende no es el cliché externo, sino el tortuoso viaje interior del protagonista como depredador y presa a la vez. Es ese ascenso del tiburón a los infiernos exteriores que dibuja la cita de Bolaño que abre esta deriva, la vía directa por la que un vientre hinchado —de culpas y secretos— asciende en línea recta a la superficie de las cosas: García Llovet le da la vuelta a la piel de Tiffani Figueroa y nos muestra su infierno particular, sin caer en la solemnidad de un narrador demiurgo e idiota, mostrando a ráfagas los pecados y la vulnerabilidad de una verdadera autómata en su inercia vital y en sus contradicciones. De repente me acuerdo del Deccard de K. Dick y creo que esta mujer «submáquina» es una replicante de sí misma, hecha de jirones de realidad, de recuerdos implantados por la velocidad con la que le sucede la vida y que, como todos, intenta desesperadamente huir de la muerte en cada exceso, en cada encuentro, en toda su soledad.

Es cierto, como ya se ha comentado varias veces en otras reseñas, que Submáquina puede traerle al lector un catálogo de referencias cinematográficas, pero en eso también es un libro inteligente y si algo evoca de Amores perros o 21 gramos tiene más que ver con los guiones de Guillermo Arriaga que con la a veces reiterativa puesta en escena de Iñárritu. Claro que hay David Lynch en algunas de las costuras del libro, pero más por la manera sonora e hipnótica de contar y de provocar un eco en cada ambiente, que por los enanos y todo el circo simbólico. De repente uno relee algunos pasajes de Submáquina, especialmente uno en el que la nieve hace acto de presencia, crujiente como el papel de la diana móvil en una galería de tiro, y piensa en Fargo y en su estética desolada, y en que bien podría aparecer el personaje que allí interpreta Frances McDormand en este libro, si uno pudiera creerse una moral tan sólida, que para nada casaría con la del personaje axial de Submáquina, tan humano precisamente por sus contradicciones.

Submáquina no es sólo un libro que se haya escrito, es sobre todo un libro que se ha consumado, cometido y ejecutado, como el mejor de los crímenes, pero que en algo es absolutamente legal, y es que se ha disparado con licencia de armas, porque Esther García Llovet se ha tomado todo el tiempo necesario para ganársela, porque se ha curtido en el trabajo para acertar en el blanco, y porque Tiffani y la literatura de Submáquina están hechas de abismos y renuncias, de supervivencia y sordidez, en definitiva, de las mismas piezas que construyen todos y cada uno de nuestros puzles personales. Submáquina deja en el aire el rastro de pólvora de esa cualidad tan peligrosa, doliente y encendida de la condición humana, que nos impulsa adelante como un tiro y sin remilgos: nuestro deseo de libertad, aunque ese impulso nos empuje a las fronteras del infierno.

*

Sobre la edición:

Como ya señalé en mi devolución para Como una historia de terror, de Jon Bilbao, en Salto de Página apostaron desde el principio por un diseño reconocible y que ayudara a fijar la imagen de la editorial en la retentiva del lector. Si en aquella ocasión cuestionaba todo el espacio que ocupaba el fondo púrpura metalizado de las cubiertas, ahora creo que tampoco es mala cosa, ya que eso obliga a la brevedad en los textos de solapa y contracubierta, lo que limita la información, sí, pero también evita los típicos excesos —ese solapismo atroz— en los que caen algunos editores. Bien está ser breve, dar las indicaciones justas y dejar que sea el lector quien juzgue por sí mismo. Para la cubierta de Submáquina, además, se ha escogido una ilustración sobre mucho blanco, sin marco, que respira un poco mejor en el espacio del que dispone.

De las tripas, nada que añadir a lo comentado a cuento del libro de relatos de Jon Bilbao: caja de texto un poco larga, tipografía impecable y algunos detalles originales en la portadilla o los créditos del final. De paso, compruebo que la ausencia de guiones largos en los diálogos de Como una historia de terror fue elección de Jon Bilbao.

De nuevo cabe destacar el trabajo de Salto de Página, no sólo con estos dos títulos sino en general en todo su catálogo, sobre todo de un tiempo a esta parte, con algunas antologías que vinieron y otras que están a punto de llegar. Con su apuesta por la buena literatura, su capacidad de adaptación a los nuevos modos de lo literario —que ya no beben sólo de la prensa impresa— y su manera de defender y mover cada libro, Salto de Página se está convirtiendo en una garantía para los buenos lectores y en un refugio para los escritores que, esperanzados, vemos que todavía quedan unos cuantos editores con criterio.

Notas:
  1. Mi intención cuando escribo una de estas devoluciones o notas de lectura es, sobre todo, poner en común con mis lectores un texto que creo que merece la pena difundir, y no tanto recorrer los trilladísimos caminos de la crítica habitual. Verán que no suelo utilizar las coletillas habituales («un autor a seguir de cerca», «irrumpe en el panorama literario», etcétera: pronto se inventará la máquina de hacer reseñas, igual que ya idearon un novelista cibernético), ni le bailo el agua a ningún editor (el texto, queridos, el texto: por eso guardo silencio cuando no me convence, porque hacerle favores a un editor o a un escritor a corto plazo supone que, a medio término, los lectores se puedan sentir traicionados), ni reparo demasiado en el Currículum Vitae de los autores, ni busco en los almanaques literarios los premios conseguidos, ni mucho menos me permito la hagiografía personal. Sin embargo, creo que hoy cabe hacer una excepción en este punto y recomendar Coda (Lengua de Trapo, 2003), la magnífica novela con la que Esther García Llovet, además de ganar un premio, obtuvo el favor de un buen puñado de lectores y se ganó, sobre todo, el respeto de quien valora a una escritora por su trabajo y no por su personaje. No puedo decir lo mismo de otras escritoras, a quienes no siempre les falta el talento, pero que lo dilapidan en una suerte de carrera por «ser escritora». García Llovet no está por la labor. García Llovet , sin prisa y más preocupada por su trabajo que por cualquier figuración, escribe. Escribe. Escribe.

Enlaces relacionados:

  • Comentario de Submáquina en el diario Público, por Paul Viejo
  • Comentario de Submáquina en Tinta digital, por Marina Díaz
  • Reseña de Submáquina en La tormenta en un vaso, por Marta Sanz
  • Reseña de Submáquina en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de Submáquina en Llegir en cas d'incendi, por Salva G.
  • Reseña de Submáquina en Vagamundos, por Fernando Ortega
  • Reseña de Submáquina en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Submáquina en La biblioteca imaginaria, por Cristina Monteoliva
  • Reseña de Submáquina en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de Submáquina en El laberinto de Noé, de Esteban Gutiérrez Gómez
  • 8 comentarios:

    Anónimo dijo...

    "Ese verano alquilé una moto y estuve viajando cerca de tres meses, o cuatro, no recuerdo"
    Aunque parezca una tontería esta frase es casi un motivo para que yo me siente a leer, ni siquiera haría falta transcribir toda la frase, llega con dos palabras o con un olvido. Describe vida, la gente que se dedica a vivir no tiene tiempo para contar los minutos.

    Sigo leyendo...besos

    Maite dijo...

    Soy fan de Bolaño y a este paso me acabaré haciendo fan de tus reseñas, derivas o como las llames. Me encanta cómo comunicas lo que te ha causado la lectura de un libro, así que me apunto "Submáquina" para mis próximas lecturas.

    Por cierto, me gustan los cambios en tu página, la hacen más cómoda y se descarga antes.

    Sólo una pregunta, ¿se puede saber a qué escritoras te refieres en la nota anexa de tu post? Responde si quieres, claro, aunque ya me hago a la idea de las que estás criticando, pero eso también pasa con escritores hombres, ¿no? ¿Qué otras escritoras españolas te gustan? ¡Espero que no seas otro de esos misóginos literarios! ¡Es broma!

    Besos

    Alex dijo...

    Gracias por compartir, una vez más, tus lecturas y tu esfuerzo. Leer tus críticas es en sí mismo un placer y, hasta ahora, cuando he hecho caso a tus invitaciones, me he encontrado casi siempre con muy buenos libros. No conocía a Ester García Llovet, ¿por dónde me recomiendas empezar, por Coda o por este?

    Abrazos.

    Sergi Bellver dijo...

    Gracias por vuestro tiempo a los tres (y a los lectores silenciosos). Eso es lo que yo no tengo hoy, tiempo, así que seré telegráfico:

    Maite, no lo soy, te lo aseguro. A tu primera pregunta puede contestar mucha gente, no siempre tengo por qué ser yo quien se exponga. Las conocemos todos. A la segunda pregunta, de repente, se me ocurre contestarte que Ana María Matute o Belén Gopegui, por ejemplo.

    Alex, los dos son buenos libros, aunque yo creo que en Submáquina la escritura de Llovet está más "hecha".

    Saludos a todos.

    Anónimo dijo...

    En algún momento de la larga construcción de la Máquina dejé a un lado un par de relatos o piezas. En uno de ellos aparecía Tiffani a los doce años, perdida en un viejo parque de atracciones y creyendo ser una Replicante.
    Gracias por tu lectura.
    Esther G.

    Sergi Bellver dijo...

    Gracias a ti por tu intervención, Esther, me alegra pensar que mi lectura de tu trabajo te parece más o menos acertada. Sobre todo porque, aunque ya estaba sobre aviso, se nota que te has tomado precisamente eso, mucho trabajo, en moldear y perfilar tu criatura. Dice mucho de ti como escritora que, además, hayas sabido renunciar en vez de hacer la vista gorda. Ya sabes a lo que me refiero.

    Un abrazo.

    manuespada dijo...

    Ayer me compré este libro en Tres Rosas, comenzaré su lectura en breve tras acabarme "Como una historia de terror". Al final tus reseñas también sirven de publirreportajes, en el buen sentido de la palabra, porque vender libros de relatos es simplemente, bueno para la Literatura.

    LCS dijo...

    Aunque, con un poco de retraso en relación a tu deriva. He leído "Submáquina".
    Quien la lea buscando un libro de relatos, se decepcionará seguro. Es más bien una novela estructurada en relatos.
    Quizá haya echado de menos algún relato más que terminara de definir al personaje de Tifani. Me ha dado la sensación de que se ha quedado un poco en una nebulosa.
    He vuelto a leer tu deriva después de terminar el libro y creo, Sergi, que tu deriva me ha gustado muchísimo más.