Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008 (V): El río de Halfonius Monk.

13/4/09

El cuento de 2008 (V):
El río de Halfonius Monk.




Título: El boxeador polaco
Autor: Eduardo Halfon
Edita: Pre-Textos
ISBN: 978-84-8191-910-3





―No quiere salir.
―Lamento que no se encuentre bien ―dijo la mujer―. Es un hombre agradabilísimo. Era boxeador, ¿sabe?

ERNEST HEMINGWAY, «Los asesinos»


No es casual que publique ahora mi deriva a partir de este libro, después de haber compartido la de Submáquina hace tan pocos días. A pesar de tratarse de dos escrituras muy distintas, hay en ambos títulos una tentativa cierta de no plegarse a las etiquetas ni a los géneros que me interesa mucho. Antes de publicar esta entrada quise que a la lectura de El boxeador polaco le sucediera la de El ángel literario, que Halfon publicó con Anagrama en 2004, y que apenas ahora comienzo a catar en diagonal, pero precisamente eso me ha llevado a no demorar más la entrega por una sencilla razón: la confirmación del descubrimiento de una nueva ―para mí― voz en las letras hispanas que ha conectado con el lector que soy, más allá de mi faceta como escritor. Halfon ha conseguido ―y os aseguro que no es fácil― que vuelva a leer una obra reciente olvidándome de los otros lectores que me construyen ―el escritor, el editor, el profesor y el «crítico»― y que sea sólo el lector quien se sumerja en el río de sus ficciones. Antes del concurrido ―y ya finiquitado, por lo visto―debate al hilo de vuestro libro de cuentos favorito de 2008, al nombre de Eduardo Halfon sólo le adjudicaba una vaga noción como finalista del Herralde de novela de algún año reciente ―son ya tantos los autores americanos en ese premio que me aturdía: fue con El ángel literario y en 2004, como confirmé más tarde [1]―, pero gracias a un comentario del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán a los pocos días ya me había ocupado de tener El boxeador polaco en mis manos.

Aquellos que confundan el rigor con la ortodoxia dirán, entre la miopía y la prisa, que El boxeador polaco no es un libro de cuentos o que pertenece al «género de la autoficción». Es probable que ni el propio autor tenga claro si se trata de un libro de cuentos, pero al menos el esfuerzo que se percibe es dual: por un lado, cada uno de los textos funciona de manera autónoma y sostiene la tensión narrativa dentro de su propia entidad, pero por otro, y ya al final de la lectura de todo el volumen, la impresión general recuerda a la que pueda dejar una novela fragmentada pero con el eco sostenido de una sola intención, y ahí de nuevo establezco un símil con Submáquina de Esther García Llovet, al menos en su estructura. Aquí el personaje que Halfon construye es un trasunto del propio autor, aunque caracterizado, caricaturizado y quintaesenciado, todo al tiempo, para protegerse y divertirse, supongo, pero también para que los ropajes de la ficción, como decía Conrad, ayuden a traer al lector una visión más rica de «la realidad», esa fibra primera de lo escrito y la semilla de toda fabulación. Para los que estén demasiado preocupados en clasificar El boxeador polaco como novela, libro de cuentos o diario de un «exagerado» ―en el sentido de artista que le daba Sábato al término―, la principal cualidad de la escritura de Eduardo Halfon —una sutil habilidad para rehacer la vida en el texto— escapará a su campo de visión, encajonado en ese afán absurdo por atar cabos y hacer mediciones para poder ponerle una etiqueta al libro. Esa miopía es propia de la crítica más torpe y de los lectores más desorientados, que necesitan tener siempre marcado el sendero en el bosque, para quienes todo lo que queda más allá de sus lindes se convierte en niebla y el rumor del río es sólo una mentira más.

Pero, ¿qué es un río exactamente? En El boxeador polaco se dan cita la ficción y la «realidad», es cierto, pero del mismo modo que pueden hacerlo en un libro de cuentos «ortodoxo» o en la cotidianidad de cada uno de nosotros. ¿Acaso no elegimos ―entre todo el espectro perceptible, ya de por sí limitado― aquellos colores y sonidos de la «realidad» que más nos convienen para construir la experiencia y el relato que hacemos de nosotros mismos a los demás? ¿No es el escritor un intérprete de esa «realidad» en cada una de sus ficciones? ¿No la traduce según ese diccionario intransferible que su mirada es, del mismo modo que nuestro cerebro toma una decisión para identificar «río» a partir de la información que le ofrecen nuestros sentidos? Desde un punto de vista formal, es decir, rígido, podría encontrarse una etiqueta para El boxeador polaco pero, al menos a mí, esa tarea no me interesa y además me parece estéril. Cada lector, según su mapa del mundo y de la literatura, puede elaborar una interpretación distinta. Así, para unos El boxeador polaco podría pertenecer a la corriente de real fiction del mejor Truman Capote, para otros al torrente de digresiones metaliterarias de Vila-Matas y a las elucubraciones de sí mismo como personaje, y para otros aún, en cierto modo, al caudal ingente de los dietarios de Andrés Trapiello [2]. Algunos lectores, según su nivel de tolerancia a la niebla y su distancia respecto al río, podrían tomar la escritura de Eduardo Halfon como un salto de agua del que gotearían ―con el ritmo prosaico de Juan Carlos Onetti, pero sin imposturas legatarias― la lucidez de Mark Twain o el humor de Slawomir Mrozek [3]. O como una cascada por la que desbordaran las luces y las sombras de Ernest Hemingway. O las de Alejo Carpentier, pero puras, auténticas, sin ese colorido sobreexpuesto y gratuito de la peor versión de la literatura panamericana. El boxeador polaco ―y, por lo leído hasta ahora, también El ángel literario― se amolda a todos esos cauces y a muchos otros, porque su cualidad fundamental ―insisto― es transparente, adaptable e inaprensible como el agua limpia: escritura que rehace la vida en el texto y vida que hace acto de presencia en la lectura. Y por eso el buen lector olvida pronto la ortodoxia y abandona el camino marcado. Por eso atraviesa los jirones de niebla y se deja llevar por el río del texto en El boxeador polaco, donde ya poco importa el destino del viaje o la nomenclatura en los mapas de ese curso de agua.

Le contesté esa misma noche, y el tono de mi carta resultó más petulante de lo que había previsto. Te felicito, le escribí. Así se lee un cuento: dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo, Annie, donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción, ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Al igual que los trucos de un mago nos impresionan sabiendo muy bien que son sólo trucos. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido aserruchada en dos. Pero así lo creemos. Es una ilusión verdadera. La literatura, escribió Platón, es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar es más inteligente que quien no se deja engañar.

«Lejano» (páginas 19 y 20).

Halfon tiene el acierto y la honestidad de no quedarse en el tópico ni en el compadreo y de acercarse a la literatura universal sin complejos y a la vez sin soberbia, aceptando la deuda contraída con escritores de todas las latitudes, renunciando al exceso efectista y a las modas. La suya es escritura en estado puro, con las gotas justas de rigor estilístico y verosimilitud, con las notas justas que le dan empaque, solidez y fondo a la melodía, pero también con esa condición jazzística que se permite la improvisación y el juego. Y por eso en El boxeador polaco, contra lo que puedan argumentar los miopes, entre la «realidad» y la ficción la literatura sucede, como sucede la vida frente a una criatura hermosa, insolente y sexual ―antes de vislumbrar la «Fumata blanca»―. Como late con fuerza la vida en ese otro río inabarcable e ingobernable que es la música de Thelonius Monk, entre las teclas de un piano en su fabuloso «Epistrophy», que en El boxeador polaco es también epístrofe [4], es decir, la crónica de una doble conversión: la del pianista clásico y el escritor judío en músico zíngaro y en escritor ateo, en dos creadores libres al fin de todo lastre.

En este libro la herida de estar vivo es una leyenda a pie de página, como una libélula que se posa en el instante preciso y nos permite leer sus alas antes de remontar el vuelo y dejarnos, aturdidos y fascinados, como deja la vida huella en un país rajado por los volcanes y los machetes, o en el rostro de un niño ―todo un héroe, con su cicatriz, sus trabajos y su odisea particular, ese Juan Kalel de «Lejano», que hasta tiene apellido de pequeño Supermán, señor de la plantación y del Pach'un tijz [5]―. O sobre todo en la biografía de un abuelo, el auténtico detonante de toda la carga simbólica en El boxeador polaco. La verdadera lección sobre literatura en este libro y sobre aquella vieja e inefable verdad de las mentiras no está en el Halfon-profesor-personaje de cada relato, ni en la entrañable figura de Joe Krupp en «Twaineando», sino en la estrategia vital de ese superviviente de Auschwitz, que tiene una delicadeza y una ternura dignas de Robert Louis Stevenson para dibujarle a su nieto y a cualquiera un mundo menos sórdido, si es que eso ―poesía aparte― fuera posible después de Auschwitz.

Qué bueno que Eduardo Halfon no haya sucumbido a la tentación de darnos una clase de moral a cuento de la historia de su país ―de todos sus países― o de su árbol genealógico ―y de todas sus raíces―, y que sin embargo haya logrado que la terrible belleza de Guatemala cobre vida, color y voz en «Lejano», que un extrañamiento tan «gringo» y cheeveriano pueble «Twaineando» o que el vértigo de la sangre palpite en «Fumata blanca» y «El boxeador polaco» ―el cuento―. Qué bueno que Halfonius Monk ame más la música que las partituras, más la literatura y la escritura que la farsa de «ser escritor». Estoy dispuesto a equivocarme y a dejarme engañar, decidid vosotros cuando lo leáis, pero lo único que sé es que El boxeador polaco es un río. No es un libro. Os lo digo yo: es un río. Y te lleva. Os doy mi palabra.

*

Sobre la edición:

Refiriéndonos al libro como objeto, hay quien dice que las ediciones de Pre-Textos son demasiado serias. Es precisamente esa sobriedad la que hace que tenga a la valenciana Pre-Textos como una de mis editoriales de referencia en diseño editorial. Tanto por sus austeras colecciones de poesía, como en su recuperación de clásicos, apenas la tipografía y lo que parece una impresión a dos tintas consiguen, junto con los papeles empleados, un resultado siempre elegante, un poco en la línea de la francesa Gallimard y de otras editoriales insignes. La colección de narrativa contemporánea de Pre-Textos, que utiliza ilustraciones que a veces recuerdan a los bellos carteles propagandísticos de los años treinta, tiene ese sello inconfundible que Andrés Trapiello —responsable del diseño, junto a Alfonso Meléndez— siempre deja en todo lo que hace como editor y tipógrafo, y pienso ahora en su pequeña aventura andaluza (dirige la colección La Veleta de la granadina editorial Comares).

Por todo ello, en el comentario de hoy sobre la edición de El boxeador polaco no cabe decir demasiado, ya que el resultado es absolutamente incontestable y toda la pulcritud del libro objeto no hace otra cosa que apoyar al texto, que es para lo que sirve el diseño, y no para robarle protagonismo, que es en lo que incurren esas otras editoriales de la escuela publicitaria, con ilustraciones chillonas o fotografías de revista en las cubiertas. Del mismo modo que la concisión le sienta bien a la literatura, la edición siempre agradece la mesura, y parece que eso lo han aprehendido antes muchas de las editoriales más o menos apartadas del eje Madrid-Barcelona y de su velocidad: aun con las objeciones puntuales que quepan en cada caso, la extremeña Periférica, la aragonesa Tropo, la gallega Ediciones del Viento, la almeriense El Gaviero, la palentina Menoscuarto o la que nos ocupa hoy, la valenciana Pre-Textos, entre otras, saben editar a fuego lento y con los ingredientes necesarios.

Notas:
  1. Un fragmento del libro de Anagrama:

    Las personas entran y salen de la literatura sin saber por qué. Y quizás el solo hecho de preguntárselo es acercarse demasiado al sol, pues la razón jamás podrá comprender manifestaciones de un espíritu estético. Jamás. Sin pedir permiso ni perdón, el ángel literario se asoma, nos eleva efímeramente hacia algunos paraísos y nos arrastra hacia nuestros propios infiernos, y eso es todo, y a la mierda.

    EDUARDO HALFON, El ángel literario

    Quien sea más o menos habitual de esta bitácora ya lo sabe: no me gusta hacer hagiografías y sí ceñirme a los libros, al texto, pero no debe de ser casualidad lo de Eduardo Halfon. Casi cinco años después del Herralde su nombre quedó entre los finalistas del I Premio Ribera del Duero de Narrativa breve, y sé de buena tinta que de no haber figurado en el sexteto el libro Mirar al agua de Javier Sáez de Ibarra, que promete mucho, los Cuentos del cuartel de Halfon hubieran tenido todos los números para hacerse con el galardón.
  2. La mastodóntica serie de diarios de Trapiello, El salón de los pasos perdidos, se publica también en Pre-Textos.
  3. El texto del relato «Twaineando», que por cierto se puede leer en la bitácora La Mancha literaria, además de orbitar en torno a la figura de Mark Twain y de rendir homenaje al maestro, destila el humor y la iconoclastia respecto al mundillo literario de Mrozek en cuentos como «El Nobel» o «Del diario de un arribista», ambos de La mosca (Acantilado, 2005). No importa si esto es deliberado o casual, El Quijote también tenía esa sana mala leche y aparece en el relato de Halfon, luego, todos los descreídos ―Cervantes, Twain, Mrozek, Halfon― vienen de la misma estirpe.
  4. De cualquier diccionario: epístrofe. f. Rel. conversión.
  5. Según el libro ―y en uno de sus pasajes más bellos, después de haber desgranado esa fuerza hipnótica que tienen los topónimos en las lenguas precolombinas―, Pach'un tijz es el término que en lengua cakchikel se utiliza para referirse a la poesía, un neologismo que literalmente significa «trenzado de palabras».

Enlaces relacionados:

  • Elocuencias de un tartamudo, bitácora de Eduardo Halfon
  • Vídeo de la entrevista que Luis Figueroa le realizó a Eduardo Halfon para la página de la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala
  • Entrevista a Eduardo Halfon en la página Ciudad del Hombre, por Diego Marín A.
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora de Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g)
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora de Javier Fernández de Castro en El Boomeran(g)
  • Reseña de El boxeador polaco en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de El boxeador polaco en la bitácora El diario del gallo, dedicada a la literatura guatemalteca
  • 9 comentarios:

    Marta María López dijo...

    Vaya! También yo estoy a punto de hablar de este libro en el blog. Acabé de leerlo hace una semana y me ha gustado mucho. Poco me importa, la verdad, si es realidad o ficción, lo que me gusta es el modo de narrar, los personajes, la melancolía contenida y, sobre todo, esa idea que pulula a lo largo de todo el libro: la identidad, eso que somos y de lo que no podemos escapar aunque queramos o aunque otros quieran.

    Gorocca y/o Amaia dijo...

    Qué agradable sorpresa Sergi!Vuelvo y me encuentro con esta renovación.Elegante cara convertida en esquirla o en viruta y un concierto jazzístico de lo más destacable.Supongo que tengo demasiados libros pendientes y seguirte resulta ya un tanto complicado, me quedé en Submáquina, cuando vuelva a dejar Fiódor empiezo a repescar.

    Forta abraçada!

    Anónimo dijo...

    Todas las reseñas que publica son más o menos favorables. ¿No hay ningún libro que le parezca malo? ¿No están las reseñas también para eso, para criticar un mal libro y que los lectores se ahorren su compra? Creo que tan importante es hablar de los buenos libros como de los malos, y que no hay que ser cobarde con ello. Espero que no le moleste mi comentario, pero es mi opinión.

    Sergi Bellver dijo...

    Lo mismo me pasó a mí con Submáquina, Marta Maria, el día que, investigando para incluir las de los demás, me encontré tu reciente reseña cuando estaba redactando mi deriva. Afortunada sincronía en todo caso, pues veo que tenemos un gusto bastante similar, en general.

    Un abrazote.

    *

    Gorocca, esa imagen pertenece a la obra Rind, del famoso artista holandés Escher, como especifico en la nota legal del pie de página (en "Derechos"). Yo sólo le he quitado un fondo gris de nubes al original, trasteando con el Photoshop. Es verdad, creo que llevo un ritmo más o menos intenso... pero esto va por rachas, lo de publicar entradas, digo, ya sabes.

    Besos

    Sergi Bellver dijo...

    Anónimo, no entiendo tu comentario y mucho menos tu motivación. Muchos libros me parecen malos, incluso algún libro de los que me envían ya varias editoriales me parece, si no malo, sí al menos decepcionante. De momento he recibido de editoriales unos 15 libros, y sólo he hablado hasta ahora de 3 (los otros que han aparecido aquí comentados me los compré yo o me los pasaron sus autores). De los otros doce, tengo previsto hablar al menos de tres. Y como ya aviso, siempre, en mi página y en cada correo privado, si un libro me decepciona, guardo silencio. Tal vez eso le parezca "cobarde" a algunos, pero sigo la escuela americana de críticos en ese caso, y creo que es mejor emplear mis energías en compartir lecturas que sí valen la pena. En fin, ese es mi criterio. Es muy goloso criticar un mal libro y "lucirse" con un libelo ácido e ingenioso, pero es que a mí eso no me interesa. Yo hago esto (y gratis) para compartir buena literatura. Nada más.

    Sólo añado dos apostillas: que en ocasiones he sido muy bocazas al criticar y denunciar cosas que todo el mundo comentaba en los corrillos literarios pero nadie reconocía en público, pero no voy a ser siempre yo quien se parta la cara por nada. No merece la pena. Y ya puestos, si lees con atención mis reseñas/derivas verás que cuando tengo que hacer objeciones no me corto un pelo, pues no hay libro perfecto.

    Ah, por cierto, espero que tampoco te moleste que piense que el anonimato a menudo es otra forma de cobardía. Es mi opinión.

    Bárbara dijo...

    Pues a este río que pintas, en el que desembocan afluentes tan potentes, dan ganas de tirarse de cabeza y sin flotador. Me ha encantado eso de que en literatura, quien se deja engañar es más inteligente que quien no lo hace. Y esa forma elegante de cerrar las frases: y a la mierda, jeje.
    Saluditos.

    Manuel Abacá dijo...

    Hola, Sergí. Un libro que tuve a principios de año y dejé(porque llevaba muchos más en las manos). Me había fiado de "Los libros del año" de Público, había visto la entrevista que tú enlazas. El párrafo donde cita a Platón me parece muy bueno. Hora de que a uno le crezcan las manos.

    Saludos.

    Manuel Abacá dijo...

    Se me olvidaba: Felicidades (iba a escribir facilidades) por lo de la Revista de Letras.

    josé antonio ruiz dijo...

    Ya lo sabes, pero quería dejar un comentario igual, sobre todo por compartirlo. (Esa otra de las extrañas fuerzas que uno asocia a la literatura, la necesidad de compartirla...) Apenas acabo de leer Lejano y no puedo sino compartir (de nuevo) tu entusiasmo. También a mí me cuesta -y en raras ocasiones me sucede- leer con la inocencia de antes, libre, o como decías -ahora que he vuelto a leer tu deriva-"olvidando los otros lectores que me construyen", y eso me ha pasado con este primer texto. Ya desde las primeras páginas. Ya te contaré cuando termine el libro. Y éste, cierto, como objeto, me parece hermoso, o resumiendo: yo me decía que como me gustaría que, en su momento, pudiera publicar en una editorial que, además, haga libros tan hermosos, con tanto gusto e inteligencia. Gracias de nuevo por la deriva, por compartir tu opinión, por tu esfuerzo de siempre, y puestos a pedir y sabiéndote sibarita, podrías (no sé de términos informáticos, disculpa) hacer que se pudiera ir a las notas de tus reseñas haciendo click y (ya puestos) que se pudiera regresar de la nota a pie de página al texto de igual forma; a uno le da ya tanta pereza andar trasteando con la barra de scroll (o como se llame), a eso hemos llegado.
    Tengo ganas de leer Negligencia, pero estoy ya en mi tiempo de escritura, chato, por lo que queda en el debe hasta mañana.
    Un abrazo. El tiempo en Helsinki de la leche ,para que lo sepas, aunque con morriña de amigos