Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2009 (I): Síntomas de la fe.

1/3/09

El cuento de 2009 (I):
Síntomas de la fe.




Título: La fe ciega
Autor: Gustavo Nielsen
Edita: Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-023-6





―Y por eso el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso.

JULIO CORTÁZAR, Rayuela


A efectos legales, el libro de Gustavo Nielsen fue editado el pasado mes de diciembre, por lo que podría incluirlo en la serie El cuento de 2008, pero como estos relatos van a tener su recepción por parte del público a lo largo de 2009, me parece oportuno iniciar con La fe ciega esta nueva serie de derivas, devoluciones o notas de lectura, que irá intercalándose con la anterior. Así, en adelante llegarán nuevas entradas sobre aquellos caminos transitados —Mil cretinos (Anagrama, 2008), Propuesta imposible (Páginas de Espuma, 2008), Manderley en venta (Tropo, 2008), etcétera— y sobre los recién estrenados —Submáquina (Salto de página, 2009), Con la soga al cuello (Páginas de Espuma, 2009), La soledad de los ventrílocuos (Tropo, 2009) y los que vengan—. Como siempre, la motivación de todo esto es contagiaros buenas lecturas. Y una que os recomiendo desde ahora, es la de La fe ciega.

Descubrir a Nielsen ha sido como aprender de una vez a apreciar el mate. Primero, en la ceremonia de la lectura, uno —gallego al fin y al cabo, con el paladar educado en el café dulce y la tibieza— recibe el libro de otras manos y tantea con la bombilla [1] esa infusión escrita, desapacible y recia. Después ese amargor se instala en la boca, pero al rato el poso de la yerba y la liturgia entre compadres llega a hacerse familiar, entrañable aun sin edulcorantes, activando ese resorte inefable de la complicidad que se establece entre los caracteres más fuertes, sin milongas ni remilgos. No importa ya el sabor duro y roto de esas letras, sino el porqué de la propia lectura, lo que nos reúne en torno a cada cuento en La fe ciega. Lo que tiene relevancia en estos relatos es lo que convocan en nosotros al dejar reposar el texto, y no tanto lo formal de las historias.

En La fe ciega no hay escritura complaciente, ni placebos, ni cuentos de receta. No hay soluciones ni diagnósticos, sino la sintomatología y la convalecencia de unos textos enfermos, y por lo tanto vivos, si la enfermedad es el lenguaje de la vida cuando protesta, cuando reclama un pedazo de esperanza para sí. La condición humana demanda desde la herida y la fiebre —esa escritura de la que habla Cortázar y que ha de ser incendio para deshacer el coágulo— una redención, la cura del miedo en forma de consuelo. Este es, de algún modo, el tema de fondo de los relatos de este libro: todos, en algún momento, somos el niño enfermo que, sin decirlo, no espera cuentos, sino la mano del padre en la frente.

Gustavo Nielsen tiene el acierto de permitirse la arruga y las zonas de sombra en el tejido narrativo, de admitir la imperfección como parte definitoria de toda vida, y en algunos momentos le concede a sus cuentos la virtud de lo no premeditado, del punto ciego en la perspectiva, a pesar del buen trabajo de estructura que se percibe en todo el libro. Hay una arquitectura no tan funcional y sí tentativa e integradora en cada texto, como esas casas abiertas al entorno, colgadas sobre un risco, con un patio central que respeta un árbol viejo o una escalinata que muere en el río. No hay imposición de la técnica sobre el terreno, sino asunción de la fragilidad, como el ciego que también lee el mundo con el tacto y la duda, como la fe que mueve a algunas personas a buscar alivio a esta vida alienada en territorios sin mapas, a tientas, por el puro impulso del enfermo que no se resigna.

A pesar del buen manejo de la tensión narrativa y de la inclusión de los elementos habituales del género, como los puntos de giro y demás artefactos, ninguno de los cuentos de La fe ciega peca de esa miopía mojigata de los que escriben el mismo cuento a perpetuidad. Es verdad que a veces la presentación de los personajes en algunos cuentos, o el planteamiento de la historia, o el dibujo del ambiente, sobre todo al inicio, ofrece una primera impresión algo abigarrada, por lo menos hasta que arranca de veras el texto, y entonces cada personaje llega a ser, en vez de decir, y el relato respira, en vez de funcionar, y la atmósfera cuaja y se hace, en vez de quedarse en la palabra escrita. Como si a priori les llamaran desde demasiados lugares a la vez, los narradores en los que Nielsen se apoya atienden apresurados a todas esas voces y sólo después —eso sí, casi al instante—, al dejarse ir, el discurso de unos y otros se va armonizando y los cuentos cobran vida propia.

Tengo la sensación, ciega, injustificable, pero tan cierta como la fe en las tripas del creyente, de que Nielsen viene de muchas literaturas. No sé explicarlo, lo asumo, pero hay algo norteamericano en sus cuentos, no desde el canon usual, sino emigrado de Monument Valley a la Patagonia, algo de Butch Cassidy convertido en gaucho, de un Woody Allen forajido en Corrientes —si el judío genial hubiera nacido desacomplejado y valiente, esto es: con la agilidad y la sal de su lenguaje pero sin el discurso del siempre loser—. Incluso encuentro trazos de lo eslavo en los cuentos de Nielsen, el desapercibimiento y la fina malicia de los narradores de Bohumil Hrabal o la mirada de Kundera —si a Kundera le hubiera dado más el sol y supiera cortar la carne de las cosas sin rodeos—. Hay algo de Roth —Joseph— y de Bellow, como una tristeza soterrada en la ironía, pero una tristeza atrevida, cierta atracción por el lado oscuro de las cosas, como si al instalarse en esa ceguera los personajes de Nielsen encontraran un paisaje más habitable, más a resguardo de la demasiada luz, un refugio infantil entre las sábanas. Y por supuesto, Cortázar, mucho Cortázar, algo de Onetti, y quizá un atisbo —una temperatura— de Quiroga.

En La fe ciega el orden de los cuentos me parece acertado, aunque una idea que me asaltó al terminar el libro fue que no sólo se dejaría leer perfectamente al revés, sino que incluso ganaría un tono distinto con ello —probadlo, si se os ocurre—. Desde luego, si este libro fuera cosa mía, «El café de los micros» hubiera encabezado el índice, pues me parece, sin duda, el mejor relato del conjunto.

«Adiós, Bob» exhibe la incuestionable capacidad del autor para el retrato del mundo femenino, lejos de clichés, y con el lienzo del 11-S de fondo, aunque de una manera tangencial —de efecto retardado— en el argumento. Nielsen consigue sin embargo dotar de un peso específico el ambiente y darle coherencia a la toxicidad que exudan las relaciones de esas mujeres, como si ya de antemano estuvieran respirando el humo y la ceniza de lo que estaba por venir, por caer del cielo. En este relato las marcas y cicatrices de las heroínas, la mastectomía de Joan, la amputación de las torres gemelas del WTC, la agonía de la gata neoyorkina, la castración de la supremacía ―doblemente fálica― americana o la liquidación de su intocabilidad, la decapitación de esa soberbia encarnada en la patinadora masculina que molesta al escupe-fuegos árabe en el parque, la rabia y el rechazo de sí misma de la Mariana inmigrante, cada símbolo y cada juego de espejos convoca ―sobre todo al dejar reposar la lectura, como he dicho― la inteligencia y la complicidad del buen lector. Ignoro si hay algo premeditado en ello ―por algo mucho más obvio que el juego en el título―, pero no he podido evitar encontrar decenas de ligazones y paralelismos ―la naturaleza felina y huidiza de los personajes, la emigración como forma de soledad, esos dos finales desolados― entre este cuento y «Bienvenido, Bob», de Juan Carlos Onetti [2].

«La fe ciega» es otro estupendo relato, uno de los tres mejores del libro, junto a «Adiós, Bob» y «El café de los micros». Como en el último cuento, en este que da título al libro se establece con talento la relación entre el mundo infantil y el adulto, muy a lo Salinger, con ese humor implacable de los niños que no nacieron idiotas y a través de una utilización atinada de lo onírico ―los sueños del tío, la imaginación de la niña que todo lo cuestiona―. En ese tipo de cuentos hay una asunción de ese mundo infantil que no tiene nada que ver con el paternalismo, y que explora la innata capacidad del ser humano para la brutalidad [3] cuando se siente amenazado, convirtiéndola en algo que casi enternece, porque viene del afecto en peligro, de la sagrada búsqueda del consuelo [4].

Tanto «Redención» como «Turf», siendo muy dignos, son los textos que menos me han atrapado del libro, a pesar de la insana mala leche que en el primero canibaliza a un gordo y a la conciencia del protagonista, o del perfecto y sutil retrato de un hampón en el segundo. Como demuestra en varios cuentos, el humor de Nielsen ―divertidísimo «La vida cantada»― es fino y tiene el punto justo entre crueldad y compasión hacia sus personajes, según el momento. En «Aniquilación de un poema», con el que no he podido evitar pensar en Rayuela, hay guiños tan agudos como lo de quemar el libro de un tal Nielsen o tan gratos como el darse cuenta de que no es fácil encontrar cuentos mejores que los de Salinger, y de que, al mismo tiempo, no existe el libro perfecto, ni siquiera Nueve cuentos. Este de Nielsen tiene una lucidez agridulce, echa mano del salvavidas del cinismo, con el timón del sexo navega por la ilusión de ese puñado de argentinos ―insufribles, como gauchos en una pampa de vasta pedantería― por formar parte de algo en el lado luminoso de las cosas, en el reverso de la mediocridad, que tampoco es la brillantez, sino una mediocridad distinta, bajo otra luz. «Aniquilación de un poema», al fin, es la coartada para la ceguera a la que se acoge la bohemia ilustrada, tan pútrida y vistosa, mientras allí fuera en el mundo sucede la realidad.

Para terminar, sobre «El café de los micros» no quiero deciros demasiado, prefiero dejaros casi a ciegas, despertaros la curiosidad, pero una curiosidad febril, insolente, como de niño empecinado, esa pasión inconsciente que se parece tanto a los síntomas de la fe. Es un relato soberbio, vivísimo, un cuento excelente y heredero de muchas cosas, escrito hace tiempo ―tiene casi siete años, por lo que se deduce de los agradecimientos del libro― y supongo que muy grato para el autor, por su recorrido. Pero creedme ―no es dogma, pero casi―, porque no os miento y tengo una fe ciega [5] en esto: si «El café de los micros» lo hubiera escrito un tal Sam Shepard, por ejemplo, ya sería parte del canon, ya lo habrían rodado los hermanos Coen, o Lynch, o Kusturica, o Kiezlowski, o cualquier otro realizador capaz de plasmar esa calidad fílmica que tienen los espacios abiertos en la Argentina; capaz de contar en fotogramas la bella y violenta historia de un padre, un hijo, las bestias del exterior, los demonios interiores, la fiebre y el café dulce y tibio de la infancia; capaz de poner en imágenes ese viento feroz ―como el mate más genuino: sin milongas ni remilgos― que azota lo literario en aquella página meridional del cuento en castellano en la que escribe Gustavo Nielsen.


*

Sobre la edición:

Después de una década en el cuento, todos conocemos ya de sobra el diseño ―interior y exterior― de los libros de Páginas de Espuma, con sus hallazgos y sus lugares comunes. En cuanto a las tripas, lo dicho, el diseño de costumbre, correctísimo: buenos márgenes, aunque con una caja de texto muy alargada, de 35 líneas por página, pero con el interlineado adecuado y el sello de marca en el folio y los títulos de los cuentos ―hacia el exterior y entre barras verticales―.

En cuanto a las cubiertas, en estos diez años ha habido para todos los gustos, pero en esta ocasión tienden a un minimalismo que se agradece y huye de esas combinaciones de colores un tanto forzadas que encontramos en otros títulos del catálogo de la colección Voces. Desde luego, en esto habrá tenido mucho que ver el sentido estético de Gustavo Nielsen, arquitecto de profesión y autor además de la ilustración de cubierta. En fin, Páginas, la decana, para qué os voy a contar más.


Notas:
  1. Así llaman en el Cono Sur a la cánula metálica para sorber el mate.
  2. Quien no lo tenga a mano puede leer el cuento de Onetti en este enlace y sacar sus propias conclusiones, si hay deliberación o es una bendita casualidad.
  3. No os perdáis el diálogo de la página 52 en torno a Papá Noel.
  4. En la página 55 se da una de las claves del libro: «El consuelo es algo difícil de manejar. Una de las cosas en las que me gustaría tener una fe ciega».
  5. Escribe también Cortázar en Rayuela: «Y así es como los que nos iluminan son los ciegos» (capítulo 98).

Enlaces relacionados:

  • Milanesa con papas, bitácora de Gustavo Nielsen
  • Reseña de La fe ciega en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de La fe ciega en Masacre en los jardines, por Pablo Matilla
  • 13 comentarios:

    C.G. dijo...

    Lo genial de tus reseñas, Sergi, es que al margen de la recomendación oportuna, cosa que agradecemos tus seguidores, obviamente, tu capacidad para transmitir lo que tu propia lectura del "recomendado" te ha supuesto es infinita y otro pequeño libro en sí misma.
    Este año voy a ser una buena alumna. Las lecturas largas se me hacen, actualmente, eso... largas y costosas. No sé si debe a una metamorfosis o a un simple bache, pero lo cierto es que me he propuesto recuperar el tiempo perdido, con respecto al cuento, durante este año.
    De momento lo he comenzado con un libro de relatos editado hace ya algunos años: "Siete parejas y un solitario" de Juan Cobos Wilkins, que tras empezar a leerle por su última obra (yo, como los cangrejos)"El mar invisible", decidí que era un autor a disfrutar. Y por otra parte, tengo entre manos a todo un clásico: Guy de Mauppassant con su Casa Tellier y otros cuentos eróticos. Este libro, además, ha sido un préstamo de mi librera, con la condición de que... si considero tras su lectura que debe permanecer conmigo, se lo pague, y en caso contrario, se lo devuelva. Por supuesto se va a quedar conmigo. Con libreras así da gusto!
    El siguiente en la lista será Oficios, y tomo nota ahora mismo de La fe ciega.

    Un super abrazo para ti!

    Carmen

    Juan Casamayor dijo...

    Querido,

    gracias por la completísima reseña (¡cómo no!) del libro de Gustavo.

    Abrazos,

    Juan Casamayor

    Eva A. dijo...

    Buena reseña, Sergi; incluso en momentos certeros, brillante y lúcida. Con todo, y sin ánimo de ofender -antes lo contrario-, quizás una sugerencia. Y es que en ciertos momentos, las referencias literarias, influencias y/o intertextualidades resultan excesivas, de tal suerte que encorsetan tu propio texto, lo asfixian. Déjalo que respire.
    Pero, esto, ya te digo, es una apreciación personal.
    Salud y adelante!

    Anónimo dijo...

    acabo de cascarme toda la serie de reseñas del 2008 y esta primera del 2009, cinco en total, y son cojonudas, en serio, y me llevan a preguntarte cosas

    has pensado publicarlas en papel, trabajar en revistas o diarios? a veces allí los críticos caen siempre en lo mismo y me parece que lo tuyo es más lanzado, más sincero

    te parece ético reseñar libros de amigos?

    vas a reseñar alguna vez libros que no sean de cuentos ni novedades, novelas, libros de hace 10 años, etc?

    espero que publiques mi comentario, es anónimo, tengo derecho, y creo que no falto a nadie

    salud

    Iradier dijo...

    Saludos, Sergi.

    Leo desde hace unos dos años tu bitácora, cuando puedo conectarme y dedicarle un tiempo a internet, que no es muy a menudo, y sin intervenir nunca, hasta hoy. Me alegra mucho comprobar que la mantienes tan activa y que le pones tanta entrega. En algunos casos, como el tuyo, me parece portentosa la capacidad que tenéis algunas personas para darle contenido y continuidad a vuestras páginas. A mí me parece un trabajo enorme, y tal vez por eso no me animo a meterme en algo así y me quedo en mi cómodo papel de lector. Como te dicen en el primer comentario, leer tus reseñas acaba siendo en sí mismo un placer. Pensaba comentar cada cosa en su sitio, bajo la reseña de cada libro (bueno, bajo cada "deriva", como tú las llamas), o incluso en esa concurrida tertulia del cuento de 2008, pero como no quisiera robarte demasiado tiempo, iré al grano y lo incluiré todo en este comentario. Perdona si me extiendo un poco.

    Ya con cierta distancia, si reflexiono sobre los últimos libros de cuentos que he leído gracias a tus recomendaciones, creo que lo mejor es que se trata de libros muy distintos entre sí, lo que prefiero, pues en mis lecturas me gusta probar cosas diferentes. "Oficios" me pareció original en las formas y desenfadado, con un humor muy ácido; "Sicilia, invierno" está muy bien escrito y también me parece original, pero en los argumentos de los relatos; "Nosotros, todos nosotros" es un libro donde el nivel de algunos cuentos es muy alto, incluso alguna vez me he perdido un poco sin terminar de pillar el tema, pero con el que disfruté mucho, sobre todo con tres cuentos que no olvidaré fácilmente; y con "Como una historia de terror", a pesar del estilo tan seco, me he entretenido y se me ha hecho amena la lectura, y es que lo que menos soporto de un libro es que me aburra. También hay otros libros que he leído por casualidad, al encontrarlos en una mesa de novedades, o por recomendaciones de algún amigo. "Sólo de lo perdido", "Mil cretinos" o "La marca de Creta" me han parecido también buenos libros, aunque a pesar de lo que tú mismo has dicho a veces, sobre si ese libro era irregular o no, a mí Monzó siempre me convence y el suyo me parece el mejor de los tres.

    Ya que me he decidido de una vez a escribirte un comentario, quiero aprovecharlo para darte las gracias por tu labor y por todas las cosas que he descubierto aquí en estos dos años, desde tus propios textos (aunque últimamente no publicas nada en ese aspecto y espero que se deba a que estás concentrado en tu libro de cuentos, que me interesa mucho, ¿cómo va ese tema?) o nuevos escritores y libros hasta otros blogs, donde los descubrimientos han seguido y me han ayudado a ir ampliando mis lecturas y a decidirme por nuevos libros. Desde luego, tal y como presentas "La fe ciega", puedes contar con que está en mi lista de lecturas desde ya, de hecho, esta tarde voy a ir de compras a La Central y tengo otros cuatro títulos apuntados de la mencionada tertulia del cuento en 2008. Además, soy un gran fan de Kundera, de Cortázar, de Onetti, de Woody Allen y hasta de aquella trilogía de películas, "Azul", "Blanco" y "Rojo". Tienes buen gusto. Para colmo, los autores argentinos o uruguayos recientes no suelen defraudarme (salvo contadas excepciones), y aunque también sean diferentes entre sí (o precisamente por eso), mis lecturas de Levrero, Neuman o Tabarovsky me han gustado mucho, sobre todo el primero. Si Nielsen mantiene el tipo, la cosa tiene muy buena pinta. Creo que te haré caso y empezaré por el último cuento, con el que me dejaste los dientes largos.

    Un abrazo y sigue siempre en tu línea.

    Gus Nielsen dijo...

    UAU, gracias Sergi. Me emocionaste, macho. Un abrazo.

    Gorocca dijo...

    Secundo a C.G en lo referente a tus reseñas y sí, habrá que hacer algún inciso en los rusos para coger la fe ciega por el derecho y el revés.
    Un abrazo!

    Sergi Bellver dijo...

    A TODOS:

    Inciso: añadí a los enlaces relacionados con esta entrada la reseña que apareció en Relataduras. Si alguien sabe de otras reseñas, que me lo haga saber, por favor, y las sigo incorporando.

    Entre la elaboración del nuevo temario para la Escuela de Escritores, los cursos en marcha, el trabajo en la editorial, colaboraciones y proposiciones varias y algún que otro desaguisado, de un tiempo a esta parte tengo menos energías de las acostumbradas para dedicarle a la bitácora, al correo electrónico o a la red en general, por lo que algunas respuestas —aquí y allí— se demorarán un poquito aún. Mis disculpas; espero que lo entendáis.

    También quiero agradeceros a algunos amigos los correos electrónicos y los comentarios en privado, al teléfono, entre cañas o de librería en librería. Aunque ya sabéis que os regaño un poco por ese raro pudor que os lleva a no compartirlos con los lectores de esta bitácora y hacerlos públicos —conocer vuestras opiniones también serviría de guía a esos lectores, y de respuesta a su trabajo a los autores de los libros comentados, o de animación de algunos debates, según el caso—, os los agradezco de veras, pues me ayudan a seguir aprendiendo y a mantener cierto espíritu crítico hacia mi propio trabajo. A casi todos os contesto del mismo modo, en privado, cuando se puede y surge, pero hoy rescato aquí otro mensaje en mi bandeja de correo-e, sobre todo para que conste en acta —pública— para los «interesados»:

    *

    [...] el martes le fui infiel a mis costumbres y me acerqué a la FNAC, donde tuve en la mano varios libros, pero luego me encontré con este de Gustavo Nielsen y al instante recordé lo que había leído el día anterior en tu reseña. Me lo compré junto con dos de bolsillo: uno de Raymond Carver y otro de Kjell Askildsen.

    [...] ¿Sabes qué? Esa misma noche quise leer un cuento de Nielsen y como le pusiste tanta intriga empecé por "La fe ciega", el último. Y lo mejor de todo es que cuando terminé de leerlo asentía con la cabeza, acordándome de tu comentario. Me ha gustado muchísimo, en serio, tienes muy buen ojo. Ya te diré qué tal el resto cuando lo acabe.

    Nuria, Barcelona (5/III/09)

    Sergi Bellver dijo...

    A fogonazos, que ya no son horas:

    *

    C. G., querida, gracias por captar mi motivación fundamental cuando hablo de los libros de otros: compartir, comunicar y contagiar.

    Por cierto, tu librera se merece todas las letras de esa condición: a menudo, por desgracia, los que trabajan en librerías tienen más de funcionarios que de libreros, sobre todo en las grandes cadenas.

    ¿Se puede saber la librería de la que hablas? Yo estaré siempre encantado de apoyar a quien desarrolla su oficio poniéndole amor al trabajo: esa clase de libreros también tienen un papel muy importante para difundir la buena literatura.

    *

    De nada, Juan y Gustavo.

    Os contesto de manera conjunta porque sóis cómplices en este asunto. Juan ya sabe que si hablo en ciertos términos de un libro es porque lo merece (no siempre será así porque no pueden gustarme todos, obvio). Si un libro me decepciona, lo omito, sea de quien sea, para no hacer leña ni lucirme a costa del hachazo: no es elegante. Pero si "reseño" un libro es porque me toca o veo algo valioso en ese texto, le ponga o no peros a la parte formal. No siempre acertaremos, pero el intento es honesto, siempre. Y si emociona, Gustavo, es que algo de verdad lleva esta deriva y por eso te llegó.

    Gracias a los dos por el libro, por escribirlo y publicarlo.

    Abrazos.

    Sergi Bellver dijo...

    Bienvenida y gracias, Eva A.

    Acepto de buen grado tu sugerencia, pero después de reflexionar unos minutos, creo sinceramente que no me excedo en lo de las referencias ni pretendo con ello demostrar nada, un lastre que sí observo en otros "críticos"; yo no lo soy, sólo editor, escritor y lector que opina y expone (y se expone). Si traigo esos nombres a colación es porque de veras en la lectura me venían a la cabeza, o los textos de Gustavo Nielsen me evocaban el trabajo de otros autores, a veces por senderos que ni yo mismo era capaz de reconocer a primera vista.

    Gracias de todos modos por tu discrepancia, constructiva en todo caso.

    Salud y República (ya puestos, por pedir).

    Sergi Bellver dijo...

    Menudo esfuerzo, Anónimo, si no te dormiste y encima pasaste un buen rato, o mejor aún, te interesaron los libros, me doy con un canto en los dientes.

    Vaya, vas directo al grano, disparas a matar... Vayamos por partes:

    - No me importaría en absoluto trabajar en ese tipo de cosas, pero mi disponibilidad horaria es cada vez menor y, francamente, si le dedico un tiempo a un trabajo serio de lectura y su posterior comentario, el único sitio donde lo haré de manera gratuita será en mi bitácora, que para eso es mi espacio, pero nada más. Me han ofrecido ya dos o tres veces colaborar en alguna revista virtual, pero siempre gratis, y aunque no quede muy elegante decirlo, a no ser que la propuesta fuera realmente estimulante por otros motivos, creo que de momento me abstengo.

    Por otro lado, no soy crítico, aunque con esto pienso en lo que me dicen dos amigos poetas, a quienes siempre les digo que yo no tengo apenas criterio en poesía, sólo en narrativa. Ellos (excelentes poetas y de quienes aprendo mucho) dicen que tengo más criterio del que imagino, o cuanto menos, más del que tienen otros muchos que alardean de saber del tema. Bien, soy cabezón: no tengo lo que yo considero "criterio" para la poesía y por eso no la reseño. Hasta ahí estamos claros, ¿no? Bueno, pues la verdad es que a veces leo unas críticas tan planas o sesgadas en los principales medios, sobre libros de narrativa, que aunque yo no me vea a mí mismo como crítico formado, sino como escritor y editor que lee y opina, creo que podría afrontar ese trabajo sin ningún problema. Lo que pasa es que no va conmigo invertir energía ni tiempo en hacerle la pelota a nadie para entrar en ningún medio importante (los que pueden pagar algo). Y por la vía "legal", la del CV, todavía me falta trecho por recorrer...

    Dicho esto, muy pronto saldrá una colaboración mía (no remunerada, para que veas) en una revista virtual que ya tiene una buena trayectoria, pero como he dicho antes, en este caso había un estímulo distinto de por medio, temático, por decirlo así.

    - Me parece huera y estúpida la mojigatería con la que se trata el tema de las amistades en lo literario. ¿Por qué tengo que reseñar el libro de un amigo si no me gusta el texto? ¿Por qué dar explicaciones si una opinión se defiende con argumentos? ¿Por qué tengo que dejar de reseñar el libro de un amigo si el texto es bueno? Da la casualidad de que uno, si trabaja en tantas cosas relacionadas con lo literario, acaba por tener muchos amigos que escriben, y digo yo que si algunos lo hacen bien, estaría bueno ignorar su trabajo por el "qué dirán". Me parece ético hacer una reseña objetiva de un libro y ser sincero con los lectores. Simplemente eso. Lo demás pertenece a un rancio protocolo del que yo, lo siento, no participo, ni del peloteo para reseñar una castaña, ni del "recato" para no reseñar un buen libro porque, oh, desgracia, te vas de cañas otro día con el autor. Al final la solución será relacionarme con bomberos y azafatas, digo yo (bueno, esto segundo no lo descarto, bien mirado).

    - Sí, de hecho hace tiempo que traía algo parecido en mente y si esperas un poquito verás que lo de la nueva sección "Biblioteca Nautilus" va por ahí... Aunque más que reseñas o derivas serán breves notas de recomendación de clásicos universales de todos los tiempos. Dame unos días más.

    Faltaría más. Ya he dicho a menudo que no soy partidario de los anónimos... pero si no ofenden a nadie, como dices, tampoco se me caen los anillos por publicarlos.

    Salud (otra vez, estamos condicionados por esas gripes merodeadoras, ¿no?).

    Sergi Bellver dijo...

    Bienvenido y gracias, Iradier, por tus amables palabras, por esa "fidelidad" a intermitencias y por romper el silencio. A cualquier autor de bitácora le hace bien saber qué recepción hacen los lectores de ese "enorme trabajo" que comentas. Así que gracias, de verdad.

    Por cierto, pedir perdón por "extenderse" en los comentarios de mi bitácora es como pedirle perdón al gorrino por mancharle la piara (vaya, menudo ejemplo me ha venido a la mente, pero lo siento, no tenía otro más gráfico a mano ahora mismo).

    Me hace sentir muy, muy bien, saber que hay cada vez más personas que llegan a su librería y piden un título determinado gracias a lo que yo pueda decir en este espacio. También es una responsabilidad, en cierto modo. Bueno, te has leído nada menos que cuatro de los libros que he comentado y dices que ya vas a por el quinto. Genial, espero no defraudarte, y si alguna vez alguna de mis recomendaciones te decepciona, no olvides hacérmelo saber, porque de todo aprendo.

    Ah, y gracias por interesarte por mi otro trabajo, el destinado (espero) al papel. Es verdad que esa tarea se me lleva casi todo el tiempo de escritura y por eso cuelgo ya pocos textos de creación en la bitácora. De momento toca esperar un poco más para que mi relato "Islandia" se publique en una antología con otros autores, algunos de ellos bastante conocidos. Y para el libro, bueno, para eso habrá que esperar todavía más. No tengo ninguna prisa por publicar y sí el deseo irrenunciable de que mi primer libro de relatos no peque de falta de trabajo o exceso de ansiedad. Cuándo publicar no es tan importante. Cómo y dónde es lo fundamental. Eso sí, como uno es perfeccionista para ese tema y se da cuenta de que alguna vez hay que terminar un primer libro para seguir con otro proyecto, me he puesto una fecha límite para mover el manuscrito por editoriales (por cinco o seis, no más, las que me gustan cómo trabajan el cuento a día de hoy): otoño de 2009. Me dice un amigo que lo presente a un premio, pero ya veremos, porque no me apetece andar con la tijera o el cemento para que el libro o los cuentos encajen en ningunas bases.

    En fin, Iradier, hace unos doce días que dejaste tu comentario, así que... no me dejes tú ahora con los dientes largos: ¿léiste ya "La fe ciega"? Cuéntanos.

    Abrazos y gracias otra vez.

    *

    Y gracias a ti también por ese otro tipo de fidelidad sostenida, Gorocca, ya me dirás qué te parece el libro si puedes leerlo.

    Un abrazote para ti también.

    Sergi Bellver dijo...

    Nuria, acabo de darme cuenta de que eres la misma Nuria que envió correo hace tiempo en la tertulia del cuento de 2008, y es que hace un rato he contestado a vuestras huellas y correos allí (aparte de lo privado, en donde sé que puedo parecer más lacónico, digamos, pero no es tal cosa, sino la falta de tiempo, de veras). con todos los días que han pasado me hice un pequeño lío, disculpa.

    No sabes la alegría que me da leer lo que me dices, porque lo contrario sería un marrón considerable: nada peor que "encolomarle" un libro malo a alguien. Veo que te estás enganchando a esto del cuento, y con material de calidad: Carver, Askildsen, los que comentabas el otro día... ¿Dónde están esos magníficos lectores cuando voy en el metro? ¿¿Dónde, cuando sólo veo "zafones", "quelefollets" y mamotretos vampíricos por todas partes??

    Disculpa mi maldad, me desahogaba.

    Fins aviat!