Bitácora de Sergi Bellver: BN-001: Viaje al fin de la noche.

20/3/09

BN-001: Viaje al fin de la noche.

Cubierta de la 1ª edición de Voyage au bout de la nuit

Biblioteca Nautilus

Registro: BN-001

Título: Viaje al fin de la noche
Autor: Louis-Ferdinand Céline

Título original: Voyage au bout de la nuit
Primera edición: Denoël & Steele, 1932.




Cada vez que se menciona a Louis-Ferdinand Céline se hace referencia a actuaciones y posturas de sobra conocidas que, aparte de lo político, revelan un carácter hosco y arrogante, sin el que Céline tampoco podría haber escrito nunca Viaje al fin de la noche del modo en que lo hizo, con la textura y la coherencia de una voz estremecedora. Porque más allá del valor formal de su prosa, de la incuestionable calidad literaria [1] de su propuesta y del punto de inflexión que Viaje al fin de la noche supuso para la narrativa francesa y europea del siglo XX, esta es una novela sobre la arrogancia y la amargura de la lucidez, sobre la tragedia de quien ya no puede volver a sentirse en paz con la existencia.

Se hace necesario releer a Céline ahora, en estos tiempos de democracias de bajo perfil, de estados «progresistas» que todavía fundamentan su discurso ―cuando este muestra sus fallas― en la represión y el adocenamiento, no para sacar nada en claro de su filia fascista, por supuesto, pero sí para arrugar el gesto y morder, para permitirse la arrogancia de ser, por un instante, lúcidos y audaces con esta verdad que insistimos en esquivar.

Los años treinta fueron una época convulsa para Europa y para el mundo, en la que las diferentes ideologías políticas se asentaban cada vez en posiciones más antagónicas. Y llegarían a ser agónicas, pues de todos esos rescoldos no podía venir otra cosa que el fuego que estuvo a punto de arrasar para siempre la civilización occidental. En ese tiempo agitado, la lucidez y el descaro que exudan las páginas de Viaje al fin de la noche no hacían otra cosa que decir verdad, y decirla de un modo atroz, sórdido y descarnado: qué difícil no abjurar de lo absurdo de la condición humana en un mundo como el de entonces. Pero justo ahora, cuando el fascismo y la tibieza toman otras caras, y las hogueras prenden poco a poco en Grecia, quizá pronto en Barcelona y no hace mucho en la misma Banlieue por la que el alter ego de Céline, Ferdinand Bardamou, deambulaba en esta novela, justo ahora se hace imprescindible tomar partido y hacer algo. También la literatura sirve para eso, para revelar y cuestionar, para rebelarse y actuar.

No importa si en su tiempo el personaje de Céline eligió la traición a la madre Francia, como decenas de miles de compatriotas que se mantuvieron conformes con la perfidia del régimen de Vichy, por activa o por pasiva, del mismo modo que hoy en día miramos para otro lado. No, no es esto lo revelador de Viaje al fin de la noche, una de las mejores novelas de la contemporaneidad. Lo importante es la verdad que, a trazos desgarrados, sigue dibujando sobre el lienzo miserable de lo real. Europa, África, o los Estados Unidos, aparecen en Viaje al fin de la noche con los mismos harapos de aburguesamiento, brutalidad y exceso que lucen hoy en día, sólo que ahora las costuras ya no aguantan y los remiendos ya no sirven. Entonces fue una Segunda Guerra Mundial, pero mañana puede ser la liquidación universal de un modo de vida en el que nos hemos enquistado.

Hay mucho más que nihilismo, fealdad existencial, escepticismo y contestación en esta novela, hay desde luego un equilibrio prodigioso entre oficio y búsqueda artística, entre estructura y grieta, pero hay, sobre todo, el testimonio de un tiempo que no ha caducado todavía. Y queda en ella el legado literario de un personaje como Céline, sí, despreciable, como despreciable es el espejo de la verdad cuando se nos enfrenta para revelar nuestros propios abismos.

Notas:
  1. Como muestra del valor literario de esta obra y de su calado en la literatura francesa, baste recordar las palabras que sobre Céline escribió un personaje histórico sospechoso de cualquier cosa menos de fascista:
    «Le style de Céline est subordonné à sa perception du monde. A travers ce style rapide qui semblerait négligé, incorrect, passionné, vit, jaillit et palpite la réelle richesse de la culture française, l'expérience affective et intellectuelle d'une grande nation dans toute sa richesse et ses plus fines nuances. Et, en même temps, Céline écrit comme s'il était le premier à se colleter avec le langage. L'artiste secoue de fond en comble le vocabulaire de la littérature française.»

    LÉON TROTSKY, Littérature et révolution

*


Comienzo de la novela original (1932):


Ça a débuté comme ça. Moi, j’avais jamais rien dit. Rien. C’est Arthur Ganate qui m’a fait parler. Arthur, un étudiant, un carabin lui aussi, un camarade. On se rencontre donc place Clichy. C’était après le déjeuner. Il veut me parler. Je l’écoute. "Restons pas dehors! qu’il me dit. Rentrons!" Je rentre avec lui. Voilà. "Cette terrasse, qu’il commence, c’est pour les oeufs à la coque! Viens par ici!" Alors, on remarque encore qu’il n’y avait personne dans les rues, à cause de la chaleur ; pas de voitures, rien. Quand il fait très froid, non plus, il n’y a personne dans les rues; c’est lui, même que je m’en souviens, qui m’avait dit à ce propos: "Les gens de Paris ont l’air toujours d’être occupés, mais en fait, ils se promènent du matin au soir; la preuve, c’est que lorsqu’il ne fait pas bon à se promener, trop froid ou trop chaud, on ne les voit plus; ils sont tous dedans à prendre des cafés-crème et des bocks. C’est ainsi! Siècle de vitesse! qu’ils disent. Où ça? Grands changements! qu’ils racontent. Comment ça? Rien n’est changé en vérité. Ils continuent à s’admirer et c’est tout. Et ça n’est pas nouveau non plus. Des mots, et encore pas beaucoup, même parmi les mots, qui sont changés! Deux ou trois par-ci, par-là, des petits..." Bien fiers alors d’avoir fait sonner ces vérités utiles, on est demeuré là assis, ravis, à regarder les dames du café.


Traducción de © Carlos Manzano (1993):


La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada. Fue Arthur Gánate quien me hizo hablar. Arthur, un compañero, estudiante de medicina como yo. Resulta que nos encontramos en la Place Clichy. Después de comer. Quería hablarme. Lo escuché. «¡No nos quedemos fuera! ―me dijo―. ¡Vamos adentro!» Y fui y entré con él. «¡Esta terraza está como para freír huevos! ¡Ven por aquí!», comenzó. Entonces advertimos también que no había nadie en las calles, por el calor; ni un coche, nada. Cuando hace mucho frío, tampoco; no ves a nadie en las calles; pero, si fue él mismo, ahora que recuerdo, quien me dijo, hablando de eso: «La gente de París parece estar siempre ocupada, pero, en realidad, se pasean de la mañana a la noche; la prueba es que, cuando no hace bueno para pasear, demasiado frío o demasiado calor, desaparecen. Están todos dentro, tomando cafés con leche o cañas de cerveza. ¡Ya ves! ¡El siglo de la velocidad!, dicen. Pero, ¿dónde? ¡Todo cambia, que es una barbaridad!, según cuentan. ¿Cómo así? Nada ha cambiado, la verdad. Siguen admirándose y se acabó. Y tampoco eso es nuevo. ¡Algunas palabras, no muchas, han cambiado! Dos o tres aquí y allá, insignificantes...». Conque, muy orgullosos de haber señalado verdades tan oportunas, nos quedamos allí sentados, mirando, arrobados, a las damas del café.

5 comentarios:

Eva A. dijo...

¡Grande, Sergi! Audaz e irónico. ¿Hacía falta que la policía entrara en la Universidad para resucitar el arsenal intelectual? (con y sin interrogación). Espero que la corriente de pensamiento que se ha "desperezado" durante estos días continúe dando frutos. Es imprescindible; es nuestro único modo de "salvación".
Y sí, Céline es explícito y políticamente incorrecto, quizás la única forma verdaderamente válida de ser en tiempos incorrectos per sé. Buena elección del tema y el autor, digo; excelente revisión. Sólo un pero metafísico: ¡ah, la verdad! ¿Cuáles son sus estructuras? ¿Cuál su validez? ¿Dónde su legitimación?

Saludos!

Manuel Abacá dijo...

Hola, Sergi:

Me alegra este post. Más todavía si consiguiese que esta novela no se quedara en tu Biblioteca Nautilus. Y se leyera.

Saludos.

Miguel A. Zapata dijo...

Buen trabajo, Bellver. La primera vez que leí a Céline (hace casi una década) aún sobrevolaban mi cabeza ciertos prejuicios pequeñoburgueses que hicieron de ciertos pasajes (la confesión de deseos coprofágicos como expresión de la pasión inconcebible en dos amantes no se me borrará jamás de la mente) un disfrute perversa y doblemente más intenso al añadir al placer estético de esa prosa el cilicio irremediable de la corrupción. ¡Toma ya! Saludos islandeses.

luna dijo...

ese libro lo he robado. no se como, pero lo he robado.

DoctorMente dijo...

Si yo hubiera nacido en aquella época quizás una gran conmoción podríamos haber leído hoy en los libros de viaje. Yo soy un amante de las guías de viaje, acaban de publicar unas guías de gran calidad de National Geographic, os aconsejo haceros con ellas que merecen la pena. Sobre todo la de Roma cuyos muros y paredes aun me parecen tan grandes y lejanos.