Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008 (IV):De sogas, pájaros y ardillas.

18/2/09

El cuento de 2008 (IV):
De sogas, pájaros y ardillas.



Título: Como una historia de terror
Autor: Jon Bilbao
Edita: Salto de Página
ISBN: 978-84-936354-1-1





—¿Pero qué es lo que te da miedo?
—Tengo miedo de que el edificio se venga abajo.

JOHN CHEEVER, «El ángel del puente»


El que nos ocupa es uno de los mejores libros de relatos que he leído en 2008, y lo digo sin rodeos y desde el comienzo para que nadie se confunda. Así, me parece más que justa la excelente recepción que Como una historia de terror ha tenido entre la crítica alternativa que ya conforman —es una realidad incuestionable— varias de las mejores bitácoras literarias de la red y, sobre todo, la visibilidad que se ha ganado en los medios habituales, llegando incluso a posicionar el cuento en algunos suplementos y revistas[1] que todavía no lo abordan lo suficiente. En esto último habrá tenido algo que ver el premio recibido por el libro, pero como viene siendo tónica habitual por mi parte en esta serie de notas de lectura, ese es un aspecto en el que no repararé, porque la calidad literaria viene de serie y ha de destacarse con independencia de su reconocimiento en cualquier galardón[2], o de lo contrario estaríamos bailándole el agua al Mercado y su modus operandi. La valoración positiva de este libro ha sido prácticamente unánime, como digo, salvo, quizá, en algunos detalles de la reseña que apareció en la página colectiva Masacre en los jardines, elogiosa en todo caso. Y es que, insisto —atiendan, por favor, que luego no venga nadie a pedir cuentas—, el de Jon Bilbao me parece no sólo uno de los mejores libros de relatos del año pasado, sino la confirmación —Salto de Página publicó también su novela El hermano de las moscas— de un escritor honesto y capaz.

Sin embargo, considero que en un espacio como esta bitácora, que no es la de un crítico, sino la de un escritor en perpetua búsqueda con sus propios textos y la de un editor en contacto permanente con los de otros, pero sobre todo la de un febril lector de cuentos, también el rigor y la honestidad han de ser valores inaplazables. Demasiadas veces he cuestionado, en privado y en público, el trabajo de otros que sí se consideran a sí mismos como críticos, por lo que he de atenerme a lo que considero fundamental a la hora de valorar el trabajo de un escritor —es lo menos que se merece—. Es frecuente que algunos críticos se queden con una de las varias posibles lecturas que ofrece un texto —todo texto que sostenga un discurso con una mínima dimensión literaria soporta al menos tres lecturas—, o peor aún, que en su reseña le escatimen al lector aquello que como preceptores o jueces, y no siempre por la calidad del artista, sino por sus prejuicios, buscan en un libro resueltamente y a priori[3], como cuando, por ejemplo, la concepción estética y hasta política que el crítico tiene de lo literario condiciona toda posible interpretación. Ese tipo de reseñas son en realidad opiniones o exhibiciones del gusto —buen o mal gusto— de quien las firma, pero no críticas ni estudios serios, aunque se den el barniz de dictámenes papales. El diálogo entre el texto, el crítico y el lector debiera ser siempre más limpio, sincero y expuesto, del mismo modo que el escritor se la juega haciendo público su trabajo. Por lo tanto, y para que se tenga en cuenta desde este instante, dejo claro que mi idea y mi percepción del cuento contemporáneo condiciona de antemano cualquier lectura, y esto también matiza mi percepción de Como una historia de terror. Es desde ese territorio maleable y subjetivo, sin desligarme de lo que me construye como lector —lo contrario sería impostado—, desde donde comparto mis impresiones, valoraciones y alguna que otra objeción al libro.

Como prueba de la capacidad de trabajo del autor y atendiendo al rigor de la concepción formal de sus cuentos, Como una historia de terror me parece de los pocos libros recientes que resisten la comparación con otro de los hallazgos del año 2008 en este sentido estructural: Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando. Ambos autores —asturianos de nacimiento, por cierto, aunque lo del madrileño Ferrando fue casi por accidente—, comparten el mismo gusto por el trabajo de relojero, por el texto artesano y la demora del tempo narrativo, aunque es en la apuesta estética y en la elección de los temas donde los dos libros se bifurcan.

Los cuentos de Como una historia de terror no son los primeros que puedo leer de Jon Bilbao. El autor participó con otros tres, «Amenaza exterior», «Desechable» y «Sospechas fundadas», en Ficciones, una antología que compartió en 2005 con otros cuatro autores, publicada por EDAF para la Asociación Colegial de Escritores[4]. En ellos, Bilbao ya avanzaba en parte los temas, los motivos y los enfoques que vendrían a repetirse en el libro de Salto de Página. De hecho, una de las impresiones más sutiles que me ha provocado la lectura de Como una historia de terror es la de una compilación de cuentos de distintas épocas. En cualquier caso, son siete cuentos en los que se nota una clara progresión respecto a los primerizos[5] y muy pocas diferencias de criterio y resolución entre ellos, dándole solidez al volumen. Me parece un conjunto bien cohesionado, insisto, con un hilo distintivo y una ordenación bastante acertada de los textos. Hay una suerte de densificación de la neblina en el ambiente de los cuentos de Jon Bilbao, que evoluciona desde «Prolegómenos» hasta el cuento que cierra y da título al libro, y que ayuda a que el lector avance por esas historias como por un sendero del que más valdría no alejarse, como en aquellos cuentos de miedo que nos contaban de pequeños, cuando la angustia iba de la mano de la excitación.

Esa presencia de lo vital como semilla de la angustia, ese tema fundamental en la obra de Jon Bilbao, tiene más que ver con la amenaza implícita que la naturaleza humana cierne sobre sí, que con el entorno o los acontecimientos. Tal vez por eso la coherencia que se respira en este libro liga también lo conceptual y lo formal, y creo que estos cuentos no resistirían una lectura seria si no se hubieran desarrollado con esa escritura espartana, lacerante y exacta con la que Jon Bilbao —anoten este como uno de los mayores méritos del libro— no busca gustarse a sí mismo ni darse la razón, sino con la que trabaja a favor de sus historias. Hay ahí una asimilación afortunada de las lecturas de cuentistas como Carver, Shepard o Cheever, y no otra burda imitación, lo que también es de agradecer. Aunque es verdad que, en ocasiones, el autor de Como una historia de terror parece tener miedo a que su edificio narrativo se venga abajo —no se permite apenas derivas ni deja costuras a medio coser, como sí nos sucede en la vida—, y esa especie de refuerzo constante de la historia, ese inventario minucioso, puede llegar a sobrecargar los pilares de su escritura e impedir que respire, además de coherencia, otras posibilidades, que tome aire a partir de ese cuestionamiento de la lógica y del sentido que también conforma nuestra contemporaneidad.

Jon Bilbao digiere y se salta algunas de las reglas del cuento clásico, y eso es bueno, en principio, porque no lo hace a las bravas, sino consciente. Los decálogos de Quiroga, las ideas de Piglia, los parámetros de Chéjov o las poéticas cuentísticas de Carver o Cortázar no han sido corsés sino, quiero pensar, trampolines para un autor que se permite esa orfandad, un autor más realista que fantástico, más exhaustivo que intensivo, pero que ata los cabos más fantásticos de lo real y consigue no distraer la atención del lector mientras dura el pacto narrativo. Y ello a pesar de la extensión de algunos de sus relatos. No existe una medida para el cuento, su lenguaje artístico y su capacidad para el sabotaje de nuestras certezas tiene cabida en textos de una página o de sesenta. Sin embargo, creo que en algunos momentos, aun con el buen trabajo de hilandera que Bilbao se ha tomado para no dejar costuras ni flecos sin zurcir en sus relatos, le vendrían bien ciertas elisiones, algún que otro detalle mínimo pero poliédrico, desde lo inconsciente, ese puñetazo en el estómago capaz de atraer sobre sí al lector y arrojar, a modo de prisma, una luz distinta sobre los cuentos. Los de Como una historia de terror ganan por técnica y juego de piernas, por resistencia, pero no por K.O., y eso no es demérito ni virtud, creo, sino otra manera de plantear el trabajo del escritor. No estoy hablando de trucos ni recetas, sino de ópticas y perspectivas. De todos modos, pienso en relatos como «Enemigos», de Chéjov, «Visor», de Carver, «Casa tomada», de Cortázar o «La cura», de Cheever —con merodeador y crisis de pareja en el lote, como en «El hambre en los alrededores del lago» de Bilbao, pero en doce páginas—, y sigo creyendo que uno de los méritos del cuento debiera ser siempre la capacidad de mostrar en pocas páginas lo que otros relatos o las novelas dicen en demasiadas. Y lo dice un autor proclive al exceso y lector satisfecho, no sólo de aquellos otros cuentos de aliento medio que también cultivaron los mejores autores del género, sino también de novelas.

Me ha resultado muy grata la capacidad de Jon Bilbao para tomar motivos de la cotidianidad, para fijarse en lo que nos rodea y colocarlo de forma que sus historias nos conduzcan al ánimo al que nos parece inducir cada cuento. Los temas de fondo en el libro son en sí mismos nuestro pan de cada día. Bilbao es otro autor que aborda con buen tino temas ignorados por la narrativa reciente, como las relaciones laborales —sin el cedazo político de Belén Gopegui— o el paradigma social del ahora, tan a punto de desmontar su coartada a cada instante, en relatos como «Rata» o «Después de nosotros, el diluvio», donde hay cierta similitud simbólica con «El ladrón de lencería», con un culpable que evade la responsabilidad lanzando un señuelo, los prejuicios, la violencia aletargada en las relaciones humanas, la plebe que quisiera linchar al monstruo, al marcado —esto es, al diferente, a la criatura en la encrucijada, en vez de al Dr. Frankenstein—, apartando el espejo de sí misma, apartándolo de nosotros como esa posibilidad de turba encendida que siempre somos, llegado el momento. La pareja es también un tema recurrente en este libro, pues no en vano la confrontación de nuestros deseos con los del otro es la semilla de nuestros peores miedos. Aparte, el tratamiento del sexo me parece mucho más interesante en «La fortaleza» que en «Prolegómenos», donde el final se deshincha un poco, lejos de sugerir, o en el mismo «El hambre en los alrededores del lago», donde a veces roza el efectismo fácil, pero en el que sin embargo el autor fulmina el lugar común —y se le agradece, una vez más—, y un cuento, por cierto, en el que me interesa mucho más el personaje del chico de las palomas que el supuesto protagonista.

En resumen, Bilbao no se pierde por las ramas de la falsa intelectualidad, sino que se adentra en nuestro bosque común y arranca y huele la raíz de las cosas que de veras nos tocan. Cada uno de nosotros teme perder lo que ha construido con los años, con las renuncias, con los afectos, con las cicatrices y los recuerdos. Tenemos miedo a que la vida que hemos cimentado con todo ese material sensible, derrubio sobre derrubio, pierda las costuras y se venga abajo, y que tras el colapso de ese edificio, como una suerte de 11-S privado, todo lo que creemos ser se desmorone. Queremos seguridad, pero eso no nos salvará del terror. Terror al miedo, terror a que sobre los cascotes de nuestra derrota se instale para siempre el miedo. «Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece un grano de arena», anotaba John Cheever en sus Diarios. Los personajes de Como una historia de terror albergan la misma amenaza que, seamos o no conscientes de ello, crece desde lo más pequeño y gravita sobre nuestras cabezas a diario, pero estos personajes en eterno tránsito, en fuga de sí mismos, tienen además noticia, atisban ese peligro, lo anuncian. Si hay terror en estos cuentos no tiene nada que ver con el susto funcional o el gore efectista, sino más bien con aquella amenaza del derrumbe como una forma de desamparo.

Lo quiera o no, lo asuma o prefiera separarse de ello, Bilbao es deudor del cine y del guión televisivo, y eso creo que aporta a sus cuentos mucho más de lo que puede lastrarlos en algún momento. El estilo tan visual de su narrativa, la estructura clara y definida, le hacen pensar a uno que a ratos está revisando el story board de una película, y así, a pesar de la extensión de muchos de sus cuentos, el autor consigue que asistamos a la proyección de Como una historia de terror interesados por su desarrollo y atrapados por su agilidad. De todos modos, como en las mejores películas de terror, se corre a veces el peligro de que el espectador se quede con una imagen concreta, impactante —¿cuándo sale el bicho?, pregunta el niño—, como es posible que pase con este libro, del que el lector recordará —es más que probable, en realidad— la resbaladiza pero audaz escena de sexo en «El hambre en los alrededores del lago» o las ardillas que bullen desde lo atávico en «Como una historia de terror». También puede que el lector fije en su imaginario un ambiente, como el recurrente motivo del bosque como amenaza cerval en estos cuentos, aunque de una manera mucho más eficaz —a lo John Boorman—, y menos tramposa que la de prestidigitadores como Michael Night Shyalaman, ya que hablamos de cine y de El bosque. El único truco al que se le ven los hilos en los cuentos de Bilbao podría ser el del perro extraviado y luego pródigo del último relato —que tiene jorobado y todo—, pero como lector le agradezco que en sus cuentos el feroz sea el hombre, el amenazado el lobo y Caperucita lleve lencería deportiva.

Pero ya que estamos con el cine, y ya que este libro tiene ecos felices nada menos que de Alfred Hitchcock, me gustaría convocar a los lectores a que hicieran una lectura menos superficial de Como una historia de terror, a que no se quedaran sólo con esas ardillas, con esa progenie macabra y onírica de Banner y Flappy —van a buscar, personas maduras, para matar, canta el muñeco sin cabeza—, que tan bien maneja Jon Bilbao en su relato más trabajado —la inclusión de los sueños suele ser desafortunada en la narrativa española reciente, pero Bilbao pasa con nota el examen, porque los trae a cuento y cumplen su papel—. Si le preguntáramos a un espectador común, ¿qué película creen que recordaría del mencionado director inglés? Tal vez Los pájaros, así, de manera casi inmediata, justo antes de hacer memoria poco a poco con las demás. No, no permitan que lo efectista les deslumbre. Piensen mejor en La soga (1948), en su ambición conceptual, en los temas que tocaba de soslayo —la conciencia de una supuesta superioridad intelectual como germen del fascismo, el crimen, la angustia, la homosexualidad soterrada, etcétera—, en la sobriedad narrativa, en esos planos larguísimos, casi ligados uno sobre el otro, en las elipsis magistrales casi sin espacio para la exhibición, en el portentoso trabajo de cámara, en el manejo de información para punzar la emoción en el momento justo, en esos diálogos afinadísimos —Bilbao los maneja también con mucha solvencia—, en ese final abierto que por fin rompe el encierro y respira —la dosis justa de aire fresco, el reto de Jon Bilbao para sus finales—, en esos personajes tan bien trabajados —lo mismo en el libro—, ese magisterio del suspense en permanente reto consigo mismo, independientemente del resultado[6], y tendrán una excelente vara para medir los muchos aciertos y logros, y los pocos excesos y defectos de este estupendo libro de cuentos: Como una historia de terror.

*

Sobre la edición:

Se observa un diseño reconocible para la colección, actual, siendo cuestionable todo el espacio devorado por el color y los motivos que la editorial ha elegido como sello de marca. Se adivina a la segunda mirada una letra ese en la cubierta, intencionada o no, pero que provoca que la ilustración quede algo encajonada.

En las tripas, hay una cantidad generosa de texto en la caja: 35 líneas y un cuerpo modesto, cuando con una maquetación más generosa —en lo productivo— el libro podría haberse disparado fácilmente hasta las trescientas páginas, lo que da idea de la dimensión —cuantitativa— de algunos cuentos de Jon Bilbao —el último podría ser una novela breve de ciento veinte páginas sin problema—. La inclusión de páginas impresas en negro, como la portadilla o los créditos y notas legales al final, parece un buen truco para darle presencia de falsas guardas, como hacen Candaya o Traspiés, pero en Salto de Página saben además dotarlas de contenido. La ausencia de guiones largos en los diálogos del texto crea a veces cierta confusión, y no sé si es elección del autor o forma parte del libro de estilo de Salto de Página, porque es el primer título que leo de su catálogo. En todo caso no me parece afortunada. Por otro lado, en el texto aparecen demasiados laísmos sin corregir.

Los recursos tipográficos de toda la colección son como muy de programa de procesador de textos, pero van en sintonía con la idea de la editorial. Se nota que en Salto de Página han reflexionado sobre ella, que han planeado bien su línea, y se agradece, sobre todo, que se hayan sumado a esas otras editoriales que están apostando de veras por el cuento, y que lo estén haciendo además con criterio, con un buen trabajo y preocupándose de la distribución. Los que defendemos el cuento estamos de enhorabuena con Salto de Página.

Notas:
  1. Sobre Como una historia de terror en la revista Quimera:
    «Ya en El hermano de las moscas Jon Bilbao había dado muestras de dos de las características principales de su prosa: el buen pulso narrativo y la vocación por la extrañeza desatada por, digamos, elementos invasores, irrupciones que propician un tono entre fantástico y existencial. Su nueva entrega, una serie de relatos largos reunidos en Como una historia de terror, propone de manera más explícita un juego en el que el lector es llevado a territorios que son igual de sombríos o agrestes que los paisajes interiores de sus protagonistas. La inquietud y la angustia pues, son desatadas por este juego de espejos en los que son las víctimas las que parecen proyectar un aire sereno pero inquietante sobre su propio entorno.»

    M. G. R., Quimera, diciembre de 2008
  2. De los otros títulos comentados con anterioridad en esta serie podría hacerse una larga lista de premios.
  3. «Todo artista es tan múltiple que el crítico no puede dejar de encontrar en él lo que busca resueltamente y a priori» (André Maurois).
  4. Se trata de una edición no venal, pero por si alguien pretende conseguirla, además de dirigirse a la ACE, podría serle útil anotar el ISBN: 978-84-414169-6-3.
  5. Circula por ahí otro título de Jon Bilbao, que reúne Tres relatos y que, mucho me temo, será todavía más difícil de encontrar a estas alturas. Para saber más, pueden visitar este enlace de 2006.
  6. Ni la crítica de la época, ni la posterior, ni el propio Alfred Hitchcock consideraban La soga como una de sus mejores películas, pero me parece en todo caso una obra maestra para ejemplificar lo que es la técnica al servicio del arte narrativo.

Enlaces relacionados:

  • Las victorias parciales, bitácora de Jon Bilbao
  • Entrevista a Jon Bilbao en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • Entrevista a Jon Bilbao en Revista de Letras, por Diego Giménez
  • Reseña de Como una historia de terror en El Cultural, por Pilar Castro (30/1/09)
  • Reseña de Como una historia de terror en La tormenta en un vaso, por Nere Besabé
  • Reseña de Como una historia de terror en Masacre en los jardines
  • Reseña de Como una historia de terror en Relataduras, de Juan Carlos Márquez
  • Reseña de Como una historia de terror en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • Reseña de Como una historia de terror en Los ritos de paso, de Cable Hogue (pseudónimo)
  • Reseña de Como una historia de terror en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Como una historia de terror en Papel en blanco, por Jaime Valero
  • Reseña de Como una historia de terror en Solodelibros, por Emiliano Molina
  • Reseña de Como una historia de terror en En blanco y negro, de Mateo de Paz
  • Reseña de Como una historia de terror en El laberinto de Noé, de Esteban Gutiérrez
  • Reseña de Como una historia de terror en Tiempo de silencio, por Antonio Martínez Asensio
  • 8 comentarios:

    Gorocca dijo...

    Trolls aparte, la descripción que haces del libro me parece tan magistral como la película de La Soga, para mí una de las mejores. Tuve algún tiempo enlazado en mi bitácora a Bilbao, cuestión de afinidad norteña(sonrío)y lo que tú criticas con tanta generosidad, que falta deriva, etc... mi percepción fue precisamente esa, a pesar de su narrativa impecable, pero es un criterio el mío, fácilmente rebatible. De tanto en tanto entro a su bitácora y ojeo un rato, seguro que me acabo comprando sus cuentos. Pues saludos!

    Pepe Momia dijo...

    Acabo de terminarlo y me parece un libro excelente.He leído tu reseña después del libro y entiendo alguna de tus críticas, pero los cuentos me han causado tan buena impresión que soy incapaz de verles defectos "mayores". Y sé que los libros no deben compararse y, como los planetas, cada uno tiene su masa, su atmósfera, pero, entrando a tu trapo, me parece mucho mejor (más ambicioso, más contundente, más arriesgado, más valiente, más "de verdad") que "Sicilia, invierno", que a mí se me desinfló mucho a partir del tercer relato. Pero eso sí es cuestión de gustos, no de crítica. La tuya impecable, trabajada, suegerente. Estupenda, como siempre.

    josé antonio ruiz dijo...

    Había leído la entrada hace un par de días. Después me había asomado dos o tres veces, extrañado siempre de no encontrar ninguna huella al final de la entrada; de hecho, la primera vez pensé que debía de tener algún problema con mi conexión: es tan extraño que tus lectores no se animen a opinar (114 huellas en la entrada anterior en un debate tan interesante).

    Yo aún no he podido leer el libro, ya sabes cómo va en mi caso, pero no me faltan ganas porque, ciertamente, la crítica que nos interesa lo elogia, las reseñas lo muestran como un libro que uno quiere conocer, leer. Tu lectura (reseña, deriva, etc.) es estupenda, da gusto leerte siempre, Sergi, y se aprende; me alegro de que empezaras con esta serie en su momento, y de que sigas. Además, en un momento en el que tanto me cuesta escribir (la ansiedad de ver cerca, posible al fin, un sueño), te juro que mi admiración por quienes escriben un libro es cada vez mayor. Quedo pues, como dices, convocado, si no lo estaba ya, y espero que haya ocasión –seguro que sí- de hablar de este y otros libros, y de nuestros proyectos, buen Bellver (hay que esperar hasta agosto a no ser que vengas tú a ver el hielo).

    Un abrazo fuerte, Sergi,

    José Antonio Ruiz

    Miguel L. dijo...

    Magnífica reseña (o como quieras llamarla, Bellver), sincera y valiente, y que de todos modos invita a leer el libro, y además a hacerlo de otra manera. Es verdad que en una segunda lectura se descubren cosas que no habían llamado tanto la atención en la primera. Estupendo el ejemplo con la filmografía de Hitchcock.

    Reconozco que en algunos momentos, cuando ya llevaba veinte páginas de algunos cuentos, miraba las que me quedaban, porque se me hacían un poco largos, pero estoy contigo en que el de Jon Bilbao es uno de los mejores libros de cuentos del 2008. No puede existir un libro de cuentos "perfecto", nadie puede pretenderlo, y mucho menos un primer libro de cuentos de ningún autor (o casi, salvo genios), y creo que el balance final es más que positivo para "Como una historia de terror". Desde luego, yo también recomiendo su lectura, porque, como dices, los aciertos superan con creces a todo lo demás.

    Saludos.

    Sergi Bellver dijo...

    Queridos lectores y amigos, mañana con calma y tiempo (sobre todo, tiempo), contesto a vuestros comentarios.

    Un abrazo a todos.

    Sergi Bellver dijo...

    (anda que... ese "mañana" se ha convertido en tres semanas, pero bueno).

    *

    Gorocca, gracias por tu amabilidad en lo que me toca, pero en lo que toca a la escritura de Jon Bilbao he de hacer ahora de abogado del diablo: ¿entiendo que lo que has leído de él ha sido su bitácora y no el libro? Porque aunque insisto en lo de su escritura a veces demasiado parca, mujer, digo yo que mejor juzgar con el libro leído, ¿no?

    Besos.

    *

    Bienvenido, Pepe. No sé si se trasluce eso de mi no-reseña o deriva, pero por si acaso, lo niego: Como una historia de terror no tiene defectos mayores e, insisto, es uno de los mejores libros de cuentos de 2008. Otra cosa es que no sea perfecto, como ninguno de los libros que no han salido de la cabeza de un genio (de esos que aparecen a razón de uno o dos por década), o que yo le encuentre "peros", según mi criterio y afinidades literarias (que asumo y no oculto), vamos, como te puede suceder a ti con Sicilia, invierno. Lo que trataba de hacer ver es que ambos libros tienen un portentoso trabajo detrás, que habla del oficio de dos escritores, y eso es algo menos común de lo que debiera, ya que demasiados autores dan por buenos demasiados de sus cuentos demasiado pronto.

    Saludos.

    Sergi Bellver dijo...

    Querido José Antonio, perdona el retraso. Mucho trabajo.

    Las entradas como la de la tertulia de marras provocan efectos muy distintos a las que reseñan un libro o comentan un asunto concreto. Para empezar, muchos que no han leído el libro son sensatos al no opinar y otros que sí lo leyeron a lo mejor no ven nada importante de lo que discrepar o a lo que asentir (es lo "malo" de ser exhaustivo, que luego ya no le dejas mucho que decir a los demás, y los que sí tendrían algo que añadir no intervienen). Lo importante es que muchos de esos silenciosos lectores terminan comprando el libro (me consta) e incluso los editores leen con atención lo que hacen unas cuantas bitácoras como esta (buena señal, algo está cambiando).

    Aparte, me pasa algo parecido a lo que comentas con otros amigos escritores, ya que compartís algo que yo no puedo: con o sin libro como resultado, escribís siendo padres de niños pequeños. A mí eso me parece portentoso... cómo sacar tiempo y cómo concentrarse en las letras cuando te conviertes (supongo) en el satélite de tu hijo. Bueno, me alegro mucho (ya lo sabes, amigo) de que me tiraras cariñosamente de las orejas aquél día con lo de las reseñas prometidas... porque ahora he puesto la directa y ya no creo que pare. Incluso las editoriales comienzan a mandarme ejemplares, con lo que no lo debo de estar haciendo tan mal, y eso que ya les aviso de que no me caso con nadie.

    Gracias por la colleja, de nuevo.

    Nos vemos en la meseta castellana o en los bosques de los sami, no lo sé, pero nos vemos pronto, que hay ganas hace tiempo. Abrazo grande.

    Sergi Bellver dijo...

    Bienvenido, Miguel L.

    Me halaga mucho que recibas así mi deriva, no-reseña, o reseña, qué puñetas, como a vosotros os apetezca llamar a estas notas de lectura. Me pongo tiquismiquis sólo para tratar de diferenciarme de las reseñas tópicas, de textura rasa y producidas con rodillo industrial, ya que mi motivación es otra y si no contagio lo que de veras me produce una lectura a todos los niveles, es que yerro el tiro.


    Como quiera que lo había leído antes de contestarle, te he tomado prestado lo de los genios para responder a Pepe: encontrar un libro de cuentos, una novela o un poemario que habite la perfección, no sólo es complicado sino que puede que hasta perverso. De hecho, he ahí la raíz de mi cuestionamiento: la vida tampoco es perfecta, y la literatura que lo pretende, es que también yerra el tiro.

    Un cordial saludo.