Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008 (III):Podríamos, nosotros.

17/1/09

El cuento de 2008 (III):
Podríamos, nosotros.



Título: Nosotros, todos nosotros
Autor: Víctor García Antón
Prólogo: Medardo Fraile
Edita: Gens ediciones
ISBN: 9788493561864



Y aunque todas las mierdas se pareciesen (lo que es inexacto) no importaría nada, siempre va bien cambiar de mierda, ir un poco más lejos en la mierda, de vez en cuando, mariposear, en fin, como si fuéramos efímeros.

SAMUEL BECKETT, Molloy


Lo sabemos. Somos conscientes de que hay libros densos y eficientes que recuerdan a torres de oficinas en construcción. Por los intersticios de las escaleras, entre las plantas diáfanas abiertas al tajo de las avenidas, sopla un viento frío y rentable, un aliento de lápida y cigarra que lame el cemento, todavía crudo. Es la clase de libros que se vende bien, lo vemos con claridad, libros deshabitados que se contratan sobre plano y producen beneficios aún antes de albergar vida. Luego ―nos preguntan―, ¿para qué esa vida, si a lo peor nos contagia cualquier cosa? Para qué cambiar nada, si el esqueleto de hormigón ya sostiene lo demás. Las ciudades, los gobiernos, las carreras, el prestigio, la sensatez, los geranios perfectos en nuestro balconcito y cualquier otra clase de hipoteca o patrimonio, toda esa mierda que no tolera llamarse a sí misma efímera se construye sobre esa clase de libros. Eso pensamos, aunque nos hayan dicho siempre que lo que esté al margen del edificio no puede ser otra cosa que suelo echado a perder, malas hierbas, solares improductivos, bagatelas que no interesan al burgués.

Pero nos resistimos. Y por eso decimos que hay, en alguna otra parte, libros breves y delicados como esos dientes de león que flotan sin rumbo, libros para posarse en cualquier claro a montar un campamento, para fundar una horda de nómadas y armar carabelas con las que descubrir nuevos territorios, utopías litorales, como cuando había bosques. Tendría que haber más libros de esa otra orilla, libros como juncos, flexibles y fuertes, que sirvieran para silbar o escanciar agua fresca. Porque nos hemos encontrado con ellos, sí, lo decimos: hay libros afilados como hojas de afeitar con los que un hombre se corta el labio por la mañana y que le tienen el resto del día lamiéndose la herida, dejando perdidas las camisetas, vigilando los besos que recibe. Nosotros, todos nosotros pertenece a toda esa estirpe de libros incómodos, agridulces y deliciosamente improductivos[1] que navegan a contracorriente desde su botadura. El linaje de sus cuentos es mestizo, de mala hierba, de bosque ocupado, de sangre en el filo. Su literatura no produce, no se enmarca en el tiempo formulado como inversión a recuperar. Este libro no dice «nosotros» como tema del que extraer historias, sino que nos hace aparecer a todos y cada uno de nosotros como territorio inexplorado, como voluntad incierta, como insatisfacción inevitable, en un discurso que articula en cada cuento una verdad sospechada, callada tras la palma de la mano, como un secreto que sabemos compartido: nosotros podríamos cambiar el rumbo, volver a ser en verdad nosotros.

Un libro como este merece por nuestra parte una deriva desnuda y ensangrentada, merece el sabor a hierro en la lengua y muchas camisetas sucias, merece sobre todo que desarrollemos una noción exacta de la mierda, una asunción honesta de nuestra mierda y de la calidad efímera de todo lo que nos hace humanos. Nuestra cobardía, nuestra incertidumbre, nuestra finitud y nuestra maravillosa capacidad de desear socavan esa impostura conformista de lo que la vida parece, de lo que los planos del gueto dicen que «debe ser» la vida, de lo que los peritos titulados certifican que la vida «es», pero si algo consigue la lectura de Nosotros, todos nosotros es poner en tela de juicio cualquiera de esas certezas, apuntaladas en nuestra percepción a base de renuncias y rendiciones dirigidas. Creemos sin dudarlo que este libro es afilado y mala hierba, porque no nos ha dejado salir indemnes, porque nos infecta y nos recuerda que estamos vivos y que cualquier cosa podría salir mal, o incluso bien, y que no hay nada seguro porque sólo disponemos de un ahora sin cartografiar que todavía podemos redescubrir y hacer nuestro.

Sí, podríamos decir un montón de cosas ―la mierda de siempre―, hablar de esa determinación de hélice que tiene la escritura de García Antón, de la influencia de la prosa inclemente y ebria de Beckett o de Bernhard[2], de un compromiso que se parece al de Brecht o de una coherencia y una finura que nos recuerdan a las de Buzzati, todo con be de búsqueda, con be de bálsamo, con be de bello. Podríamos hablar de la apuesta rigurosa de este cuentista, que no se conforma con lo ya hecho y decide no repetir aquella voz deudora y sensible de Amor del bueno, que encuentra una senda propia en este nuevo libro, una senda lúcida en la que no hace concesiones a la galería, en la que recupera aquella hermosa dualidad del creador ensimismado en su trabajo y adicto al riesgo, con esa sonrisa obscena ―maravillosamente obscena― y amarga de quien todavía disfruta follando y sin embargo empieza a ser consciente de que un día la muerte se llevará por delante toda esta mierda efímera nuestra, el juego, la carne, las ganas, todo eso. Es un libro jodido y hermoso porque está escrito con miedo y audacia, con vergüenza y descaro, porque tiene tripas y porque los conocimientos del autor, ya bregado en la enseñanza y en la escritura, no lastran la naturaleza de esa criatura viva que se agita un paso por delante de la muerte en cada cuento.

Podríamos decir que el cuento que abre el libro y le da título es un cuento duro, cáustico y enmarañado, que el editor ha jugado fuerte colocando ese cuento al principio, y que tal vez «En lo alto de la higuera» o «La estela de las mujeres» no sólo hubieran dejado entrar al lector de manera más suave en el libro, sino que hubieran establecido una suerte de puente desde Amor del bueno, un puente desde el que saltar a una orilla heredera, parricida y más elevada que la de ese primer libro. De todos modos, si el lector pasa la prueba de fuego de «Nosotros, todos nosotros», todo el bosque se abrirá para él. Nadie tendría derecho a recriminarnos nada si dijéramos que «El método Shomsky» es un relato ácido y necesariamente cabreado, divertido y cascarrabias, por encima de la media nacional de tibieza en los cuentistas españoles del presente. Nadie en absoluto podría tosernos si dijéramos en voz alta que «La estela de las mujeres» es un cuento bello y generoso, que cuenta más de lo que dice y lo hace además por fuera del tópico, con una verdad más íntima de la que estamos acostumbrados a recibir en esos infumables cuentos de amor que nos arrojan los furgones del reparto en cada esquina, a toda velocidad, para cumplir el horario. Ese cuento va despacio ―a pedales― y sigue la estela de un escritor grande, cada vez más grande en su sencillez. No nos tomaríamos a nadie en serio si viniera a ponerle pegas a «Un tigre de Bengala» o a «El gobierno del solar», dos relatos que ajustan cuentas con muchas cosas, dos relatos casi marxistas y cándidos, si la candidez fuera una nueva forma de tristeza o de rabia, una esperanza insobornable pero exhausta en el género humano. Quizá el autor no esté completamente de acuerdo con esto, pero es que ese libro ya no es suyo, no, este libro es nuestro, completamente nuestro. Por eso, sí, podríamos decir muchas cosas, decir por ejemplo que «En lo alto de la higuera» es un cuento delicioso, un sirope doble de identidad y ternura, una especie de Italo Calvino vareado y recogido para la almazara por el mejor Hipólito G. Navarro, la promesa de un aceite virgen que dejará un buen sabor de boca pasado el tiempo, una vez reposada la lectura. Por supuesto, podríamos, tendríamos todo el derecho del mundo a decir que «Cinco estaciones» es, sencillamente, el advenimiento de una escritura ya madura e inconfundible, un cuento emocionante y trabajado que nos devuelve la fe en el arte y oficio de la palabra y nos recuerda que todavía es posible darse de bruces con la verdadera literatura a estas alturas de la partida. Podríamos robar las palabras del prólogo de Medardo Fraile y comulgar con ese suspiro virilmente llorado que también nos parece el texto «Últimas palabras a mi padre». Podríamos, en definitiva, afirmar sin ambages que Nosotros, todos nosotros es el mejor libro de relatos que hemos leído en todo el 2008, uno de los libros de cuentos que mejor nos ha leído en años, y que dentro de mucho, mucho tiempo, seguirá teniendo, al margen de hipotecas y patrimonios inertes, una larga vida entre cierta horda minúscula y nómada de lectores.

Podríamos.

Pero lo único que de veras nos apetece hacer ahora es salir corriendo, huir de la sombra de esos cementerios verticales de hormigón que asolan el perfil de la ciudad-libro, alejarnos de toda esa jauría de peritos y cigarras, dar pedales hasta algún bosque y empuñar este libro afilado para rajarnos bien la boca y saborear la herida sin tener que vigilar el beso de todas las cosas. Y después, al recordar otra vez que estamos vivos, mariposear, mariposear siempre como dientes de león, cambiar de mierda y seguir follando y silbando en cualquier claro, en la otra orilla, cada vez más lejos de la muerte. Ahora eso, si nos disculpan, es lo que nosotros deseamos en realidad.

*

Sobre la edición:

Las tripas de este libro, y ahora nos referimos a las otras, a las de papel ahuesado, son de una pulcritud intachable. Los tipos Garamond, la composición tradicional y una cuidada maquetación hacen cómoda la lectura. Como únicos inconvenientes, tal vez, si es que llegan a serlo, podríamos señalar el escaso margen interior de la caja de texto y la cantidad de líneas por página, treinta y dos, que dan cierta sensación de estrechez general, aunque las dimensiones del libro van en esa línea y siguen una proporción casi áurea.
En cuanto a las cubiertas, la elección del negro acharolado ―al estilo Tusquets― suele ser arriesgada, por las consabidas huellas y rayaduras, y porque como cualquiera que haya leído un poco sobre teoría del color sabrá, la densidad del negro otorga siempre cierta severidad a las imágenes de cubierta, que en el ojo suelen gravitar hacia lo oscuro, elijan el diseño que elijan. La composición fotográfica en el caso de este título, obra del fotógrafo y escritor Julio Jurado, salva la cara, consigue cierto equilibrio cromático con la tipografía y se sale de la tónica habitual de ilustraciones de esta colección de narrativa ―con una apariencia muy distinta a la de la colección de poesía en la misma editorial, mucho más sobria y elegante―, que cosecha tantos detractores como defensores, por su peculiar estética.

Hablamos por lo tanto de un diseño muy cuidado para el texto ―lo esencial― pero mejorable en el aspecto gráfico, con lo que el contenido ha de asomar la cabeza contra el continente, en vez de verse reforzado y en armonía con él ―para eso debieran servir las cubiertas de un libro, sobre todo―. La que nos ocupa no es la primera editorial independiente seria que trabaja con Publidisa, pero tal vez sí sea pionera en ponerse al día y reformular el concepto de tirada para poder apostar por textos valientes y por autores noveles ―una asignatura que demasiadas editoriales independientes y casi todas las distribuidoras suspenden―. En resumen, para tratarse de una impresión digital, un terreno en el que no hay demasiadas opciones para un diseñador audaz, y después de hacer la media, nuestra nota general para la edición es un aprobado.


Notas:
  1. En la edición del domingo 17 de agosto de 2008 del Diario de Teruel, Francisco J. Millán entrevistó a Víctor García Antón.
    «FJM: ¿Escribir relatos breves es un oficio?
    VGA: De la literatura no se vive, y mucho menos de un género minoritario como el relato. Sin embargo, creo que esa marginalidad, esa ausencia de rentabilidad tan contraria a los usos del capitalismo imperante es muy saludable para el cuento por muchas razones. [...] escribir, como enamorarse o perderse en un bosque, es una actividad absolutamente inútil, pura pérdida de tiempo. La escritura es de esas cosas bellas que uno hace por el deseo de hacerlas, por el deseo de compartirlas con otros. Y me parece que, hoy en día, aquel que busque obtener de la literatura un beneficio tiene todas las papeletas para convertirse en un escritor frustrado, o peor aún, en un afamado escritor.»

    Domingo, 17/8/08 (p. 24), Diario de Teruel

  2. El propio autor escribe en las dedicatorias finales del libro: «[…] a Thomas Bernhard y a Samuel Beckett, de quienes, no sin esfuerzo, he tratado de aprender y separarme.»

Enlaces relacionados:

  • Página del colectivo La llave de los campos
  • Entrevista al autor en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • El autor lee su cuento «Canasta» para Avión de papel, de David González Torres
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros por Emilia Lanzas en el n.º 97 de Luke, revista virtual de literatura y creación contemporánea
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros en Diagonal
  • Reseña de Nosotros, todos nosotros por David González Torres en El hueco del viernes
  • Entrevista al autor en Avión de papel, por David González Torres, tras la publicación de Amor del bueno
  • Relato «El amor es sólo tiempo» de Amor del bueno en Avión de papel, revista de curiosidad literaria
  • Reseña de Amor del bueno en El síndrome Chéjov de Miguel Ángel Muñoz
  • Reseña de Amor del bueno en Masacre en los jardines
  • 16 comentarios:

    Anónimo dijo...

    No podrías haberle definido mejor, sin duda un libro que marca como un tatuaje.Un acierto haber seguido tu consejo aquel día.
    Saludos!

    Gcc.

    ETDN dijo...

    jaja, qué bueno, lo de la autocrítica a la parte de la edición. Eres grande, Sergi.

    Alex dijo...

    En su día compré este libro, animado por una recomendación en tu blog cuando salió, y por la entrevista al autor en El síndrome Chejov, y he de decir que algunos cuentos me dejaron un poco la sensación de haberme perdido algo. El primero, sobre todo, o El gobierno del solar, por ejemplo, que tampoco acabé de entender. Pero la sensación general fue muy buena, sobre todo por relatos como el de la higuera o el tigre de Bengala o las máquinas, que también son a veces un poco demasiado simbólicos, pero que me encantaron. Un tigre de Bengala y Cinco estaciones tienen párrafos de gran escritor.

    Nunca me han gustado los libros negros, les tengo manía, así que yo ya estaba predispuesto a que no me gustara la edición, supongo. En general, en ese aspecto, la verdad es que me gustan muy pocas editoriales, que parece que están haciendo carteles de cine, postales o anuncios de colonia, en vez de libros. Pero como tú mismo dices, lo principal es el texto.

    De momento, tus tres reseñas de los libros de cuentos del 2008 me están haciendo pasar un buen rato. Desde luego, son originales e intensas.

    Por cierto, el enlace de la reseña en Diagonal no funciona.

    Saludos,
    Alex

    Sergi Bellver dijo...

    "Tatuaje", me gusta la idea, Gcc, y me alegra que consideres un acierto esa lectura.

    *

    Grande o pequeño, querida ETDN, mi único patrimonio es ser sincero, siempre.

    *

    Estimado Alex, una colección de cuentos perfectos y que le gustaran a todo el mundo sería una antología, no un libro de cuentos, como dice un amigo mío. Pero si el balance que haces es ese, creo que me puedo sentir satisfecho por haberte contagiado esa lectura.

    En cuanto a lo que has dicho de las ediciones en general, me ha parecido muy acertado, tal vez porque yo soy de gusto minimalista en las cubiertas de un libro. Me gustan Periférica, Errata Naturae, Pre-textos, 451 editores y ese tipo de diseños en general. En fin, todo esto es subjetivo, aunque sí hay una base práctica y teórica en diseño que no se puede obviar.

    Gracias por señalarme lo del enlace, lo corrijo en cuanto pueda.

    Saludos a todos.

    Anónimo dijo...

    No sé cómo estará ese libro, pero si la reseña le hace justicia, debe de ser memorable. A ver si un día te fichan en alguna parte y te leemos en papel, Bellver, que ya va siendo hora...

    manuespada dijo...

    Desde luego no son cuentos de lectura fácil los de este libro. Saludos Sergi.

    El Viajero Solitario dijo...

    Ya lo sabes, Sergi: Victor García Antón ha supuesto, para mí, uno de los descubrimientos más gratos del último año, si no el que más.
    Tanto su Amor del bueno como este Nosotros, todos nosotros, han pasado o ocupar un hueco entre mis libros de cabecera. Resalto lo que comentas: el autor "no se conforma con lo ya hecho y decide no repetir aquella voz deudora y sensible de Amor del bueno".
    Todos los cuentos del libro me parecen magníficos, si bien resaltaría por encima del resto Cinco estaciones, cuya estructura y arquitectura me deslumbraron; adivino un largo trabajo de orfebre detrás.
    Mi agradecimiento a Víctor García Antón por escribir el libro y a ti por descubrírmelo.

    Sergi Bellver dijo...

    Anónimo, el libro le da siete pares de vueltas a mi entrada y a todas las que se puedan escribir sobre él. Ese libro no dice (uno está ya harto de quien sólo dice y dice y dice y se relame diciendo), ese libro hace, que no es lo mismo.

    Bienvenid@ y gracias por el deseo. Pero que quien me fiche, me fiche, o sea, que pague, que se acabó trabajar de gorra.

    *

    No lo son Manuel, lo reconozco, como no lo es Bernhard ni Beckett ni Sebald ni Musil ni... pero creo que cualquier lector medio puede acercarse a cuentos como "Un tigre de Bengala", "El método Shomsky" o "La estela de las mujeres" sin que le tiemblen las piernas, que no hay para tanto.

    Un abrazo, señor de la esgrima.

    *

    Me alegra mucho ver que el libro no te ha dicho, Viajero, que el libro te ha hecho cosas, que te has cortado. Un escritor que no se conforme con lo que ya hizo, y que no se masturbe por las noches viendo las cubiertas de sus libros, es un escritor de los que respeto. Los demás sólo fabulan. Coincidimos en señalar el mejor cuento, compañero, a mí de veras me lo parece, a la altura de pocos.

    Abrazos sin visa.

    Sergi Bellver dijo...

    Estoy un poco de mala leche, cansado de muchas cosas y de mucha gente amarillenta. Trepas, mocosos, facoceros y demás huestes halitosas. Voy a escribir pronto una entrada sobre sexo, sobre el vacío y la rabia. no tengo ni puta idea de qué irá la cosa, pero la escribiré. Hurga en las tripas y pide paso. Una entrada explícita, nada entrañable, sino de entrañas, que he dicho tripas, no sé, una entrada probablemente "obscena" y bastante hija de puta. Si hay niñatos neo-con, burgueses con cola de cerdo (Buen día tu madre), adoradores de Winnie the Pooh o gente de la Obra en la sala, pueden mirar hacia otro lado. Total, es lo que hacen siempre. Pero dejen de tocarme las narices, hagan el favor, vale ya de la estética parda de la jerarquía. Dios está enterrado. Mi padre está en un tarro de metal. Mi madre a estas alturas debe de ser un trozo de montaña. ¿De veras creen que me importa una mierda todo ese cuento de la jerarquía? Soy, hago, escribo. Y no necesito nada más. Nada al menos de lo que me pueda dar esa gente amarillenta.

    Marta María López dijo...

    Me encanta Víctor García Antón. Logra siempre asombrarme con sus cuentos. Ya en Amor del bueno y desde luego también en este. Me encanta, me encanta, me encanta cómo usa el lenguaje, cómo lo dobla y lo retuerce y lo vuelve del revés para dar con la imagen más memorable.

    Qué reseña tan estupenda, Sergi.

    Un saludo.

    Sergi Bellver dijo...

    Viniendo de ti, Marta María (hablo poco en otras páginas pero no dejo de seguir a las más interesantes, de reojo, atento), es todo un halago que te haya gustado mi no-reseña, deriva o devolución (se va a quedar esa marca registrada), pero lo que de veras me alegra es que hayas disfrutado con el libro, que es uno de los que me hacen sentir de veras orgulloso como editor, afortunado como lector y puteado como escritor... porque le pone a uno el listón muy alto.

    Un abrazo.

    Enrique Páez dijo...

    Una reseña estupenda, Sergi, del contenido y del continente, del alma y el cuerpo, del hardware y el software. Víctor y Alfonso estarán contentos. Yo también.
    Abrazos,

    Sergi Bellver dijo...

    El que está contento soy yo, Enrique, porque alguien como tú se pase por estos lares. Esta no-reseña (de otra manera, tratando de ligar con las voces que pueblan esos cuentos, al hilo de lo que hace tres años intenté con La vida ausente de Ángel, pero sin ficción) no está hecha "para" Víctor ni Alfonso. Me quité las ropas de amigo, editor o "empleado" y me concentré en lo más valioso en este caso: ese libro de cuentos. De otro modo, hubiera sido una reseña al uso, convencional y amable. Al autor me consta que le ha encantado esta devolución-deriva: "violenta, valiente, generosa y lúcida", me dijo.

    Ayer en Babelia, José Luis Pereira, el "alma pater" de Tres rosas amarillas (que "algo" sabrá de cuentos el hombre), citó "Un tigre de Bengala" como uno de los cuentos indispensables de narrativa en castellano... Para mí, "Cuatro estaciones" es aún mejor (algo menos asequible al lector medio, pero mejor), como "Casa tomada" me parece mejor que "Continuidad de los parques", si hablamos de Cortázar. Estoy pensando que casi hablo de todo esto en una nueva entrada... ya que estamos.

    Un abrazo fuerte, "muyayo".

    Pd: por cierto, Enrique, ¿tienes el libro? ¿Te lo pasó Víctor? ¿Te lo compraste en su día? Si no lo tienes aún, dame un toque al correo, que te regalo uno y te lo envío a tu isla afortunada. Besos.

    Enrique Páez dijo...

    Sergi: tengo el libro, dedicado, leído y disfrutado (y el "Amor del bueno", también).
    Gracias, de todos modos.
    Un abrazo

    Anónimo dijo...

    Enhorabuena, Sergi. He visto que te citaban en Babelia. Al final el trabajo y el talento siempre encuentran su camino.
    Besos

    Hiperbreves S.A. dijo...

    Sergi, acabo de llegar a tu blog por la vía de Babelia y la verdad es que voy a tener que volver muy a menudo, ya que abordas asuntos que me interesan muchísimo con una gran rigurosidad. Enhorabuena, tienes un gran blog. Respecto al libro que analizas en este post, trataré de conseguirlo, ya que me resulta atractivo.

    Sin más, aprovecho para invitarte a ti y a todos tus lectores a pasar por mi blog de microrrelatos (Hiperbreves S.A.), que recientemente recibió el Premio 20blogs al Mejor Blog de Ficción de 2008 (de manera absolutamente inmerecida, por supuesto).

    http://www.hiperbreve.blogspot.com