Bitácora de Sergi Bellver: El corazón delator.

15/1/09

El corazón delator.

Podría imaginar un coche de caballos que atravesara veloz un camposanto escocés, junto a una abadía en ruinas, o a una matrona con un ojo de cristal ascendiendo resuelta a alguna buhardilla de un brumoso suburbio londinense. Podría evocar una escena parecida para que hubiera venido al mundo este maestro, pero lo cierto es que Edgar Allan Poe nació el día 19 de enero de 1809 en la circunspecta Boston, y por eso, pasado mañana, sábado, unos cuantos admiradores celebraremos ese segundo centenario con sus cuentos como excusa. Poe fue cuentista, y antes periodista, y aún antes y siempre, poeta. Mantuvo durante toda su vida el sueño inconcluso de publicar un periódico propio ―la historia me suena― y en sus inicios aparcó la poesía a favor de la narrativa, a priori por una cuestión casi alimenticia. Sin embargo, sus mejores cuentos están transidos de una poética personal y agridulce, una sublimación lírica de lo extraño, que si bien nos ha dejado un legado impresionante en forma de narrativa, rescata y restaura la figura de Edgar Allan Poe como poeta en lo que todo buen poeta ha de reclamar de la palabra: ritmo, belleza y convulsión, así se entreveren en la prosa.

Algunos críticos y autores, de un tiempo a esta parte, han adelgazado la sombra de Poe sobre la literatura contemporánea, y si bien es cierto que, para muchos, sus ideas no tuvieron la hondura de las de Thomas Mann, ni sus mecanismos tocan los mismos resortes que activa la obra de Franz Kafka, ni habita en sus cuentos la potente carga simbólica de la poética de Baudelaire o la limpieza técnica de Maupassant, ni sus personajes muestran la misma contradictoria y cierta humanidad que los de Cortázar, ni su imaginación, aun febril, llega a los niveles portentosos de Julio Verne, no es menos verdad que Poe influyó en todos estos escritores, y en muchos más ―tan dispares como Auden y Conan Doyle―, de un modo decisivo e inapelable. Es bien conocida la adoración de Baudelaire y Cortázar por la obra del bostoniano, y no en vano uno y otro se convirtieron en los mejores traductores de su trabajo al francés y al castellano. En poesía, también Mallarmé o Valéry se declararon en deuda con Poe, y en literatura fantástica o de ciencia-ficción ―con todo el vasto territorio que estos apelativos puedan invocar― Lovecraft, Wells o el mismo Verne tuvieron en Poe a un padre artístico. Es innegable pues el frescor y la fecundidad de esa sombra sobre buena parte de la literatura posterior, tanto en la anglosajona como en la latinoamericana y la francesa, y así como Poe recibió un legado cierto de los poetas románticos ―Byron, Shelley o Keats―, dejó tras de sí una serie de estelas y derivas, recogidas por los precursores franceses del surrealismo, absorbidas por los grandes cuentistas latinoamericanos ―Cortázar, Quiroga o el propio Borges― y navegables en todo caso por lectores que, desde el siglo XIX, han disfrutado y seguirán disfrutando de sus cuentos, sobre todo de sus cuentos.

Edgar Allan Poe supuso una de mis primeras lecturas serias de adolescencia ―disfrutadas con ese pálpito afiebrado del descubrimiento, es decir, muy, muy serias―, y no concibo aquellos años sin el tejado de la iglesia al otro lado de mi ventana ni sus gaviotas como cuervos, sin los primeros discos de Iron Maiden, Led Zeppelin y Beethoven, sin aquellas tardes polares, arrojadas al dibujo con un inmenso mapamundi sobre mi cabeza, encerradas en el iglú de luz de un flexo, bajo el que me escondía de los otros libros, los marciales, y sin los cuentos de Poe o aquellas ediciones serigrafiadas del mejor Nietzsche o de la Historia del tiempo de Hawking. «La caída de la casa Usher», «Los crímenes de la calle Morgue», «El escarabajo de oro», o «Un descenso al Maelström» me señalaron ambientes, hitos y lugares en el mapa que antes eran leyendas en blanco en mi imaginación, y que en ese momento cobraban forma en un dibujo atormentado o en ensoñaciones viajeras de adolescente. Aquellas lecturas no iban a intervenir todavía en mi vocación, pues este ha sido un largo sueño del que sólo he despertado al cabo de muchos años, pero recuerdo ahora el único cuento al que poder llamar cuento, escrito con dieciséis años, en el que una prostituta del Raval ―Charlotte, cómo no― aprendía a golpes a moverse por ese submundo, ayudada por un transexual ―imagino que Almodóvar contaminaría algo con sus primeras películas― a reinar en el hampa de Barcelona, y obsesionada con un peculiar cliente, un marinero ―francés y pelirrojo, cómo no―, enamoradizo y perturbado, que acabaría por degollarla. Las copias impresas y encuadernadas en canutillo blanco de aquel cuento se perdieron ―cuando todavía no usábamos ordenadores ni siquiera disquetes―, regaladas a algunas chicas con afán de impresionarlas, supongo, pero de él recuerdo sobre todo tres cosas: la cara de estupefacción de mi profesora de literatura ― por el tema y por el tono, según me dijo―, la rara expresión de mi padre ―quien, como mi profesor de matemáticas, empezó a sospechar que lo de no estudiar ciencias, lo de o Bellas Artes o nada, iba en serio―, y una breve frase con la que presentaba las veinte páginas de mi relato: «Cualquier parecido con Edgar Allan Poe sería completamente intencionado». Tardé otros dieciséis años en volver a escribir un cuento. Ahora, tanto tiempo después, y ya con el dibujo en el baúl, como un boxeador retirado que de vez en cuando sube al desván a acariciar sus guantes, la escritura se ha convertido para mí en lo que siempre debió ser: un destino y un camino ineludibles, un Polo Sur y una aventura de las que ni Gordon Pym ni yo querremos escapar nunca. Ya no puedo engañarme a mí mismo, ni repetir la cantinela de antaño y decir que no tengo nada que contar, que no soy culpable del deseo de escribir, porque igual que le sucedió a Poe, que acabó sacrificando una supuesta comodidad rutinaria por la apuesta vital de la escritura ―la historia me suena―, bajo mis tablas late un corazón delator que me pone en evidencia ante los demás: escribo, bien o mal, eso ya no importa tanto, pero escribo sobre todo porque soy incapaz de dejarlo.

Más allá de todo análisis crítico, pues, la figura de Poe ha sido siempre y seguirá siendo para mí un referente más que literario, una parte importante de mi equipaje sentimental, a la que pienso honrar con todo mi afecto el próximo sábado, en esa lectura continuada de sus cuentos a la que nos convocan la Escuela de Escritores de Madrid, la editorial Páginas de Espuma ―a propósito de su estupenda edición comentada de los cuentos completos de Poe― y sobre todo la librería Tres rosas amarillas ―consulta su página web para todos los detalles que avanzo en mi Agenda―, en la que espero ver a muchos de vosotros, sobre todo a los que residís en Madrid, tanto si os disfrazáis como si no.

La obra gráfica es del pintor impresionista Edouard Manet, a propósito del texto poético El cuervo, de Edgar Allan Poe.

9 comentarios:

el lector dijo...

el o ella que no sepa que encontrar una carta perdida es más sencillo si no se la busca, porque está ahí; el, o ella, que no sepa que el latido del corazón de la culpa te perseguirá siempre... pues..., pues nada, se ha perdido la fantasía.

Anónimo dijo...

La verdad es que de Poe sólo he leído los crímenes de la calle Morgue,muy buenos por cierto, respecto a tu vocación, curiosamente el día que quedé con Marina y F.Sérvulo, estuvimos hablando un poquillo de ti, nada serio, pero yo le comenté a Marina,que la impresión que tenía de lo que escribes me hacía visualizarte en forma de escritor febril con arrebatos de escritura en determinados momentos, en fin, lo cierto es que tu vocación se ve claramente.
Saludos y hasta otra!
PD.Por cierto qué envidia la celebración del sábado.

Gcc.

carlos maiques dijo...

Hola Sergi:

Tiene toda la pinta de ser un buen sábado el que se va a celebrar. Me ha hecho mucha gracia eso de las muy muy serias lecturas del "descubrimiento" afiebrado. Poe está por ahí, callejeando desde entonces.

Pasadlo fenomenal, un saludo.

Ayshane dijo...

Hace muchos años descubrí que los libros que adornaban la estantería de mis padres se podían coger, oler e incluso leer. Descubrí a Poe con una edad en la que oscuros monstruos aún dormitaban de día bajo la cama y de noche padecían un insomnio reveladoramente terrorífico; así que imagina lo que fue para mí leer "El gato negro" tanto que esos monstruos eran simples pusilánimes en comparación y ahora tras ése tiempo no he podido resistirme a buscar un pequeño parrafillo, lleno de significado para mi... a saber:

"Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!"

Cómo te he comentado hace un rato si la gripe me lo permite (y guardo a buen recaudo los moquillos jeje) me encantará ir.

Besitos muy grandes...
Anita...

Anónimo dijo...

Mi querido Carlos Maiques, hacía tiempo que no me lo cruzaba,espero que esté usted en perfecta forma.
Un fuerte abrazo!

Gcc.

miguel ángel zapata dijo...

Yo aún sueño con Ligeia, con William Wilson, con el caserón de los Usher. Lo leí en la cama (sin compañía, so pena de detestar el sexo para el resto de mis horas) y con fiebre, hace siglos. Jamás he vuelto a leer algo que se tradujera de forma simultánea en imágenes vívidas, en sonidos identificables. Poe consigue crispar el espíritu a través de la exaltación de los sentidos. Sólo Joyce y Proust alcanzan este efecto de persuasión intelectiva a través de lo objetual. El resto ejecutan el camino contrario. Por eso son solo escritores, hombres, ni más ni menos.

Xuan dijo...

También fueron de mis primeras lecturas serias de adolescencia. Tendría catorce años cuando en una clase de literatura del instituto leímos "La caída de la casa Usher". Desde entonces no ha dejado de ser uno de mis relatos favoritos.

Sergi Bellver dijo...

No se ha perdido, lector, creo que sólo aguarda bajo las tablas, latiendo, esperando a delatarnos, la fantasía.

*

Vaya, GCC, "escritor febril con arrebatos de escritura en determinados momentos". Suena muy romántico (en el sentido literario, no literal), pero no es cierto. Más bien soy un escritor de arrebatos ocasionales, que luego pasan la criba de horas, horas y horas de trabajo. Otra cosa sería estéril.

Siento ponerte los dientes largos, pero sí, lo del sábado en Tres rosas amarillas fue sencillamente genial.

*

Insisto, Carlos, una lástima que no exista el hiperespacio para traeros a todos a esta clase de "saraos", porque valen la pena. La fiebre de Poe (contagiosa) siguió subiendo décimas año tras año, y mira dónde estamos ahora...

Sergi Bellver dijo...

Por eso, Ayshane, porque solemos descubrir a Poe en esa edad, la capacidad de establecer el pacto fantástico con el autor es mayor y también su huella. Releído más de veinte años después (en mi caso), algunos matices cambian en la interpretación, pero el potencial de aquellos textos sigue intacto.

Una pena que no vinieras, porque te hubieras encontrado con una chica que había sido capaz de resumir en un disfraz ese párrafo exacto que has reproducido. No miento, hay pruebas gráficas.

*

Como bien sabes, y más si has leído el primer cuento de aquél libro de tu casi tocayo, Miguel Ángel, la convalecencia es una gran aliada de las lecturas. Qué buena esa observación del itinerario en algunas escrituras, no puedo estar más de acuerdo.

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Como pude comprobar el sábado, Xuan, con muchos escritores, editores y lectores, la adolescencia fue el tiempo del descubrimiento de Poe para casi todos. También por eso conviene releerlo ahora, para apreciar otras cosas, y para recuperar aquella capacidad de maravillarse, estremecerse o contagiarse.