Bitácora de Sergi Bellver: 2009

31/12/09

2009, Madrid. 2010, Barcelona.

Ayer apareció este espacio en la sección “Tengo un blog” de la versión digital del diario La Vanguardia. Se puede visitar en este enlace. En el diario editaron el texto que les envié, por lo que desaparecieron algunos enlaces que recomendaba, como Panfleto Calidoscopio, Revista de Letras o El rincón de Alvy Singer. En fin, lo importante es que otros lectores conozcan lo que uno hace, y para eso sirven este tipo de cosas. Cualquiera de vosotros puede “postularse” para aparecer en esa sección del diario barcelonés. Sólo hace falta ponerse en contacto con ellos y, claro, que vuestra bitácora (de cualquier temática, no necesariamente literaria) les guste o les parezca interesante.

También en Barcelona se distribuye la revista BCN Week, y en el último número aparece un relato de Iván Humanes, en la sección “Arroz negro”, que coordino junto a Jordi Corominas i Julián y Albert Lladó. Recibí muchos, muchos relatos para la sección, y creo que podremos incluir alguno en los próximos meses.

Y, cómo no, en Barcelona también van a pasar algunas cosas a partir de enero. Desde el día 12 y en l'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès, impartiré (cada martes de 18 a 21.30 horas) el curso semestral “Narrativa en català (90 h.)”. Si alguien está interesado en compartir conmigo ese viaje, o tiene algún amigo que podría estarlo, en la secretaría del centro sabrán orientarle. Todavía quedan algunas plazas y tiempo para realizar la matrícula. Además, poder disfrutar de las instalaciones y en especial de la biblioteca del Ateneu es todo un privilegio, os lo aseguro.

El año 2009 ha tenido detalles muy positivos (nuevos amigos, sobre todo, y algunos proyectos que darán fruto en 2010) pero en general ha sido un poco raro, al menos para mí, y ha dejado secuelas que provocarán que el inicio de 2010 me vaya a resultar algo más complicado que la habitual cuesta de enero, pero tengo la sensación de que van a pasar un montón de cosas buenas en este año que se avecina. Buenos libros de amigos y compañeros que van a ver la luz en los próximos meses, iniciativas que van a cargarle las pilas a la literatura en este país, en fin, la siembra promete buena cosecha. En lo que me toca, me estrenaré con algunas antologías (como autor y como editor), terminaré de una buena vez mi libro de cuentos (¡palabra!), me iré por esos mundos de Chéjov a dar algunos talleres itinerantes y, sobre todo, sabré conservar a los buenos amigos de Madrid cuando, a partir de enero, me mude (después de quince años fuera) de nuevo a mi Barcelona natal. Que tiemble la ciudad...

Feliz entrada de año a todos. Espero de corazón que 2010 sea generoso con vosotros, en lo profesional, en lo personal y en este pequeño vicio nuestro de la literatura. Salud.

22/12/09

Mis lecturas de 2009 para Hermano Cerdo.

Abundo en el balance del año y, ya que me pidieron una opinión desde la revista más karateka de las letras hispanoamericanas, aproveché para arrimar el ascua al cuento (yo, erre que erre). Pero hemos leído más cosas, camaradas.

A quien le puedan interesar mis mejores lecturas del año (el habitual de esta bitácora no encontrará grandes sorpresas porque lo contrario sería incoherente), que pinche aquí o en el cerdo que lee. Recomiendo visitar el blog de Hermano Cerdo para ver las lecturas de todos los participantes en la misma página.

Y a quien le apetezca compartir las suyas con la familia porcina y participar en la convocatoria, que pinche aquí.

11/12/09

Buenos libros de cuentos
entre la cosecha de 2009.

A vuelapluma. Ya sea por inercia o por costumbre, cuando termina una etapa tendemos a hacer balance, tal vez para saber dónde estamos y, sobre todo, qué senda tomarán las cosas en adelante. Catando de nuevo la cosecha de 2009, creo que el cuento no pasa por un mal momento. No estamos ante una situación literaria tan feraz (ni mucho menos feroz, lo que tendría, como siempre en el arte, cierto punto saludable) como para tirar cohetes, pero si uno recuerda tiempos pasados, y a pesar de que 2008 fue (literariamente, insisto) un año algo más fértil, cree que el estado del cuento en España permite aventurar cierto optimismo. No porque se publiquen más o menos libros, ni porque se convoquen más o menos premios, ni porque editoriales y medios le presten más o menos atención (que todavía se la escatiman), sino (al menos en lo que en esta bitácora importa) porque algunos autores todavía se toman en serio su trabajo, su vocación y, de paso, también al lector, que no es poco.

No me apetece preparar ni escribir una entrada larga sobre el tema, ni dejarme ir por la deriva, ni provocar uno de esos densos debates con los que a veces os torturo o con los que, parece, incomodo a algunas personas de bien. Hoy prefiero hacer algo más espontáneo y directo. Simplemente, creo que es buen momento para presentaros sin rodeos aquellos libros de cuentos que en algún momento me han hecho disfrutar, aprender o pensar en 2009. Demasiado a menudo estamos pendientes de la actualidad, de las novedades editoriales, del imparable ciclo mediático y promocional, de la inevitable rueda dentada de influencias e intereses que empuja cada vez más a las bitácoras y a revistas y publicaciones digitales a caer en los modos viciados y previsibles del mercado. En fin, ya he hablado muchas veces de la inminente desactivación de una alternativa, de cómo estamos desaprovechando un espacio que debiera ser libre y de veras independiente. No os voy a dar más la vara con ello, hoy no.

En unos días daré cuenta de algunas noticias que van a ayudar a mantener abierta una pequeña brecha en esa tendencia (por suerte, todavía quedan unos cuantos críticos serios por ahí, no estamos solos) y con las que voy a intentar, al menos en lo que esté en mi mano, conservar esa posibilidad de una crítica alternativa, rigurosa y honesta por el bien del cuento como fenómeno literario y artístico. El cuento es (o puede ser) algo más que un producto de ocio y los libros de cuentos algo más que un objeto de consumo, aunque también lo sean, como casi cualquier otra cosa de este mundo a la que se le pueda poner un precio. Oferta y demanda, lícito y cabal. Pero, poniéndolo en valor (que no precio) como organismo artístico y vivo, el cuento puede ser (o debiera ser) una suerte de cuña para garantizar la grieta, para asegurar un respiradero, la sal testaruda que no permite al hielo congelar nuestro camino.

Algunos de estos libros (de la mayoría ya he hablado en su momento, aquí o en alguna revista, de los demás, y de unos cuantos que ahora olvido, hablaré en breve en otros espacios) se editaron en las últimas semanas del año pasado, pero como su recepción por parte de los lectores ha tenido lugar en 2009, me parece oportuno señalarlos aquí. También he leído y redescubierto este año a autores maravillosos, como Felisberto Hernández, sin ir más lejos, pero como esta entrada va de la cosecha del cuento en 2009 y no exactamente del catálogo completo de lecturas de un tal Bellver, me ceñiré a lo que se ha ido publicando en España en estos doce meses (y pico). Al fin y al cabo, el mejor baremo para medir la calidad literaria de unos textos lo ofrece el tiempo porque, a estas alturas y hablando en plata, ¿qué cuentos recordáis ahora mismo, entre los publicados en 2009?, ¿qué relatos os han dejado de veras huella, pasados unos meses?

Va la escueta (al menos me dejo tres o cuatro en el tintero) y directa relación de libros, entre los que hay reediciones, alguna antología, y a la que añado uno del norteamericano Wolff, como guinda del año y adelanto de otro gran bisonte blanco del cuento que regresa: Sam Shepard. Sirva también este muestrario como consejo y orientación para que quien todavía no los conozca investigue y los disfrute, para que los regale a aquellos amigos que sepan apreciar la lectura, o para sentarse en el sillón a recibir el 2010 con la mantita sobre las piernas y un buen cuento entre las manos.

Buenos libros de cuentos entre la cosecha de 2009:


La fe ciega, de Gustavo Nielsen (Páginas de Espuma)Submáquina, de Esther García Llovet (Salto de Página)La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira (Tropo editores)Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra (Páginas de Espuma)Estancos del Chiado, de Fernando Clemot (Paralelo Sur)Órbita, de Miguel Serrano Larraz (Candaya)Los objetos nos llaman, de Juan José Millás (Seix Barral)Atractores extraños, de Javier Moreno (Inéditor)Tanta gente sola, de Juan Bonilla (Seix Barral)El momento del unicornio, de Norberto Luis Romero (Tropo editores)Aeropuerto de Funchal, de Ignacio Martínez de Pisón. (Seix Barral)Matar en Barcelona, VV. AA. (Alpha Decay)Rusia Gótica, VV. AA. (Nevsky Prospects)Aquí empieza nuestra historia, de Tobias Wolff (Alfaguara)

23/11/09

Fallo del IX Premio de Relato mínimo Diomedea.

Para la novena edición del Diomedea llegaron 86 textos desde siete países. Enhorabuena al ganador y al finalista —en singular, ya que en esta edición el jurado ha decidido declarar desierta una de las dos plazas habituales para los finalistas—.
Recordad que desde el pasado lunes ya está abierta la convocatoria para el X Premio de Relato mínimo Diomedea, con el que esta iniciativa cumplirá los dos años de vida y, muy probablemente, verá también su final. Gracias a todos aquellos que continúan colaborando de manera desinteresada en leer, valorar y después difundir estos textos, que es lo que aquí nos importa.


Fallo del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del IX Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «El niño y la guerra»
Autor: Jesús Esnaola Moraza
Donostiarra de nacimiento, reside en l'Hospitalet del Llobregat (Barcelona).
Bitácora: El Dr. Frankenstein, supongo

Obtiene el libro de relatos Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009), por gentileza de la editorial.


EL NIÑO Y LA GUERRA



EL SARGENTO ROMERO ENTRÓ EN LA CASA acompañado por dos de sus hombres. En el interior encontraron a la que debía de ser la abuela del chico.
—¿Dónde está su nieto, abuela? Lo necesitamos.
La abuela miró tranquila a los soldados y les indicó con la mano unas sillas, para que se sentaran, a la vez que respondía que el niño no estaba en casa.
El chico era conocido en todo el pueblo como elchicoquesabíadóndecaeríanlasbombas. Nadie sabía por qué, pero no era difícil imaginarlo.
La vieja intentaba ser atenta con los soldados pero estaba muy fatigada y, a veces, daba pequeños cabezazos y se le cerraban los ojos. Romero decidió ignorarla e hizo señas a sus hombres para que miraran en las habitaciones.
Un minuto más tarde los dos volvían sin haber encontrado al chico pero no hizo falta que se lo dijeran al sargento porque éste ya había oído el silbido de la bomba que la vieja estaba esperando y el niño había previsto hacía ya un rato.
«El niño y la guerra» es propiedad de © Jesús Esnaola Moraza 2009.


Cuento ganador del IX Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del IX Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «De relojes y hombres»
Autor: Pedro Peinado Galisteo
Reside en Madrid.


Obtiene un lote con tres libros de relatos: Despeinadas, de Gema Fernández Esteban (Gens, 2009); Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008) y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.


DE RELOJES Y HOMBRES



—LE DIGO QUE ATRASA, ¿no lo ve? —el hombre da golpecitos en la esfera molesto porque el relojero, absorto en el vientre de un reloj de cuco, no le escucha.
—¿Pero aún sigue ahí? Mire, no sé lo que pretende, ya le he dicho veinte mil veces que su reloj funciona, ¿comprende lo que le digo, amigo
El hombre sale de la tienda y asiste a la formación, consolidación y desvanecimiento de una típica niebla de septiembre. Mientras la noche avanza veloz, cruza la calle en dirección a la relojería de enfrente. Una fugaz sensación de mareo no le deja disfrutar del amanecer.
Ya es mediodía cuando entra en el establecimiento. Con sus frenéticos relojes a cuestas, la cambiante clientela le impide alcanzar el mostrador. Uno de los dependientes, adelantándose a sus palabras, le va diciendo con la cabeza que no.
«De relojes y hombres» es propiedad de © Pedro Peinado Galisteo 2009.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea
VIII Premio de Relato mínimo Diomedea


Consulta las bases

22/11/09

Para meditación de todos los que echaremos de menos páginas como "El síndrome Chéjov" y "Masacre en los jardines".

Nota a 1/1/2010:

Cuarenta días después de su "despedida", hoy regresa El Síndrome Chéjov. Como me parece una buena noticia en general (para el cuento), me reservo mi opinión particular acerca de este curioso efecto Guadiana.


Sigue la entrada original:

***

Copio el comentario que ayer dejé en El síndrome Chéjov y que no ha sido aprobado, por el motivo que sea, me da igual ya a estas alturas, pero que me sirve para arrancar una reflexión sobre "el estado del cuento" con el que tanto nos estamos llenando todos la boca de un tiempo a esta parte.

"A pesar de nuestro desencuentro, me entristece leer esto.

Quiero dejar por escrito que tu despedida me parece una mala noticia para el cuento, para la crítica y para la red. Espero que sea una buena noticia para tu vida personal y para tu escritura.

Lo mejor que se me ocurre decir ahora es 'gracias' por todo lo bueno (mucho), que siempre termino por olvidar lo malo y que a tu pregunta, sí, Miguel Ángel, 'El Síndrome Chéjov' valió la pena."


Suscribo punto por punto mi comentario, me reafirmo en él y me parece una noticia realmente triste. Pienso que algo está pasando cuando cierran páginas como la de Miguel Ángel Muñoz o la colectiva Masacre en los jardines, donde por desgracia tampoco puedo dejar (ni yo, ni nadie, en este caso) mi comentario de despedida.

Lo único que me gustaría cuestionar es el derecho que nos atribuimos casi todos al hablar (otros, los más listos, callan siempre) de cainismo, de cobardía, de "trepismo" y ambición, de sumas y de restas, y las pocas veces que nos mojamos en sentido contrario. Me hace hasta gracia cómo señalamos siempre los pecados y jamás los pecadores. A mí ya se me han cerrado unas cuantas puertas; ya no me saludan ciertos autores con la efusividad de antaño o, sencillamente, dejan de hablarme o de participar con la pasión inicial en esta bitácora (por suerte, hay numerosas y significativas excepciones, incluso unos cuantos "ilustres" que me leen "en la intimidad"); algunos editores han dejado de enviarme sus novedades (curiosamente, justo ahora, otros tantos toman en serio mi trabajo y empiezan a hacerme llegar sus libros); a unos cuantos autores no les parece suficientemente "moderada" mi política a lo The New Yorker de no hablar de los libros de cuentos que no me convencen o me parecen totalmente fallidos como apuesta literaria (si llego a hacerlo, tendría que mirar a mis espaldas en callejones solitarios, por lo menos), o la de The literary suplement, al ponerle los "peros" que hagan falta a cualquier buen libro, si los encuentro como crítico, equivocado o no, pero sincero con mis lectores, a quienes deseo siempre contagiar lo que un servidor, humildemente, considere como buena literatura. Equivocado o no, insisto, pero ofreciendo argumentos a los lectores, esa masa crítica despreciada a menudo por el Mercado, tratada como clientes a quienes vender un producto (y un libro lo es, pero tampoco lo podemos equiparar a una percha o a una crema de manos, señores) y no como seres pensantes que deciden, por suerte, con qué autores repetirán, qué motos dejarán de comprar y qué gato devolverán por liebre y por libro tras cada lectura.

En una palabra, ya tengo enemigos. Y no creo que eso se deba a mi supuesta "conflictividad" (para algunos, lo que tiene gracia, porque jamás me he dedicado, como otros, a destripar públicamente a nadie ni a sus libros), sino al bajísimo nivel de tolerancia que muchos tienen ante la crítica. Se quejan muchos de la falta de debate en el cuento, de la sempiterna cantinela de la visibilidad y de las ventas, y cuando alguien plantea dudas a la calidad literaria de un texto, el desierto en vez de la tertulia, la espalda en vez del argumento. Cuando alguien ha criticado mi trabajo o mis ideas he sido el primero en escuchar, en tomar nota y en debatir, siempre (hasta con algún anónimo, sin merecerlo). Cuando he podido hablar con ciertos autores y editores (y aquí me encantaría dar nombres, pero no quiero que luego me acusen de adulador, lo que sería el colmo) de su trabajo y le he puesto pegas en algún caso, por fortuna han actuado del mismo modo, debatiendo, posicionándose siempre con argumentos, tomando nota y cuestionándose las cosas, en vez de defender a ciegas lo indefendible. Es en esa clase de autores y de editores, humildes y grandes, inteligentes y atentos, en los que todavía tengo fe, si pienso en el presente y el futuro del cuento.

Luego, estudien sus reacciones, señoras y señores, escritoras y escritores, editoras y editores, críticas y críticos, lectoras y lectores, mediten acerca de su predisposición a la crítica disidente y después hablamos de sumas y de restas en el cuento. El verdadero daño se lo está haciendo todo el que trata el cuento como si fuera un cachorro desvalido que no aceptara el debate, al que hubiera que llevar entre algodones y perdonarle las caquitas en el rincón. Como si novela o poesía fueran ejemplares adultos que pudieran corretear libres y el cuento una criatura débil sobre la que extender un manto de tibieza, con lo que me cuestiono la madurez del género en España, incompleta aún, visto lo visto. Me gustaría invitar a cualquier persona a repasar mis críticas, reseñas, debates y comentarios sobre libros de cuentos del último año y medio, para que encontrara una sola opinión no argumentada sobre premisas literarias, un solo insulto, una sola boutade malintencionada. Tampoco censuré jamás las opiniones ajenas, salvo cuando contenían esos insultos o esas boutades dañinas, sobre todo hacia terceros que no se podían defender aquí o que preferían no "bajar a este antro a mancharse las botas". Así pues, el cainismo, la cobardía, el "trepismo" y la ambición, las sumas, las restas y otras operaciones matemáticas del ego (¿acaso no suma en el cuento, como expresión artística, y en cualquier otra actividad creativa e ideológica una crítica no adocenada, valiente y argumentada, siempre que se haga con respeto?), tienen mucho más que ver, me temo, con la subjetividad interesada (todo el mundo es íntegro y ecuánime hasta que le ponen pegas, imagino) y con una españolísima hipocresía, que con una realidad objetiva. ¿Qué queremos decir al hablar de "sumas"? ¿Sumar en el mercado editorial o sumar en el cuento como expresión literaria, humana, viva?

Para algunas cosas, os aseguro de veras que me hubiera gustado nacer anglosajón. Ah, España. Bienvenidos sean los portazos en las narices, los desaires en las reuniones y los silencios condicionados (incluyo los de aquellos que en privado me hacen saber que están de acuerdo con ciertas cosas, pero que temen "que sus amigos o sus editores les relacionen con ciertas expresiones disidentes"). Si algunos quieren una crítica tibia y aplaciente, lo siento, pero que no cuenten conmigo. "Nosotros siempre reseñamos bien los libros, nos gusten o no, es nuestra politica" (sic), me dijeron una vez. Ésa sí es una buena suma en el mercado editorial, desde luego (risas, música, abrazos, serpentinas al encontrarse), pero una resta peligrosa en el cuento como manifestación artística y en el acerbo acervo cultural de este país, de nuestra lengua, de una literatura que quisiéramos adulta. No llevo adelante este espacio para sacar libros gratis (ya me los compraré cuando me interesen, descuiden, ahórrense los envíos a medios) ni supedito mi actividad como crítico a que un editor me acaricie el lomo y me publique el día de mañana como autor. Si cualquier editor de los llamados independientes publica o veta autores por razones no literarias, tal vez se haya equivocado de profesión. Bueno, de profesión no, si es un buen comercial. De vocación, entonces.

Más de una vez quisieron convencerme de que jugara al ajedrez. "Si quieres estar en el mundillo, publicar y esas cosas, has de callar lo que piensas y estudiar cada jugada en función de tus intereses" (sic). Todavía tratan de convencerme de eso de vez en cuando y seguro que piensan que soy idiota cada vez que razono mi oposición a esa estrategia. Ahora mismo sé que hay escritores y editores leyendo esto y pensando al tiempo que soy idiota. Pero si un día consiguieran "convencerme" los ajedrecistas, ya no tendría sentido un espacio como este. Ya no habría resquicio para lo que me planteo como posible alternativa en la crítica, a través de la llana exposición de lo que uno piensa, equivocado o no. Callaría y cosecharía frutos, me enrocaría, sería el puto Karpov del cuento. Pero no voy a cerrar mi bitácora, no pienso llorar cuando siga coleccionando enemigos y portazos. Asumo el alto precio, lo pago y sigo arando el yermo, que algo habrá bajo el polvo y la roca. Aunque sólo fuera por poder mirarme al espejo cada mañana, seguiré aquí, como un insignificante grano en el culo del mundillo para muchos, como una voz distinta para unos pocos, echando de menos otras voces que ahora callan, como las de El síndrome Chéjov y Masacre en los jardines.

Ah, España. ¿Y si emigro a Gibraltar? For God's sake!

16/11/09

Convocatoria del X Premio de Relato mínimo Diomedea.

Estamos de celebración, ya que se cumplen dos años de la primera convocatoria del Diomedea, allá por noviembre de 2007. Gracias a todos los participantes y colaboradores que durante todo ese tiempo han hecho posible que esta iniciativa siga viva y a día de hoy continúe contagiando las ganas de compartir buenos textos.
Debido a las vacaciones navideñas y, sobre todo, a diversos compromisos (editoriales, docentes, personales y "viajeros") que me tendrán más ocupado de lo ya habitual durante casi todo el mes de enero, de nuevo el Diomedea amplia en un mes el plazo de admisión de relatos. Así pues, en esta décima convocatoria tendréis tres meses para escribir vuestro relato. Alcanzamos las diez ediciones y, como he dicho, el premio Diomedea cumple dos años de vida. Dos años, muchos textos de calidad, algunas polémicas, unos cuantos amigos nuevos y, lo más importante, un montón de bitácoras interesantes descubiertas y muchos autores que han podido llegar a otros lectores. Ese es el logro del que realmente podrá presumir el Diomedea en febrero de 2010. Llegará entonces el momento de hacer balance, de agradecerle algunas cosas a ciertas personas y de, tal vez, plantearse el final de esta iniciativa. Voy a dejar esa decisión para febrero, ya que va a depender mucho de mi disponibilidad y de mis circunstancias en esas fechas, para poder seguir llevando adelante o no este premio, con todo lo que conlleva (tiempo y dedicación, sobre todo). Por lo tanto, lo de la undécima edición queda en suspenso y me refiero a ella en condicional en el punto 5 de las nuevas bases. Veremos qué pasa en febrero.

Recordad que el fallo de la novena edición se publicará a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 23 de noviembre de 2009. Cualquier relato que haya sido entregado después de las 14 horas (en zona GMT +1.00) del día de hoy, 16 de noviembre, pasará de manera automática a participar en la décima edición del certamen. Han llegados todos, que nadie tema, el correo de registro se ha retrasado un poco por saturación del administrador, nada más.




Bases del X Premio de Relato mínimo Diomedea:


1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 16 de noviembre de 2009 queda abierta la convocatoria para el X Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas y ganadores de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, siempre y cuando concursen con nuevos trabajos.

2. Los relatos se presentarán en castellano y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el X Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría durante la semana en la que valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas [1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 15 de febrero de 2010. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarían de manera automática a participar en el XI Premio de Relato mínimo Diomedea, en caso de que se llegara a convocar, lo que se anunciará con la debida antelación.

6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos y escritores reconocidos, así como por profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 22 de febrero de 2010, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos y obliga a indicar autoría y fuente.

7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados [2].

8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner facilitado por el administrador, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «X Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de anteriores y sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial [3].

10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

[1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
[2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
[3] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
Premiados en anteriores convocatorias:

I Premio de Relato mínimo Diomedea
II Premio de Relato mínimo Diomedea
III Premio de Relato mínimo Diomedea
IV Premio de Relato mínimo Diomedea
V Premio de Relato mínimo Diomedea
VI Premio de Relato mínimo Diomedea
VII Premio de Relato mínimo Diomedea
VIII Premio de Relato mínimo Diomedea

15/11/09

Nevsky Prospects en Tres rosas amarillas.

"Me llena de orgullo y de satisfacción" dar noticia de la presentación de los dos primeros libros de la nueva editorial especializada en literatura rusa Nevsky Prospects, que tendrá lugar en la santa librería del cuento Tres rosas amarillas, el próximo día 18, miércoles, a las 20.30 horas.

El acto contará con las intervenciones de Marjorie Eljach, directora de la Semana Gótica de Madrid, que comentará la antología Rusia Gótica, y de un tal Sergi Bellver, que hablará acerca de Historias de Belkin, de A. S. Pushkin. Además, disfrutaremos de la interpretacion de la actriz de teatro Virginia Méndez, que realizará la lectura dramatizada de uno de los cuentos. Al terminar (trataremos de hacer algo ameno y poco sesudo), podremos comparar el lambrusco de José Luis con algún que otro vino post-soviético.

Un fuerte abrazo a todos y espero veros por allí, en nuestra guarida del cuento y, por primera vez, al otro lado de la mesa.
Nevsky Prospects en Tres rosas amarillas
(pinchad en la invitación para verla a tamaño real)

7/11/09

Literatura de viajes (I):
Javier Reverte y los bloggers.

El pasado lunes, día 2 de noviembre, y gracias a una iniciativa de la empresa Addoor, pude asistir en la sede de Hotel Kafka a una charla que impartía el conocido escritor y viajero (siempre por ese orden, pues no concibe viaje que no haya de desembocar en palabras) Javier Reverte. Con el escritor y crítico Juan Soto Ivars como maestro de ceremonias, nos reunimos en el salón de Hotel Kafka un buen puñado de viajeros, de escritores y de bloggers (en ese orden, al menos, en mi caso).

Javier Reverte y Juan Soto Ivars (Addor) en Hotel Kafka. Foto: © José Miguel Redondo
© José Miguel Redondo

Una vez más, la experiencia me demuestra que lo presencial y lo virtual no pueden ser mundos aparte, y que uno y otro se alimentan, ya que a menudo la red es la única manera de establecer contacto con viajeros y escritores de otras latitudes, pero también en reuniones, cara a cara y entre vinos, como la que Addoor propició el pasado lunes en Madrid, los bloggers que nos dedicamos, entre otras cosas, al viaje y a la literatura de viajes, pudimos establecer contacto entre nosotros. Y un dato que refuerza esta impresión mía de que lo virtual no abarca todas sus posibilidades sin el apoyo de la relación personal y la cercanía, por eventual que esta sea, es que todas las páginas de los asistentes tienen un número importante de visitas en su haber y sin embargo, prácticamente ninguno de estos viajeros y escritores conocía la labor de los demás compañeros.

Tampoco sabíamos de otras iniciativas y posibilidades para la literatura de viajes y para cuando llega el momento de lanzarse otra vez al camino. Yo tomé buena nota de unas cuantas, más como viajero que como escritor, pues llevo demasiado tiempo enfrascado en mil proyectos literarios y en el dique seco, alejado de la vida nómada. Así, supe de la realidad de muchos de esos destinos en mi agenda de pendientes, ya que varios de los compañeros acababan de regresar de ellos. Rusia, sin ir más lejos, fue uno de esos destinos comentados, un territorio vasto y complejo, que uno tiene entre sus sueños migratorios... Siberia, Kamchatka, el Baikal, los Urales, los montes Altai, las grandes ciudades del Oeste, lugares tan físicos como sugerentes en el imaginario de todo viajero.

Descubrimos también amigos comunes (como Santos, de la librería Deviaje en la madrileña calle Serrano, jaima insólita para los nómadas y sede de una de las tertulias más veteranas de la capital) y hablamos de todos aquellos lugares que ya no volverán a ser, como Zanzíbar, o de la España que antaño era tan "exótica" como hoy puedan serlo África o China, si nos conformamos con el tópico (por eso pongo la frase en cuarentena). Hablamos también (abrió fuego Reverte) del poco predicamento que la literatura de viajes tuvo hasta hace bien poco en nuestro país, de la valentía y del buen ojo de editores como Mario Muchnik y hasta del modo en el que una narración de viajes puede ser estructurada y matizada para que cobre entidad como proyecto literario. Hablamos de Conrad y de Gide, por supuesto. De todos esos grandes escritores que cultivaron el género, como Stendhal, Miller, Andersen, Flaubert, Pushkin... para reflexión de quienes infravaloran la dimensión literaria del viaje narrado.

En lo que a mí se refiere, pude aportar a mis compañeros algunos datos que desconocían, más relacionados con lo literario que con lo viajero (excepto al referirme a Trourist, otra original iniciativa que, para mi sorpresa, no conocían mis compañeros), como digo, dado mi sedentarismo forzado de los últimos años. Premios literarios como el Eurostars Hotels, cuya quinta edición se llevó el periodista Paco Nadal; premios desparecidos como el Grandes Viajeros, por dejadez o por mala praxis, quién sabe; cursos de literatura de viajes como el que yo mismo preparé para la Escuela de Escritores (pronto un presencial, tres meses mano a mano con Isabel Calvo y con un cierre de lujo: Jordi Carrión) pero también los que figuran en el programa de otras escuelas y talleres; o noticias de editoriales (pocas, por desgracia, como por ejemplo Altaïr) donde cabe la literatura de viajes, aunque los jóvenes que llegan con nuevas ideas y que viajan por un mundo cada vez más uniformado lo siguen teniendo difícil para publicar, para impactar, para mirar de un modo distinto la realidad, algo que están consiguiendo muy pocos autores del género.

El pasado lunes en Madrid compartimos experiencias viajeras y aprendimos, una vez más, de la humildad y de la cercanía del maestro Javier Reverte (una condición que ya pude descubrir en Almería, en el pasado LILEC'09), de sus estrategias literarias a la hora de enfrentar el viaje y de sus cuitas viajeras cuando toma notas (siempre a mano, siempre en vivo) para sus libros.

Detallo a continuación la lista de páginas (por orden alfabético) que llevan adelante todos estos nómadas irreductibles (y os invito a descubrir otras, saltando de enlace en enlace) a quienes pude conocer el lunes, para todo aquél que esté interesado en los viajes, en la literatura de viajes y en el intercambio de experiencias e información relativa a este apasionante modo de vida, que lo es.

  1. Aines en ruta
  2. Alrededor del mundo con una mochila
  3. A Salto de Mata
  4. Cumplir un sueño
  5. Desde Saigón
  6. Diarios de un fotógrafo de viajes
  7. Edu y Eri Viajes
  8. El rincón de Sele
  9. Expatriada
  10. Intentando recorrer el mundo
  11. Miss Viajes
  12. Vagamundos
  13. Viaje al atardecer

1/11/09

¿Qué cuento, mañana?

Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.

GEORGE ORWELL, 1984



Pienso en voz alta. Bajad el volumen o cambiad de canal si os apetece; es lo bueno de una bitácora: es gratis y con un clic ya estás fuera, ya estoy fuera. Pienso en voz alta. Hace tiempo que preparo varias antologías de relatos. Es mi manera de saciar un deseo casi febril de editar libros de calidad sin esperar a disponer de una editorial propia, una realidad que todavía tardará unos años en cobrar forma para poder abordar con garantías mi idea concreta de lo que puede llegar a ser la edición independiente. El pasado 20 de octubre, en la charla que ofrecí sobre este tema junto a Jordi Corominas en la biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona (el próximo día 11, miércoles, hablaré del relato contemporáneo en la Jaume Fuster), y entre otras muchas cuestiones más importantes, hice una fugaz referencia a una figura que podríamos definir como editor freelance, es decir, un editor que trabaja por su cuenta y riesgo en un proyecto concreto y lo presenta a un sello editorial ya establecido. Este editor libre sería, sobre todo, un productor de ideas y contenidos que luego trataría de contagiar, con todo el buen criterio y el entusiasmo de los que fuera capaz, a un posible editor final del libro. Es evidente que, por muy buena que sea la idea desde un punto de vista literario, por muy trabajados que estén los contenidos y por muy fuerte que empujara ese entusiasmo, la decisión del editor final siempre dependerá de otros condicionantes lógicos, como la rentabilidad comercial, la adecuación del proyecto a sus colecciones y los compromisos previos de su programa. Además, si se me apura, queda un componente subjetivo, nada desdeñable, que puede terminar de definir el sí o el no. Hay editores a quienes no les gustan las antologías o los cuentos, sin más, otros editores que se dejan guiar demasiado por las firmas y aún los hay que, simplemente, toman decisiones por otros motivos, a menudo extraliterarios. Así pues, cuando ese editor freelance presenta un proyecto ha de estar preparado para cualquier tipo de respuesta y aceptar que no basta con el criterio literario, que el mundo editorial no deja de ser un negocio en el que muchos editores comprometen su esfuerzo, su tiempo y su capital, y que en ese negocio no dejan de participar personas que toman decisiones, a veces equivocadas y a veces acertadas, bajo premisas que tal vez se le escapan al impulsor original de ese proyecto. A veces, más allá de la rentabilidad y del criterio literario, el deseo de un editor no coincide con el de otro y no hay más. Si, por ejemplo, el editor freelance está pensando en una antología de nuevos escritores egipcios y el editor final da una negativa por respuesta porque ha decidido publicar una antología de relatos sobre escarabajos peloteros subsaharianos, no hay que echarse las manos a la cabeza, sino seguir adelante y buscar otro editor, menos miope, más audaz o, simplemente, más interesado en la literatura egipcia que en la fauna del Alto Nilo.

De esas antologías que tengo entre manos, alguna es más que probable que termine durmiendo el sueño de los justos, porque su naturaleza implica un volumen de trabajo considerable y su publicación tendría un dudoso interés para la mayoría de editores desde el punto de vista comercial. Los autores noveles, a priori, no son un buen negocio. Sucede algo parecido con otro proyecto en el que me he embarcado hace unos meses y que coordino junto a otra persona, aunque en este caso hay algunos nombres conocidos en la lista y el tema de fondo es literariamente muy atractivo, pero de nuevo los editores parecen torcer el gesto cuando uno quiere apostar por escritores jóvenes.

Mis otros tres proyectos son, si cabe, todavía más ambiciosos (y hablo siempre desde una perspectiva literaria, y no sólo porque en estos las firmas sean ya de cierto peso específico en el mundo editorial, si nos ponemos a hablar su idioma). Una de estas tres antologías tiene una temática muy definida, aunque desborde las orillas de varios géneros literarios, y en estos momentos su borrador se encuentra en manos de unos editores de quienes valoro mucho su trayectoria, a la espera de una respuesta que me lleve a volcarme con ellos o a seguir llamando a otras puertas. Las otras dos antologías, que llevan más tiempo gestándose en mi cabeza, en unos cuantos folios de apuntes y en muchas horas de lectura y de estudio, tenían su espacio reservado para esa editorial futurible que todavía espero montar algún día. Sin embargo, se han cruzado en mi camino cuatro editoriales independientes que poseen el perfil perfecto para su publicación y he decidido ofrecerles mis ideas a estos sellos, dos de los cuales, por el momento, las han acogido con cierto entusiasmo y se han adelantado en mis preferencias, aunque fuera por mera complicidad. En fin, con un poco de suerte es posible que 2010 sea un año de muchas sorpresas y unas cuantas buenas noticias para el cuento, para los cuentistas, para este hiperactivo Bellver y, sobre todo, para los lectores.

Pero, ¿a santo de qué comento todo esto hoy, aquí y, sobre todo, así? Bien, el caso es que de todos estos proyectos voy a sacar un partido que no tiene nada que ver con lo económico. Por las condiciones que propongo y negocio con varias editoriales, mi remuneración será más bien testimonial, así que la satisfacción va por otros derroteros. Primero, como es lógico, un editor se hace editando y todo esto me aporta experiencia, algo de currículum, unos cuantos contactos y más ideas para el futuro. Segundo, y aunque también hay malos ratos, sinsabores y decepciones, me divierto muchísimo trabajando en todo esto, me apasiona saber que de alguna manera dará fruto un día y que un puñado de autores y yo habremos sido capaces de llevar a buen puerto este barco, aunque a veces naufraguemos. Pero, sobre todo, lo que saco de todos estos proyectos y de todo este caudal de ilusión tiene que ver con lo literario y me sigue formando como escritor, como lector y como crítico sui géneris. Gracias a las horas de lectura y selección de relatos inéditos y publicados, de revisión y estudio de textos críticos y teóricos previos, de un arduo trabajo de reflexión y escritura en los diferentes prólogos y del trato directo con escritores y editores de todo tipo, mi perspectiva sobre el cuento se amplía, mis conocimientos abarcan propuestas y experiencias que antaño me pasaron desapercibidas y mi noción de lo que es, puede ser y debería ser el relato contemporáneo va afianzándose en sus principios fundamentales pero va cobrando también nuevos matices y abriéndose a un cuestionamiento inevitable, que me devuelve a cierto punto de partida.

¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Qué derivas, qué inercias, qué caminos trillados y qué nuevos rumbos está tomando el cuento hoy en día? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? Ciñámonos, por tratar un marco asumible, a lo que se está publicando en los últimos años en España. ¿Qué títulos o qué autores están trabajando de veras una renovación del cuento? ¿Hay espacio para propuestas diferentes, aunque estas insistan en vías ya de sobra recorridas por la narrativa española reciente? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de afinidad y apetencia de los autores y lectores? ¿Todo lo que publican las editoriales obedece sólo a cuestiones de sus departamentos comerciales o todavía hay editores irreductibles que apuestan por la literatura a cualquier precio? ¿Existen de veras las editoriales independientes, independientes del mercado, quiero decir? ¿No es eso una quimera, un absurdo? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Se practica ese ejercicio de equilibrio? ¿La crítica mantiene su papel de preceptora autónoma o se ha rendido a la ley de la compensación y los vasos comunicantes? ¿Hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿Pueden o deben dedicarse a la crítica literaria aquellos autores que también participan o anhelan participar en el mercado editorial? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada, no viciada por otras aspiraciones? ¿Debiera especificarse un criterio universal como mínimo común divisor para señalar lo que tiene o no calidad literaria y lo que puede o no renovar los discursos del cuento? ¿A quién le corresponde esa tarea? ¿Y los autores, no debieran ser los primeros críticos de sí mismos, lejos de la autocomplacencia? Permitidme esta actitud tan poco asertiva, tan inquisitiva, pero no quiero sentar cátedra sobre un asunto que, desde luego, acepta múltiples miradas. Simplemente, me preocupa que el cuento no esté hoy lloviendo sobre mojado. El cuento, mañana, vendrá de estas lluvias, y depende de todas las partes (autores, editores, críticos y lectores) que los lodos no ahoguen la capacidad del relato breve para cuestionar lo real, su vocación de maravilla y estremecimiento, esa naturaleza que un buen día atrapó al lector y le hizo ver que la vida era posible entre palabras.

Se está escribiendo mucho cuento en España y, a veces, se está escribiendo incluso buen cuento, desde un punto de vista formal. Cuando se ha dicho, y lo hemos dicho muchos, que el cuento comienza a gozar de buena salud en este país, uno ha interpretado que ya va siendo hora de abandonar el discurso de la queja, que si el cuento no tiene más presencia en los medios tal vez sea porque los medios tradicionales están demasiado condicionados por las inercias habituales del mercado editorial, que al cuento no le hace falta parecerse a otra cosa, y que, si bien poco a poco va ganando su espacio, tal vez su hábitat natural sea siempre periférico, como, no nos engañemos, le sucede a menudo a toda buena literatura. Pretender ocupar el cauce principal con el cuento es nadar contra la corriente. Ahora bien, de un tiempo a esta parte observo con una tibia preocupación que esa buena salud del cuento español se está quedando en la superficie. Porque sí, se publican cada vez más libros de relatos, y algunos incluso ganan cierta visibilidad, a través de importantes premios, a veces en algunos medios y de vez en cuando en las mesas de las librerías. Pero he de retomar mis dudas, he de volver a preguntarme y a preguntaros en voz alta si no estamos desactivando entre todos el potencial socavador y vivo del cuento en aras de la literatura de entretenimiento, de las mismas estrategias de producción y consumo que algunos cuentistas dicen despreciar, del placebo para todos y ninguna herida por la que respire una literatura nueva.

No venga nadie a darme la palmadita en la espalda ni a hablarme de pureza o de partidas de ajedrez. Sé muy bien cómo funciona este mundo, conozco sus reglas y soy lo suficientemente humano (es decir, contradictorio) como para desear sacar adelante mis proyectos, ahora como editor, pronto como escritor. Pero, sobre todo como lector, y como lector de cuentos en particular, creo que estamos ante un momento clave y delicado, al menos en el ámbito hispano. Supongo que es lícita la voluntad de todo escritor (como la mía propia) de hacer carrera, de vivir de la escritura si los planetas se alinearan, de dedicarse a lo que a uno le gusta sin tener que prostituir demasiadas horas en cualquier otra actividad profesional. En fin, escribimos, y nos apetece que alguien lea un día nuestro trabajo y nos pase de vez en cuando la mano por el lomo. Somos humanos. No hay nada malo en todo ello. Ahora bien, esa buena salud del cuento podría asentarse en un estado mucho más profundo de las cosas, para que el diagnóstico asegurara un cuento vivo el día de mañana. De lo contrario, si todo lo que anotamos como saludable en el cuento tiene que ver con la cantidad de títulos publicados, con la incidencia de estos en los medios o con la omnipresencia de algunos cuentistas, el futuro del cuento incuba el virus del tedio.

Pienso en voz alta. Escribo a vuelapluma. Creo que cada vez más escribo para los lectores, y no para el gremio, no para los demás escritores, no por la aprobación de nadie. Este espacio es sólo un cuaderno, un balcón abierto, una tertulia por turnos. Demonios, sólo es una bitácora, pero me basta para cuestionarme todo esto, para preguntarme y preguntaros si de veras el cuento goza de buena salud desde un punto de vista literario y creativo. Porque no lo sé, de veras, ya no estoy seguro. Cuanto más leo, cuanto más investigo, cuanto más estudio, cuantos más talleres imparto (con todo lo bueno y lo malo que tiene la escritura en un taller), cuantos más libros nuevos de relatos llegan a mi buzón (y cuando no hablo de ellos, no significa sólo que no me gusten, pues no todos los que omito están mal escritos, pero me desconciertan y no sé cómo abordar su crítica sin cuestionarme el futuro del cuento, si es que esos libros se quieren hacer pasar como buenos o, peor aún, como nuevos), cuanto más leo, edito y escribo, más me pregunto qué caminos le quedan al cuento para no morir de demasiada buena salud, para no atascarse en estos lodos, para poder llover con fuerza otra vez sobre aquél lector al que un día maravilló y le hizo temblar, con las manos abiertas y heridas, como recibe un niño la vida.

Insisto. ¿Qué es, exactamente, el relato contemporáneo? ¿Se está haciendo algo realmente innovador en el cuento? ¿Puede un libro formalmente bien escrito, como De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, aportar algo nuevo si en 2009 trabaja premisas y modos de los clásicos orientales, de Borges o de los románticos ingleses? ¿Queda todavía espacio para esa innovación en un tiempo en el que ya todo parece haber sido escrito? ¿Nos hemos quedado en Tizón, Zapata, G. Navarro y Monzó como los últimos grandes bisontes blancos que hicieron algo de veras nuevo en el cuento? ¿Tiene sentido escribir Con la soga al cuello, de Flavia Company, si ya se ha hecho tantas veces antes y si la redacción austera y literal no se entiende como otra forma de exceso estético, de postura retórica, al fin? ¿Qué títulos o qué autores están trabajando entonces una renovación del cuento? ¿No son más viejas que el tebeo las propuestas de Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, de Carlos Salem, gran tipo, o de Materia prima, de Francesc Serés, tipo listo? ¿Acaso da igual que no pretendan la novedad? ¿No es el propio título de Quédate donde estás, de Miguel Ángel Muñoz, una broma involuntaria y toda una declaración de principios que inhabilita cualquier riesgo literario, como luego sucede en sus cuentos? ¿Estamos, al final, ante una simple cuestión de subjetividad, afinidad y apetencia de autores y lectores? ¿Tienen el realismo castellano en La marca de Creta, de Oscar Esquivias o el neorrealismo generacional en Los borrachos de mi vida, de Nuria Labari, su cuota fija de lectores, su nuevo público objetivo? ¿Lo saben las editoriales? ¿Quedan o no editores irreductibles que apuesten por la literatura a cualquier precio? ¿Qué es literatura de riesgo (y me cuestiono a mí mismo): la fría audacia conceptual de Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra; la demasiada perfección técnica de Sicilia, invierno, de Ignacio Ferrando; el trabajo demorado de Como una historia de terror, de Jon Bilbao; la sutil crueldad de La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; el chiste sostenido de España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki o la deriva estética de La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira? ¿Arriesgar qué? ¿Por qué se acepta desde hace años como bueno el cuento encajado con precisión de relojero, si el cuento es una criatura viva e impredecible, si después de desmontar y volver a montar su mecanismo siempre quedaría una pieza fuera, prodigiosamente inútil? ¿Por qué Calcedo o Merino tienen más predicamento que Panero? ¿Por qué no se aprecia hoy en día el valor de una grieta, de una fisura, de un espacio de penumbra en el cuento? ¿Por qué tantos editores sólo quieren cuentos narrativos, que se entiendan, claritos y con buena letra? ¿Rechazarían un original de Kafka o de Beckett en 2009, si fuera firmado por un novel que no entiende cómo funciona este mundo editorial? ¿Por qué ya nadie lee otras capas por debajo de la primera lectura, por qué ya no hay discurso latente más allá de lo explícito? ¿Por qué esta adoración de la forma, del becerro de oro, y tan poco espíritu de búsqueda? ¿Se puede conciliar el criterio literario con la viabilidad de la edición? ¿Qué libro habrá vendido más ejemplares, después de todo, El trabajo os hará libres, de Espido Freire; Manderley en venta, de Patricia Esteban Erlés; Oficios, de Juan Carlos Márquez; El deseo de ser alguien en la vida, de Fernando Cañero; Submáquina, de Esther García Llovet; Carne, de Eider Rodríguez; Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón; Estancos del Chiado, de Fernando Clemot; Órbita, de Miguel Serrano Larraz; Los objetos nos llaman, de Juan José Millás…? ¿Significaría algo, realmente, que el peor libro fuera el más vendido y el mejor un desconocido, o todo lo contrario? ¿Después de todo, qué libros de cuentos, o qué relatos, siquiera, recordará la gente dentro de cinco o diez años? ¿No iba de eso, la literatura, de rasgar para perdurar?

En definitiva, la gran pregunta regresa: ¿hay de veras un espacio para la crítica independiente? ¿No estaba justo aquí, en las bitácoras, en las revistas digitales, en cualquier página en la que escribiera la gente por amor al arte y sin rendirle cuentas a nadie? ¿No nos vamos a cargar entre todos ese espacio alternativo bailándole el agua al mercado, a las editoriales en las que querremos publicar un día nuestros cuentecitos, a los autores que nos hacen un poco de caso, a los lectores que comulgan con ruedas de molino? ¿Cómo reconocer una crítica desinteresada? ¿Por qué parece siempre que en este país de letras hay que jugarse el tipo, el futuro y la agenda si uno quiere decir de veras lo que piensa? ¿Y qué dicen los lectores? ¿Qué dicen los lectores, qué piensan de todo esto, qué les pasa por la cabeza cuando tienen un libro en la mano, una reseña delante, un autor en la sala? ¿Lee la gente en realidad, y de la poca que lee, cuánta lee bien? ¿Quién educa al lector, si medios, editores y autores son parte interesada, si el lector es para ellos un cliente? ¿Y ese lector que lee mucho y lee bien, de veras lee cuento? ¿Le importa a alguien, todo esto? ¿Y si al final dan lo mismo la búsqueda o el arte y un escritor escribe porque es lo que cree que sabe hacer, y un editor edita porque es lo que quiere hacer, y juntos lo venden, y unos lo compran y otros no, y no hay más, y eso del compromiso literario es un camelo? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Qué será del cuento, mañana?

31/10/09

Crónicas de un hombre-rana en Barcelona (I).

André Breton: ¿Los objetos de orden mágico tienen posibilidades de inserción en nuestra vida personal?

Juan Eduardo Cirlot: […] Al fin encontré un pedazo de arbusto quemado; con un fervoroso cuidado, lo tomé en mis manos y me lo llevé a mi casa, donde todavía lo conservo. Este «resto de fuego» me dice más de Schönberg que todos los libros y todas las partituras. Es así como llevo mi vida y mis problemas, como todos los hombres, frente a la invisible muralla del destino.

Cirlot en Vallcarca (Alpha Decay, 2008, p. 41-42)


Lunes, 19 de octubre de 2009.


Consigo un billete de última hora en el AVE a Barcelona. Hay algo en todo lo imprevisible que, sin obedecer a la lógica, me hace sentir humano. Tal vez sea la posibilidad de que todo se vaya al garete lo que mantenga mis sentidos alerta y me recuerde que vivir de veras es, sobre todo, improvisar. Tengo el tiempo justo, así que meto algunos libros en la maleta. No son para leer, son regalos para los viejos y los nuevos amigos. Como una maldición para mis horas muertas en los viajes, me mareo casi siempre que leo en movimiento, no importa el medio de transporte; por eso la lectura es para mí una forma de quietud, de espera, de convalecencia, que diría mon cher.

Atocha, el jardín húmedo y las tortugas. Viajeros, escobas, policías en cochecitos de golf, azafatas ariscas, estatuas con ojeras y algún hombre casado que merodea en la puerta de los lavabos, traje de ganador, maletín en mano y susurrando, a la caza de su ración diaria de cruising con algún bakala de hormonas revolucionadas. No puedo evitarlo, pero nunca he confiado en las corbatas.

La calle Téllez, la fosa invisible a cielo abierto. Los suburbios. Tomar velocidad. Guadalajara. El páramo. Mensajes al móvil y algún vistazo a la prensa en un vagón semivacío me salvan de una extraña sensación: en algunos tramos, la oscuridad es total ahí fuera, no hay luna, ni estrellas, ni puntos de luz en el horizonte. Por momentos, creo estar en el vientre de una anguila de luz que cruza el fondo de algún yermo submarino. Se lo escribo en ciento sesenta caracteres a una librera. Tomo uno con leche en la cafetería. Se me acerca un hombre con corbata. Se tambalea pero no parece peligroso. Se tambalea por los botellines, no es el AVE, no parece peligroso. Sólo tira un papel al suelo, como si aún estuviera en una taberna de Madrid y no en la barra del coche cafetería del AVE. Le etiqueto como inofensivo porque no se preocupa en parecer educado y además le mira el culo a la azafata. Regreso a mi asiento, al vagón semivacío, al vientre de la anguila y miro las fotografías de la revista Paisajes (ya he dicho que, viajando, apenas puedo leer dos párrafos seguidos sin marearme). Soy un Jonás postpoético. La película que cuelga del techo es infumable. Guerreros y mamporros al estilo Conan pero en versión marca blanca. Épica de Carrefour.

Llego pasada la medianoche a Sants y cambio la anguila por gusanos que horadan las tripas de la ciudad (el nuevo túnel del AVE se tragará la Sagrada Familia cualquier día; eso sí será como los gusanos aquellos de Dune, para verlo). El metro de Barcelona no está pensado para acarrear maletas. Salgo a la superficie en la boca de metro Monumental, mi barrio de siempre (quince años fuera y la sensación sigue siendo la misma). Bajo la penumbra amarilla de las farolas, la puerta principal de la plaza de toros parece la boca de un dragón jubilado, sin dientes, casi inofensivo, sin corbata. El catalán en los rótulos ("Sol i ombra") me hace pensar en la desubicación, en la cabra y el garaje, en la cabra como cebo, atada a las afueras del pueblo, por si el dragón picara el anzuelo, aceptara su cena y se le pudiera dar el descabello todavía dormido.

Para mí, la plaza Monumental de Barcelona siempre fue otra cosa. Nunca me interesó demasiado el asunto taurino, ni para desgañitarme a las puertas de la tortura, ni para hacer un panegírico trasnochado y pedante al estilo Dragó-Boadella. Para mí la Monumental fue siempre el tugurio triste de los circos, los fuegos artificiales y las hogueras de Sant Joan, coca y cava en la terraza, mis primeros conciertos de rock de los ochenta, Bob Marley o Rod Stewart atronando, amortiguados, por la Gran Vía, hasta la terraza, en un tercer piso, desde la que me asomaba al verano. Luego vendrían Metallica o Iron Maiden y mis primeros cabezazos sobre el albero, qué faena, dos orejas y el rabo para aquellos grandes cabrones del metal. Vendrían también los muslos de una morena en mis orejas, primero a caballo sobre mis hombros en un concierto de Eros Ramazotti, luego cobrándome el detalle, mi cara entre sus muslos y el primer sabor del fuego en la boca. Qué faena. Las dos orejas. Y el rabo.

Antes de llegar a casa (a la que hoy es la casa de mi hermana), paso por un punto del Bicing y observo una solitaria bicicleta, anclada pero hecha añicos, doblada sobre sí misma, destrozada quizá por la rabia de un borracho que no ha podido robarla para ahorrarse una caminata. Ahí, retorcida y amarrada, parece un toro de lidia a punto para el despiece, o una cabra mordida por un dragón más listo. La ira de los perdedores es perra vieja y no suele morder los anzuelos. Los perdedores son de fiar, no llevan corbata y gritan cuando torean bicicletas. Matadores de bar, picadores a pedales.

Cruzo la Gran Vía, observo los bulbos blancuzcos y morunos de la Monumental, recuerdo aquellas gaviotas que los coronaban, cuando aprendieron a cazar palomas y a despellejarlas luego sobre el tejado de la iglesia de enfrente, bajo mi ventana. Veo de lejos la punta de la torre Agbar, esa mole fálica que parece un remedo de los bulbos de azulejo de la Monumental. Me distraigo lo justo, y un claxon me detiene en el bordillo. Pasa una sombra negra y amarilla, un taxi Citroën. Mientras se aleja, el hombre, como una estatua al volante de un abejorro de metal, me da la bienvenida con un insulto en catalán y una peineta. Es el mismo cruce en el que me atropelló de niño una furgoneta Dos caballos. Por no estar alerta, casi me mata a los nueve años una furgoneta azul de hojalata, en el mismo cruce, ahora con paso de cebra y semáforo. Ahora con una paloma muerta y destripada en ese paso de cebra, a las puertas de la iglesia del Roser, a diez metros de mi portal. Los resortes del destino son imprevisibles. Estoy vivo. Tengo el tiempo justo. Estoy en casa y presiento grandes cosas. Es hora de improvisar.

30/10/09

Microrregalo.

El pasado 22 de octubre, para celebrar las cien mil visitas en su página, el escritor Juan Carlos Márquez ofreció a sus lectores el relato «El progreso», que forma parte del original que quedó finalista del premio Ribera del Duero. Causa cierta sorpresa que dicha colección de cuentos no se haya convertido ya en libro, a estas alturas, sobre todo cuando el ritmo de publicaciones en relato está rozando la saturación en este último trimestre del año. Saturación por títulos desde diversas editoriales y sin embargo, salvo heroicas excepciones, desolación en las propuestas literarias. En fin, cosas del mundo editorial.

Yo, que todavía soy un escritor pequeño y torpón, y que saco adelante esta página que, contra viento y marea, ha pasado ya de los cien mil visitantes en sus pocos años de vida, no tengo gran cosa que ofreceros. Mi agradecimiento. Mi gratitud hecha sorpresa, a menudo, por el hecho de que siga habiendo lectores al otro lado. Por eso, porque me sigue pareciendo inaudito que, entre toda esta marea de bitácoras, libros, revistas y panfletos, alguien encuentre unos minutos para leer mis derivas, quiero haceros un microrregalo. Lo escribí para ese concurso al que todo Dios ha mandado un micro, pero me temo que no se ha comido una rosca. Por algo será. De hecho, creo que esta historia es más el germen de un relato breve, de tres o cuatro páginas, que un microrrelato en sentido estricto. Así que no hay mal que por bien no venga: aprender a renunciar siempre es una buena escuela para el escritor. No sé si este chico sin brazos pasará de aquí, ni si me apetece o viene a cuento contar su deseo en 1.000 palabras, en vez de 100. Pero mientras preparo algunas reseñas, un nuevo curso de literatura de viajes, dos artículos, una crónica y tres antologías (arf, arf... un momento, que respiro), ahí os lo dejo. Creo que, de haberlo recibido en el Diomedea, igual también me lo cargaba.
Feliz fin de semana a todos.

AJENJO



EL CHICO SIN BRAZOS sueña con ser médico.
Dejó a la madre y a las siamesas en su granja de Ucrania y llegó aquí para comprender cómo juega la genética con las piezas del cuerpo: sus manos le nacen de los hombros como brotes en un tubérculo rancio.
Los otros estudiantes se mofaban de él, le empujaban para hacerle caer o le llamaban dinosaurio. Un día, el chico sin brazos embistió a uno de segundo y le arrancó la lengua de un mordisco, con una furia antediluviana.
Ahora, en su celda, cada noche atenaza el diccionario con sus manos terribles y aprende una palabra nueva.
Ya va por «ajedrez».
«Ajenjo» es propiedad de © Sergi Bellver 2009.

19/10/09

Breves y agenda.

(entrada actualizada a 19.10.09)

Durante la semana que hoy empieza estaré en Barcelona, encontrándome con editores, autores, libreros y amigos, y me apetece daros noticia de algún que otro evento, por si os puede interesar. También aprovecho esta entrada para compartir ciertas actividades de algunos amigos de esta bitácora y comunicaros un par de asuntos, amargo uno (ver mi comentario a esta entrada), ilusionante el otro.

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El martes, día 20, a las 19 horas, tengo una cita en la que me haría especial ilusión encontrar a algunos de los amigos y lectores de esta bitácora que residen en Barcelona:

Dentro del ciclo de tertulias Vine a fer un café amb ("Ven a tomar un café con") de la Biblioteca Francesca Bonnemaison, y en la Sala Dante, Jordi Corominas i Julián y un servidor charlaremos acerca del presente y del futuro de la edición independiente.

Os paso los enlaces (en catalán):

Vine a fer un café amb, a l'Espai Francesca Bonnemaison

También aquí.

Y si os apetece, en el mismo espacio se encuentra el Centre de Cultura de Dones ("Centro de Cultura de Mujeres").

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El próximo jueves 22 se inaugura oficialmente el nuevo curso 2009-2010 en L'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès, toda una institución cultural en la ciudad. Allí estaremos algunos profesores del centro hermanado, Escuela de Escritores de Madrid.

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El lunes, día 19, se inicia en la librería Laie de Pau Claris una serie de conferencias que promete mucho (atentos a Laura Borràs) y que está relacionada con nuestra actividad al frente de bitácoras literarias, colaborando con revistas digitales y demás. Copio de la página de la librería:

Ciclo de literatura digital

"Las posibilidades de creación y difusión de la literatura que ofrece actualmente la tecnología, implica frecuentemente un cambio radical en la manera de entenderla (nuevos géneros, problematización de la noción de autoría, hibridación con otras disciplinas) y en la manera de leerla e interpretarla. Estas sesiones quieren ofrecer al público interesado en la literatura las herramientas bàsicas para navegar a través de un nuevo mundo de letras."

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El martes, día 20, a las 20.30 horas, y tras la tertulia en la Bonnemaison, Jordi Corominas y un servidor iremos a la fiesta de Alpha Decay en el Minusa Club (C/ Valencia, 166), donde presentará sus libros Matar en Barcelona, Socorrismo y Cul-de-sac. Se rumorea que Antonio Luque/Señor Chinarro está preparando una canción especial e inédita para el evento. Pasaros por allí, será divertido, punk e inolvidable, como fue ya en Madrid.

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Gracias a nuestro amigo Iván Humanes me entero de que el Área de Cultura Contemporánea de Fedelatina y el Laboratorio de Escritura han organizado una actividad que estoy seguro que interesará a muchos: Roda el món 2009 (ver página para conocer todos los detalles), primer ciclo de literatura latinoamericana y catalana, una serie de mesas redondas y talleres que tendrán lugar las tardes del 22 y 23 de octubre, jueves y viernes, en Casa Elizalde.

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Los bloggers y camaradas Pepe Cervera y Francisco Ortiz publican nuevo libro. Con motivo de su reciente libro de relatos Conozco un atajo que te llevará al infierno (Ediciones de Aquí), Pepe ha sido entrevistado en El Síndrome Chéjov. Por otra parte, está a punto de aparecer Última noche en Granada (Mira Editores), de Francisco Ortiz.

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Carmen Moreno, poeta entre otras cosas, arranca una nueva página,
Letratlántica, con una entrevista al loopoético y ubicuo Jordi Corominas. Mucha suerte en esta nueva singladura, Carmen.

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Están a punto de aparecer dos antologías de relatos más que apetecibles (sutilmente relacionadas y con algunos buenos escritores amigos en ellas), y para cada una se ha confeccionado una bitácora en Blogger que podréis seguir desde este momento: Antología hispánica del cuento Beatle (Páginas de Espuma) y Asamblea portátil. Muestrario de narradores iberoamericanos, con selección y prólogo de Salvador Luis Raggio (Editorial Casatomada), de la que daré más detalles en breve y con algunas jugosas sorpresas.

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A partir del próximo martes y hasta el lunes, día 26, es posible que vaya publicando de manera diaria en esta bitácora una crónica impresionista de este viaje a mi ciudad natal, que no visito desde hace demasiados meses.

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No puedo revelar más datos por ahora, pero acaban de confirmarme una complicidad que va a hacer que 2010 se convierta en un año muy especial para mí, para el cuento y también, si se me permite, para todos vosotros que amáis el relato breve (con perdón por la expresión, tan cierta como "cursi").

Feliz semana a todos.

14/10/09

Deriva en Facebook.

[escritura compulsiva o handing]


Sergi Bellver en el fondo, y en tierra firme, no ha dejado nunca de ser un hombre-rana

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Quisiera unas mandíbulas como las de Ed Harris o Vigo Mortensen, para encajar mejor el cuello del traje de hombre-rana

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Y un piano de (cara)cola para hundirme con dignidad, con una melodía de algas y notas amortiguadas por la corriente

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nadie estaba allí para hacer fotos cuando crucé la estepa salina, vestido de hombre-rana, dejando un imposible rastro de goterones negros, ya a muchas millas del Mar de Aral

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Una vez, cuando alcancé la escalinata de la Plaza San Marcos (me crucé a Jan Morris meando de pie al borde del Gran Canal), sólo tuve que avanzar a tientas, como un lenguado de tinta, entre los tobillos desnudos de la gente y las tarimas contra la inundación, hasta alcanzar uno de esos Campi en los que una vez abofeteé a Tadzio

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Fue duro, pero bello, muy hermoso, darme la vuelta, cerrar los ojos y sumergirme poco a poco en las tibias aguas del Sena, mientras el vestido de aquella mujer seguía insultándome, como una vela rota. Mi silueta todavía se marca en el limo del río, junto a l'île de Saint Louis, y tiene el contorno exacto de un pecio vikingo.

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Recuerdo todas las ciudades en las que no he sabido naufragar: Madrid, Berlín, Zaragoza, Santiago de Chile... en todas me ahogué en asfalto y polvo. De todas quise escapar hacia los acantilados, hacia el borde del mundo, hasta la bendición del vértigo un segundo antes de dejarme caer en el oleaje, de partirme la crisma y volver a casa.
No es bueno que un hombre-rana esté seco.

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Cuando emerjo en Lisboa nunca noto la diferencia entre el agua y la tierra. Tomar el eléctrico 28 (el conductor siempre me obliga a permanecer de pie, no quiere que le moje el asiento y las aletas molestan a otros viajeros) es como bucear junto al bote, con las lamas de madera pulidas por el tiempo. Cuando salto por la borda del 28 en Baixa, cruzo la Plaza del Comercio y me hundo en el Tajo, todavía me acompaña una melodía de chelo que se me pega al traje de hombre-rana como alquitrán.
Lisboa también es anfibia.

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Nadie sobre la tierra es consciente de mi infinita paciencia. Cultivada en las bodegas de buques hundidos, en las cabinas de aviones derribados sobre el Pacífico, junto al esqueleto de un animal que jamás descubrirá la Ciencia, mi paciencia de hombre-rana es capaz de hacerme olvidar toda ofensa.

Sin embargo, en el ascenso, cuando las burbujas me marean y el pecho se expande, empuño con fuerza un cuchillo, ansioso por alcanzar la superficie para diluir la sangre del otro en el océano.

Soy una criatura anfibia.

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En los años veinte crucé el Atlántico a pie, con un juego de lastres de plomo en la cintura. Descubrí los restos del Titanic antes que nadie. Llegué a encontrar la biblioteca, pero los libros se me deshicieron entre los dedos. De la pasta macilenta de lo que fue un ejemplar de La Odisea salió una morena que me mordió en los riñones. Un mes más tarde varé en una playa de Irlanda y, mientras remendaba mi traje de hombre-rana y bebía vino caliente, le conté toda la historia a un joven James Joyce.

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5/10/09

Barcelona me mata.

Título: Matar en Barcelona
Autores: Raúl Argemí, Javier Calvo, Darío Hernando, Sebastià Jovani, Mara Faye Lethem, Antonio Luque, Elena Medel, Sabino Méndez, Llucia Ramis, Francesc Serés, Manuel Vilas y Gabriela Wiener
Edita: Alpha Decay (edición a cargo de Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián)
ISBN: 978-84-937269-5-9

(deriva crítica publicada en la revista Calidoscopio)




UNA CIUDAD


A punta de navaja
Besándola una vez más

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «La mataré»


Los libros se producen, pero la buena literatura se comete, como cualquier otro crimen. Los editores de Matar en Barcelona, Ana S. Pareja y Jordi Corominas i Julián, han planeado un asesinato simbólico para el que no caben atenuantes, y han degollado la imagen burguesa y circunspecta de Barcelona, dejando sobre el callejero la silueta en tiza de su cadáver.

Cada ciudad tiene su propio mapa criminal, y algunos ya forman parte del imaginario colectivo: Chicago o Nueva York tuvieron la mafia y Scorsese o Coppola se encargaron de traducir lo real a la ficción para instaurar el mito; Ciudad Juárez o el DF le cantan narcocorridos a sus delincuentes; la camorra sigue tan operativa en Nápoles como para que Saviano deba imitar a Rushdie; las capitales centroamericanas son feudo de las maras y a la postsoviética y desmesurada Moscú no la reconocería ni el camarada Stalin si levantara la cabeza. Sin embargo, no existen un crimen organizado ni un forajido legendario que puedan exportar una imagen idealizada de la Barcelona negra. Si los hubiera, la marca Barcelona ya se habría encargado de convertirlos en merchandising, pero lo cierto es que sólo hay delincuencia desarrapada, prostitución y restos de naufragios vitales que el Ayuntamiento y la Generalitat se encargan de etiquetar y recluir en guetos como el Raval, alejados de las clases pudientes. Las mismas que, como otra clase de pudor (en catalán: «peste»), operan desde la zona alta como verdaderas mafias de la ciudad, las de los especuladores inmobiliarios, políticos y financieros. Pero a pesar de sus modos caciquiles, esas sagas familiares no son los Corleone ni ofrecen carnaza para los mitómanos. Pasando de largo por las miserias del semejante, cada vez Barcelona se adormece en una suerte de cruzada cívica que llega hasta la náusea, tanto que, antes de que Barcelona nos mate de tedio, casi dan ganas de empuñar la navaja o la palabra y, con un beso –porque, a pesar de todo, la amamos tanto como la odiamos–, clavársela con saña mientras le susurramos en xarnego al oído «Barcelona, posa’t guapa, que te mato».

Hay un poso desubicado en los textos de este libro, un agobio que tiene ganas de ser grito, o por lo menos queja, como si fuera verdad eso de que no existe un solo lugar donde poderte colgar en Barcelona ciudad (sí, Loquillo y Sabino le pondrán banda sonora a toda esta deriva). No hay vocación de celebrar nada ni de decir lo estupendos que éramos, sino más bien de orear la morgue. Más allá de la bella cubierta del libro, no aparece por ninguna parte ese monolito fálico tan Kubrick de la torre Agbar que ahora, al borde de El Clot, se ha convertido en otra postal de la ciudad. Respira en estas páginas la Barcelona preolímpica, provinciana, llena de hollín y vías muertas que bloqueaban la salida al mar, antes de que la costa dejara de ser el vertedero social del Somorrostro. Por la Barcelona de este libro circulan, aun sin ser mencionados, enormes y lúgubres taxis SEAT 1500, el carraspeo de alguna Montesa Impala, unos cuantos transeúntes que todavía podían reconocer Las Ramblas como algo propio, escolares con la bolsa de Cuates en la mano y la cartera de cuero a la espalda y viajeros apolillados al fondo de los autobuses Pegaso. En esa atmósfera de Matar en Barcelona, alejada del mito preciosista del asesino refinado, reviven también el violador de l’Eixample, la asesina de ancianas o el perturbado de los andenes del metro. Todo este infame libro de familia, que se abre con los crímenes de la calle Ponent de la mano de Javier Calvo, no nos habla de la Barcelona guapa como marca registrada, sino de las huellas que una sociedad desajustada va dejando a su paso, sin que dé tiempo a que nadie borre esas suelas de sangre impresas en el asfalto.



UN LIBRO


Una lástima lo del bourbon
a manos de críticos del rock,
autopistas, calles, qué sé yo,
no nací en los USA, nací en El Clot.

LOQUILLO Y TROGLODITAS,
«Chanel, cocaína y Don Perignon»


Cierto espíritu irreverente y punk, como reza el lema de la nueva colección Héroes Modernos de la editorial Alpha Decay, llevó a su editora, Ana S. Pareja, a convertirse en cómplice de Jordi Corominas i Julián –culpable de darle un toque literario a la crónica de sucesos en la revista BCN Week– y a proponerle a doce autores –no todos tan jóvenes como dice la contracubierta– que revisaran en clave de ficción una serie de crímenes reales, y no necesariamente bajo las premisas habituales del género negro.

En este callejero canallesco de Barcelona uno podría suponer reminiscencias de la mirada de Bigas Luna, de las novelas y los boleros culinarios de Vázquez Montalbán o de la evocación tardía de autores como Juan Marsé. Uno a ratos esperaría encontrar trazos de Vila-Matas o de Quim Monzó, pero lo cierto es que Matar en Barcelona no destila ninguno de esos alcoholes, ni tampoco imita, por fortuna –salvo excepciones–, la cansina resaca de los cuentistas norteamericanos a la hora de tratar el crimen como ficción o de trabajar la real fiction al estilo Capote. Aquí la ebriedad es otra: hay otras maneras de ver la ciudad, de beber de sus sombras y de sus miserias, y casi todos los autores de la antología han conseguido y sabido separarse de esas referencias.

Como en toda antología, hay textos que destacan por encima de la media, pero también es justo decir que esa media general es, desde un punto de vista literario, bastante más coherente de lo que estamos acostumbrados a ver en otras antologías, con lo peligroso que resulta siempre que el criterio del editor quede secuestrado por el compromiso previo, cuando se trata de textos inéditos por encargo, como es el caso.

Matar en Barcelona es sobre todo una buena idea editorial, un proyecto que retoma parte del enfoque de Odio Barcelona (otra iniciativa de Ana S. Pareja en su etapa en Melusina), y apuñala por la espalda a una ciudad desprevenida y demasiado pagada de sí misma. No cabe esperar aquí cuentistas de un canon hipotético ni grandes alegrías para la renovación del relato breve como género. Sí narradores de recorrido y también otros que se estrenan con acierto. Incluso músicos que, como Antonio Luque (Sr. Chinarro), irrumpen de lleno en la narrativa, o como Sabino Méndez (compañero durante muchos años de Loquillo), que ya tiene un bagaje como escritor y ha publicado en sellos como Anagrama.

Cabe señalar siempre como positivo el hecho de incorporar antólogos «externos» a una editorial, como en el caso del dinámico y loopoético Corominas, ya que eso ayuda a dar otro aire a cada proyecto y paso a paso a toda una colección. Es un error insistir en una sola vía o en un único estilo para la narrativa, como le está pasando a varias editoriales de las llamadas independientes. Cada una de estas editoriales ha de dejar su sello en todo lo que hace, pero eso no puede suponer apostar siempre por el mismo patrón. En Matar en Barcelona uno piensa, como culpable y cómplice del cuento, que hubiera estado bien abrir aún más el campo a otras miradas, círculos y estéticas, como debiera hacer toda antología, pero en general Alpha Decay ha acertado en las propuestas y en los discursos del libro, a veces incluso opuestos, como en el caso de Manuel Vilas (quien juega con la historia) y de Francesc Serés (que se toma en serio los detalles).

No estamos por lo tanto ante una antología formal de género negro, como sí intentaba ser, por ejemplo, La lista negra de Salto de Página, y eso le da un valor añadido porque su intención no es la de hacer inventario sino la de reinventar un espacio. En todo caso, el sexo y la muerte, un buen polvo y un mal fiambre –o viceversa–, no nos engañemos, siempre despiertan morbo y ayudan a vender una idea.



DOCE CRÍMENES

Linda sonríe coqueta
y se guarda su secreto,
pues su fuente de energía
es la carne de los muertos.

LOQUILLO Y TROGLODITAS, «Carne para Linda»


Javier Calvo trenza dos historias en «Festival de las luces», y a veces la más potente de las dos recuerda a otro relato suyo, «Los niños perdidos de Londres», o a El señor de las moscas de Golding. Empieza con una voz muy pegada a los niños –víctimas y verdugos al tiempo–, como un testigo que luego, poco a poco, se va desprendiendo del sencillo tono inicial («despachurrado») y deliberadamente descuidado. Luego esa voz parece cobrar conciencia de lo que narra, confundiéndose a ratos con otro tono mucho más forzado («La turbulencia cognitiva afecta al grado de autoconciencia de la historia»), en un interesante pero arriesgado juego narrativo.

La aparición de la bruja hace gala de toda la parafernalia ortodoxa del cine de terror y del cuento clásico. Y es que tal vez el relato de Calvo esté más cerca del terror que del género negro. El espiritismo, una liturgia oscura, los arcanos del tarot y una estructura casi cabalística le dan ese sello al cuento. Si la historia principal recuerda a Golding, Andersen o Poe, la otra remite de manera oportuna a la lucha de clases en La ciudad de los prodigios, como para darle al lector un espacio más allá del infierno particular de la bruja y, como en las películas de Hitchcock, que el efecto se apoye en lo que el lector sabe y los personajes desconocen.

El relato trata, entre otras cosas, del precio que implica asumir la libertad y del otro peaje de la sumisión, a veces más cómodo y «seguro», lo que ofrece una lectura política de la sociedad barcelonesa actual, tibia y adocenada, tan proclive a aceptar las pruebas más frágiles como hitos de un cambio ficticio.


Una lectura apresurada puede dar la impresión de que Gabriela Wiener se ha hecho un lío con los personajes que empujan a la gente a las vías del metro en «Estación de Naves», una narración más contemporánea –y, de paso, subterránea– que la anterior. Pero es un abigarramiento deliberado, del mismo modo que se confunde la masa que viaja en hora punta en el metro de cualquier ciudad del mundo. En este relato se sucede un juego de máscaras (p. 62) propio de la esquizofrénica voz que por fuerza ha de sostener su estructura formal. Aunque existe un peligro evidente de que el lector se pierda, el tratamiento que hace Wiener del tema es acertado.


Raúl Argemí trabaja con oficio y solvencia cierta vertiente fantástica del género negro en «El librero del ángel negro», un texto también nebuloso para que guarde coherencia con ese mismo «opio» narrativo que pide su personaje protagonista, el fraile asesino en diálogo con su sombra particular. Sólo encuentro algunas pegas formales como unos pocos tiempos verbales que no concuerdan, algunos galicismos innecesarios («visaje» o «bastimento») o cierto abuso de los puntos suspensivos (que cuando no se dosifican, no siempre producen suspense en la trama, sino la suspensión del ritmo).


Amén de su texto Socorrismo, también en Alpha Decay, «Me siento haciendo un NO8DO» supone una primera toma de contacto con la narrativa de Antonio Luque, mas allá de su trabajo como letrista bajo la identidad del Sr. Chinarro. Hay unas cuantas objeciones que hacerle al resultado final (incoherencias puntuales en el tono empleado, enfrentando cierta procacidad con un pudor extraño a la hora de retratar una escena lésbica; algunas frases excesivas; ciertos titubeos iniciales al presentar al personaje; etcétera), pero lo importante es que Luque se descubre como un narrador muy interesante.

Casi todos los desajustes del relato tienen que ver con algo muy común en ciertos escritores de talento: se saben escribiendo, en vez de dejarse ir en la historia, y quieren demostrar la valía, lo que produce un texto acumulativo que peca por exceso. Le vendrá bien al autor moderar y dosificar su potencial, ya que siguiendo el juego de palabras del título, el relato de Luque echa mano de un realismo social y biográfico que sí tiene bastante de No&Do. Pero un cuento –que se parece mas a una canción de lo que cree el Sr. Chinarro– no debiera hacer inventario de una vida (¿no está ya la novela tradicional para eso?) sino disparar un fogonazo sobre un fragmento en el que se ilumina lo que esa vida puede ser.


Sabino Méndez, otro músico que no es nuevo en esto pues ya ha publicado narrativa, muestra en «Otra carta robada» un texto serio, impecable, con una voz creíble y coherente, donde, como en toda buena literatura, no importan tanto el tema o el enfoque. Hay en ese relato alguna frase muy atinada sobre el acto mismo de escribir (con intención literaria): «Si toda esa verborrea que vertimos en los papeles no va a servir para entregar un simple y pequeño pedazo de verdad […], por sucio y roto que sea ese fragmento entonces ¿para qué demonios nos va a servir la escritura?» (p. 129). Méndez establece un diálogo consigo mismo y no tanto con el otro, ni con el interpelado en el texto, ni siquiera con el lector, en uno de los mejores relatos de la antología.


Francesc Serés trata el tema del suicidio y da cuenta –una vez más– de su sólida narrativa, sobria, tan libre de adornos y tan realista que a ratos resulta casi espartana. Sin embargo, en su relato «Morir en Barcelona» eso sanea la forma, el ritmo de la frase, que avanza sin lastre, pero no el planteamiento, ya que Serés decide que el relato se detenga en circunstancias y detalles cotidianos que le dan a algunos pasajes un tono entre informativo y notarial. A veces esa misma apuesta innegociable de Serés por la sobriedad puede dejar al lector con ganas de algo más. Cualquiera diría que escribe desde el mismo marco geográfico y cultural que Jesús Moncada, sin ir más lejos, cuyos textos, sin caer en la cenefa inútil, sí cuidan un poco más la palabra.


Para romper por completo la continuidad tras la lectura de Serés, Manuel Vilas nos proyecta de repente al año 2037 con su pequeña travesura, «Control». Aunque lo que podría encuadrarse en el género ciencia-ficción también es a menudo una suerte de realismo formal: como en las primeras páginas de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, 1984 o Un mundo feliz, el texto ha de instaurar desde el inicio una nueva realidad-marco verosímil desde la que contar la historia. Lo que sucede en el relato de Vilas es que se detiene en cuestiones a veces nimias (los teléfonos móviles de 2037), a veces absurdas (una futurible Cataluña independiente e incoherente que se expresa en castellano e inglés, como si el nacionalismo pudiera entrar en no sé qué extraña vereda), inhabilitando ese marco como recurso narrativo, con lo que desaprovecha el potencial y la metáfora que todo nuevo mundo puede ofrecer, como en las obras de Dick, Orwell o Huxley. De todos modos, Vilas tiene coartada y atenuantes: su relato es puramente lúdico y sin pretensiones, ya que parte de un constante juego de guiños extraliterarios (las referencias musicales y literarias son del s. XX; los personajes son trasuntos alocados de la villa Zeta) llevados, eso sí, al peligroso borde exterior de la galaxia del ingenio, con un tráfico ya tan denso a estas alturas. Uno de los riesgos de esta clase de relatos juguetones para compadres es que el lector se pierda la fiesta, al pensar que no le han invitado, porque el narrador le está hablando a otros.


Puede que el lector se pregunte también qué crimen cuenta exactamente Llucia Ramis. Un estilo parco en la forma y demorado en los aledaños de la historia, hace que algunas de las cargas de profundidad de «La vergüenza» estallen a medias y no lleguen a penetrar del todo en el cuestionamiento de la amistad y de la culpa que plantea el relato, entre otros temas. Es siempre prueba de inteligencia literaria pretender ser sutil, como intenta Ramis, pero a ratos faltaría un elemento más rompedor en este texto. Se puede contar algo desde lo cotidiano, pero ha de orbitar siempre en torno a algo insólito que lo materialice en la mente del lector. Siempre, por supuesto, que se encuentre un tono en equilibrio. Por ejemplo, Mecanoscrit del segon origen, aquella novela breve que nos hacían leer en casi todos los colegios de Barcelona, no es una apocalíptica «película» de invasiones alienígenas sino una sencilla historia de personajes a quienes, eso sí, Manuel de Pedrolo coloca en unas circunstancias extraordinarias. Por ahí van los tiros.


Mara Faye Lethem ha sido muy ambiciosa con «Cuando más apuesto es el león es cuando anda buscando comida» y eso merece reconocerle el atrevimiento. Aunque esa misma apuesta también supone riesgos y deslices: cierto exceso de adjetivación al principio del relato, algunos clichés en cuanto a la inmigración o un poco de confusión en la trama. De todos modos, la historia está contada de manera potente y directa, sin concesiones a la galería y con algunos de los momentos más oscuros –es elogio– del libro.


Sebastià Jovani recrea un crimen real de la burguesía barcelonesa y explora la inercia psicológica que la inminencia de la muerte –la propia y la de los seres queridos– provoca en alguien amenazado. Con «Lléveme a casa» consigue un relato negro de corte clásico, sin que aparezcan los modos de Hammett o Chandler, ni los de Montalbán, ni otros tantos, como ya se ha dicho, sino buscando su propio camino, en un texto en el que importa más la tensión narrativa que la resolución.


A «Nuestras hijas», el relato de Elena Medel, le hubiera beneficiado que el narrador se pegara a uno de los protagonistas, sin desprenderse tanto de la historia en algunos instantes ni desgajarla en todos los personajes masculinos de ese piso de reinserción para expresidiarios. El tema de la pedofilia se ha tratado de manera sutil y atinada en cuentos como «Un día perfecto para el pez plátano» de Salinger o en «El señor hizo conmigo maravillas», del catalán David Ventura (por no referir siempre a los clásicos contemporáneos). Sin embargo, creo que el interés del relato de Medel está en el «después de», en lo que sucede en la mente del violador cuando cree que ha pasado la tormenta pero el cielo sigue amenazando con nubarrones. El final del texto es muy brillante, cuando por fin la autora decide adherir la narración a un personaje y mojarse, con el cierre que en este caso ofrece la niña.


Darío Hernando no anuncia ninguna cuerda surrealista con el título de su relato «Cadáver exquisito», y más bien cae en un juego de palabras literal. El texto comienza con un salmo casi bíblico para luego exhibir un sarcasmo a ratos gamberro (el inefable Chiquito de la Calzada parece haberle dictado aquello de «una mala tarde la tiene cualquiera»), que convendría dosificar en algunos momentos. Luego el relato de Hernando pasea por una oscura ironía, que era el territorio por el que el lector podría pensar que iba a discurrir toda la antología desde el principio, cuando en realidad es mucho más ecléctica que todo eso.

A este «Cadáver exquisito» le sobra, eso sí, el marco histórico y social, y aquí la reminiscencia a la obra de Eduardo Mendoza sobre Barcelona tiene menos justificación que en el relato de Javier Calvo. Lo que le interesa al lector a estas alturas es el morbo, el sexo, el fiambre, el polvo y el muerto, ya que estamos. Lo que uno recuerda al terminar este relato es la febril obsesión del lacayo por el amo, la parte gore, y no ese retrato en sepia de la burguesía catalana. ¿Se acuerdan del caso de aquellos homosexuales alemanes que se conocieron por la red y tras la primera cita prepararon una cena en la que uno de ellos ofrecía como plato principal su propio pene? Si se escribiera un relato sobre este suceso, ¿tendría mucho sentido ponerse a hablar de la caída del muro de Berlín o de la reunificación del país, por ejemplo? En fin, le dejaremos la respuesta a algún editor alemán que se apunte al carro del Berlín negro y quiera emular a Pareja y Corominas en su iniciativa.

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Sobre la edición:

La bella ilustración de cubierta de Javier Arce, el grabado en páginas interiores, el diseño del logo de la colección Héroes Modernos, la caja de texto, la tipografía y el papel ofrecen un cúmulo de sensaciones agradables cuando uno tiene Matar en Barcelona en las manos. En general mejora el diseño de otras colecciones de Alpha Decay, especialmente la de narrativa, y confirma el potencial creativo y mediático de esta editorial catalana, que tira de imaginación y buenas maneras para desarrollar su tarea. De todos modos y a la espera de novedades en el catálogo de Alpha Decay, su apuesta por el relato parece más puntual que decidida.

En cuanto a las tripas del libro, y diseño aparte, sólo se me ocurre cuestionar dos cosas. Por un lado, el orden de los cuentos plantea dudas en algunos momentos en los que parece decaer el ritmo de la lectura. Y por otro, la opción de no traducir las citas en inglés o en francés resulta un tanto discutible y debiera obedecer siempre a un libro de estilo predeterminado, ya que de haber citado a Mishima, Hamsun o Dostoievski en sus idiomas originales, los lectores menos políglotas hubiéramos tenido un pequeño problema.