Bitácora de Sergi Bellver: noviembre 2008

29/11/08

New York, New York!

Sábado, 29 de noviembre de 2009, 19.45 horas.

Hay que haber sobrellevado esa especie de agonía diferida, lúcida, con buena salud, durante la cual es imposible comprender otra cosa que verdades absolutas, para saber para siempre lo que se dice.

LOUIS-FERDINAND CÉLINE, Viaje al fin de la noche


No me salva. Que afamados críticos, editores de éxito, y escritores de tomo y lomo (sobre todo de tomo) sean capaces de decir gilipolleces aún mayores, no me salva. Yo he dicho muchas, y ninguna se adelgaza porque otros las superen. He dicho muchas idioteces, aquí, por ahí, con aquél, frente al otro, y he tenido que oír y leer unas cuantas, y lo que me queda, que de eso tampoco nada me salva, porque la estupidez humana es infinita. No me salvan la honestidad ni la sinceridad, porque una gilipollez lo es secas, camuflada o blanca y en botella, como la leche de antaño, como la mala leche de siempre. Todo es útil si uno sabe sacarle partido. Al menos, he aprendido algo, soy dueño de mis gilipolleces, y puedo aniquilarlas cuando quiera. Y soy testigo de las idioteces de los demás, cuando hacen temblar la papada creyéndose alguien, o se contentan con tramar chapuzas, o te miran por encima del hombro cuando les dices que discrepas, y lo que en realidad te gustaría decirles es que no tienen ni puta idea de lo que están hablando, que ni su nombre les salva tampoco de decir gilipolleces. Al menos, a mí no se me caen los anillos por arrepentirme de las mías, y logro ser consciente y superarlas. Pero lo malo de algunos de esos críticos, editores y escritores con apellido, es que las defienden hasta lo indecible, como el yunque que busca el fondo del océano, en línea recta. No se salvan.

Figuraos que estaba de pie, la ciudad aquella, absolutamente vertical. Nueva York es una ciudad de pie. Ya habíamos visto la tira de ciudades, claro está, y bellas, además, y puertos y famosos incluso. Pero en nuestros pagos, verdad, están acostadas, las ciudades, al borde del mar o a la orilla de ríos, se extienden sobre el paisaje, esperan al viajero, mientras que aquélla, la americana, no se despatarraba, no, se mantenía bien estirada, ahí, nada cachonda, estirada como para asustar.

LOUIS-FERDINAND CÉLINE, Viaje al fin de la noche


Yo nunca he querido viajar a Nueva York, lo he dicho siempre. Y por eso mismo, debería hacerlo cuanto antes. Limar prejuicios, exponerme, mascar la pasta gris que se te forma en la boca cuando la ciudad te muele los huesos, esas cosas. Recorrí un par de veces Nueva York, creo, en coches robados, borracho como un suicida y comiéndome a alguna hembra en las escaleras del Chelsea. Recuerdo un culo sublime en Little Italy. Su hermano casi me rompe las piernas, pero todavía guardo en los dientes aquella textura tremenda, la avidez con la que se apretaba contra mí y se dejaba morder. Un culo magnífico, casi redentor.

Tengo un amigo, al que quiero bastante, que me deja meter en su garaje los coches que robo, y le doy carta blanca, para que disfrute con una buena sesión de tunning. Luego miramos su obra maestra, acodados en el mostrador del taller —parece mentira que no tengamos una Budweiser en la mano—; mi amigo escupe las pipas y yo las parto en seco entre los dientes, odio chupar la cáscara salada y que se me pegue a los labios. Se parece a comerse a una hembra sucia, y eso nunca me ha gustado. Siempre lo he dicho, las mujeres han de tener el corazón caliente, y ahí sí, oscuro, sucio incluso, indescifrable como las manchas de grasa en el mono de trabajo, pero la piel limpia, reluciente como el capó de un coche nuevo. Mi amigo mira unos papeles a trasluz y me grita «¡levántate para que oigas aullar al perro asirio!». Echa el cierre, arranca el motor cromado —que huele a victoria, como las colinas— y cruzamos la ciudad-isla en ese pedazo de carro. Conduzco por el lomo de la ballena varada de Manhattan, mientras suena Lou Reed en la radio y el hueco del World Trade Center aplasta el aire en torno a mi amigo y a mí, que nos miramos sin mirarnos y en silencio.

TRAVELLING

mamá diciendo adiós mi casa los perros el jardín
las flores de la casa de los bradley justo antes de morir jim bradley
escombros hojas secas el cruce con la avenida lincoln

la tienda de comestibles niños jane fonda anunciando cosméticos
carteles de campaña pálidas barras y estrellas
sobre postes de telégrafo reclutas

que besan a su novia antes de subir a bordo
el billete ardiendo entre mis manos

luego casas pequeñas negros fábricas del extrarradio
y luego los sembrados los pequeños regadíos la autopista
el límite del estado y luego américa

PABLO GARCÍA CASADO, Las afueras, (DVD ediciones)


Nabokov escribía de puta madre y muy limpio, era un delicioso fingidor, tienes razón, Pablo. Me gustó conocerte, a ti y a Jordi, sobre todo. Hasta Eloy me cayó bien. Conoceros me hizo caer en la cantidad de gilipolleces que he podido decir en estos años, y cerciorarme de las pocas cosas cabales que he escrito, sobre todo porque hay quien las suelta más gordas que yo y se queda tan ancho, y alguno hasta le ríe las gracias. Os admiro, la verdad, y, como Nabokov, a eso tampoco le quitaría una coma, aunque me demore en algunas cosas. Nunca me han gustado la lolitas, siempre lo he dicho. A mí me van las mujeres tibias, de raíz, muy italianas y con el culo redentor, bien hechas y con el corazón en brasas, al punto, como la carne. Las lolitas no, ya está dicho. Pero es probable que un día acabe como Humbert, enfermo, blanco y mustio, esquivando la muerte entre las piernas de una hembra tierna que podría ser mi hija.

Ya tengo 37 años, lo sé porque el otro día, después de leer a Scorsese y Coppola desde el sofá, mucha gente me dijo que me quería, bastante —are you talking to me?—, y eso sí me salva, no, eso no es ninguna gilipollez. El caso es que hoy en día, una hembra de 18 años ya podría ser mi hija, o casi. Y no tengo claro si eso debería comenzar a preocuparme.

El segundo premio eran tres mil dólares, y me dije a mí mismo, ¡tate!, y el tercer premio era una visita de una semana a algún suburbio en el estado de Nueva York, lo que para nuestros propósitos era casi tan bueno como ir a Irlanda, o sea un desastre. Era tan bueno como un agujero en la cabeza.
Los otros dos jueces eran lo que en Inglaterra se llama «big
heads» (fatuos). Uno era un político de Washington joven y
prometedor, y el otro una dama de la alta sociedad, famosa
por organizar fiestas de elite a las que asistían los más ricos […]

—Escuchen —dije—, aquí tienen las tres cartas que hemos elegido como ganadoras de su excelente concurso —estuve a punto de decir «después de larga deliberación» pero no quise forzar mi suerte.
Por desgracia para mí, el agente de relaciones públicas de los importadores de ropa para el hogar decidió leer las cartas y consideró que la carta de mi chica merecía el primer premio.
—Oh no —me quejé—. Por Dios, su gramática no le da derecho al primer premio.
Sé tanto de gramática como mi trasero de la caza de la agachadiza, lo cual no es mucho, pero estaba en una situación desesperada y tenía que cargarme a la chica para ayudarla.
Al fin logré imponerme y hacer que el hombre cambiara de opinión.
—¿Desea usted relegar su carta al tercer premio? —preguntó.
—Oh no —dije yo—, merece el segundo premio. La gramática no lo es todo.

BRENDAN BEHAN, Mi Nueva York


Los premios son, a menudo, otra gilipollez. Sólo cuenta el trabajo. La verdad es que yo también he sido mucho tiempo un completo idiota, por no presentarme a ninguno. Con diez o doce mil euros en un año, con cuatro o cinco premios de cuentos, ya habría puesto en marcha la editorial, y la revista, sobre todo. Vale, a veces el trabajo y los premios pueden conciliarse, lo sé porque tengo amigos que escriben de puta madre, que no conocen a nadie, y que ganan premios limpiamente. Sí, creo que he sido un completo idiota. Aunque sigo creyendo en el trabajo, sobre todo.
Me ronda la cabeza Nueva York, releo a Céline, redescubro a Cheever, recuerdo el número de la revista Dulce Arsénico y, sobre todo, me vienen a la mente las fotos de una amiga mía, Susana Barberá, que tiene todo el talento del mundo. El día que Obama ganó las elecciones Nueva York se parecería bastante a una botella de cerveza recién abierta con los amigos. De repente todo fue posible, al menos durante el trago y el abrazo.

Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso.
Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno.

JULIO CAMBA, La ciudad automática


Aquí, de bitácora en bitácora, encuentro a menudo gente con talento, gente que no suele decir gilipolleces, gente con la que me tomaría una cerveza, la verdad. Por eso, si alguna de esas personas termina yéndose a Nueva York antes que yo, que se tome una Budweiser y lea a Lorca —o a quien le dé la gana, será por perros— en Brooklyn, que lo haga por mí, por favor. Y si se encuentra con mis amigos de allá, mi mecánico del tunning, la Pocahontas argentina de museo en museo, o mi hermano negro, Mike, que les dé recuerdos, y les diga que no tardaré mucho en visitarles.

Sábado, 29 de noviembre de 2009, 21.05 horas.

Si escribes, tienes una bitácora y te apetece viajar a Nueva York, pásate por aquí, que tendrán abierto el garito todo diciembre:

12/11/08

Desenvainar.

Hoy iba a derramar aquí una especie de libelo contra la hipocresía de algunos actores (editores, autores y críticos) en esta inacabable tragicomedia de lo literario. Pero, con franqueza, no tengo ganas de perder el tiempo: todo va a seguir igual, y ya me he partido otras veces la cara sin que nadie hiciera examen de conciencia, mientras muchos miraban en silencio y asentían en privado, o incluso algún enemigo fisgoneaba a escondidas con su omnipresente hocico de jabalí. Allá cada bufón y mercader con sus piruetas y miserias. Prefiero fijarme en lo positivo, que hay mucho, y callar, o decir la mía de otros modos, sembrando posibilidades, a poder ser, en vez de segando cabezas. Sobre todo porque volverán a crecer, como rabos de lagartija.
Hace más o menos un año de la entrada que sigue (20 de noviembre de 2007), y la publico de nuevo porque en cierto modo experimento estos días sensaciones parecidas que se mezclan: renuncia, hastío, desencanto, y sin embargo, confianza, seguridad y fortaleza. Es extraño. Me alegra comprobar algunas cosas, como que el Diomedea haya regresado y la gente esté respondiendo; que algunos de mis amigos, en estos doce meses, hayan crecido tanto como escritores y publicado libros estupendos (dicen que dos escritores sólo pueden ser amigos a condición de que no se lean nunca mutuamente, pero en mi caso tengo suerte: estos cabrones escriben bien y encima son buena gente); o que mi trabajo por fin, poco a poco, cobre forma, dirección y peso, para que dentro de un año podamos estar ya hablando de un primer libro de relatos (mi convicción es absoluta por el esfuerzo diario y porque la pasión volcada también es absoluta; el talento ya es otra cosa, y uno llega donde llega), aquella antología de primeros del 2009, la novela en ciernes para 2010, etcétera. En fin, creo que 2009 será un gran año para quien os habla, al menos en lo vocacional/profesional. Espero dar otros pasos en firme para crecer también como profesor y editor, y ayudar así a pulir o difundir las letras de otros, algo que, la verdad, he descubierto que me hace razonablemente feliz. Pero también después de un año me preocupan otras cosas o, mejor dicho, me dejan un mal sabor de boca, porque de tan sabidas ya no llegan siquiera a preocupar, sólo escuecen un poco, nada que no pueda solucionar algún placer sencillo o una dimisión provisional de la rutina: dejar un rato las letras y salir a la calle, a oler lo que le hace el otoño a los parques.


Desenvainar.


«Y al escribir estas líneas sé hasta qué punto me expongo a inspirar recelos en quien mayor interés debería tener en tratar con miramientos, y ahora más que nunca. Pero de todos modos las escribo, y con mano firme, inexorable lanzadera que devora la página con la indiferencia de una plaga.»

SAMUEL BECKETT, Molloy


«No existe el otro lado. Sólo conseguirás un arañazo en el espejo.»

DIEDERIK SCHÖNBLICK, El libro de los náufragos



UN BUEN SAMURAI sólo desenvaina su sable si la situación le obliga de veras a emplearlo. Algo más que un código de honor le fuerza a manchar de sangre la hoja, cuando una afrenta mal medida o un falso peligro le conducen al error. El corte sumiso en la propia carne es entonces algo más que un rito, pues en el espíritu de todas las leyes justas está la disciplina ―la útil―, el calibre de todas y cada una de nuestras acciones, y el frágil equilibrio con el que éstas nos sostienen entre el orden y el caos. El buen samurai no sólo obedece una ley, sino que manifiesta su naturaleza, por eso recordará en la próxima ocasión el desdoro de su impulso, y mantendrá su mano ―lacerada en la memoria― firme al cinto, detenida, pero siempre alerta.


*

Debería escupir en la cara de los que me ofrecen la espalda.
Debería decir que hay amigos que destiñen en gris ceniza.
Debería dejar en cueros a aquellos hipócritas.
Pero no tengo ganas de dar un rodeo tan inútil.
Ni de mostrarle a nadie el color de la llama.
Ni me atañe abrirles los ojos a los ciegos.

Estoy muy cansado.

*


TODAVÍA HOY ABUNDA la absurda concepción del libro como una suerte de icono sacramental. Hasta los ascetas, en su retiro del mundanal libro, continúan albergando en la médula de su discurso ―o su negativo de silencio, que conforma la misma imagen, invertida― un hálito de sacralidad en torno al libro, aun cuando pretendan el ayuno y la renuncia. Es el editor fariseo el que primero bendice o sanciona, y toda la curia subalterna va entonando el salmo, mientras el autor fabrica un credo o una filípica apóstata, según sea ungido o excomulgado por ese sanedrín de papel. Aún hoy se convocan concilios, se murmura en las homilías, y se instauran cruzadas fraticidas, y el libro, siempre el libro, pende del blasón del templario, luce en el anillo del obispo, o lo ofrece el cuervo hablador en la eucaristía. Las siete plagas, el mar dividido, los primogénitos, holocaustos, milagrería, procesiones, los dichos de los apóstoles, capirotes ―capirotes por todas partes―, nazarenos e iluminados, la misma pantomima en el extremo de cada una de las siete colas del gato o en la empuñadura del látigo. Tan ufano cada Mesías de su rigor como cada mercader de su pedazo de templo. Todo el mundo trasiega en ese templo del libro, el Mesías no hace otra cosa que venderse mientras juega a desbaratar el mercadillo sacrílego. Incluso hay Verónicas y Magdalenas que en el epígrafe de los libros dejan su aroma de santidad, mientras al abrirse de cubiertas, todavía se corre la tinta de los tipos, y en esa neblina azul que envuelve entonces cada letra flota otra vez el eco de sus verdaderos nombres de ramera.
Imaginería. El cobarde que niega tres veces al libro antes del canto del gran gallo hablador, o hasta el Judas que no tiene ni la decencia de ahorcarse de un olivo cuando ya todo el mundo ha olido en sus hábitos el hedor de la carroña. El centurión que abandona la columna y hunde su lanza en el costado. La Semana Santa del Libro. Los Reyes Magos y sus alforjas de libro, incienso y mirra. Figuritas de Belén, figuritas de leer, hasta un pastorcillo cagando detrás de un matorral, a la orilla de una corriente de papel ―de aluminio―. Religión e Iglesia del Libro. Babilonia, Sodoma y Gomorra, la Banca Vaticana, y cirios a tres euros, un euro la estampita, cincuenta céntimos la candela pequeña, colabore con la construcción del templo, es la voluntad.


*

He de recordar asomarme a ciertos acantilados.
He de saborear de nuevo el vértigo.
He de retomar viejas batallas.
Aunque el miedo me empuje a una oración.
Y el silencio se instale en la boca.
Y caiga en plena tregua.

A veces me doy asco.

*


Y un viajero a campo abierto que avanza a tientas, y ni una maldita luz en el camino. Las campanas enmudecen en la distancia y no hay ni rastro del espíritu. Cualquier iglesia ahora ya no es más que un montón de ruinas bajo tierra. No hay huellas de lo sagrado, no allí.
Sólo en privado, como la fe. Sólo en silencio, como el deseo.
Y el viajero envaina entonces su fervor.
Y quién necesita un templo.
Y al fin calla.
Y escribe.

6/11/08

Chistes de pohetas.

Va un autor novel de narrativa y le dice a su sombra que ha elegido un heterónimo para desarrollar su obra poética al margen de los modos que imperan en el mercado del libro: en poesía, con más motivo si cabe que en otros lenguajes artísticos, considera preciso cambiar el sentido del vector dominante y defender la verdad de un texto por encima de la impostura que implica el cuidado de una firma.

Y se queda tan ancho.

*

Va un juntaletras de tres al cuarto, se levanta una mañana y, con el estómago aún vacío —esto no le exime del delito—, escribe una cosa como esta, que se supone es el borrador de un pohema, cuando en realidad es cualquier otra cosa, qué sé yo, un serrucho, una tostadora, pelo de caniche trasquilado, zarandajas, vamos:



I



Hierros, menhires, puñales,
decidme
con vuestro acento de hielo
en qué lugar quedó lo fértil
dónde la raíz ciega
nuestra legítima sed
ahora que la yema es muda.

Decidme de una vez
en qué terrón se deshizo el gesto
dónde perdimos
las aristas y el filo
y dejamos de sembrar.

Decidme
dónde nos derrotaron
el óxido y la grieta.


*


Va un tipo curco e insufrible y escribe esto en el colofón de un supuesto libro de poemas, como agradecimiento, como si se pudieran dibujar cenefas en la arena del parque con el chorrito marrón de una colitis:

Quiero darle las gracias a una partida de dados entre los cabos de Creus y Gata: mis antepasados layetanos, griegos, fenicios, romanos, godos, árabes, bereberes y judíos, mi abuela tremenda de Caravaca de la Cruz, mis desconocidos abuelos de Alicante y del altozano de Albaida, mi padre levantisco y levantino, mi madre catártica y catalana, todos esos muertos tan míos, me dieron un inventario de nombres condenados a perderse, pero me legaron sobre todo una sangre sucia, estrenua y vivaz. La inquietud de esta sangre me empujó a tantas patrias, que ejerzo ahora mi derecho a la renuncia y me declaro huérfano universal de todas ellas, porque ninguna me colma y a ninguna ofendo, porque en todas soy extranjero y en cualquiera a la vez un huésped, o viceversa, tanto da. Doy gracias porque en cada orilla puedo llegar a ser náufrago o nativo, y eso alivia al nómada que ya soy, eso impide la inercia y perpetúa esta sed que siempre traigo a cuento y tanto agradezco, la que me insta a escribir todavía, por la que puedo decirme aún y decir búsqueda, deriva o viaje, a la espera del motín de otros huérfanos, a contracorriente, sobre un madero —otro vivir— al que podamos llamar vida.
*

Hacedme caso, hay que apalear a esta gentuza, il faut, vraiment. Si queréis saber de poetas de verdad, sin hache de hilaridad, sin heder, sin hartar, poetas que trabajan duro y perfilan suave, que sobre todo afilan cada verso, consultad la Agenda de esta bitácora. En Madrid tenemos dos jueves afortunados para la poesía, hoy con Luis Luna y la semana que viene con Berna Wang. Leed, leed, benditos.