Bitácora de Sergi Bellver: mayo 2008

26/5/08

Generación DSP (I).

«Para que una obra espiritual relevante pueda tener sin demora una incidencia amplia y profunda, ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal de su autor y el destino universal de su generación.»
THOMAS MANN, La muerte en Venecia

DERIVA

Hay algo en la demasiada belleza que resulta insoportable y, como en un cuento de Chéjov o en esta novela del creador de La montaña mágica, deja un rastro de amargura tras de sí. La impotencia o la angustia son sólo sucedáneos de ese silencio aturdido, hay algo más, inefable, que se instala y se adueña del anfitrión para siempre, como un estigma. También la injusticia ―una de las peores formas de fealdad― produce una llaga parecida, ese algo que, como un vértigo o un huésped indeseado, detiene el tiempo alrededor: cierta asunción de la propia mortalidad. Todos sabemos que un día habremos de morir, pero interiorizarlo y, más que cobrar conciencia, sentirlo como una marea desde las entrañas y experimentar con ello la promesa de nuestra finitud, es algo a lo que el ego no consigue enfrentarse y salir indemne.

Aunque en lo personal he sufrido un aldabonazo de la demasiada belleza, que se escapa como la vida de un cuerpo enfermo, y en lo profesional-vocacional a veces la injusticia me muestra su cara, de lo particular a lo general, de la rutina privada a la situación global de la literatura, con todo ello no basta para explicar este estado de ánimo. Hay algo más que me incomoda y todavía no sé identificarlo. Me sobra energía y entusiasmo para seguir adelante con todo, no es eso, estoy bien, lleno de ideas y ganas de seguir aprendiendo. Pero hay algo que me angustia, y todavía no le he puesto cara. No sé muy bien por qué escribo hoy estas palabras, y por qué lo hago así, sin medida, tan a contra corriente, en un mundo y en un contexto que demandan premura y concisión, pero no puedo dejar de hacerlo. Escribir entradas tan largas y densas ahuyenta a las mayorías. Este espacio cada día se parece menos a una bitácora, y yo cada vez menos a un ser racional-funcional. Tan sólo escribo, con unas décimas de fiebre, y no hay más. Por aquellas cosas del azar objetivo, me pongo a hacerlo justo cuando asoma un poco de azul después de un domingo plomizo, y con la calle aún mojada ―no me hace falta asomarme, me lo dice el paso de algún coche, rasgando la película de lluvia del asfalto con sus neumáticos―. Traigo desde anoche esa cita de Thomas Mann entre manos, me siento delante de esta ventana ―a la que tampoco me asomo demasiado, bien lo saben varios amigos a los que les debo correo― dispuesto a dejarla ir, a dejarme ir. Sintonizo Radio Clásica ―la única clase de música que me deja escribir si por alguna razón no me puedo permitir el silencio―, y justo en ese instante el locutor despide una conexión en directo con el Liceu de Barcelona en la que acaban de retransmitir, «casualmente», La muerte en Venecia. Ni siquiera tenía noticia de que existiera una ópera basada en esa obra, no alcancé a oír el nombre del autor lírico, no debe de ser de los cinco grandes, por una simple cuestión de fechas, supongo, pero me ha despertado la curiosidad ―apenas he alcanzado a escuchar las últimas notas y el aplauso del público―. Apago la radio, por si acaso me hacen perder el hilo otras «casualidades», transcribo por fin la cita y me dejo ir.


FASCISMO

Aunque la frase del atormentado von Aschenbach sea susceptible de ser tergiversada por un fascista, me sirve para desencadenar este texto. Los fascistas ―y hablo en presente porque han asumido mil disfraces para seguir ahí― son muy dados a imaginar destinos universales e imponer una cruzada generacional tras otra, según el frente en el que luchen y «Sein Kampf» particular. Ni siquiera hay ideales ya en ese lado del prisma, y toda la patria que les importa salvar a los de siempre es ahora el capital. Los caminos que conducen a ello en la cultura-producto pasan por la garantía de presencia o visibilidad, la gestión funcional de aquello que en lo político sería el activo-miedo, o el usufructo de la autoridad ―que no capacidad― para la prescripción de los contenidos ―que no del conocimiento―. Un fascista es ante todo un seductor, no importa en qué forma se presente: prieto uniforme negro y cruz de metal pulido al cuello ―gamada o no―, traje de primerísima firma y exhibición de gadgets de poder, pasamontañas calado y mochila de amonal, o pantalones dos tallas más grandes de estrella del reggaeton. De veras no importa, para el proselitista de su raza, el ultraliberal, el patriota fundamentalista o el monigote cabeceador, todos son héroes de su generación.

Pero en lo literario ―lo que nos concierne en este espacio― las generaciones no existen, salvo por esa necesidad inherente al instinto conservador del ser humano que supone clasificarlo todo, más aún cuando se siente amenazado o pretende conquistar algo. Atar en corto al visionario, amordazar al diferente, hacer inventario de aliados y enemigos, levantar guetos para hacinar allí al antagonista, hasta hacerlo invisible y al fin exterminarlo con la cómoda connivencia del público ―el verdadero culpable, por omisión o elección, como sucedió durante el nazismo―, no son otra cosa que la revulsión del amenazado, la eficacia del conquistador y la estrategia del líder. Desde arriba el Gran Hermano, pero desde la base cada sumiso y circunspecto operario, en su mundo feliz, a gusto con su irresponsabilidad y dispuesto a abrir la boca para la siguiente ración de soma. Cada proceso le sirve a ese virus fascista para controlar el sistema operativo de nuestra memoria, borrando archivos, saturando espacios, actualizando nuestro deseo con una versión cada vez más urgente y fallida, que creará la necesidad de la siguiente, y de la siguiente, hasta hacerse con el disco duro de nuestra autonomía.

La historia ―en una minúscula de taberna y conciliábulo― se repite una y otra vez. Si dependiera de los vencedores, no les bastaría la muerte del adversario, harían como los faraones egipcios cuando usurpaban un trono o se apropiaban de una pirámide ajena: la completa victoria sólo llegaba al borrar el nombre y el recuerdo del otro, al sellar para siempre cualquier atisbo y testimonio de su voz. Cuántos escritores habrán desaparecido de nuestro acervo sólo porque en su momento quienes tenían un dedo índice para señalarlos lo usaron para hurgarse la nariz o contar monedas con su tropa, porque los gerifaltes y por ende los rebaños de su tiempo les dieron la espalda. Nos hemos ahorrado mucha bazofia, seguro, existe a veces una necesaria criba que funciona y en ese caso una obra no llega porque no se lo merece, y no hay más. Pero sigue llegando tanta bazofia, ―y llaga tanto su lectura―, que uno no puede evitar preguntarse por lo que se ha perdido en el camino, por lo que ha permanecido invisible al otro lado del gueto, lejos de la injusta, deslumbrante e implacable dictadura de la inmediatez.

Del mismo modo que algunos aceptan los daños colaterales en una guerra comercial ―cualquier guerra comercial, tanto la de Irak, pura y dura operación financiera, como la batalla diaria del Mercado―, la kale borroka, la contaminación sostenible ―a cuento de la ecología, por cierto, detesto profundamente el asqueroso cinismo de la mayoría de anuncios de automóviles y empresas energéticas, de un tiempo a esta parte― y otros atentados de baja intensidad, en literatura también soportamos, mal que bien, a fascistas de todo pelaje, incluso a los que no saben que lo son. Los hay de a pie, con su camisa almidonada, su correa de charol y el brazalete ad hoc, siempre dispuestos a reventar cualquier acto con su griterío de turba. Fascistas de a pie, lo sepan o no, los hay de muchos tipos, los que dicen velar por la imparcialidad y no hacen otra cosa que vivir del cuento con su salario de mamporrero, los que esgrimen el garrote hostil de su verdad donde convenga y cosen la piel del otro a moratones. Y los peores, los de tantas noches de los cristales rotos repetidas, aquellos que arrojan su piedra anónima y cobarde contra cualquier escaparate. Pero también hay fascistas literarios de pro, de balcón y arenga, desde su columna semanal, su artículo, su libro y su Santa Firma ―siempre hay un pope para canonizar a quien sea―. Cada uno de los miembros de los distintos cónclaves posee su pedestal sobre el que cincelar ídolos según el molde previo o las necesidades ―creadas― de sus feligreses ―consumidores―, pues el monoteísmo del capital es claro, pero sus Iglesias ―mayúscula para no confundir mafia con edificio― son legión, y para cada credo se venden altares de diferentes tamaños, según sección, pasillo y oferta. También desde esos mismos altares se arroja por costumbre a los débiles y los tullidos ―los diferentes― al foso espartano. Hoy en día, los ancestros de Leónidas, los Borgia, Procusto y Hitler ―cuesta discernir ahora quién fue arquetipo y quién real― tal vez se ganaran la vida como publicistas, asesores políticos, gerentes de petroleras, fabricantes de coches, magnates del software, faraones comerciales de cualquier estructura piramidal o también, por qué no, como macroeditores, presentadores de televisión, locutores de radio, columnistas y críticos literarios.


DEGENERACIÓN

No hay generación literaria más allá de la sucesiva ración de genes que se superponen y entremezclan. El mestizaje es inevitable y fértil, aunque ya sabemos lo que opinan los fascistas de la pureza genética. La renovación no se produce en una escala temporal ni valen las coordenadas al uso. La transmisión de lo literario se parece más a la hojarasca en otoño que a una ruidosa carrera de relevos. Porque no hay urgencia; porque desde la distancia guarda silencio y cruje sólo si la pisas, si te mezclas; porque cada hoja es distinta, sin moldes, y terminará bebida por la tierra; porque la vida aguarda latente para renacer bajo lo que ya dimos por muerto y caído. Hoy no es así, hoy tenemos demasiada prisa. Seguir la curva violenta que resulta de combinar la vertical del «éxito» ―de lo que la mayoría adocenada acepta como tal― y la breve horizontal de la inmediatez sólo sirve a los mediocres y a los interesados, pero sobre todo condiciona a los que no poseen la libertad de pensar por sí mismos. Creen tomar la elección, pero el albedrío está secuestrado, sutilmente domesticado por la estrategia del líder, que conoce perfectamente los resortes que debe pulsar para fabricar esa ilusión de libertad en la masa. Las editoriales ―que no dejan de ser empresas como cualquier otra, aunque algunas debieran recordar de vez en cuando que trabajan con material sensible, la cultura y el conocimiento, la única herencia digna que el mundo dejará tras de sí a los que vengan―, especialmente los grandes grupos, pero también la mayor parte de las mal llamadas independientes, siguen al pie de la letra esta ecuación. El macho beta siempre imita al alfa para escalar en la jerarquía de la manada, y la primera estrategia es cuestionarlo, atacarlo, erigirse en alternativa, aunque sea de manera forzada, para acabar mimetizando todos y cada uno de los actos del líder en cuanto sube un peldaño y usurpa su puesto. Los únicos editores del todo independientes son aquellos que pueden hacer lo que quieran, es decir, que tienen el suficiente poderío económico para publicar basura o literatura ―de vez en cuando salta la liebre― sin resentirse. Las mal llamadas editoriales independientes están maniatadas y publican lo que pueden, si quieren ser viables y sobrevivir. Podríamos denominar a esas editoriales que algunos ya tenemos en la punta de la lengua como «alternativas», pero sería un apellido falso, porque las editoriales en verdad alternativas ―a los modos del Mercado― son aquellas que sólo pretenden divulgar un discurso y no persiguen el beneficio económico. Deberíamos pues encontrar un término más afortunado para cierto tipo de editoriales que, eso sí, con unos recursos económicos más que ajustados y por lo tanto una presencia en los medios cuanto menos esporádica ―con los popes hay que ser muy bueno en francés, repartiendo felaciones, quiero decir, cadeaux y otras delicatessen, para tenerlos contentos y que le nombren a uno―, así y todo insisten en publicar literatura, indefectiblemente y de la mejor. Para referirme a ellas, me vienen a la memoria aquellos galos en su aldea, rodeados de romanos, y se me ocurre un peregrino «editoriales irreductibles».


REGENERACIÓN

Volvamos a Thomas Mann ―lo que nunca defrauda, por cierto, en literatura―. La obra relevante, la incidencia profunda, el destino de un autor y el de «su generación». Dije antes que el relevo generacional literario suele ser una invención interesada y no se produce en una escala temporal reconocible, ni valen las coordenadas habituales para darlo por hecho. Que la vertical del supuesto «éxito» y la horizontal de la inmediatez dan una curva violenta y fugaz, y, desde luego, nada profunda. Se dispara, brilla con estrépito y luego se desvanece como un cohete de feria. Esa operación le sirve a las editoriales comerciales ―a las que tengan esa visión única, sean grandes o pequeñas―, a los medios ―siempre atentos a la carne fresca, con fecha de caducidad―, y a los escritores arrobados en esos fuegos artificiales ―la pólvora, aunque sea mojada y de baja intensidad, es un buen negocio a corto plazo, nadie puede devolverte un libro ni un petardo una vez fallidos―. El testigo de una pretendida generación a la siguiente no pasa en un momento unívoco, más bien se establece una complicada red de transferencias y nudos correderos que van de lo cercano a la fuente primera sin un patrón definido. Pero el verdadero éxito ―o al menos lo que unos pocos entendemos como tal― no se despeja con esas variables. La horizontal del tiempo es mucho más lenta y pausada, la curva más suave y duradera, como la pendiente de una colina galesa o la cadera de una mujer dormida, y sólo entonces se destila poco a poco el éxito cierto, la incidencia profunda de una obra relevante, el respeto privado que cada escritor siente por la obra de quien le precedió y ahora le inspira, el goteo discreto pero invencible de la maestría que todo buen lector aprecia. En ese alambique literario, pasar del vástago inicial al licor añejo puede y suele ser cuestión de generaciones. Y la nuestra, o las nuestras, si es que las hay, tienen un destino tan incierto como diáfano. No es uno ni grande, pero sí puede ser libre, si nos dejan los fascistas y si nosotros no delegamos; si nos preocupamos por ser lectores y autores responsables.

Una voz puede quedar agazapada en el tiempo porque nadie le prestó antes la atención suficiente, o porque la barahúnda de la inmediatez armaba demasiado jaleo para poder discernir una sola palabra entre el ruido de fondo. Por eso a veces alguien repite lo viejo y lo toman por nuevo, porque nadie había reparado en lo anterior. Las modas regresan y se reciclan, siempre. Por eso, de repente, alguien se saca una generación de la manga, arrambla con todos los matices a escobazos y hace tabla rasa con diez, con veinte discursos distintos ―cuando no opuestos: uno ha llegado a leer dos éticas y estéticas enfrentadas en la misma antología o en el mismo catálogo―, y ya tiene su etiqueta. Los medios la necesitan, las editoriales comerciales la necesitan, los lectores incluso creen que la necesitan. Amenazados, conquistadores y seductores, su bombardeo es constante y satura los canales de percepción de la realidad como el correo no deseado inhabilita la bandeja de entrada de la curiosidad. Queda cada vez menos margen para la aventura y el descubrimiento, cuando te están diciendo de entrada qué es moderno y qué es baldío. No importa si uno relee Memorias del subsuelo de Dostoievski, o a Miller, o a Dos Passos y cree percibir que aquello que le presentan ahora como vanguardia ya se hizo antes y se hizo mejor, que más de medio siglo atrás ya fueron hollados estos caminos que ahora dicen algunos abrir a machete. No importa, porque si se deja seducir y olvida, a medio plazo no quedará ni rastro, ni una rendija de silencio por la que respirar, y el fragor de la maquinaria aplastará en ese lector el discernimiento, la disidencia interna y cualquier otro rastro de libre albedrío.


DERIVADOS

Yo no soy un fascista, ni un seductor, ni desde luego, aunque a casi nadie le importe lo que diga en este espacio, un anónimo. Aunque sea sólo porque siempre dejo mi firma pagana y sincera en todo lo que hago, incluso donde me equivoco. Aquí vuelco algunas de mis derivas, mis elucubraciones y buena parte de mi tiempo sin otro interés ni beneficio que el de compartirlos. No creo en los vasos estancos sino en los comunicantes. No creo que la calidad tenga que ver con la minoría por principio, pero tampoco estoy ciego: a la mayoría de la gente la verdadera belleza ―poca o demasiada, pero verdadera― que a veces asoma en la literatura se la trae al fresco. No comulgo a pies juntillas con ningún pope de las letras ni dejo de cuestionarme cualquier discurso, incluidos los de la gente que quiero o el mío propio. No voy a misa, a ninguna Iglesia ―no confundir Monopoly con Monipodio y su patio, o sí― ni a ninguna taberna de ateos fundamentalistas, que también ofician. Si me dan una hostia consagrada le miro la letra pequeña y la devuelvo, y si cualquiera me arrea una hostia de las otras, le leo la cartilla al tipo y también se la devuelvo. Vivo en estado de atención permanente pero sin alarmismo. Escéptico pero no incrédulo. Entregado y expuesto pero no iluso. Disfruto de las líneas paralelas y tangentes de la literatura, reniego de las sectas, no me hago cruces ―gamadas, menos― por casi nada y no confío en otras lecturas que las que mi criterio digiere poco a poco, después de prestarle la atención necesaria pero justa al de otros que saben más que yo, que tienen más entidad que yo, pero no tienen al fin y al cabo mi mirada, y por tanto no pueden ni deben decidir por mí. Voy despacio, pero nadie puede tomarme por idiota y llevar razón, y con eso me basta. Sólo me da cierta rabia ver cómo se repiten los patrones de siempre ahí fuera, y cómo se eternizan discursos ya caducos, y se hacen grandes aspavientos de lo más común, cómo todavía surte efecto el juego de manos del ilusionista ante un público entregado y distraído de su propia libertad. Por estúpido que pueda parecer, me importa lo que haga la gente con sus vidas, me sabe mal si creo que podrían darles gato por libro. Es su problema, dirán, y es cierto, pero en los casos recuperables, en aquellos a quienes aún no les resbala la belleza ―no perdería mucho tiempo con quien porfía en la horterada―, me preocupa su libertad. Por eso no soy un fascista, imagino, porque si puedo echar una mano al otro, no la escondo, ni me escondo. Que luego la acepte o la rechace es asunto suyo.


LECTURAS

Para poder ejercer esa libertad real de elección no basta con haber leído mucho, aunque sea una premisa deseable. Es necesario sobre todo haber leído bien. El fascista también ama a su patria, y «mucho», pero no bien. El que asesina a su mujer porque no concibe que pueda dejarle también dice que «la quería mucho», pero no bien. La ignorancia satisfecha, en la que vive la mayoría de la gente que nunca abre un libro, es el desierto mismo. Pero también hay otros caminos para la sabiduría, y de nada sirve haber engullido bibliotecas enteras si no fuimos capaces de aprehender, más allá del conocimiento en su primer nivel, la esencia misma de cada discurso, del que nos conmociona, del que nos cuestiona, e incluso del que nos agrede, para sublimarlos todos. Eres un perfecto imbécil si te crees mejor que un labriego analfabeto de Mongolia, si has leído las obras completas de Antón Chéjov y eres capaz de un análisis textual y epistemológico de su obra, pero no se te quedó adherido en la puta vida ese extrañamiento visceral que uno siente por la bondad humana que atesoran sus cuentos, apenas dibujada como una luna entre las tinieblas, como una sonrisa deslizada entre personajes de toda calaña. Leer bien, por tanto, no es el acto pasivo de un receptor, sino el ejercicio activo de asimilación de un intérprete. Un estado de atención del que nacerá otro nuevo. Leer es una actividad en la que también cabe el aprendizaje y que el aire de los años suele curtir y mejorar, pero, como el mismo acto creativo de la escritura, es sobre todo una cuestión de mirada. En esto no hay atajos posibles, ni estrategias acumulativas que valgan, del mismo modo que un pasaporte lleno de sellos no hace a un viajero: por mucho que se jacte de lo visitado y te dé unas paternales palmaditas en el hombro porque tú apenas saliste del país un par de veces, si en su actitud no hay curiosidad y vulnerabilidad, si no hay verdadera disposición al cambio, el pasaporte gastado de ese cretino sólo certifica a un vulgar turista. Es esa mirada, y no sólo la actividad febril del día a día, ni el querer estar al tanto de todo y en todas partes, lo que marca el sello de un buen escritor, y de lo que ese mismo escritor fue siempre antes que eso y seguirá siendo aún después: un buen lector.


GENÉTICA

No hay generaciones literarias, sólo hay una genealogía errática y telúrica de escritores. Una vasta familia a la que pertenecer. Los medios, las editoriales o los críticos necesitan las generaciones, el arte no. El arte se pudre en un sistema de esclusas, no está hecho para ser contenido por el mecanicismo ideológico del hombre. El arte brota de la otra veta de la naturaleza humana, la más genuina, la única capaz de moldear hombres nuevos. El arte se desborda, inunda y anega lo preconcebido, se filtra y aguarda en las cavidades del mundo, para volver a fluir mañana. El arte no necesita ser cifrado en generaciones, sólo sucede cuando decodifica el gen único de la insatisfacción humana, que es atemporal. Las generaciones literarias son cosa del libro-producto, del negocio. El público a menudo quiere ―llega a creerlo― un marchamo reconocible, algo de «los creadores de», «la última novela de», «del ganador del premio por». Y los interesados lo saben, y crean poco a poco un público a su medida. No sé si existió realmente la generación del 27 ―tal vez de las pocas que consiguen hacerme dudar―, o la del 98, porque una fecha fecunda o un cambio histórico no hacen miradas generacionales unívocas, acaso recogen y asisten al conjunto heterogéneo de unas voces que sólo después alguien se encargará de agrupar en los libros de texto. Federico, Juan Ramón, Antonio Machado y Miguel Hernández, cuatro poéticas distintas en una época, eso sí, feraz. En el mismo tiempo Europa contempló el auge del nazismo y la fecunda bohemia parisina. Céline y Saint-Exupéry escribieron Viaje al fin de la noche y Tierra de hombres en la misma generación, dos grandes obras desde dos prismas antagónicos. Breton y Borges fueron contemporáneos, y sin embargo construyeron dos mundos absolutamente opuestos. Las obras de Conrad, Orwell, Huxley o André Gide y las de Kipling o Scott-Fitzgerald parten de premisas tan dispares ―el cuestionamiento y la bendición de lo establecido― como hoy las de Belén Gopegui y Vila-Matas ―el Yo político y el Yo estético―. No hubo generación Beat, ni X, ni movida madrileña ―quien lo probó, lo sabe, mon amour―, ni mucho menos hay, desde luego, generación Nocilla.

No tengo ninguna aversión a lo contemporáneo, todo lo contrario. Ni me inclino en especial por lo mal llamado «clásico». Lo que hoy consideramos como tal fue trasgresor en su día y, no por casualidad, conserva a menudo esa simiente. La modernidad es el pulso de la vida, el contrapeso necesario a la tradición para que el vaivén del hombre sea el adecuado antes de dar el siguiente paso. Me gusta hacer equilibrios en esa cuerda, pero otra cosa muy distinta es que me deje tomar el pelo y no distinga cuándo alguien, por bonito y joven que haya dejado su cadáver, vivió tan deprisa que no le queda ni rastro de pulso en las venas. Simplemente percibo literatura o no, y sólo lo declaro si aquella sucede en mi lectura. No es una construcción mental premeditada, no necesito que nadie refrende mis opiniones, y si hace falta soy un iconoclasta irreverente. Puedo leer al Nobel de turno o a la vaca sagrada y aburrirme como un buscador de setas en Marte o un pintor impresionista en Tobarra, o puedo encenderme con ese autor novel semidesconocido que me descubre el Nuevo Mundo. Sólo me ciño al puto texto™. Pero el caso es que lo de la literatura reviviendo en la lectura me suele suceder con bastantes autores de finales del XIX y de la primera mitad del siglo XX, unos cuantos de la segunda, y bien poquitos de lo que llevamos del siglo XXI. No necesito que el tiempo los consagre, no les haré más caso porque repitan sus nombres en los libros de texto del mañana. Ante Baudelaire, Rilke, Kafka, Faulkner, Pavese o Cortázar, o con Una temporada en el infierno, La condición humana, Trenes rigurosamente vigilados, Cien años de soledad, Las uvas de la ira, o Mortal y rosa entre manos, olvido la teoría y el marco temporal, simplemente hay trato y penetro en esos mundos con una disposición sin grietas. Si sucede con un autor del ahora, bendigo el hallazgo, pero el caso es que, aunque de vez en cuando me llevo una agradable sorpresa, no es lo habitual.


TRANSGÉNICOS

De un tiempo a esta parte, las corrientes, las generaciones y las modas no me parecen más que un juego, a veces inocuo, otras pura y dura diversificación de la oferta. Individuo por individuo es otra cosa, y aunque, por ejemplo, la obra de Fernández Mallo no llegue nunca a emocionarme, o lo del zapping televisivo como inspiración y absenta «afterpost» me suena a chufla, le reconozco mirada personal, ganas de buscar otras cosas, que no es poco, tal y como está el panorama de la imaginación en la literatura española: como esos eriales marcianos en los que todavía se rasca la cabeza el buscador de setas. No sé quién ni cómo ni cuándo ―o no me interesa saberlo― acuñó lo de generación Nocilla, pero comienza a ser ya una «alineación Nocilla» ―dije bien, alineación, no alienación, aunque en algunos ya empiece a producir ese efecto―. Alineación Nocilla, como la del Atleti del doblete, como la del Madrid de las seis copas, como la del Barça del Dream Team ―pero menos brillante que estas―, llega un momento en el que te la sabes de carrerilla, y la misma lista de convocados aparece en las mismas revistas, los mismos simposios y las mismas antologías una y otra vez. ¿Son mejores? No, son más listos, y suenan, y eso es lo que le interesa al editor y seduce al medio. Teorizan sin rival, se sienten cómodos en el escenario, despliegan mantel de buen paño sobre la mesa, el ataúd, el serrucho a dos manos, la chistera y los guantes blancos, pero luego no siempre sale el truco como lo habían planeado. Teóricos excelentes son los que sintetizan ―ergo, jamás seré crítico, sólo un lector que opina y un escritor que lee―, no los que abruman. Teóricos y críticos a respetar son los que llegan a la excelencia por decantación del trabajo y sublimación del talento, no por saturación de la base lectora con avalanchas de datos, citas y referencias anudadas con pinzas. Pero sobre todo, buenos teóricos debieran ser los que, si deciden pasar a la práctica y someterse a la gran prueba de fuego, resolvieran sin problemas el acto creativo ―supongo que habrá buenos críticos a los que no se les ocurra meterse en camisa de once varas―.

No son mejores quienes más suenan sólo por estar, ni tampoco los minoritarios por definición. Lo marginal es también a veces un discurso impostado, la letanía de quien quisiera en el fondo estar en el centro. Sólo la trayectoria personal de cada quien da y quita razones. A cada título hay que juzgarlo por separado, pero el caso es que la abrumadora presencia de algunos autores en todas partes acobarda a la disidencia. A muchos no nos termina de convencer lo que ahora está tan en boga. En muchas conversaciones espontáneas entre escritores aparecen unos nombres que no son los que luego se reflejan en los medios, o viceversa. Todavía no me he sentado a charlar con ningún cuentista, y conozco unos cuantos, que me confiese lo mucho que ha disfrutado con ese libro de moda. Las modas no inciden en esas tertulias y solemos hablar de otros, así de simple. La antología Hank Over de Caballo de Troya, por ejemplo, tiene momentos interesantes pero en otros se cae de las manos, con ligazones en ese homenaje a Bukowski que no se sostienen. Lo mismo sucede con los Mutantes. Pocos críticos hay en el panorama literario español que se lo curren tanto como suele hacerlo Vicente Luis Mora, con el que unas veces estoy en desacuerdo y del que otras aprendo, y que además tiene el detalle de exponerse en su Diario de lecturas, no como la mayoría de escritores, que aún se acercan a Internet con mascarilla y guantes de látex, sin mojarse nunca. Un buen teórico, Mora, pero el caso es que luego tratas de sumergirte en el Solteth de su cuento en Mutantes y encuentras un paisaje esquilmado por la teoría, un texto de lo más común. Y si le cito a él y no a otros es porque de su escritura y de sus ideas, como algunos aspectos de Circular y de sus ensayos, todavía rescataría unas cuantas cosas positivas. No así de la de otros en esa trouppe mutante y demás generaciones alineadas. En poesía, lo mismo, Pablo García Casado logra interesarme en algunos poemas, pero su obra en general, y Dinero en particular, no me parecen ni mucho menos mejores que otras recientes de las que se habla bastante menos. Se presta atención según el resultado previsto. Luego, el mecanismo de críticos y autores ―que olvidan o forcluyen lo que conviene o no les baila el agua― se parece demasiado al que utilizan otros actores del mundo del libro. Desde los editores a los libreros, pasando por los distribuidores. La gran superficie se atiende primero y se lleva el grueso de la producción, la editorial con firmas conocidas se lleva al gran distribuidor al agua, y ese gato huraño ―que ignoró antes a aquellas editoriales irreductibles― deja a las pequeñas librerías literarias y no generalistas para la última ronda, con suerte. La patria del capital, lo mismo en todas partes. A gran escala o en un terreno más reducido, a sabiendas o por inercia, el resultado es idéntico. Así funciona el Mercado.

En este momento asistimos a un fenómeno peculiar, en especial en el cuento: se están escribiendo libros que prometen mucho y muy bueno para el relato en particular y para la narrativa en general, pero, siempre después de las grandes divas ―¿hace falta nombrarlas?, pues ya saben, Pérez Reverte, Molina, Marías, Freire, Grandes, Zafón, el fabril desembarco latinoamericano orquestado por editoriales españolas que ya ni aceptan originales de otras latitudes, premios-escaparate, ya es primavera en El Corte Inglés, en fin, lo de siempre―, obvio, de un tiempo a esta parte el Mercado y la crítica atienden después a los mismos nombres, mucho mejor si vienen en un pack fácilmente vendible. Evidentemente, a nadie sensato se le ocurre poner en el disparadero ni siquiera a la generación Nocilla, por ejemplo, como responsable de los grandes males ―si los hay, el peor de todos me parece el silenciamiento por saturación de otras voces que sí son de veras distintas― de la literatura española actual. Esas grandes divas de las letras, casi siempre novelistas, vienen antes, están por encima y lo copan todo. Pero lo que me preocupa es que lo que debiera configurarse como alternativa real está empezando a actuar como el macho beta en la manada, ese que no sólo amenaza al alfa justo antes de imitarle, sino que eclipsa a todos los que no le ofrecen sumisos la garganta. Nocilla Dream podría considerarse como un libro interesante en el momento en que apareció, a tener en cuenta incluso para el futuro, pero el fenómeno posterior ―«afterposterior», si me permiten el desahogo― lo ha desvirtuado como alternativa al refrendar Nocilla Experience un grupo tan fuerte como Alfaguara. Si una editorial a todas luces comercial se fija en tu libro, es que cuadra en sus premisas, si tu rollo vende, es que entra en los cánones del Mercado, y sólo entonces encajas en el lecho de Procusto. A mí me parece perfecto que Fernández Mallo publique donde le dé la gana, es un escritor, le respeto y le deseo que no se le suba todo esto a la cabeza y permanezca humilde, es decir, que siga escribiendo lo que él necesitaba escribir desde un principio. Además, el principal objetivo de un escritor es hacer público ―publicar― su discurso, y no hay otra. Pero me parece cuanto menos sospechoso que ese tan cacareado ―por un sector importante de la crítica, que es a la que tengo bajo sospecha, no al autor― fenómeno inicial anti-sistema, anti-mercado o anti-caspa acabe engullido precisamente por quien practica el discurso imperante. Dije en una entrada anterior, de la que espero retomar el hilo pronto, a cuento del libro electrónico y el futuro del libro tal y como lo conocemos hoy, que cada discurso tiene su marco adecuado, o cambia de significado. Eso le está pasando a la generación Nocilla y a otros tantos que publican aquí y allá, que les queda muy poquito para ser el macho alfa ―alfaguara, por cierto, creo que significa algo así como «abundancia de bienes», lo que no debe de ser casualidad en el caso que nos ocupa―, lo que llenará de orgullo a sus mamás y primas segundas, pero tal vez desacredite las mismas posturas que otrora algunos ―críticos y autores― dijeron defender.


GÉNESIS

Acabo de decir, sin embargo, que vivimos un buen momento para el relato, y lo creo sinceramente. Incluso podría hacer extensiva esa apreciación a la novela, aunque ahí el terreno se vuelve un poco más pantanoso. Pero algo pasa con el cuento, esa «expresión de una sociedad viva, adulta y libre» que decía el maestro Zapata. Y sin generaciones, con trabajos y voces distintas que no casan con ninguna etiqueta, por mucho que algunos intenten arrimar el ascua a su sardina. Ricardo Menéndez Salmón, por ejemplo, entre novela y novela, tiene tiempo para publicar dos relatos tan formidables como «Gritar» y «La vida en llamas» en ese libro suyo de Lengua de Trapo que ojalá hubiera tardado, por lo menos, un año más en podar y perfilar, para ser del todo redondo. Es un autor con una capacidad lírica incuestionable que gana más cuanto más la somete a la narración y menos la exhibe. Hay en el mundo del cuento lo que yo llamo hombres-arrecife, escritores que son referencia y no necesitan hacinarse en ninguna balsa para navegar según su propio rumbo, escritores como el mencionado Ángel Zapata o Eloy Tizón, que sólo se parecen de veras a sí mismos y que en los últimos años nos han regalado lecturas e iluminaciones inolvidables, todavía no suficientemente señaladas por la crítica, a pesar de publicar en editoriales que sí tienen presencia en el circuito. Me pregunto qué quedará de sus libros en el futuro, cuando una sociedad en los estertores del petróleo ―a ver hasta cuándo exprimen la jodida vaca los fabricantes de coches― mire hacia atrás en lo literario. Qué libros habrán quedado, a qué iniciativas estériles les estamos dando pábulo para la posteridad. También en este tiempo hemos visto algunos resbalones como el malhadado limón del muy respetado Sergi Pàmies, que esperemos haga oídos sordos a las sirenas editoriales la próxima vez y entre en vereda en su siguiente libro. De quien no podemos decir lo mismo es de Quim Monzó, que con Mil cretinos vuelve por sus fueros y deja temblando algunos muebles con su paso de paquidermo distraído; nada más lejos de la realidad, porque si algo tienen los cuentos de Monzó es mirada atenta y caminar seguro. Carlos Castán también ha publicado recientemente, como tantos otros que ahora mismo callo, porque la lista es larga. En resumen, para respaldar lo dicho sobre las no-generaciones, sólo hay que comparar la obra de todos los autores que he citado en este párrafo: calidad y diversidad.


GENERACIÓN DSP

Si acaso, estoy dispuesto a aceptar que sí hay una generación: la generación DSP. Somos humanos, lo queramos o no, a poca nobleza que nos quede, nos regimos por un sistema de lealtades ―tener o no talento, comulgar o no con otros, todo es perdonable, pero no existe atenuante para el delito de ser un desagradecido o un traidor―, incluso los prohombres que creen estar por encima del bien y del mal tienen su pequeño círculo de aliados, pero estas lealtades se dignifican cuando obedecen al afecto sin desvirtuar el rigor. Aún así, tengo la desagradable sensación de que debiera explicarme o justificarme por hablar de los libros de tres amigos, y me fastidia que así sea. Significa que el aire está tan viciado que nadie se cree que uno pueda ser objetivo al comentar la obra de un amigo sin que queden en tela de juicio la honestidad y la independencia de su criterio. En ese sentido, los tres autores que voy a mencionar en la entrada del próximo día me han puesto en un compromiso, porque han escrito tres libros de relatos que de veras valen la pena. ¿Qué hacer? Baste mi credibilidad, la poca o mucha que me pueda haber ganado en este tiempo, la que hoy mismo pongo en cuarentena o expongo con inconsciencia. Creo que salta a la vista que no me escondo, que no me caso con nadie, y que no gano absolutamente nada con todo esto. Nada, palabra. Lo único que saco en claro es no haberme callado y tal vez, con mucha suerte, haberle hecho reflexionar a alguien, haberle dado, aunque fuera sólo a una persona, la opción de plantearse unas cuantas cosas antes de ejercer su verdadera libertad de elegir. Incluso si prefieren leer otros libros y no de los que hablaré en breve.

Generación DSP. Podría sacarme de la manga algo así, tirar de acróstico, urdir lazos donde no los hay y forzar los que sí existen hasta la extenuación. Fabricar teoría intencionada. Podría echar mano de fechas, hablar de cuentistas que nacieron en una España que estaba a punto de dejar el blanco y negro. Podría hacer una exégesis de sus lecturas, las que comparten y las que no, las que se traslucen de Carver o de Capote, de Bernhard o de Brecht ―o eso creo―, de Monzó y de Cortázar. Podría, en definitiva, pensar más en mí mismo que en estos libros y epatar un poco al personal, pero no. Lo cierto es que esos tres libros son muy distintos, lo que me parece saludable para el cuento, y que son tres magníficos libros de relatos, que me lo ponen absolutamente fácil cada vez que alguien me pide que le recomiende alguna lectura del ahora, algo nuevo. Y eso haré en mi próxima entrada: a quien quiera que lea esta bitácora, le recomiendo su lectura sin ambages. No voy a hacer tres reseñas concienzudas, apenas un comentario con mi breve impresión general, pero creo que basta para que conste en acta mi apuesta por ellos, sin fisuras.

No hay generaciones viables en lo literario. Sólo esta generación DSP: De Su Padre y de su madre, como cada uno, como todos, qué si no. Y eso es lo mejor: que no nos espera un discurso único y reiterativo a la vuelta de la esquina, que en cada autor vive una mirada distinta, y eso viene a satisfacer al lector inteligente, que no lee para que le den la razón, ni para satisfacer ese otro instinto tan humano de pertenencia al grupo, sino para transitar otros mundos. En literatura, de cada autor sólo queda el trabajo tras de sí, aquello de su escritura que tiene la facultad de recobrar vida en manos del otro. Y esa conexión sucede en singular, sin colectivos, sin generaciones, sin intermediarios. Hay literatura en un texto o no la hay. Todo lo demás es paja, Mercado y bisutería.

15/5/08

Ficciones.

Presentimiento

Cada vez que hago el amor, después de cada orgasmo magnífico, un pájaro muerto brota en la cama. Cuando río con los amigos, tras ganar a la lotería, al celebrar el triunfo de mi equipo; siempre un pájaro muerto, tendido a mis pies.
Esta mañana desperté en los brazos de Laura tras otra noche pletórica. La cama impoluta, sólo nuestros cuerpos enlazados y satisfechos sobre el colchón. En la terraza, su canario cantaba con una felicidad desmedida, insultante, vital.
Algo terrible va a suceder.

MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, Baúl de prodigios.
Traspiés, 2007.


Le pongo un espejo a este relato mínimo de Miguel Ángel Zapata.

Se derrumba el mundo aquí y allá, la escarcha hace añicos las espigas de trigo y en la garganta se me va cuarteando un silencio, una ausencia, el nombre de todas aquellas cosas que uno suponía ciertas. Escasea el agua y no hay barcos para esta sed. Y los pájaros cantaban, todo el rato, en las azoteas de la ciudad. Desde los balcones de una calle vieja por donde ella ya no ríe, todavía se oye la cantinela de los pájaros. Mundo idiota y mugre en el espejo, mierda por todas partes y tanta vida detrás de la mordaza. Y el trino cabrón de los pájaros en cada esquina, y los árboles sin navajas delatoras de amores rotos, y las ramas asombradas de tanto pájaro, y el viento ausente, ensordecido.
Y leo libros, y brindo con amigos por las buenas noticias, y desvarío un poco, y me pierdo aquí y allá, y el espejo se rompe y me corto. Y la calle desierta, y las azoteas son cementerio. Y ni un maldito pájaro, ni un silbido, ni siquiera la saeta servil de un ave fría cortando el aire en retirada. El silencio absoluto, la mordaza cambió de boca.
Algo maravilloso se avecina.

Es extraño, debería estar asustado, roto, pero no me siento mal, me veo digno, me sacudo el polvo de los hombros, sorbo la sangre de la herida y el labio en forma. Y grito un poco, pero soy yo, me reconozco. Sigo adelante.

Mañana viernes sonreiré mucho más, conoceré a personas que me interesan, abrazaré a un amigo que aún no estuvo delante, aunque siempre le supe al otro lado. Veré el libro de otro amigo, que siempre está ahí, veré sus cuentos en manos de la gente, de todos nosotros, temblando, arando, sembrando. Me traen otro libro y un abrazo y veo a dos cuentistas del Diomedea en papel, Ana Pino y David G. Torres. En fin, en pleno campo de batalla, veo banderas que reconozco. Y sonrío. Mañana será un gran día...

...por la mañana os contaré algunas cosas más. De momento fusilo y mutilo esta nota de la bitácora Relataduras, del cuentista Juan Carlos Márquez:

Mañana viernes, a las 20 horas, tendrá lugar la presentación de Ficción Sur en la librería Tres rosas amarillas de Madrid. Ficción Sur, antologada por el escritor y artífice de Literatura en breve Juan Jacinto Muñoz Rengel y editada por Traspiés, reúne a la flor y nata de cuentistas andaluces (y un argentino adoptado), entre los que figura Miguel Ángel Muñoz, de El Síndrome Chéjov. Participantes:

Juan Jacinto Muñoz Rengel, Pilar Mañas, Antonia Moreno Cañete, Felipe Benítez Reyes, Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Fernando Iwasaki, Guillermo Busutil, Juan Bonilla, Miguel A. Cáliz, Manuel Moyano, Félix J. Palma, José Eduardo Tornay, Andrés Pérez Domínguez, Miguel Ángel Muñoz, Jesús Tíscar Jandra, Ginés S. Cutillas, Miguel Ángel Zapata, Nacho Albert Bordallo, José Lobillo, Andrés Neuman, Cristina Gálvez, Lara Moreno y Cristina García Morales

7/5/08

Posible o probable.

El futuro del libro es incierto, aunque el rumbo de la cuestión cada vez se va definiendo un poco más. Como en casi todos los demás cambios que ha experimentado el ser humano —en cualquier ámbito, pero en el caso que nos ocupa hoy, también a la hora de relacionarse con la cultura—, en los albores de una gran revolución pugnan dos fuerzas contrarias: la de los visionarios que cabalgan la novedad con el mismo ímpetu con el que carga la caballería y la de los reaccionarios, que afianzan posiciones en su barricada —alzada a base de legajos, antiguallas y otros objetos sagrados—. Todos sabemos, a poco que nos movamos en la sensatez, que a menudo una revolución comienza arrasando para terminar reposando, como las mareas. El libro electrónico no es un futurible, ya está aquí, tan sólo falta abaratar costes de producción, esclarecer el precio —de la plataforma y de los contenidos—, ajustar el margen de beneficio de los intermediarios, y pasar por la guillotina a unos cuantos de ellos, como al distribuidor, principalmente, el gran burgués en esta ecuación. Pero también sufrirán el embate del cambio los libreros, y si me apuran, los lectores, por pura saturación —efecto secundario de ciertas libertades—. Está por ver cómo evoluciona todo esto, unos se hacen cruces ante la perspectiva y otros se aferran a ella como única vía posible para el futuro del libro. Los argumentos a favor y en contra son muchos, y muy discutibles, el precio del papel y la sostenibilidad ambiental, la simplificación de la transferencia autor-lector, en la que no sólo se eliminarían intermediarios sino otros procesos y demoras que a día de hoy lastran esa comunicación, etcétera. Personalmente, creo que son indudables las ventajas del libro electrónico en algunos casos, una vez se ajusten las relaciones calidad-precio-catálogo, sobre todo en lo que se refiere a materiales de consulta, libros de texto, guías de viaje, enciclopedias, memorias o publicaciones científicas. Hoy en día comprarse una enciclopedia no sólo es un desperdicio de papel, sino una mala inversión que roza el snobismo —aunque siga luciendo mucho en la biblioteca del salón—, ya que lo digital asegura actualización y ampliación de contenidos —las bibliotecas personales pasarán a ser paquetes de memoria portátil, anaqueles de bolsillo—. Pero también estoy convencido de que el libro, tal y como lo conocemos hoy, no va a desaparecer. Insisto en que uno y otro medio convivirán, coexistirán, se pelearán y a veces incluso se complementarán.
En lo literario, que es lo que en realidad me importa, continuarán existiendo los tres actores principales: autor, editor y lector —la plaga de la autoedición seguirá llevando siempre una rémora, un membrete de precariedad, porque una cosa es el discurso original y otra, a veces muy distinta, el trabajo final que convierte esa obra en publicable, y del que los autoeditados no suelen ser nunca profesionales—. Cómo cambie la manera de difundir la literatura, cómo varíe o se perpetúe la adulteración de lo que en verdad es un legado artístico por parte de los grandes grupos, que seguirán presentes y copando mercados —las multinacionales ya están tomando posiciones para asegurarse las mejores cuotas, y sus enormes recursos para la publicidad seguirán moviendo los mismo resortes—, y sobre todo, cómo resistan la carga de la caballería, se sumen a ella o elijan un camino alternativo las editoriales independientes, marcará el devenir de toda esta cuestión. También vendrán problemas: aunque la SGAE asiente sus zarpas sobre la presa y nos cobre hasta por las baterías del aparatito, aunque la ley persiga el fraude, el fenómeno de la piratería afectará en un grado mucho mayor al libro electrónico —no es lo mismo copiar un archivo que fotocopiar Los pilares de la Tierra, que además es un atentado ecológico y contra el buen gusto, aunque los chinos no se cortaron un pelo en publicar ediciones piratas de Harry Potter...—. De todos modos, el número de consumidores de música o cine que tiran de top manta o de cierta mula electrónica no será nunca el mismo que el de los lectores interesados en verdadera literatura. Los que no dudan en repetir con Dan Brown o Coelho se bajarán los best seller, qué duda cabe, pero los desorbitados márgenes de beneficios de estas moles comerciales les harán resistir sin problema. Lo literario seguirá siendo para minorías, salvo excepciones, por lo que a los piratas no les resultará tan rentable el abordaje a ciertos títulos en libro-e.
Hoy no he querido profundizar demasiado en ello, sirva este preámbulo o este rodeo general a vuelapluma para presentaros este vídeo. Lo descubrí ayer por la tarde en un curso intensivo —y subvencionado— que acabo de comenzar para seguir completando mi formación: Gestión de proyectos editoriales. El vídeo está en francés, pero no importa si no habláis el idioma —yo mismo sólo entiendo un 50% de lo que dicen—, creo que siguiendo las imágenes podéis haceros una idea de lo que tendremos entre manos en unos cinco o diez años. Si se me pregunta por mi postura concreta, creo que mis proyectos responderán por mí mismo: estar al día y no perder el carro de las ya no tan nuevas tecnologías, vivir en el presente y hacer uso de todos los medios disponibles para hacer más efectivo mi trabajo —como escritor a medio plazo y como editor a día de hoy—, y entiendo como efectivo que sea viable y le llegue a los lectores adecuados, pero mantengo la intención de sacar adelante, cuando el momento sea propicio, una revista literaria que combine el formato papel con el digital —y que deje de abusar del talento y la generosidad o a veces la ansiedad de los demás, y le pague a sus colaboradores, aunque sea poco—, y un sello editorial propio —a largo plazo— que recupere el libro como objeto de arte en sí mismo, que le rescate de esa cosificación mercantilista a la que hoy está sometido. Una cosa es que una editorial sea rentable, y otra cosa que las cuentas sean las únicas editoras reales que deciden qué se publica y qué no. Por esa vía crece el tejido empresarial que nos tiene por sujetos consumidores, pero se pudre la red cultural que nos define como seres humanos. Me interesa editar libros en los que contenido y continente formen un todo que vaya más allá del simple formato, algo más allá del código de barras y el dictado de la inmediatez. Libros imperecederos de autores imprescindibles, si se me permite la osadía. Libros que coexistirán sin complejos y sin prejuicios con todas las ventajas de la modernidad: una guía electrónica de viajes interactiva que no pese en la mochila, o un ejemplar de National Geographic que podamos reenviar por correo electrónico —previo pago, claro, como siempre—. Libros de papel que uno, después de haber leído sin mayor problema cualquier novelita en su dispositivo electrónico, pueda entretenerse en tocar, oler y apoyar en el pecho un día de apagón o bajo los árboles del parque. Hay cosas que jamás desaparecerán mientras una minoría, por pequeña que sea, les siga otorgando un valor diferenciador. O acabaríamos todos dentro de diez años tomando paella, cocido o tiramisú en píldoras. Bueno, seguro que Ferran Adrià ya lo tiene en mente... pero yo sigo disfrutando del arroz a banda sin pretensiones en la caleta del pueblo. No me importaría cenar en El Bulli, seguro que es divertido, pero eso no significa que renuncie a la autenticidad y lo mejor de la tradición. Cada discurso y cada acento tienen su espacio y su marco adecuados, o se convierten en otra cosa. Y no hay más. ¿Qué pensáis vosotros sobre todo esto? ¿Qué os sugiere este vídeo? ¿Cómo os veis a vosotros mismos como lectores en diez años?