(Escritura nebulosa y terminal, ni relato ni carta, más bien cierto tipo de "handing").
LA ESPERA y en guardia. En una sala inmensa en la que no cesa el gentío de ida y vuelta, espero. En el centro de un músculo de mármol y acero que expulsa y absorbe miles de rostros por minuto, donde van a parar y de donde brotan los pasillos por los que se aprieta la sangre anónima, espero. En el latido y la velocidad del mundo, bajo el abecedario de todas las ciudades que existen, de todas las calles donde mi hogar se ausenta. Sentado sobre una enorme maleta, llena de arena para no salir volando todavía, espero. Después de tantos años licenciándome en la vasta ingeniería del lastre consigo ahora no volar antes de tiempo y permanezco firme, centinela en guardia sobre las ruinas de mi propia fortaleza. Atado al peso de mi equipaje espero, a que en algún momento un timbre amarillo pronuncie tus coordenadas ―una ciudad del norte, una isla de roca vieja, una espiga de trigo en la nieve―, a que tu voz se agriete una vez más y entre la niebla se anuncie mi vuelo. A que tu boca me llame, en realidad, para dejarlo todo y extraviar la maleta, para emprender el vuelo con la voz vacía, para que sólo tu nombre la ocupe, a eso espero.
LA ESPERA y en guardia. En una sala inmensa en la que no cesa el gentío de ida y vuelta, espero. En el centro de un músculo de mármol y acero que expulsa y absorbe miles de rostros por minuto, donde van a parar y de donde brotan los pasillos por los que se aprieta la sangre anónima, espero. En el latido y la velocidad del mundo, bajo el abecedario de todas las ciudades que existen, de todas las calles donde mi hogar se ausenta. Sentado sobre una enorme maleta, llena de arena para no salir volando todavía, espero. Después de tantos años licenciándome en la vasta ingeniería del lastre consigo ahora no volar antes de tiempo y permanezco firme, centinela en guardia sobre las ruinas de mi propia fortaleza. Atado al peso de mi equipaje espero, a que en algún momento un timbre amarillo pronuncie tus coordenadas ―una ciudad del norte, una isla de roca vieja, una espiga de trigo en la nieve―, a que tu voz se agriete una vez más y entre la niebla se anuncie mi vuelo. A que tu boca me llame, en realidad, para dejarlo todo y extraviar la maleta, para emprender el vuelo con la voz vacía, para que sólo tu nombre la ocupe, a eso espero.Mi pasaporte lleva más sellos que páginas, más exilios que fronteras, y en la fotografía se pueden reconocer los rasgos del eterno pasajero en tránsito. Cualquier aeropuerto de origen se desmantela en cuanto emprendo el viaje y la tripulación negará haber partido de allí alguna vez. El camino de vuelta y la patria ficticia los borra el viento mientras vuelo, como la estela de un caza abatido en una batalla por proyectiles de silencio y palabras rotas. Me olvido pronto de los naufragios aéreos, la sal del llanto se seca pronto y en seguida brota de nuevo la alegría, la vocación de explorador. No soy de ninguna parte y sin embargo cada aterrizaje me resulta familiar, cada vez que me estrello los pedazos se disponen en una geometría que reconozco: el diagrama que me define, un manual de instrucciones escrito en un idioma cifrado del que sólo tú tendrías la clave si quisieras. Así, de chatarra y cascotes diseminados por el suelo, de trazos de tinta arrojados al mapa en blanco he ido llenando de arena mi maleta, sobre la que ahora, sentado, espero.
La niebla dura ya muchos años, tantos, que los hombres ya se han hecho al gris y no son capaces de hablarme de la luz del sol. Siempre están aquí, pertenecen a este lugar y se confunden en el flujo del gentío, y ya no saben de otra claridad que la asepsia del mármol y la mecánica del acero. Con que estén limpios les basta, con que todo funcione les vale; aquí no hay sitio para el olor de la hierba o el rumor de la nieve. En un lugar en el que el mundo se mueve tan deprisa y se reparte aquí y allá, hasta el último rincón, hasta la última ciudad, el mismo cielo se hace un lugar tan improbable como el agua para el pez. De tanto volar por inercia, la costumbre les ha borrado la noción del aire. La niebla se ha hecho tan compacta que parece una extensión natural del suelo y aun en pleno vuelo los hombres de gris mantienen la mirada recta, los brazos cruzados, de ciudad en ciudad, avanzando a diez mil pies de altitud como quien gana estaciones bajo tierra en cualquier metro, sin importar lo que queda al otro lado de la ventanilla, sin contar con lo que viaja más adentro del traje.
Yo nací a destiempo, aparecí de pronto en la sección de objetos perdidos, y por eso siempre viajo desnudo y pego la nariz al cristal. Lo sigo haciendo, aunque la niebla no me siente nada bien, porque es demasiado fría para mis huesos y demasiado opaca para mis ojos. La niebla dura ya tanto que he de inventarme otro cielo, escribir un aire nuevo, para cuando pueda deshacerme de esta maleta y volar por fin a tu lado. Le doy la vuelta al reloj de arena pero la maleta nunca se vacía y el momento no llega, nuestro tiempo no despega. Por eso, mientras espero, para no volverme loco cierro los ojos y olvido el mármol y el acero, y la circulación de la gente, y el gris de los otros, y los latidos del mundo, y los infartos del sueño, y recuerdo tu boca, tu voz de sábana rasgada que aún me roza, el sello de tus dientes en mi pecho, el visado de tu sonrisa —ese que abre todas las fronteras—, el refugio de tu aliento, los peces inquietos que te bullen en la boca, el alimento marino de tus besos, tu lengua cruda y tibia que aún se agita en lo más íntimo de mi naturaleza, las palabras pocas que temblaban, y ese mapa hecho de labios y saliva que no se borra, que no se olvida, que me acompañará ya a todas partes, como la única patria cierta, el único destino que me podrá saber nunca a regreso, a lo más parecido que un exiliado podría tomar por el último viaje, el único que desea y espera: el de vuelta a casa.
Aquí, sentado sobre un lastre y un tiempo que estoy deseando perder de vista, sorteando el flujo de la gente y mirando a cada rato el panel de salidas, espero. Por si en un instante se arma tu nombre y al fin despega mi vuelo, sigo atento, por si se anuncia mi vuelta a casa. Aquí sigo firme y en guardia, y espero, a que la niebla escampe, a que tu boca me llame.



