Bitácora de Sergi Bellver: febrero 2008

26/2/08

A.

A modo de despedida. Del libreto personal de A, febrero de 2008, fragmentos:


«La Verdad es aquello que produce resultado.»
BUDA



ALIADOS. Eso es lo que somos, lo que fuimos desde un principio y lo que siempre seremos. No es un compromiso ni una promesa, sino la expresión más íntima de nuestra naturaleza, el único modo en el que mi ser concibe y siente que puede estar ya en el mundo.

[...] Vivimos en un mundo en el que las cosas suceden a gran velocidad y el vértigo hace que muchas veces no reparemos en la lentitud de cierta belleza, en los detalles más frágiles de la historia. Por eso, y por el uso continuado y repetido de ciertas palabras en nuestra vida, algunas de ellas se gastan como lápices usados que cada vez van dejando un trazo más grueso y difuminado. Algunas de esas palabras pierden el filo y ya no nos sorprenden como antaño o, lo que es más importante, ya no les damos el mismo crédito.

[...] Y es que podemos asegurar muy pocas cosas en esta vida, porque la Verdad misma es un animal huidizo que va lanzando señuelos, y al tratar de descifrarlos perdemos demasiado tiempo, demasiada energía. Casi siempre las cosas son mucho más sencillas, y si realmente deseamos algo, vamos a por ello. Pero a veces no todo depende de nosotros, y aunque la fuerza de voluntad, el deseo y la esperanza sean capaces de incidir en la realidad misma para cambiarla, en ocasiones es esta la que nos moldea a nosotros, con un golpe inesperado del destino del que no podemos escapar. Lo encajaremos y superaremos o nos dejará abatidos, eso depende de nuestra fuerza interior. La vida es una mezcla de aquello que deseamos hacer con ella y aquello que somos capaces de hacer con lo que ella nos trae. La vida nos pone delante las oportunidades para crecer o vivir algo intenso, para trascender, y sólo de nosotros depende aprovecharlas. Uno ha de ser valiente para no arrepentirse de haber dejado escapar algo, cuando tuvo su momento. Porque nunca sabrá qué hubiera sucedido. Y sólo hay dos maneras de conseguir evitar ese arrepentimiento: el olvido o la apuesta, dejarse vencer o dejarse ir, conformarse o luchar. Seguir la inercia de las cosas o marcar el propio ritmo, aunque cada elección suponga una renuncia y cada camino escogido deje atrás otros aún desconocidos.

*

AFINIDAD. Una palabra amable que define aquellas cosas que alguien puede tener en común con otra persona. Un concepto que va directo al plano mental que nos hacemos del otro, sus gustos, sus costumbres, sus maneras, sus valores, todos aquellos mecanismos que hacen que una convivencia funcione, que ese pacto implícito sea conveniente y propicio para las dos partes. Pero a veces todas esas cosas dependen de factores tan frágiles, tan cambiantes, que uno no sabe si pertenecen más al ambiente, a la cultura en la que hemos crecido, a la herencia personal de cada uno, y a la voluntad de que las cosas funcionen a toda costa, que a nuestra verdadera esencia.
No miramos más que a través de un prisma heredado, y muy pocas veces logramos dar rienda suelta a nuestra verdadera mirada, aquella que nos revela al instante la naturaleza más íntima de las cosas, sin necesidad de pensarlas dos veces. Uno sabe cuándo tiene delante algo que le conmueve, sin tener que meditarlo. Uno percibe cuándo lleva dentro un sentimiento sincero, sin que le haga falta explicarlo, ni explicárselo a sí mismo, sobre todo. Hay cosas que suceden sin más, tan claras como el día y tan bellas como el ocaso, aunque nuestra mirada no acierte siempre a verlas, tras ese velo de nubes que la normalidad ha tejido con los años.
¿Quiénes seríamos si nuestra naturaleza pudiera conservarse intacta? ¿Llegaríamos a ser de veras alguien si no hubiéramos recibido todas esas influencias, conscientes o no? Nuestra personalidad se va formando por una combinación de ambas fuerzas, el exterior que nos va puliendo y el interior que se va definiendo cada vez más, conforme el tiempo y la experiencia van haciendo su trabajo.

[...] No puedo decirte si la afinidad sustenta o no las relaciones humanas, no sé si lo que construye de veras una convivencia feliz reside sólo en esas cosas, la conveniencia de un modo de vida, la tolerancia con el espacio propio del otro. Mi experiencia me dice que sí, que todo eso no sólo es útil, sino muy necesario. Pero también mi voz interior me deja claro que cuando un alma se siente en comunión con otra, a un nivel tan íntimo, todo lo demás deja de importar, todo lo demás acaba encajando, entrando en armonía por una suerte de ley natural.

*

ACTUAR.

[...] Vivir es actuar cuando la vida nos da pie, porque no hemos venido a ser espectadores, sino a escribir nuestra propia historia, el guión original que sólo nosotros podemos idear para ser felices, dignos y completos. Todos los seres humanos tenemos una responsabilidad con nuestra propia felicidad, y no podemos traicionarla con las estrategias de la mera supervivencia, ni mucho menos con el miedo. Vivir requiere valor, actuar requiere valor, pero sólo entonces nuestra vida se convierte en algo valioso de veras, en aquello que realmente vinimos a hacer a este mundo. Y si todos nos atrevemos a ser audaces, a no traicionar nuestra felicidad, conseguiremos además una realidad mejor, sin reproches, sin culpas que achicar en otros, un mundo en el que cada uno será responsable de su propia sabiduría, aquella que poco o nada tiene que ver con lo que cualquier persona normal esperaría de nosotros, ni con lo correcto o lo cabal —que suelen ser puntos de vista ajenos— sino con lo que nuestro ser interior necesita realmente para crecer en plenitud.

*

ATRAVESADO.

[...] Tengo miedo.
Tengo miedo de no ser valiente y arrepentirme después.
Tengo miedo de tener miedo y arrepentirme siempre.
Tengo miedo de ser demasiado valiente y estropear algo.

22/2/08

Fallo del III Premio de Relato mínimo Diomedea.

Soy un «vacaburro». Aclarado este punto y, partiendo de esa base, no voy a lamentarme por cómo se han desarrollado las votaciones o por el trabajo extra: yo me lo he buscado. Pero, desde luego, ya he tenido bastante de jurado popular. Como experiencia no ha estado mal, siempre hay que sacar provecho de todo para el futuro y respecto a estos temas he aprendido la lección.

Aunque con «Conjunto Mandelbrot» y «Mamá» lo tuve un poco más claro, no deja de ser curioso —e irónico— que al final, como me sucedió con las dos anteriores ediciones del ya difunto Diomedea, el relato ganador acabe siendo el mismo por el que yo apostaba desde un principio. Podría haberme ahorrado algún dolor de cabeza y decidir según mi propio criterio, pero no quería darle más la vara a los anteriores jurados ni tampoco imponer mi opinión. Pretendía que fueran los autores y lectores —lectores lectores— quienes dijeran la suya. Digamos que la elección final ha sido absolutamente democrática, eso sí. Aunque me consta que unos han leído con atención y entusiasmo, y otros no tanto. En fin, en el fondo habrá sido divertido para algunos y, lo más importante, creo que lejos de cualquier otra consideración —y sólo ciñéndose a los textos, que es lo que cuenta aquí— el resultado final hace justicia.

Gracias a todos por vuestro tiempo. Mis disculpas a quienes hayan podido molestarse por algo, aunque yo no puedo —ni quiero— hacerme responsable de las actuaciones de terceros. Bien está lo que bien acaba y creo que esos tres son los mejores relatos, sin más.

Mucha suerte también a los cien votantes registrados para el sorteo de esta tarde. La próxima semana se le enviará un ejemplar de la antología de relatos Sobre tierra plana (Gens, 2008) al afortunado, la persona cuyo código coincida con los dos últimos dígitos del sorteo de la ONCE de hoy, viernes día 22 de febrero de 2008.

Y por supuesto, enhorabuena, no sólo a los galardonados, sino a todos aquellos que no necesitarán ya de ningún concurso para mantener la fiebre intacta y seguir escribiendo. Me siento afortunado y orgulloso porque he tenido noticia de haber sido alguna vez para alguien, en cierto modo, el agente contagioso de esa fiebre.

Fallo del III Premio de Relato mínimo Diomedea:

En esta segunda edición se han registrado 49 relatos a concurso, enviados en su mayoría desde España, pero también desde varios países latinoamericanos.

El administrador propuso doce relatos como candidatos (leer todos: [*]) y tras votación pública se otorgaron 194 puntos al relato ganador, 172 al primer finalista y 155 al segundo. Los tres accésit obtuvieron 66, 64 y 61 puntos.

Recuento final de votos: [ver]

Mención especial a los relatos:


CD4, de Jordi Roldán (Palma de Mallorca).

Dicen que la rutina mata el amor, de Fernando Alcalá (Cáceres).

El criterio, de Antonio García Fernández (Almería).

Hogueras, de Carlos Arnal Falset (Barcelona).

Un instante de gloria, de José Antonio Rodríguez Balmón (La Solana, Ciudad Real).
Bitácora no disponible

Voces, de Fernando Güidi (Zárate, Argentina).
Bitácora no disponible


Accésit:

Obtienen un ejemplar de la antología de relatos
Sobre tierra plana (Gens, 2008).

Alias «Enmascarado», de Pedro Peinado Galisteo (Madrid).
Bitácora no disponible

Duelo, de Manuel Sánchez Vicente (Madrid).

Piel de Manzana, de Ernesto Ortega Garrido (Madrid).
Bitácora no disponible


Finalista del III Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del III Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: En la larga distancia
Autor: Raúl Ariza Pallarés
(Castellón, 1968).

Escribe desde Benicàssim, Castellón. Se define como un buscador: buscador de ideas, de imágenes y de momentos.
Bitácora: La isla del sabor

Obtiene un lote con los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), y la antología Sobre tierra plana (Gens, 2008); ambos por gentileza de la editorial.


EN LA LARGA DISTANCIA



DESPUNTABA EL ALBA y un olor intenso similar al almizcle comenzaba a impregnarlo todo.
Desde el ventanuco de aquella casa de alquiler ―de aire colonial, de maderas blancas y persianas de color verde caribeño― divisaba en la frontal todo el Parque de la Savane. Llevaba en la isla tres días. Encerrado, sin más contacto con el exterior que el que me proporcionaba la impresionante vista del parque cada vez que me asomaba levemente para graduar la mira telescópica ―las miras no eran ni mucho menos estadimétricas como las de ahora― pasaba las horas escuchando el revoltijo de sonidos que desprendía la selva.
Por aquel entonces yo utilizaba un Enfield nº 4 MK 1 que era una joya. Me lo dieron en La Empresa. Me encapriché de él nada más verlo; era viejo, robusto pero agradable al tacto y tenía una precisión de casi 1 MOA, lo que, para aquellos tiempos, era prácticamente un milagro. Además, en La Empresa siempre juraron que había sido ensamblado a mano en Holland & Holland. Yo lo llamaba Poniente.
No guardo notas laborales, claro está. Pero recuerdo perfectamente aquel encargo en La Martinica: se llamaba Morceau, y era un terrateniente bananero con ciertas ínfulas independentistas.
En la larga distancia es propiedad de © Raúl Ariza Pallarés 2008.


Finalista del III Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del III Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: Unas botas naranjas
Autor: Ignacio Oscoz
(Irún, 1974).

Escritor guipuzcoano residente en Madrid. Finalista en el I Certamen de Relatos Ultracortos de Ex Libris con «Regalos», publicado en el libro recopilatorio del certamen. Acude a un Taller de Dramaturgia en la sala Cuarta Pared, prepara un monólogo teatral y su primera novela.
Bitácora: Los cuadernos de Dimitri

Obtiene un lote con dos libros de relatos, uno de ellos la antología Sobre tierra plana (Gens, 2008). Como finalista del I Premio de Relato mínimo Diomedea, ya obtuvo el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por lo que podrá elegir cualquier otro título del catálogo de Gens, por gentileza de la editorial.


UNAS BOTAS NARANJAS



MARIETA TIENE CUATRO AÑOS y nunca ha dicho una palabra. Marieta es una acróbata de preescolar, con invisibles alas blancas, mirada sonriente y ese sempiterno silencio. Marieta tiene millones de pecas y pelo de zanahoria. Una tarde, al bajar del bus de la escuela, entre los eternos edificios enhiestos y apenas sobresaliendo un palmo de la bruma azulada del asfalto, Marieta encontró unas botas naranjas. Sin dudar, se quitó los zapatos y se las puso. Ellas le dijeron a dónde tenía que ir.
Horas más tarde, Marieta llegó a casa y encontró a su madre desquiciada. Sin escuchar la bronca, la pequeña empezó a bailotear, llenando la entrada de barro mientras canturreaba por lo bajini. Era una voz extraña, pero HABLABA. La madre paralizó hasta su menor músculo. Su moño-lápiz se revolvió y se deshizo, dejando retozar el pelo sobre los hombros.
―Puedes hablar…
Entonces sonó la voz, siamesa, en dos tonos armónicos:
―Marieta todavía no quiere hablar. Tenemos hambre y necesitamos un buen baño. ¿Podemos merendar algo?
Unas botas naranjas es propiedad de © Ignacio Oscoz 2008.


Ganador del III Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del III Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: Trueques
Autor: Carlos González Zambrano
(1973).

Nació ideológicamente en el Sur, en 1973. En sus propias palabras, es un gran amante de la lectura, afición que ha contribuido a mejorar el léxico de su pareja, que se ha visto obligada a recurrir con frecuencia al diccionario en busca de nuevas variantes de recriminaciones para demandar atención.
Extremófilo confeso, practica semanalmente terapia en su bitácora. A finales del pasado 2007, Miguel Ángel Muñoz le publicó algunos cuentos en Los inéditos. Reside en una localidad sevillana y escribe a ratos.

Bitácora: Extremófilos

Obtiene un lote con los libros de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006); las antologías Parábola de los talentos (Gens, 2007) y Sobre tierra plana (Gens, 2008); todos por gentileza de la editorial, y Amor del bueno, de Víctor García Antón (Caja España 2005) —que obtuvo el Premio Caja España de Libros de Relatos 2004—, por gentileza del autor.


TRUEQUES



UN FRENAZO REPENTINO le despertó de pronto. Con el desconcierto del sobresalto se llevó puesto el brazo que Silvia le pasaba por el hombro y ella se apropió del suyo. Aún tardaron unos minutos en percatarse del cambio, que festejaron con más risas que alarma. Las noches siguientes se sucedieron algunos canjes mínimos, que apenas notaron: primero fueron los meñiques, más tarde los ombligos, en otra ocasión los lunares mudaron de dueño. Semanas después, la confusión de piernas enlazadas al dormir propició el intercambio de un pie. Los zapatos no calzaban bien y ambos presentaban una ligera renguera, que toleraron con resignación.
Una mañana de despertador prematuro Silvia dejó olvidado un seno en la espalda de Marcelo. Tras este incidente, ella se vio obligada a utilizar una prótesis y a él no le quedó más remedio que adquirir una faja que disimulara la insólita joroba.
El temor al próximo trueque les volvió huidizos, recelosos. Evitaban cualquier contacto y retrasaban el sueño todo lo posible, no fuera a ser que.
Dos dudas le asaltan a Marcelo la madrugada en que le despierta el peso de una mano en el cuello: a quién de los dos pertenecerá y cuándo dejará de apretar.
Trueques es propiedad de © Carlos González Zambrano 2008.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.

15/2/08

El valor del Premio de Relato mínimo Diomedea.

Nota:

A las 20.30 horas de hoy jueves se ha llegado a los cien votantes para el sorteo del libro. En este momento se cierran las votaciones por correo-e o como comentario —cualquiera que se deje a partir de ahora no será sumado—, pero el resultado no es definitivo: las personas que fueron invitadas por el administrador a través del correo-e todavía pueden ejercer su voto tal y como estaba previsto —por el correo-e o, ellos sí, como comentario— hasta las 14 horas (CET) de mañana viernes, día 22, y sus votos computarán para el resultado final, aunque ya no entrarán en el sorteo.

En cuanto al sorteo del libro, contarán las dos últimas cifras del número de la ONCE de mañana, viernes 22, que en caso de ser "00" darán como afortunado al votante número 100.

Suerte a todos.

Recuento de votos actualizado a las 20.30 horas (CET) del 21/2/08 [ver]
Autoría de los relatos desvelada. [1]
Saltar a textos [3].
Comentarios contestados en la entrada anterior: todos (otro día sigo con los correos).



Terminar con esta iniciativa no ha sido una decisión fácil ni agradable. No voy a redundar en razones ni a aburriros más con mis cuitas personales, porque este fin de semana voy a contestar ―«contestar», ya que responder a la altura de esa abrumadora corriente de afecto que he recibido resulta casi imposible― una por una a vuestras huellas en la entrada anterior y a los correos privados y llamadas de otros amigos. En esto también hay cribas, y en los momentos duros uno se da cuenta de quién hace de veras honor a la amistad y quién mutis por el foro. Como digo, este fin de semana os escribo y contesto a todos sin excepción, hasta ahora, sencillamente, no tenía el ánimo disponible ―y en realidad sigue ausente, pero la entrada de hoy era cuestión de integridad―. Las cosas están como están y no tiene sentido darle más vueltas. Sin embargo, sí me gustaría darle un cierre especial al Diomedea. Luego lo veréis, porque vais a participar en ello.

En las dos primeras ediciones del premio me ayudaron como miembros del jurado escritores y profesores de escritura creativa, algunos de ellos, además, amigos. Ese era uno de los dos valores reales de este premio: las tablas y el criterio de quienes valoraban los relatos que yo les proponía tras una intensa criba. En el I Premio de Relato mínimo Diomedea ejercieron como jurado Inés Arias (escritora y profesora de la Escuela de Escritores), Matías Candeira (cuentista), Alfonso Fernández Burgos (escritor, editor y profesor de los Talleres Fuentetaja), Víctor García Antón (cuentista y profesor de los Talleres Fuentetaja), Elena González (escritora), Elena del Hoyo (escritora), Luis Llorente (editor), Miguel Ángel Muñoz (cuentista), Javier Sagarna (escritor y director de la Escuela de Escritores), Magdalena Tirado (escritora , profesora de los Talleres Fuentetaja y de la Escuela de Escritores), Mariana Torres (escritora y profesora de la Escuela de Escritores) y Enrique Triana (cuentista). En el II Premio de Relato mínimo Diomedea repitieron como jurado Matías Candeira, Alfonso Fernández Burgos, Víctor García Antón, Javier Sagarna y Magdalena Tirado, y colaboraron también Carmen Cacho (escritora y profesora), Iván Humanes (escritor, codirector de la revista Dado Roto y ganador del I Premio de Relato mínimo Diomedea), Juan Carlos Márquez (cuentista y profesor de la Escuela de Escritores) y Juan Pablo F., Palimp (responsable de la magnífica bitácora Cuchitril literario y lector impenitente). A todos ellos, mi más sincero agradecimiento por su tiempo y su colaboración desinteresada.

Esa cualidad innata, la del lector que se toma en serio y vive a fondo sus lecturas, me parece esencial en todo esto. Otros, casi siempre autores ensimismados, olvidan que todo en «su literatura» bebe de lo que les ha formado como lectores, y uno se pregunta si no acaban tan despegados de la fuente inicial que se pierden en una suerte de pirueta continua y estéril. La literatura podría llegar a subsistir ―aunque a día de hoy los «necesite»― sin todos los mecanismos del libro, la difusión y el cultivo del ego, pero su tronco más íntimo, el mismo que comparten La Ilíada, un cuento de Chéjov o la primera ficción que el nómada narró a sus congéneres en torno a la hoguera primitiva, hunde sus raíces en un pacto inviolable ―e inefable― entre autor y lector, que les diluye y les une a la vez a través del texto. Sólo eso cuenta, sólo entonces la literatura sucede, sin importar el dónde ni el cómo.

Por esa razón, quiero cerrar el Diomedea haciendo uso del otro valor real que ha tenido desde el principio este premio: vosotros, autores y lectores. De modo que a la tercera ―la vencida en mi caso, pero victoriosa para el cuento―, va la vuestra. Tras una lectura atenta y concienzuda, os propongo doce de los cuarenta y nueve relatos registrados para esta edición, y vais a ser vosotros los que elijáis al tercer y último ganador del Diomedea. Pido disculpas a los participantes por el retraso, ya que esperaban el fallo para hoy, pero he decidido que los tres más votados después de finalistas y ganador reciban también un premio: un ejemplar del libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006). Vuestras votaciones conformarán el podio, con dos finalistas y un ganador. Los tres recibirán, como estaba estipulado, el libro de relatos ya mencionado, y el ganador además la antología de relatos Parábola de los talentos (Gens, 2007) y Amor del bueno, de Víctor García Antón (Premio Caja España de Libros de Relatos 2004). Y para compensarles también por el retraso, los tres obtendrán además un ejemplar de Sobre tierra plana, la nueva antología de Gens que acaba de salir de imprenta.

Pero para dejarnos aún mejor sabor de boca a todos y rubricar un digno adiós, todavía hay una sorpresa más: entre todos los votantes se sorteará otro ejemplar de esa nueva antología de relatos, Sobre tierra plana, que acaba de publicar Gens. Once relatos con el viaje como hilo conductor, de autores en su mayoría muy jóvenes, y con prólogo del escritor y periodista Javier Reverte. Manuel Hidalgo, mientras habla sobre la última película de los Cohen o sobre el maestro Chéjov, comenta también ―precisamente hoy― en EL MUNDO lo siguiente sobre esta antología:
«Sobre tierra plana. Relatos de viajes con homenaje a Faulkner, a cargo de jovencísimos escritores, menores de 25 años en su mayoría. Da gusto comprobar la exigencia en el uso de la palabra, la ambición en el estilo. Hay apetito de buena literatura.»


Formas de ejercer el voto: [2]

I. A propuesta del administrador, la persona en cuestión recibirá un mensaje de correo-e con una invitación para votar. De este modo se le propondrá a algunas de las personas que ya ejercieron como jurado en las dos anteriores ediciones y a otros escritores que deseen colaborar.

II. A través de un mensaje de correo-e, todo el que lo desee podrá votar enviando su valoración con el asunto «Votaciones para el III Premio Diomedea» a la dirección del premio o a la del administrador de esta bitácora.

III. A través de un comentario en esta misma entrada, pero sólo en el caso de usuarios registrados en Blogger, Wordpress, o con cualquier otra bitácora o página web reconocible. No se computarán en ningún caso los votos de comentarios anónimos ni con pseudónimo sin dirección válida, para evitar en lo posible suspicacias, como que alguien vote más de una vez o en nombre de otro. Quienes no tengan bitácora o página web pueden usar el correo-e.

Sistema de voto:

Tanto en los comentarios como a través del correo-e, se votará eligiendo tres relatos de la lista. Se le darán 5 puntos al escogido como ganador, 3 al segundo y 1 al tercero. Sólo hace falta mencionar la letra por la que han sido ordenados alfabéticamente. El plazo expirará el próximo viernes día 22 de febrero a las 14 horas (zona CET). A todos los votantes, tanto en el correo-e como en los comentarios, se les asignará un código de dos cifras por riguroso orden de votación. El código que más se acerque o coincida con los dos últimos dígitos del sorteo de la ONCE del próximo viernes 22 se lleva el libro mencionado. Si llegamos a 99 votantes, sólo contarán los dos últimos dígitos. Si rebasamos los cien, que no creo, contará el tercer dígito.

Nota importante:

Los autores de los relatos candidatos pueden participar en las votaciones, a través de comentario o correo-e, siempre y cuando no voten por su propio relato, como es de recibo.


[1] Van los textos candidatos, con su número de registro, y ordenados alfabéticamente. Pero desde hoy lunes, y después de pensarlo mucho, he decidido desvelar la autoría de los relatos, ya que algunos autores han publicado su trabajo en su bitácora, lo cual era perfectamente lícito, pero creo que podía poner en desventaja a otros. Además, así evitamos problemas de plagios y derechos. Creo que ha de ganar el mejor texto, simplemente, con o sin campaña. De cualquier manera, sigo esperando que todos votéis según vuestro criterio y gusto literario, sin más consideraciones.

Candidatos al III Premio de Relato mínimo Diomedea [3]

RELATO A:
(código de registro: 3L04F019AO)

ALIAS «ENMASCARADO»



ME LLAMO JUAN DE VILLEOUR Y SOY MENTALISTA. He trabajado en circos, salas de fiesta, colaboro semanalmente con un programa de televisión. Gané popularidad gracias a la osadía de ciertos trucos que apenas revelan un ápice de mí. Basta el ajuste empático, el preciso ángulo de las pupilas para mover, como si soplara, un mechón de cabello. Coser y cantar. Deshago pliegues de la ropa, aflojo tirantes. Digamos que me pierden los caprichos. A distancia. Muy fácil. Provoco aplausos. Me gusta esa chica, así que apuro mi suerte, la guío con suavidad hasta la puerta, la invito a caminar, la noche sugiere un paseo sin rumbo.
Si son impulsivas no sienten extrañeza. Luego queda menos, doblar una esquina, otra.
Al despertar no se reconocen; se despiden entre disculpas y lloriqueos. De vez en cuando las hay que languidecen. Alguna avería, qué más da. Son años de práctica, cientos de mujeres así. Ésta, en cambio, me ha visto. No se mueve de la cama. Estoy perdido si logra que firme una confesión.
Alias «Enmascarado» es propiedad de © Pedro Peinado Galisteo 2008.


RELATO B:
(código de registro: 3X30E012CO)

CD4



C SILBA A D, SU AMIGO DEL ALMA, de las pocas esperanzas que le quedaban en la colonia. Le llamaba el Blanco, cariñosamente, por el color de su piel. Cuando eran niños jugaban a la guerra contra seres diminutos, una alegoría de sus vidas. En plena adolescencia fueron llamados a filas, carne de cañón con el pie cambiado, una redundancia. No se habían vuelto a encontrar, hasta hoy. Por la manera de deslizarse sin pretensiones ni agresividad, C encuentra extraño el comportamiento de su otrora inseparable compañero.
―Fiuuu. ¿Cómo te va, Blanco? ¡Cuánto tiempo!
―¿Eres tú, Pálido? ¿C?
―El mismo, amigo, el mismo.
―No te conocía.
―Yo tampoco. Estás extraño. ¿También tú?
―Como el resto de hermanos.
―Los he visto. Su desánimo se propaga como una epidemia.
―No es desánimo Pálido, es algo que se nos ha colado hasta el tuétano.
―Una derrota en vida.
―La sangre perdida, el semen del miedo. ¿Y tú? ¿Cómo logras resistir?
―No me los creí cuando se presentaron. Escepticismo vital Blanco. Tal vez eso me haya salvado.
CD4 es propiedad de © Jordi Roldán 2008.


RELATO C:
(código de registro: 3L11F039DR)

DICEN QUE LA RUTINA MATA AL AMOR



ENTRAS Y NO SALUDAS. No miras dónde estoy, no me buscas, no me llamas. Ya no comes en mi mesa. Parloteas y no atiendo. Tu murmullo me aturde, me mutila, me aburre, me adormece. En tus ojos no me veo. Ya no estamos frente a frente. Te contoneas, te levantas, no me gustas. Ya no acaricias mi alma. Yo te miro y no te veo. Eres otra. Eras otra. Y a la vez eres la misma. Mis palabras, vagos ecos que no dicen lo que siento. Si lo hacen, no te enteras, no me sientes, no reparas en mi ausencia. Ahora me miras. Pasas por delante de mí, te persiguen tus caderas, tus tacones, el pintalabios, las medias. Yo no miro. No lo hago. Hace tiempo que no existes. Con un golpe me levanto. Aparto la silla, abandono el plato. Paso a tu lado y me miras expectante. Dices algo. No lo escucho. Me acerco a la puerta, la abro. Miro atrás, te compadezco; acabas de empezar a amarme y me he aburrido de esperarte.
Dicen que la rutina mata al amor es propiedad de © Fernando Alcalá 2008.


RELATO D:
(código de registro: 3M15E002DO)

DUELO



LO SIENTO, HICIMOS LO QUE PUDIMOS, está muerto ―susurró cabizbajo el médico a mi esposa, convertida en viuda tras años de espera―. Henchida ante su decisión de desconectarme de la máquina, y satisfecha por su nuevo estado civil, decidió enterrarme al día siguiente. Nada de llantos ―ordenó a nuestros hijos―. Ni siquiera preparó un velatorio en el que lamentar mi pérdida. Al notar sobre mí la tierra seca golpeando la caja conseguí mover una falange, luego dos, tamborileé la tapa con la yema de los dedos, y finalmente la emprendí a puñetazos con la madera. Cuando abrí el ataúd, mi ex mujer rompió a llorar desconsolada.
Duelo es propiedad de © Manuel Sánchez Vicente 2008.


RELATO E:
(código de registro: 3M12F049EO)

EL CRITERIO



MONTÉ EL SITIO MÁS CHIC DE LA CIUDAD. Todo de diseño, mobiliario de color, litografías de arte pop. Liechtenstein a mí me sigue gustando, qué le vamos a hacer; ese toque kitsch le da distinción a los sitios y empatiza con la gente. También nosotros somos gente, aunque nos duela. Y mi café-lounge es democrático, además de bonito. A la inauguración vinieron todos. De la oposición no vinieron tantos, pero los importantes vinieron. Y lo pasamos bien. Luego a la gente le gustó la propuesta. Moderno pero cercano. De ahora y de siempre. Nada mejor por estas tierras. Me copiaron otros bares y me dio igual. ¿Qué me importaba? Yo traje lo nuevo, qué podían hacer, siempre irían un paso por detrás, zaras, tabernas irlandesas. Elegí camareras jóvenes, las mejores que encontré, dejé el bar funcionando y me marché. Tuve que marcharme, el alma creadora está en constante evolución. No tiene interés estar parado, hay que moverse, todo puede ser mejor. He conocido Nueva Delhi y Kyoto, y de allí he traído cosas fantásticas. Al volver, en la puerta del bar he escuchado la música de El barrio a todo volumen y se me ha caído el alma al suelo.
El criterio es propiedad de © Antonio García Fernández 2008.


RELATO F:
(código de registro: 3X30E014EA)

EN LA LARGA DISTANCIA



DESPUNTABA EL ALBA y un olor intenso similar al almizcle comenzaba a impregnarlo todo.
Desde el ventanuco de aquella casa de alquiler ―de aire colonial, de maderas blancas y persianas de color verde caribeño― divisaba en la frontal todo el Parque de la Savane. Llevaba en la isla tres días. Encerrado, sin más contacto con el exterior que el que me proporcionaba la impresionante vista del parque cada vez que me asomaba levemente para graduar la mira telescópica ―las miras no eran ni mucho menos estadimétricas como las de ahora― pasaba las horas escuchando el revoltijo de sonidos que desprendía la selva.
Por aquel entonces yo utilizaba un Enfield nº 4 MK 1 que era una joya. Me lo dieron en La Empresa. Me encapriché de él nada más verlo; era viejo, robusto pero agradable al tacto y tenía una precisión de casi 1 MOA, lo que, para aquellos tiempos, era prácticamente un milagro. Además, en La Empresa siempre juraron que había sido ensamblado a mano en Holland & Holland. Yo lo llamaba Poniente.
No guardo notas laborales, claro está. Pero recuerdo perfectamente aquel encargo en La Martinica: se llamaba Morceau, y era un terrateniente bananero con ciertas ínfulas independentistas.
En la larga distancia es propiedad de © Raúl Ariza 2008.


RELATO G:
(código de registro: 3X30E009HS)

HOGUERAS



NADIE DORMÍA. Había hogueras por todo el pueblo. La gente gritaba. Papá y mamá estaban muy asustados. No hablaban. Papá se levantaba a veces y miraba por la ventana. Mamá daba de comer a mi hermanito. Yo dibujaba nuestra casa, el camino y el huerto. Estaba orgullosa de mi dibujo. Sólo faltábamos nosotros. Entonces hemos oído gritos en la verja y papá me ha dicho: «¡Corre, Alala! ¡Al escondite! ¡Corre!».
Cuando papá ha abierto la puerta, han entrado hombres con antorchas y machetes. Yo los conocía: eran nuestros vecinos. Delante iba tío Gwembesha, el hermano de papá. Siempre viene a visitarnos y me regala lápices de colores. Ahora le regalaba a papá su machete. A mamá y a mi hermanito no podía verlos desde mi escondite. A mí tampoco me podía ver nadie. Papá tenía el machete en la mano y miraba a mamá. Tío Gwembesha le daba cachetes y empujones, pero él no se movía; le gritaba, y él callaba y agachaba la cabeza. Papá hacía como yo cuando me he portado mal y me regañan.
Luego han salido de casa papá, tío Gwembesha, nuestros vecinos. Todos cantaban y levantaban las antorchas y los machetes, menos papá.
Hogueras es propiedad de © Carlos Arnal Falset 2008.


RELATO H:
(código de registro: 3L11F043PA)

PIEL DE MANZANA



LLEVABA UNA CAMISETA DE TIRANTES que dejaba ver una manzana roja tatuada en el hombro izquierdo. Crucé la pista de baile, abriéndome camino entre un bosque de cuerpos sudorosos. Hacía juego con sus labios. Señalé el tatuaje y simplemente dije: «Es mi fruta preferida». Se rio. Me contó que en algún lugar crecía un árbol cuyas manzanas eran mágicas y que los hombres que las probaban quedaban enamorados para siempre de la mujer que se las ofrecía. Me reí. Nos acercamos a la barra para charlar. Al rato nos dimos cuenta de que, sin habernos dado cuenta, nos estábamos besando, y salimos a la calle, a bailar en un jardín de farolas. Al día siguiente, cuando se despertó, me sorprendió mirándola. Sonrió y se giró para continuar durmiendo, dejando el hombro izquierdo al descubierto. El perfil de la manzana se veía interrumpido por tres pequeñas curvas, como si alguien, al amparo de la oscuridad, se hubiese refrescado con su sabor. Podría jurar que la noche anterior estaba intacta, pero ella me convenció de que el tatuaje ya tenía ese mordisco. No sé si creerla, sólo sé que, desde entonces, todos los días le preparo el desayuno.
Piel de manzana es propiedad de © Ernesto Ortega 2008.


RELATO I:
(código de registro: 3X06F034TS)

TRUEQUES



UN FRENAZO REPENTINO le despertó de pronto. Con el desconcierto del sobresalto se llevó puesto el brazo que Silvia le pasaba por el hombro y ella se apropió del suyo. Aún tardaron unos minutos en percatarse del cambio, que festejaron con más risas que alarma. Las noches siguientes se sucedieron algunos canjes mínimos, que apenas notaron: primero fueron los meñiques, más tarde los ombligos, en otra ocasión los lunares mudaron de dueño. Semanas después, la confusión de piernas enlazadas al dormir propició el intercambio de un pie. Los zapatos no calzaban bien y ambos presentaban una ligera renguera, que toleraron con resignación.
Una mañana de despertador prematuro Silvia dejó olvidado un seno en la espalda de Marcelo. Tras este incidente, ella se vio obligada a utilizar una prótesis y a él no le quedó más remedio que adquirir una faja que disimulara la insólita joroba.
El temor al próximo trueque les volvió huidizos, recelosos. Evitaban cualquier contacto y retrasaban el sueño todo lo posible, no fuera a ser que.
Dos dudas le asaltan a Marcelo la madrugada en que le despierta el peso de una mano en el cuello: a quién de los dos pertenecerá y cuándo dejará de apretar.
Trueques es propiedad de © Carlos González Zambrano 2008.


RELATO J:
(código de registro: 3X06F028US)

UNAS BOTAS NARANJAS



MARIETA TIENE CUATRO AÑOS y nunca ha dicho una palabra. Marieta es una acróbata de preescolar, con invisibles alas blancas, mirada sonriente y ese sempiterno silencio. Marieta tiene millones de pecas y pelo de zanahoria. Una tarde, al bajar del bus de la escuela, entre los eternos edificios enhiestos y apenas sobresaliendo un palmo de la bruma azulada del asfalto, Marieta encontró unas botas naranjas. Sin dudar, se quitó los zapatos y se las puso. Ellas le dijeron a dónde tenía que ir.
Horas más tarde, Marieta llegó a casa y encontró a su madre desquiciada. Sin escuchar la bronca, la pequeña empezó a bailotear, llenando la entrada de barro mientras canturreaba por lo bajini. Era una voz extraña, pero HABLABA. La madre paralizó hasta su menor músculo. Su moño-lápiz se revolvió y se deshizo, dejando retozar el pelo sobre los hombros.
―Puedes hablar…
Entonces sonó la voz, siamesa, en dos tonos armónicos:
―Marieta todavía no quiere hablar. Tenemos hambre y necesitamos un buen baño. ¿Podemos merendar algo?
Unas botas naranjas es propiedad de © Ignacio Oscoz 2008.


RELATO K:
(código de registro: 3X23E005UA)

UN INSTANTE DE GLORIA




ELLA ERA DESPAMPANANTE, y él estaba demasiado necesitado como para permanecer impasible ante tanta belleza. Tal vez por eso cuando el sacerdote invitó a los feligreses a darse la paz, a Félix se le abrieron las puertas del cielo, y tras estrecharle con urgencia la mano a la anciana de su izquierda se abalanzó sin piedad sobre la muchacha. Yo estaba allí, y soy testigo de que nadie en la iglesia se atrevió a decir nada al ver cómo la arrinconaba contra una columna y le arrancaba la ropa a tirones. Ni cuando, instantes después y ya metidos en faena, comenzaron a advertirse los primeros indicios de que ella consentía aquel libidinoso arrebato de su compañero de banco. La gente, mientras tanto, murmuraba y se agolpaba alrededor de la pareja, con expresión de profundo desconcierto. Por fin, doña Ernestina reunió el valor suficiente e instó a voces al sacerdote para que hiciera algo. Fue entonces cuando toda la iglesia volvió la cara hacia don Ramón, que, concentrado en aquella insólita escena y con la sotana remangada, se masturbaba con violencia detrás del púlpito.
Un instante de gloria es propiedad de © José Antonio Rodríguez Balmón 2008.


RELATO L:
(código de registro: 3L04F024VS)

VOCES




SIEMPRE HABÍA SIDO SORDO. Nunca supo cómo sonaba una voz hasta aquel día en la sala de anatomía en que una lengua en formol le habló. Se sintió en otro mundo. Al principio le bastó con las charlas después de clase, pero un día no fue suficiente. Tenía tanto para intercambiar. Así que la hurtó. Mas con el tiempo resultó un tanto insulsa, y quiso entablar nuevas relaciones, dándose a una meticulosa búsqueda de posibles interlocutores. Cuando creía toparse con uno, lo libraba del cuerpo sobrante haciendo uso de sus dotes de estudiante de cirugía. La prensa habló de nueve víctimas, pero se le confirmaron siete; las otras dos fueron obra de un imitador chapucero, hambriento de notoriedad, que pronto cayó. Hace tres años, los ataques cesaron, y el caso quedó abierto. Ayer, para nuestra sorpresa, se entregó. El teniente me reasignó, junto con Martínez, al caso, y nos informó de que el imputado no podía hablar, una enfermedad le había arrebatado la lengua. En nuestro primer interrogatorio, vía intérprete, lo supimos desesperado, ya no soportaba los monólogos.
Voces es propiedad de © Fernando Güidi 2008.


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11/2/08

Colapso vital.

Amigos, hoy a las 14 horas (zona CET) se ha cerrado el plazo para la tercera convocatoria del Premio de Relato mínimo Diomedea, para la que se han recibido alrededor de cincuenta relatos. Y el próximo viernes, día 15, a la misma hora, publicaré el fallo con el ganador y los dos finalistas. Nada es seguro, y tal vez me arrepienta, pero al menos por el momento, hasta aquí llegó el Premio Diomedea. Estoy tentado de cerrar también esta bitácora, de dejar mi labor en la editorial, de abortar el proyecto que me plantearon para dar talleres de escritura creativa, de abandonar la idea de la revista literaria y, si soy honesto conmigo mismo, puede que un día de estos me olvide incluso de la escritura en general y tire mis dos manuscritos a la basura.
De momento voy a dejar toda esa duda en un cajón apartado, lejos de mi vista para no torturarme ni darle más vueltas, y voy a seguir trabajando. En cuanto pueda, también haré la reseña de los libros que me han llegado ya al apartado de correos y de los primeros que leí de aquella lista de literatura de viajes. También, de vez en cuando, publicaré en su momento algunas noticias relacionadas con la literatura, novedades editoriales y libros que considere que merezca la pena que leáis. No voy a actuar aún en ningún sentido (salvo el silencio, acaso) ni a tomar ninguna decisión precipitada, ni en la editorial, ni en la bitácora, ni en los talleres, porque la confianza que otros han depositado en mí se merece cierta integridad y respeto. Pero por razones personales, más que poderosas, ahora mismo considero en entredicho el mismo acto de escribir una sola palabra más.
Todo lo que he hecho en mi vida ha sido un larguísimo rodeo para evitar o soportar una realidad con la que no me conformo, todo lo que escribí fue apenas un anestésico para la sed. Lo que he vivido con algunos de vosotros gracias a esta página ha supuesto parte de lo mejor del camino, y por eso os lo agradezco de todo corazón. Creo que me llevo a más de un amigo gracias a esta red extraña, y sólo por eso ya habría valido la pena anudar una iniciativa tras otra. No es un adiós, lo más probable es que sea un hasta pronto, pero considero que he de replantearme todo, después de una suerte de colapso vital que me ha dejado sin rumbo y sin cartas de navegación. No sé hacia dónde me lleva la deriva, pero necesito encontrar y construir una realidad distinta, una que no me sepa a sucedáneo, aunque el riesgo sea grande, porque una vida sin pruebas de fuego es sólo supervivencia y yo no vine al mundo para eso, no, para sobrevivir sin más no vine. Prefiero renunciar a lo seguro y exponerme, con tal de dejarle una mínima posibilidad al Deseo.
Gracias a todos y hasta siempre, hasta pronto o hasta la próxima.

8/2/08

Cartas de amor (II).

Madrid, 7 de febrero de 1938.


Incondicional.
Dicho así, suena muy grueso, casi exagerado, o para algunos puede que incluso fingido, pero en una guerra y según el bando, también parece desorbitado o tramposo el parte de bajas. Y sin embargo ahí están los cuerpos, la gruesa realidad, poblando las barricadas con esa ciudadanía eterna y entumecida de los caídos. Por Dios y por España, por la República o por su maldita estampa. Yo sólo lucho por salvar mi mundo, por salir de esta y volver a tu lado, o al menos por la posibilidad de volver a verte. Tanto me da ganar o perder la guerra porque lo que quiero es irme, y no le distingo el color a la muerte, sólo sé que azul o roja, lo mismo deja un rastro vacío. Sólo sé que los muertos huelen igual si nadie los retira a tiempo y producen la misma humareda insana si los queman amontonados. Sólo quiero regresar cuanto antes a mi patria, la única que tengo y que ahora es de aire y nubes, la que va contigo en ese avión que ahora mismo te lleva a lugar seguro, con tu gente. Vuelas lejos de este país de obstinados que no es el tuyo, al otro lado de este mundo nuestro que ahora se estira y se adelgaza. Vuelas y sigo aquí, anudado al otro extremo, buscando una salida, tratando de tirar de la cuerda y que notes las sacudidas, que sepas que aún no he caído, que sigo aquí, amándote siempre, incondicional.
Si pudiera, rezaría con todas mis fuerzas para que llegaras sana y salva, inventaría cualquier oración para que aterrizaras en Caracas, lejos de esta locura, y lo hicieras tan plácida como cuando te quedas dormida, tan feliz y ausente como cuando te hablo mientras duermes, o te escribo mientras vuelas, o vives tu vida mientras te extraño. Algún día quiero descubrir de tu mano cómo es la luz de Venezuela, a qué sabe allí el aire amarillo de la tarde, descubrir si febrero en tu tierra puede ser tan cálido y dulzón como tu sexo. Si pudiera, mi amor, rezaría porque nunca hubieras conocido todo esto. Aquí el invierno y la chatarra te arrancan las yemas de los dedos cuando buscas refugio. Quizá escribirte esta carta con un codo ensangrentado por un balazo y tragarme ese aguijonazo recordando tus cejas, o apretar los dientes y gritar tu nombre en esa cárcel de rabia en la que se convierte mi boca cuando los tejados de Madrid saltan por los aires y temo no llegar al día siguiente, o, simplemente, seguir corriendo sin mirar atrás e invocar tu rostro para no reventar en el siguiente tramo, quizá esa voluntad de sobrevivir a toda costa sea mi forma de rezar. Nunca he sido creyente, ya lo sabes, y sin embargo me he entendido con unos y con otros, con cualquiera que no me hablara de letras muertas y se le pudiera mirar al fondo de los ojos. Como con aquel párroco que, cuando empezaron a caer las bombas, nos metió a todos en la sacristía sin fijarse en el puño o el brazo en alto. Se quedó junto al portalón, y fue el único que no sacudía los hombros al son de las explosiones, atento a lo invisible, como si tratara de atinar con el oído más allá de los muros, al otro lado de la calle, adivinando qué casa se desmenuzaba ahora, qué vecino se desplomaba en la acera sin llegar a tiempo, de qué niño era ese lamento desgarrado que le agujereaba el espinazo. Mientras se tapaba la nariz y la boca con las dos manos, el párroco extraviaba la mirada húmeda en algún punto indeterminado entre el suelo y nosotros, apiñados todos tras los bancos como un rebaño en día de tormenta. Y aquél hombre ya no era entonces un pastor, sino sólo un hombre más que rezaba como yo lo hago, sin liturgia y desde la médula, por su patria privada, por su gente, con un amor incondicional por la vida.
He visto a otros hombres y mujeres aguantar así, clavando cada pisada en esta tierra absurda, con el uniforme del miedo ceñido al rostro y aun así empuñando las armas del coraje. Me he entendido siempre con esa gente sin nombre, como con aquel miliciano que se cruzó casi cinco veces la calle Princesa. La tarde anterior me lo encontré en un almacén desvalijado, en un segundo nos medimos el uno al otro la amenaza con la cara espantada y nos aceptamos en salud. Camarada, me llamaba el chaval. Aguantamos hasta la anochecida el chaparrón de una ametralladora que barría la calle desde Argüelles. Luego unas cuantas horas en vela y alguna cabezada, turnándonos para vigilar el nido. El miliciano descubrió entonces la lumbre roja del cigarrillo de algún nacional inconsciente, apuntó muy despacio con su fusil, ahí estás cabrón, murmuraba el chaval, y disparó bajito con la boca. Me miró divertido y su sonrisa era la única munición que le quedaba, pero ese gesto casi infantil servía para no partirse la cabeza de impotencia contra la pared. A doscientos metros de una ametralladora y sin munición, sólo nos quedaba desquiciarnos o bromear. En esos momentos, al borde del abismo, un guiño así puede hablarte de la dignidad de un hombre. Cuando ya clareaba el día, el miliciano me dio la mano muy solemne y sacó de debajo de unas tablas un fardo de bolsas blancas. Leche en polvo, que la había encontrado en el sótano del almacén, me contaba el chaval, como si la leche fuera munición, como si ya hubiera ganado la guerra él solo. Me dio una bolsa y una palmada viril en el hombro y corrió agachado hasta la esquina. Me asomé con mucho cuidado y le seguí con la mirada. Aprovechó la quietud del alba y cruzó la calle a la carrera. A los de la ametralladora apenas les dio tiempo a decir quién va y desencasquillar. El miliciano me miró desde la otra acera y levantó el puño, pero no con la liturgia socialista, sino como en otra clase de partido, uno de fútbol, después de marcar un gol por toda la escuadra. Se metió en un portal y la calle Princesa quedó en silencio. Al cabo de unos minutos, cuando yo todavía estaba rumiando una vía de escape, el miliciano volvió a salir del mismo portal y cruzó de nuevo la calle. Esta vez la ametralladora llegó a disparar pero el miliciano fue más rápido y se lanzó a cubierto y a mi lado, jadeando. Hay unos críos ahí, me dijo, y volvió bajo las tablas a por otro fardo de bolsas. Pegó la espalda a la pared de la esquina, respiró fuerte y concentrado con la boca, como si fuera a chutar un penalti, y salió lanzado otra vez. Otra ráfaga, de nuevo la acera tomada y el puño arriba, rojo maricón, le gritaban los del nido, si acaso tu padre, reía el chaval, y otra vez se perdía en la penumbra del portal. Jugándose la muerte para llevar la vida, incondicional. Todavía repitió la operación una vez más, toda una internada por la banda para quedarse solo ante el portero. Cargó el último fardo de leche en polvo, me guiñó un ojo y rompió a correr de nuevo. Se quedó a unos pasos de la otra orilla y, tras la última ráfaga, el silencio frío del amanecer se llenó del olor a metal recalentado y de una neblina de polvo blanco que flotaba sobre el miliciano, y que el aire fue empujando hacia la acera de enfrente, hasta que el portal se la fue tragando poco a poco como la boca abierta de un niño muerto.
He sobrevivido a tantas cosas, he cerrado tantas cicatrices, me han cosido tantas veces, que para mí ya es más natural volver a romperme que seguir respirando, y sin embargo todavía guardo la alegría en mis adentros. Y aunque salvarte una vez tras otra y recomponerte te da un valor distinto de las cosas, y aprendes a distinguir lo inútil de lo preciso, aunque tener que agradecerle a otros seres humanos que te hayan salvado la vida te devuelve la verdadera medida de uno mismo, he de confesarte, mi amor, que jamás me he sentido tan vivo como en tu abrazo. Nuestra última noche juntos, en aquel hostal de la Puerta del Sol, desde el que amanecías desnuda y traviesa en la ventana, fue para mí ese momento en el que todo mi pasado cobró sentido, y la llama que ha de alumbrar mi futuro, el que me quede, el que me dejen, el que consiga salvar de esta locura. Nunca llegarás a saber, porque ni siquiera soy capaz de ponerlo en palabras, del estremecimiento que me sacudió mientras dormías, cuando yo contemplaba tu rostro desde cerca y te susurraba, y a cada frase, dormida aún, detenías tu respiración de niña agotada y tu cuerpo entero parecía escuchar. En ese instante me inundaba una marea tan intensa que sólo podía desbordarse por los ojos o el aliento. Luego te dabas la vuelta perezosa y yo encajaba mi pecho en tu espalda, hundía mi rostro en tu nuca y te respiraba como un animal que reconoce a su sangre, como un perro salvaje que midiera tu piel a lametazos, despacio, muy despacio. Toda la patria que deseo en el mundo cabía entre aquellas cuatro paredes, las de tus labios y los míos al fundirse y construir un hogar invisible. No sabes qué buena pareja de baile es tu boca para mi deseo. No lo sabes aún porque no tuvimos tiempo, porque no estaba todo en nuestra mano, ni el resto del mundo supo permanecer al otro lado de la puerta, en la distancia, sino bombardeando en nuestras mentes con el peso de la realidad y la inercia de las cosas. Al ver la silueta de tu cuerpo desnudo perfilada contra la débil luz de la luna y sobre las sábanas azules, al tantear las paredes de tu sexo con mis dedos y notarte vibrar como por un resorte mágico, al habitar cada rincón de tu fragilidad encendida con mi boca, sólo entonces, me di cuenta del significado de la palabra incondicional. Y es que hagas lo que hagas, te lo dije, amor mío, estés donde estés, y aunque tu ausencia me hiera más que esta maldita guerra, te amaré siempre y sin condiciones, como la sangre a la sangre, con una sed que no puede ser colmada, salvo por la incandescencia que palpita en ti. Es increíble cómo puede caber tanto amor en ese cuerpo tuyo de espiga de trigo, cómo el simple roce de tus dedos me dice más de lo sagrado que todos los libros santos. Cómo tu sola presencia en el mundo justifica cada uno de mis latidos.
No elegiría la realidad que nos ha tocado, como no hubiese elegido nunca esta guerra, y preferiría que no estuvieras tan lejos, o haberme podido ir contigo, que no me doliera tanto el pulso de nombrarte con cada una de mis venas, que no tuvieras tu pasado tan presente y tan futuro, y que pudieras quedarte conmigo, lejos de aquí, donde tú quisieras, pero conmigo. Que también me eligieras como tu patria, aunque yo no sé si he elegido algo, porque me parece tan natural amarte como el instinto o la lluvia, y sólo me dejo hacer, tan sólo lluevo y caigo sobre tu nombre como la tormenta, que no sabe de bandos ni de fronteras. Pero te amo tanto y de manera tan incondicional, que te prefiero mil veces feliz y a salvo lejos de aquí, que en riesgo o afligida entre mis brazos. Voy a tratar de salir de aquí, voy a intentar volver a verte a cualquier precio, y si caigo en el camino, será con tu nombre en mi último aliento, pero mientras me quede el penúltimo, volveré a levantarme y seguiré esperándote, seguiré rezándote, porque tú eres mi única patria cierta, la única religión que hace brillar el fondo de mis ojos, y tus manos el único ejército ante el que firmaría con mi sangre una rendición incondicional.
Incondicional.

5/2/08

Cartas de amor (I).

Moscú, 21 de agosto de 2003.


Puedo vivir sin ti, es más, no te necesito. Sólo quiero que lo sepas y por eso te escribo, Irina.
Me las apaño bastante bien en esta ciudad, la misma que al llegar me pareció una enorme bestia gris, y que ahora creo haber conseguido domesticar. Sí, ya ves, al final resulta que a Sasha no se lo han comido en Moscú, y aquí sigo, después de casi nueve meses, como si llevara toda la vida manejando el asunto. Pero no fue fácil, para nada. Me ha costado nueve meses y unas cuantas cicatrices. Ahora puedo sentarme aquí, apurar el trago y dar con fuerza en la mesa, tomando posesión de mi lugar con el vaso, reclamando mi rincón del café. Desde hace un tiempo, esta mesa es mi propia colina sobre la ciudad, y acodado en ella veo toda la calle a través de la ventana. Las letras están desconchadas y el cristal está muy sucio desde el primer día, igual que un vaso de leche vacío que nadie se hubiera tomado la molestia de limpiar. Si no fuera por el calor que hace y las faldas de las chicas, que adivino más por las risas de algunos grupos de tíos que por la panorámica, diría que hay una capa de escarcha en el cristal. Me recuerda a los amaneceres en la dacha de mis viejos, cuando te quedabas a dormir y después querías salir a ver nacer el día, y salías corriendo con tu jersey blanco, mis botas puestas y las piernas brillantes, y yo me cagaba en todo —era mi forma de entrar en calor— mientras te seguía, con todas las ganas del mundo de desquitarme con cuatro azotes bien dados en tu culo —¿sigue igual o ya se te ha hinchado, criando a los mocosos de tu marido? Dale recuerdos, y no me refiero a tu marido—. Al alcanzarte me quitabas la razón, divertida pero sin reírte, como siempre has hecho, con tus besos y tu voz delgada, y nos sentábamos, envueltos en mantas, a ver la escena desde la colina, sobre el meandro del río. Siempre te ha sentado genial el blanco, en la ropa, en el paisaje, en tus silencios. Ahora miro la calle a través de esta ventana sucia y me acuerdo de todo aquello, pero en frío, ¿sabes?, sin problema. Ya no tengo tu cuerpo, ni tu olor impregnado en la lana blanca, apretada contra mí, me queda bien poco de tu recuerdo, pero puedo vivir con ello. Miro la calle y me acuerdo de cosas así, pero sin más, como me acuerdo de mis viejos muertos. Apuro el vaso, miro la calle y es como si la gente que camina hacia el centro fueran aquellos troncos que allí arrastraba la corriente río abajo, trazos de carbón sobre un fondo blancuzco. Así van a la deriva los moscovitas, en el fondo no es tan diferente, les arrastra alguna otra cosa, se pierden en algo más grande, se olvidan de que una vez fueron bosque y ahora son poco más que un ejército de troncos en retirada. Me gusta mirarles desde mi nueva colina, apurar otro vaso y ver que todos somos más o menos la misma clase de idiotas.
Parece mentira, la primera vez que entré en este tugurio el dueño, un georgiano mugriento, casi me echa a patadas. Me vio tan hecho polvo que pensaba que iba a pedirle limosna y empezó a gritarme como si fuera un perro asilvestrado que viene a mordisquear las patatas. Menudo cabrón, era mi segundo día en la ciudad y se aprovechó de que no me quedaran fuerzas y andara perdido, para tratarme como a un animal. Si no hubiera sido por un par de borrachines a los que por lo visto caí en gracia, me hubiera devuelto a la puta calle en plena nevada. Me metí en ese apestoso café porque me temblaban hasta las cejas y no aguantaba un minuto más a la intemperie, como se meten a veces los pájaros por las chimeneas, locos por un resquicio de calor, aunque se asfixien. Llegar a Moscú desde el interior es un golpetazo tremendo en la sien, todos los paletos desembarcamos en la gran estación y nos quedamos quietos un segundo después del remolino, entre humo y ladrillos, somos bandadas de pájaros flacos que al fin se posan en algo sólido. Pero llegar además en invierno es jugarse la vida, sobre todo si te presentas con una dirección anotada en un pedazo de papel que se te quiebra entre los dedos, azules por el frío, y si el conocido del amigo del primo del pueblo resulta ser un hijo de perra que te cierra la puerta en las narices porque ya tiene tres fulanas viviendo en su piso.
Ahora puedo reírme de todo eso, ya soy alguien en el barrio, también he tenido que sorberme la sangre del labio alguna vez, pero ya he partido un par de caras, incluida la de un bravucón con el que la tuvimos en el café. El dueño le tenía ganas desde hacía mucho, por lo visto se alegró de librarse de aquel bastardo, y desde entonces el tipo me tiene cierto respeto. Habla menos que un buzón de correos, pero lo noto, me deja a mis anchas, a veces hasta simula que olvida la botella y luego, cuando ya la he vaciado bastante, hace ver que no importa, que está bien así. Tiene el pelo más duro en el mostacho que yo en los huevos, unas mejillas caídas, de perro sabueso, y una nariz enorme, llena de venas. De hecho, cuando le miras un rato, tienes que apartar la vista, porque entre que el tipo siempre apesta a sudor y esa cara, de repente te viene el hedor de los lavabos a la mente y si te descuidas echas todo el desayuno. En el fondo no es mal tipo, el georgiano. Si se cambiara la jodida camisa blanca de vez en cuando y limpiara un poco, sería la leche, el georgiano.
Ya ves, Irina, me he hecho el amo del mundo aquí, ahora gano bastante pasta con mis asuntos y no se me pasa por la cabeza volver al pueblo. De vez en cuando me acerco por el piso —el hijo de perra aquel fue otro de los que se llevó una buena patada en la boca, cuando se pasó de listo una segunda vez—, escucho algunos discos, me zampo cualquier cosa que no haya preparado yo, lo que es un gustazo, ya sabes que odio cocinar, y paso un buen rato con alguna de las fulanas, sobre todo con Olga. La tía te caería fatal, estoy seguro, es de esas que ríe todo el tiempo y por cualquier chorrada, de hecho, yo tampoco la aguanto demasiado y al cabo de un rato, cuando ya tengo lo que quiero, suelo irme por ahí, a mi aire, pero es que la tía tiene un rollo alucinante, me pone como una moto cuando se hace la tonta y se restriega conmigo en el sofá y hay más gente en el piso —aquello a veces parece un club de baile, no conozco a nadie, ni falta que me hace, y además, al listillo lo tengo dominado y me deja hacer—. En serio, Olga es una pasada, parece que le va a explotar la cabeza cuando folla, la verdad es que se lo trabaja muy bien. Si la ves dormida —no es que me quede mucho, pero a veces me la encuentro así al volver del baño—, parece una bailarina de esas, tan espigada y frágil, pero si te descuidas te deja seco cuando te agarra. Ya sé que te jode que te cuente todo esto, y por eso mismo lo hago, Irina, para que te enteres de una vez de que ya no me haces falta, de que estoy de lujo sin ti.
Y tú que no dabas ni medio rublo por Sasha, ya ves, hasta casi te tengo que dar la razón al principio, claro, cuando me sentí fuera de juego, arrollado por esta bestia de hormigón y la muchedumbre idiota, que casi me arrastra con ella. Estaba cagado los primeros días, un pajarillo sin rumbo con miedo de acabar aplastado bajo cualquier coche, lo reconozco. Imagina a un chico de pueblo como yo, que ha dormido a pierna suelta entre los ruidos nocturnos del bosque, que ha despellejado renos sin dejar de canturrear o le ha acertado entre los ojos a un lobo con la escopeta del viejo, un chico curtido, vamos, que de repente llega a esta ciudad y se caga vivo. La nueva experiencia me dejó desubicado, el miedo. Pero acabé siendo más fuerte que eso y ahora me río de lo que fui, y salto del tranvía en marcha como si cruzara cualquier arroyo o paseo por el centro con la misma indolencia con la que atravesaba el páramo para ir a tu casa y llamarte bajo tu ventana, con cuidado, por si se enteraba tu madre.
Vivo en una calle a la que nunca vendría tu santa madre, llena de gente poco recomendable, cerca de una estación de metro en la que deambulan los vagabundos, donde algunos críos venden su cuerpo por una bolsa de pegamento, donde la gente parece llevar el invierno clavado en los ojos, con la mirada retraída y temblando aún en pleno agosto, y donde la pasma reparte leches a quien se le antoja, a veces para limpiar el barrio, dicen, a veces para sacar tajada de todos los trapicheos. Yo me mantengo a la distancia adecuada, no quiero que me jodan. Observo y me aparto, como cuando esperaba al lobo y encontraba el mejor momento para descerrajarle un tiro y dejarlo seco. Sí, creo que cualquier día me cargaré a uno de estos cabrones, el otro día se llevaron a dos críos y no les hemos vuelto a ver el pelo por el barrio. No, tu madre no vendría por aquí, seguro, debe estar muy contenta con tu marido, un buen partido, claro, un tipo sensato.
En fin, dale recuerdos, no, a tu madre tampoco, a tu culo, Irina, a tu perfecto culo, lo único que de veras me jode no tener cerca de vez en cuando por aquí, cuando pasa el día y me duermo solo, en mi jaula de paredes desconchadas y sobre un colchón al que le faltan muelles, pero apartado, en mi lobera, lejos de toda la chusma del barrio, de la cara de polla del georgiano, de las fulanas que me sacan cuatro rublos cuando pueden, de tener al día mis asuntos, de andar a todas horas a cara de perro para demostrarle a los demás que mis dientes son más chungos, de lamerme las cicatrices y que me sepa la boca a ceniza, del río de asfalto y de los troncos a la deriva, de todas esas bandadas de gente y todas esas calles de mierda en las que nunca me encuentro con tu jersey blanco ni tu voz delgada. Hago lo que puedo para no necesitarte, para domesticar esto, para hacerme un día dueño y señor de mi soledad y darle con fuerza a la mesa con este vaso, desde mi propia colina, sobre los meandros de un mundo idiota en el que ya no estás tú.

Sasha