Bitácora de Sergi Bellver: enero 2008

30/1/08

Del silencio (I).

«Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.»
Final del juego, Julio Cortázar.



Del diario personal de Benjamin Earfield:

Afueras de Bayan Ondor, 23 de octubre de 1907.


El polvo del desierto se ha convertido ya en la segunda piel del mundo y lo cubre todo, hombres y paisaje, bestias y equipo. Avanzamos a tientas por una inmensidad cenicienta en la que, de jornada en jornada, apenas se distinguen algunos caballos que huyen, fugaces fantasmas de arena al trote, o las tiendas de los nómadas mongoles, como capirotes polvorientos a lo lejos, que marcan de hito en hito nuestro camino al fracaso. Llevamos tres días enteros empleados sólo en encontrar el pequeño enclave de Ondor, así palpamos nuestra incertidumbre en cuclillas y tentamos el terreno, en esta polvareda infinita en la que extraviarse supone la muerte.
Los fondos se agotan y la expedición no ha resultado como se esperaba. Ni rastro de la ciudad perdida, ni una sola señal del antiguo viajero chino y los tesoros que describió en sus manuscritos. Ni siquiera somos capaces de dar con una minúscula población, un punto que, según nuestros mapas, nos proporcionaría algunas provisiones para seguir con nuestro intento por salir de este infierno. Ya imagino la satisfacción de alguno de mis colegas en la biblioteca de la Sociedad, cuando regrese —si es que lo consigo— y trate de disimular mi abatimiento. Me temo su mano izquierda tapando con unas palmaditas cordiales a las dos derechas que se encajan, vencida la mía, paternal la suya, felicitándose por mi regreso sano y salvo. Luego el pulgar colgado del chaleco, la pipa o la copa de brandy sostenida a la altura del pecho, y entonces los amables comentarios de costumbre sobre la dificultad de estas empresas, el desgaste personal y el descalabro económico, nada desdeñable. El recordatorio de mi deber para con la casa de mis ancestros, a la que ya he proporcionado suficiente gloria y a quien no puedo dejar ahora al descubierto. Y después la voz queda, casi en una confidencia, en la que se me sugiere un merecido retiro, un final honorable. Ya imagino su silencio grumoso a mi espalda mientras cruzo la puerta y me sumerjo en la muchedumbre de Londres, sus voces distendidas ya en mi ausencia, la camarilla en torno a la luz verde de las lámparas, y mi nombre despedazado como carroña por la curva de sus levitas. La expectativa no es muy alentadora, y aquí, ahora, en la noche de este desierto implacable, incluso esta mordaza de polvo me parece más digna que el regreso. Pero tengo unos hombres a mi cargo, cuarteados por la sed y el cansancio, y no puedo fallarles también en esto. Todavía percibo que son leales, que me siguen a pesar de su extenuación, y debo doblar mis esfuerzos para que no perciban que tal vez estemos trazando círculos alrededor de un poblacho miserable, oculto tras tormentas de polvo intermitentes y ese aire amarillo de las calmas que las siguen, tamizado por la sordidez de una luz que llega a cocerte el fondo de los ojos. He de sacar de aquí a mis hombres, y he de hacerlo a cualquier precio.

Detrás de nosotros quedan las estribaciones de los Montes Altai, que antaño tuve la oportunidad de reconocer y cartografiar. En verdad desearía poder tomar de nuevo esa ruta, adentrarnos en los bosques de la taiga y darle al cuerpo y al espíritu el bálsamo necesario. Los ríos feroces, las nieves tempranas en las cumbres, el frescor de los árboles y su paleta de colores en esta época del año. Aquí en el Gobi, sin embargo, el otoño no es más que otra palabra silenciada por una pátina espesa de polvo, compacta como una costra bajo la que perecen la esperanza y el aliento. Si pudiéramos huir de este interminable sepulcro reseco, dar marcha atrás, cruzar el ocre de los valles, bordear las montañas camino del suroeste y hacer parada en Kashgar. Volvería entonces a escuchar el canto de aquella orden fantástica de pájaros en el mercado, a pasear por la alameda y detenerme bajo la llamada del almuédano para la oración de la tarde, a disfrutar de la paz de esa periferia musulmana de la China. Si fuese posible, tomaríamos después la ruta del Asia Central desde la frontera occidental, y trataríamos de llegar a Europa sorteando a los otomanos, pero la situación política, las noticias de saqueadores en aquellos caminos y nuestros medios nos lo impiden. Estamos obligados a tomar exactamente el camino opuesto, debemos seguir adelante, cruzar el desierto del Gobi, la China septentrional, llegar a puerto seguro en la costa oriental y embarcar hacia nuestra colonia en Hong Kong. Tenemos apenas dos meses, escasas fuerzas y casi ninguna expectativa.

Mientras escribo, a través de una abertura en las aletas de mi tienda puedo ver un pedazo del cielo nocturno, que una brisa helada parece haber desempañado entre el polvo en suspensión y, aún así, las estrellas son poco más que tenues motas en la nada, y una luna que debiera lucir llena e iluminar estas tierras solitarias, apenas se hace presente, y en su lugar sólo se adivina un disco indefinido del color de la arcilla. Ahora mismo y en este rincón en blanco de los mapas, la costa oriental y la existencia misma de los mares se me antojan una quimera en un mundo que parece haberse convertido en una infinita mortaja de polvo.

25/1/08

Revista literaria.

Cynical realism is the intelligent man's best excuse for doing nothing in an intolerable situation.
Aldous Huxley


El singular tiene un sentido doble en este caso, al final de esta entrada me explico. Hace tres meses, Miguel Ángel Muñoz ya glosó con brevedad sus opiniones acerca de las revistas literarias que proliferan en lo virtual. En la entrada de ayer, al publicar de nuevo los enlaces de esta bitácora, aparecían como novedades las revistas Dulce Arsénico o Dado Roto, que con buen criterio combinan la versión electrónica con la tradicional en papel, si bien las dos iniciativas guardan ciertas diferencias. En el caso de la primera ―de la que he sabido a través de un perfil en Mi Literaturas― se ha optado por una original impresión de calidad con un estuche de cartón y un formato bitácora para su versión en la red, mientras que la segunda ―por cierto, el ganador del I Premio de Relato mínimo Diomedea, Iván Humanes, es uno de sus dos responsables― combina en su dominio una cuidada página y la descarga de archivos PDF con la posibilidad de recibir la revista en papel a través de Lulu, el ya conocido servicio de autoedición e impresión digital ―vamos a llamarlo así para entendernos―. Aprovecho también para recordaros de nuevo, por si el comentario pasó ayer desapercibido entre otras huellas, que El coloquio de los perros y Sie7e de Sie7e ya tienen nuevo número. Me parecen dos estupendas revistas y en su día me sorprendió que no fueran más conocidas por los lectores de esta bitácora, a quienes animo ahora a descubrirlas.

Mucho se habla del futuro de la lectura, y de lo que supondrán los nuevos formatos y soportes para la difusión de la literatura. Me preocupa más el futuro de la escritura, pues una mayor facilidad de acceso a la publicación (tradicional o no) conlleva un nivel menor de autoexigencia, y un escritor que baja la guardia y comienza a gustarse demasiado pronto, demasiado pronto se estropea. Pero sigamos hablando de los nuevos soportes y formatos para la lectura. Hay quien se rasga las vestiduras ante lo inevitable y quien esgrime argumentos más que cuestionables con tal de adherirse a lo que considera «postmoderno» ―me carga ya esa palabra, incluso comienza a sonarme a vieja, a muy gastada―. Por mi parte, prefiero mantener el equilibro entre un escepticismo casi profiláctico y un innegable entusiasmo. La expectativa está ahí, y tanto Internet como el libro electrónico van a consolidarse como una alternativa y un complemento, según el caso, a los canales habituales del libro. De Internet podemos hablar en otra ocasión, porque creo que, entre mucha paja, en ciertos aspectos y en ciertos casos hay que hacerlo en presente, como realidad consumada y a la par del libro o la revista literaria. A título personal he de decir que encuentro algunas páginas, individuales o colectivas, que para mí suponen desde hace tiempo fuentes de información o cauces de opinión tan válidos ―si no más, debido a su independencia― como muchos suplementos «culturales» de turno o varios críticos «instalados» en los medios, además de algunos otros espacios virtuales de creación que dejan en ridículo a más de un estropicio editorial. Sobre el otro asunto, ya lo dije en varios foros y se lo comento siempre a mis amigos del mundo literario, con quienes a veces disiento: el libro está «condenado» a convivir y a entenderse con el libro electrónico, pero no a desaparecer. Entiéndase para el tema que nos ocupa el concepto libro como extensible a revista, como publicación en papel, al fin y al cabo. Respecto a la terminología, por cierto, sigo con mi cruzada particular a favor del uso del castellano, el catalán, el gallego, el bielorruso o cualquiera que sea nuestra lengua y con la que podamos construir nuestras propias locuciones (bitácora, enlace, entrada, comentario, correo-e) sin recurrir por norma al anglicismo prestado (blog, link, post, comment, e-mail, e-book), por lo que a partir de ahora me referiré siempre a ese formato como «libro-e».

El libro-e ―y la «revista-e», antes de que nadie nos cuele lo de e-magazine o e-mag por alguna parte―, por tanto, no va a sustituir al libro o la revista. A día de hoy ya existen en Internet las causas que podrían propiciar una pronta desaparición de los periódicos, por ejemplo, y sin embargo cada mañana los quioscos y las cafeterías siguen puntuales a la cita con el papel, todavía húmedo y caliente como un cruasán recién hecho. Hay maneras y costumbres inherentes a la lectura que no son transferibles a otros hábitos de disfrute de lo cultural, por decirlo así. Tampoco se va a producir el efecto demoledor que en su día tuvieron, en la música y el cine, el CD sobre cintas y discos de vinilo o el DVD sobre el VHS. Después llegaron los formatos digitales sin necesidad del soporte disco ―MP3, MP4, DVIX, etcétera― y es cierto que entre la piratería y la todavía incipiente audacia de algunas bandas ―como Radiohead, por ejemplo― poco a poco el propio CD corre el peligro de pasar a la historia. Está por ver. Pero la verdadera literatura, por definición, no admite ese consumo masivo e inmediato ni tiene un público tan amplio. Cualquier persona, de cualquier nivel adquisitivo, de cualquier estrato social, con una formación cultural alta o básica, consume música. El obrero o el doctor, la niña pija o el marginal antisistema, todo el mundo consume música en algún momento, camino del trabajo, en el coche, en el metro, por el parque, comprándose una faldita de marca en el centro comercial o pintando un graffiti libertario en un andén subterráneo. Para unos, cine y música vienen a ser como cualquier otro placebo de un mundo feliz, y lo mismo se descargan a Bustamante que a Stallone, con la mula de turno. Para otros, entre quienes me incluyo, la palabra «consumo» ya está adulterando de entrada lo que entendemos por cine y música ―una expresión artística―, pero queramos o no, también participamos en ese circuito de consumo, en el mercado, aunque no nos conformemos con las montañas de banalidades de la gran superficie y recorramos media ciudad en busca del videoclub en el que encontrar 2046 o escribamos esta misma entrada acompañados por las suites de J. S. Bach. No somos diferentes al resto más que en lo minoritario y, sólo a veces, lo cultivado del gusto.

Acabo de decir que la verdadera literatura no admite ese consumo masivo ni tiene un público tan amplio, y ya estará tentado más de uno en contradecirme. Claro, cuando el libro-e se haya desarrollado más, cuando el aparato en cuestión baje de precio ―uno se pasma al recordar el dineral que costaban los primeros televisores LCD de 32 o más pulgadas que salieron al mercado y ver cómo ahora se dispone del doble de calidad a mitad de precio―, cuando ciertas compañías como Amazon se percaten de su error y vean que a corto plazo se puede ser cicatero, pero que a largo plazo el negocio no estará en vedar y blindar los títulos y el formato de los archivos, sino en ampliar las prestaciones y aplicaciones del libro-e. Claro que sí, cuando dentro de uno o dos años volvamos a hablar del tema, adquirir un libro-e y leer las novedades de las principales editoriales a través de ese sistema será algo bastante más habitual de lo que muchos imaginan ahora. Pero no lancemos las campanas al vuelo ―siempre me ha hecho gracia esa expresión, porque un mazacote de bronce haría de todo menos volar; si le abriéramos la «portezuela» del campanario, el pajarraco en cuestión sepultaría a cuatro o cinco necios allá abajo―, porque todos sabemos qué títulos coparán ese nuevo mercado electrónico. Sí, exactamente los mismos que ahora coronan las listas de ventas en todas partes. Los mismos que tienen detrás a un enorme aparato de ventas, los mismos que aparecerían en campañas de publicidad globales en cada aparato conectado a la red de Seattle a Hong Kong ―me pregunto cuántos libros-e habrán en Senegal, Guatemala, o los barrios humildes de la India―, fuera ordenador de mesa, portátil, libro-e o teléfono móvil. De los mismos emporios que regalarían un videojuego-novela interactiva con las obras completas de Ken Follet, etcétera. El otro día, en el peor programa sobre libros ―que no literatura― de la historia de la televisión, Ken Follet decía que su primera aspiración, más allá de la vocación, fue siempre hacerse rico y famoso (sic). Vamos, que le hubiera dado igual haberse forrado jugando al fútbol o cantando boleros. Ahora hasta tiene estatua junto a la catedral de Vitoria-Gasteiz. Con semejante declaración de intenciones, con tamaña desfachatez y desprecio por la vocación artística del escritor, sinceramente, «ke le follet».

No, esa «literatura», como cualquier otro producto en esta sociedad del capital, no corre ningún peligro, porque nunca asume riesgos. Esa industria del libro se adaptará rápido y abarcará todo el mercado, en papel o en formato electrónico. Puede que, como auguran muchos, la figura del distribuidor ―bendición o losa para las pequeñas editoriales, depende― desaparezca, porque será asumida por los grandes grupos editoriales, y puede que incluso el buen librero ―que no las grandes cadenas― esté en vías de extinción. El editor, sin embargo, seguirá mediando entre autores y lectores como «garantía» de calidad, al menos en el trabajo de componer y corregir los textos y en el criterio a la hora de apostar o no por ellos y servir de criba para esos lectores, abrumados por la oferta. Porque también, como ha sucedido ya en Internet, habrá una saturación imparable de títulos de toda clase, ya que al eliminar intermediarios cualquier autor querrá convertirse en editor de sí mismo y al final estaremos en una situación muy parecida a la actual: grandes grupos que controlan el negocio, saturación de la oferta, lo que eufemísticamente en su entrada Miguel Ángel llamó «democracia de calidad», que para algunos es casi lo mismo que decir «todo vale», y de nuevo un mínimo resquicio por el que asomará, de vez en cuando, la verdadera literatura, los textos que aúnen riesgo y calidad, honestidad y trabajo. La labor de escritores insobornables y editoriales independientes. Lo que nace con vocación de ser rentable y global, encontrará la manera de infectarlo todo, como un virus eficaz. Pero la expresión artística cierta y sincera, por definición, seguirá siendo minoritaria, que no elitista ―por lo general, arte y élite sólo se mezclan para corromperse, para poseer y detentar―, y no digo esto desde la postura fácil del romántico trasnochado, sino plenamente consciente del escaso margen que el sistema deja a esas otras voces. Aunque es muy cierto que los nuevos medios ―y ahí radica mi tibia esperanza― pondrán al alcance de un lector la obra de un autor alternativo de una manera más sencilla y libre, esa nave deberá abrirse paso entre tantas tormentas que seguirá siendo una voz menor. El tema es a quién le importa y qué es lo que importa, qué es lo que un autor desea en realidad, si tener una estatua de bronce a los pies de un campanario, o echar a volar y aterrizar alguna vez en las manos de un lector que sepa apreciar su trabajo. Nueve de cada diez lectores de metro llevan en sus manos los mismos títulos, de estación en estación. Podéis hacer la prueba y fijaros la próxima vez, no falla. Me los puedo imaginar perfectamente a casi todos con un libro-e en la mano y su experiencia transitoria no variará demasiado, acumulando estaciones, capítulos, horas, estaciones, capítulos... Al otro lector, a ese uno de cada diez, o al lector de sofá y escritorio, al que busca el momento propicio y, sobre todo, al que busca algo más que un pasatiempo circular en el texto, a ese, con libro-e o sin él, seguirán sin poderle dar gato por libro.

Volvamos al singular, pues, para enfocar definitivamente el tema de hoy. Entre tantas revistas literarias, virtuales y físicas, bajo esa perspectiva de los nuevos formatos, y barridos por la incesante marea de iniciativas y proyectos, ¿cómo lograr el singular en una revista literaria? Ya sabéis algunos que ando de un tiempo a esta parte devanándome los sesos ―y hasta rebanándome los sexos, a veces― para sacar adelante una nueva revista literaria. Pero me planteo las verdaderas motivaciones que me empujan a hacerlo y me digo que no me vale una más, que no a cualquier precio ni con cualquier excusa, y que si no es para lograr un resultado singular, distintivo, no vale la pena ponerse a ello. Una revista literaria, tal como la concibo, debe reunir singularidad en contenido y continente, apostando por la calidad de los textos ―en los que sólo quepa aquella «democracia» para aceptar varios enfoques y discursos, pero una intolerancia total hacia la mediocridad― y el cuidado máximo en la edición. Papel o silicio, negro sobre blanco o bit a bit, lo que importa es llegar a un lector de los de uno a diez. Porque ningún editor en su sano juicio y ningún loco amante de las letras se embarcaría en esto por la pasta ―debería ser un completo iluso el primero y traicionarse a sí mismo el segundo―, ni por el nombre, ni por los galones, sino por la necesidad de compartir esfuerzo y deseo, de hacer causa común con quienes sí tienen algo que decir y saben cómo hacerlo, pero no siempre tienen el medio adecuado. Una revista literaria, tal y como yo la imprimo en voz alta en mi imaginación, no puede quedarse sólo en un campo de juego para los amiguetes del mundillo ni en una colección de propósitos, y mucho menos en un atril por el que pase todo el mundo a contar la suya, como cajón de sastre que hay que llenar de retales a tiempo y como sea. A menudo se conciben las revistas literarias como escaparate y trampolín para autores que, digámoslo así, se bregan en esa media distancia para atacar después al libro. Y sin embargo, en todo ello a veces no deja de haber hallazgos dignos y logros a destacar, sobre todo cuando se notan el esfuerzo y el criterio en quienes llevan adelante según qué proyectos, y además lo hacen con una sana voluntad de compartir y hasta divulgar. Es bastante más de lo que uno destacaría en ciertas revistas literarias ―de las «papeleras», y cabe aquí el doble sentido― de mayor tirada, que se quedan en lo mismo que tantos suplementos literarios: meros escaparates y catálogos de las editoriales para las que publican.

En fin, sigo haciéndome preguntas en privado, que hoy comparto a medias con vosotros. ¿Qué valora realmente un lector, ese de uno a diez con el que todo escritor auténtico sueña, en una revista literaria? ¿Cómo lograr una difusión ajustada a esa minoría que apreciará la calidad del contenido, sin renunciar a la calidad del continente? ¿Cómo estar al mismo tiempo en una librería o en un café literario de una capital de provincias y en la biblioteca más importante de la comunidad? ¿Cómo estar al alcance de un paseante huroneador de libros en Barcelona, Bilbao, Buenos Aires o Madrid, pero también llegar a ese irreductible galo en la aldea peninsular, al solitario en la estepa o al isleño en la periferia? ¿Cómo lograr la financiación para el proyecto y cómo, si fuera posible, lograr también la gratuidad o un precio muy asequible para cualquier lector? ¿Cómo conseguir la viabilidad imprescindible que asegurara futuras ediciones? ¿Cómo reducir la publicidad al mínimo? ¿Cómo compaginar una edición en papel, bella, original, con una versión en Internet, participativa y práctica? ¿Papel reciclado, ahuesado, satinado? ¿Dos mil ejemplares de tirada inicial? ¿Bimestral o trimestral? ¿Publicar cuando se arme un número potente, independientemente de los plazos, y nunca antes? ¿Cómo conseguir a buenos autores y además, en la medida de lo posible, pagarles «lo justo» por su trabajo? ¿Cómo rodearse de los cómplices adecuados para tan hermoso crímen? ¿Cómo evitar la avalancha de aspirantes y centrarse sólo en demandar buenos textos a escritores solventes, publicados o inéditos, pero solventes? ¿Cómo pasar olímpicamente de los apellidos y no casarse con nadie, y no tomar por amante más que a un texto que sepa seducir? ¿Cómo evitar las camarillas? ¿Cómo conciliar un diseño cuidado y unos materiales especiales para la edición impresa con la inevitable merma de calidad en una impresión digital bajo demanda, fresada y sin solapas, si uno quiere que un lector pueda conseguir su revista desde cualquier parte del mundo, sin demoras ni cargos? ¿Cómo huir de lo inmediato y llegar a lo perdurable, y que la revista resista el paso del tiempo en las relecturas? ¿Cómo lograr, sobre todo, una experiencia bella y útil en el lector?

No, el trabajo y el esfuerzo no son problema, los que me conocen un poco lo saben, y las ideas y el deseo tampoco escasean, os lo puedo asegurar, sólo los medios. Por eso, y por no renunciar en ningún caso a la singularidad, prefiero seguir esperando un poco más. Porque podría hacer una revista literaria correcta desde mañana, y estar ahí, y mover pieza, y puede que hasta dar la campanada, pero prefiero esperar a las condiciones adecuadas para editar una revista literaria singular, una que vuele ligera sobre paisajes de uno a diez, hasta lectores como vosotros.

24/1/08

Enlaces.

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[*] 192 enlaces actualizados a 24 de enero de 2008.


Índice:


  1. Revistas literarias, comunidades y colectivos (30).
  2. Literatos, letraheridos y letromentodos (78).
  3. Talleres de escritura y herramientas varias (2).
  4. Editoriales interesantes (20).
  5. Libreros, librerías y lugares del libro (6).
  6. Ilustración, dibujo, fotografía e imagen. (8).
  7. Otros creadores, ficciones y jirones de vida (26).
  8. Diseño, recursos, trucos y tipografía (8).
  9. Rastros congelados en el tiempo (14).




I. Revistas literarias, comunidades y colectivos:


  1. Arranca Thelma N
  2. Avión de papel
  3. Ciudad Blog
  4. Colegio Patafísico de Chile N
  5. Dado roto N
  6. Dos doce
  7. Dulce arsénico N
  8. El coloquio de los perros
  9. El poder de la palabra
  10. Hermano cerdo
  11. Heterogénea
  12. Interliteral
  13. La bella Varsovia
  14. La caja nocturna
  15. La llave de los campos


  1. La máquina del tiempo
  2. Las afinidades electivas
  3. Lateral
  4. Letralia
  5. Letras libres
  6. Literaturas
  7. McSweeney
  8. Narrativas
  9. Paisajes literarios
  10. Palabras diversas
  11. Pompas de papel
  12. Rebelión
  13. Sie7e de Sie7e
  14. Sopa de poetes
  15. Words without borders
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II. Literatos, letraheridos y letromentodos:


  1. _-_ N
  2. A identidade do indiscernível
  3. Ana M.
  4. Antoscha Chejonte
  5. Apostillas literarias
  6. Área de descanso N
  7. Blog de Enrique Páez N
  8. B&N
  9. Caca de loro N
  10. Caída libre
  11. Cierta belleza N
  12. Con ánimo de ofender
  13. Contrabandos
  14. Cora Requena Hidalgo
  15. Corte y confección
  16. Cuchitril literario
  17. Diario del Cosmonauta N
  18. Diario de lecturas
  19. Diario diáfano N
  20. Eduardo García
  21. El almuerzo N
  22. El aprendizaje de la soledad
  23. El arcángel mirón
  24. El blog de Enrique Ortiz
  25. El hombre del Bósforo
  26. El hueco del viernes
  27. El lamento de Portnoy
  28. El mágico circular de los naipes
  29. El rincón de Alvy Singer
  30. El síndrome Chéjov
  31. El tacto de un billete falso
  32. Extremófilos N
  33. Fernando Sarría
  34. Historias ficticias N
  35. Ibrahím B. N
  36. Ideas y Fragmentos
  37. Laboratorio de ideas
  38. La casa del nadador
  39. La espada oxidada N


  1. La Estigia N
  2. Lágrima del Guadiana
  3. La hechicera de la luna
  4. La isla del sabor N
  5. La linea recta
  6. La nave de los sueños N
  7. La orgía perpetua
  8. La palabra provocada N
  9. Las cucarachas N
  10. La segona perifèria
  11. Las tres musas
  12. La voz del silencio
  13. Lectos
  14. Letras y Viento N
  15. L'habitació d'Arles
  16. Los cuadernos de Dimitri
  17. Los paraísos naturales N
  18. Lula Fortune N
  19. Manuel Vilas
  20. Máquina de coser palabras
  21. Masacre en los jardines
  22. Mujeres de Roma
  23. Ni en un millón de años
  24. No se pisa la hierba
  25. Novela negra y cine negro
  26. Pajaritas de papel
  27. Pájaros mojados
  28. Peripatetismos
  29. Peter el Rojo
  30. Puerta falsa
  31. Quantum
  32. Relataduras
  33. Sr. Curri
  34. Suele suceder N
  35. The art of fiction
  36. Tigrecillos N
  37. Últimas palabras
  38. Unsociability
  39. Vivir del cuento
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III. Talleres de escritura y herramientas varias:


  1. Escuela de escritores


  1. Talleres Fuentetaja
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IV. Editoriales interesantes:


  1. Acantilado
  2. Alba Editorial
  3. Anagrama
  4. Barataria
  5. Belacqva
  6. Berenice
  7. Caballo de Troya
  8. Candaya
  9. Edhasa
  10. El Gaviero


  1. Funambulista
  2. Gens ediciones
  3. Libros del Asteroide
  4. Menoscuarto
  5. Minúscula
  6. Páginas de Espuma
  7. Pre-textos
  8. Salamandra
  9. Siruela
  10. Thule ediciones
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V. Libreros, librerías y lugares del libro:


  1. El bandido doblemente armado
  2. El Llibreter
  3. La Buena Vida


  1. Laie
  2. Los Portadores de Sueños
  3. María Pandora
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VI. Ilustración, dibujo, fotografía e imagen:


  1. Ale + Ale
  2. Bea
  3. Black Piwi
  4. Germs


  1. Maysun
  2. Seb Cazes
  3. Suzanne B.
  4. Wittfooth
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VII. Otros creadores, ficciones y jirones de vida:


  1. Ad libitum
  2. Al fin solos
  3. Callecitas estrechas
  4. Crónicas urbanas
  5. David Salvans
  6. Diálogos 3
  7. El Mundo de Faerie
  8. Encendida en Buenos Aires
  9. En el aire (Radio on line)
  10. Insanity
  11. Intraego
  12. José Zinc
  13. La llave del mundo


  1. Las aventuras de Alexa
  2. La ventana de Sonia
  3. Libro de faros
  4. Lya Morgana
  5. Marea blanca
  6. Mirada de agua
  7. Mirada inocente
  8. Nostalgia tuya
  9. Scherzando ma non troppo
  10. Simulacro de destino
  11. Transgrediéndome
  12. Viaje a los sueños (polares)
  13. Volando vengo
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VIII. Diseño, recursos, trucos y tipografía:


  1. Corsaria
  2. El blog de los blogs
  3. Maestros del web
  4. Sin dominio


  1. Unos tipos duros
  2. Villanos
  3. W3C en inglés
  4. W3C en español
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IX. Rastros congelados en el tiempo:


  1. Baila conmigo
  2. Camena
  3. El taller
  4. En el camino
  5. Fénix Yarince
  6. Flybutterfly
  7. Frag-mentos


  1. La costilla incómoda
  2. Lejos de la tristeza
  3. Miedo a volar
  4. Ojiplática
  5. Pase sin llamar
  6. Regresando a Sildavia
  7. Un beso en la punta de la nariz
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