Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008. Preámbulo.

6/12/08

El cuento de 2008. Preámbulo.

82. El hecho no es nada, el cómo es todo. Que no exista ningún hecho que no sea previamente cualificado lo prueba suficientemente. El golpe maestro del Espectáculo es haberse hecho con el monopolio de la cualificación, de la denominación; y, a partir de esta posición, ir dejando caer su metafísica de contrabando, repartiendo como hechos el producto de sus interpretaciones fraudulentas.

TIQQUN, Introducción a la guerra civil



A partir de esta entrada voy a publicar una serie de comentarios sobre algunos de los libros de cuentos editados en España a lo largo de este año. Me resisto a calificar las próximas entradas como reseñas, y esto obedece a un claro deseo de huir de la nomenclatura oficial y de cualquier otro molde en el que se pretenda encajar lo que en definitiva sólo será un compendio de opiniones. Así recibo además las columnas, reseñas y calificaciones de los críticos, de cualquier crítico. No importa si las leo en un medio impreso u otro soporte, si la firma tiene un peso específico o si es un anónimo o un colectivo quien escribe, para mí será siempre una opinión, con mayor o menor criterio, honesta o interesada, pero una opinión al fin y al cabo, y no una demostración científica o un dictamen jurídico. Cualquier pretensión de absoluta independencia o equidad es una falacia ineludible, porque ni el mejor de los críticos puede abstraerse de la subjetividad, y es que en ella, lejos de toda duda, habitan por igual la mirada y hasta la raíz del criterio. No existe la máquina infalible de hacer reseñas, porque los humanos somos falibles, contradictorios y volubles, y la buena literatura se nos parece. Todo lo demás, si se despega de la vida, es cualquier otra cosa: metaliteratura, metafísica, metadona para santones adictos a su púlpito y metacrilato de ducha para que algunos fascistas de medio pelo laven sus vergüenzas en privado, pero ninguna Verdad incontestable, como no la hay en la vida, nunca, en ninguna parte.

Intentaré centrarme en los libros que más me han gustado y dejar de lado los que me decepcionaron, aunque es probable que señale alguno de estos últimos, a modo de aviso para navegantes. Espero que nadie se moleste y que entienda que intento hablar de un conjunto concreto de textos y no de un autor, ni de su persona, por supuesto, y ni siquiera de su carrera. También en algún caso comentaré, más allá de un título concreto, la trayectoria o la labor de una editorial en este 2008, y alguna que otra iniciativa relacionada con el cuento a lo largo de este año. Las entradas se publicarán por riguroso orden de redacción, y no habrá en ello ningún propósito de establecer prioridades o comparaciones. De hecho, las tres primeras fueron escritas hace ya unos meses, y no las publiqué en su día por un rubor o una pereza ―no lo tengo claro aún, mi querido amigo José Antonio― que ahora mismo revoco. He tenido mucho cuidado al titular la serie, porque no se trata de ninguna absurda competición, ni de un ranking, ni nada que se le parezca. Tan sólo de unos trazos casi impresionistas de quien lee y escribe cuentos todavía a la espera de emocionarse y seguir aprendiendo. Estos breves comentarios no se ceñirán a la interpretación ortodoxa, ni pulsarán los resortes habituales que operan en los medios o la crítica, porque no persiguen ni la promoción comercial de esos libros ―que cada quien haga lo que le parezca, comprarlos, tomarlos prestados o pasar de largo―, ni mucho menos la instalación de mi sacrosanto culo en el nido de los popes. No tengo vocación de cuco, ni participo de esa hostilidad amortiguada y halitosa de quien se abre paso a codazos y felaciones en este mundillo ―siento asco cuando identifico a algún parásito fabricando amistades y afiliaciones por interés―. Lo único que me interesa es aprovechar la alternativa factible que ofrece la red en general y las bitácoras en particular, donde no operan ni las leyes del mercado ni las jerarquías del oficio, para darle sentido y utilidad a un espacio como este, relacionado con la literatura, y así dignificar un poco el hecho de mantenerlo activo, por lo que en este caso concreto me limitaré a poner en común lo que me ha llamado la atención de estos libros con el lector, y al compartir la mía, convocar en su lectura lo que creo que esos textos pueden provocarle.

Desde hace mucho tiempo, los que leemos cuentos nos fijamos demasiado en la pulcritud técnica, en su supuesta perfección formal, en la mesura de lo lírico o la circularidad de sus tramas. No es mala cosa, y ojalá muchas editoriales ―se entiende que me refiero a las comprometidas con el hecho literario, y no a los tenderos de papel cosido― se pusieran las pilas a la hora de filtrar unos textos que no reúnen las premisas básicas de calidad. Pero al centrarnos demasiado en ello corremos el peligro de caer en una visión academicista y unívoca del relato, en una imitación continua de los maestros y una suerte de «receta para escribir cuentos» que peca de un encumbramiento excesivo de la sorpresa, la arquitectura y el ingenio, cuando este «género» contiene en sí mismo la cualidad de lo explosivo, la promesa fértil del inconformismo, la belleza del sabotaje. Lo que uno recuerda, lo que uno revive de aquellos cuentos que le cambiaron la vida y la escritura, tuvo algo que ver con ese rigor en el trabajo, es evidente ―en literatura se encuentran pocos tesoros por casualidad, más bien se labran con la constancia y el compromiso―, pero lo que de veras permanece indeleble de aquellas lecturas, afloró de todo ese arsenal de vértigos, invocaciones y fogonazos que ponía en duda nuestras certezas, que cuestionaba lo dado y abría nuevas sendas a machete, incluso a veces con un rumbo errático, pero siempre con un pulso inquebrantable: la búsqueda de otra cosa. Tiene uno la sensación de que, de un tiempo a esta parte, la mayoría de lo que se escribe se parece demasiado a algo, entre sí, y a nada que deje huella al mismo tiempo. Teme uno que se haya olvidado lo esencial, y que la forma y el molde acaben produciendo copias en serie de una literatura temerosa, acondicionada y con fecha de caducidad. El cuento debería ser una forma de vida, una criatura no domesticable, y no un material para la transacción. El cuento plantea una deriva, un preguntarse y un decirse alienados, y no una fórmula conclusa de interpretación y celebración de «lo real». Al menos, para quien cierra ahora este preámbulo, el cuento ha sido durante este año 2008 un señuelo a veces placentero y a veces atroz, pero que todavía le sirve para seguir burlando a la muerte.

6 comentarios:

Miguel Ángel Muñoz dijo...

Magnífico preámbulo, amigo, pero no te hagas de rogar. Estoy deseando leer tus opiniones, o reseñas, o comentarios, o críticas, o....no importa. Ya. A ello, Sergi.

Arilena dijo...

Una buena declaración de intenciones, sí señor.
Se esperan esas reflexiones-serie-de-comentarios-que-no-se-clasifican-como-reseñas.

Un abrazo compañero

Anónimo dijo...

Incluso lo tuyo se parece, y gracias que se parece, te considero bueno con las palabras; para mí una obra buena es la que conserva el gusto clásico y al mismo tiempo sorprende, casi nada

Besos

Anónimo dijo...

¿El criterio que vas a seguir es anual -2008 tal cual- o según el ciclo editorial, o sea de las ferias primaverales 2007 a ídem de 2008? Pregunto.

josé antonio ruiz dijo...

Suscribo lo dicho en el primer comentario, subrayando lo de amigo, y añadiendo un abrazo grande. Cuélgalas pronto, que hay ganas.

Marsu dijo...

Seguiré con interés tus comentarios, críticas, análisis... o como quieras llamarlos.