Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008 (II).Simetrías sicilianas.

15/12/08

El cuento de 2008 (II).
Simetrías sicilianas.



Título: Sicilia, invierno
Autor: Ignacio Ferrando
Edita: JdeJ editores
ISBN: 9788493433420





Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

JORGE LUIS BORGES,
«Deutsches Requiem»,El Aleph


Ignacio Ferrando no le tiene miedo al espejo, y tanto la concepción como la factura de los cuentos de Sicilia, invierno lo demuestran. Aunque estos no son en ningún caso los relatos de un recién llegado ―tampoco lo fueron los de Ceremonias de interior, pero ya anunciaban el rigor y el estilo de Ferrando―, sí suponen la irrupción incontestable de una apuesta definida y coherente en la narrativa actual. El lector medio no se sentirá extraviado, y la primera lectura de Sicilia, invierno mantiene en todo momento el interés y la amenidad, pero otro lector más avezado y curtido que se acerque a este libro sin prejuicios, puede llegar a experimentar una doble sensación: la inicial ―«algo de esto me suena»―, que atiende a lo formal y le traerá ecos de algunos autores hispanoamericanos y centroeuropeos del siglo XX, y la inmediatamente posterior ―«por fin alguien lo ha hecho»―, que atañe a una trabajada y rigurosa estructura de los textos y a una riqueza en la prosa de las que adolecen demasiados autores supuestamente vanguardistas, popes del collage y otros enfants térribles descafeinados de esta heterogénea liquidación de la postmodernidad a la que asistimos.

En la trastienda de lo literario circula en torno a Ignacio Ferrando la anécdota del aparejador que deja su bien remunerada profesión para dedicarse por completo a la escritura. Se comentó, sin ir más lejos, en la presentación que Lorenzo Silva hizo en Madrid de Sicilia, invierno, con lo que no se desvela aquí ningún secreto. Estoy seguro de que al mismo autor ya le resulta algo cansina la referencia, pero no tiene nada de legendaria ni brumosa, sino que responde a la más absoluta verdad y creo además que viene a cuento en este comentario, para que el lector que desconozca ese hecho disponga de otras dos pautas con las que acercarse a la lectura de estos relatos. Por un lado, el compromiso del autor con la escritura, sincero y absoluto, y por otro el hecho de que, aunque en teoría su formación técnica esté alejada por completo de la creación literaria, al mismo tiempo ese esquema mental impregne su obra ―nunca mejor dicho― hasta darle un rasgo que define la escritura de Ferrando: la ordenación milimétrica de las palabras, la arquitectura literaria llevada del oficio al arte, el sólido andamiaje que sostiene cada uno de sus textos.

No obstante, al leer los cuentos de Sicilia, invierno esta cualidad tan escasa en la narrativa actual, reitero, se revela al mismo tiempo como virtud y talón de Aquiles, pues con el tiempo ―si baja la guardia y llega a gustarse tanto como para repetirse y dejar la búsqueda― la literatura de Ferrando corre el peligro de caer en una especie de brillante asepsia, si a lo impecable de sus tramas, su ejecución y su desarrollo no le asisten de vez en cuando ―más que lo imprevisible y lo extraordinario, que ya aparecen― el vértigo y la deriva. Los edificios que escribe este arquitecto son imponentes, los textos que construye este escritor son grandes obras de ingeniería, pero a veces uno extraña grietas, fugas, pequeños seísmos, no en lo formal, sino en los cimientos invisibles de toda historia. Para conmover al lector a menudo no basta con la solidez de una estructura, y es que en la estética del derrumbe también se pueden activar los resortes de la sensibilidad. La demolición no deja de ser una técnica, y las cargas explosivas no se colocan en cualquier pilar ni de cualquier forma, por lo que estoy seguro de que Ferrando sabría aplicar los recursos necesarios para armar una literatura no tan monumental, y sí más viva, tan fértil y al mismo tiempo amenazante como una tormenta o una grieta ―en ellas también florece a veces la hierba, a modo de verde arañazo en la rigidez del muro―. Estamos ante un escritor dotado y perseverante, por lo que no dudo que será capaz de lograr aquello que se proponga en el futuro.

Por esa misma razón, uno se detiene y se cuestiona si esa ausencia que acabo de señalar, y que Fernando Valls llamó «frescura»[1] o también «espontaneidad», como Santos Sanz Villanueva[2], no será ni una carencia creativa ni una falta de ligazón real con lo que la vida también es, sino una elección absolutamente premeditada del autor, que persigue otras metas y sobre todo otras vías para llegar al hecho literario. Y es que todos leemos según nos han construido nuestras lecturas ―les aseguro que Ferrando es un lector de bagaje vasto y profundo―, y tal vez traducimos las ficciones del otro a nuestro idioma particular, para el que de repente no encontramos la palabra adecuada. Creo que cada texto ―cada buen texto que soporte esa muda― es un ser vivo que evoluciona de manera diferente en cada lectura. Ya se ha dicho muchas veces: una obra deja de pertenecer al autor en cuanto se hace pública y se comparte. Lo contrario sería reducir la lectura a un automatismo absurdo. Así pues, no tengo claro cuánto hay de interpretación y cuánto de certeza en estas apreciaciones, por lo que esa aparente falta de grietas y derivas en los cuentos de Sicilia, invierno tal vez tenga más que ver con los excesos del receptor ―del lector que soy y que busca ciertas iluminaciones― que con el pulcro trabajo del emisor. En todo caso, esta es mi impresión general.

No hace mucho tuve la oportunidad de asistir a unos talleres de narrativa, de los que aprendí unas cuantas cosas, pero también en los que me topé con algún que otro despropósito. Poco importa quién o cómo, y además no quiero perjudicar a nadie ―allá cada uno con sus prioridades―, pero el caso es que un novelista y traductor que publica en una editorial de las llamadas grandes, además de hacer girar la ponencia en torno a su propio ombligo, demostró una ignorancia casi satisfecha de muchas de las sendas por las que ha transitado una tradición literaria de tres mil años, y un desdén incomprensible por algunos de los más elementales códigos para la construcción de un texto al que podamos llamar literatura, especialmente por los del cuento contemporáneo. A todo esto me refería al principio de este comentario, cuando señalaba la probabilidad de que un lector aventajado de Sicilia, invierno se dijera a sí mismo «por fin alguien lo ha hecho». Y es que de una vez por todas un escritor joven ―Ferrando nació en 1972―, con criterio, con un impresionante acervo de lecturas y con una tremenda capacidad de trabajo se ha puesto a escribir narrativa con vocación de seriedad, siendo capaz de justificar y defender por qué, cómo y para qué ha elegido elaborar sus ficciones de esa manera y no de cualquier otra, ni por casualidad, ni por una sesgada adhesión a las modas del momento. Como dice un maestro, debería estar prohibido escribir como Carver, si Carver ―o Mann, o Sebald, o Cortázar, o Ford― hubiera sido idiota, y las hordas de imitadores de unos y otros no hacen sino copiar los trucos del mago sin tener noción de la misma magia. Ignacio Ferrando se quita la chistera, se sube las mangas, muestra la tramoya del escenario y con ello toma un riesgo importante al añadir el texto ―entre teórico y emocional― que da título al libro, «Sicilia, invierno», donde pormenoriza el proceso creativo que le llevó a escribir sus cuentos, y los retos a los que se enfrentó en cada uno de ellos. Como lector no estoy seguro de querer conocer en todo momento la cocina de la escritura y prefiero centrarme en paladear el resultado, pero, siendo egoísta, como escritor le agradezco ese texto, que me ayuda a comprender mejor algunas cosas y a disfrutar incluso de la relectura de algunos relatos. Y digo relectura, porque creo que todo lector sensato debiera acercarse a los cuentos del libro por orden, sin querer adelantarse. Con ese último texto, desde luego, Ferrando demuestra una vez más que ni le tiene miedo al espejo, ni hace las cosas por casualidad: nadie mejor que él sabe que sólo se puede construir desde los cimientos, y no empezar por el tejado del supuesto ingenio, la ocurrencia achispada y los fuegos artificiales.

A Marinetti le parecía más bello un automóvil que la Victoria de Samotracia, y seguro que algunos de esos nuevos escritores del siglo XXI se emocionan más con una búsqueda en Google que con la lectura de La Ilíada. Los más sabios ―por suerte, alguno queda― navegan entre ambas orillas, pero la mayoría se queda con ese ruido de bujías, pistones y circuitos, con la velocidad de su ADSL y la de su carrera personal, sobre todo. Los preciosistas y académicos, por otro lado, admiran las ruinas blanquecinas de los palacios minoicos, o se maravillan ante el altar de Pérgamo ―en su cápsula hermética del museo berlinés, tan lejos del contexto heleno―, y encuentran belleza en esa decadencia elitista, pero no conciben el verdadero empaque que tuvieron los edificios cretenses ―cuando la vida sucedía en sus muros, pintados de rojo sangre―, ni el salitre del Egeo en aquellas escalinatas que albergaron a personas reales, que recogieron su sudor, los restos de la fiebre o el vino, los ecos de sus pasiones y deseos. Unos se quedan con los fuegos artificiales del texto, y otros olvidan el contexto y hasta el fuego vital. El mito, el símbolo, el medio y su época, no son la vida. Los arquetipos y la Historia nos sirven para interpretar de alguna manera nuestra naturaleza, para intentar explicarnos, para marcar rumbos y orígenes, para dibujar un mapa inconcluso de la condición humana, y muchos indocumentados harían bien en leer, leer y leer a los clásicos antes de matar a ningún padre ―el parricidio hay que merecérselo con algo más que ocurrencias y boutades vacías―, pero quedarse en todo ello es perder la simiente, sencilla y arrolladora, de lo que en realidad la vida es, y que se aloja y germina en unas tierras de las que, no sé por qué, de un tiempo a esta parte la literatura no suele cosechar sus motivos.

Esa vacuidad no existe en los cuentos de Sicilia, invierno. Cuando Ferrando recurre en varias ocasiones al motivo del doble, del reflejo, de lo uno en lo otro, de la sombra y la luz duplicada, no hace otra cosa que colocar ante el espejo sus lecturas, su vocación y lo que como escritor es y puede llegar a ser. Y lo hace sin trampa ni premura, con la paciencia del artesano que busca la simetría y la proporción de todas las partes. La pareja como imagen del individuo en el azogue, la alternativa especular que la vida nos pone delante en cada decisión y en cada conflicto, y sobre todo las fronteras permeables de la identidad personal son la raíz de cuentos como «DdlL, Cnº42», «Trato hecho» o «Roger Lévy y sus reflejos», tres de los mejores relatos del conjunto, pero también sustentan, como un lienzo, todas las demás pinceladas del libro, a través de una técnica depurada y eficaz. Porque, insisto, estamos ante uno de los narradores mejor dotados del panorama español actual. Cuando echo en falta la deriva y la grieta en los cuentos de Ferrando[3], pienso en los panes de Dalí, en que está muy bien depositar relojes líquidos al borde de un plato o cajones que se abren en la carne de los amantes, y eso es exactamente lo que me emociona de parte de la obra del genio ampurdanés ―no de toda, ni mucho menos de su persona―, la convulsión, lo enajenado, el fogonazo… Eso es lo que cambia mi mundo cuando lo encuentro en un texto, pero primero hay que saber pintar un pà de pagés con exactitud fotográfica. Primero hay que dominar las reglas para que sea lícito saltárselas, para jugar después ―si uno quiere― con la grieta y la tormenta. Primero hay que saber cómo amasar un pà de pagés, cómo cocerlo, cómo aparece a los sentidos, para poder quebrar después la corteza y elucubrar sobre la miga, el moho y su metáfora.

Se ha dicho que los cuentos de Sicilia, invierno tienen reminiscencias cortazarianas, y en algunos casos es cierto, pero con una perspectiva más amplia, y ya con la distancia de una lectura reposada, a ratos la escritura de Ferrando me remite más si cabe a «La casa de Asterión» que a «Continuidad en los parques», tanto por esa voluntad borgiana de reelaborar el mito, como por su caudal ingente de lecturas aprehendidas. Esto se hace más evidente en cuentos como «Simetrías», que participan más de la idea ―Orfeo y Eurídice, el juego magnético que hace que las parejas se imanten y la atracción o el rechazo cambien según su polaridad, el miedo a enfrentar la soledad, el vértigo ante la posibilidad del mismo amor― que de lo excepcional ―la lectura fácil y superficial de esa imagen siamesa como un mero esperpento―.

No, los narradores de Sicilia, invierno no quieren parecerse a los de Cortázar, aunque le deban mucho, como le deben a los de Onetti, a los de la trilogía sonámbula de Herman Broch, o al que Thomas Mann delega en el Aschenbach de La muerte en Venecia ―su lucha interna con quien pretende ser y el sujeto que en realidad desea a Tadzio o se pudre de vanidad, culpa y decadencia, tiene algo que ver con la del protagonista de «Trato hecho», en esa celda que es un poco aquel hotel del Lido, la cárcel inasible de la conciencia, la impostura moral sajada, la claudicación de El séptimo sello de Bergman―. Hablando de la Muerte, la estrategia del narrador y sobre todo el tono de «Caleidoscopio» tienen más de danza enmascarada y macabra que de pulsión vida-muerte ―es decir, sexual―. El tema de la muerte ―si me apuran, en literatura hay tres o cuatro temas, no más, eso sí, con sus ramificaciones― nunca es sencillo de abordar, y quizá por ello «Caleidoscopio» es uno de los relatos en los que más me ha costado establecer el pacto lector-narrador. Esa imagen quebradiza de la que deseamos alejarnos, siempre en fuga ante nuestra finitud, no es fácil de asir, y en la coreografía algo excesiva de ese cuento, en ese reflejo infinito en los espejos del relato, se acaba diluyendo un poco la seducción del lector. Sí se sostiene ese hechizo, incluso al adivinar el desenlace, cuando se lee «Los chicos de Nat», otro de los cuentos de veras afortunados del conjunto, que tiene tanto de western como de género negro, y donde uno cree percibir una suerte de voz en off digna del mismo Marlowe. Hay sombras fáusticas en cuentos como «DdlL, Cnº42», trazos de un Dorian Grey que no busca una inmortalidad ahogada para sí, sino en el anhelo del otro, para no envejecer jamás al pintarse en la carne y la admiración que consiga sustraer de ese prójimo. En «Roger Lévy y sus reflejos» se observa un dominio magistral de la elipsis y lo simbólico y, como la evolución que va de los duelistas en el Barry Lindon del primer Kubrick al maestro de las odiseas espaciales, promete, tal vez como ningún otro cuento, narrativas cada vez más maduras ―breves o extensas, que pulso de novelista no le falta a Ferrando― para los próximos años[4].

En resumen, lo que a primera vista puede parecer clasicismo virtuoso en los relatos de Sicilia, invierno, es en realidad un buen augurio. En estos textos palpita una musculatura potente en torno a un esqueleto absolutamente equilibrado, y es verdad que la vida no es un mecano y hay que contar con el nervio, la fiebre y el deseo. Que la médula de las cosas es bastante más errática. Pero no es menos cierto que la belleza es muchas veces una simple cuestión de proporciones. Por eso, lo único que me parece honesto reprocharle a este libro tiene que ver con la mirada, no sé si con la del autor, maestro de la simetría y la proporción, o con la mía, que repara tanto en la majestad del David de Miguel Ángel como en la grieta que subyace en el mármol, pero mentiría si no dijera que me miro en el espejo de Sicilia, invierno para seguir aprendiendo lo que, derivas aparte, también es a menudo el oficio de escritor: una arquitectura de la palabra.


Apostilla: Hasta un peón de albañil cuida sus materiales y, parece mentira, pero he conseguido huir del lugar común y hablar de un libro de Ignacio Ferrando sin mencionar las palabras «premio» y «profesor». Yes, we can.

*

Sobre la edición:

Se trata del primer título de una nueva colección de narrativa, pero no de la primera iniciativa del editor, Javier de Juan, que ya lleva tiempo en esto, y se nota. Sin embargo, tengo la sensación de que el diseño se ha pensado a fondo para este grueso libro de relatos, y no ha tenido demasiado en cuenta los condicionantes de un proyecto de colección a largo plazo. Con todo, el diseño es esmerado, tal vez algo preciosista, pero el libro tiene una presencia agradable en las manos. De las tripas, cabe señalar la incorrecta utilización de las comillas ‛inglesas’, en vez de las «españolas», y algún desliz en la foliación, como en la página 252, donde no debiera figurar, o en cada inicio de relato, ya que no es muy ortodoxo colocar el folio (el número de página, para que cualquiera lo entienda) cuando se ha emplazado en la parte superior y comienza un texto en página impar. La caja de texto está bien proporcionada, aunque las líneas por página (35) tal vez parecen demasiadas. También es verdad que el libro tiene unas dimensiones generosas y los márgenes de página están equilibrados, por lo que otro cuerpo de letra hubiera disparado la paginación. Se puede comulgar o no con ese preciosismo del diseño interior, con esas cenefas que presentan y enmarcan cada relato o la portada interior ―aunque ahí la apariencia es de fotocopia emborronada―, pero al menos se desmarca de lo que ya hemos visto demasiadas veces y consigue una unidad con las cubiertas, donde, por cierto, la combinación de colores en el título y el nombre del autor no es muy afortunada. En definitiva, se nota un trabajo muy profesional, pero un poquito más de sobriedad le hubiera sentado bien al libro-objeto.


Notas:
  1. «[…] cómo el conocimiento de los mecanismos del relato, la premeditación, ahoga, a menudo, la narración, lo que debe haber siempre en ella, creo yo, de espontáneo, natural, e incluso –si me apuran– de irracional. De frescura». FERNANDO VALLS, El Mercurio.
  2. «[…] el estilo bordea el virtuosismo expresivo en perjuicio de una escritura más vivaz y espontánea […]». SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural.
  3. El libro se abre con una cita muy bien escogida, y que me ofrece una gran oportunidad para simplificar todo mi comentario, el de un lector que prefiere que le sugieran cada vez más esa espina, y aún la herida, y hasta la garganta muda:
    «Escribiré sobre todos nosotros sentados ante platos ya vacíos; y también sobre ti y sobre mí y sobre la espina clavada en la garganta». GÜNTER GRASS, El rodaballo.
  4. Algo que también corroboran y auguran críticos como Valls y Sanz Villanueva:
    «Nada hay más agradable que encontrarse con un nuevo autor, cuyos resultados satisfacen, que anuncia un futuro brillante. [...] No me cabe duda de que entre las nuevas voces de la narrativa breve, la de Ignacio Ferrando es una de las que puede proporcionarnos más satisfacciones». FERNANDO VALLS, El Mercurio.
    «Ha sido gratísima sorpresa descubrir a un autor para mí desconocido dueño a la vez de un mundo muy sugerente y de una prosa bien trabajada y expresiva». SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural.

Enlaces relacionados:

  • Bitácora informativa de Sicilia, invierno
  • Entrevista al autor en el periódico EL COMERCIO, por Alberto Piquero
  • Entrevista al autor en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz (anterior a la publicación de Sicilia, invierno)
  • Reseña de Sicilia, invierno por Fernando Valls (El Mercurio, n.º 103, septiembre de 2008. Pág. 33. Versión disponible en PDF para su descarga gratuita)
  • Reseña de Sicilia, invierno por Santos Sanz Villanueva (El Cultural, 12 de junio de 2008. Pág. 18)
  • 11 comentarios:

    david santos dijo...

    Vengo desearte una feliz navidad y que siendo amigos en el 2009!

    Abrazos y no bajes los brazos nunca.

    Anónimo dijo...

    Leer este... comentario, o reseña, bueno, este texto, qué diablos, mientras sonaba la Siciliana de Beethoven, ha hecho que me interese el libro del que hablas, que no conocía, pero sobre todo me ha hecho pasar un buen rato. La culpa no sé si es tuya, de Beethoven o del libro. Yo, como tú, soy de los que prefieren esa grieta de la que hablas, pero también aprecio la calidad de la prosa y que me cuenten una historia sabiendo de lo que hablan. Sí, creo que añadiré ese libro a mi cesta de Navidad.

    Un saludo.

    carlos maiques dijo...

    Hola Sergi:

    A falta de saber el resto de las notas de lectura que van a seguir a estas dos primeras, es de agradecer el espacio que le das a opinar sobre la edición. Cuántas veces, por desgracia, una portada desmerece si es comparada con el interior de palabras que envuelve. A mí me pasa con las ediciones en papel "blanco nuclear", me siento raro pasando esas páginas, como si tuvieran menos entidad (y esto es un prejuicio absurdo sin ninguna lógica, por supuesto) En fin, un saludo y hasta otra.

    Anónimo dijo...

    La verdad es que la crítica tan bella que has hecho de Ferrando se merecería por su parte invitarte a una paella, de las buenas. Si no estuviera tan metida con los Rusos me lo compraba ahora mismo, pero todo llegará, ahora necesito de los otros.También mientras te leía no podía evitar el pensar en cómo será tu libro de relatos, etc...porque me pareces realmente bueno escribiendo, quizás el hecho de llevar un tiempo leyéndote me ha enseñado a comprender mejor lo que escribes y por tanto a aprender a apreciarlo en su justa medida.Sobre la portada tiene esa combinación de colores que me atrae,y ese árbol desnudo que presenta el invierno se me hace muy oportuno al título.A buen seguro que lo acabaré comprando pero frente a hacer una crítica tan buena como la tuya, que se deja leer, hay un pero, la decepción cuando ves que el halago supera a lo halagado(sonrío).Eres demasiado bueno, repito.
    Saludos!

    Gcc.

    manuespada dijo...

    "los textos que construye este escritor son grandes obras de ingeniería, pero a veces uno extraña grietas..." A mí precisamente lo que me gusta de este libro es su perfección, esa ausencia de grietas, no me imagino a Ignacio escribiendo de esa manera, quizá sea una forma de ser, y huir de la forma de ser es muy difícil. Un libro maravilloso.

    Sergi Bellver dijo...

    Intentaré ser breve (vamos, Sergi, tú puedes), que en este momento soy un hombre-orquesta con un instrumento en cada una de mis cuatro manos (parezco Ganesha o algo así, por la cara de elefante también).

    David, bienvenido y gracias por tus buenos deseos, que te devuelvo.

    Los brazos sólo los bajaré si tengo que echar una mano a alguien que se haya caído, por ejemplo.

    *

    Anónimo, bienvenid@ y gracias por tu comentario. Me importa poco si "la culpa" es de Beethoven o mía, pero te aseguro que no te arrepentirás de la lectura de Sicilia, invierno. Mi intención es sólo compartir mis opiniones, mi lectura, siempre subjetiva, pero si he conseguido un/a lector/a más para ese libro, ya me doy por satisfecho, porque para eso están también estas cosas, para difundir cultura, ¿no?

    *

    De momento tengo ya escritas y acabadas dos más, Carlos, y el borrador de otras cinco, pero yo creo que esta serie llegará a las diez o doce entregas, y en todas añadiré un comentario sobre la edición, seguro. Que viva el papel ahuesado, sí. Todo es prejuicio, o al menos todo es subjetivo. Yo aquí sólo pongo en común mi subjetividad.

    Un abrazo.

    *

    Tampoco hay que pasarse, GCC, que cuando leas el libro de Ferrando verás que el objeto del comentario está muy por encima del mismo. Además, no ha sido exactamente un halago (porque también me cuestiono lo que no me acaba de conquistar), pero igual que soy sincero con los "peros", lo soy con los aciertos que, la verdad, saltan a la vista. Ya me lo dirás cuando lo leas.

    Besos, tovarich

    *

    Lo he dejado claro en mi entrada, Manu, no sólo admiro la perfección formal de los cuentos de Ferrando, muy por encima de la media literaria en España, sino que aprendo muchas cosas de su estructura, de su resolución y de su acabado, para que mis propios cuentos sean algo más decentes. No, Ignacio nunca va a escribir como ¿Bukowski, Artaud, Calvino? ni falta que le hace. Son estéticas y casi hasta éticas (de lo literario, no lo otro, que aquí no importa) distintas.

    Cuando hablo de grietas no me refiero a un cambio de voz injustificado o a escalas arbitrarias en el tono o a... qué va, si hay pocos trabajadores tan honestos y eficientes como Ferrando en las letras, no, hablo de grietas más sutiles, y no sé, por no enrollarme demasiado, me ceñiré a varios ejemplos de cuentos "con grieta y cierta deriva":

    "Un día perfecto para el pez plátano", de J. D. Salinger, "El señor Beneseit", de Quim Monzó (por citar uno reciente). O "Belvedere" de Ángel Zapata, por supuesto.

    Tienes toda la razón, no hay escapatoria de lo que uno es.

    Un libro maravilloso el de Ferrando, en todo caso, suscribo.

    Y por cierto, Manu, ¡feliz cumpleaños!

    Anónimo dijo...

    Me han sobrado un par de párrafos, señor, pero, aunque sea tan larga, tu reseña al menos que deja ver tres cosas: te la has tomado en serio, has dicho lo bueno y lo malo y, sobre todo, se nota que te has leído el libro, macho, y eso es algo bastante menos habitual de lo que se supone entre los críticos.

    Por cierto, ¿tu libro de cuentos, tendrá grietas, cuándo sale, y dónde?

    Sergi Bellver dijo...

    Sobre o falte lo que sea (ya que este es mi espacio, puedo explayarme, si publicara en una revista me ceñiría al margen disponible), Anónimo #2, lo que cuenta es si te interesa o no lo que lees, y sobre todo el objeto del comentario, o sea, el libro en cuestión, Sicilia, invierno.

    Mi libro de cuentos... bueno, ya veremos qué pasa en 2009. En teoría en primavera sale un cuento mío en una antología, aunque eso depende del editor (uno de los "güenos"), del antólogo y otras cuestiones ajenas a mí, que no puedo controlar. El cuento ya fue aceptado para dicha antología (en la que acompaño a varios nombres "ilustres", escritores menores de 40 años ya conocidos), pero en fin, veremos qué pasa... a mí me interesa más crear y escribir que preocuparme demasiado de esas cosas (luego me quejo de que no tengo un duro, pero el caso es que sigo teniendo reparos a participar en concursos y demás, no quiero que esas expectativas me quiten energías que prefiero dedicar a la creación).

    El libro en solitario, si hay suerte, espero que llegue en invierno del 2009. Tengo doce cuentos casi terminados, pero igual lo adelgazo un poco más y le quito dos, o cambio uno que no me termina de satisfacer. Estoy plenamente convencido de dos cosas:

    1) no será un libro de cuentos ni perfecto ni "fundacional" ni nada de eso... que no sale un Eloy Tizón todos los años... (hay que ser humilde) pero será un primer libro de cuentos absolutamente digno y publicable (no hay que ser modesto ni mojigato).

    2) a poco que lo lean con atención y criterio, fijo que una de las editoriales a las que lo voy a enviar (o dar en mano a sus editores) apuesta por mi original. Hay que enfocar bien dónde tiene cabida nuestro trabajo y cómo trabaja también cada editor (que todos tienen sus virtudes y defectos), cómo configuran su catálogo, etcétera. Lo intentaré (aunque algunas negativas concretas ya me las huelo) con Páginas de Espuma, Tropo, Salto de Página, 451 editores, Caballo de Troya, Lengua de Trapo y algunas más. Si todas dicen "no", igual es por algo y es que el manucrito ha de quedarse en un cajón, pero confío en esos textos.

    Sí, estoy seguro. Llevo dos años con ese libro y mucho trabajo, y eso se ha de notar por alguna parte. El talento ya es otra cosa, y uno llega donde llega.

    Eso sí, mis cuentos, en estructura y ejecución no le llegarán ni a la suela del zapato a los de Ignacio Ferrando (el puto amo en esa y otras facetas), pero grietas, lo que se dice grietas, tendrán más de una, palabra.

    Javier dijo...

    Después de leer "Sicilia invierno" y tu reseña, quería dar mi enhorabuena a Ignacio Ferrando por su libro y a Sergi por su cordial inteligencia y finura en el análisis de la literatura del autor. Es la mejor crítica de una edición que he leído en muchos años y llego algunos en este oficio.
    DJ

    Clau dijo...

    Quiero agradecerte esta reseña porque gracias a ella añadí un libro más a mi lista de regalos navideños. Se lo he regalado a mi hermano, que tiene especial afición por los escritores alemanes, y como citabas a Mann, Broch o Grass, pensé que podría gustarle. Ya te diré algo cuando se lo lea, pero de momento esta tarde me ha dicho "tiene buena pinta".

    También he de decirte que después de descubrir tu blog, los últimos post y tus comentarios, tengo curiosidad por leer tus cuentos, así que cuando salga ese libro tuyo, avisa.

    Por último, he visitado la web de tu editorial y tal vez me anime a comprar alguno de esos libros. Lo que me ha sorprendido es su apariencia, muy distinta de lo que me esperaba, después de leer tus detallados comentarios a las ediciones de otros libros. En fin, esas portadas negras con esos dibujos... aunque lo que cuenta es el interior, por supuesto.

    Un saludo y feliz Navidad, Sergi, espero que en 2009 todos tus proyectos salgan adelante.

    Sergi Bellver dijo...

    Muchas gracias por tu amable comentario, Javier. Seguro que, como mínimo, también es la "reseña" (por decir algo, más bien es una nota de lectura o una impresión personal en voz alta) más larga que has leído...

    Oye, ¿no serás J de J, no? como firmas luego con ese DJ... Sea como fuere, bienvenido y gracias de nuevo, sobre todo si estás en el oficio (es decir, si dices lo que dices sabiendo del tema).

    *

    Gracias también por tu comentario, Clau. Seguro que a tu hermano le gusta el libro, y me alegra mucho haber tenido parte de culpa en tu decisión. Ya me contarás, pues.

    Mi primer cuento publicado, si nada se tuerce, sale a primeros de 2009 en la antología. Es "un primer cuento publicado" en toda regla, es decir, con sus excesos de "mira lo que sé hacer, mamá" y todo eso (novel que quiere demostrar dominio de la prosa, y debiera haber sacado aún más la tijera), pero bueno, creo que es un texto decente y quien lo ha leído hasta ahora no me ha retirado el saludo, algo es algo. El libro en solitario (ese sí, más pulido, perfilado y sin sobrepeso lírico), con suerte, para finales de 2009.

    En esa editorial hago muchas, muchas cosas. De hecho, casi de todo, en plan hombre orquesta, pero precisamente el diseño de esa colección de narrativa no lo he decidido yo, pues ya tenía trecho recorrido cuando llegué, y como es natural, tuve que amoldarme a lo existente.

    Y es que no es "mi" editorial, Clau, sino un sello independiente para el que trabajo desde abril de 2007. Cuando tenga fondos o socios para montar "mi" editorial, podré decidir y responder de cada detalle. De momento, ese interior que importa (los textos) son la mejor baza de Gens. Lee los números 4, 7, 10 ó 14 de esa colección de cubiertas negras, y a ver qué te parecen...

    Un abrazo y que 2009 también se porte bien contigo.