Bitácora de Sergi Bellver: El cuento de 2008 (I):Deconstrucción del oficio.

8/12/08

El cuento de 2008 (I):
Deconstrucción del oficio.



Título: Oficios
Autor: Juan Carlos Márquez
Edita: Castalia
ISBN 9788497402569[1]
XVIII Premio Tiflos de Cuento de la ONCE





Supermán daba vueltas al globo rompiendo la barrera del sonido, hacía cosas así, y en cambio hay gente, hay hombres más que nada, que se ponen a abrir una sencilla lata de berberechos y se rebanan las pelotas.

ÁNGEL ZAPATA, «Días de sol en Metrópolis»


Han querido la casualidad y ciertas tareas pendientes que comience esta cadena de comentarios llevándome la contraria, un ejercicio siempre saludable de profilaxis contra la soberbia. En el preámbulo a esta serie avisaba de que mis impresiones iban a centrarse sobre todo en los textos, en esos libros de relatos que han dejado sus muescas en mi recuento de lo mejor del 2008, y sin embargo parece que el hilo conductor de esta entrada, a ratos ―sólo a ratos―, tiene más que ver con el descubrimiento de un autor que con los propios textos.

En el caso que nos ocupa creo que está más que justificado, ya que también la casualidad y ciertas demoras han querido que la publicación de Oficios y Norteamérica profunda ―título al que dedicaré en breve una próxima entrada en esta serie― haya coincidido en el mismo año. A mi parecer, con ambos libros Juan Carlos Márquez irrumpe de manera brillante en el panorama del cuento español, aunque uno tenga la sensación de que lo haya hecho accediendo por la puerta de atrás, bregándose con los matones del callejón, debido a las características del premio que logró en el año 2005 por su primer libro de cuentos ―una edición municipal que sólo podréis encontrar a través de la librería especializada Tres rosas amarillas, y cuyo descomunal retraso en ser publicada se ha visto compensado al menos, y con justicia, con su candidatura al premio Setenil― y la irregular distribución en las librerías de un galardón tan prestigioso como el Tiflos, que ya en su día nos descubrió a talentos como Félix J. Palma, Gonzalo Calcedo o Ignacio Ferrando, y del que cabría esperar una mayor visibilidad. Más allá de lo que esos dos premios hayan podido suponer para muchos como certificación del buen hacer de este cuentista, profesor de escritura y bilbaíno de pro, pienso en esa doble circunstancia como en una recompensa que, aparte de lo económico, tiene más que ver con el fruto del trabajo y con la satisfacción de una espera febril: la del escritor que goza con vehemencia de su oficio, que conoce bien y con el que se compromete, pero también un oficio que, al mismo tiempo y en un gesto de lucidez, se cuestiona de manera continua.

En una época de escritores forzudos y superventas que, enfrascados en su fama personal, a menudo olvidan lo ridículo de la capa roja y el calzón por fuera, se hacen necesarios otros narradores, conscientes de las interioridades del oficio de Supermán, capaces de no rebanarse las pelotas al manejar una sencilla ficción y de reírse de sí mismos cuando sea necesario. Narradores como otro joven escritor estadounidense, que a finales del mes de mayo de 1953 recibía desde Italia la siguiente carta, firmada por un prestigioso historiador del arte:


Querido señor Bradbury:

En ochenta y nueve años de vida, ésta es la primera carta de admirador que escribo. Es para decirle que acabo de leer su artículo en The Nation, «Day after tomorrow». Es la primera vez que leo en un artista de cualquier campo la declaración de que para trabajar creativamente hay que poner la carne y disfrutarlo como una diversión, o como una fascinante aventura.
¡Qué diferencia con esos obreros de la industria pesada en que se han convertido los escritores profesionales!
Si alguna vez pasa por Florencia, venga a verme.

Suyo sinceramente, B. BERENSON.

RAY BRADBURY, Zen en el arte de escribir


Se ha dicho ya en otros espacios, y se ha dicho porque es una verdad que palpita entre las páginas de Oficios y que toca de lleno a todo buen lector de relatos: Juan Carlos Márquez se lo ha pasado en grande escribiendo esas historias, y en un momento en el que tantos escritores parecen buscar la aprobación de un ente invisible que les castra ya ante el papel en blanco y les conduce a una literatura encorsetada y pudorosa, percibir un sentido lúdico y desatado en esos textos los salva del tedio y hasta del fraude. Porque la buena literatura debiera parecerse un poco a la vida, y si no, es mentira ―mentira, que no ficción, pues esta es sólo una máscara de la verdad―. La vida nunca es, en ningún caso, cartesiana, predecible y lineal. Tampoco lo son los cuentos de Oficios, y cualquier carencia o exceso formal ―tal vez el que más salte a la vista sea ese mirar a cámara insolente del narrador en el punto álgido, que te empuja fuera de la historia en algunos momentos, como sucede con las peores actrices porno y un poco al final de «Niños fotógrafos, enterradores, taxidermistas […] y cronistas» y en la elección de la voz de «Narradores déspotas», aunque ahí el autor avisa, y por eso no es traidor― en su desarrollo se ve ampliamente compensada por los fogonazos de humor, de sarcasmo y de ternura que reverberan entre las páginas de este libro como en las mejores tormentas. Estamos ante un cuentista que acumula unos cuantos años de trabajo, pero un autor que, al fin y al cabo, inicia su carrera con estos dos títulos ―en solitario ya, después de su inclusión en la fértil antología Parábola de los talentos de Gens ediciones― y que promete giros, derivas y exploraciones interesantes para los próximos años.

Por su labor docente, Juan Carlos Márquez sabe de sobra de recetas y fórmulas para escribir cuentos aseaditos y correctos, y eso es justo lo que toca enseñar a quien empieza. Como aquel dar cera, pulir cera del señor Miyagi en Karate Kid, ese encontronazo con la parte más obrera de la escritura desanima a más de uno, que llega con una idea quizá demasiado romántica ―en el más pueril de los sentidos― de la creación literaria y no termina de concebir lo de arremangarse el mono de trabajo. Ahí se establece una criba entre quien de veras desea comprometerse con la escritura y quien se distrae pensando en las pataditas al aire que un día habrá de dar en la postura de la grulla. El éxito o la maestría, tanto en lo literario como en el kárate, empiezan por esas tareas primarias, por ese dar cera, pulir cera de la palabra, y el autor de Oficios lo sabe desde hace tiempo. Sin embargo, uno de los mayores hallazgos que aguardan al lector en esos catorce cuentos ―en relatos que uno puede recordar tiempo después de haber leído, como el mordaz «Faquires, decoradores de interiores y geishas», de significación doble y una verdadera radiografía de lo absurdo burgués; el diálogo perfectamente hilvanado y casi berlanguiano de «Muertos ambulantes, floristas y funcionarios»; el delirante «Braceros, oficiales de primera y amas de casa»[2], que tiene la rotundidad y la tristeza de una madre limpiando de migas un mantel de hule; o ese vitral a trasluz de las lecturas aprehendidas que es «Taquígrafos y poetas»― es la deconstrucción lírica, cruel, hilarante y entregada que Juan Carlos Márquez hace del oficio de escritor.

Como le sucedía a Ray Bradbury, o como se ha dejado hacer siempre el mejor Hipólito G. Navarro, en Oficios las historias van por delante del propio autor, hablan, tiemblan y le zarandean, y así Márquez no puede sino dejarse llevar por ese pulso vital para preguntarse, página tras página, por el equilibrio de la escritura entre el esfuerzo y el gozo, por el tránsito de sus personajes entre la alienación y el humor, no para dejarle respuestas concluyentes al lector, sino el agridulce y nítido sabor de esa búsqueda que es la misma vida.

*

Sobre la edición:

Si bien he comentado la ausencia de este título en muchas librerías, una responsabilidad que se reparten siempre el editor, el distribuidor y el mismo librero, es de justicia señalar el esmero que Castalia ha puesto en la edición de Oficios. Con el diseño gráfico habitual de RQ, los motivos que ilustran el ejemplar se repiten y le dan cierta unidad a continente y contenido, con una estética muy acertada. La cubierta juega con el balance de blancos y figuras y, como es costumbre en Castalia, se utilizan recursos tipográficos para conseguir una imagen desenfadada y al tiempo profesional, diferenciadora. En algún momento, sobre todo en las tripas del libro, algunas tipografías sobredimensionadas abusan de esta tónica y, por otro lado, resulta poco ortodoxo el simple hecho de numerar los relatos. El cuerpo de letra de los textos es un poco grande, pero teniendo en cuenta la extensión de los cuentos y lo delgado del libro ―como debiera ser siempre un buen libro de cuentos, delgadito, manejable y con mucha fibra narrativa―, el resultado general en manos del lector es más que satisfactorio.


Notas:
  1. Lamentablemente, el ISBN de este libro todavía no ha sido registrado por Castalia en la web de la Agencia Española del ISBN.
  2. Por cortesía del autor y de David González Torres.

Enlaces relacionados:

  • Relataduras, bitácora del autor
  • Entrevista al autor en Pérgola, suplemento cultural del diario BILBAO
  • Entrevista al autor en Avión de papel, de David González Torres
  • Entrevista al autor en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Oficios en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • Reseña de Oficios en Qué leo ahora, por Marta María López
  • Reseña de Oficios en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • 15 comentarios:

    Anónimo dijo...

    Empezamos con un amigo. No está mal.

    Sergi Bellver dijo...

    Empezamos también con el típico y predecible comentario anónimo que nada tiene que ver con el libro. ¿Se lo ha leído usted?

    Como dije en el preámbulo, esta serie de comentarios seguiría escrupulosamente el orden de redacción de cada texto, y ya le avanzo que los tres primeros (que ya redacté hace meses y no publiqué temiendo asociaciones de ideas injustas, como la que lleva implícita su intervención, estimado anónimo) se referirán a tres libros de, casualmente, amigos (para que vea que quien avisa no es traidor, si repasa usted mi entrada Generación DSP verá que no me lo saco de la manga ahora), porque por fortuna o por desgracia, tengo unos cuantoa amigos escritores y casi no conozco torneros fresadores o agentes de aduanas. También tengo amigos escritores cuyo trabajo no me convence y por eso no lo comento. El halago y el compadreo gratuito no van conmigo. Pero si lee usted con atención y sin prejuicios (lo veo complicado, dada su motivación al dejar este comentario), verá que me ciño a hablar de cada libro y de cada autor con independencia de cualquier otra cosa.

    Y hablando de traiciones y avisos, verá también (si es que se ha leído esta entrada, que tampoco estoy seguro) que al libro de un amigo o un enemigo lo califico según mi criterio y no mi afecto, por lo que no me duelen prendas en decir algo como esto:

    "[...] los cuentos de Oficios, y cualquier carencia o exceso formal ―tal vez el que más salte a la vista sea ese mirar a cámara insolente del narrador en el punto álgido, que te empuja fuera de la historia en algunos momentos, como sucede con las peores actrices porno y un poco al final de «Niños fotógrafos, enterradores, taxidermistas […] y cronistas» y en la elección de la voz de «Narradores déspotas», aunque ahí el autor avisa, y por eso no es traidor―"

    Hay por ahí críticos de postín que reseñan los libros de sus amigos y acólitos con un tráfico de saliva indecente, formando facciones, y luego se dan palmadas en el pecho en nombre de la independencia.

    Aquí sólo encontrará usted a un tipo opinando, nada más.

    Y opinará por cierto de libros de absolutos desconocidos en lo personal, y hasta de editoriales con las que no comulga. Pero un buen texto es un buen texto. Y punto.

    Marsu dijo...

    Mira que lo has avisado en el preámbulo, eh... Mira que has dado explicaciones... Y te las podías haber ahorrado, está claro, porque siempre aparecerá algún dedo acusador. Bueno, pues...ellos mismos, si buscan en tus textos otra intención diferente a la por tí enunciada.

    Vale. Tengo "Oficios" hace meses, y aunque ya había leído muchas de las historias que contiene, he disfrutado enormemente.

    A por otra ;)

    josé antonio ruiz dijo...

    Me quedé sin este libro por los pelos y una confusión (por mi parte, por supuesto) cuando este verano me llevaste a Tres rosas amarillas. Ya entonces me hablaste de los libros de Juan Carlos Márquez, a quien conocía por aquel buen cuento “Las preposiciones de Blint” recogido en “Parábola de los talentos” (libro que fue premio del primer Diomedea, y de ahí que tuviera la suerte de conocerte y que me lo entregaras), de lo mejor de esa antología, que, a mi juicio, guarda unas cuantas joyitas. Después he podido ir leyendo diferentes relatos suyos en su bitácora y otros sitios de la red y la verdad es que siento un interés sincero por conocer más, por leer más. También yo había sentido (qué acertada la cita de Bradbury) ese carácter lúdico en su manera de escribir. Acabo de leer “Braceros” hace un ratito y de verdad que es un pedazo de cuento, sin duda y sin peros. En fin, Sergi, me ha gustado tu reseña, la he leído con interés y me reafirma en la intención de leer los libros de Márquez. No me ha parecido mal que, efectivamente, a ratos la entrada tratara más del descubrimiento de un autor que de los textos, entre otros motivos porque me parece muy legítima la alegría de descubrir y querer compartir un autor, máxime cuando se trata de un amigo, cómo no llenarnos de alegría y orgullo, (por mucho que pueda despertar suspicacias. Aunque en realidad, desgraciadamente, tampoco creo se trate de suspicacias sino del placer que sienten algunos con el dolor ajeno. Resulta tan aburrida la gente sin imaginación, mejor hubiera sido obviar el comentario, Sergi, aunque entiendo que quisieras salir al paso). Por cierto, nos presentas al autor como bilbaíno de pro, ¿pero no habrá también algo de madrileño en sus cuentos?
    Por otro lado, me ha parecido muy interesante de tu reseña la parte que le dedicas a la edición y espero que la mantengas en próximos textos. Lo dejo aquí, he pasado dos días con fiebre, estoy cansado y por estos parajes ya es tarde. Un abrazo, Sergi.

    Anónimo dijo...

    La verdad es que me gustó descubrir este escritor precisamente a través de tu bitácora, al igual que descubrir personalmente Tres Rosas Amarillas a través del mismo medio virtual, aunque de esta última me sobró el escaparate con las copas de cava(sonrío)que nadie se moleste, sobre gustos...también descubrí por ti a Zapata en La Vida Ausente de cuyo primer cuento guardo un recuerdo indeleble(ya los reseñé en su momento, de una manera más humilde,la mía)y en fin, qué puedo decir más, que sigo aquí desde hace un año exactamente,enfrascada con rusos quizás gracias en parte a ti, la otra parte se la achaco al gusto que tengo por la lectura, y que pienso permanecer simplemente por placer y a la espera de nuevos escritores(sonrío)y que nos quiten lo bailao, no te parece?
    En cuanto pasen las navidades y vuelva del norte, quizás me vuelva a replantear un paseo por Tres Rosas, si la economía y el AVE lo permiten.
    Me gustó eso de Camarada, me hizo sentirme un poco más apreciada por alguien a quien de alguna manera admiro francamente.
    Saludos!

    Gcc.

    manuespada dijo...

    Hacer una crítica a un amigo en un blog personal mientras se diga que ese escritor es amigo me parece honesto. Lo deshonesto sería ocultar ese dato, ya que sería publicidad, y tú no lo haces, con lo cuál, nada que objetar.

    Anónimo dijo...

    Hola Sergi: Creo que es importante hacer notar el trabajo de este análisis literario, tan detallado. Pero quería expresar mi opinión en contra de lo comentado respecto a Calcedo. Si no recuerdo mal ya tenía en la calle cerca de seis libros de cuentos. Probablemente, más que a un descubrimiento, te refieras a un redescubrimiento.
    Un saludo. Manuel García.

    Anónimo dijo...

    Tener un amigo que escriba parece que es una putada, macho, porque luego ni dios te deja hacerle reseñas sin señalarte con el dedo.

    He leído esto, he visto tu blog, veo lo que sueles leer, etc., y en fin, a mí el libro me interesa, ya te diré lo que opino cuando lo lea.

    Saludos.

    Sergi Bellver dijo...

    Pues como quien oye llover, Marsu, la gente está pendiente de todo menos de leerse los libros.

    Un besazo.

    *

    El otro día me hicieron una entrevista, José Antonio (ya te pasaré el vídeo cuando lo tenga) en calidad de editor, y dije, entre otras cosas, que el tiempo está demostrando que la apuesta de aquella Parábola está dando sus frutos, como los talentos bíblicos. Palabra que (joder, si tengo "algo" a estas alturas, algo de "pretigio", "reputación" o lo que sea, tiene que ver con la honestidad, con la sinceridad y hasta con ser un bocazas) si resalto un texto o a un autor es por el texto y por el autor. Que el autor sea o no amigo, cuñado o primo segundo, palabra que es independiente. Repito que tengo amigos que escriben y que no comento su trabajo porque no me convence.

    Mucho de madrileño tienen sus cuentos en Oficios, y hasta los del otro libro, aunque el paisaje sea norteamericano. Como también dice Bradbury en ese mismo libro que cito, "Nunca pasamos nada por alto". Todo construye nuestra escritura, incluso cuando no nos damos cuenta.

    Ah, y la apostilla sobre las ediciones la pienso mantener, claro, es algo que no suele hacerse, y ya que estoy en el ramo, pues opino sobre ese trabajo, menos importante siempre que el texto, claro, pero es que un es bibliófilo (tengo otras perversiones peores).

    Un abrazo fuerte y que te mejores pronto.

    *

    Lo que cuentas, Gcc, me compensa de cualquier otra cosa, o de ese esfuerzo en balde que me comentaba hoy un editor, que dice que hagas lo que hagas la gente se va a quedar con los prejuicios. A mí me vale que otros lectores descubran textos que yo creo honestamente que valen la pena. Y sólo por eso también vale la pena cualquier esfuerzo.

    Un abrazo ruso, níveo y agradecido, tovarich

    Sergi Bellver dijo...

    La crítica, comentario, reseña o lo que sea que yo haya hecho es en todo caso a un autor y a un libro, Manuel, por lo que creo que todo lo demás no tiene importancia. No oculto amistades, ¿para qué? De hecho, el primer anónimo seguro que es alguien que suele firmar por ahí con su nombre, y nos conoce, sólo que esta vez no fue muy valiente. Hay críticos famosillos que ensalzan malos libros de buenos amigos suyos y luego dicen que han sido sinceros. En fin, yo esa clase de favores no los hago. Además, yo no soy ni cutrefamosillo y mi cota de "poder" es cero, con lo cual, las mías siguen siendo, parafraseando a Böll, poco más que las opiniones de un payaso.

    Abrazos, Manu.

    *

    Bienvenido y gracias por tu intervención, Manuel García, me alegra que te haya parecido interesante el comentario, y me alegra aún más que me corrijas, con toda razón, Calcedo ya tenía un carrerón importante de publicaciones y premios antes del Tiflos, pero tal vez me dejé guiar por mi experiencia personal, pues yo descubrí su trabajo a partir de El peso en gramos de los colibríes.

    Un abrazo.

    *

    Pues eso parece, Anónimo #2.

    Las combinaciones son infinitas:

    -Tener un amigo que escriba un mal libro y no reseñarlo (el amigo se cabrea, aunque en el fondo lo hagas para no perjudicarle).

    -Tener un amigo que escriba un mal libro y reseñarlo como mal libro (pierdes el amigo).

    -Tener un amigo que escriba un mal libro y reseñarlo como buen libro (tu amigo te da unas palmaditas, o te debe una, pero te pierdes el respeto a ti mismo).

    -Tener un amigo que escriba un buen libro y no reseñarlo (el mundillo no se mete contigo, pero te sientes gilipollas porque otros lectores se lo están perdiendo).

    -Tener un amigo que escriba un buen libro y reseñarlo como buen libro (el mundillo te señala con el dedo y no presta atención al texto).

    ¿Qué hacer? Pues sencillamente aquello en lo que uno crea honestamente y que le den a los demás.

    Lo peor es comentar textos por intereses que no tengan nada que ver con lo literario (vamos, que si hay que hacerle la pelota, nos e la haces a un cuentista casi outsider, sino que te pones a lustrarle las botas a algún académico o novelista planetario, digo yo). Bueno, o no comentar un muy buen libro de un amigo sólo porque el editor te cae gordo, que también se han dado casos...

    La verdad, estoy muy satisfecho de lo que hago. No tanto del cómo pero si del qué, porque lo que cuenta es que, si he de creerte, te leerás ese libro, y seguro que cuando vuelvas, si lo haces, me dirás que al menos no te aburriste. ¿Apostamos?

    Arilena dijo...

    Esto no puede ser. Mira que es mala suerte eso de tener amigos escritores y que encima escriban bien. ¿Qué hay que hacer para quitarse de tan mal hábito?

    Respecto a la crítica/.../.../.../etc coincido plenamente sobre todo eso que siempre decimos: conocer las reglas del juego para poder saltárselas y disfrutar y jugar, jugar y jugar

    pd.-Supongo que llegaré ya tarde pero he oído algo de una cena y como me estoy quitando de amigos escritores...

    Besos

    El Viajero Solitario dijo...

    Celebro esta serie de comentarios sobre los cuentos de 2008 que acabas de inaugurar, Sergi.
    A Juan Carlos Márquez lo descubrí a través de su bitácora y de Parábola de los talentos, y he de decir que la lectura de Oficios me proporcionó un rato de diversión como pocas veces. No es frecuente encontrar autores que manejen el humor de ese modo (me vienen a la cabeza Hipólito G. Navarro y Slawomir Mrozek). Aún no he podido hacerme con Norteamérica profunda, aquí en Sevilla no resulta sencillo conseguirlo (a ver si estas navidades me puedo escapar a la capital del reino y visitar Tres rosas amarillas), pero estoy deseando meterle mano (me consta que el tono del libro es distinto a Oficios, tal vez por eso le tenga aún más ganas).
    En definitiva, todo un muestrario de humor del bueno.

    Odiseo de Saturnalia dijo...

    Pues yo todavía me fío de mis amigos, y me seguiré fiando...

    Y todavía hablo bien de mis amigos, y seguiré hablando...

    Y cuando me refiero a un amigo, para hablar de él o de su obra, lo digo por anticipado, para que la inteligencia sepa sopesar la honestidad y que el inteligente valore que la crítica aun siendo buena o mala es independiente de que sea mi amigo.


    Sergi, no de explicaciones a quien no las merece... por cierto, me ha hecho conocer un título que no conocía, y la llama de la curiosidad me llama.

    Un saludo.

    Cable Hogue dijo...

    Si bien en conjunto Oficios no llega a satisfacerme del todo (en mi humilde opinión hay demasiados vaivenes y el tema de los oficios en los títulos personalmente no me parece una buena idea), tiene dos cuentos que, sencillamente, me parecen geniales: el del bracero y, sobre todo, el del faquir.

    Sólo por estos dos cuentos el libro vale muchísimo la pena.

    Un saludo

    Xuan dijo...

    He tenido la suerte de leerlo. Aunque, personalmente, me gusta más Norteamérica Profunda, con el cuento del Bracero he sentido envidia. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí antes?