Bitácora de Sergi Bellver: Cartas de amor (II).

8/2/08

Cartas de amor (II).

Madrid, 7 de febrero de 1938.


Incondicional.
Dicho así, suena muy grueso, casi exagerado, o para algunos puede que incluso fingido, pero en una guerra y según el bando, también parece desorbitado o tramposo el parte de bajas. Y sin embargo ahí están los cuerpos, la gruesa realidad, poblando las barricadas con esa ciudadanía eterna y entumecida de los caídos. Por Dios y por España, por la República o por su maldita estampa. Yo sólo lucho por salvar mi mundo, por salir de esta y volver a tu lado, o al menos por la posibilidad de volver a verte. Tanto me da ganar o perder la guerra porque lo que quiero es irme, y no le distingo el color a la muerte, sólo sé que azul o roja, lo mismo deja un rastro vacío. Sólo sé que los muertos huelen igual si nadie los retira a tiempo y producen la misma humareda insana si los queman amontonados. Sólo quiero regresar cuanto antes a mi patria, la única que tengo y que ahora es de aire y nubes, la que va contigo en ese avión que ahora mismo te lleva a lugar seguro, con tu gente. Vuelas lejos de este país de obstinados que no es el tuyo, al otro lado de este mundo nuestro que ahora se estira y se adelgaza. Vuelas y sigo aquí, anudado al otro extremo, buscando una salida, tratando de tirar de la cuerda y que notes las sacudidas, que sepas que aún no he caído, que sigo aquí, amándote siempre, incondicional.
Si pudiera, rezaría con todas mis fuerzas para que llegaras sana y salva, inventaría cualquier oración para que aterrizaras en Caracas, lejos de esta locura, y lo hicieras tan plácida como cuando te quedas dormida, tan feliz y ausente como cuando te hablo mientras duermes, o te escribo mientras vuelas, o vives tu vida mientras te extraño. Algún día quiero descubrir de tu mano cómo es la luz de Venezuela, a qué sabe allí el aire amarillo de la tarde, descubrir si febrero en tu tierra puede ser tan cálido y dulzón como tu sexo. Si pudiera, mi amor, rezaría porque nunca hubieras conocido todo esto. Aquí el invierno y la chatarra te arrancan las yemas de los dedos cuando buscas refugio. Quizá escribirte esta carta con un codo ensangrentado por un balazo y tragarme ese aguijonazo recordando tus cejas, o apretar los dientes y gritar tu nombre en esa cárcel de rabia en la que se convierte mi boca cuando los tejados de Madrid saltan por los aires y temo no llegar al día siguiente, o, simplemente, seguir corriendo sin mirar atrás e invocar tu rostro para no reventar en el siguiente tramo, quizá esa voluntad de sobrevivir a toda costa sea mi forma de rezar. Nunca he sido creyente, ya lo sabes, y sin embargo me he entendido con unos y con otros, con cualquiera que no me hablara de letras muertas y se le pudiera mirar al fondo de los ojos. Como con aquel párroco que, cuando empezaron a caer las bombas, nos metió a todos en la sacristía sin fijarse en el puño o el brazo en alto. Se quedó junto al portalón, y fue el único que no sacudía los hombros al son de las explosiones, atento a lo invisible, como si tratara de atinar con el oído más allá de los muros, al otro lado de la calle, adivinando qué casa se desmenuzaba ahora, qué vecino se desplomaba en la acera sin llegar a tiempo, de qué niño era ese lamento desgarrado que le agujereaba el espinazo. Mientras se tapaba la nariz y la boca con las dos manos, el párroco extraviaba la mirada húmeda en algún punto indeterminado entre el suelo y nosotros, apiñados todos tras los bancos como un rebaño en día de tormenta. Y aquél hombre ya no era entonces un pastor, sino sólo un hombre más que rezaba como yo lo hago, sin liturgia y desde la médula, por su patria privada, por su gente, con un amor incondicional por la vida.
He visto a otros hombres y mujeres aguantar así, clavando cada pisada en esta tierra absurda, con el uniforme del miedo ceñido al rostro y aun así empuñando las armas del coraje. Me he entendido siempre con esa gente sin nombre, como con aquel miliciano que se cruzó casi cinco veces la calle Princesa. La tarde anterior me lo encontré en un almacén desvalijado, en un segundo nos medimos el uno al otro la amenaza con la cara espantada y nos aceptamos en salud. Camarada, me llamaba el chaval. Aguantamos hasta la anochecida el chaparrón de una ametralladora que barría la calle desde Argüelles. Luego unas cuantas horas en vela y alguna cabezada, turnándonos para vigilar el nido. El miliciano descubrió entonces la lumbre roja del cigarrillo de algún nacional inconsciente, apuntó muy despacio con su fusil, ahí estás cabrón, murmuraba el chaval, y disparó bajito con la boca. Me miró divertido y su sonrisa era la única munición que le quedaba, pero ese gesto casi infantil servía para no partirse la cabeza de impotencia contra la pared. A doscientos metros de una ametralladora y sin munición, sólo nos quedaba desquiciarnos o bromear. En esos momentos, al borde del abismo, un guiño así puede hablarte de la dignidad de un hombre. Cuando ya clareaba el día, el miliciano me dio la mano muy solemne y sacó de debajo de unas tablas un fardo de bolsas blancas. Leche en polvo, que la había encontrado en el sótano del almacén, me contaba el chaval, como si la leche fuera munición, como si ya hubiera ganado la guerra él solo. Me dio una bolsa y una palmada viril en el hombro y corrió agachado hasta la esquina. Me asomé con mucho cuidado y le seguí con la mirada. Aprovechó la quietud del alba y cruzó la calle a la carrera. A los de la ametralladora apenas les dio tiempo a decir quién va y desencasquillar. El miliciano me miró desde la otra acera y levantó el puño, pero no con la liturgia socialista, sino como en otra clase de partido, uno de fútbol, después de marcar un gol por toda la escuadra. Se metió en un portal y la calle Princesa quedó en silencio. Al cabo de unos minutos, cuando yo todavía estaba rumiando una vía de escape, el miliciano volvió a salir del mismo portal y cruzó de nuevo la calle. Esta vez la ametralladora llegó a disparar pero el miliciano fue más rápido y se lanzó a cubierto y a mi lado, jadeando. Hay unos críos ahí, me dijo, y volvió bajo las tablas a por otro fardo de bolsas. Pegó la espalda a la pared de la esquina, respiró fuerte y concentrado con la boca, como si fuera a chutar un penalti, y salió lanzado otra vez. Otra ráfaga, de nuevo la acera tomada y el puño arriba, rojo maricón, le gritaban los del nido, si acaso tu padre, reía el chaval, y otra vez se perdía en la penumbra del portal. Jugándose la muerte para llevar la vida, incondicional. Todavía repitió la operación una vez más, toda una internada por la banda para quedarse solo ante el portero. Cargó el último fardo de leche en polvo, me guiñó un ojo y rompió a correr de nuevo. Se quedó a unos pasos de la otra orilla y, tras la última ráfaga, el silencio frío del amanecer se llenó del olor a metal recalentado y de una neblina de polvo blanco que flotaba sobre el miliciano, y que el aire fue empujando hacia la acera de enfrente, hasta que el portal se la fue tragando poco a poco como la boca abierta de un niño muerto.
He sobrevivido a tantas cosas, he cerrado tantas cicatrices, me han cosido tantas veces, que para mí ya es más natural volver a romperme que seguir respirando, y sin embargo todavía guardo la alegría en mis adentros. Y aunque salvarte una vez tras otra y recomponerte te da un valor distinto de las cosas, y aprendes a distinguir lo inútil de lo preciso, aunque tener que agradecerle a otros seres humanos que te hayan salvado la vida te devuelve la verdadera medida de uno mismo, he de confesarte, mi amor, que jamás me he sentido tan vivo como en tu abrazo. Nuestra última noche juntos, en aquel hostal de la Puerta del Sol, desde el que amanecías desnuda y traviesa en la ventana, fue para mí ese momento en el que todo mi pasado cobró sentido, y la llama que ha de alumbrar mi futuro, el que me quede, el que me dejen, el que consiga salvar de esta locura. Nunca llegarás a saber, porque ni siquiera soy capaz de ponerlo en palabras, del estremecimiento que me sacudió mientras dormías, cuando yo contemplaba tu rostro desde cerca y te susurraba, y a cada frase, dormida aún, detenías tu respiración de niña agotada y tu cuerpo entero parecía escuchar. En ese instante me inundaba una marea tan intensa que sólo podía desbordarse por los ojos o el aliento. Luego te dabas la vuelta perezosa y yo encajaba mi pecho en tu espalda, hundía mi rostro en tu nuca y te respiraba como un animal que reconoce a su sangre, como un perro salvaje que midiera tu piel a lametazos, despacio, muy despacio. Toda la patria que deseo en el mundo cabía entre aquellas cuatro paredes, las de tus labios y los míos al fundirse y construir un hogar invisible. No sabes qué buena pareja de baile es tu boca para mi deseo. No lo sabes aún porque no tuvimos tiempo, porque no estaba todo en nuestra mano, ni el resto del mundo supo permanecer al otro lado de la puerta, en la distancia, sino bombardeando en nuestras mentes con el peso de la realidad y la inercia de las cosas. Al ver la silueta de tu cuerpo desnudo perfilada contra la débil luz de la luna y sobre las sábanas azules, al tantear las paredes de tu sexo con mis dedos y notarte vibrar como por un resorte mágico, al habitar cada rincón de tu fragilidad encendida con mi boca, sólo entonces, me di cuenta del significado de la palabra incondicional. Y es que hagas lo que hagas, te lo dije, amor mío, estés donde estés, y aunque tu ausencia me hiera más que esta maldita guerra, te amaré siempre y sin condiciones, como la sangre a la sangre, con una sed que no puede ser colmada, salvo por la incandescencia que palpita en ti. Es increíble cómo puede caber tanto amor en ese cuerpo tuyo de espiga de trigo, cómo el simple roce de tus dedos me dice más de lo sagrado que todos los libros santos. Cómo tu sola presencia en el mundo justifica cada uno de mis latidos.
No elegiría la realidad que nos ha tocado, como no hubiese elegido nunca esta guerra, y preferiría que no estuvieras tan lejos, o haberme podido ir contigo, que no me doliera tanto el pulso de nombrarte con cada una de mis venas, que no tuvieras tu pasado tan presente y tan futuro, y que pudieras quedarte conmigo, lejos de aquí, donde tú quisieras, pero conmigo. Que también me eligieras como tu patria, aunque yo no sé si he elegido algo, porque me parece tan natural amarte como el instinto o la lluvia, y sólo me dejo hacer, tan sólo lluevo y caigo sobre tu nombre como la tormenta, que no sabe de bandos ni de fronteras. Pero te amo tanto y de manera tan incondicional, que te prefiero mil veces feliz y a salvo lejos de aquí, que en riesgo o afligida entre mis brazos. Voy a tratar de salir de aquí, voy a intentar volver a verte a cualquier precio, y si caigo en el camino, será con tu nombre en mi último aliento, pero mientras me quede el penúltimo, volveré a levantarme y seguiré esperándote, seguiré rezándote, porque tú eres mi única patria cierta, la única religión que hace brillar el fondo de mis ojos, y tus manos el único ejército ante el que firmaría con mi sangre una rendición incondicional.
Incondicional.

5 comentarios:

goroka dijo...

Bueno, pues nos has presentado una segunda carta, ésta con un trasfondo(el de la guerra)doloroso y cruel.Una historia de amores paralelos,el amor hacia la propia vida que se manifiesta y cobra sentido justamente en un escenario de muerte,y el amor "incondicional"hacia el personaje femenino,y lo pongo entrecomillado porque realmente me es difícil creer en un amor incondicional completo,esto es,sin ninguna condición,pero es discutible.A partir de:nunca llegarás a saber...me parece una literatura de entrega absoluta,de pasión por lo que se está escribiendo que demuestras en cada sílaba de cada palabra de cada frase del fragmento de la carta,magistral!Me gusta mucho cómo escribes,ya te lo dije,tienes un cierto estilo miller que te sienta muy bien,aunque en ésta tu segunda carta,ha predominado nuestra triste historia de guerra interna.Aunque cortázar declaró que la hembra es una lectora pasiva,declaración que después rectificaría en público por lo desafortunada,intento participar en la medida que mis propias limitaciones me lo permiten,con un comentario que puede ser más o menos acertado pero que como mínimo demuestra que lo que he leído no me ha dejado indiferente.Te sigo leyendo,un beso de los que hacen temblar el universo,jajaja.Ciao.

goroka dijo...

Lo he vuelto a releer, y si bien es cierto que tu carta rezuma amor incondicional en todos sus personajes,incluídos y sobre todo los de guerra dejando absurdamente su vida,aclaro que me refiero al amor incondicional en las relaciones de pareja y hablando en tiempo real,en tu carta incondicionalísimo vaya!

en tierra de nadie dijo...

Incondicional de tus textos, me declaro en este momento públicamente.

"Quizá esa voluntad de sobrevivir a toda costa sea mi forma de rezar".

Suscribo la plegaria: la vida es el único dios al que nos debemos.

bss

ETDN

Marsu dijo...

Llego tarde a comentar las cartas, no pude hacerlo antes. No me voy a enrrollar contándote cuánto me gustan, ni cómo me ha enganchado esta segunda. Creo que sólo voy a quejarme amargamente, porque voy a echar de menos que escribas más.

Y como soy un poco puñetera..ahí va un aguijonazo. Te he pillado un acento ;)

Marsu dijo...

Por cierto, las fotos acompañan a la carta, y mucho.