Bitácora de Sergi Bellver: Literatura de viajes.

6/1/08

Literatura de viajes.

«El valor del tiempo está en relación con las facultades del que observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. […] El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los límites de una exacta observación?»
La vuelta al mundo de un novelista, Vicente Blasco Ibáñez.


«La explicación racional del mundo no nos lleva muy lejos. Tendemos sobre él una red de paralelos y meridianos que no puede abarcarlo todo ni explica nada.»
Ella Maillart cita a Lucien Fabre en La ruta cruel.


No debiera existir el género cuando la literatura está presente. Lo literario es una manera de decir el mundo, de construirlo incluso con la palabra, y para ello no vale cualquier discurso ―el fascismo no vale― pero sí todos los acentos. Lo literario es un modo de formular lo real y en esa operación el orden ―y el etiquetaje― de los factores no altera el producto. Cuento, novela o poesía, novela negra, cuento fantástico, no importa, si de veras contienen un valor artístico trascienden matiz y género para formar parte de un acervo común. Tanto si aceptamos esas distinciones y tratamos de imaginar que hubo alguna vez un «género» pionero en las letras, como si las rechazamos y atribuimos a esas letras una genealogía universal que partiera de un primer relato, este fue sin duda alguna el de un viaje. Y antes aún, cuando la palabra todavía no fue escrita, junto a la hoguera y en la caverna, es seguro que la primera historia jamás contada ―y la primera ficción, por tanto― habló de un viaje. El primer narrador exageró las hazañas, dramatizó los peligros y hechizó a los demás miembros del clan con alguna crónica de lejanas tierras y buena caza, de seres increíbles y grandes proezas. Incluso con la de una pequeña expedición que se aventurara por un valle cercano, en busca del augurio de un mañana mejor. Así, desde la misma tribu, se fue forjando la figura del héroe. Las edades se sucedieron, la herencia oral se convirtió en texto, y en todo el mundo llegaron las crónicas del mito ―que en Occidente fueron La Ilíada y La Odisea de Homero― para fundar toda la literatura posterior. Shiva, Arjuna, Aquiles, Héctor y tantos otros siguen siendo arquetipos todavía reconocibles, aunque no siempre deliberados, en nuestros contemporáneos. En toda literatura de viajes y en cada historia hay un Ulises, que con los siglos ha aprendido a tomarse todo el tiempo del mundo para no regresar a Ítaca. ¿Y qué sería hoy El Quijote en manos de un narrador moderno y en la era de la imagen, sino una road movie, con todos sus pasajes reconocibles en cada escena?
El deseo de estar en otra parte, y de intuir que una vez allí podrá reinventarse a sí mismo o prosperar, es inherente al ser humano. A pesar de esta sedentarización atroz a la que hemos rendido nuestros instintos, somos y siempre seremos una raza nómada. La alienación que contamina nuestro ánimo, como una pandemia, no es más que el producto de una domesticación brutal de nuestras capacidades, castradas por la dictadura del capital y el consumismo. Lo que le hemos hecho a nuestra especie no se diferencia mucho de la estampa de un tigre de Bengala en la jaula del circo. De madrugada, mientras dormita en un rincón y repite en el sueño las acrobacias que el amo le exige, la celda se va convirtiendo poco a poco en un refugio, el pedazo asegurado de carne muerta ―que ya no corre entre los árboles ni obliga al depredador a dar lo mejor de sí mismo― parece cada vez más un salario digno, y al aceptar los barrotes resbala la última gota de la esencia salvaje del tigre, aquella noble incertidumbre ya olvidada allá en la jungla. Pero el que al día siguiente, y a la hora convenida, atraviesa el aro de fuego ya no es un tigre de Bengala, sino una construcción adulterada en la rutina.
No sólo hemos interiorizado esa sumisión sedentaria, aceptando nuestra ración de carne congelada para microondas y nuestras jaulas adosadas de ladrillo, no sólo hemos hipotecado nuestra esencia, sino que estamos a punto de aniquilar aquella tierra virgen en la que aún podíamos ser nosotros mismos. Los últimos nómadas pronto serán un mito que borrará el olvido, los bosquimanos del Kalahari harán cola en hipermercados, los jinetes mongoles cambiarán su caballo por los ciento cincuenta de un todoterreno ensamblado en la India, y no falta mucho para que los inuit del Ártico se reciclen en grandes empresarios de la industria del juego o los reductos beduinos del desierto arábigo acaben por sumarse a la carrera contrarreloj del petróleo. Hay otros mundos, o los hubo, pero ya no están en este. Y en esa tesitura uno se pregunta para qué el viaje, si el planeta poco a poco se va convirtiendo en una especie de inmenso arrabal, si ciudades enteras en Oriente o el Sur se transforman en factorías a bajo coste para el otro barrio pudiente del mundo, si en cada alto del camino uno ya no encuentra más que sucedáneos de un modo de vida universalizado y exportado por la televisión y la red de redes. Uno se pregunta qué sentido tiene hoy el viaje, y sin embargo todavía encuentra un rastro de nómada lo bastante legible en su interior como para seguirlo y negarse a la eterna acrobacia inútil, para salir de nuevo al camino.
Y aquí, como siempre y todavía hoy, cabe hacer la distinción entre turista y viajero. Aquél está satisfecho con su lugar en el mundo y lo recorre para darse la razón, para coleccionar instantáneas y regresar a la seguridad de su existencia con una efímera sensación de paseante atrevido, en el mejor de los casos. Pero el viajero admite que el mundo puede ser un lugar distinto a cada paso, desecha su equipaje inútil de certidumbre y vanidad y se expone al camino, intuyendo que regresará distinto, o que tal vez la ruta no termine jamás y ese regreso sea ya tan sólo una falacia, un imposible. El viajero se cuestiona a sí mismo de continuo, y su aventura no deja de ser nunca un aprendizaje. Aunque el billete de vuelta sea obligado, la experiencia seguirá fermentando en su interior para destilar la verdadera medida de sí mismo.
Existe una similitud con cierta concepción del escritor. Podría decirse que hay quien escribe para llevar razón, y en sus textos no hay más que un juego circular que orbita en torno a los prejuicios y al ego del figurante. Sería algo así como el escritor-turista, encantado de haberse conocido. Y por otra senda caminaría el escritor-viajero, el artista al fin, que extiende un mapa con las leyendas en blanco ante sí, y se dispone a recorrerlo para el descubrimiento de nuevos territorios y de sí mismo a través del otro, aunque esa aventura se sustente sólo en su propia mirada. Así como en la mejor literatura el autor y el narrador se desligan y aquél desaparece para cederle el protagonismo al propio texto, el escritor-viajero está más atento a lo que la vida hace, a lo que la vida es, que a lo que dice su escritura. El mejor escritor y el mejor viajero no pierden el tiempo en asentar un supuesto «prestigio» personal, están demasiado ocupados mezclándose con las palabras y el camino, viviendo ese nomadismo perpetuo.
En otro sentido, también Paul Theroux diferenciaba a los viajeros que escriben de los escritores que viajan. Podría decirse que el matiz está en aquello que es prioritario para cada autor en cuestión, si aquellos serán siempre viajeros que necesitan dar testimonio por escrito de su aventura y los otros no dejarán nunca de ser estupendos fingidores, creadores que necesitan del viaje como pretexto. Sea como fuere, esa frontera ha sido a veces muy permeable, y grandes viajeros que no figuraban en el panorama literario «canónico» han dejado obras de referencia que trascienden el «género», así como grandes escritores han logrado hacer de sus viajes, en más de una ocasión, la mejor de sus ficciones. También es cierto que las limitaciones literarias de muchos viajeros han supuesto que sus libros no pasen de una correcta crónica de ruta, dándole a esos títulos un valor más documental que artístico, aunque la peripecia fuera extraordinaria. Y en ocasiones algún escritor ha conseguido tramar un texto maravilloso a partir de una sencilla excursión. En esos casos puede aceptarse con menor reticencia la etiqueta de «género» para los textos de aquellos viajeros, pero eso no significa que algunos no hayan conseguido crear una verdadera literatura de viajes, o literatura a secas, sin apellido.
De todos es sabida la historia de Marco Polo, que no fue escritor ni viajero, sino un comerciante en extremo audaz y un muy hábil aprendiz de sus mentores. Sus narraciones están plagadas de inexactitudes y exageraciones, que uno no sabe si atribuir al error o al probable interés en acrecentar las expectativas de los clientes y vedar secretos comerciales a la competencia, según el caso. Menos conocido es el árabe Ibn Batuta, una suerte de Marco Polo del Islam medieval, pero más ilustrado y minucioso. El catalán Doménech Badía asumió la identidad de Alí Bey para poder abrir el cofre de un mundo inmenso en sus viajes. Scott, Amundsen, Burton, Livingstone, el libro de ruta de la historia está lleno de anotaciones de mujeres y hombres que fueron pioneros y audaces, aunque también a veces seres infames, como Cecil Rhodes, por ejemplo, llevados más por la codicia y la soberbia que por el afán explorador. Los diarios de todos esos exploradores, las crónicas de sus logros y penurias, tienen sin duda un interés histórico y antropológico, pero a menudo carecen de esa mirada única que, a través del prisma de lo literario, dota a un texto de un atractivo diferencial. Y lo que nos ocupa en esta presentación, y seguirá haciéndolo a lo largo de los próximos meses en esta bitácora ―nunca tan apropiada la expresión «cuaderno de bitácora»―, es el valor literario de algunos de esos libros de viajes. Si lo que contara fuese lo insólito de una empresa, podríamos hablar aquí de periplos como el del canario Román Morales, por ejemplo, que recoge una travesía increíble de tres años a pie por las tierras americanas, desde el Caribe a Tierra del Fuego en Buscando el sur (La Palma, 1999). O de los viajes del infatigable Jorge Sánchez, un trashumante catalán que, tal vez algunos lo recuerden en la prensa de entonces, llegó a estar preso en Afganistán como presunto espía en los años que precedieron al régimen talibán. Si nos quedáramos con el valor documental y pionero de algunas obras, hablaríamos entonces de Michel Peissel y su Buthán secreto, una narración de escaso interés literario pero que descubrió a todo el mundo en su momento la realidad de un país encallado en la Edad Media, que si bien hoy es una frontera un poco más franqueable ―si se dispone de una cuenta corriente más que saneada, todo sea dicho― era por aquel entonces una quimera inaccesible. Durante décadas el libro de Peissel fue el único referente para saber algo de Buthán. Pero aunque uno disfrutó en su día con esas lecturas, lo hizo más por lo humano, o por su vena viajera, que por lo literario. Dar la vuelta al mundo y contarlo no convierte necesariamente a un viajero en escritor, ni a un escritor en una mejor versión de sí mismo, porque la única herramienta útil que encontrará en su equipaje viene de serie: la mirada. Por eso, y aunque haya escogido ese fragmento como introducción a esta entrada, Blasco Ibáñez da algunas pinceladas interesantes en La vuelta al mundo de un novelista ―he utilizado la gruesa edición de Planeta de 1958, que es la que heredé, pero me consta que hay una reciente de tres tomos en bolsillo―, pero el lienzo general no tiene ni el encanto ni el calado de Viaje alrededor del mundo siguiendo el Ecuador, de Mark Twain, por ejemplo. Y uno no es sospechoso de «barbarófilo», ni de dejar de defender a sus vecinos, porque no se casa con nadie y no reconoce patrias de trapo y papel, pero Blasco Ibáñez es como más pedestre que Mark Twain, para qué negarlo.
Hay otras maneras de viajar, y quizás esas rutas menos trilladas nos deparen ya las únicas sorpresas posibles, y sea sólo a través de la literatura de algunos escritores como podamos acceder a realidades ya extintas. Pienso en esa identificación que ya se ha consolidado entre algunos autores y su universo intransferible. Viajar al sur de los Estados Unidos, y acaso también en el tren del tiempo, supone apearse en Faulkner o Flannery O’Connor. Leer a Lawrence Durrell es atracar en Alejandría y embarcar con Stevenson nos garantiza que divisaremos tierra En los mares del sur. Kipling es una infusión de la India, de una India particular y demasiado victoriana, pero una más de las caras de ese diamante al fin. Con Jack London sabremos de la aurora boreal, García Márquez nos meterá un jugoso pedazo de Colombia en la boca, y gracias a Coetzee percibiremos el aroma y la vigencia de La edad de hierro en el extremo sur de África. Otros grandes escritores salieron de su decorado natural y supieron deslumbrarse y deslumbrarnos con sus impresiones. Hasta Víctor Hugo o Hans C. Andersen viajaron a los Pirineos, o los franquearon, para regresar con un libro suyo en el equipaje. La lista de escritores que viajaron para escribir sería monumental, Steinbeck, Greene, Pla, Lowry, Bowles, Malraux, Orwell, Hemingway, Flaubert, Baudelaire… Consigo acordarme ahora, por ejemplo, de cómo redescubrí mi patria mediterránea ―la única que me sabe a cierta― gracias al anglosajón Henry Miller en algunos pasajes de El coloso de Marusi, o de cómo mi admirado Conrad, marinero y maestro, me ha llevado tantas veces a tantos sitios enrolado en su prosa.
En realidad, la escritura fue siempre una vocación dormida en mí, latente y convulsa en alguna ocasión, pero que no despertó de veras hasta hace muy pocos años. He comenzado a escribir «en serio» a los treinta y cuatro años, pero no me gusta decir «tarde», porque no es así. Me hubiera ahorrado muchas derivas inútiles de haber sabido cómo dirigir mi deseo desde el principio, es cierto, pero también hay casos en los que se puede morir de un supuesto éxito «demasiado precoz». Las cosas llegan cuando deben hacerlo y a veces es mejor que la cosecha nos encuentre maduros. Sin embargo, desde siempre, para mí fue antes el viaje que la escritura. Recuerdo desde niño mi fascinación por los mapas, y cómo desde entonces, en cada lugar en el que resido, de la pared más diáfana cuelga siempre un inmenso mapa del mundo, para que el dedo encendido trace una ruta infinita. Algunos de esos viajes he podido realizarlos, la mayoría siguen siendo un proyecto, y en mi cabeza duerme una cartografía completa del deseo y el sueño, esperando el momento propicio. Primero fue el espíritu nómada, y, aunque improbable, si algún día me abandonara la escritura, ahí seguiría ese mismo impulso. De hecho, cuando ni siquiera imaginaba ser capaz de urdir ficciones, ya tramaba mis libros de viajes, y visualizaba decenas de cuadernos como los mejores compañeros de ruta. Esa pasión puede ser contagiosa y la literatura de viajes, a poco que uno conserve un rastro de esencia verdaderamente humana en su celda de rutina, es un poderoso y fantástico agente para propagar esa fiebre feliz, cuando parece que el tiempo se expande y veinticuatro horas son mucho más que un día de camino.
Para los que también sean aficionados a la literatura de viajes no voy a descubrir ningún país recóndito e inexplorado, porque tendrán a mano los referentes, pero para otros lectores curtidos en la literatura «canónica», para aquellos que estén dispuestos a abandonar ciertos prejuicios, o para el público en general, sí me gustaría pensar que en los próximos meses voy a abrir algunos senderos nuevos. Quiero pensar, de hecho, que la sugerencia de algunas lecturas por mi parte, a través de varias reseñas y comentarios, quizá sirva como preámbulo o pretexto para el próximo viaje de algún lector, o como billete de ida para una ruta imaginaria desde lo doméstico. No sé si seré alguna vez un viajero que escribe o un escritor que viaja, sólo espero poder atravesar este inmenso paisaje de la literatura y encontrar de vez en cuando a un buen compañero de viaje, algún lector sin prejuicios, un lector a secas, sin apellido.

*

La mayoría ya los leí hace mucho tiempo y tendré que refrescar mi memoria, otros aguardan en mi zurrón, y algunos otros espero poder conseguirlos pronto (Jan Morris, Juan Goytisolo redescubriendo a Gaudí en la Capadocia, Los árabes del mar, los descatalogados de Nicolas Bouvier, etcétera) bien sea a través de bibliotecas o librerías de viejo. Algunos, más recientes, podréis encontrarlos vosotros mismos en algunas librerías especializadas, como la estupenda Altaïr, que tiene locales en Madrid y Barcelona. Estos son sólo varios de los títulos que tengo previsto comentar en esta bitácora:

La ruta cruel, de Ella Maillart.
Viaje a Oxiana, de Robert Byron.
En la Patagonia, de Bruce Chatwin.
Los caminos del mundo, de Nicolas Bouvier.
Viaje a Lhasa, de Alexandra David-Néel.
Cabezas verdes, manos azules, de Paul Bowles.
Arenas de Arabia, de Wilfred Thesiger.
Hacia el trono de los dioses, de Herbert Tichy.
En el gallo de hierro, de Paul Theroux.
Viaje al Congo, de André Gide.
El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor.
Dersu Uzala, de Vladimir Arseniev.
Vagabundo en África, de Javier Reverte.
Sobre el volcán, de Manuel Leguineche.
El antropólogo inocente, de Nigel Barley.
En Siberia, de Collin Thubron.
Camelladas, de Théodore Monod.
El leopardo de las nieves, de Peter Matthiessen.
Un imperio de Oriente, de Norman Lewis.

16 comentarios:

L´ HABITACIO D´ARLES dijo...

De acuerdo totalmente contigo en lo de nómadas, sin duda, habitualmente le estamos dando vueltas a qué lugar emigrar, y dónde perdernos sin encontrar a nadie conocido.

No sé si turista o viajero, pero cada vez todo se parece más y los lugares a donde ir se van reduciendo de forma progresiva (leáse Kenia). Por tanto, si todo es similar- sería difícil diferenciar el litoral de Alcudia o el de alguna zona de la Costa Brava - y es más difícil partir hacia horizontes ajenos al nuestro, almenos nos quedaran los libros, one more time.

A la exhaustiva lista de referencias y libros que nos cuentas, añadiría los actuales libros de viajes no al uso, más en forma de road movie, ya sea en metro o ambulancia de forma Circular o a través de la carretera que pasa por Carson City.
Tal vez sean nuevas formas de contar, o viejas formas con puntos de vista diferentes al viajero clásico, no sé, pero también me parece literatura viajera.

L´ HABITACIO D´ARLES dijo...

Por cierto, sí Diálogos 3...Kitaro...

y en cuanto al texto que has escrito, podría ser en sí mismo un capítulo de un libro de viajes collonut.

Andrés Garrido dijo...

Parece que conoces muy bien el tema y además hay algunos títulos en esa lista que me apetece descubrir, como el de Chatwin, por ejemplo, que ya lo he oído mencionar otras veces. No conocía esa obra de Henry Miller, por cierto, pero es uno de mis autores favoritos y lo buscaré. Quedo a la espera de tus reseñas. ¿Te has planteado escribir para alguna revista especializada? Creo que, con el trabajo que te tomas, harías unas crónicas de viaje magníficas.

Es probable que pronto utilice tu apartado de correos, todavía conservo la costumbre de escribir cartas y allí te contaré algunas cosas, en privado.

Un abrazo.

Andrés Garrido dijo...

Disculpa, Sergi, se me olvidaba una cosa: dos amigos míos ya me han asegurado que van a enviar relatos para el premio Diomedea, aunque no sé si llegarán a tiempo para esta edición. Ambos tienen blog y todo eso, pero no te digo más acerca de ellos para no condicionar tu valoración. Sólo quería que supieras que tuve éxito, me costó poco convencerlos.

marina dijo...

Perfecto! Mi alma ya tiene la mochila hecha, así que..a viajar! :-)

en tierra de nadie dijo...

Texto enriquecedor y con varios niveles de lectura, irresistible.

Me quedo con la parte metaliteraria del post: entre tanto escritor-turista proclamarse escritor-viajero es casi un acto de valentía y rebeldía.

Y aunque sigamos en las afueras, con poca atención mediática y escasos lectores es preferible centrarse en el viaje, disfrutar de él, sin obsesionarse con la meta.

Como dijo Juan Ramón: "a la inmensa minoría".

Un beso

ETD...Sergi

rubén dijo...

Vaya, en esa lista encuentro alguno de mis libros de viajes favoritos. Tendré que estar al tanto.

el nombre... dijo...

que seamos viajeros de la vida, cotidiana o viajada...
que podamos viajar los libros, no sólo hacer turismo con ellos...
tus huellas abren compuertas, iluminan nuevos senderos, para quien esté dispuesto...

recuerdo: caminante, no hay camino..
nuestras huellas son el testimonio único de que podemos atravesar una tierra diferente, ya geográfica, de palabras, moviéndonos o no.

Aunque siempre el libro de viaje se relacione con un traslado geográfico, hay otros traslados...
nos mutamos, si nos dejamos...


Saludos

Gabriel dijo...

Amo la literatura de viajes, en particular los de náutica. Te recomiendo uno en particular: "Los 40 bramadores", del excepcional navegante en solitario Vito Dumas, compatriota mío.
Saludos,

Gabriel.

Fran dijo...

Magnífica presentación del tema y buena prosa. No soy muy amante de ese género (perdona que utilice el término y generalice), pero la verdad es que me has despertado la curiosidad. A ver si tienes también oportunidad de reseñar esos otros libros de los "escritores-viajeros", como Steinbeck o Miller, que me interesan.

Un saludo.

Sergi Bellver dijo...

Las bahías de Alcúdia y Roses se parecen, L’habitació d’Arles, como lo hacen los fiordos noruegos, neozelandeses, la costa de la Columbia canadiense y los canales del Chile magallánico. La Tierra a veces parió gemelos aquí y allá. Pero eso es una maravilla. Lo malo es que el hombre está consiguiendo que ya no distingamos apenas una estación de servicio en Los Monegros de un McAuto en Marrakech, o un centro comercial en Shangai o Ciudad del Cabo de cualquier mall yanqui. Incluso en lo privado, nuestras casas, nuestra ropa, nuestros mecanismos mentales (“éxito, individuo, beneficio, seguridad, justificación”) se amalgaman. Arrasamos el Medio, pero también lo valioso que ha heredado el ser humano de la naturaleza: su diversidad. Biodiversidad en aquella, diversidad cultural en éste. La cosa es bastante más grave que estos primeros síntomas de la globalización. Tú, Jordi, sabes mejor que nadie que un síntoma “manejable” puede estar desvelando algo más profundo y grave. Irreversible, si no se actúa a tiempo.

Tienes razón con lo de la literatura, el movimiento, como diría Vicente Luis Mora, es la clave. No sólo de lo literario, de todo lo vivo, si me apuras.

Una abraçada amb Fast Ferry

Sergi Bellver dijo...

Como en otros temas, Andrés, siempre hay lagunas. Pero sí, creo que desde hace muchos años la literatura de viajes ha formado bastante más que mis lecturas. El viaje ha sido siempre, mucho tiempo antes que la literatura misma, mi mayor pasión. Si un día me diera cuenta de que no soy cuentista, de que soy un novelista mediocre, que todo está por ver, no podría evitar escribir ese libro que sueño desde siempre: un libro de viajes.
Bruce Chatwin convoca adhesiones o enemistades, pero me parece un tipo singular. Seguro que su lectura no te dejará indiferente. No hace mucho han publicado sus tres mejores obras en un único libro, titulado simplemente Viajes. Ahora no estoy seguro de la editorial, pero si te interesa, búscalo y hazte con él, vale la pena, no es muy caro y tendrás sus mejores textos.
Ya me gustaría lo de la revista, ya, pero me temo que, además de no depender de mí, por el plan vital que preveo en los próximos años (currar a destajo y en Madrid), el viaje no tiene demasiada cabida. Tiempo al tiempo.
Muchas gracias por tus intervenciones y lo del Diomedea (sean quienes sean tus amigos, te garantizo que todos los textos se leen igual, y si no llegan a tiempo mañana lunes, no pasa nada, va a haber Diomedea todos los meses a lo largo del 2008).

Un abrazo fuerte.

Pd:, por supuesto, mi apartado de correos está a tu disposición.

Sergi Bellver dijo...

Tú eres viajera y lectora, Marina, con la mente siempre abierta, y el billete de ida siempre a punto, en todos los sentidos.

Curtet, sí, però ha estat un plaer veure’t, com sempre…

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Qué bien que te haya gustado, ETDN, interpretar cosas distintas es mérito del lector, pero me alegra que mi entrada haya dado pie a ello. Un escritor-turista, por ejemplo, satisfecho consigo mismo y su talento (que a veces lo tienen) fue muchas veces Francisco Umbral. Pero precisamente por eso, de largo, su mejor libro –según mi opinión- fue Mortal y rosa, porque el dolor le hizo, por fin, viajar fuera de sí mismo. También hay escritores-turistas sin talento, domingueros, más bien, que se hacen sitio a codazos en la cola de embarque, pero ese es otro tema…

El viajero (escritor o no), no se agobia con la meta, disfruta del camino.
Gracias por formar parte de esa “minoría”, inmensa y valiosa.

Beso grande.

*

Bienvenido, Rubén, como dije, para los buenos lectores de literatura de viajes, no iba a descubrir rarezas, porque están ahí muchos de los clásicos. A ver si te sorprendo con algo nuevo.

Sergi Bellver dijo...

Si abuso de la expresión, el nombre, además de escritor-turista, también existe el turista vital. La vida es un viaje del que sólo salen indemnes los cobardes y los tibios, que pasan por listos, sin ser sabios. La sabiduría sólo se la gana el viajero, el que se cuestiona a sí mismo y aprende, el que se deja y muta, como muy bien dices.

Un abrazo enorme, a Sergei le gusta saberte entre el pasaje.

Pd: llevo tiempo pensando en escribirte algo, por las cosas que he leído en tus páginas, porque me recuerdas a mí mismo no hace mucho (por esa peculiar espera), y eso me conmueve pero a la vez me mueve a un humilde consejo. Deja que encuentre el momento y te hablo.

Sergi Bellver dijo...

Gracias, Gabriel, hago la anotación en mi cuaderno de bitácora (más “náutico” que eso…). Tengo que reconocer que casi todos los libros de viajes que he devorado fueron de aventuras “terrestres”, interiores, insólitas, pero que las travesías marinas las he leído siempre desde lo literario, con Melville, Stevenson o Conrad. En lo “literal” he leído sobre las andanzas de Scott o Amundsen, que mucho de náutico tienen, pero como sabes, se centran en la conquista de un sueño helado y peculiar.
Con lo que el mar significa para mí (nada menos que una patria, más cierta que la terrestre o la de papel), creo que tengo que ponerme al día en ese tema, y subir a bordo de otros libros.

Un abrazo de proa a popa.

Sergi Bellver dijo...

Muchas gracias por tu opinión, Fran. Comprendo que se acaba antes si uno se refiere al tema como “género”, no pasa nada, y me alegra que estés abierto a descubrirlo. Ganas no faltarán, pero a ver si encuentro tiempo para hablar de la mayoría de los libros que quisiera (renuncio a lo de “todos”). No recuerdo si mucho o poco, pero en una de las primeras entradas de esta bitácora dije algo sobre Viajes con Charley, de John Steinbeck, aunque el tema de ese día en realidad era Las uvas de la ira, pero sobre todo, el autor.
Bienvenido.