Bitácora de Sergi Bellver: Del silencio (I).

30/1/08

Del silencio (I).

«Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.»
Final del juego, Julio Cortázar.



Del diario personal de Benjamin Earfield:

Afueras de Bayan Ondor, 23 de octubre de 1907.


El polvo del desierto se ha convertido ya en la segunda piel del mundo y lo cubre todo, hombres y paisaje, bestias y equipo. Avanzamos a tientas por una inmensidad cenicienta en la que, de jornada en jornada, apenas se distinguen algunos caballos que huyen, fugaces fantasmas de arena al trote, o las tiendas de los nómadas mongoles, como capirotes polvorientos a lo lejos, que marcan de hito en hito nuestro camino al fracaso. Llevamos tres días enteros empleados sólo en encontrar el pequeño enclave de Ondor, así palpamos nuestra incertidumbre en cuclillas y tentamos el terreno, en esta polvareda infinita en la que extraviarse supone la muerte.
Los fondos se agotan y la expedición no ha resultado como se esperaba. Ni rastro de la ciudad perdida, ni una sola señal del antiguo viajero chino y los tesoros que describió en sus manuscritos. Ni siquiera somos capaces de dar con una minúscula población, un punto que, según nuestros mapas, nos proporcionaría algunas provisiones para seguir con nuestro intento por salir de este infierno. Ya imagino la satisfacción de alguno de mis colegas en la biblioteca de la Sociedad, cuando regrese —si es que lo consigo— y trate de disimular mi abatimiento. Me temo su mano izquierda tapando con unas palmaditas cordiales a las dos derechas que se encajan, vencida la mía, paternal la suya, felicitándose por mi regreso sano y salvo. Luego el pulgar colgado del chaleco, la pipa o la copa de brandy sostenida a la altura del pecho, y entonces los amables comentarios de costumbre sobre la dificultad de estas empresas, el desgaste personal y el descalabro económico, nada desdeñable. El recordatorio de mi deber para con la casa de mis ancestros, a la que ya he proporcionado suficiente gloria y a quien no puedo dejar ahora al descubierto. Y después la voz queda, casi en una confidencia, en la que se me sugiere un merecido retiro, un final honorable. Ya imagino su silencio grumoso a mi espalda mientras cruzo la puerta y me sumerjo en la muchedumbre de Londres, sus voces distendidas ya en mi ausencia, la camarilla en torno a la luz verde de las lámparas, y mi nombre despedazado como carroña por la curva de sus levitas. La expectativa no es muy alentadora, y aquí, ahora, en la noche de este desierto implacable, incluso esta mordaza de polvo me parece más digna que el regreso. Pero tengo unos hombres a mi cargo, cuarteados por la sed y el cansancio, y no puedo fallarles también en esto. Todavía percibo que son leales, que me siguen a pesar de su extenuación, y debo doblar mis esfuerzos para que no perciban que tal vez estemos trazando círculos alrededor de un poblacho miserable, oculto tras tormentas de polvo intermitentes y ese aire amarillo de las calmas que las siguen, tamizado por la sordidez de una luz que llega a cocerte el fondo de los ojos. He de sacar de aquí a mis hombres, y he de hacerlo a cualquier precio.

Detrás de nosotros quedan las estribaciones de los Montes Altai, que antaño tuve la oportunidad de reconocer y cartografiar. En verdad desearía poder tomar de nuevo esa ruta, adentrarnos en los bosques de la taiga y darle al cuerpo y al espíritu el bálsamo necesario. Los ríos feroces, las nieves tempranas en las cumbres, el frescor de los árboles y su paleta de colores en esta época del año. Aquí en el Gobi, sin embargo, el otoño no es más que otra palabra silenciada por una pátina espesa de polvo, compacta como una costra bajo la que perecen la esperanza y el aliento. Si pudiéramos huir de este interminable sepulcro reseco, dar marcha atrás, cruzar el ocre de los valles, bordear las montañas camino del suroeste y hacer parada en Kashgar. Volvería entonces a escuchar el canto de aquella orden fantástica de pájaros en el mercado, a pasear por la alameda y detenerme bajo la llamada del almuédano para la oración de la tarde, a disfrutar de la paz de esa periferia musulmana de la China. Si fuese posible, tomaríamos después la ruta del Asia Central desde la frontera occidental, y trataríamos de llegar a Europa sorteando a los otomanos, pero la situación política, las noticias de saqueadores en aquellos caminos y nuestros medios nos lo impiden. Estamos obligados a tomar exactamente el camino opuesto, debemos seguir adelante, cruzar el desierto del Gobi, la China septentrional, llegar a puerto seguro en la costa oriental y embarcar hacia nuestra colonia en Hong Kong. Tenemos apenas dos meses, escasas fuerzas y casi ninguna expectativa.

Mientras escribo, a través de una abertura en las aletas de mi tienda puedo ver un pedazo del cielo nocturno, que una brisa helada parece haber desempañado entre el polvo en suspensión y, aún así, las estrellas son poco más que tenues motas en la nada, y una luna que debiera lucir llena e iluminar estas tierras solitarias, apenas se hace presente, y en su lugar sólo se adivina un disco indefinido del color de la arcilla. Ahora mismo y en este rincón en blanco de los mapas, la costa oriental y la existencia misma de los mares se me antojan una quimera en un mundo que parece haberse convertido en una infinita mortaja de polvo.

17 comentarios:

Luisa Miñana dijo...

Pues no conocía para nada el texto y me ha parecido fascinador. No sólo por la capacidad de evocación, que la desarrolla, sino por la exactitud de los gestos y las pinceladas. Perfectamente traído el silencio. Inabarcable.

Un saludo, y gracias por el texto

goroka dijo...

Me gusta este texto de literatura de viajes,y el lugar donde se desarrolla, además casualmente ayer en un email a un amigo mencioné justamente este desierto.Te sigo leyendo amablemente, un beso arenoso!!Por cierto una de mis novelas preferidas es o era Rayuela.

goroka dijo...

Por cierto Sergi, tienes una entrada dedicada bajo el título: el mago,un saludo!!

L´ HABITACIO D´ARLES dijo...

Todavía tengo in mente la conversación del otro día, las derivas por las que fuimos. Permíteme un paréntesis, algo que no comenté al final. Las revistas médicas hace ya un tiempo que la edición electrónica se ha impuesto a la de papel, por el simple hecho de que prácticamente nadie se lee todo el número, y solamente se imprimen los artículos que interesan, o incluso ni se imprimen, se guardan en el ordenador y después se leen. No sé si en literatura esto funcionará así, porque parece que todo interesa, pero sin duda es una vida.
El texto que has colgado es un desierto en sí mismo. Yo no he estado nunca en uno, digamos un desierto de esos del top 10. Sí en los Monegros, y aunque la sensación no debe ser la misma, en cuanto lo he leído, inmediatamente me he ido a esas áreas de descanso con los baños sucios y el olor a orina, los autobuses de línea fugaces, en fin, menos poético pero también con sensación de soledad. Los monegros huelen más a Carson City que al Gobi, pero bueno, ya me viene la Nocilla otra vez...
Más cosas comentaré te, seguro.

L´ HABITACIO D´ARLES dijo...

...perdona la dislexia, en el comentario anterior, pero sin duda es una idea, no vida.
De desiertos sabe algo Jordi Raich, en sus desiertos humanitarios: El espejismo humanitario. Versión creíble de Mendiluce.

en tierra de nadie dijo...

Un texto que es oasis. Y la aventura en el desierto, una excusa más para hablar de la vida. Que, en el fondo, es de lo que se trata, ¿no?

Gracias por abrir caminos, literarios y vitales.

Bss

ETDN

manuespada dijo...

Me gusta el lenguaje descriptivo del texto, muy táctil, muy visual, como si se palmaran las texturas.

Lula M. dijo...

La “infinita mortaja de polvo” me cubre antes de llegar al final del relato. Preciso y arrollador. Precioso, Sergi.

Beso,
Lula.

DL Fayette dijo...

Ante todo, maravilloso lugar el que has creado aquí. Me alegro de haberme tropezado con ello en esta telaraña de almas anónimas.

El desierto, el desierto...siempre me he sentido identificada con esas grietas sedientas, esa arena asesina, masticando palabras como un camello, incluso la planta de mis sueños siendo un cactus, reservando cada pequeña gota para lo que podría ser la última garganta de la humanidad. Con suerte, aún quedan más.

Un saludo carbonizado por este penoso sol de invierno

*LaDy SiSiaK* dijo...

con permiso de nuevo jejejje

va de todo, pero los que escribimos somos muy crutres:

www.comunidad-ezcultura.blogspot.com

y te dejo mi blog, por si te da el punto:

www.ladysisiak.blogspot.com

NIMRIL dijo...

Hola Sergi:

Debo confesar mi ignorancia. Descubrir rincones en la red donde el tiempo se olvida, es una tarea árdua, complicada y, hasta hace poco para mí, imposible. Normalmente suelo ojear y después, con mejor o peor criterio, enlazar aquello que me sorprende, aunque cada día es menos, por no decir inexistente. Aprovecho para decir que tanto en la literatura como en el cine hace muchísimo tiempo que no encuentro sorpresas. Pero bueno, nunca se debe perder la esperanza y por ello quería agradecerte la manera (inconsciente por tu parte, lo sé) de hacerme creer de nuevo en la capacidad de sorpresa que yo tanto valoro

Lully dijo...

Desde mi blog: Reflexiones al desnudo
Me adentras en tu entorno pero lo mejor, me dejas saber de tu espíritu que sabe vibrar con los sentidos, es un valor agregado que nos lleva a valorar la vida.

Te abrazo y abrazo tu sensibilidad.

Sergi Bellver dijo...

A ver si de una vez, Sergi, eres conciso:

Bienvenida y gracias, Luisa. No es un texto "innovador", qué duda cabe, pero me parece que lograr decir el silencio con esas pinceladas, ya tiene cierto mérito. Me alegra que te gustara.

*

¿Es o era, Goroka? ¿Ya no la prefieres o han venido otras a bajarla del podio? Nunca dejamos de aprender a leer mejor, supongo. Gracias por la dedicatoria.

*

Hoy, Jordi, como le he dicho en lo de la revista a nuestro camarada Wilco, ando a la deriva en muchas cosas. Me mantengo en lo de que si consigo que no sobre ninguna página de la revista, sólo así, tendrá sentido el papel. Para eso hace falta el rigor, el plazo suficiente, mucho curro y hatsa "perder" a algún amigote por el camino.

Los Monegros es un desierto espiritual... y si abren un casino, más todavía. Cuando estés en un desierto-desierto (te recomiendo uno más o menos cercano y asequible: Merzouga, al sur del Atlas marroquí, con unos albergues estupendos) te darás cuenta de dos cosas:

el silencio se puede escuchar (sobrecoge) y el paisaje no huele absolutamente a nada más que paisaje.

Abraçada amb camell.

Sergi Bellver dijo...

Un oasis es lo que quisiera encontrar ese tal Earfield, me temo, ETDN. Seguiré trayendo algunos fragmentos de ese diario, para poner en cuestión la vida y lo que haga falta.

Besos.

*

Como he dicho arriba, Manuel, creo que esa visibilidad y esa cualidad táctil rescatan ese texto. Qué bueno que te guste.

*

Bienvenida, Lula, me ha gustado mucho tu manera de decirlo. Cuando leí el arranque de Las uvas de la ira de Steinbeck, carraspeaba como si el polvo de Oklahoma se me hubiera metido en la garganta.

Besos.

*

Bienvenida, DL Fayette, tu sitio, por lo que he podido ver en unos minutos, tampoco está nada mal. Ya lo auguraba tu manera de dejar huella en este (sobre todo hoy) desierto que es mi bitácora. Donde hay silencio y espacio y faltan aún tantas gotas.

Un abrazo y gracias por la visita.

Sergi Bellver dijo...

Hagamos un trato, Nimril, confesemos ambos y hagamos ondear la bandera de la ignorancia. Somos ignorantes, no sabemos nada, sólo acertamos a no estar de acuerdo y a movernos de sitio, a intentarlo. Desterramos la soberbia, nos alistamos en una tropa de ignorantes que lo son a cada paso y a cada dato, en cada aprendizaje, porque cuanto más vislumbran, más admiten que no abarcan. Es el proceso a la inversa que en los pedantes, los de la intelectualidad, cuanto más pequeños nos sabemos, más nos acercamos a la sabiduría.

Sinceramente, temo que me venga grande a veces, pero esa capa de "sorpresa" que me colocas al cuello me halaga muchísimo, unos calzones rojos y podría volar, como supermán.

La verdad es que debería levantar la tienda y lanzarme a descubrir también a otros... lo vengo pensando hace tiempo. Uno se cansa de sí mismo.

Un abrazo y GRACIAS por dejar tu huella.

*

Gracias, Lully. Quiero o pretendo ser una película sensible, colección de fotogramas que mientan lo justo para dejar una imagen algo más bella que la polvorienta realidad que capta el objetivo.

Abrazo de vuelta.

goroka dijo...

Al final colgué un trocito de rayuela y vinieron a leerlo, en fin,del podio?no comprendí, te sigo leyendo!!un beso con hormiguitas y gusano, que digo yo que harán más cosquillas todos juntos!!

RosaMaría dijo...

Representé con imágenes la inmesidad de ese desierto que describís tan bien. Entreabrí las aletas de la tienda y es como haber estado allí a traves de tan hermoso relato. Un abrazo, me encantó.