Bitácora de Sergi Bellver: 2008

24/12/08

Resolutions & Good News for 2009.

RESOLUTIONS


También hay que abrirse de orejas, fijarse en cómo trabajan fuera, dejar la endogamia, escuchar de una vez al otro y sellar el ombligo, acabar tomando cañas en Mataró con Jordi y Pablo (déjate, titán, Spielberg rules, pero no es Kubrick), porfiar en lo que te hace más sabio, soltar lastre, perderle el respeto a quien nunca te lo tuvo, ganarte el de quien aún está a tiempo, volverte a enamorar de una novia de juventud que en su día llegó a parecerte un loro, volverte a colgar de Barcelona, digo, ahora que es más puta, más señora y más aburrida que nunca, sólo porque te vuelve a temblar aquello, y punto. Mis resolutions para 2009 incluyen varias cosas, alguna secretas, otras inemplazables: publicar libro de relatos, acabar el libro de viajes, seguir con la novela, seguir dando clases, seguir editando (aquí o allá, donde se tercie: me apasiona, y tal vez mi idea de mudarme a Barcelona a un año vista sea el empujón necesario). Adoro Madrid, es más simpática, más decente, menos puta, pero ya no me tiembla aquello. Creo. Sólo sé que echaré de menos a algunos amigos hasta que me duelan las costillas. Pero no corramos, que para eso aún falta mucho.

Me sigue faltando también la pasta (lo siento, quiero hacer un trabajo diferenciador, una verdadera brick on the wall y además pagarle a los autores y colaboradores, o al menos que se lleven su diez por ciento de derechos), pero entre las resolutions de 2009 que van más allá de mi ombligo, sigue la revista literaria, tanto en papel como virtual. Fijarse en cómo trabajan fuera, he dicho. Ya está bien de ser cutres con el diseño y cicateros con el talento de los demás. El lector se merece otra cosa. El creador, sobre todo, se merece otra cosa.



La revista del tinglado de McSweeney's, un tipo con talento que empezó paso a paso y ya hace tiempo que va como un tiro.



La revista The Believer, también imputable con alevosía y nocturnidad a Dave Eggers.



Sólo encontrarás la revista Carlos si viajas en primera clase en la línea Virgin, pero su minimalismo es un icono del diseño.



Un trabajo excelente de raíz universitaria, The Cincinnati Review, sobre todo a la hora de conciliar la lógica exclusividad de una edición en papel a la venta con los contenidos virtuales de muestra.


GOOD NEWS


Si pulsas en la imagen podrás verla en tamaño grande y descubrir por ti mismo lo que nos espera a la vuelta de la esquina. La nueva novela de un tipo grande, el nuevo trabajo de un gran tipo: Ricardo I de Asturias, Corazón de Salmón. Espero que me queden uñas de aquí a febrero.

22/12/08

Fallo del IV Premio de Relato mínimo Diomedea.

Muchas gracias a todos los autores que han participado en esta edición del Premio Diomedea y enhorabuena a ganador y finalistas ―que, por un empate en las votaciones, en esta ocasión serán tres―. Esta iniciativa tuvo la fortuna de señalar en su día a unos cuantos talentos, como lo demuestra poco a poco la trayectoria de los tres escritores galardonados en anteriores convocatorias: Iván Humanes Bespín, que se hizo con el primer Diomedea gracias a «Conjunto Mandelbrot», sigue adelante con su revista Dado roto y tiene una novela a las puertas de ser publicada; Ana Pino, la ganadora del segundo Diomedea con «Mamá» (cuento publicado en una antología de la editorial Hipalage, en la que también aparecen relatos de otros participantes en el Diomedea, como el finalista David González Torres, entre otros), ha obtenido este año 2008 el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid; y Carlos González Zambrano, cuyo relato «Trueques» obtuvo el tercer Diomedea, continúa con su labor de cuentista, con la que ha participado en la antología Relatos en cadena (en la que podréis encontrar de nuevo a Ana Pino y a otros participantes del Diomedea), publicada por la editorial Alfaguara. Háganme caso, en este premio no se mueve dinero ni hay tráfico de influencias, pero no encontraran otro igual: aquí manejamos talento, trabajo, ilusiones y, más que cualquier otra cosa, pasión por el cuento. Quien quiera comprobarlo puede leer los relatos ganadores y finalistas de las cuatro ediciones o, sobre todo, animarse a participar en el V Premio de Relato mínimo Diomedea.

Fallo del IV Premio de Relato mínimo Diomedea:


Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «El primer día»
Autor: Antonio García Fernández
(Almería, 1977).

Autor del libro de relatos La eterna promesa publicado en 2006 por la editorial almeriense El Gaviero. Filólogo, guionista y director de cortometrajes como El besico. Finalista en la modalidad de poesía del Certamen Nacional de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid en 2001, y premiado en el Certamen Nacional de Relatos de Roquetas de Mar 1995. Ha colaborado en la creación de espectáculos teatrales y es autor del prólogo a Entre el clamor y el silencio, antología de poesía joven de Almería.
Bitácora: Las cosicas del Sr. Curri

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


EL PRIMER DÍA



CASI NO HABÍA TENIDO TIEMPO de sacar los cartuchos cuando empezó a llover. Se parapetó en su puesto, cubriéndose con el plástico para que no se mojara el fusil y esperó. Lo peor era eso, la espera, el tiempo muerto. Empezó a pensar en cómo iba a contar después, a los años, ese primer momento en la trinchera. Ya se imaginaba la chimenea de su casa rodeada de nietos vestidos de domingo pegándose por sentarse junto a él, comiendo todos las rosquillas de su esposa y a él mismo diciendo Niños, en la guerra llovía tanto... Sonrió y en ese momento de pequeña felicidad, sin que hubiera habido ningún ruido antes, una bala le entró como un silbido por la frente y allí se quedó parada.
«El primer día» es propiedad de © Antonio García Fernández 2008.


Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Luces de neón»
Autora: Esther Rodríguez Cabrales
(Madrid, 1973).

Lleva adelante varias bitácoras y es autora de una novela gráfica, Horizontes y fantasmas, disponible en impresión bajo demanda.
Bitácora: Horizontes y fantasmas

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


LUCES DE NEÓN



LLUEVE.
Los vehículos, con sus ráfagas, me impiden ver con claridad. A través del espejo retrovisor veo sus ojos suplicantes. Gritan enmudecidos. Tengo a la chica y el dinero. Ahora no es el momento, pero lo cierto es que, abriría la puerta y la dejaría huir. Con sus medias rotas. Tal vez podríamos hablar, tomarnos unas copas. Pero los negocios son así.
A esos cabrones les da igual la chica. No tienen hijos. No saben lo que es el dolor. Ella solo es una pieza que sobra en este rompecabezas. Jugarán con ella y después le meterán una bala entre sus preciosos ojos.
Diluvia. Deben estar dentro. Esperándome. Las luces de neón brillan duplicadas en el asfalto.
Bien. Esto es lo que haré. Saldré del coche. Cogeré el dinero y después, la chica. La entregaré, tal y como acordamos. Ellos me darán mi parte y yo no volveré a pensar en ella jamás. Se acabó. Qué más da lo que hagan con su piel.
Cojo la bolsa con el dinero. Está húmeda. Bajo la ventanilla y la arrojo al suelo mojado. Meto primera y acelero. Segunda. Tercera. Los ojos de la chica me siguen mirando. Ya no hay vuelta atrás.
«Luces de neón» es propiedad de © Esther Rodríguez Cabrales 2008.


Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea
Finalista del IV Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Tenemos que hablar»
Autor: Javier Puche
Licenciado en Filología Hispánica, ha trabajado como corrector de estilo, crítico musical y guionista de televisión. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías.
Bitácora: Puerta falsa

Obtiene el libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006), por gentileza de la editorial.


TENEMOS QUE HABLAR



―TENEMOS QUE HABLAR.
Eso dijo ella con pesadumbre. Algo aturdido, me senté en el sofá donde solíamos ignorarnos. Pero esta vez no encendimos la tele. Apenas recuerdo lo que finalmente hablamos ―mi memoria tiende a suprimir las catástrofes―. El caso es que ahora vivo lejos de ella, en las afueras, entregado a una existencia gélida y crepuscular. Fantasmagórica, para ser exactos.
Al principio, achaqué mis visiones nocturnas a la añoranza ―no en vano, aquellas fugaces mujeres del pasillo parecían vestir como ella―. Luego, a la vertiginosa desnutrición ―únicamente me alimentaba de pan seco y agua corriente―. Por último, comprendí con pavor que los fantasmas no procedían de mi tristeza, sino del más allá. Lo supe por el modo en que me abrazaban. Eran almas en pena, dolientes criaturas sin tiempo, espectros quejumbrosos que paulatinamente invadían mi nueva casa en las afueras. Lo peor del asunto ―y por eso estoy bajo la cama― es que ahora hay veinte o treinta reunidos en el salón, esperándome en absoluto silencio. Pude verlos hace un rato, justo antes de huir despavorido, cuando el señor del sombrero me cogió del brazo y me dijo con voz de ultratumba:
―Tenemos que hablar.
«Tenemos que hablar» es propiedad de © Javier Puche 2008.


Ganador del IV Premio de Relato mínimo Diomedea
Ganador del IV Premio de Relato mínimo Diomedea:

Título: «Manos»
Autor: Xuan Folguera Martín
Cuentista activo y vecino de Madrid, en este 2008 ha obtenido, entre otros, el I Premio Desnivel de Relato de Escalada.
Bitácora: Los cuadernos secretos

Obtiene un lote con los libros de relatos Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón (Gens, 2008), Mujer con perro sobre fondo blanco, de Alfonso Fernández Burgos (Gens, 2006); y la antología Parábola de los talentos (Gens, 2007), por gentileza de la editorial.


MANOS



SUS OJOS ERAN GRISES, como los del abuelo, aunque ya sin brillo. Pronunciaba fatal: abría su boca sin dientes, solamente de un lado, como si tuviera la mandíbula dislocada. Quizá, por eso, ninguno de nosotros entendimos bien lo que decía. No sé, tal vez nos estuviera pidiendo ayuda. Sólo pudo dar dos o tres pasos antes de caer al suelo. Como todos, intentó agarrarse del césped, pero las manos tiraron de sus tobillos y lo arrastraron, hasta que, por fin, cayó dentro del agujero. Después de escuchar las dos palmadas largas y una corta que servían de señal, cerramos el agujero y nos volvimos a casa. Era tarde y aún no habíamos cenado.
«Manos» es propiedad de © Xuan Folguera Martín 2008.


Todas las obras están bajo una Licencia de Creative Commons.



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21/12/08

Crítico Bacteria.

Imagen 1De la serie Dragon Ball Z:

Bacteria es un luchador de enorme tamaño, piel oscura, barba y pelo largo, cuya principal característica es que jamás se ha bañado desde su nacimiento. De ese modo consigue vencer en sus combates con técnicas fétidas como los esputos y otras variantes hediondas, entre ellas la aerofagia.

En los cuartos de final del XXI Tenkaichi Budokai se enfrenta a Krilin, a quien pone en serias dificultades, ya que el pequeño alumno de Mutenroshi es incapaz de acercarse a él y golpearle debido al olor que desprende. Sin embargo, Krilin consigue reaccionar cuando Son Gokuh le recuerda que no tiene nariz, y por tanto no puede sentir el olor de Bacteria. Al comprender que todo era auto-sugestión Krilin retoma el combate y, tras evitar un esputo de Bacteria, consigue golpearle. Finalmente, una vez derribado el gigante, Krilin le vence con una de sus propias armas: la aerofagia [*]


Del mundillo editorial:

Bacteria es un crítico y escritor frustrado (o cuanto menos, un pésimo escritor, aunque algún compinche le acabe publicando) de enorme tamaño, con la piel y las vellosidades propias de un facocero, cuya principal característica es que no se ha leído necesariamente un libro cuando realiza una reseña: suele bastarle con la solapa y dos o tres párrafos al azar, lo que no le impide destrozarlo o alabarlo sin la menor decencia. Le importan más el apellido del autor, el compadreo con el editor de turno, la cota de respeto que sus acólitos estén dispuestos a atribuirle o la posibilidad de hincar los codos en alguna revista literaria o suplemento gutural tras la felación de rigor. A pesar de una redacción fétida y de su confusión de la mucha lectura con la buena lectura, logra vencer a menudo en sus combates por hastío y halitosis integral, con técnicas como los libelos a destiempo, los ataques personales, los soliloquios incomprensibles, la altanería y el ninguneo con los noveles o el oportuno y mutuo enjabonamiento con los popes del mundillo.

En los saraos culturetas que se tercien pone en serias dificultades a quien no le baile el agua (pútrida), y encumbra a palmaditas a todo juntaletras que trague con su sucedáneo de autoridad intelectual. En una suerte de trastorno bipolar, es capaz de una extrema bordería o de una simpatía bufonesca, en función del interlocutor o, más exactamente, de lo que pueda sacar de ese interlocutor. Esto es siempre así, ya que los pequeños lectores, los pequeños alumnos de talleres y sobre todo los autores pequeños son incapaces de acercarse a él e interesarle, debido a la soberbia que desprende. Sin embargo, algunos otros autores y lectores consiguen reaccionar cuando el sentido común les recuerda que esta horda de críticos bipolares y mezquinos no tienen absolutamente nada que decir, que la suya es la estrategia del pájaro cuco, y que viven de las rentas que les ofrece la ignorancia de unos pocos editores, redactores, gestores culturales, directores de publicaciones y escritorzuelos hambrientos. Aquellos otros autores y lectores sin prejuicios, por tanto, no pueden sentir el hedor de cualquiera de estos críticos Bacteria (campan por todas partes; y aunque también los hay honestos, íntegros y aseados, desengáñense, son los menos), al comprender que sólo la auto-sugestión acobarda a veces a los legos. Así, liberados, unos y otros retoman la lectura, continúan con su trabajo (el texto, el texto...) y, tras evitar una columna, una reseña o un esputo más de cualquier crítico Bacteria, consiguen desarrollar su propio criterio. Finalmente (algún día) y una vez desenmascarados estos facoceros de lo literario, autores y lectores prescinden de ellos con dos armas invencibles y que sólo sobrevienen con la constancia: la independencia y el conocimiento.

Imagen 1


* Texto desde La leyenda de las bolas mágicas
Imágenes 1 y 2: © Dragon Ball Z.
Imagen 3: montaje gráfico a partir de una imagen original de © Dragon Ball Z.

15/12/08

El cuento de 2008 (II).
Simetrías sicilianas.



Título: Sicilia, invierno
Autor: Ignacio Ferrando
Edita: JdeJ editores
ISBN: 9788493433420





Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

JORGE LUIS BORGES,
«Deutsches Requiem»,El Aleph


Ignacio Ferrando no le tiene miedo al espejo, y tanto la concepción como la factura de los cuentos de Sicilia, invierno lo demuestran. Aunque estos no son en ningún caso los relatos de un recién llegado ―tampoco lo fueron los de Ceremonias de interior, pero ya anunciaban el rigor y el estilo de Ferrando―, sí suponen la irrupción incontestable de una apuesta definida y coherente en la narrativa actual. El lector medio no se sentirá extraviado, y la primera lectura de Sicilia, invierno mantiene en todo momento el interés y la amenidad, pero otro lector más avezado y curtido que se acerque a este libro sin prejuicios, puede llegar a experimentar una doble sensación: la inicial ―«algo de esto me suena»―, que atiende a lo formal y le traerá ecos de algunos autores hispanoamericanos y centroeuropeos del siglo XX, y la inmediatamente posterior ―«por fin alguien lo ha hecho»―, que atañe a una trabajada y rigurosa estructura de los textos y a una riqueza en la prosa de las que adolecen demasiados autores supuestamente vanguardistas, popes del collage y otros enfants térribles descafeinados de esta heterogénea liquidación de la postmodernidad a la que asistimos.

En la trastienda de lo literario circula en torno a Ignacio Ferrando la anécdota del aparejador que deja su bien remunerada profesión para dedicarse por completo a la escritura. Se comentó, sin ir más lejos, en la presentación que Lorenzo Silva hizo en Madrid de Sicilia, invierno, con lo que no se desvela aquí ningún secreto. Estoy seguro de que al mismo autor ya le resulta algo cansina la referencia, pero no tiene nada de legendaria ni brumosa, sino que responde a la más absoluta verdad y creo además que viene a cuento en este comentario, para que el lector que desconozca ese hecho disponga de otras dos pautas con las que acercarse a la lectura de estos relatos. Por un lado, el compromiso del autor con la escritura, sincero y absoluto, y por otro el hecho de que, aunque en teoría su formación técnica esté alejada por completo de la creación literaria, al mismo tiempo ese esquema mental impregne su obra ―nunca mejor dicho― hasta darle un rasgo que define la escritura de Ferrando: la ordenación milimétrica de las palabras, la arquitectura literaria llevada del oficio al arte, el sólido andamiaje que sostiene cada uno de sus textos.

No obstante, al leer los cuentos de Sicilia, invierno esta cualidad tan escasa en la narrativa actual, reitero, se revela al mismo tiempo como virtud y talón de Aquiles, pues con el tiempo ―si baja la guardia y llega a gustarse tanto como para repetirse y dejar la búsqueda― la literatura de Ferrando corre el peligro de caer en una especie de brillante asepsia, si a lo impecable de sus tramas, su ejecución y su desarrollo no le asisten de vez en cuando ―más que lo imprevisible y lo extraordinario, que ya aparecen― el vértigo y la deriva. Los edificios que escribe este arquitecto son imponentes, los textos que construye este escritor son grandes obras de ingeniería, pero a veces uno extraña grietas, fugas, pequeños seísmos, no en lo formal, sino en los cimientos invisibles de toda historia. Para conmover al lector a menudo no basta con la solidez de una estructura, y es que en la estética del derrumbe también se pueden activar los resortes de la sensibilidad. La demolición no deja de ser una técnica, y las cargas explosivas no se colocan en cualquier pilar ni de cualquier forma, por lo que estoy seguro de que Ferrando sabría aplicar los recursos necesarios para armar una literatura no tan monumental, y sí más viva, tan fértil y al mismo tiempo amenazante como una tormenta o una grieta ―en ellas también florece a veces la hierba, a modo de verde arañazo en la rigidez del muro―. Estamos ante un escritor dotado y perseverante, por lo que no dudo que será capaz de lograr aquello que se proponga en el futuro.

Por esa misma razón, uno se detiene y se cuestiona si esa ausencia que acabo de señalar, y que Fernando Valls llamó «frescura»[1] o también «espontaneidad», como Santos Sanz Villanueva[2], no será ni una carencia creativa ni una falta de ligazón real con lo que la vida también es, sino una elección absolutamente premeditada del autor, que persigue otras metas y sobre todo otras vías para llegar al hecho literario. Y es que todos leemos según nos han construido nuestras lecturas ―les aseguro que Ferrando es un lector de bagaje vasto y profundo―, y tal vez traducimos las ficciones del otro a nuestro idioma particular, para el que de repente no encontramos la palabra adecuada. Creo que cada texto ―cada buen texto que soporte esa muda― es un ser vivo que evoluciona de manera diferente en cada lectura. Ya se ha dicho muchas veces: una obra deja de pertenecer al autor en cuanto se hace pública y se comparte. Lo contrario sería reducir la lectura a un automatismo absurdo. Así pues, no tengo claro cuánto hay de interpretación y cuánto de certeza en estas apreciaciones, por lo que esa aparente falta de grietas y derivas en los cuentos de Sicilia, invierno tal vez tenga más que ver con los excesos del receptor ―del lector que soy y que busca ciertas iluminaciones― que con el pulcro trabajo del emisor. En todo caso, esta es mi impresión general.

No hace mucho tuve la oportunidad de asistir a unos talleres de narrativa, de los que aprendí unas cuantas cosas, pero también en los que me topé con algún que otro despropósito. Poco importa quién o cómo, y además no quiero perjudicar a nadie ―allá cada uno con sus prioridades―, pero el caso es que un novelista y traductor que publica en una editorial de las llamadas grandes, además de hacer girar la ponencia en torno a su propio ombligo, demostró una ignorancia casi satisfecha de muchas de las sendas por las que ha transitado una tradición literaria de tres mil años, y un desdén incomprensible por algunos de los más elementales códigos para la construcción de un texto al que podamos llamar literatura, especialmente por los del cuento contemporáneo. A todo esto me refería al principio de este comentario, cuando señalaba la probabilidad de que un lector aventajado de Sicilia, invierno se dijera a sí mismo «por fin alguien lo ha hecho». Y es que de una vez por todas un escritor joven ―Ferrando nació en 1972―, con criterio, con un impresionante acervo de lecturas y con una tremenda capacidad de trabajo se ha puesto a escribir narrativa con vocación de seriedad, siendo capaz de justificar y defender por qué, cómo y para qué ha elegido elaborar sus ficciones de esa manera y no de cualquier otra, ni por casualidad, ni por una sesgada adhesión a las modas del momento. Como dice un maestro, debería estar prohibido escribir como Carver, si Carver ―o Mann, o Sebald, o Cortázar, o Ford― hubiera sido idiota, y las hordas de imitadores de unos y otros no hacen sino copiar los trucos del mago sin tener noción de la misma magia. Ignacio Ferrando se quita la chistera, se sube las mangas, muestra la tramoya del escenario y con ello toma un riesgo importante al añadir el texto ―entre teórico y emocional― que da título al libro, «Sicilia, invierno», donde pormenoriza el proceso creativo que le llevó a escribir sus cuentos, y los retos a los que se enfrentó en cada uno de ellos. Como lector no estoy seguro de querer conocer en todo momento la cocina de la escritura y prefiero centrarme en paladear el resultado, pero, siendo egoísta, como escritor le agradezco ese texto, que me ayuda a comprender mejor algunas cosas y a disfrutar incluso de la relectura de algunos relatos. Y digo relectura, porque creo que todo lector sensato debiera acercarse a los cuentos del libro por orden, sin querer adelantarse. Con ese último texto, desde luego, Ferrando demuestra una vez más que ni le tiene miedo al espejo, ni hace las cosas por casualidad: nadie mejor que él sabe que sólo se puede construir desde los cimientos, y no empezar por el tejado del supuesto ingenio, la ocurrencia achispada y los fuegos artificiales.

A Marinetti le parecía más bello un automóvil que la Victoria de Samotracia, y seguro que algunos de esos nuevos escritores del siglo XXI se emocionan más con una búsqueda en Google que con la lectura de La Ilíada. Los más sabios ―por suerte, alguno queda― navegan entre ambas orillas, pero la mayoría se queda con ese ruido de bujías, pistones y circuitos, con la velocidad de su ADSL y la de su carrera personal, sobre todo. Los preciosistas y académicos, por otro lado, admiran las ruinas blanquecinas de los palacios minoicos, o se maravillan ante el altar de Pérgamo ―en su cápsula hermética del museo berlinés, tan lejos del contexto heleno―, y encuentran belleza en esa decadencia elitista, pero no conciben el verdadero empaque que tuvieron los edificios cretenses ―cuando la vida sucedía en sus muros, pintados de rojo sangre―, ni el salitre del Egeo en aquellas escalinatas que albergaron a personas reales, que recogieron su sudor, los restos de la fiebre o el vino, los ecos de sus pasiones y deseos. Unos se quedan con los fuegos artificiales del texto, y otros olvidan el contexto y hasta el fuego vital. El mito, el símbolo, el medio y su época, no son la vida. Los arquetipos y la Historia nos sirven para interpretar de alguna manera nuestra naturaleza, para intentar explicarnos, para marcar rumbos y orígenes, para dibujar un mapa inconcluso de la condición humana, y muchos indocumentados harían bien en leer, leer y leer a los clásicos antes de matar a ningún padre ―el parricidio hay que merecérselo con algo más que ocurrencias y boutades vacías―, pero quedarse en todo ello es perder la simiente, sencilla y arrolladora, de lo que en realidad la vida es, y que se aloja y germina en unas tierras de las que, no sé por qué, de un tiempo a esta parte la literatura no suele cosechar sus motivos.

Esa vacuidad no existe en los cuentos de Sicilia, invierno. Cuando Ferrando recurre en varias ocasiones al motivo del doble, del reflejo, de lo uno en lo otro, de la sombra y la luz duplicada, no hace otra cosa que colocar ante el espejo sus lecturas, su vocación y lo que como escritor es y puede llegar a ser. Y lo hace sin trampa ni premura, con la paciencia del artesano que busca la simetría y la proporción de todas las partes. La pareja como imagen del individuo en el azogue, la alternativa especular que la vida nos pone delante en cada decisión y en cada conflicto, y sobre todo las fronteras permeables de la identidad personal son la raíz de cuentos como «DdlL, Cnº42», «Trato hecho» o «Roger Lévy y sus reflejos», tres de los mejores relatos del conjunto, pero también sustentan, como un lienzo, todas las demás pinceladas del libro, a través de una técnica depurada y eficaz. Porque, insisto, estamos ante uno de los narradores mejor dotados del panorama español actual. Cuando echo en falta la deriva y la grieta en los cuentos de Ferrando[3], pienso en los panes de Dalí, en que está muy bien depositar relojes líquidos al borde de un plato o cajones que se abren en la carne de los amantes, y eso es exactamente lo que me emociona de parte de la obra del genio ampurdanés ―no de toda, ni mucho menos de su persona―, la convulsión, lo enajenado, el fogonazo… Eso es lo que cambia mi mundo cuando lo encuentro en un texto, pero primero hay que saber pintar un pà de pagés con exactitud fotográfica. Primero hay que dominar las reglas para que sea lícito saltárselas, para jugar después ―si uno quiere― con la grieta y la tormenta. Primero hay que saber cómo amasar un pà de pagés, cómo cocerlo, cómo aparece a los sentidos, para poder quebrar después la corteza y elucubrar sobre la miga, el moho y su metáfora.

Se ha dicho que los cuentos de Sicilia, invierno tienen reminiscencias cortazarianas, y en algunos casos es cierto, pero con una perspectiva más amplia, y ya con la distancia de una lectura reposada, a ratos la escritura de Ferrando me remite más si cabe a «La casa de Asterión» que a «Continuidad en los parques», tanto por esa voluntad borgiana de reelaborar el mito, como por su caudal ingente de lecturas aprehendidas. Esto se hace más evidente en cuentos como «Simetrías», que participan más de la idea ―Orfeo y Eurídice, el juego magnético que hace que las parejas se imanten y la atracción o el rechazo cambien según su polaridad, el miedo a enfrentar la soledad, el vértigo ante la posibilidad del mismo amor― que de lo excepcional ―la lectura fácil y superficial de esa imagen siamesa como un mero esperpento―.

No, los narradores de Sicilia, invierno no quieren parecerse a los de Cortázar, aunque le deban mucho, como le deben a los de Onetti, a los de la trilogía sonámbula de Herman Broch, o al que Thomas Mann delega en el Aschenbach de La muerte en Venecia ―su lucha interna con quien pretende ser y el sujeto que en realidad desea a Tadzio o se pudre de vanidad, culpa y decadencia, tiene algo que ver con la del protagonista de «Trato hecho», en esa celda que es un poco aquel hotel del Lido, la cárcel inasible de la conciencia, la impostura moral sajada, la claudicación de El séptimo sello de Bergman―. Hablando de la Muerte, la estrategia del narrador y sobre todo el tono de «Caleidoscopio» tienen más de danza enmascarada y macabra que de pulsión vida-muerte ―es decir, sexual―. El tema de la muerte ―si me apuran, en literatura hay tres o cuatro temas, no más, eso sí, con sus ramificaciones― nunca es sencillo de abordar, y quizá por ello «Caleidoscopio» es uno de los relatos en los que más me ha costado establecer el pacto lector-narrador. Esa imagen quebradiza de la que deseamos alejarnos, siempre en fuga ante nuestra finitud, no es fácil de asir, y en la coreografía algo excesiva de ese cuento, en ese reflejo infinito en los espejos del relato, se acaba diluyendo un poco la seducción del lector. Sí se sostiene ese hechizo, incluso al adivinar el desenlace, cuando se lee «Los chicos de Nat», otro de los cuentos de veras afortunados del conjunto, que tiene tanto de western como de género negro, y donde uno cree percibir una suerte de voz en off digna del mismo Marlowe. Hay sombras fáusticas en cuentos como «DdlL, Cnº42», trazos de un Dorian Grey que no busca una inmortalidad ahogada para sí, sino en el anhelo del otro, para no envejecer jamás al pintarse en la carne y la admiración que consiga sustraer de ese prójimo. En «Roger Lévy y sus reflejos» se observa un dominio magistral de la elipsis y lo simbólico y, como la evolución que va de los duelistas en el Barry Lindon del primer Kubrick al maestro de las odiseas espaciales, promete, tal vez como ningún otro cuento, narrativas cada vez más maduras ―breves o extensas, que pulso de novelista no le falta a Ferrando― para los próximos años[4].

En resumen, lo que a primera vista puede parecer clasicismo virtuoso en los relatos de Sicilia, invierno, es en realidad un buen augurio. En estos textos palpita una musculatura potente en torno a un esqueleto absolutamente equilibrado, y es verdad que la vida no es un mecano y hay que contar con el nervio, la fiebre y el deseo. Que la médula de las cosas es bastante más errática. Pero no es menos cierto que la belleza es muchas veces una simple cuestión de proporciones. Por eso, lo único que me parece honesto reprocharle a este libro tiene que ver con la mirada, no sé si con la del autor, maestro de la simetría y la proporción, o con la mía, que repara tanto en la majestad del David de Miguel Ángel como en la grieta que subyace en el mármol, pero mentiría si no dijera que me miro en el espejo de Sicilia, invierno para seguir aprendiendo lo que, derivas aparte, también es a menudo el oficio de escritor: una arquitectura de la palabra.


Apostilla: Hasta un peón de albañil cuida sus materiales y, parece mentira, pero he conseguido huir del lugar común y hablar de un libro de Ignacio Ferrando sin mencionar las palabras «premio» y «profesor». Yes, we can.

*

Sobre la edición:

Se trata del primer título de una nueva colección de narrativa, pero no de la primera iniciativa del editor, Javier de Juan, que ya lleva tiempo en esto, y se nota. Sin embargo, tengo la sensación de que el diseño se ha pensado a fondo para este grueso libro de relatos, y no ha tenido demasiado en cuenta los condicionantes de un proyecto de colección a largo plazo. Con todo, el diseño es esmerado, tal vez algo preciosista, pero el libro tiene una presencia agradable en las manos. De las tripas, cabe señalar la incorrecta utilización de las comillas ‛inglesas’, en vez de las «españolas», y algún desliz en la foliación, como en la página 252, donde no debiera figurar, o en cada inicio de relato, ya que no es muy ortodoxo colocar el folio (el número de página, para que cualquiera lo entienda) cuando se ha emplazado en la parte superior y comienza un texto en página impar. La caja de texto está bien proporcionada, aunque las líneas por página (35) tal vez parecen demasiadas. También es verdad que el libro tiene unas dimensiones generosas y los márgenes de página están equilibrados, por lo que otro cuerpo de letra hubiera disparado la paginación. Se puede comulgar o no con ese preciosismo del diseño interior, con esas cenefas que presentan y enmarcan cada relato o la portada interior ―aunque ahí la apariencia es de fotocopia emborronada―, pero al menos se desmarca de lo que ya hemos visto demasiadas veces y consigue una unidad con las cubiertas, donde, por cierto, la combinación de colores en el título y el nombre del autor no es muy afortunada. En definitiva, se nota un trabajo muy profesional, pero un poquito más de sobriedad le hubiera sentado bien al libro-objeto.


Notas:
  1. «[…] cómo el conocimiento de los mecanismos del relato, la premeditación, ahoga, a menudo, la narración, lo que debe haber siempre en ella, creo yo, de espontáneo, natural, e incluso –si me apuran– de irracional. De frescura». FERNANDO VALLS, El Mercurio.
  2. «[…] el estilo bordea el virtuosismo expresivo en perjuicio de una escritura más vivaz y espontánea […]». SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural.
  3. El libro se abre con una cita muy bien escogida, y que me ofrece una gran oportunidad para simplificar todo mi comentario, el de un lector que prefiere que le sugieran cada vez más esa espina, y aún la herida, y hasta la garganta muda:
    «Escribiré sobre todos nosotros sentados ante platos ya vacíos; y también sobre ti y sobre mí y sobre la espina clavada en la garganta». GÜNTER GRASS, El rodaballo.
  4. Algo que también corroboran y auguran críticos como Valls y Sanz Villanueva:
    «Nada hay más agradable que encontrarse con un nuevo autor, cuyos resultados satisfacen, que anuncia un futuro brillante. [...] No me cabe duda de que entre las nuevas voces de la narrativa breve, la de Ignacio Ferrando es una de las que puede proporcionarnos más satisfacciones». FERNANDO VALLS, El Mercurio.
    «Ha sido gratísima sorpresa descubrir a un autor para mí desconocido dueño a la vez de un mundo muy sugerente y de una prosa bien trabajada y expresiva». SANTOS SANZ VILLANUEVA, El Cultural.

Enlaces relacionados:

  • Bitácora informativa de Sicilia, invierno
  • Entrevista al autor en el periódico EL COMERCIO, por Alberto Piquero
  • Entrevista al autor en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz (anterior a la publicación de Sicilia, invierno)
  • Reseña de Sicilia, invierno por Fernando Valls (El Mercurio, n.º 103, septiembre de 2008. Pág. 33. Versión disponible en PDF para su descarga gratuita)
  • Reseña de Sicilia, invierno por Santos Sanz Villanueva (El Cultural, 12 de junio de 2008. Pág. 18)
  • Convocatoria del V Premio de Relato mínimo Diomedea.

    Quedan unas pocas horas para el cierre de la cuarta convocatoria, pero publico ya las bases de la siguiente, que se activará desde las 14 horas del día de hoy, porque en unos minutos voy a colgar la segunda entrada de la serie El cuento de 2008.




    Bases del V Premio de Relato mínimo Diomedea:


    1. Desde las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 15 de diciembre de 2008, queda abierta la convocatoria para el V Premio de Relato mínimo Diomedea, al que pueden optar autores o autoras de cualquier país, presentando UN SOLO RELATO a concurso por convocatoria. Los finalistas Y GANADORES de anteriores ediciones pueden volver a presentarse, con nuevos trabajos, en todo caso.

    2. Los relatos se presentarán en castellano, y deberán ser originales e inéditos en medios impresos. Pueden haber sido publicados en una bitácora personal o colectiva, o en alguna revista virtual, pero en ningún caso estarán sujetos a compromiso alguno de publicación o de derechos de cualquier tipo con terceros. Toda responsabilidad derivada del incumplimiento de este punto o por cualquier otro tipo de lesión de derechos de terceros recaerá exclusivamente sobre el participante en este concurso.

    3. La extensión de los trabajos no superará las doscientas palabras, ni será inferior a cien. El título del relato (en ningún caso superior a cuarenta caracteres) no se incluye en ese cómputo.

    4. Los relatos sólo podrán presentarse a concurso a través de un mensaje a esta dirección de correo-e, escribiendo siempre en el asunto del mensaje: «Para el V Premio de Relato mínimo Diomedea». En el cuerpo del mensaje deberá constar el nombre y apellido real del autor o autora y la localidad en la que reside, así como la URL de su página o bitácora, si dispone de ella. El relato se enviará sólo como documento adjunto de Word, en el que no constarán los datos del autor. A modo de plica virtual, a cada relato se le asignará un código alfanumérico de diez dígitos, por lo que el jurado no tendrá ninguna referencia de su autoría cuando valore los relatos candidatos. El administrador estará a disposición de los autores para resolver cualquier duda o imprevisto, pero en ningún caso mantendrá diálogo con ellos acerca de la valoración de sus trabajos o de las deliberaciones y decisiones del jurado.

    5. El plazo para la recepción de relatos expirará a las 14 horas[1] (en zona GMT +1.00) del próximo lunes 16 de febrero de 2009. Todos los relatos que lleguen a la dirección facilitada pasado ese plazo pasarán de manera automática a participar en el VI Premio de Relato mínimo Diomedea.

    6. El jurado estará compuesto y asesorado por críticos, escritores y profesores de diversos talleres de escritura creativa, y su fallo ―inapelable― se dará a conocer a las 14 horas (en zona GMT +1.00) del lunes 23 de febrero de 2009, mediante una entrada en esta misma bitácora, en la que aparecerá publicado el relato ganador, el nombre de su autor o autora, la localidad y el país en la que resida, junto con un enlace a su página web o bitácora, si dispone de ella. También aparecerán publicados, en los mismos términos, los dos relatos finalistas. En ningún caso se hará pública ninguna dirección de correo-e. Los autores de los relatos son los únicos propietarios de sus derechos, y su publicación en esta bitácora está bajo una licencia de Creative Commons, que permite la reproducción sin fines comerciales ni alteración de contenidos, y obliga a indicar autoría y fuente.

    7. El premio para el autor o autora del relato ganador consistirá en un lote de tres libros de relatos, por determinar. Los finalistas obtendrán un libro de relatos. El método de envío o recogida de los libros se convendrá con los interesados[2].

    8. Si el ganador o ganadora dispone de página web o bitácora, hará constar en ella su galardón, en una entrada o con un banner ―que le será facilitado por el administrador―, pero siempre con un enlace a la entrada de esta bitácora en la que se haya publicado el fallo con su relato, y en el que figure el texto: «V Premio de Relato mínimo Diomedea». A los finalistas se les hará una propuesta en términos similares.

    9. En el futuro se considerará la posibilidad de publicación de los relatos ganadores de sucesivas convocatorias y de una selección de los finalistas y demás participantes, en una antología editada y supervisada por un sello editorial[3].

    10. La participación en este concurso supone la plena aceptación de sus bases.

    [1] Los autores o autoras que envíen sus relatos desde otras zonas deberán tener en cuenta la diferencia horaria para poder entrar a tiempo en la convocatoria.
    [2] El administrador correrá con los gastos de envío por correo ordinario en territorio de la Unión Europea. Para otros territorios y envíos especiales, como certificados y urgentes, el destinatario asumirá parte del cargo.
    [3] Este punto no es vinculante. Se presentará el proyecto a una editorial y se tomará la decisión de hacer una edición venal o no venal de la antología según las circunstancias.
    Premiados en anteriores convocatorias:

    I Premio de Relato mínimo Diomedea
    II Premio de Relato mínimo Diomedea
    III Premio de Relato mínimo Diomedea

    8/12/08

    El cuento de 2008 (I):
    Deconstrucción del oficio.



    Título: Oficios
    Autor: Juan Carlos Márquez
    Edita: Castalia
    ISBN 9788497402569[1]
    XVIII Premio Tiflos de Cuento de la ONCE





    Supermán daba vueltas al globo rompiendo la barrera del sonido, hacía cosas así, y en cambio hay gente, hay hombres más que nada, que se ponen a abrir una sencilla lata de berberechos y se rebanan las pelotas.

    ÁNGEL ZAPATA, «Días de sol en Metrópolis»


    Han querido la casualidad y ciertas tareas pendientes que comience esta cadena de comentarios llevándome la contraria, un ejercicio siempre saludable de profilaxis contra la soberbia. En el preámbulo a esta serie avisaba de que mis impresiones iban a centrarse sobre todo en los textos, en esos libros de relatos que han dejado sus muescas en mi recuento de lo mejor del 2008, y sin embargo parece que el hilo conductor de esta entrada, a ratos ―sólo a ratos―, tiene más que ver con el descubrimiento de un autor que con los propios textos.

    En el caso que nos ocupa creo que está más que justificado, ya que también la casualidad y ciertas demoras han querido que la publicación de Oficios y Norteamérica profunda ―título al que dedicaré en breve una próxima entrada en esta serie― haya coincidido en el mismo año. A mi parecer, con ambos libros Juan Carlos Márquez irrumpe de manera brillante en el panorama del cuento español, aunque uno tenga la sensación de que lo haya hecho accediendo por la puerta de atrás, bregándose con los matones del callejón, debido a las características del premio que logró en el año 2005 por su primer libro de cuentos ―una edición municipal que sólo podréis encontrar a través de la librería especializada Tres rosas amarillas, y cuyo descomunal retraso en ser publicada se ha visto compensado al menos, y con justicia, con su candidatura al premio Setenil― y la irregular distribución en las librerías de un galardón tan prestigioso como el Tiflos, que ya en su día nos descubrió a talentos como Félix J. Palma, Gonzalo Calcedo o Ignacio Ferrando, y del que cabría esperar una mayor visibilidad. Más allá de lo que esos dos premios hayan podido suponer para muchos como certificación del buen hacer de este cuentista, profesor de escritura y bilbaíno de pro, pienso en esa doble circunstancia como en una recompensa que, aparte de lo económico, tiene más que ver con el fruto del trabajo y con la satisfacción de una espera febril: la del escritor que goza con vehemencia de su oficio, que conoce bien y con el que se compromete, pero también un oficio que, al mismo tiempo y en un gesto de lucidez, se cuestiona de manera continua.

    En una época de escritores forzudos y superventas que, enfrascados en su fama personal, a menudo olvidan lo ridículo de la capa roja y el calzón por fuera, se hacen necesarios otros narradores, conscientes de las interioridades del oficio de Supermán, capaces de no rebanarse las pelotas al manejar una sencilla ficción y de reírse de sí mismos cuando sea necesario. Narradores como otro joven escritor estadounidense, que a finales del mes de mayo de 1953 recibía desde Italia la siguiente carta, firmada por un prestigioso historiador del arte:


    Querido señor Bradbury:

    En ochenta y nueve años de vida, ésta es la primera carta de admirador que escribo. Es para decirle que acabo de leer su artículo en The Nation, «Day after tomorrow». Es la primera vez que leo en un artista de cualquier campo la declaración de que para trabajar creativamente hay que poner la carne y disfrutarlo como una diversión, o como una fascinante aventura.
    ¡Qué diferencia con esos obreros de la industria pesada en que se han convertido los escritores profesionales!
    Si alguna vez pasa por Florencia, venga a verme.

    Suyo sinceramente, B. BERENSON.

    RAY BRADBURY, Zen en el arte de escribir


    Se ha dicho ya en otros espacios, y se ha dicho porque es una verdad que palpita entre las páginas de Oficios y que toca de lleno a todo buen lector de relatos: Juan Carlos Márquez se lo ha pasado en grande escribiendo esas historias, y en un momento en el que tantos escritores parecen buscar la aprobación de un ente invisible que les castra ya ante el papel en blanco y les conduce a una literatura encorsetada y pudorosa, percibir un sentido lúdico y desatado en esos textos los salva del tedio y hasta del fraude. Porque la buena literatura debiera parecerse un poco a la vida, y si no, es mentira ―mentira, que no ficción, pues esta es sólo una máscara de la verdad―. La vida nunca es, en ningún caso, cartesiana, predecible y lineal. Tampoco lo son los cuentos de Oficios, y cualquier carencia o exceso formal ―tal vez el que más salte a la vista sea ese mirar a cámara insolente del narrador en el punto álgido, que te empuja fuera de la historia en algunos momentos, como sucede con las peores actrices porno y un poco al final de «Niños fotógrafos, enterradores, taxidermistas […] y cronistas» y en la elección de la voz de «Narradores déspotas», aunque ahí el autor avisa, y por eso no es traidor― en su desarrollo se ve ampliamente compensada por los fogonazos de humor, de sarcasmo y de ternura que reverberan entre las páginas de este libro como en las mejores tormentas. Estamos ante un cuentista que acumula unos cuantos años de trabajo, pero un autor que, al fin y al cabo, inicia su carrera con estos dos títulos ―en solitario ya, después de su inclusión en la fértil antología Parábola de los talentos de Gens ediciones― y que promete giros, derivas y exploraciones interesantes para los próximos años.

    Por su labor docente, Juan Carlos Márquez sabe de sobra de recetas y fórmulas para escribir cuentos aseaditos y correctos, y eso es justo lo que toca enseñar a quien empieza. Como aquel dar cera, pulir cera del señor Miyagi en Karate Kid, ese encontronazo con la parte más obrera de la escritura desanima a más de uno, que llega con una idea quizá demasiado romántica ―en el más pueril de los sentidos― de la creación literaria y no termina de concebir lo de arremangarse el mono de trabajo. Ahí se establece una criba entre quien de veras desea comprometerse con la escritura y quien se distrae pensando en las pataditas al aire que un día habrá de dar en la postura de la grulla. El éxito o la maestría, tanto en lo literario como en el kárate, empiezan por esas tareas primarias, por ese dar cera, pulir cera de la palabra, y el autor de Oficios lo sabe desde hace tiempo. Sin embargo, uno de los mayores hallazgos que aguardan al lector en esos catorce cuentos ―en relatos que uno puede recordar tiempo después de haber leído, como el mordaz «Faquires, decoradores de interiores y geishas», de significación doble y una verdadera radiografía de lo absurdo burgués; el diálogo perfectamente hilvanado y casi berlanguiano de «Muertos ambulantes, floristas y funcionarios»; el delirante «Braceros, oficiales de primera y amas de casa»[2], que tiene la rotundidad y la tristeza de una madre limpiando de migas un mantel de hule; o ese vitral a trasluz de las lecturas aprehendidas que es «Taquígrafos y poetas»― es la deconstrucción lírica, cruel, hilarante y entregada que Juan Carlos Márquez hace del oficio de escritor.

    Como le sucedía a Ray Bradbury, o como se ha dejado hacer siempre el mejor Hipólito G. Navarro, en Oficios las historias van por delante del propio autor, hablan, tiemblan y le zarandean, y así Márquez no puede sino dejarse llevar por ese pulso vital para preguntarse, página tras página, por el equilibrio de la escritura entre el esfuerzo y el gozo, por el tránsito de sus personajes entre la alienación y el humor, no para dejarle respuestas concluyentes al lector, sino el agridulce y nítido sabor de esa búsqueda que es la misma vida.

    *

    Sobre la edición:

    Si bien he comentado la ausencia de este título en muchas librerías, una responsabilidad que se reparten siempre el editor, el distribuidor y el mismo librero, es de justicia señalar el esmero que Castalia ha puesto en la edición de Oficios. Con el diseño gráfico habitual de RQ, los motivos que ilustran el ejemplar se repiten y le dan cierta unidad a continente y contenido, con una estética muy acertada. La cubierta juega con el balance de blancos y figuras y, como es costumbre en Castalia, se utilizan recursos tipográficos para conseguir una imagen desenfadada y al tiempo profesional, diferenciadora. En algún momento, sobre todo en las tripas del libro, algunas tipografías sobredimensionadas abusan de esta tónica y, por otro lado, resulta poco ortodoxo el simple hecho de numerar los relatos. El cuerpo de letra de los textos es un poco grande, pero teniendo en cuenta la extensión de los cuentos y lo delgado del libro ―como debiera ser siempre un buen libro de cuentos, delgadito, manejable y con mucha fibra narrativa―, el resultado general en manos del lector es más que satisfactorio.


    Notas:
    1. Lamentablemente, el ISBN de este libro todavía no ha sido registrado por Castalia en la web de la Agencia Española del ISBN.
    2. Por cortesía del autor y de David González Torres.

    Enlaces relacionados:

  • Relataduras, bitácora del autor
  • Entrevista al autor en Pérgola, suplemento cultural del diario BILBAO
  • Entrevista al autor en Avión de papel, de David González Torres
  • Entrevista al autor en El desván de los libros, de Marta María López
  • Reseña de Oficios en El síndrome Chéjov, de Miguel Ángel Muñoz
  • Reseña de Oficios en Qué leo ahora, por Marta María López
  • Reseña de Oficios en El tacto de un billete falso, de Pepe Cervera
  • 6/12/08

    El cuento de 2008. Preámbulo.

    82. El hecho no es nada, el cómo es todo. Que no exista ningún hecho que no sea previamente cualificado lo prueba suficientemente. El golpe maestro del Espectáculo es haberse hecho con el monopolio de la cualificación, de la denominación; y, a partir de esta posición, ir dejando caer su metafísica de contrabando, repartiendo como hechos el producto de sus interpretaciones fraudulentas.

    TIQQUN, Introducción a la guerra civil



    A partir de esta entrada voy a publicar una serie de comentarios sobre algunos de los libros de cuentos editados en España a lo largo de este año. Me resisto a calificar las próximas entradas como reseñas, y esto obedece a un claro deseo de huir de la nomenclatura oficial y de cualquier otro molde en el que se pretenda encajar lo que en definitiva sólo será un compendio de opiniones. Así recibo además las columnas, reseñas y calificaciones de los críticos, de cualquier crítico. No importa si las leo en un medio impreso u otro soporte, si la firma tiene un peso específico o si es un anónimo o un colectivo quien escribe, para mí será siempre una opinión, con mayor o menor criterio, honesta o interesada, pero una opinión al fin y al cabo, y no una demostración científica o un dictamen jurídico. Cualquier pretensión de absoluta independencia o equidad es una falacia ineludible, porque ni el mejor de los críticos puede abstraerse de la subjetividad, y es que en ella, lejos de toda duda, habitan por igual la mirada y hasta la raíz del criterio. No existe la máquina infalible de hacer reseñas, porque los humanos somos falibles, contradictorios y volubles, y la buena literatura se nos parece. Todo lo demás, si se despega de la vida, es cualquier otra cosa: metaliteratura, metafísica, metadona para santones adictos a su púlpito y metacrilato de ducha para que algunos fascistas de medio pelo laven sus vergüenzas en privado, pero ninguna Verdad incontestable, como no la hay en la vida, nunca, en ninguna parte.

    Intentaré centrarme en los libros que más me han gustado y dejar de lado los que me decepcionaron, aunque es probable que señale alguno de estos últimos, a modo de aviso para navegantes. Espero que nadie se moleste y que entienda que intento hablar de un conjunto concreto de textos y no de un autor, ni de su persona, por supuesto, y ni siquiera de su carrera. También en algún caso comentaré, más allá de un título concreto, la trayectoria o la labor de una editorial en este 2008, y alguna que otra iniciativa relacionada con el cuento a lo largo de este año. Las entradas se publicarán por riguroso orden de redacción, y no habrá en ello ningún propósito de establecer prioridades o comparaciones. De hecho, las tres primeras fueron escritas hace ya unos meses, y no las publiqué en su día por un rubor o una pereza ―no lo tengo claro aún, mi querido amigo José Antonio― que ahora mismo revoco. He tenido mucho cuidado al titular la serie, porque no se trata de ninguna absurda competición, ni de un ranking, ni nada que se le parezca. Tan sólo de unos trazos casi impresionistas de quien lee y escribe cuentos todavía a la espera de emocionarse y seguir aprendiendo. Estos breves comentarios no se ceñirán a la interpretación ortodoxa, ni pulsarán los resortes habituales que operan en los medios o la crítica, porque no persiguen ni la promoción comercial de esos libros ―que cada quien haga lo que le parezca, comprarlos, tomarlos prestados o pasar de largo―, ni mucho menos la instalación de mi sacrosanto culo en el nido de los popes. No tengo vocación de cuco, ni participo de esa hostilidad amortiguada y halitosa de quien se abre paso a codazos y felaciones en este mundillo ―siento asco cuando identifico a algún parásito fabricando amistades y afiliaciones por interés―. Lo único que me interesa es aprovechar la alternativa factible que ofrece la red en general y las bitácoras en particular, donde no operan ni las leyes del mercado ni las jerarquías del oficio, para darle sentido y utilidad a un espacio como este, relacionado con la literatura, y así dignificar un poco el hecho de mantenerlo activo, por lo que en este caso concreto me limitaré a poner en común lo que me ha llamado la atención de estos libros con el lector, y al compartir la mía, convocar en su lectura lo que creo que esos textos pueden provocarle.

    Desde hace mucho tiempo, los que leemos cuentos nos fijamos demasiado en la pulcritud técnica, en su supuesta perfección formal, en la mesura de lo lírico o la circularidad de sus tramas. No es mala cosa, y ojalá muchas editoriales ―se entiende que me refiero a las comprometidas con el hecho literario, y no a los tenderos de papel cosido― se pusieran las pilas a la hora de filtrar unos textos que no reúnen las premisas básicas de calidad. Pero al centrarnos demasiado en ello corremos el peligro de caer en una visión academicista y unívoca del relato, en una imitación continua de los maestros y una suerte de «receta para escribir cuentos» que peca de un encumbramiento excesivo de la sorpresa, la arquitectura y el ingenio, cuando este «género» contiene en sí mismo la cualidad de lo explosivo, la promesa fértil del inconformismo, la belleza del sabotaje. Lo que uno recuerda, lo que uno revive de aquellos cuentos que le cambiaron la vida y la escritura, tuvo algo que ver con ese rigor en el trabajo, es evidente ―en literatura se encuentran pocos tesoros por casualidad, más bien se labran con la constancia y el compromiso―, pero lo que de veras permanece indeleble de aquellas lecturas, afloró de todo ese arsenal de vértigos, invocaciones y fogonazos que ponía en duda nuestras certezas, que cuestionaba lo dado y abría nuevas sendas a machete, incluso a veces con un rumbo errático, pero siempre con un pulso inquebrantable: la búsqueda de otra cosa. Tiene uno la sensación de que, de un tiempo a esta parte, la mayoría de lo que se escribe se parece demasiado a algo, entre sí, y a nada que deje huella al mismo tiempo. Teme uno que se haya olvidado lo esencial, y que la forma y el molde acaben produciendo copias en serie de una literatura temerosa, acondicionada y con fecha de caducidad. El cuento debería ser una forma de vida, una criatura no domesticable, y no un material para la transacción. El cuento plantea una deriva, un preguntarse y un decirse alienados, y no una fórmula conclusa de interpretación y celebración de «lo real». Al menos, para quien cierra ahora este preámbulo, el cuento ha sido durante este año 2008 un señuelo a veces placentero y a veces atroz, pero que todavía le sirve para seguir burlando a la muerte.

    29/11/08

    New York, New York!

    Sábado, 29 de noviembre de 2009, 19.45 horas.

    Hay que haber sobrellevado esa especie de agonía diferida, lúcida, con buena salud, durante la cual es imposible comprender otra cosa que verdades absolutas, para saber para siempre lo que se dice.

    LOUIS-FERDINAND CÉLINE, Viaje al fin de la noche


    No me salva. Que afamados críticos, editores de éxito, y escritores de tomo y lomo (sobre todo de tomo) sean capaces de decir gilipolleces aún mayores, no me salva. Yo he dicho muchas, y ninguna se adelgaza porque otros las superen. He dicho muchas idioteces, aquí, por ahí, con aquél, frente al otro, y he tenido que oír y leer unas cuantas, y lo que me queda, que de eso tampoco nada me salva, porque la estupidez humana es infinita. No me salvan la honestidad ni la sinceridad, porque una gilipollez lo es secas, camuflada o blanca y en botella, como la leche de antaño, como la mala leche de siempre. Todo es útil si uno sabe sacarle partido. Al menos, he aprendido algo, soy dueño de mis gilipolleces, y puedo aniquilarlas cuando quiera. Y soy testigo de las idioteces de los demás, cuando hacen temblar la papada creyéndose alguien, o se contentan con tramar chapuzas, o te miran por encima del hombro cuando les dices que discrepas, y lo que en realidad te gustaría decirles es que no tienen ni puta idea de lo que están hablando, que ni su nombre les salva tampoco de decir gilipolleces. Al menos, a mí no se me caen los anillos por arrepentirme de las mías, y logro ser consciente y superarlas. Pero lo malo de algunos de esos críticos, editores y escritores con apellido, es que las defienden hasta lo indecible, como el yunque que busca el fondo del océano, en línea recta. No se salvan.

    Figuraos que estaba de pie, la ciudad aquella, absolutamente vertical. Nueva York es una ciudad de pie. Ya habíamos visto la tira de ciudades, claro está, y bellas, además, y puertos y famosos incluso. Pero en nuestros pagos, verdad, están acostadas, las ciudades, al borde del mar o a la orilla de ríos, se extienden sobre el paisaje, esperan al viajero, mientras que aquélla, la americana, no se despatarraba, no, se mantenía bien estirada, ahí, nada cachonda, estirada como para asustar.

    LOUIS-FERDINAND CÉLINE, Viaje al fin de la noche


    Yo nunca he querido viajar a Nueva York, lo he dicho siempre. Y por eso mismo, debería hacerlo cuanto antes. Limar prejuicios, exponerme, mascar la pasta gris que se te forma en la boca cuando la ciudad te muele los huesos, esas cosas. Recorrí un par de veces Nueva York, creo, en coches robados, borracho como un suicida y comiéndome a alguna hembra en las escaleras del Chelsea. Recuerdo un culo sublime en Little Italy. Su hermano casi me rompe las piernas, pero todavía guardo en los dientes aquella textura tremenda, la avidez con la que se apretaba contra mí y se dejaba morder. Un culo magnífico, casi redentor.

    Tengo un amigo, al que quiero bastante, que me deja meter en su garaje los coches que robo, y le doy carta blanca, para que disfrute con una buena sesión de tunning. Luego miramos su obra maestra, acodados en el mostrador del taller —parece mentira que no tengamos una Budweiser en la mano—; mi amigo escupe las pipas y yo las parto en seco entre los dientes, odio chupar la cáscara salada y que se me pegue a los labios. Se parece a comerse a una hembra sucia, y eso nunca me ha gustado. Siempre lo he dicho, las mujeres han de tener el corazón caliente, y ahí sí, oscuro, sucio incluso, indescifrable como las manchas de grasa en el mono de trabajo, pero la piel limpia, reluciente como el capó de un coche nuevo. Mi amigo mira unos papeles a trasluz y me grita «¡levántate para que oigas aullar al perro asirio!». Echa el cierre, arranca el motor cromado —que huele a victoria, como las colinas— y cruzamos la ciudad-isla en ese pedazo de carro. Conduzco por el lomo de la ballena varada de Manhattan, mientras suena Lou Reed en la radio y el hueco del World Trade Center aplasta el aire en torno a mi amigo y a mí, que nos miramos sin mirarnos y en silencio.

    TRAVELLING

    mamá diciendo adiós mi casa los perros el jardín
    las flores de la casa de los bradley justo antes de morir jim bradley
    escombros hojas secas el cruce con la avenida lincoln

    la tienda de comestibles niños jane fonda anunciando cosméticos
    carteles de campaña pálidas barras y estrellas
    sobre postes de telégrafo reclutas

    que besan a su novia antes de subir a bordo
    el billete ardiendo entre mis manos

    luego casas pequeñas negros fábricas del extrarradio
    y luego los sembrados los pequeños regadíos la autopista
    el límite del estado y luego américa

    PABLO GARCÍA CASADO, Las afueras, (DVD ediciones)


    Nabokov escribía de puta madre y muy limpio, era un delicioso fingidor, tienes razón, Pablo. Me gustó conocerte, a ti y a Jordi, sobre todo. Hasta Eloy me cayó bien. Conoceros me hizo caer en la cantidad de gilipolleces que he podido decir en estos años, y cerciorarme de las pocas cosas cabales que he escrito, sobre todo porque hay quien las suelta más gordas que yo y se queda tan ancho, y alguno hasta le ríe las gracias. Os admiro, la verdad, y, como Nabokov, a eso tampoco le quitaría una coma, aunque me demore en algunas cosas. Nunca me han gustado la lolitas, siempre lo he dicho. A mí me van las mujeres tibias, de raíz, muy italianas y con el culo redentor, bien hechas y con el corazón en brasas, al punto, como la carne. Las lolitas no, ya está dicho. Pero es probable que un día acabe como Humbert, enfermo, blanco y mustio, esquivando la muerte entre las piernas de una hembra tierna que podría ser mi hija.

    Ya tengo 37 años, lo sé porque el otro día, después de leer a Scorsese y Coppola desde el sofá, mucha gente me dijo que me quería, bastante —are you talking to me?—, y eso sí me salva, no, eso no es ninguna gilipollez. El caso es que hoy en día, una hembra de 18 años ya podría ser mi hija, o casi. Y no tengo claro si eso debería comenzar a preocuparme.

    El segundo premio eran tres mil dólares, y me dije a mí mismo, ¡tate!, y el tercer premio era una visita de una semana a algún suburbio en el estado de Nueva York, lo que para nuestros propósitos era casi tan bueno como ir a Irlanda, o sea un desastre. Era tan bueno como un agujero en la cabeza.
    Los otros dos jueces eran lo que en Inglaterra se llama «big
    heads» (fatuos). Uno era un político de Washington joven y
    prometedor, y el otro una dama de la alta sociedad, famosa
    por organizar fiestas de elite a las que asistían los más ricos […]

    —Escuchen —dije—, aquí tienen las tres cartas que hemos elegido como ganadoras de su excelente concurso —estuve a punto de decir «después de larga deliberación» pero no quise forzar mi suerte.
    Por desgracia para mí, el agente de relaciones públicas de los importadores de ropa para el hogar decidió leer las cartas y consideró que la carta de mi chica merecía el primer premio.
    —Oh no —me quejé—. Por Dios, su gramática no le da derecho al primer premio.
    Sé tanto de gramática como mi trasero de la caza de la agachadiza, lo cual no es mucho, pero estaba en una situación desesperada y tenía que cargarme a la chica para ayudarla.
    Al fin logré imponerme y hacer que el hombre cambiara de opinión.
    —¿Desea usted relegar su carta al tercer premio? —preguntó.
    —Oh no —dije yo—, merece el segundo premio. La gramática no lo es todo.

    BRENDAN BEHAN, Mi Nueva York


    Los premios son, a menudo, otra gilipollez. Sólo cuenta el trabajo. La verdad es que yo también he sido mucho tiempo un completo idiota, por no presentarme a ninguno. Con diez o doce mil euros en un año, con cuatro o cinco premios de cuentos, ya habría puesto en marcha la editorial, y la revista, sobre todo. Vale, a veces el trabajo y los premios pueden conciliarse, lo sé porque tengo amigos que escriben de puta madre, que no conocen a nadie, y que ganan premios limpiamente. Sí, creo que he sido un completo idiota. Aunque sigo creyendo en el trabajo, sobre todo.
    Me ronda la cabeza Nueva York, releo a Céline, redescubro a Cheever, recuerdo el número de la revista Dulce Arsénico y, sobre todo, me vienen a la mente las fotos de una amiga mía, Susana Barberá, que tiene todo el talento del mundo. El día que Obama ganó las elecciones Nueva York se parecería bastante a una botella de cerveza recién abierta con los amigos. De repente todo fue posible, al menos durante el trago y el abrazo.

    Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso.
    Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno.

    JULIO CAMBA, La ciudad automática


    Aquí, de bitácora en bitácora, encuentro a menudo gente con talento, gente que no suele decir gilipolleces, gente con la que me tomaría una cerveza, la verdad. Por eso, si alguna de esas personas termina yéndose a Nueva York antes que yo, que se tome una Budweiser y lea a Lorca —o a quien le dé la gana, será por perros— en Brooklyn, que lo haga por mí, por favor. Y si se encuentra con mis amigos de allá, mi mecánico del tunning, la Pocahontas argentina de museo en museo, o mi hermano negro, Mike, que les dé recuerdos, y les diga que no tardaré mucho en visitarles.

    Sábado, 29 de noviembre de 2009, 21.05 horas.

    Si escribes, tienes una bitácora y te apetece viajar a Nueva York, pásate por aquí, que tendrán abierto el garito todo diciembre:

    12/11/08

    Desenvainar.

    Hoy iba a derramar aquí una especie de libelo contra la hipocresía de algunos actores (editores, autores y críticos) en esta inacabable tragicomedia de lo literario. Pero, con franqueza, no tengo ganas de perder el tiempo: todo va a seguir igual, y ya me he partido otras veces la cara sin que nadie hiciera examen de conciencia, mientras muchos miraban en silencio y asentían en privado, o incluso algún enemigo fisgoneaba a escondidas con su omnipresente hocico de jabalí. Allá cada bufón y mercader con sus piruetas y miserias. Prefiero fijarme en lo positivo, que hay mucho, y callar, o decir la mía de otros modos, sembrando posibilidades, a poder ser, en vez de segando cabezas. Sobre todo porque volverán a crecer, como rabos de lagartija.
    Hace más o menos un año de la entrada que sigue (20 de noviembre de 2007), y la publico de nuevo porque en cierto modo experimento estos días sensaciones parecidas que se mezclan: renuncia, hastío, desencanto, y sin embargo, confianza, seguridad y fortaleza. Es extraño. Me alegra comprobar algunas cosas, como que el Diomedea haya regresado y la gente esté respondiendo; que algunos de mis amigos, en estos doce meses, hayan crecido tanto como escritores y publicado libros estupendos (dicen que dos escritores sólo pueden ser amigos a condición de que no se lean nunca mutuamente, pero en mi caso tengo suerte: estos cabrones escriben bien y encima son buena gente); o que mi trabajo por fin, poco a poco, cobre forma, dirección y peso, para que dentro de un año podamos estar ya hablando de un primer libro de relatos (mi convicción es absoluta por el esfuerzo diario y porque la pasión volcada también es absoluta; el talento ya es otra cosa, y uno llega donde llega), aquella antología de primeros del 2009, la novela en ciernes para 2010, etcétera. En fin, creo que 2009 será un gran año para quien os habla, al menos en lo vocacional/profesional. Espero dar otros pasos en firme para crecer también como profesor y editor, y ayudar así a pulir o difundir las letras de otros, algo que, la verdad, he descubierto que me hace razonablemente feliz. Pero también después de un año me preocupan otras cosas o, mejor dicho, me dejan un mal sabor de boca, porque de tan sabidas ya no llegan siquiera a preocupar, sólo escuecen un poco, nada que no pueda solucionar algún placer sencillo o una dimisión provisional de la rutina: dejar un rato las letras y salir a la calle, a oler lo que le hace el otoño a los parques.


    Desenvainar.


    «Y al escribir estas líneas sé hasta qué punto me expongo a inspirar recelos en quien mayor interés debería tener en tratar con miramientos, y ahora más que nunca. Pero de todos modos las escribo, y con mano firme, inexorable lanzadera que devora la página con la indiferencia de una plaga.»

    SAMUEL BECKETT, Molloy


    «No existe el otro lado. Sólo conseguirás un arañazo en el espejo.»

    DIEDERIK SCHÖNBLICK, El libro de los náufragos



    UN BUEN SAMURAI sólo desenvaina su sable si la situación le obliga de veras a emplearlo. Algo más que un código de honor le fuerza a manchar de sangre la hoja, cuando una afrenta mal medida o un falso peligro le conducen al error. El corte sumiso en la propia carne es entonces algo más que un rito, pues en el espíritu de todas las leyes justas está la disciplina ―la útil―, el calibre de todas y cada una de nuestras acciones, y el frágil equilibrio con el que éstas nos sostienen entre el orden y el caos. El buen samurai no sólo obedece una ley, sino que manifiesta su naturaleza, por eso recordará en la próxima ocasión el desdoro de su impulso, y mantendrá su mano ―lacerada en la memoria― firme al cinto, detenida, pero siempre alerta.


    *

    Debería escupir en la cara de los que me ofrecen la espalda.
    Debería decir que hay amigos que destiñen en gris ceniza.
    Debería dejar en cueros a aquellos hipócritas.
    Pero no tengo ganas de dar un rodeo tan inútil.
    Ni de mostrarle a nadie el color de la llama.
    Ni me atañe abrirles los ojos a los ciegos.

    Estoy muy cansado.

    *


    TODAVÍA HOY ABUNDA la absurda concepción del libro como una suerte de icono sacramental. Hasta los ascetas, en su retiro del mundanal libro, continúan albergando en la médula de su discurso ―o su negativo de silencio, que conforma la misma imagen, invertida― un hálito de sacralidad en torno al libro, aun cuando pretendan el ayuno y la renuncia. Es el editor fariseo el que primero bendice o sanciona, y toda la curia subalterna va entonando el salmo, mientras el autor fabrica un credo o una filípica apóstata, según sea ungido o excomulgado por ese sanedrín de papel. Aún hoy se convocan concilios, se murmura en las homilías, y se instauran cruzadas fraticidas, y el libro, siempre el libro, pende del blasón del templario, luce en el anillo del obispo, o lo ofrece el cuervo hablador en la eucaristía. Las siete plagas, el mar dividido, los primogénitos, holocaustos, milagrería, procesiones, los dichos de los apóstoles, capirotes ―capirotes por todas partes―, nazarenos e iluminados, la misma pantomima en el extremo de cada una de las siete colas del gato o en la empuñadura del látigo. Tan ufano cada Mesías de su rigor como cada mercader de su pedazo de templo. Todo el mundo trasiega en ese templo del libro, el Mesías no hace otra cosa que venderse mientras juega a desbaratar el mercadillo sacrílego. Incluso hay Verónicas y Magdalenas que en el epígrafe de los libros dejan su aroma de santidad, mientras al abrirse de cubiertas, todavía se corre la tinta de los tipos, y en esa neblina azul que envuelve entonces cada letra flota otra vez el eco de sus verdaderos nombres de ramera.
    Imaginería. El cobarde que niega tres veces al libro antes del canto del gran gallo hablador, o hasta el Judas que no tiene ni la decencia de ahorcarse de un olivo cuando ya todo el mundo ha olido en sus hábitos el hedor de la carroña. El centurión que abandona la columna y hunde su lanza en el costado. La Semana Santa del Libro. Los Reyes Magos y sus alforjas de libro, incienso y mirra. Figuritas de Belén, figuritas de leer, hasta un pastorcillo cagando detrás de un matorral, a la orilla de una corriente de papel ―de aluminio―. Religión e Iglesia del Libro. Babilonia, Sodoma y Gomorra, la Banca Vaticana, y cirios a tres euros, un euro la estampita, cincuenta céntimos la candela pequeña, colabore con la construcción del templo, es la voluntad.


    *

    He de recordar asomarme a ciertos acantilados.
    He de saborear de nuevo el vértigo.
    He de retomar viejas batallas.
    Aunque el miedo me empuje a una oración.
    Y el silencio se instale en la boca.
    Y caiga en plena tregua.

    A veces me doy asco.

    *


    Y un viajero a campo abierto que avanza a tientas, y ni una maldita luz en el camino. Las campanas enmudecen en la distancia y no hay ni rastro del espíritu. Cualquier iglesia ahora ya no es más que un montón de ruinas bajo tierra. No hay huellas de lo sagrado, no allí.
    Sólo en privado, como la fe. Sólo en silencio, como el deseo.
    Y el viajero envaina entonces su fervor.
    Y quién necesita un templo.
    Y al fin calla.
    Y escribe.

    6/11/08

    Chistes de pohetas.

    Va un autor novel de narrativa y le dice a su sombra que ha elegido un heterónimo para desarrollar su obra poética al margen de los modos que imperan en el mercado del libro: en poesía, con más motivo si cabe que en otros lenguajes artísticos, considera preciso cambiar el sentido del vector dominante y defender la verdad de un texto por encima de la impostura que implica el cuidado de una firma.

    Y se queda tan ancho.

    *

    Va un juntaletras de tres al cuarto, se levanta una mañana y, con el estómago aún vacío —esto no le exime del delito—, escribe una cosa como esta, que se supone es el borrador de un pohema, cuando en realidad es cualquier otra cosa, qué sé yo, un serrucho, una tostadora, pelo de caniche trasquilado, zarandajas, vamos:



    I



    Hierros, menhires, puñales,
    decidme
    con vuestro acento de hielo
    en qué lugar quedó lo fértil
    dónde la raíz ciega
    nuestra legítima sed
    ahora que la yema es muda.

    Decidme de una vez
    en qué terrón se deshizo el gesto
    dónde perdimos
    las aristas y el filo
    y dejamos de sembrar.

    Decidme
    dónde nos derrotaron
    el óxido y la grieta.


    *


    Va un tipo curco e insufrible y escribe esto en el colofón de un supuesto libro de poemas, como agradecimiento, como si se pudieran dibujar cenefas en la arena del parque con el chorrito marrón de una colitis:

    Quiero darle las gracias a una partida de dados entre los cabos de Creus y Gata: mis antepasados layetanos, griegos, fenicios, romanos, godos, árabes, bereberes y judíos, mi abuela tremenda de Caravaca de la Cruz, mis desconocidos abuelos de Alicante y del altozano de Albaida, mi padre levantisco y levantino, mi madre catártica y catalana, todos esos muertos tan míos, me dieron un inventario de nombres condenados a perderse, pero me legaron sobre todo una sangre sucia, estrenua y vivaz. La inquietud de esta sangre me empujó a tantas patrias, que ejerzo ahora mi derecho a la renuncia y me declaro huérfano universal de todas ellas, porque ninguna me colma y a ninguna ofendo, porque en todas soy extranjero y en cualquiera a la vez un huésped, o viceversa, tanto da. Doy gracias porque en cada orilla puedo llegar a ser náufrago o nativo, y eso alivia al nómada que ya soy, eso impide la inercia y perpetúa esta sed que siempre traigo a cuento y tanto agradezco, la que me insta a escribir todavía, por la que puedo decirme aún y decir búsqueda, deriva o viaje, a la espera del motín de otros huérfanos, a contracorriente, sobre un madero —otro vivir— al que podamos llamar vida.
    *

    Hacedme caso, hay que apalear a esta gentuza, il faut, vraiment. Si queréis saber de poetas de verdad, sin hache de hilaridad, sin heder, sin hartar, poetas que trabajan duro y perfilan suave, que sobre todo afilan cada verso, consultad la Agenda de esta bitácora. En Madrid tenemos dos jueves afortunados para la poesía, hoy con Luis Luna y la semana que viene con Berna Wang. Leed, leed, benditos.

    24/10/08

    Presentación del libro "Entradas de cine" de Medardo Fraile.

    Foto de www.ciertadistancia.blogspot.comHoy, viernes 24 de octubre, a las 20 horas, se presenta en la Sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes de Madrid el libro Entradas de cine, de Medardo Fraile, maestro de cuentistas y mejor persona (un niño sabio que pasa de los 80). Participarán José Luis Garci, Lourdes de Orduña, Juan Cobos y el editor, Antonio J. Huerga.

    El Círculo de Bellas Artes está en la C/ Marqués de Casa Riera, 2, entre las estaciones de metro de Sevilla y Banco de España.

    DATOS:

    Título: Entradas de cine
    Autor: Medardo Fraile
    ISBN: 978-84-837472-7-8
    Precio: 14 euros
    Edita: Huerga y Fierro

    Y si no podéis acudir, leed, leed los cuentos de este hombre, que son vida y son verdad, os lo aseguro. Si no sabéis por dónde empezar, os sugiero uno de estos dos, en especial el de Páginas de Espuma, con un maravilloso prólogo de Ángel Zapata:

    Título: Cuentos de verdad
    Autor: Medardo Fraile
    ISBN: 978-84-376178-2-4
    Edita: Cátedra




    Título: Escritura y verdad. Cuentos completos
    Autor: Medardo Fraile
    ISBN: 978-84-956423-8-7
    Edita: Páginas de Espuma



    Abrochando lo uno en lo otro y del cine a un prólogo, y del prólogo a todos nosotros, cuando pase el día de hoy os recordaré otra cita para el próximo viernes, que ya figura en la Agenda de esta bitácora, pero sobre la que hay mucho que decir, y voy a decirlo, antes de que suceda:


    Aumentar imagen

    El próximo viernes 31 de octubre se presentará en Madrid Nosotros, todos nosotros, el esperado nuevo libro de cuentos de Víctor García Antón, que se abre con un prólogo —cómo no— del escritor y profesor Medardo Fraile. El acto contará con la presencia del escritor Alfonso Fernández Burgos, y tendrá lugar a las 19 horas en el salón de actos de la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina, en el complejo El Águila, de la calle Ramírez de Prado, número 3.


    A continuación, alrededor de las 21 horas, tendrá lugar una reunión en el Bar Hall del cercano Rafaelhoteles Atocha, en la calle Méndez Álvaro, número 30, donde el autor firmará ejemplares de su libro.

    Título: Nosotros, todos nosotros
    Autor: Víctor García Antón
    Prólogo: Medardo Fraile
    ISBN: 978-84-935618-6-4
    Precio: 14 euros
    Dimensiones: 13,5 x 21,5 cm
    Páginas: 112
    Edita: Gens
    Colección: Guermantes, número 14

    Distribución y venta:

    - Carrasco Libros Tel.: 91 569 16 00 / 08

    - A través de la editorial:

    Gens ediciones
    C/ Santa Inés, 4
    28012 Madrid
    91 467 11 02
    correo-e del editor
    El mismo día de la presentación habrá ejemplares a la venta, durante la firma del autor.

    - Librería recomendada:

    Tres rosas amarillas
    C/ San Vicente Ferrer, 34.
    28004 - Madrid.
    Tfno. 91 522 81 08
    También puedes hacer tu pedido en su página web.