l acto creativo y la asunción del libre albedrío son dos tareas hermanas. A primera vista, todo el mundo se supone libre y todo artista se dice creador, pero lo cierto es que los humanos solemos seguir la vereda marcada, aun sin admitirlo o tener siquiera conciencia de ello. Por eso el acto creativo y el pleno ejercicio de la libertad beben de la misma fuente y necesitan de la misma dosis de valor y soledad. Valor para estar solo, soledad para no rendir cuentas a nadie ni esperar su aprobación. Pero, del mismo modo que la semilla no germina si no llueve y la leña no arde bien si no está seca, la creación y la libertad no son auténticas, no iluminan ni calientan hasta que no se evapora la misma humedad que antes ayudó a crecer al árbol. La gente luego se ilumina o se calienta, eso es cosa suya, pero el fuego no piensa en la leña ni espera bendiciones: arde.Aprovecharse de la madera. Saquear el bosque, esparcir las tablas en el astillero, armar una flota y conquistar una playa inútil al otro lado de nuestra obra. Y después saber que nada está hecho, que el reconocimiento será espuma y marea, que fuera del gesto todo está vacío. Es entonces cuando hay que quemar las naves, atreverse a olvidar el camino de vuelta a la fuente y atravesar el desierto a solas, con firmeza, sin echar la vista atrás y dejando que sea el tiempo el que juzgue si a nuestro paso brotó un bosque nuevo o fuimos tan solo otro grano de arena perdido entre las dunas.
Para crear algo nuevo hace falta haber heredado las herramientas y merecerlas, para ser libre es necesario conocer las opciones y renunciar, y para encontrar un camino nuevo es preciso haberse atrevido antes a estar perdido, desorientado y expuesto. Sólo es valiente quien tuvo miedo, sólo quien conoce de veras las reglas tiene la legitimidad para saltárselas, y sólo el baqueano tiene coartada para prescindir de los mapas. El talento tiene más que ver con la audacia y el esfuerzo que con el don azaroso, porque una cualidad especial en manos del creador no es más que la chispa del pedernal. Sin una yesca seca no vale de nada, y el arte es una hoguera que prende mejor en la renuncia, y arde despacio, solitaria, para marcar un punto de luz en la distancia a los viajeros que también se atreverán, que también se tomarán el trabajo de no conquistar a nadie más que a sí mismos.
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Termina un año especial, raro y agridulce. En esta orilla nueva apetece quemar las naves y sentarse a contemplar cómo se hunden las fogatas en la garganta oscura del océano. El océano es a veces un artista ambulante, un tragafuegos que se gana la vida de puerto en puerto, escupiendo hallazgos y engullendo espejismos. Así me parece haber asistido a un espectáculo callejero, desde esta acera del muelle en la que ahora estoy sentado, despidiendo a los feriantes que la ciudad engulle entre sus acantilados de hormigón. La ciudad suele ser una puta amable, una madre valiente que se gasta la vida en cada aliento y sólo le pone precio al tiempo, tolerando a sus hijos y pariendo bastardos. Así veo la realidad en este día y desde esta orilla, un naufragio en brazos amables, belleza en la pérdida y suciedad en el refugio bendito, fin del viaje y patria nueva, isla de asfalto desde la que comenzar otra vez. Mañana, como decía uno, es el primer día del resto de nuestras vidas. Sin heroísmos, sin salvas de honor, sin hacer mucho ruido, botaremos una balsa de madrugada y bogaremos calle abajo, despacio, a reinventar el mundo.
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Recordaré el 2007 como el año en que comencé mi camino al otro lado del libro, un 23 de abril, precisamente, como inmejorable augurio. El año en que aprendí a olvidarme un poco de mí mismo y a ver las cosas desde otro prisma, un punto de vista poliédrico que abarca más, que abraza a los demás sin esconder la mano izquierda. Por eso la ventana para vosotros, los relatos mínimos y el espacio abierto de par en par. Por eso todo lo que vendrá, si lo que no está en mi mano me asiste, que no dejaré ninguna otra cosa al azar, sino al esfuerzo. Los libros de otros, la revista tal vez, y cualquier otra balsa de papel y letras en la que me embarque. Quiera el 2008 que en el otro libro, el mío, mi mano «diestra» deje por fin su firma para que de una vez sea también vuestro.
El que hoy termina será para siempre el año en que tiré a la hoguera las cartas estériles, la esperanza baldía, la inocencia inútil, y al calor de esa llama, mientras con el atizador voy removiendo las brasas, hoy la ropa vieja se consume y ya no hay disfraces que valgan, que la desnudez era esto y no enfundarse en una piel sólo dicha pero no curtida. Amar no era esto, ahora lo sé, y desnudo ya no espero más que un poco de sol cuando amanezca. Dudo que mi memoria le ponga fecha, aunque el olvido deberá señalar este 2007 como el año en que algo se quebró en mí para siempre, pero lo que primero pareció una pérdida irreparable, resultó ser tan solo una grieta en el caparazón, un modo de rasgar el viejo abrigo de seda y de una vez volar, sin presumir de alas, como el insecto que no piensa en aquella larva reptil que un día fue, ni espera bendiciones, y vuela, sin más. Y volando vive, sin mucho plazo, saciando su sed aquí y allá mientras fecunda cada copa y trata de no romper ninguna. Libre entre los árboles, trazando fractales en el aire nocturno, hasta que en una inevitable vigilia, a la orilla del bosque la luz de un porche le hechiza, y se arma de valor ―o de locura― para arrojase a la llama. Es entonces cuando su naturaleza, su cuerpo de papel y polvo se inflama y cruje en un fogonazo, y cae sobre la tierra húmeda, en una muerte útil.
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Lo mejor de 2007 fueron ciertas manos tendidas, algunas de ellas las vuestras. Sed valientes y no dejéis que vengan a buscaros los temores y las dudas del pasado. Quemad las naves. Tomaros la libertad de salir a por aquello a lo que os impulsa el deseo. En este día, el mío es un 2008 útil y encendido para todos aquellos que se atreven a crear y a creer en la belleza.





