Día de difuntos.«Mañana podré decir, por fin, que soy sólo un hombre que escribe, un hombre hueco que escribe en un papel en blanco, sobre una mesa vacía, desperezado por el aire limpio y frío que entra por la ventana, un hombre vacío y en blanco que se reescribe a sí mismo.»
El libro de los náufragos, Diederik Schönblick ENGO QUE MATARLA. La agonía dura ya demasiado y, la verdad, me irrita. Me saca de quicio que todavía se convulsione, que incordie a todas horas con sus lamentos, que me agarre la manga del jersey y me dé la murga con lo de siempre, cada vez que me acerco a su cama para ver si la ha palmado ya de una vez. No la soporto. Es una bestia egoísta e insufrible que lo quiere todo, y no es capaz de apagarse en silencio, no, ha de revolver toda la casa con sus voces, sus demandas y su soniquete plañidero. Con lo sencillo que sería dejarse ir, como cualquier animal moribundo que busca un rincón tranquilo y sombrío en el bosque, y se tiende sobre los helechos, para hundirse en ese dulce sopor de la muerte callada.
He de matarla cuanto antes, o me voy a volver loco. Necesito recuperar el silencio, la sencillez de la palabra justa, una columna de aire limpio sobre la mesa vacía, mi papel en blanco, mi santísimo papel en blanco, libre de borrones y anotaciones ajenas. He de matarla pronto o se tragará para siempre mi propia voz, esa que siempre se apaga bajo la cháchara atolondrada de la bestia. Para ella es muy fácil salir a la ventana y asustar a la gente dando voces, y volcar todo su delirio aberrante para llamar la atención, y llenar cada espacio de una niebla tan espesa que parece cemento líquido, una pasta gris que todo lo confunde y lo engulle. Sí, muy fácil derramar todo ese engrudo inútil sobre el mundo, y quejarse luego de que no se distinguen las cosas, de que le sangra la boca cada vez que se revienta la cara contra un obstáculo. Así no hay manera, cómo quiere llegar a ninguna parte ni que le escuchen, si todos y cada uno de sus artefactos se hunden en arenas movedizas, si la gente ya tiene bastante con tratar de hacer pie y que no le llene los pulmones esa pasta gris con la que los envuelve. Resulta patético, cuando a veces el engrudo ha alcanzado ya la cota de la ventana, y la quimera da una zancada y sale, y trata de avanzar con unas brazadas convulsas, como una polilla en la tela de araña. Pero no se deja embalsamar en un capullo de seda, que es lo que hacen al final todos los insectos cuando llega el momento, no, ella se agita y berrea, zumba, la maldita, hasta rasgar los hilos y hacerle un siete a todo el trabajo de la inocente araña, que no se mete con nadie, que espera en su escondite y no toma más de lo que el azar y el viento le envían. Luego la bestia se zafa, desaparece de la escena dejando atrás el estropicio causado y regresa a mi mundo, no sé cómo, pero el caso es que siempre lo hace, y aquí la tengo, todo el santo día como un estruendo de martillo mecánico que se filtra por las paredes, que sacude la juntura de las tablas y mi cordura, que hace vibrar el polvo sobre los muebles. Ahí arriba, en su cuarto, se ha montado su guarida, llena de cachivaches y telones de mal gusto, quincalla recogida de las calles, fotografías robadas a los ahogados de la niebla viscosa. Con una barcaza que varó en su ventana un lunes, en una de tantas inundaciones, se hizo un altar para sí misma, rodeado de ofrendas forzadas e iconos de todo a cien. Su madriguera es una cripta en la que el ambiente se hace irrespirable, infestado por el humo de la soberbia, los hábitos sin orear, el hedor de la cera vieja, y de esas mechas que arden tan mal, embotadas aún en la saliva gris del cemento. Hay unos cuantos cirios de pie que rodean la cama, y también del techo –desconchado, del que llueve una caspa de yeso a cada grito– cuelga un lamparón de araña, y sus patas de bronce sostienen en cada extremo unos gruesos velones, que, igual que los cirios, llevan inscripciones absurdas en rojo lacre sobre sus troncos, que se deshacen en goterones baldíos, como el semen de un ahorcado. Tengo que matarla de una vez, no tiene ningún derecho a joderme la vida con su mala manera de morirse. Bastante he aguantado ya sus memeces, sus aspavientos y sus desmanes. Siempre justificando cada vidrio roto por las ganas de mirar, siempre disculpando cada papel mojado por sus ganas de decir, por esa baba idiota que le cuelga de la vanidad, como a una becerra que boquea en el matadero, atascada en un corredor que le aparta del camino del verdugo. Pero aquí está la bestia gris, la veo venir desde hace mucho, no importa que se revuelva y cocee las paredes, ya va siendo hora de que me devuelva el silencio robado, de hundir el hierro en su testuz, para que se desplome por fin y me deje hacer las cosas a mi manera. Es el momento de acabar, hoy es el día perfecto, de modo que he de matarla ya, y enterrar pronto –antes de que le apesten las entrañas, abotargadas– el cadáver de esta bestia en cualquier rincón del bosque. Un buen día crecerán nuevos brotes y no quedará ni rastro, bajo la sombra delgada de los árboles. Hoy es un gran día, ha llegado la hora, voy a matar a esta bitácora. |