«Me gusta pensar que ese texto [*] sirve como metáfora o explicación de mi mejor manera de escribir cuentos: hacerlo con el instrumento sin afinar, improvisando, buscando a saltos las mejores teclas para que la historia suene.»Hipólito García Navarro -biólogo interruptus-,
de su entrevista en El Síndrome Chéjov.
[*] Las notas vicarias, incluido en Los últimos percances, Seix-Barral.
VOLCANES EN LOS PARQUES.
Para Víctor García Antón y Ángel Zapata.
ACE TIEMPO QUE NO NOS ASESINAMOS, y comienzo a preocuparme. No quisiera que me malinterpretaras, ni que vuelva a suceder lo de las vicarías en llamas, no estoy por la labor de vadear otra vez los arrabales en tu busca, sólo porque he olvidado salir con el piano de cartón en la mochila. No estoy enojado contigo, créeme, muy al contrario, pero todo aún es muy reciente, y necesito que lo comprendas. Parece que lo estoy viendo ahora mismo, querido, todo es como un cinematógrafo que me empapa las sienes con su luz verdosa.Anguilas que se anudan en las ramas de un baobab etíope. Viudas que saltan de espaldas en los acantilados, como se hunden los buzos en el Báltico. Relojes de pared que dan las ciento ocho horas del día en hebreo. La sal de los quitanieves sobre una retama de ortigas ciegas. El polvo entre las uñas de los libros, fotografías en las solapas de las manos, mentiras en la cubierta de un buque insignia, arpones de vidrio en el lomo de una ballena amarilla. El cálamo y la verga, la costura y el balandro, colmenas y sarmientos, qué bien quedaba todo colgado del viento, en las estanterías de noviembre.
Esto lo conservo con absoluta nitidez: sargazos en las galeradas de una deriva, entiéndeme, como si fuera la gabarra la que rasgara la cortina de lotos. Rémoras de humo en la nuca de un ciclista que atraviesa el páramo, un mascarón de proa encallado en el funeral de un trapecista húngaro. Violines, sobre todo violines, en las galerías de una cárcel derruida. Aves de ceniza que surcan el velo de amianto de las fábricas, bandadas de ferroviarios que migran al sur, mientras todo el mundo lee poemarios de esparto en las azoteas del otoño.
Zapatos, quinqueles, sombreros, candelabros, abrigos, bujías, paraguas, bombillas, maletas, millares de maletas fundidas, todo esparcido como si fueran argollas en una sastrería, todo esparcido y apagado, créeme, en el patio desierto de un colegio fantasma. Barracones y crematorios para el exterminio de los unicornios, cementerios búlgaros en la explanada de las vírgenes, mausoleos de mercurio en cada callejón de la ciudad sumergida. Aún me cuesta creer que no bautizáramos aquél pasaje de la antigua serrería. Todavía estoy viendo llover en la gran nave de los cipreses, por una vez horizontales, ellos los muertos. De hecho, llueve, llueve tanto que no se distingue el techo.
Hurones –sí, dije bien, hurones– que se enroscan en los tobillos de una pianista tibetana, mientras el nocturno se derrama entre los muslos y todos los poliedros, por muy fieles que digan ser a la parroquia, abjuran sin excepción. Robledales enteros a la fuga, hacinados en bitácoras de caoba, que desertaron de los galeones de siempre –demasiado hemos hablado ya de todo esto– para conducir al exilio a esas interminables caravanas. Una fortaleza de obsidiana en lo alto de aquellos peñascos azules, con su guardia de hipocampos en perfecto estado de revista. El brillo de las alabardas sobre las losas del patio de almas, insoportable, como si la luna se hubiera partido en mil lascas que se mantuvieran en prodigioso equilibrio sobre un bosque de bastones. Nunca nos gustó la instrucción, eso es cierto, pero la hija del bibliotecario –¿has vuelto a verla alguna vez?– se derretía por nuestra pechera de fieltro con aquellas aldabas de latón. Tengo el sabor de sus axilas en la boca del estómago, eran tan convexas, tan brillantes.
Y los cartelones de alabastro, todavía suenan cuando hay eclipse y se agita el aire ¿puedes creerlo? Ya sabes, se hacen un ovillo y canturrean, como aquellos ángulos que anidaban en las clavículas de las panaderas. Y aquellas lavanderías, esas no llegaste a verlas, pero Dios, no sé cómo decirte que no había ni un solo cormorán que no sostuviera un mazacote de barro en aquellas bandejas de sombra. Así fue siempre, y así sigue, tal como te lo estoy diciendo, cartelones de alabastro, y mazorcas de satén, y persianas de azufre, y gavillas de ahorcados, tendidas sobre el mármol de las catedrales, como si fueran manojos de olvido, ¿te acuerdas? Las vendían casi tan baratas como aquellas circulares con los secretos de confesión, aunque siempre admiré, he de decirlo, el modo tan exquisito en el que encuadernaban aquellos legajos de silencio verjurado. Daba gloria pasárselos por las mejillas, luego llegábamos al corredor y el viejo nos zurraba de lo lindo porque teníamos los pómulos negros. «Que olían a lechazo de muerto», decía el viejo cabrón.
En fin, camarada, así lo recuerdo todo, encendido y afilado, como si me rajara ahora mismo en las muñecas con una navaja verde, te doy mi palabra. Te escribo en la bañera, he de moverme un poco antes de que me cubra la lava, y este uniforme me está matando. Ya sabes que me llevo el trabajo a casa, no puedo evitarlo, aunque cada día hay menos volcanes en los parques, y como esto siga así ya ni sabré qué hacer. La gente ha perdido el respeto por lo imprevisible y se sabe de memoria los accidentes, aun antes de que sucedan, me da asco la gente, con esas cejas postizas. Qué te voy a contar que ya no sepas. Pronto nos veremos, y quiero que todo sea como antes, no voy a tenerte nada en cuenta, querido, confía en mí. Recuerda olvidarme para que cuando nos encontremos podamos volver a conocernos, ya sabes que adoro esa forma que tienes de tropezarte conmigo, cuando llevas prendido un quebrantahuesos en el ojal, y vienes deshojando gárgolas por la avenida, como si nunca hubieras estado en la estación del Este, sabes de sobra que allí, entre las vías, florecen cada tarde las cariátides. A veces pienso que lo haces adrede, pero me encanta que te ofendas y me preguntes cada vez que quién demonios soy, mientras saltas a un banco, como si fuera a leerte cualquier cosa, o a torturarte con una revista, ay, amigo, como si no nos hubiéramos empujado tantas noches en el andén del paseo marítimo, cuando se acercaba el tranvía.
UANDO UN ESCUADRÓN DE ARAÑAS trepa por las cañerías, ¿qué fe puedo conservar entonces, si me doy cuenta de que soy un hombre hueco? Me agobia el rasgar de sus patas en las paredes, si las oyeras, es como si arrugaran un pedazo de estraza en mis oídos. Me da náuseas oler la hostilidad con la que clavan sus ojos de sastre en mi cabeza. Acosan la última madriguera del deseo, la quieren, la reclaman, para devorar esa esperanza acorralada. Presiento los despojos de mi nombre entre sus mandíbulas, mi memoria embalsamada en un sudario de seda y mentiras, el rastro de mis días almacenado al fondo de una tubería, en un nicho de mugre. Soy un hombre hueco poblado de arañas y otras tribus, acreedores del miedo, usureros del valor y un pelotón de ácaros que, como aquellos cangrejos rojos de Oriente, repiten en sus lomos la miniatura de un rostro histriónico de samurai flautista. Soy un nudo de cañerías que apenas consigue decir algo por cada junta, una red de gases innobles que silba en cada tuerca floja, una flatulencia que anuncia lo senil, y por algún aneurisma metálico, mientras parece que por fin todo va a reventar de veras, surge cualquier palabra inútil, enlatada, que al rato se va borrando en un olvido tubular.
INGÚN NOMBRE puede abarcar todo lo que media entre el silencio y la palabra. La palabra dicha, a menudo, es sólo una manera burda de tararear una canción más honda, una melodía que se nos escapa, y la palabra escrita pocas veces logra atrapar en su abecedario todos los matices del silencio. Tal vez para aliviar esa alienación del hombre, que no deja de estar hecho de palabras, de signos y de símbolos, y sin embargo no es capaz de construir la versión más fiel de sí mismo con esos materiales, tal vez por eso naciera la poesía. Quizá para compensar el vértigo que el ser humano siente ante el espejo, al perder el rastro de su naturaleza, difuminado en el azogue de un lenguaje gastado, desubicado en los callejones de un babélico mundo-ciudad.
STE MAR ANTIGUO respira con la serenidad de un anciano en paz consigo mismo, adormecido por los años y la quietud de su conciencia. Y sin embargo, bajo las sienes curtidas y el pecho hundido, aún palpita y hierve una sustancia indómita, un corazón de Ulises, tan presto a la aventura como añorante de su Ítaca. La mirada del Mediterráneo navega encendida por encima de la proa, como una candela que la brisa no consigue extinguir. La cera derretida tiembla y rebosa, formando goterones por los que la llama del deseo brilla, como si fuera el pasado el que impregnara la luz a través de esas gotas, como revive el sol en el ámbar o la miel. El deseo de descubrir, la sed por conocer, bogan sin cesar para mantener el rumbo de este navío perpetuo. El horizonte es el país en blanco, la última isla siempre ignota, en la que reinventar la realidad, pero a popa, a espaldas del olvido, el corazón tiende un cabo inquebrantable, un nudo apretado en torno al hogar y el rostro de los seres amados. Así, entre el destino y el refugio, como el oleaje del alba, todo parece nuevo y al tiempo eterno, y cada día es el primero y el último en el plan maestro de la Naturaleza. Porque cada ola rota es el epitafio de un presente a punto de extinguirse, porque cada ola que riza sus crines de espuma y cabalga contra la orilla, es el nuevo nombre con que este mar bautiza a sus hijos.