Bitácora de Sergi Bellver: octubre 2007

25/10/07

Volcanes en los parques.

«Me gusta pensar que ese texto [*] sirve como metáfora o explicación de mi mejor manera de escribir cuentos: hacerlo con el instrumento sin afinar, improvisando, buscando a saltos las mejores teclas para que la historia suene.»

Hipólito García Navarro -biólogo interruptus-,
de su entrevista en El Síndrome Chéjov.
[*] Las notas vicarias, incluido en Los últimos percances, Seix-Barral.



VOLCANES EN LOS PARQUES.



Para Víctor García Antón y Ángel Zapata.


ACE TIEMPO QUE NO NOS ASESINAMOS, y comienzo a preocuparme. No quisiera que me malinterpretaras, ni que vuelva a suceder lo de las vicarías en llamas, no estoy por la labor de vadear otra vez los arrabales en tu busca, sólo porque he olvidado salir con el piano de cartón en la mochila. No estoy enojado contigo, créeme, muy al contrario, pero todo aún es muy reciente, y necesito que lo comprendas. Parece que lo estoy viendo ahora mismo, querido, todo es como un cinematógrafo que me empapa las sienes con su luz verdosa.
Anguilas que se anudan en las ramas de un baobab etíope. Viudas que saltan de espaldas en los acantilados, como se hunden los buzos en el Báltico. Relojes de pared que dan las ciento ocho horas del día en hebreo. La sal de los quitanieves sobre una retama de ortigas ciegas. El polvo entre las uñas de los libros, fotografías en las solapas de las manos, mentiras en la cubierta de un buque insignia, arpones de vidrio en el lomo de una ballena amarilla. El cálamo y la verga, la costura y el balandro, colmenas y sarmientos, qué bien quedaba todo colgado del viento, en las estanterías de noviembre.
Esto lo conservo con absoluta nitidez: sargazos en las galeradas de una deriva, entiéndeme, como si fuera la gabarra la que rasgara la cortina de lotos. Rémoras de humo en la nuca de un ciclista que atraviesa el páramo, un mascarón de proa encallado en el funeral de un trapecista húngaro. Violines, sobre todo violines, en las galerías de una cárcel derruida. Aves de ceniza que surcan el velo de amianto de las fábricas, bandadas de ferroviarios que migran al sur, mientras todo el mundo lee poemarios de esparto en las azoteas del otoño.
Zapatos, quinqueles, sombreros, candelabros, abrigos, bujías, paraguas, bombillas, maletas, millares de maletas fundidas, todo esparcido como si fueran argollas en una sastrería, todo esparcido y apagado, créeme, en el patio desierto de un colegio fantasma. Barracones y crematorios para el exterminio de los unicornios, cementerios búlgaros en la explanada de las vírgenes, mausoleos de mercurio en cada callejón de la ciudad sumergida. Aún me cuesta creer que no bautizáramos aquél pasaje de la antigua serrería. Todavía estoy viendo llover en la gran nave de los cipreses, por una vez horizontales, ellos los muertos. De hecho, llueve, llueve tanto que no se distingue el techo.
Hurones –sí, dije bien, hurones– que se enroscan en los tobillos de una pianista tibetana, mientras el nocturno se derrama entre los muslos y todos los poliedros, por muy fieles que digan ser a la parroquia, abjuran sin excepción. Robledales enteros a la fuga, hacinados en bitácoras de caoba, que desertaron de los galeones de siempre –demasiado hemos hablado ya de todo esto– para conducir al exilio a esas interminables caravanas. Una fortaleza de obsidiana en lo alto de aquellos peñascos azules, con su guardia de hipocampos en perfecto estado de revista. El brillo de las alabardas sobre las losas del patio de almas, insoportable, como si la luna se hubiera partido en mil lascas que se mantuvieran en prodigioso equilibrio sobre un bosque de bastones. Nunca nos gustó la instrucción, eso es cierto, pero la hija del bibliotecario –¿has vuelto a verla alguna vez?– se derretía por nuestra pechera de fieltro con aquellas aldabas de latón. Tengo el sabor de sus axilas en la boca del estómago, eran tan convexas, tan brillantes.
Y los cartelones de alabastro, todavía suenan cuando hay eclipse y se agita el aire ¿puedes creerlo? Ya sabes, se hacen un ovillo y canturrean, como aquellos ángulos que anidaban en las clavículas de las panaderas. Y aquellas lavanderías, esas no llegaste a verlas, pero Dios, no sé cómo decirte que no había ni un solo cormorán que no sostuviera un mazacote de barro en aquellas bandejas de sombra. Así fue siempre, y así sigue, tal como te lo estoy diciendo, cartelones de alabastro, y mazorcas de satén, y persianas de azufre, y gavillas de ahorcados, tendidas sobre el mármol de las catedrales, como si fueran manojos de olvido, ¿te acuerdas? Las vendían casi tan baratas como aquellas circulares con los secretos de confesión, aunque siempre admiré, he de decirlo, el modo tan exquisito en el que encuadernaban aquellos legajos de silencio verjurado. Daba gloria pasárselos por las mejillas, luego llegábamos al corredor y el viejo nos zurraba de lo lindo porque teníamos los pómulos negros. «Que olían a lechazo de muerto», decía el viejo cabrón.
En fin, camarada, así lo recuerdo todo, encendido y afilado, como si me rajara ahora mismo en las muñecas con una navaja verde, te doy mi palabra. Te escribo en la bañera, he de moverme un poco antes de que me cubra la lava, y este uniforme me está matando. Ya sabes que me llevo el trabajo a casa, no puedo evitarlo, aunque cada día hay menos volcanes en los parques, y como esto siga así ya ni sabré qué hacer. La gente ha perdido el respeto por lo imprevisible y se sabe de memoria los accidentes, aun antes de que sucedan, me da asco la gente, con esas cejas postizas. Qué te voy a contar que ya no sepas. Pronto nos veremos, y quiero que todo sea como antes, no voy a tenerte nada en cuenta, querido, confía en mí. Recuerda olvidarme para que cuando nos encontremos podamos volver a conocernos, ya sabes que adoro esa forma que tienes de tropezarte conmigo, cuando llevas prendido un quebrantahuesos en el ojal, y vienes deshojando gárgolas por la avenida, como si nunca hubieras estado en la estación del Este, sabes de sobra que allí, entre las vías, florecen cada tarde las cariátides. A veces pienso que lo haces adrede, pero me encanta que te ofendas y me preguntes cada vez que quién demonios soy, mientras saltas a un banco, como si fuera a leerte cualquier cosa, o a torturarte con una revista, ay, amigo, como si no nos hubiéramos empujado tantas noches en el andén del paseo marítimo, cuando se acercaba el tranvía.

24/10/07

Fauna.

«El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.»
Mortal y rosa, Francisco Umbral



UANDO UN ESCUADRÓN DE ARAÑAS trepa por las cañerías, ¿qué fe puedo conservar entonces, si me doy cuenta de que soy un hombre hueco? Me agobia el rasgar de sus patas en las paredes, si las oyeras, es como si arrugaran un pedazo de estraza en mis oídos. Me da náuseas oler la hostilidad con la que clavan sus ojos de sastre en mi cabeza. Acosan la última madriguera del deseo, la quieren, la reclaman, para devorar esa esperanza acorralada. Presiento los despojos de mi nombre entre sus mandíbulas, mi memoria embalsamada en un sudario de seda y mentiras, el rastro de mis días almacenado al fondo de una tubería, en un nicho de mugre. Soy un hombre hueco poblado de arañas y otras tribus, acreedores del miedo, usureros del valor y un pelotón de ácaros que, como aquellos cangrejos rojos de Oriente, repiten en sus lomos la miniatura de un rostro histriónico de samurai flautista. Soy un nudo de cañerías que apenas consigue decir algo por cada junta, una red de gases innobles que silba en cada tuerca floja, una flatulencia que anuncia lo senil, y por algún aneurisma metálico, mientras parece que por fin todo va a reventar de veras, surge cualquier palabra inútil, enlatada, que al rato se va borrando en un olvido tubular.
Pero no me compadezco, es mi arquitectura, y pegada a los muros, soterrada bajo habitaciones en las que la gente sonríe, copula, maldice o se soporta, acepto mi naturaleza. Alimento a las arañas con la espera, las cebo con el tedio y las decepciones, cada día están más gordas, parecen puercas inglesas, bien cebadas y ensartadas luego por los alambres de un paraguas, un paraguas negro de notario. Cada día les arrojo señuelos que me dan un minuto más, un margen razonable para urdir otra estrategia y poner a salvo ese último reducto del deseo, de lo que en verdad soy en esa madriguera mía, a solas con el vértigo. No me compadezco, porque al menos soy un idiota que lo sabe y se resiste, porque es una fauna extraña la que me hostiga, aunque trepe por las paredes de mi hueca humanidad. Pero al menos no me desprecio, porque no soy ese trajín de arañas hambrientas, soy sólo un campo de batalla a la espera de los enterradores, un campo de batalla impasible ante la carnicería, un espacio que no abarcan los generales en sus mapas. Si pudiera ser algo distinto, sería el pedazo de tierra en el que decide desertar un soldado, o acaso la corteza de un árbol que reprodujera cada surco del rostro de Samuel Beckett.
El bestiario que me habita es perecedero, sólo necesito la tenacidad del tiempo para exterminarlo y regresar al silencio. Y es que no me compadezco, lo juro, porque al menos no soy esa fauna inmunda que contemplo desde la lejanía, fuera de mí, a cada rato, en tantos rostros. Soy idiota, y soy mezquino, no lo dudo, pero en absoluto soy parte de ese alud de comadrejas que, a esta distancia, desde la casa a la que vivo pegado con mi verticalidad de cañería, parece una plaga de gusanos necrófagos, engullendo hasta la última pincelada de verde sobre el cadáver del bosque. Qué hijas de puta, parece que ríen y todo mientras van a lo suyo, si las oyeras, ríen con esa algarabía de amistades repentinas en un bar, mientras la descomposición hace girar al mundo.

19/10/07

NN.

La casa que construyo sobre esta página
no es más que la sombra
de la casa que deseo construir sobre esta página.

NN, CURRICULUM VITAE, pág. 75.
Julio Espinosa Guerra


NINGÚN NOMBRE puede abarcar todo lo que media entre el silencio y la palabra. La palabra dicha, a menudo, es sólo una manera burda de tararear una canción más honda, una melodía que se nos escapa, y la palabra escrita pocas veces logra atrapar en su abecedario todos los matices del silencio. Tal vez para aliviar esa alienación del hombre, que no deja de estar hecho de palabras, de signos y de símbolos, y sin embargo no es capaz de construir la versión más fiel de sí mismo con esos materiales, tal vez por eso naciera la poesía. Quizá para compensar el vértigo que el ser humano siente ante el espejo, al perder el rastro de su naturaleza, difuminado en el azogue de un lenguaje gastado, desubicado en los callejones de un babélico mundo-ciudad.
Decía el gran ruso que las emociones más fuertes, la dicha más grande y el dolor más devastador, sólo alcanzaba a expresarlos el ser humano con el silencio. La persona que tratamos de levantar con el barro que somos, no es más que la sombra de ese deseo… y aún así, volvemos a levantarnos y a hundir nuestras manos en la misma arcilla, alfareros eternos, inagotables, insensatos.

*

NUNCA NADIE podrá acusarme de pretencioso porque desde el primer día ya dejé claro que no soy crítico literario, por lo que esto no es una reseña ni nada que se le parezca. Sólo la constatación –vaga, insuficiente– de una emoción. Entre todos esos nombres que no alcanzan para definir un estado de ánimo, el único que ahora mismo me parece menos traidor que los demás es «satisfacción». Satisfacción por haber participado en este proyecto en su tramo final, en todos esos detalles que convierten el acto solitario del poeta en un esfuerzo cómplice, y van desde la finalización del manuscrito al libro en sí, ordenando el espacio y las huellas sobre el papel, apuntalando el andamiaje de la obra. Y todo lo que queda por hacer desde este momento, ya con el ejemplar en mano, cuando la edición deja paso a la difusión. Satisfacción por la audacia de Gens ediciones, que si ya apostaba por el relato y por nuevos autores, en un mundo editorial en el que –y ahora puedo hablar con conocimiento de causa y no desde la perspectiva utópica-rebelde del autor novel– priman la cifra sobre la letra, y el apellido sobre el texto, se ha atrevido a inaugurar una colección de poesía, lo que, en estos tiempos, parece algo casi quijotesco. Muchos escritores adoptan la postura cómoda de la incomodidad existencial, y se ven a sí mismos fuera del sistema. Pero la realidad es que también hay editoriales del afuera, que recorren un sendero complicado, a veces solitario, pero que imprimen su honestidad a cada paso. Satisfacción, incluso, por el sobrio y elegante diseño de dicha colección, a cargo del también poeta Eduardo García.
Y satisfacción sobre todo, por la calidad del poemario de Julio Espinosa Guerra. Tal vez no me compete enjuiciar el valor literario y artístico de sus poemas, ni me siento capaz de ubicarlo en una corriente o bajo la sombra de cierta influencia, ni puedo deshacer el ovillo que otros, más formados e informados –en el mejor de los casos–, sabrán urdir con su labor crítica. Creo que tengo mejor ojo para la prosa que para la poesía, y para tranquilidad del género humano, hace ya mucho tiempo que dejé de perpetrar poemas infames, pero uno todavía sabe, a través de todos esos mecanismos del silencio y el vértigo, cuando se encuentra con algo valioso. NN es un poemario que abre caminos y no se conforma con la senda heredada. Un poemario ácido, honesto y lúcido, el del poeta chileno, que sin duda abre esta nueva colección de poesía con una espléndida andanada, vehemente como un cañonazo pero sin fuegos artificiales, para que Ningún Nombre se olvide, para que Nunca Nadie se olvide.



Título: NN
Autor: Julio Espinosa Guerra
ISBN: 978-84-935618-2-6
Precio: 10 € (IVA incluído).
Edita: Gens
Colección: caja ALTA, número 1.

Disponible a través de:

- Distribuidor:
Carrasco libros.
Tel. 91 5691600/08

- Local:
Gens ediciones
C/ Santa Inés, 4.
28012 - Madrid
Tel. 91 4671102



Julio Espinosa Guerra nació en Santiago de Chile en 1974, y desde el año 2001 reside en España. Poeta y narrador, ha publicado los libros de poesía Cuando la rosa aún no existía, La soledad del encuentro, Las metamorfosis de un animal sin paraíso (Premio de Poesía Villa de Leganés, 2004), Antología. La poesía del siglo XX en Chile y la novela El día que fue ayer. Ha obtenido las becas de la Fundación Pablo Neruda y de creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile. Su obra poética ha sido antologada en Todo es poesía menos la poesía: 22 poetas desde Madrid y Cantares: nuevas voces de la poesía chilena. En la actualidad dicta diversos talleres de creación literaria y poesía para la Escuela de Escritores de Madrid y dirige la revista Heterogénea.
Su nuevo libro de poemas: NN, en el que el poeta lleva a cabo una reflexión sobre los vínculos entre palabra y realidad, ha sido galardonado con el IX Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz.

10/10/07

Cap de Creus.

Este texto, que ya tiene un tiempo, fue inspirado por la música de David Salvans, concretamente, por una pieza, «Terres d'aigua» [*], perteneciente a su trabajo discográfico Impressions (1998), que en ese mismo año fue incluida, con el título de «Cap de Creus», en el disco Espais naturals de Catalunya, a raíz de la serie «Hidrogen», del Canal 33 de TVC (Televisió de Catalunya). Desde hace casi una década, pues, esa música me ha acompañado en numerosas ocasiones, y ha querido el «azar objetivo» –puesto que uno ha de negarle a veces ciertos méritos a la casualidad– que, al cabo de los años, me haya cruzado en el camino de ese músico, y, desde hace unos meses, la vida me haya hecho un valioso regalo con su amistad, de la que me enorgullezco. Vaya pues este escrito casi onírico, en homenaje al amigo y al artista.

[* Para escuchar un breve fragmento de la pieza, puedes entrar en la página oficial de David Salvans, y seguir este itinerario: Selección de idioma / Intro –ver o saltar– / Obra / 1998-Impressions / Audio / Terres d'aigua. De todos modos, te aconsejo pasear libremente por su página y perderte en el abrazo de su música].

Que els nostres camins mai s’allunyin, David, doncs ens hem trobat per alguna raó, potser per ajudar-nos a donar el millor de nosaltres, amb el nostre treball i la nostra inspiració, i provocar quelcom positiu a la gent que gaudeixi de la teva música o trobi les meves lletres.
Una abraçada infinita, amic meu!


CAP DE CREUS.



Para David Salvans.


ESTE MAR ANTIGUO respira con la serenidad de un anciano en paz consigo mismo, adormecido por los años y la quietud de su conciencia. Y sin embargo, bajo las sienes curtidas y el pecho hundido, aún palpita y hierve una sustancia indómita, un corazón de Ulises, tan presto a la aventura como añorante de su Ítaca. La mirada del Mediterráneo navega encendida por encima de la proa, como una candela que la brisa no consigue extinguir. La cera derretida tiembla y rebosa, formando goterones por los que la llama del deseo brilla, como si fuera el pasado el que impregnara la luz a través de esas gotas, como revive el sol en el ámbar o la miel. El deseo de descubrir, la sed por conocer, bogan sin cesar para mantener el rumbo de este navío perpetuo. El horizonte es el país en blanco, la última isla siempre ignota, en la que reinventar la realidad, pero a popa, a espaldas del olvido, el corazón tiende un cabo inquebrantable, un nudo apretado en torno al hogar y el rostro de los seres amados. Así, entre el destino y el refugio, como el oleaje del alba, todo parece nuevo y al tiempo eterno, y cada día es el primero y el último en el plan maestro de la Naturaleza. Porque cada ola rota es el epitafio de un presente a punto de extinguirse, porque cada ola que riza sus crines de espuma y cabalga contra la orilla, es el nuevo nombre con que este mar bautiza a sus hijos.
Este mar escrito todavía compila versos y bosqueja el mapa de un mundo inventado, sobre la página siempre inconclusa de la existencia humana. Este mar todavía inventa mitos, y se abandona a mundos oníricos, y se rebela contra la infamia del hormigón y las muchedumbres, y se sacude la muerte desde lo más profundo, como un animal herido que se zafa del arpón, como si las praderas de algas y las manadas de ballenas aún pudieran repoblar el futuro y arrebatárselo al acero y la inmundicia urbana. Bajo la superficie del agua, velando los cadáveres que flotan en las esquinas de los muelles, en las estelas negras de los barcos, se percibe un tumulto de escamas brillantes y agujas que refulgen veloces y huyen de la codicia, se presiente la conspiración de los peces, una revolución para plantar su bandera arco iris sobre los bastiones siniestros de los hombres. Sobre las gaviotas se abate una guerra civil, entre las que aprendieron a ser carroñeras en los vertederos de las ciudades y las que todavía respetan la ley no escrita de los marinos primigenios y los islotes a salvo. Todavía hay una última playa, siempre aguarda en alguna parte una cala recóndita en la que todo es posible. El intenso azul del cielo en esta parte del mundo se diluye, como en una pintura surrealista, en un manto salado que reverbera la luz como en un espejo agitado por todas las hijas de Neptuno. Sí, todavía hay espacio para el viaje iniciático a orillas de la conciencia, todavía hay oráculos inexplorados, como templos fantasmas varados en las playas de nuestras almas. Tan sólo hay que observar con atención, palpar las columnas de la Verdad en cada encuentro, apreciar el rostro de las cariátides en cada sonrisa, y descubrir el mensaje secreto de la Vida en esos altares invisibles, en cada abrazo, en cada mirada.
Este mar paterno todavía sueña en voz alta, cuando musita sus letanías y le canta sus leyendas a las tierras que baña, con una tonada llana y familiar, con su alma de viejo pescador que recoge alegre el sedal. Desde las profundidades del sueño llega un rumor de líquido añejo, un aceite esencial, espíritu de sabiduría prensado de los frutos que el Hombre supo recoger de esta tierra milenaria, destellos dorados en el vientre oscuro y fresco de ánforas inmortales. La mano paciente del anciano vuelca sus caricias de plata y arcilla sobre la orilla de todas las cosas, y el eco de mil generaciones resuena en el alma del viajero. En las lindes de este mar vencido nadie es extranjero, y la sangre vertida por los siglos es la que corre, como promesa de vida, por las venas de todos los hombres. Hay un poso de vino dulce y humilde en el abrazo de estas gentes, un sopor amable en el ocaso de sus palabras, una sencillez dignísima en la mano tendida y la sonrisa discreta. No, nadie es extranjero en esta frontera intemporal, a la orilla del mar nuestro, entre la brisa despierta y dulzona de los pinares, sobre las suaves dunas calladas que aún resisten entre las matas, en las laderas grises del olivar, al borde de acantilados blancos y pedregales batidos por el oleaje. Las manos de un Dios niño parecen haber jugado con la roca, como si apenas fuese barro fresco en ellas, y aún puede uno imaginar sus dedos jugando con las formas, la risa eufórica del niño que descubre una nueva posibilidad a cada gesto, al ver las huellas de su alegría marcadas en estos peñascos desnudos y estos farallones imposibles. Este rincón del mundo todavía conserva ese aliento a la vez eterno y fresco, como si al niño Dios le hubiera llamado su madre en mitad del juego, como si la escena de la Creación se hubiera detenido en una instantánea cotidiana, como si mañana mismo pudieran regresar las manos del Artista a moldear otro paisaje. Nadie es extranjero en esta parábola arcaica, en la inmensa metáfora que es este mar antiguo que viene bañando nuestras almas con la paciencia de un padre. Nadie queda indiferente a su luz, ni al céfiro salado que besa el rostro y embriaga el espíritu del viajero, y con ese susurro, con la pureza de una palabra al viento, le viste con una sensación de patria cierta y herencia bendita, como una corona de laurel trenzada por las voces de todos los sabios, como una toga tejida por las voces de todas las madres.
Este mar es mi única patria, la senda de mis ancestros, el lienzo en el que trazar mi camino, mi lugar en el mundo.