Bitácora de Sergi Bellver: septiembre 2007

27/9/07

Como el agua.

«Para los necios, la sinceridad deshace el misterio de las mujeres y despoja a los hombres de su encanto, y por ello la menosprecian. Para mucha gente, demasiada sinceridad trae a menudo desencanto y ofensa, y por esa razón la temen. Para unos pocos insensatos, la sinceridad es lo único que alivia el frío del mundo en sus manos, y se aferran a ella, como a un madero a la deriva.»
El libro de los náufragos, Diederik Schönblick



PADRE, NO DEBERÍAS haberme contestado de aquella manera, sentado en la orilla de mi cama, mientras yo me hundía entre las sábanas y te preguntaba por qué no era feliz. Me hubiera gustado que estuvieras conmigo, cuando estábamos tan lejos, en la misma habitación pero cada uno en su lado de las cosas. Me hubiera hecho falta que me enseñaras a no necesitar, a no pedir, a no echar en falta nada, ni a nadie, pero yo vine a tu puerta como una lluvia de noviembre, a destiempo, fuera de lugar, inesperada, caída en las aceras de tu calle como por descuido, cuando tú esperabas otra cosa, una tarde de sol, un paseo de escaparates limpios en los que se reflejaran tus sueños. Pero no era yo, padre, yo sólo supe derramarme en goterones por los cristales, crujir desde lo alto con un estruendo de tormenta, y caerme a este mundo para vivir como el agua, sin forma, sin molde y sin freno. Deberías haber tenido un hijo ladrillo, padre, o un escritorio de caoba, o un celador de promesas, o un genio de la aritmética y la vergüenza, pero nací así, loco a los ojos de la gente, y nací aquí, padre, entre tus manos obreras, sobre tus pasos embotados de ciudad y de cansancio, bajo esa sonrisa a la que tanto le costaba brillar y que, eso sí, padre, tu hijo ha heredado, y a menudo la esboza, como el trazo inseguro de un aprendiz de pintor.
No era yo padre, y bien que lo siento, porque me hubiera gustado hacerte feliz, pero yo no era tu hijo albarán, tu retoño eficiente y la envidia de las visitas. Nunca supe, ni pude, ser una fracción de tus metas, ni un eco de tus palabras, ni siquiera un refugio. Aunque para eso, padre, deberías haberme dejado ayudarte, deberías haberme escuchado cuando quise mojar tu desdicha con mi afecto, cuando yo, que siempre fui lluvia de noviembre, intenté ser hielo en tu herida y arroyo para tu desazón. Pero nunca fuimos paisanos, padre querido, sólo extranjeros mal avenidos, y yo hasta te odié un poco, sólo un poco, por obligarme al exilio en un país de cuatro paredes que nunca fue el mío. Por eso levanté el vuelo en cuanto pude y aprendí a llover en otros paisajes, a escuchar el goteo de mi propia voz, padre, sin las interferencias del ladrillo y la compostura, por fin mi voz ¿sabes? Esa que siempre parece recitar en otro idioma y de la que algunos se ríen, como quien bromea sobre el acento de los forasteros para no sentir el miedo a lo desconocido.
Yo nací para ser libre, para fluir, para fecundar la tierra y volcarme en otras manos, padre, y me hubiera hecho feliz ayudarte un poco a sonreír. Y dejé de odiarte pronto, y te abracé fuerte cuando no supe qué decir tras tantos años de silencio y las palabras se hicieron una pasta amarga e inútil en la boca. Y me alegraré siempre de que te fueras así, aun agotado, triste y casi arrepentido (casi, padre, genio y figura), pero con el abrazo y el perdón compartido, y el cariño a punto, y los lazos sin nudo, abiertos, al viento y en paz.
Y aunque no deberías haberme contestado de aquella manera cuando ya tan pequeño te hablaba de cosas que a los niños no se les deberían ocurrir, válgame Dios, padre, no es eso lo que lamento más ahora. Ni siquiera todas las alegrías que nos perdimos por ser tan distintos y contrarios, yo agua y tú roca, tú tierra firme y yo nube viajera, hoguera en mi pecho y en tus manos un silencio ignífugo… Lo que más lamento, padre, es haber salido al mundo así, desnudo, sin una libreta con instrucciones para vivir tranquilo, sin la lección aprendida para no ser así, y no darme tanto, ni abrirme tanto, padre, ni Amar así, que es lo único que he deseado desde que te importunaba con mis preguntas imposibles, y te disgustaba con mis dibujos, mis canciones y mis cuentos, cuando tú esperabas balances, declinaciones y provecho. Lo que más me duele ahora, padre, y quiero que lo sepas, allá donde estés (si es que después de once años no eres ya un niño de nuevo y me he cruzado alguna vez contigo por la calle), es que nadie me enseñara que Amar así duele, que abrirse así asusta a los otros, que decirse en cada gesto incomoda, que la gente sólo quiere estar tranquila y no que le vengan con cuentos ni grandes horizontes… La gente sencilla sólo quiere ir a lo suyo, y me parece sabio y útil, padre, por eso sigo sin encontrar mi país, mi acento, mi bandera, y aun cuando alguna vez la he sentido cerca, y he querido jurarla, el viento me ha robado el beso en su tela, y de nuevo he sido un apátrida, un elemento sin su refugio, como el agua derramada del cuenco.
Y no sé qué quiere el mundo de mí, padre, pero estoy muy cansado, un poco roto, y muy gastado, porque nunca termino de encontrar mi sitio, y la gente no habla mi idioma, y no se creen mi lluvia cuando les moja, porque les moja, padre, por lo más sagrado que intento llover en cada rostro y en cada pecho, pero no cala, padre, no cala… y toda esta lluvia inoportuna de noviembre se va perdiendo en charcos inútiles, en los que otros niños chapotean y gastan bromas, charcos que evitan las señoras con un gesto en el vestido, charcos en los que se reflejan las muecas de algún idiota con zapatos nuevos que se ríe de cualquier cosa.
Porque yo, padre, igual que quise haberte sido más grato y más amable, y traer alegría a tus manos obreras, y un poco de agua fresca para tu soberbia, para hacerte más humilde, más dulce, más padre, también a día de hoy sigo con el ávido deseo de regalar mi afecto, de llover en un paisaje que de veras agradezca el aguacero, de inundar un cauce que reviva con esa canción que entona la vida cuando se esparce. Por lo más sagrado, por tu estampa, padre, te juro que a pesar de todo en mi arroyo hay siempre alegría, y luz de mañana entre las hojas, y brillo de corriente que se agita, y que bajo toda la escarcha palpita un río que no cesa, una voluntad que todo lo erosiona, hasta dar con el océano, con toda la plenitud de lo que siempre fui. Agua, padre, como el agua, en el borde del vaso, en el dorso de una mano, en el arroyo o en el océano, siempre fui así, y no deseo otra cosa en el mundo que batir los acantilados de la tristeza ajena con mi oleaje, y limpiar la playa de quien Amo de escombros, de algas muertas, y de otros trastos viejos de la marea, del pasado y del olvido y dejar a cada caricia de la espuma una orilla más feliz, más sabia y más blanca. Nací para Amar, padre, con todo mi ser y hasta la última gota de mi esencia, pero sigo perdido, tanto como entonces, padre, preguntándole al mundo, como un niño estúpido arremolinado en las sábanas, más preocupado de lo profundo y del cielo que de la tierra firme y las cosas que se pueden contar, preguntándote, preguntándome, por qué no basta con Amar. Donde quiera que estés, padre, si hoy te sientes menos extranjero de mí, si ya entendiste, si me ves desde allá arriba, échame una mano, como cuando me enseñabas a caminar, que me he caído y siento que todo ha de empezar de nuevo...

7/9/07

La muerte de Ricardo.

«No me preocupa ser Un Escritor,
sólo me ocupo de escribir.
No quiero dedicar mi vida a Mi Obra,
sólo intento vivirla a fondo.»

Diederik Schönblick.


«BRETON ― Es curioso observar cómo
nadie puede definir lo que
es amar a una mujer.
ARAGON ― Sí, yo sí. Amar a una mujer es
considerarla como única preocupación
de la vida, preocupación ante la cual
cede cualquier otra preocupación.»

Breton según Breton, Sarane Alexandrian.



LA VIDA DE RICARDO siempre se había encajado entre paréntesis. Fue el mediano de tres hermanos y, en una de esas típicas horteradas de quiero y no puedo, en la pila le bautizaron con tres nombres, aunque, por alguna razón, fue el del centro y no el primero, el que acabó marcando su camino. En casa buscaba su sitio inútilmente entre el muro del padre y la ventana de su cuarto, entre la vereda del «ser un hombre de provecho» o la posibilidad de aprovechar su vida para llegar a ser un hombre. En el colegio le decían que tenía nombre de antiguo y maricón. Había siempre en el patio uno de esos críos infernales que pasaba el rato incordiando a los empollones, los gorditos, los amanerados o cualquier otro niño considerado como bicho raro. Ricardo no empollaba, ni era ninguna de todas esas cosas, pero desde luego era un bicho raro. Jugaba siempre a otra cosa, estaba siempre en otra parte, dibujaba por los rincones, casi siempre figuras femeninas escapando de monstruos babeantes, más de una vez se le había sorprendido cantando a voz en grito en alguna escalera, le echaron una vez de clase por encararse a un profesor que había castigado… a otros compañeros, e incluso se rumoreaba que escribía poemas. De vez en cuando se cruzaba por el claustro con ese jaleo enlatado en un eco de ladrillos verdes, el típico jaleo del final de las clases, seguido de las risas de algunos cachorros obedientes. «¡Eh, maricón!», le gritaba el tipo de siempre, soplándose el flequillo y dándole con el codo a algún cachorro para que le lamiera la gracia. Uno de esos críos que debería estar permitido encarcelar, o algo mejor, porque nadie cambia con el tiempo, y de mayor sería el mismo tremendo cabronazo, sólo que con otros juguetes para fastidiar al prójimo, la visa de papá para granjearse a nuevos cachorros, ya creciditos, y a alguna furcia, de paso; unas pastillas para ponerse a tono, un cochazo para retar a los demás haciendo rueda, o para estamparse cualquier día contra la furgoneta de algún currante desprevenido. En fin, la clase de gente que viene al mundo por accidente y cuya inercia consiste en joder a los demás.
Pero Ricardo nunca tuvo elección, su camino iría siempre enfilado por ese paréntesis invisible que lo ahogaba todo. Los burros, con todos los aperos encima, siguen la senda que les marcan, y lo más que consiguen hacer alguna vez es pararse y rebuznar. Eso hizo Ricardo, plantarse en un punto indefinido del trayecto, negarse a su propia inercia y al trabajo forzado, y rebuznar, sobre todo rebuznar. Lo hacía por todas partes y de mil maneras, escribía, en una palabra. Letras de canciones que nadie cantaría, leyendas bajo el trazo de algunos dibujos, cuentos imposibles, la novela de un hombre antiguo que, venido del otro lado del océano, consigue salvar al mundo, y cartas, interminables cartas, miles de cartas a gente que casi nunca contestaba, porque «no eran de escribir», incluso cartas a desconocidos, que enrollaba en las tripas de una botella verde y arrojaba desde el rompeolas del puerto, o que doblaba y deslizaba en el bolsillo de un anciano o una niña. Y poemas, claro. Bastante mediocres en general (y Ricardo lo sabía), pero que no cesaban en su empeño de rasgar el paréntesis que los encerraba en una lucidez, pero sobre todo, en una inutilidad infinitas.
Nadie jamás logró conocerle del todo, aunque alguna vez (Ricardo) consiguió que algo de sí mismo asomara por el omnipresente paréntesis y mostrara su naturaleza. A veces, cuando algo está retenido por una presión extraña, revienta con tanta fuerza que la onda expansiva es insoportable para los presentes. Eso le pasaba a Ricardo, que de tanto tiempo encorsetado por la rutina y las circunstancias, cuando lograba por fin desnudarse y aparecer ante el mundo como lo que en realidad era, éste (el mundo) se encerraba entonces en otro paréntesis, corría a la seguridad de los cánones establecidos, a la tierra firme del «sentido común», y como hace siempre, le llamaba loco al diferente, al «raro». Porque Ricardo fue siempre una rara avis, un tipo casi antiguo, o tal vez un visionario ―y todos sabemos que a los visionarios a veces se les rescata del polvo del cementerio, pero en vida se les lapida sin compasión o se les encierra aparte―.
«Ricardo Corazón de León», sí, una vez leyó algo sobre un rey al que llamaban así, y aunque se dio perfecta cuenta de que aquél personaje no era trigo limpio, le gustó el tema, sobre todo cómo sonaba en inglés, sin la rima. El corazón de Ricardo era lo único que no vivía embutido en un paréntesis. Se desbocaba como una caballería en el campo de batalla, lo sumía en terribles temporadas en el infierno y latía a veces tan fuerte que no podía siquiera oír su propia voz al decirle cualquier cosa a ciertas chicas. Cualquier cosa a ciertas chicas, jamás ciertas cosas a cualquier chica. Siempre fue así. Su corazón era una bestia salvaje que corría libre y arrasaba con lo gris del mundo a su paso. Respiraba con estruendo y desaparecía, como una ballena blanca que se hundía terrible hacia profundidades en las que los hombres revientan como medusas. Ardía siempre bajo la tormenta y se recomponía de los destrozos como los rescoldos que se reavivan y vuelven a incendiarlo todo. En cierto modo, Ricardo mismo no era más que un paréntesis incapaz de domar su corazón, lo que hacía inútil toda aquella lucidez que le asistía. Todos sabemos que a través de un pequeño agujero, reduciendo el campo, la vista enfoca mejor el objetivo. Y esa fue su gran tragedia, darse perfecta cuenta de las cosas y sin embargo, ser incapaz de mantener a raya su corazón.
Alguna vez amó, incluso alguna vez le amaron, pero siempre sintió que le faltaba un paso más, llegar a desear dar la vida por una mujer, entregarse sin medida. Ricardo conoció todas las habitaciones del sexo, hizo cosas que otros hombres apenas sueñan, probó todos los alcoholes malditos y barajó todas las cartas del gran juego, incluso las marcadas. Pero se aburrió, como se hastía el músico de la misma melodía de fondo y se lanza a improvisar. Se aprendió de memoria todos los nombres de la pasión, todas las caretas del deseo, palpó todos los edificios en ruinas del amor y levantó ciudades enteras con sus brazos, hogares a mano alzada para convertirse en el refugio de una maga aún ausente. Se entregó piel a piel y en la distancia, mordió el alma de alguna mujer, tibia aún entre los dientes, y abrazó el corazón de otra por encima de los mapas. Se volcó en otras almas, se volcó tanto que se vació en más de una ocasión, y aún así el balde volvía a llenarse una y otra vez. Creció, renunció, dominó el arte de la espera, que no es una resignación pasiva sino un trabajo intenso, una ordenación del universo según los planos de la voluntad. Pero nunca terminaba de llegar el siguiente paso, el que le hiciera trascender, un Amor a veces presentido pero siempre esquivo. La vida parecía ganarle la partida y guardar bajo los grilletes de aquél paréntesis el alma improbable de un hombre al que nadie tomaba en serio. Porque la gente común piensa que nadie puede tomarse en serio a quien no se toma la vida un poco a broma. La gente sabe que hay cosas imposibles, la gente sabe que no siempre tenemos lo que queremos, la gente sabe que con la intención no basta, en fin, la gente, en realidad, no sabe una mierda.
Hasta que por fin creyó ver la luz, al otro lado del paréntesis, y sintió con toda su alma (su corazón fue lúcido también, por una vez) que había encontrado la medida de su mundo, que no era otra, precisamente, que todo lo que quedaba más allá de lo que había estado encerrando su naturaleza durante toda su existencia. Pensó que ese era el gran día del estreno y que todo lo anterior no había sido otra cosa que ensayar, pero tal vez fue un espejismo ―esas cosas ocurren, dice la gente―, y el caso es que para una vez que había logrado dirigir el rumbo a un lugar concreto (hacia cierta mujer), para una vez que el corazón y la lucidez se pusieron de acuerdo y por un instante rozaron la armonía, al poco tiempo se hicieron añicos. Pero los fragmentos también son el todo, y de algún modo consiguió reunirlos de nuevo una última vez y volver a caminar, y recorrió todos los caminos, y dejó atrás toda la mezquindad de la vida mundana ―el nombre, las rentas, el provecho, y todos los demás trajes del emperador― y vagabundeó, despojado y libre. Aunque ya jamás volvería a ser el mismo, porque el fondo del balde al fin se hirió y poco a poco dejó de brotar aquello que siempre había conseguido rellenar cada vacío anterior. El corazón seguía siendo rebelde, pero ya con la insumisión callada del revolucionario agotado, que espera en la sombra a que las cosas tomen su cauce, contentándose con que esa corriente no le arrastre nunca a él, aunque sea por un último acto de afirmación. Y la lucidez pudo entonces recomponerse y hacer pie, y encaramarse sobre ese corazón exhausto, y darse cuenta de que la vida no iba a traerle (a Ricardo) aquello para lo que creía ―para lo que siempre supo― haber nacido. Su voz se apagó en el eco enquistado y convexo de un paréntesis no deseado.
De modo que Ricardo, un buen día, se plantó. Pero nada de rebuznar. Decidió que no iba a hacer mucho ruido, que no tendría el mal gusto de armar un jaleo por algo que en el fondo le correspondía sólo a él. Nada de burdas amenazas ante la galería, nada de escenas, nada de sollozos que tirasen de alguna ropa para llamar la atención. Estuvo pensándolo un tiempo, indagando en métodos, imaginando el modo menos aparatoso, y también el que menos incordio le supusiera a su gente, a la hora de hacer los trámites de rigor. No quería complicarle la vida a nadie. No quería acabar como una mancha anónima entre cuatro paredes o un burdo accidente al final de un callejón, mejor regresar a la tierra y mezclarse al fin con las cosas vivas. Escapó de los grilletes de sombra de la ciudad, eligió una tarde de otoño en la que el paisaje era realmente bello, «es un hermoso día para morir», pensó, como un gran jefe indio, que sabe cuándo le llega el momento y no por ello deja de amar la vida. Ascendió a una montaña escarpada, afilada como una atalaya sobre el mundo, desde la que podía vislumbrar los bosques en rojo sangre y oro, el cobre resplandeciente de los ríos perdiéndose en el horizonte, las primeras nieves sobre la cresta de lejanas cordilleras, una faja rosada de nubes abrochando el cielo, y en la humedad de la altitud, un aroma de… libertad. Cuando saltó al vacío, pudo sentir aún el roce intenso del viento en la piel, y por un instante, mientras cerraba los ojos, creyó que aquellos paréntesis ya extintos se habían abierto a su espalda y convertido en alas. Ya que el destino le negó aquello a lo que hubiera querido entregarse, aquello que hubiera revelado la verdadera dimensión de un hombre tan extraño, la muerte de Ricardo quedó como el acto más genuino de toda su vida.
Aún hoy, mucho tiempo después, cuando la gente se acerca al bosque y merodea por las laderas de aquella montaña, hay quien dice haber oído un rumor profundo en la espesura, una especie de aliento entre los árboles, como un murmullo de rocas o una respiración de fiera salvaje. Hay quien palidece al contar, ante una audiencia escéptica que arquea las cejas, cómo al visitar aquél lugar le ha estremecido lo que parecía el latido de un corazón desde la oscuridad. Lo único cierto es que jamás se encontraron sus restos, y que algunos lugareños relatan cómo, cuando los pocos que le recordaban dejaron pronto de buscarle, a las afueras de un pueblo en las lindes del bosque, posada sobre una espadaña, apareció un ave extraña de enormes alas, que miraba a los curiosos con una expresión enigmática ―como si viniera de un mundo antiguo al otro lado del mar, como si supiera de todo lo que existe―, que permaneció allí unas horas, sacudiéndose las alas, vigilante, como si esperara a alguien que llega tarde a una cita y que, sin más, de repente, al oscurecer alzó el vuelo y se elevó sobre las cabezas de la gente, sobre los tejados del pueblo y despareció en dirección a la costa, dejando en la noche cerrada un trazo de tiza y un raro aroma de llovizna salada.