Bitácora de Sergi Bellver: julio 2007

31/7/07

Hasta la última gota.




Para quien ya sabe.


NADIE DIRÍA QUE LAS PALABRAS pudieran hastiar así a un escritor, pero a veces sucede ―que me canso de ser hombre...―. Son mis primeras herramientas, mis puentes tendidos hacia otras orillas, los caminos por los que el mundo llega a mi puerta, es cierto, pero también son a veces lodazales en los que se atasca mi deseo, resortes tras los que acecha una trampa, pedazos de nada que se derriten al sol, como figuras de hielo abandonadas. Escribo, sí, pero yo soy algo que está más allá de las palabras, que sólo puede descifrarse en un gesto, una gota de sudor o sangre, un sendero de saliva, un refugio de silencio.
Las palabras no sirven, por mucho que uno haga un pacto con ellas, y se desnude en cada frase, y las trate con el fervor de un jardinero amante de su tarea, que cuida hasta el envés de la hoja más áspera como si fuera la mejilla de una niña, porque ama lo que hace, porque no está en lo de ahí afuera, porque desgrana su pasión en cada detalle y se concentra en la belleza misma del jardín, y no en el salario que le espera. No, de nada sirve escribir, aunque uno a veces cruce los desiertos con el alma agrietada por la sed y un odre repleto de agua fresca a la espalda, que no se atreve siquiera a probar si no la comparte con su destino, por si también lo encuentra sediento al final del viaje. Es un ademán inútil, si el otro, allá arriba en su almena, tiene la mirada perdida en el horizonte, arrobada en algún paisaje lejano. Es inútil sitiar su fortaleza con la ternura, hacer cuña en sus murallas con la sonrisa, gastar la piedra con el roce del deseo, y tratar de explicarle el color de un corazón en palabras, aunque uno haya atravesado el bosque a la carrera, y haya cuajado su cuerpo de cicatrices, y encaramado a la última montaña, frente a las altas torres, le grite bajo la tormenta su Verdad.
Subjetiva, puede, pero ineludible Verdad que todo lo ocupa.
Porque no tiene ningún sentido tratar de poner el alma en letras, o encuadernar doce años de una vida en un epistolario y facturarlo, aunque se lea en una tarde, no lo tiene en absoluto, y me seguirán llamando loco, idiota o exagerado. Tal vez los más amables me concedan la audacia o la valentía, quizás hasta la honestidad de mantenerme fiel a mi naturaleza, pero así todavía nada me redime de ser un ave rara por estos lares. Y, sin embargo, todo me empuja a seguir, a limpiarme las heridas y perseverar. Aunque no entienda nada, aunque me sienta completamente desorientado, sigo derramando mis latidos, seguiré entregando mis fuerzas, mientras conserve la esperanza y aún un trecho más allá, cuando apenas me sostenga el aliento, seguiré vaciándome, de vida y de deseo, hasta la última gota.
Hay una fiebre luminosa e infinita que alimenta mis alas, a pesar de todo, un mundo inmenso que no estará completo hasta que lo reparta del todo, no será de veras mío hasta que lo entregue, y que, sin duda, no está en la tinta, ni en las palabras... está vivo en mi sangre.

25/7/07

Desenfoque.

© Lorena Sturlese




Per una luce, scura e dolce.



NO, TÚ NO LO SABES AÚN, pero, aunque no me veas, me estás mirando desde siempre. Aunque, bien es cierto, todo está claro, las pruebas están ahí, la realidad es incuestionable: la calle desierta, alguien observa desde una ventana, un transeúnte a la deriva por el asfalto, y poco más, un sujeto anónimo que no puede tener noción de tu mirada.
Y sin embargo, a cierta hora de la tarde, o tal vez en la claridad de las primeras horas, tan temprano que el día apenas ha logrado levantarse de su lecho nocturno, todo es circunstancial, los objetos se diluyen o se perfilan, y todo depende de algo más que de la luz. El enfoque, el encuadre, la atención ―sobre todo la atención―, el punto de vista, tu último pensamiento al acostarte, el primer ánimo al despertar, aquél amigo que falló, ese otro que te alienta, cada detalle es un acorde y tus manos no son más que el eco de la melodía. El motivo no pasea delante de tu cámara, y el objetivo no está enfocando tu voluntad. Es el instante el que sucede siempre en otra parte, en algún lugar adormecido de tus entrañas, que se enreda un poco más a cada latido de tu corazón, y al final del ovillo hay un nudo que a veces despierta y hace girar el mundo, tu mundo. Y lo demás es secundario, pues es tu alma la que queda impresa en la imagen, y es tu afán el retratado, y tu pasión la que satura todos los detalles de la obra. Eres tú quien se dice a sí mismo en cada paso que das, y las huellas pueden ser indescifrables, pero permanecen indelebles hasta que el buscador innato da con su rastro. Es entonces cuando a través de tu mirada la realidad cobra otros matices y la vida queda colgando de una emoción, como una plancha revelada.
Y sin embargo, hay ocasiones en que una película no sirve, en que la memoria ―ni siquiera la de tu cámara― no basta para almacenar las fotografías de una vida apostada al arte o la belleza, o al verdadero Amor, que no es distinto, porque la materia no abarca, porque la técnica a veces falla tanto como la lógica, y tu memoria ―la que construye el paisaje que en verdad eres― tampoco alcanza para imprimir todos los datos que, como si de las piezas extraviadas de un puzzle se tratara, se pierden más allá de lo tangible. Hay ocasiones en que una presencia puede dejarte a solas, y un abrazo te desampara, y un beso te traiciona, y sin embargo ciertas ausencias pueden vestirte a todas horas, darte refugio y defender tu nombre, y nada de lo que no sepa retratar un alma podrá llegar a ser siquiera un boceto en manos del escéptico. Y aún a veces, pocas, es cierto, pero algunas veces, cuando la belleza brota genuina e imparable desde los abismos, hay más verdad en lo invisible que en lo mensurable, pues las coordenadas de nuestro universo son ficticias, del mismo modo que los colores de los objetos son cuestionables, pura longitud de onda, cuatro fórmulas perecederas, y el mismo pedazo de realidad no luce igual para una mariposa o un albatros, y sin embargo sigue ahí, encajado en el resto del cosmos, como cualquier otra pieza insustituible.
Pero tienes razón, todo está perfectamente claro, las pruebas están ahí: la calle desierta, alguien observa desde una ventana, un transeúnte a la deriva por el asfalto, y un sujeto anónimo que no, no es posible, no puede tener noción de tu mirada. Y sin embargo, todo se confunde en una hora incierta en la que las sombras se estiran y un tibio sol emborrona la piel del mundo, con el trazo confuso de una firma en diagonal.
Todo indica que seguimos aquí, que las piedras no se pueden comer aún ―dejad que los hambrientos las palpen, hasta que el ansia las convierta en pan―, que hincamos los codos contra el otro para hacernos sitio, que no hay manera de conciliar el sueño, nuestro sueño, el sueño de cada uno, ni de soñarlo en voz alta, en este barullo ensordecedor del mundo-ciudad. No hay nada que contradiga lo real, esto está muy claro, pasamos lista y sólo faltan los inocentes, que llegan los últimos a todas partes y caen siempre los primeros ―dejad que jueguen con las piedras un rato, lo mismo reinventan la alquimia―. Todo está dispuesto, las piedras tienen precio, hasta los hombres tienen un precio, y un puesto asignado, un asiento en otro diente de la gran rueda, mientras ésta gira y gira sin cesar, engullendo a dentelladas la frágil belleza del mundo. Todos tenemos ―a todos nos preparan― un camino señalado, un redil confortable al que regresar cada vez que el vértigo amenace nuestra seguridad. Todo el mundo sabe que cualquier tipo, a poco que sea listo y precavido, cruza la calzada por los pasos de cebra.
Y sin embargo, otros, un puñado de locos, tal vez idiotas, tal vez insensatos, trazamos nuestro propio rumbo y vamos a la deriva por el asfalto, cualquier tarde, tratando de que nadie firme por nosotros, nadie, ni el sol tibio ni la inercia, y dejamos nuestra huella en otras tierras más ciertas, más vivas, que laten, que arden y se enredan. Tierras y países que nos miran desde una ventana, que nos leen en una ventana, en un gesto, en un papel. Caminamos en pos del crepúsculo y la vida es apenas un intervalo en el que dejamos una rúbrica de sombra sobre las cosas. Buscamos un horizonte en el que hallar el final del sendero, la posada en la que aliviar la espalda del peso de la incertidumbre, el último arroyo en el que abrevar respuestas, la otra orilla, el otro lado de la realidad, y lo único cierto es que en el viaje apenas logramos convertirnos en túmulos de cenizas que el viento se encargará de diseminar. Por eso todo lo demás es accesorio, y sólo cuenta lo aprehendido, este instante vivido, esta instantánea arrancada al olvido, esta obra de arte compartida, este retal de belleza cosido al otro, este Amor incondicional, inconveniente, incomprensible, el rescoldo que por un instante se convierte en hoguera. Y lo demás es secundario, pues es tu alma la que queda impresa en la imagen o en el texto, y es tu afán el retratado, y la pasión la única que revela y transcribe todos los detalles de lo invisible. Eso, y no la vieja y esquiva fórmula de «lo real», es lo que de veras somos.
Un hombre, una sombra, una firma, una mirada, y el atestado de un instante fugaz que queda temblando como el rocío en una tela de araña. Y sin embargo, aunque soy yo quien camina allá abajo en la calle, y no hay forma humana en que pueda haber anotado tu gesto, y todo indica que seguiré mi camino sin haberme enterado de nada, y tu objetivo capta la opacidad de mi figura ―apenas un borrón de niebla oscura que se diluye sobre el asfalto, a la deriva―, aunque no me veas, tú no lo sabes aún, pero me estás mirando. No, no lo sabes, pero aún de espaldas, y desde tan lejos, yo ya te había visto antes, desde siempre.

20/7/07

Para Un hombre de paso.


Aviso a navegantes:


Esta entrada no tiene el más mínimo interés literario, y su extensión desaconseja toda labor de criba en pos de cualquier sucedáneo. Insisto, es muy larga, desistan. El autor es consciente de la inutilidad de sus desmanes y el escaso o nulo aliciente que desvaríos como éste pueden aportar a los transeúntes apresurados, intelectuales circunspectos, antagonistas del exceso y otros ayatollah de la «blogosfera». Si a pesar de todo, alguien persiste en su lectura, tal vez, y en el mejor de los casos, lo único que consiga sea un dolor de cabeza o unas tremendas ganas de salir corriendo a cualquier terraza a refrescar su mente o hundir la cara en un cubo de agua helada. Puede que únicamente algún amigo —de los que se encuentran lejos y a salvo del abrazo, la conversación interminable y otras diabluras— del administrador encuentre cierto interés en estas palabras, por lo que tienen de personal.
La única razón de ser de esta entrada (que nació como respuesta a un comentario y ha ido mutando hasta este desenfreno) es un inexcusable y asfixiante arrebato, producto de ciertas meditaciones que en los últimos días están poniendo a prueba la integridad ética (y física) del autor, al que se le plantea una duda existencial, una menudencia de nada: inventar OTRA forma de Amar y adoptar un ideal que sirva de rumbo y guía para el resto de su vida, básicamente. En fin, como verán, un dilema cualquiera, de los de todos los días…
No venga luego nadie diciendo que no se le ha avisado, esta entrada es muy, muy larga (¿es que no les basta ya con este aviso?) y muy, muy desaforada. Desistan pues, corran, aún están a tiempo. Como diría Gandalf el Gris: «¡Huid, insensatos!»



Para Un hombre de paso.



Disculpa la demora, pero lo prometido es deuda, Un hombre de paso. Antes de nada, deja que te haga una pregunta que me nace releyendo los comentarios: ¿has intervenido sólo una vez o también eres ese Anónimo #4 que ha dejado su huella un poco más arriba? Verás, es que de repente me ha sobrevenido esa intuición, y luego me he puesto a atar cabos, me he fijado en que los dos comentarios están hechos prácticamente a la misma hora en dos días seguidos, y sobre todo, los tonos de uno y otro concuerdan en algunas cosas («Me recuerdas a mi propio pasado» suena demasiado parecido a «he reconocido a alguien en tus palabras, tal vez al hombre que fui hace mucho, mucho tiempo», aunque la verdad es que, un poco después, ese «un alma tan grande, que es capaz de amar así, debe mantenerse siempre fiel a su sueño» no parece en absoluto escrito por la misma persona que al día siguiente dice «¿no te das cuenta de que vas a seguir sufriendo si te pones unas metas tan altas?»). En fin, si así fuera, y hubieras regresado para dejar otro comentario (los lectores del albatros me sorprenden a cada rato) te agradezco todavía más el esfuerzo y la atención, y si me equivoco, y todo esto no es más que una coincidencia, perdona que me haya confundido y te meta en estos berenjenales.
Tanto si dejaste ese otro comentario en esa entrada como si no, la respuesta que le he dado a ese Anónimo #4 también te puede valer de algo, si la lees, porque me queda una sensación parecida, como de que hay algo tuyo, de tu currículum personal, que asoma en cierto modo en tus palabras. Ese hombre de paso es, desde luego, alguien mucho más pesimista y descreído, que tal vez por el dolor de alguna experiencia, de alguna honda decepción, ha hecho apostasía de ciertas cosas.
En fin, he de confesarte que ahora mismo tengo un buen «cacao» en la cabeza, y no sé muy bien cómo ordenarlo, pero para no hacer este comentario TAN extenso[1], voy a responder a bocajarro a tus preguntas, porque si no, no acabo nunca. Publico pocas entradas al mes, pero con los comentarios, como le dije una vez a unos amigos, yo creo que es como tener tres bitácoras a la vez… Esta semana dejé sin contestar correos pendientes —me silban los oídos porque me deben estar llamando de todo por ahí… y con razón—, pero de un tiempo a esta parte no doy abasto con todo el trabajo acumulado en la editorial y en el curso de diseño, con la elaboración de mi primer libro, y sobre todo con una especie de catarsis existencial a la que me estoy enfrentando, a raíz de ciertos «acontecimientos» —algún que otro maremoto en mis adentros, uno de esos terremotos que dicen que suceden cuando alguna mariposa[2] bate sus alas en no sé dónde...—. Espero aprovechar el ineludible agosto madrileño —el bolsillo vacío obliga— para ponerme al día en todo.
En fin, vamos allá:


¿Te compensa entregarte así, si luego a lo peor no tienes lo que deseas?

No pienso en ninguna compensación, no entrego lo que Siento por ninguna renta, no mido mis latidos, ni mis letras (que son su eco). Simplemente necesito hacerlo, o dejo de ser yo mismo. Lo que la vida tenga a bien traerme, supongo que tendrá que ver con ese amor volcado, con ese atisbo de locura, con las manos embotadas en pintura del artista, y no con la lógica, pues no hay ninguna en esto.

¿Merece la pena perseguir un ideal en el amor, en […], si esa búsqueda puede llegar a destruirte, si dejas de disfrutar […] ?

¿Qué pena? ¿Qué castigo? ¿Qué lamento? Sí, los cementerios están llenos de héroes, pero la vida anda infestada de cobardes. Y yo prefiero perecer en el intento, qué quieres que te diga, que escurrirme del campo de batalla por la puerta de atrás, o mantenerme en un juicioso segundo plano, en el centro del pelotón, a salvo, sin exponerme, mientras mi destino se va alejando cada vez más, como una bandera al viento en lo alto de la colina. Si he de estrellarme, ya me daré de bruces con el suelo, ya morderé el polvo, pero sólo entonces porque, mientras tanto, prefiero volar que arrastrarme.
Y ni por un momento pienses que dejo de apreciar las cosas sencillas, el vino viejo y los buenos amigos, que son el verdadero bálsamo de esta vida, aunque para hablar de eso mejor deberían venir ellos, tomarme un poco el pelo y contarte de mi risa, mi canto y mis abrazos.

¿Te compensa escribir tanto y tan intenso, si hoy en día la gente tiene tanta prisa […], si lo más probable es que esas musas se queden […] en lo inalcanzable?

De nuevo no mido lo que escribo, ni si me renta. Si quisiera ganar dinero no tendría una bitácora, ni escribiría como escribo. Me concentraría en estudiar el mercado editorial y en darle coba a todo bicho viviente. Si quisiera barnizar mi ego con la numerología, enfocaría esta bitácora de otra manera y en menos de un mes quintuplicaría las visitas diarias, sólo que entonces ya no sería mi bitácora, ni yo el tipo del espejo cada mañana.
Lo mismo con mis libros, lo que preparo lo hago por pura pasión, por Santa Sed, y si un crítico, un librero o un académico, y todo el rebaño detrás, me dicen un día que mis libros no valen de nada, seguiría escribiéndolos igual. Porque no lo hago para complacer al otro, y mucho menos al juez, si acaso alguna vez para aliviar al camarada, esa es mi única licencia. Sólo escribo, insisto, porque lo necesito, y porque compartir es la única recompensa. Puedo permitirme esta ética porque soy consciente desde el primer momento de que «me ganaré la vida» haciendo cualquier otra cosa, sea al otro lado del libro en una editorial o montando un chiringuito en la Barceloneta, mientras esa vida la viva, y de veras la Vivo, libre para no prostituir ni mis letras ni mis latidos.
Y por supuesto, lo mismo en el Amor. Ya he probado todos los placeres y amarguras del amor, ya soy un alma curtida en eso, ya recorrí todos los caminos, ya me hastié de todas las concesiones mundanas, ya conseguí, de una vez por todas, saber quién soy, qué ofrezco y lo que Deseo. No podría ahora traicionarme a mí mismo y engañarme de cualquier manera. Sufra o goce, alcance o yerre, mi alma sólo sabe Sentir de una manera. Y quien quiera saberlo que se sumerja y que arda conmigo.

¿No te das cuenta de que vas a seguir sufriendo si te pones unas metas tan altas?

Y con otra pregunta te respondo: ¿En qué lugar, en qué lodazal seguiría el ser humano si alguna vez no hubiera soñado que otro mundo era posible y se hubiera conformado con la caverna, si no hubiera imaginado otro horizonte, aunque le tomaran por loco? En esta vida son tan necesarias las personas sólidas como un tronco de árbol viejo, que sostienen los mecanismos de lo real, como las etéreas como un fleco de brisa entre las hojas, que alimentan al árbol con algo más que jugo de raíces, y le empujan, ni que sea lentamente, a seguir alzándose al cielo con sus ramas. Nunca he visto un bosque que prospere reptando entre las piedras. Y si el precio es renunciar a la seguridad, y perecer un poco antes que el resto, y gastarse el alma un poco más, sea… La sola posibilidad de MI isla, me compensa.


………


Mi respuesta es a todas luces desproporcionada, tal vez hasta desaforada, pero el afán y la honestidad, se me antojan las mismas que percibo en tu huella, la que puede dejar un hombre de paso que de repente se siente enfrentado a un azogue extraño. El diablo sabe más por viejo, es cierto, pero más aún porque nunca se amilanó en su empeñó, ni entró en vereda, ni fue un buen chico, ni se hizo formal y respetable, y no dejó, nunca, de ser él mismo, es decir, un pobre diablo.


[1] Anda, que ya me vale.
[2] farfalla...

10/7/07

Si Tuviera Una Red Luminosa Extendida Sobre Ella.

Per una carissima farfalla.


«Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago
entre ocho millones de personas. Entonces,
un día vi una huella en la arena, y allí estabas...
es algo maravilloso, cena para dos.»

Jack Lemmon en El apartamento,
de Billy Wilder (1960).




LA LUZ DE TU MIRADA es dulce y oscura, y me lleva una y otra vez al punto de partida. Vuelvo a ser un ave marina arrojada al acantilado en su bautismo de aire, y olvido de repente todas las horas de vuelo que antaño dibujaron mi intransferible cartografía del mundo. Esa luz que mana sosegada de tus ojos desmonta cualquier defensa, deshace el más mínimo atisbo de estrategia y a tus pies rindo mi fortaleza y mi bandera. Y desconfío de las palabras, y cuelgo los hábitos de esta liturgia, y abandono un credo antiguo que ahora, ya sin templo ni dios, me parece tan pequeño. Creía de veras en la altura de mis sueños, en la firmeza de mis convicciones, en la cualidad de lo literario, pensaba que las palabras podían ser herramientas para construir una realidad nueva. Y sin embargo, ante la luz de tu mirada, en silencio y sin estruendo, mi edificio se desmorona como una acrópolis atlante en los abismos del océano, sin que un alma siquiera tenga noticia del cataclismo. Y las corrientes me empujan a la superficie, y me dejan a la deriva, hasta varar en cualquier playa. Y vuelvo a estar desnudo y expuesto a los elementos, despojado de todo lo que me rodeaba, ante la oscura y dulce noche que me cobija desde tu mirada. Y primero me siento perdido, pero al instante, como por un milagro sencillo y tranquilo, haber olvidado el arte de volar, haberme rendido a Ti, haber perdido la fe en las palabras, de repente, me parece la manera más pura y hermosa de volver a ser libre, fuerte y sabio, para mañana volar más alto de tu mano, para ser invencible, para creer más que nunca en la palabra, si me acerca un poco más a Ti. Aunque tenga miedo, todavía, de que no me abraces, sé que contigo puedo ser más libre, fuerte y sabio. Y acepto este renacimiento como el náufrago aprende a amar su isla, y me levanto, y me visto con tu noche infinita, y me dispongo a reinventar mi sueño.


*



ORACIÓN DEL ALBA, ofrenda a la última estrella, altar de arrecifes y arena que alzo a la espera del primer amanecer del resto de mis días. Fervor desde la raíz del espíritu que dirige mis plegarias hacia el este, allá donde te desperezas cada mañana, como un sol delicado que resbala de las sábanas para iluminar las calles de tu ciudad y mi cabaña de náufrago. A este lado del mundo llega el destello rosáceo de tu sonrisa temprana, y esta pequeña isla tiembla entera en breves sacudidas, y despierta conmovida por el regalo de una mañana en la que toda Tú, con tu esencia y tu imagen, con tu silencio y tu gesto sereno, altivo a veces, majestuoso siempre, ocupas el arco del cielo. Y tus caderas se recortan con la silueta del paisaje, y tu respiración trae el perfume de la brisa, y tu voz se confunde con la espuma de las olas, y tu piel se tiende en la franja húmeda de arena que atrapa pedazos de ámbar, y en el ámbar —forjado con las gotas que fueron tu llanto y tu saliva— se adivinan burbujas, y entre las burbujas —de tu risa y tu alegría— se intuye la figura de un pasado ya extinto en aquella ciudad en la que nos señalaban con el dedo los que ahora quedan tan lejos, hundidos en el olvido.
Toda mi esperanza cabe en el regalo de saberte en alguna parte, como sabe el náufrago que todos los días el sol volverá a despuntar del horizonte para cuidar de su isla. Porque quiero hacer de esta isla mi hogar, y no sentirme extranjero nunca más, en ninguna parte, aunque tenga que olvidar lo que fui, hacer acopio de maderos para una balsa y convertirme en un humilde pescador.


*


RECUERDO EL EXILIO de mi infancia, la eterna sensación de ser un forastero entre mis semejantes, cuando hacía aquellas cosas que nadie aprobaba, o huía de las que todo el mundo esperaba de mí. Recuerdo una soledad casi invernal bajo el sol de agosto, una escarcha de silencio que clavaba en mí sus agujas blancas, mientras la ciudad exudaba tedio por las esquinas y el asfalto se deshacía bajo los pasos de una extraña horda en desbandada.
Demasiadas veces se estrelló mi ansiedad ilusionada contra lo cabal, lo común y lo correcto. Tantas, que el ansia se hizo olvido y la ilusión silencio, hasta que un día llegué a sentirme un intruso en la casa del padre, y desde entonces sólo fue posible imaginar otro horizonte, lejos de allí. El mundo no estaba hecho para pedir justicia por terceros, ni buscar respuestas en caminos incómodos, ni elegir antes la emoción que el provecho. No estaba preparado para compartir aquellas primeras nociones de la belleza ni aquella intuición casi sobrenatural por las cosas ciertas con cualquier extraño, cualquier rostro esquivo, cualquier par de manos llevadas a la cabeza ante aquél niño que dibujaba en los rincones, cantaba entre las filas uniformadas del patio o regalaba historias y poemas a quienes luego se burlarían de su ingenuidad. Recuerdo el exilio de un niño señalado con el dedo del cínico, que renunció a todo por recuperar la sagrada libertad de ser él mismo.
Aunque halle posada en cada puerto y camaradas en cada travesía, la senda del navegante es solitaria, y he doblado cien veces el Cabo de Hornos a solas con la tormenta, y me he ganado a pulso cada cicatriz y cada retal de mis harapos, pero ahora, en esta humilde isla en medio de la nada, de nuevo siento la posibilidad de despertar la llama que siempre se agazapó en el fondo de mi mirada, precisamente ahora, que la tuya me ilumina y aviva los rescoldos de esta hoguera que me habita.


*


ENTRE LOS RISCOS DE PONIENTE, cuando llega el crepúsculo, el sol se va diluyendo como una gota de sangre en el agua, y la herida se incendia por el filo del horizonte, hasta que todas las criaturas de la isla quedan en un silencio que tiene algo de místico, arrobadas en su devoción ante la magia del paisaje. El día se consume en el fuego y la noche revive de sus cenizas, y en cada brizna de hierba, en cada palmera, en cada duna de arena, en cada farallón de los acantilados, sobre los helechos que tiritan, sobre el lomo de los pájaros australes, y por todos los poros de mi piel, resbala una caricia fresca y gris, un roce afable de gato viejo, que trae el preludio de una tormenta agazapada tras el susurro de la vegetación. Un demiurgo carpintero parece agitar troncos y tablas al otro lado del mundo, en la trastienda del cielo, y después de un crujido que estremece hasta el mineral de las rocas, una lluvia de Génesis se desploma sobre todas las cosas. Todo encuentra su equilibrio, y el firmamento pasa del incendio a la tormenta, el estruendo de una obertura para orquesta deja paso a un solo de náufrago en la menor, y unos instantes después, con una cadencia melódica, los dedos del agua clausuran el concierto como un xilófono sutil sobre las hojas abiertas de la selva.
Todo el tiempo que nos ha sido dado, toda la Creación, todas las revoluciones, cada edad y cada segundo que hemos logrado arrebatar al vacío con nuestra sangre, nuestro sudor y nuestro deseo, se comprime en un solo día, y toda mi existencia cabe apenas en un instante, en este instante, en el que la Vida se manifiesta e interpreta su sinfonía eterna y fugaz, infinita y perecedera, inasible y perceptible a la vez, como una punzada de lucidez en la corva de los ojos, o una mano que se aferra al calor de las entrañas. Un día de náufrago en esta isla vale por mil años de marino paria que trashuma de país en país, sin hogar al que regresar jamás, así como un beso de tus labios, o el contacto de tu cuerpo tibio y desnudo al deshacernos agotados en el sueño, es la odisea de una vida contada en una sola escena. Me deslizo del nudo de tus brazos y contengo la sonrisa ante tu gemido de protesta, me retiro un poco y admiro un minuto —que cala en mi alma como una ceremonia— el milagro de tu belleza reposada, que me parece otra isla en sí misma, un reducto de pureza en un mundo aciago. Te dejaré dormir un poco más, niña. Seguro que Tú también tienes hambre, voy a salir a pescar.


*


NADAR CONTRA LA CORRIENTE es siempre un empeño arduo y amargo, pero también nos da la medida de nuestras propias fuerzas, el calibre de nuestro deseo, y así se durmieran mis músculos y mis huesos se helaran en las fauces implacables del oleaje, allí, mar adentro, donde las crestas no hacen espuma y se yerguen en un silencio violento, y el fondo es un abismo renegrido, aunque el último pedazo vivo de mi cuerpo me traicionara, así mi corazón seguiría braceando hasta el último aliento, con tal de volver a reposar en la dulzura del tuyo.
A veces olvido que no estás aquí, aunque tu presencia lo ocupe todo, y olvido que la distancia se puede medir en semanas de navegación, o en ausencias al otro lado de las nubes. Eres apenas un jirón de niebla que roza mi orilla, un fantasma de humo del que quisiera saber todo lo invisible, más allá de la forma y la frontera de todo lo que cabe en la mirada. Saber de tus propios paisajes ficticios, beber de tus sueños, abarcar en una mano tendida todo lo que las palabras no pueden decir de Ti. Y sin embargo Te Siento, y en mi isla estás presente, y te acomodo, y te dejo dormida y a salvo en mi lado de la cama, y salgo a pescar para Ti.
Empujo mi balsa mientras hago pie en el lecho, y me encaramo a ella de un brinco, y voy dejando atrás el animado coloquio de los pájaros, el alarido de algunos monos locos, el rumor de la espuma volcada en la arena y el fragor blanquecino en el batiente, hasta rebasar las últimas olas que rompen en los arrecifes que protegen la playa. El ruido a veces se parece al color blanco, pero el silencio es oscuro, un brillo demasiado intenso a veces me deslumbra y no deja que me concentre en nada más, y entonces me siento más cómodo en la suave quietud de la noche, como los peces, que confían en esta balsa que se balancea en la calma de un mar agotado, y acuden bajo el fanal encendido de mis palabras, y dudan, y rodean la carnaza —pedazos de mí mismo, carne, saliva y letras—, y pican ahora más que nunca.
Creo que se me va a dar bien la noche, pero no quiero robarle la libertad a estos pobres peces —ya comeremos fruta, niña, que los árboles en esta isla son como madres con el hijo pródigo—, sólo busco uno en especial, un gran pez de escamas irisadas y voz italiana. Un pez soprano, ¿no has visto nunca uno? Son raros, es cierto, pero si tengo suerte te llevaré uno para cuando despiertes. Se quedan siempre cerca de ti, y nadan en ochos, trenzándose entre tus piernas mientras te metes despacio en el agua, como gatos marinos, y cuando se sienten seguros, convocan un banco de peces foco y luciérnagas submarinas, y te cantan Vissi d’Arte de Tosca como si fueran María Callas con un vestido de escamas arco iris. Y entonces te colma una emoción como de niña con el vestido perdido de barro, y dejas el juego por un segundo, estremecida, y tus lágrimas apenas se notarían, entre el agua y la sal del océano, si no fuera porque nada más brotar de tus ojos, se hacen duras y prenden, como cometas prenden, y desde allá arriba deben verse brillar como un mar estrellado o la Vía Láctea volcada del revés. Voy a esperar un poco más, a ver si se acerca uno, tienes que verlo, niña, te va a encantar el pez soprano. ¿Todavía duermes?


*


ACABO DE VER UNA ESTRELLA FUGAZ rasgando la oscuridad, no sé si ha sido en el agua o en la noche, si fue en el cielo o una lágrima tuya, una feliz y colmada, radiante. No importa, de todos modos voy a pedir un deseo, y trataré de guardar el secreto. Aunque a veces no estoy seguro de qué hacer con ellos, porque los secretos inconvenientes hay que decirlos siempre, para socavar el mundo y no dejar nada pendiente bajo la pereza o el miedo. Los secretos inconfesables, por otra parte, no son más que pájaros inquietos que aguardan en su escondite, y simulan aceptar las varillas de su jaula, pero en su pecho arde un anhelo encendido por la libertad, por convertirse algún día en confidencias, en canto al alba, en algarabía abierta y desnuda entre las altas galerías de la selva. Sólo hay una clase de secretos que deba guardarse siempre, que no pueda desbordarse nunca de los labios, ni mojar otras almas con su lengua embotada en impulso: los incomprensibles.
Esa estirpe de secretos son como centauros desbocados, una tribu indomable, y no pueden traducirse en palabras, ni interpretarse con las herramientas del conocimiento, ni medirse con las de la ambición, y están hechos para desordenarlo todo, por eso deben morar en una celda más allá de los labios, en los sótanos del pecho, en las mazmorras del alma. Deben cumplir condena allí, porque las cosas pueden irse de las manos si huyen, si anudan sábanas para fugarse en pleno delirio, descolgándose de la razón. Hay que tener suma cautela con los secretos incomprensibles, porque son los más peligrosos, y son capaces de construir una balsa y escapar de su isla, como un conde traicionado, y vivir una doble vida entre los mortales, y disfrazarse de príncipe oriental o mendigo de la Rive Gauche, y golpear el día menos pensado, cambiando para siempre el destino de las almas.
Por eso mantengo ciertos secretos a buen recaudo, como este deseo que acabo de pedirle a esa lágrima fugaz, a esa sonrisa de asteroide que hace un momento se ha dibujado en la noche dulce y oscura. Y lo alejo del borde de mis labios, y mantengo sellada la celda, y vigilo el sótano que palpita telúrico a cada latido dentro de mí. Sobre todo lo mantengo alejado de mis labios, porque ciertos secretos incomprensibles —«por qué a mí, por qué así»— sólo pueden revelarse con la catarsis de un beso.
Sigo esperando al pez soprano, niña, pero ya se ha hecho tarde, así que viro el precario timón y me dirijo de nuevo hacia la isla. No importa, seguro que el gran pez me ha visto desde el fondo, porque me ha parecido que se aproximaba un resplandor sumergido de peces foco y luciérnagas submarinas, y que un fulgor amarillo rodeaba la balsa desde lo profundo. Estoy convencido de que ahora mismo nada lentamente bajo mis pies y me sigue rumbo a casa, trazando ochos, calentando la voz, y cepillando sus escamas arco iris contra las esponjas adheridas a los maderos que me sostienen. Seguro que se está preparando para darte los buenos días cuando despiertes, niña. Y no habrá lugar más hermoso en el mundo que nuestra isla, ni criaturas más dichosas, ni arte más puro al mezclarnos, ni en los siete mares, ni en toda el Arca, ni en la Scala de Milán.
Me gustaría atrapar este momento, sin avidez por poseerlo, sin las pobres demandas del ego, sólo por la satisfacción de saber que es posible, aunque luego lo devolviéramos al mar, como un precioso pez que nadie osara malograr. Me gustaría tocar con los dedos esa belleza infinita, sin que se nos deshiciera entre las manos, y tener un respiro para poder saborear, ni que fuera por un instante, la contemplación de esa conmovedora y frágil felicidad, como si tuviera una red luminosa extendida sobre ella.

5/7/07

La cordura.


Para el último abencerraje.



—Entonces, ¿estoy loco?
—Creo que usted ya ha hecho su propio diagnóstico.
—Yo no hago nada, sólo me gustaría saber si estoy loco o no, si tengo la cabeza sana o soy un chiflado.
—No está enfermo, si es lo que quiere decir.
—Ya, pero tampoco cuerdo, ¿no es eso?
—Según su definición de cordura, no, desde luego.
—O sea, que estoy chalado.
—Si lo quiere ver así. Pero en ningún momento he dicho eso.
—Bueno, ¿y qué se supone que tengo que hacer?
—¿A qué se refiere?
—Pues ya me dirá, si estoy como una regadera, no me van a dejar ir por ahí, incordiando a la gente o subiéndome a las azoteas, supongo.
—Ya le dije hace rato que clínicamente está usted en pleno uso de sus facultades.
—Pero, ¿no me acaba de decir que no estoy cuerdo?
—No, dije que usted mismo lo rechaza, según su definición de cordura.
—Sí, claro, bonita manera de escurrir el bulto.
—Disculpe, pero ese no es el tema, aquí venimos a hablar de su caso, y usted insiste en que esa supuesta cordura le parece miserable, burguesa y pusilánime, según sus palabras de antes.
—Tiene gracia, se está haciendo el loco.
—Estoy recordándole su propia incongruencia, y tratando de abordar el tema con sentido práctico, eso es todo.
—Pues eso es precisamente lo que quiero, ser pragmático, ir al grano, y saber qué demonios tengo que hacer.
—Puede usted llevar una vida perfectamente normal.
—¿Una vida “cuerda”, quiere decir?
—Si lo quiere ver así, eso es exactamente, si es que se ve capaz de ello.
—¿Insinúa que no puedo? Debo estar de remate, entonces.
—No insinúo nada, sólo señalo que, teniendo en cuenta su concepción de lo que son la cordura y la locura, haría usted bien en tratar de asumir las cosas tal y como son.
—Ahora resulta que no sé distinguir la realidad.
—Cuanto menos la rechaza.
—O sea, que además de loco, soy un inmaduro.
—Ni lo uno ni lo otro, pero se refugia en su propio mundo, sus letras y sus utopías, y por eso el mundo real, el de ahí fuera, le parece absurdo y anodino, aburrido, previsible, o demasiado cuerdo, como usted dice.
—Tendrán que hacer algo conmigo, entonces, ya sabe, a la gente rara se la encierra.
—Creo que me habla usted de otras épocas, está muy confundido. Ahora todo es diferente, más científico y humano.
—Más cuerdo, claro, por supuesto, todo políticamente correcto y muy bien planeado.
—¿Qué quiere entonces, lanzarse como el Quijote contra los molinos de viento? Así no llegará a ninguna parte y sólo se hará más daño.
—Pero me sentiré mejor en la embestida.
—¿Cómo dice?
—Que el mundo está demasiado lleno de Sanchos.
—¿Por qué no intenta ponerme un poco más fácil mi trabajo y así me permite que le ayude?
—Porque estoy zumbado, ¿sabe? Siempre quiero darle otra vuelta más a las cosas, llegar donde los demás ni asoman el hocico, entregarme apasionadamente a un ideal, abandonarlo todo, ser fiel a mis instintos.
—Pues si está tan satisfecho consigo mismo, no entiendo qué hace en esta consulta, permítame que se lo diga.
—¿Satisfecho? En absoluto, decepcionado es como estoy. Y lo único que hago aquí es tratar de saber si de veras estoy loco o es el mundo el que ha perdido la cabeza.
—El mundo es el que es, caballero, y no le niego que algunas veces parezca desquiciado, pero usted seguirá viéndolo siempre así mientras no asuma que la voluntad y el deseo tienen sus límites, que hay cosas que, sencillamente, no pueden ser. Ha de concentrarse en pequeños retos, en el día a día, ser un poco más posibilista.
—Resignarme, quiere decir.
—No necesariamente, pero sí marcarse objetivos sostenibles.
—Conformarme, vamos.
—Si quiere reducirlo a eso, sí, al menos dejará de sentirse así.
—¿Así cómo?
—Desesperado.
—Qué sabrá usted lo que es la desesperación.
—Trabajo con ella todos los días.
—Pues no lo parece, es como si un minero saliera de la carbonera con las manos impolutas. Usted sabe de esas cosas desde lejos, me parece.
—Llevo veinte años tratando a pacientes como usted.
—Pues estoy seguro de que ha sacado un buen provecho, pero, lo que es a mí, esta consulta me está resultando completamente inútil.
—Siento mucho que piense eso.
—Ya me dirá, estoy como al principio, perdido.
—Creo que, de algún modo, usted se encuentra cómodo en ese extravío. Por eso resulta más difícil tratarle.
—Tratar mi locura.
—Tratar su caso, sin más. No se adelante.
—Luego, está sopesando la posibilidad de que esté chiflado.
—Estoy estudiando su historia.
—Pues no se meta en ella de lleno no vaya a mancharse, nunca se sabe.
—¿Qué quiere decir?
—Que igual le contagio.
—Las enfermedades mentales no son contagiosas.
—¿Lo ve?
—¿El qué?
—Ya lo ha dicho, estoy como una puta regadera.
—Pero...
—Muchas gracias, doctor. Que tenga un buen día.