Para Ihintza C.
II
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La ciudad no es más que una península de asfalto a la que nunca desciendo. Cada mañana hago el mismo recorrido, en el mismo vagón, pero siempre paso de largo. Cada mañana vengo desde el mismo lugar apartado, mi pueblo parduzco, encajonado al fondo de un valle en forma de T, con las casas enharinadas en caolín y la gente a medio cocer. Gente recia y adusta, pero reblandecida por la alborada, que se amontona a diario en el andén de un apeadero descubierto, como mazacotes de barro fresco y sin voluntad. Por la noche regresa agrietada y ya sin el barniz de la ciudad, como una partida de vasijas fallidas y desechadas, para desaparecer cada quien bajo la luz amarilla de su casa, a mojarse en el desencanto y esperar al día siguiente. Al despuntar el alba, otra vez y siempre, mis paisanos vuelven a apilarse en silencio bajo el vaho del mismo andén, como bloques de arcilla húmeda, y así todos los días, desmoronándose y resurgiendo una y otra vez del mismo lodo, con la renuncia intacta.
Tirito con ellos cada mañana, y el sueño también me llena de burbujas el fango de la cabeza, que a duras penas se mantiene alerta para tomar el primer tren. Sí, también espero en silencio en el mismo apeadero, pero mi viaje es distinto. Las manos de la ciudad no son más que las de un alfarero que nunca me tiene a su merced. No sé cómo fui a parar a ese pueblo empotrado en un zócalo, al pie de un tajo que deja desnuda una loncha de tierra rojiza al fondo del valle. Una pared cortada como si fuera manteca se yergue sobre el sudor pastoso y frío de las casas —un ribete de vegetación asomada al precipicio forma una costra verde allá arriba, y de lejos la sima todavía parece más una hogaza de pan de centeno, vencida por el moho—, y amenaza desde hace décadas con deslizarse sobre el pueblo y sepultarlo. No sé cómo llegaron a ese lugar mis padres, ni qué les llevó a pudrirse en ese pueblucho, a marchitarse con la lentitud de un pedazo de pan en la alacena, pero un día de estos me largaré a cualquier parte, a respirar un poco de brisa, a ver el mar desde la otra orilla —debe ser precioso el mar al otro lado, lejos de este malecón pedregoso y enmohecido, de este terruño gastado y siempre embotado en melancolía; las mañanas deben ser condenadamente azules, y seguro que calientan la sonrisa y hasta las tripas allí, en la otra orilla, pero ahora, aquí, sólo me repiten la leche, los azulejos, el calostro y los lamentos de mi vieja; asco de pueblo—.
Cada mañana el tren me saca del valle, y atravieso la planicie de los caseríos, la deriva de los postes de la electricidad, la lenta marea de hormigón de las afueras, los naufragios herrumbrosos de las fábricas, la chatarra ruidosa y el barro febril que el extrarradio y la comarca arrojan a la estación central de la ciudad, y empiezo a rozar esa otra orilla de las cosas, todas las mañanas del mundo a las siete y veintinueve, en cuanto atisbo la melena de Lucía, brillante de tan oscura, haciéndose sitio entre la gente. Sin apenas rozar a nadie, como si los demás temieran mancharla con sus rutinas, y sin dejar su caminar altivo, como de otro mundo, su presencia ilumina por un instante la penumbra del andén. Lucía sube el primer peldaño de la escaleta, se demora un segundo para entrar en el vagón, suspendida e indolente, y un pedazo de sol, desde la comisura de sus labios, refulge por encima del trajín de bultos y murmullos de la muchedumbre, y sus rayos llegan a tocar el fondo de arcilla de mis entrañas, hasta cocerlo, mientras la veo entrar cada mañana. Todas las mañanas del mundo, porque siempre amanecen la esperanza y la locura desde el vértice de su boca.
Hoy hace un día feo, casi viscoso, como si la luz apenas atravesara un paño húmedo tendido en el cielo, y parece que va a llover dentro de un rato, pero ahí delante, arrobada en su revista de moda, Lucía brilla y me ignora, y me basta, mientras la ciudad se va haciendo añicos, y los últimos edificios desaparecen por fin en la distancia.
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La escritora canaria Julia Gil