Bitácora de Sergi Bellver: junio 2007

25/6/07

Visibilidad reducida (II).

Para Ihintza C.



II



La ciudad no es más que una península de asfalto a la que nunca desciendo. Cada mañana hago el mismo recorrido, en el mismo vagón, pero siempre paso de largo. Cada mañana vengo desde el mismo lugar apartado, mi pueblo parduzco, encajonado al fondo de un valle en forma de T, con las casas enharinadas en caolín y la gente a medio cocer. Gente recia y adusta, pero reblandecida por la alborada, que se amontona a diario en el andén de un apeadero descubierto, como mazacotes de barro fresco y sin voluntad. Por la noche regresa agrietada y ya sin el barniz de la ciudad, como una partida de vasijas fallidas y desechadas, para desaparecer cada quien bajo la luz amarilla de su casa, a mojarse en el desencanto y esperar al día siguiente. Al despuntar el alba, otra vez y siempre, mis paisanos vuelven a apilarse en silencio bajo el vaho del mismo andén, como bloques de arcilla húmeda, y así todos los días, desmoronándose y resurgiendo una y otra vez del mismo lodo, con la renuncia intacta.
Tirito con ellos cada mañana, y el sueño también me llena de burbujas el fango de la cabeza, que a duras penas se mantiene alerta para tomar el primer tren. Sí, también espero en silencio en el mismo apeadero, pero mi viaje es distinto. Las manos de la ciudad no son más que las de un alfarero que nunca me tiene a su merced. No sé cómo fui a parar a ese pueblo empotrado en un zócalo, al pie de un tajo que deja desnuda una loncha de tierra rojiza al fondo del valle. Una pared cortada como si fuera manteca se yergue sobre el sudor pastoso y frío de las casas —un ribete de vegetación asomada al precipicio forma una costra verde allá arriba, y de lejos la sima todavía parece más una hogaza de pan de centeno, vencida por el moho—, y amenaza desde hace décadas con deslizarse sobre el pueblo y sepultarlo. No sé cómo llegaron a ese lugar mis padres, ni qué les llevó a pudrirse en ese pueblucho, a marchitarse con la lentitud de un pedazo de pan en la alacena, pero un día de estos me largaré a cualquier parte, a respirar un poco de brisa, a ver el mar desde la otra orilla —debe ser precioso el mar al otro lado, lejos de este malecón pedregoso y enmohecido, de este terruño gastado y siempre embotado en melancolía; las mañanas deben ser condenadamente azules, y seguro que calientan la sonrisa y hasta las tripas allí, en la otra orilla, pero ahora, aquí, sólo me repiten la leche, los azulejos, el calostro y los lamentos de mi vieja; asco de pueblo—.
Cada mañana el tren me saca del valle, y atravieso la planicie de los caseríos, la deriva de los postes de la electricidad, la lenta marea de hormigón de las afueras, los naufragios herrumbrosos de las fábricas, la chatarra ruidosa y el barro febril que el extrarradio y la comarca arrojan a la estación central de la ciudad, y empiezo a rozar esa otra orilla de las cosas, todas las mañanas del mundo a las siete y veintinueve, en cuanto atisbo la melena de Lucía, brillante de tan oscura, haciéndose sitio entre la gente. Sin apenas rozar a nadie, como si los demás temieran mancharla con sus rutinas, y sin dejar su caminar altivo, como de otro mundo, su presencia ilumina por un instante la penumbra del andén. Lucía sube el primer peldaño de la escaleta, se demora un segundo para entrar en el vagón, suspendida e indolente, y un pedazo de sol, desde la comisura de sus labios, refulge por encima del trajín de bultos y murmullos de la muchedumbre, y sus rayos llegan a tocar el fondo de arcilla de mis entrañas, hasta cocerlo, mientras la veo entrar cada mañana. Todas las mañanas del mundo, porque siempre amanecen la esperanza y la locura desde el vértice de su boca.
Hoy hace un día feo, casi viscoso, como si la luz apenas atravesara un paño húmedo tendido en el cielo, y parece que va a llover dentro de un rato, pero ahí delante, arrobada en su revista de moda, Lucía brilla y me ignora, y me basta, mientras la ciudad se va haciendo añicos, y los últimos edificios desaparecen por fin en la distancia.


...estación anterior
próxima estación…

18/6/07

Compulsión.

Para una guerrera india.


19:21

Hay ocasiones en que la palabra me traiciona, en que todo lo que no pueda contar un silencio me parece absurdo. A veces detesto cualquier afán literario, cualquier premeditación a la hora de encontrar un código de signos con el que traducir ese silencio sublime, terrible, que me arroja a las simas más profundas de la Tierra, que me eleva por encima de las cosas, a años luz del polvo y del camino. En momentos así, no reparo en nada, ni en mi provecho ni en el momento siguiente, ni en el ahora ni el después, y sólo alcanzo, desbordado, a volcar en palabras inútiles lo que me habita, lo que me extingue, lo que arde en ese atisbo de locura que refulge siempre al borde de mí mismo. A ratos siento cómo van desmenuzándose las esquinas de mi cuerpo, y voy dejando una existencia en ruinas por las aceras de cualquier ciudad, y a ratos soy la piel misma del océano, que se agita sobre el mundo con la tremenda fuerza de un cataclismo, y que en los atardeceres acaricia tus pies, en la orilla de un recuerdo inventado. Soy un triste remedo de pájaro hablador, un sucedáneo gastado de hombre, apenas un copo de nieve en los surcos de tus manos. Soy el dueño del Cosmos, y en la catedral de las cosas vivas suena un órgano, que hace añicos la bóveda del cielo, y me dispara al firmamento, como un hombre bala a punto de ensartar la Osa Mayor. Soy un insecto aplastado en el vidrio de tus gafas, una mancha rebelde en el envés de tus sábanas, un desconocido que olvidarás mañana, sentada en la terraza de un glaciar, meciendo la plata de tus sandalias y el bronce de tu empeine sobre las losas antiguas de la plaza, como si en tu indolencia pudieran medirse el bautismo y el funeral de todas las palabras que nacen y agonizan, que se enroscan en tus piernas e inoculan su antídoto inútil en el mapa de mis venas. Soy el único maestro para una lección que no aprenderás jamás, ni falta que te hace, en esta licenciatura extraña del vivir. No sirvo apenas ni para subir nota, pero el caso es que hay al menos un paisaje que sólo existe detrás de mi boca, al que sólo podrías asomarte si te encaramases a mis ojos. Y bien sé, querida, que te aguardan otros doctorados, que aprehenderás lo bello, lo cierto y lo arcano de manos de tu propia curiosidad, escoltada por todos los príncipes y escuderos que te saldrán al paso a cada aventura. Sé que pudiste, que yo podría, no lo dudes, pero tu tren tiene prisa y es directo, no hace paradas en apeaderos así, al borde de un acantilado, azotados por el vendaval, con el tejado destartalado y un camastro solitario para el jefe de estación. Tu belleza insoportable pasa veloz y sólo deja una espiral de hojas secas tiritando sobre las vías.
No he visto jamás algo tan bello ni tan letal como tus labios, ni abismo tan vertiginoso como tus ojos, ni metal tan frío como el de tus huesos, afilados, soldados a un templo en equilibrio. No he visto misterio más obscuro que el de tu melena, esa foresta sombría en la que quisiera extraviarme y no encontrar jamás el camino de vuelta. No imagino arroyo más fresco y claro que el que resbala por la suave roca musgosa de tu lengua, ni hoguera más sagrada que la de tu aliento al dejarte ir cuando amas, ni otra boca o volcán al que ofrecer el sacrificio de mis torpes manos, la carne inflamable que te pertenece, el pedazo de arcilla que es mi cuerpo a merced de la lava lenta de tus caricias. Todo lo aprendido hasta hoy no es más que un simulacro, toda la madurez que me dieron los años no fue otra cosa que una impostura, todo lo que me traiga la vida no es más que el salario mezquino de un desterrado, el exilio atroz de un zahorí, que aferrado a sus palabras trata de encontrar el manantial subterráneo que sacie su sed. Todo esto no es más que una broma pesada, una vez apercibido de la existencia de tu belleza, india guerrera y sacerdotisa de los campos, la playa y el espejo. Una derrota antes de poder luchar siquiera, si no he de beberte el alma en el abrazo ni morderte el deseo aferrado a tu divina boca, si no puedo llenar todas las habitaciones de tu morada con mi luz, si no he de grabarte un nombre y su leyenda, desde el temblor de tu sexo a los cuarteles de invierno de tu corazón regente. La voluntad, qué quieres que te diga, es sólo una estratagema para sobrevivir, una traidora que me abandona a la carrera, cada vez que te tengo delante y me desbocas los sentidos. No te conozco de nada. Nadie nunca podría conocerte tanto. Quizás en otra vida, querida guerrera, ya que en esta nací albatros y nunca aprenderé a aterrizar, ni a ser elegante en tierra firme. Qué tristeza no poder entregar esos silencios que ni en palabras puedo traducir, qué diluvio de alegría se queda atrapado en estos nubarrones que me ahogan, qué cantidad de Amor sigue bajo llave, en un arcón modesto, en un desván polvoriento. Lo siento de veras. De nada sirve escribir.


20:26

11/6/07

Como tú eres así.

«El que te habla de los defectos de los demás,
con los demás hablará de los tuyos.»

«Todos quieren tener amigos y nadie quiere serlo.»

Denis Diderot


Quedará para el rincón más oscuro de mi desván, bajo siete llaves en lo más profundo de un arcón, ese en el que guardo los imposibles que alguna vez dolieron, todo lo que podría decir ahora mismo, utilizando esas palabras a priori inofensivas. Como tú eres así, con esa capitulación desapasionada, con esa exhausta rendición, podría comenzar a escribir unas cuantas cartas, y sacudirme el polvo y la tristeza, y tratar de anudar un lazo de palabras a una manada de sentimientos desbocados, que poco a poco me van desgarrando, me van deshilachando, hasta hacer de mi esperanza un manojo de hebras al viento. Pero sólo hay algo peor que una carta triste, y es una carta triste e inútil.
Por eso me guardo esos sellos con la imagen de un castillo derruido, y vierto desde los riscos esas frases saladas, con ese rumor de fondo de navíos malogrados, y la canción rota de un mascarón de proa varado en la playa (sin poeta alguno que lo lleve a su casa). Por eso desisto y hago añicos esas cartas tristes e inútiles, porque ya no albergo esperanzas de que lleguen a ninguno de esos países lejanos en los que alguna vez creí reconocer mi verdadera patria. Por eso renuncio a hablar el idioma de los peces voladores, la jerga de las olas, la lengua viva de las cosas.
Dejaré que allá me cubra de polvo el olvido, en tierra extranjera, al otro lado del mundo o al final de esta misma calle, poco importa, pues cualquier paisaje se me hace extraño si no me siento en casa, entre camaradas, con la mano tendida y el vaso de vino dispuesto a compartir la Tierra. No existen palabras bajo la faz del hombre capaces de expresar algo vivo y cierto, si el otro no desea prestarles atención, o si, tanto da, es incapaz de comprender el idioma de los acantilados, la jerga de las mareas, la lengua encendida de los buques a la deriva.
Estoy hastiado de la gente que danza en círculos alrededor de su Yo, como si no fueran más que satélites de un parásito que usurpó hace tiempo su identidad, como si el Yo fuera un cíclope insaciable que demandara sacrificios a todas horas, a expensas de los demás. Asqueado de la pantomima servil y maloliente de aquellos que, como un pájaro cuco, empujan fuerte contra las lindes del nido, hasta arrojar al abismo la promesa legítima de su anfitrión, para ocuparlo todo y ganar un trono para ese Yo implacable. Harto de la gente guapa, estupenda, ideal, vanidosa y divertida, que apenas se disculpa si tira alguna copa en su deslumbrante algarabía, que no repara en las estrellas que van desgajándose del cielo a su paso, en los volcanes que laten bajo sus pies de bailarina ebria y atolondrada, que ignora las veces que el sol estuvo a punto de fundirse entre sus manos, y vienen a maravillarse después como conejos deslumbrados por las luces largas de un coche, con cualquier bagatela, cualquier cachorrito adorable, tan mono, o con algún estúpido autómata de feria, barnizado y reluciente, que repite el mismo gesto complaciente y absurdo una y otra vez, una y otra vez. Sí, muy a mi pesar, creo que, como el doctor Kirílov en el cuento Enemigos del maestro Chéjov, estoy comenzando a incubar cierta convicción —injusta, indigna del corazón humano—. Cierto desprecio, al fin, por una parte de la especie.


.........


Y sin embargo, lo juro por lo más sagrado, no sé de qué fuente brota esta testarudez extrema, esta obstinada fe en el otro lado de lo humano, pero el caso es que de manera casi inaudita sigo creyendo en la verdadera belleza, en el gesto sincero y honesto de quienes tienen en cuenta al otro cuando crean algo hermoso. Cada vez veo más pequeña la sombra de ciertos autores "grandes", y cada vez es más grande mi admiración por el legado de ciertas firmas sencillas, capaces de ofrecer su trabajo a manos llenas, sin pensar en otra cosa que la claridad de la sonrisa o el abrazo que les devuelve el único precio admisible de su auténtico valor. En realidad, aunque ahora esté hablando de literatura, pienso que todo esto es perfectamente aplicable a cualquier faceta de la actividad humana. De un lado están los que tienen al mundo por un lugar a saquear, una oportunidad de provecho, y por otro los que se ocupan de ofrecer algo de sí mismos al prójimo. Por eso prefiero extraviar la llave de ese arcón polvoriento, olvidar el camino de vuelta al desván, y fijarme en otras voces. Por eso quiero dejaros por hoy, así, alzando una bandera todavía posible, revolucionaria, con dos recomendaciones:


Julia Gil López, poetisa tinerfeña La escritora canaria Julia Gil presenta mañana martes en Madrid su primera novela, Como tú eres así, publicada en la Colección TID (Textos Idea), por el Cabildo de Tenerife y el Centro de Cultura Popular Canaria. Será en la Casa de Canarias, en la calle Jovellanos, número 5, enfrente del Teatro de la Zarzuela, a las 20h.

No he tenido la oportunidad de leer aún esa novela, pero sí conocí y disfruté en su día del poemario De olvidos y de existencias, publicado por los mismos editores, un bellísimo conjunto de poemas alejado de esa enfermiza avidez del Yo que antes mencionaba, y que se duele del drama de la inmigración, desde ambos lados del desamparo, en la paupérrima orilla que empuja a los desposeídos a nuestras costas, y en la miserable playa que aloja nuestra abundancia. Sus creaciones siempre dejan un resquicio para la esperanza, en cada verso, aun herido y emocionante al tiempo, desde las entrañas pero sin aspavientos, consciente y sosegado, pero con la inaplazable necesidad de decir, de compartir. De olvidos y de existencias me pareció un trabajo desprovisto de hueros artificios y en el que tiritaba siempre una conmovedora fe en el corazón humano. Andamos necesitados de poetas así, tan lejos del boato, tan cerca de la piel deshollada por la desgracia, y al tiempo habitantes del latir insobornable de la esperanza.
Lo usual es que muchos novelistas, espoleados por su inagotable avidez, se lancen al relato o la poesía con la soberbia habitual, como si haberse bregado en los manuscritos de quinientas páginas les diera una suerte de doctorado para las distancias cortas y lo breve. Por una vez, me alegra que sea una poetisa honesta, la que invierta la tendencia y se aventure con la novela. A poco que mantenga la misma capacidad para hacer de su experiencia vital un elixir tan veraz como el de su poesía, el empeño no habrá sido nunca en vano.
Ahí queda la propuesta.


Para terminar, por si a alguno se le había pasado por alto, os recomiendo que hagáis un esfuerzo por detener vuestro reloj durante unos ocho o nueve minutos, para que podáis apreciar —los que no lo hayáis hecho ya— la maestría con la que esos dos músicos brasileños homenajean el maravilloso Adiós Nonino del insustituible Piazzolla. Sólo tenéis que tomaros algo en el Albatros Café, ahí arriba, y el concierto comenzará justo encima de esta entrada. Así es un poco más fácil seguir creyendo en la belleza.


Por cierto, ahora que no nos escucha nadie... mañana por la mañana, a eso de las 10:25, diez y media como mucho, es probable que cierta ave marina utilice unos versos de André Breton como si fueran banderas tibetanas de oración, propagando un grito al viento para zarandear un poco a los conformistas y seguir alentando a los valientes. Si todo sale como debiera, la cita es en el contestador de voz del programa Siglo XXI, de Radio 3, RNE (en el 93.20 de la FM en Madrid, otras frecuencias en el resto de España).

6/6/07

Visibilidad reducida (I).

Para Matías Candeira



I



El rumor del tren a ratos me acuna y a ratos me aturde, el rumor del tren, maquinaria errabunda, cla-clac cu-cun, el rumor del tren, que a ratos me lleva en volandas y a ratos me tortura, retumba, trueno sostenido de tuercas y tornos en rutinas proletarias, cla-clac cu-cun, herrumbre veloz y el paisaje tan lento, una rauda cárcel de hierro y una anguila de plomo que cla-clac cu-cun, y me bate un rumor de jugos en las tripas del tren, me repiten la leche ardiendo y la misma cocina, en este rumor de ballena blanca, panza arriba, cla-clac cu-cun, con las estrías del vientre al cielo brumoso del alba, y como Jonás me asomo afuera por el ámbar de los ojos, y están, y pasan, y cla-clac cu-cun, y están, y pasan, y se borran en la lejanía los postes de la electricidad, maderos grises que renuncian, y la llanura es un océano de ceniza, cla-clac cu-cun, y se hunde un caserío en el horizonte, y la inercia del tren es un dedo en la espuma, que dibuja la estela de una gran ballena, y el sopor me vence en el asiento, aunque el vidrio me hiele la sien, y el suelo del vagón huela a betún, cla-clac cu-cun, y el rumor del tren, que ahora me seda y al rato me sacude.
Y el monstruo aminora, y clac, y la gente se despereza y el plástico de las bolsas cruje, las mochilas resbalan, y cun. Los edificios a la deriva flotan como gabarras, y clac, y encallan despacio en la mirada, y la ciudad bosteza, y cun. Y el aire lleva el mismo eco de los estibadores en un muelle, y la sombra pesada de las grúas, y la herrumbre que vara despacio entre adoquines, y sopla, como un cetáceo de metal. Y atraca, y vomita a los náufragos en los andenes, y sopla una última vez, por allí, y calla del todo, y creo que despierto.


*


Lucía —le imagino ese nombre desde la primera vez— toma el tren de las siete y veintinueve todos los días del mundo, y si algún día, Lucía, que siempre se sienta de espaldas al sentido de la marcha, dejara de tomar ese tren, el mundo dejaría de tener días con siete y veintinueve, y todos los relojes —también en Odessa, Adelaida o Vancouver— faltarían a la costumbre y darían la media de golpe. A Lucía le gusta mirarse en el vidrio de la ventanilla cuando el tren todavía está varado en los andenes, en la penumbra temprana, bajo la techumbre de vigas negruzcas y madera ahumada, cuando aún es de noche en los vidrios, y las vías, que llegan frías de la madrugada, huelen a grifo, y sólo de lejos, donde acaba la estación y se adentran en la periferia, un tibio sol comienza a dibujarlas como rayajos de tiza en un pizarrón abatido de grava y mugre —aunque me temo que ella no repara en todo esto, que sólo aprovecha el vidrio mientras le sirve de espejo—.
Cuando el tren se sacude la pereza, Lucía amortigua la vibración contra el asiento, y mientras los vagones abandonan despacio la estación y penetran en la claridad del día, Lucía, que siempre acomoda su espalda con el gesto de una gata, abre una revista de moda y la sostiene muy extendida, con las manos separadas, como quien tiende una prenda mojada, y sumerge su mirada entre el satinado de las páginas, y olvida la ciudad de ahí afuera, olvida el vidrio de la ventanilla, que ahora aparece molesto y sucio, a la luz desnatada de las siete y media de la mañana, y estoy seguro de que hoy tampoco me ha visto, aunque me siente delante, todos los días del mundo, y me haga a veces el dormido.