Bitácora de Sergi Bellver: mayo 2007

22/5/07

Invitación a La orgía.

«La única manera de soportar la existencia
es aturdirse en la literatura
como en una orgía perpetua.»

Gustave Flaubert




Así, con esta luminosa cita del maestro, comienza mucho más que el primer libro de Ana Muñoz de la Torre. Así se instaura, podríamos decir, un impulso vital, una vocación cierta que llevan a esta autora cordobesa —ovillada como un suave felino en su Madrid, del que hace una experiencia intransferible— a conducirse por la existencia y por la literatura como si fueran orillas bañadas por el mismo empeño, la misma gracia, las mismas crecidas que anegan lo cotidiano o el alma por igual.

No deben llevar a equívocos el título del libro ni la imagen de la cubierta; tampoco acepta esta obra el corsé del género, pues no danza en la ortodoxia de la novela, ni se ciñe al gesto del relato, ni abunda, aunque le inunde en ciertos momentos, en la poética. Lo fácil sería decir que sus editores (Gens ediciones, los mismos que se atrevieron con Parábola de los talentos, aquella antología de relatos de la que hace tiempo hablamos unos cuantos —un libro que me parece crecer con el tiempo—, los mismos que apuestan por otras voces, por otra manera de hacer, por el afán genuino de hacer literatura) han rescatado el formato de bitácora original y los textos se suceden sin más, como las entradas. Pero hay algo más, una suerte de aroma general, de intención palpitante que desborda lo previsible, como si la autora hubiera logrado urdir un diccionario literario, un ficcionario literal de su propia alteridad, y en él se confundieran —y se fundieran— los términos y significados, la huella y el significante.

En efecto, Ella y La orgía perpetua, nace de una de las páginas —aunque conserve el formato, hace tiempo que trascendió lo que suele entenderse como “blog”— más visitadas por los internautas en castellano, en lo que a iniciativas literarias personales se refiere. Ya viene sonando entre todos, como un rumor creciente, la realidad que las páginas virtuales están inaugurando como alternativa a veces, como complemento las más, en todo caso, como discurso propio, siempre, ante el libro como objeto de cambio del mercado editorial. En diversas bitácoras nos ocupamos de esta posibilidad, de este augurio para las letras, en la que un texto se defienda por sí mismo y no deba agachar la cabeza o dejarse podar por las estrategias comerciales de ciertos editores. La viabilidad es una aspiración legítima para cualquier editorial, máxime para las independientes (imprescindible aún para las alternativas, aunque sobre esta distinción hay firmas y colectivos que ya están preparando una interesante exposición, de la que daré cuenta en estas alas a su tiempo). Pero hay una distinción inequívoca entre el libro como negocio y el texto como artefacto literario, como arte, de facto. Y en este caso, desde su humilde pero audaz empeño, Gens ediciones ha apostado, una vez más, por una autora que cree a ciegas (pero con tino y oficio) en la literatura como experiencia vital, como sublimación de su propia inquietud como ente deseante.

No creo que sea oportuno desgranar aquí aquello que respondería a la primera pregunta del despistado: «¿de qué va el libro?» Podría haberse quedado la cosa en remitir a la nota de prensa de la editorial, a su página web, o, en ese ejercicio que algunos llaman cultura de solapismo, esbozar las tres o cuatro líneas generales que dejarían satisfecho al curioso en tránsito, y desazonado al que, como quien suscribe, ha nadado y acompañado en sus trayectos subterráneos, ha tarareado a Leonard Cohen y le ha susurrado cualquier cosa a la protagonista, desde la intimidad de su lectura. Podría también, y de hecho, puedo, abrir un enlace a La orgía perpetua, la página original. Pero en realidad, lo único que se me antoja cierto y mío, propio del albatros, que no sabe tanto del rigor y el oportunismo como del contagio y el apasionamiento, lo único que me parece honesto ahora, es invitaros a todos a algo más que la presentación de un libro. A esa cita podréis acudir algunos este próximo viernes, y a ella os emplazo (me encantaría veros a más de uno por primera vez y reencontrar viejos abrazos), aunque no deja de ser un acto de sociedad, una amable y entretenida apertura al mundo para este libro, por parte de la autora y sus valientes editores, algo que se recuerda con una sonrisa, pero que se desvanece con el tiempo.

A lo que realmente quiero invitaros es a una orgía, un festín literario del que, a poco que la rutina y los best seller no os hayan atrofiado vuestro material sensible, no saldréis indemnes. A lo que de veras deseo animaros es a la lectura de Ella y La orgía perpetua, y a que disfrutéis del hallazgo.



Para poneros las cosas un poco más fáciles a los que tengáis la intención y la posibilidad de acercaros a la presentación, os copio este plano de situación que ha colgado en su página el equipo de Gens ediciones. También aparece, marcada por el nombre de la editorial, la ubicación de su oficina, en el número cuatro de la calle Santa Inés. Muy cerquita del Nietzsche Art & Drinks, un local elegante, como no podía ser de otra manera en este evento, del que podéis haceros una idea (hay fotos, para los voyeurs) visitando su página.



También podéis ubicaros utilizando los completos e interactivos planos correspondientes a las direcciones de Gens ediciones y de Nietzsche Art & Drinks que podréis encontrar en Páginas Amarillas. Allí obtendréis más información acerca de autobuses o aparcamientos, por ejemplo. De momento no se detalla información sobre aeródromos, lo que podría resultar de interés para posibles incorporaciones a última hora de algún aventurero en cuatrimotor...

18/5/07

Escritura replicante.

"No hay nada peor que sentir picor y no poder rascarse, ¿eh?"
Leon, Blade Runner


15:22

El tipo es como un galápago que se agita boca arriba, sacude la cabeza buscando un punto de referencia, y mientras bate sin concierto sus extremidades, a través del aire viciado de la habitación percibe cómo se va acercando poco a poco la espesa humedad del techo. Es como un hundimiento panza arriba, el peso del caparazón le va empujando contra el yeso blando de ahí arriba, como si fuera el lecho de un océano lácteo, agrio, caduco.

El tipo quisiera zafarse de su armadura, soltar lastre y elevarse por encima de los vértices de la habitación, hundirse más allá del fondo al que van a posarse todos los pecios que hacen aguas en su mente, pero los apéndices que apenas sacuden las esquinas de su cuerpo no alcanzan a ser aletas, ni remos, ni siquiera palabras que poder arrojar por la borda para soltar lastre.

La tarde, lenta y pesada, se convierte en un oleaje sin espuma, denso, cenagoso, que va engullendo la poca lucidez que aún flota en los ojos del tipo, acuosos y rasgados, pulidos por el tiempo, con el brillo nebuloso que resbala en los de un enorme galápago, uno tan longevo que guarda en su memoria rostros y paisajes ya extintos para el resto del mundo. La tarde le va embotando con su lengua oscura, le va tupiendo las oquedades del cuerpo, los respiraderos del alma, y en ese abrazo gelatinoso se reblandecen la carne, los huesos y el deseo.

Al tipo, sobre todo, le parece una broma pesada naufragar panza arriba, hundirse hacia el techo del océano, emborronarse como la tinta en papel mojado, y que la tarde le vaya limando las manos, gastándole los labios, derritiéndole la percepción, justo ahora que alguien abrió la puerta y recién entró con olor de jazmín y fruta, de madera seca y libro nuevo. Y en ese momento sólo recuerda a otro tipo, extraño y acorralado como él, señalado con el dedo y proscrito, uno que cree recordar haber visto alguna vez en una película, tal vez, todo es tan confuso ya. Apenas recuerda un tipo asustado que se revuelve, al que le preguntaban por un galápago agonizante, un tipo duro que se levanta y dice ¿mi madre? voy a hablarle de mi madre, y le descerraja un tiro en las tripas al interrogador. Y un sillón de oficina rebota a cámara lenta contra las paredes, como una bola de billar que falló la carambola.

El tipo que ahora naufraga del revés apenas consigue atrapar un rastro del olor a jazmín y fruta, y se aferra a él, mientras olvida ya el nombre de las cosas, el tacto de la madera o el papel, mientras termina por hundirse en el yeso lechoso de la tarde, y maldice los muñones que ya ni siente, y lamenta no tener un dedo con el que apretar el gatillo y borrar del mapa al bastardo que le atosiga, y al que se ahoga con él.

15:49

16/5/07

Reciclarse o morir.

"El arte es inútil, pero el hombre
es incapaz de prescindir de lo inútil."

Eugene Ionesco



¿Puede evolucionarse eternamente? Los cambios obedecen a la supervivencia, la selectividad premia a los mejor adaptados, pero ¿quién marca la pauta ahora mismo para nuestra especie?, ¿quién condena la lentitud de la belleza y recompensa la inmediatez de la producción? Lo que ahora es una ventaja puede convertirse mañana en un handicap, y lo que otrora fue letal puede mañana salvarnos la vida. El mundo no es necesariamente mejor. Sólo “funciona” según las circunstancias actuales, acorde al medio y la plaga humana, ese absceso que, de momento, soporta el ecosistema. Del mismo modo que nadie vale lo mismo que aquello último que hizo, que lo nuevo no es siempre testimonio de lo mejor de una vida (cuantos genios malograron su obra con el último estertor abotargado en la vanidad), una sociedad no puede –la Historia humana no puede- juzgarse por el último escalón. Tal vez haya materias concretas en las que, tibiamente, comenzamos a aprobar, la democracia “teórica”, los derechos fundamentales (todavía privilegio y no condición, fuera del alcance de buena parte de nuestros semejantes), la mortandad infantil (antes democráticamente universal, hoy injustamente localizada) pero ni siquiera esos baremos son unívocos. Ecología, combustibles –años aferrados a un balde agujereado-, producción masiva de ocio anestésico y baldío. La relación de faltas, como la pereza de un inquilino indeseable, está comenzando a agrietar el edificio, a desconchar la pátina de seguridad que barniza las paredes. Simplemente somos más, pero no mejores, y las estrategias evolutivas cambian. Ya no hay que cazar a la carrera tras las presas, los animales salvajes un día serán una leyenda, la obesidad (consecuencia del sedentarismo ocioso), otro tipo génico, una involución más, etc., y por lo tanto, la competitividad, la rapidez, la efectividad (quirúrgica, ejecutora), ya no deberían ser las espuelas de la especie. Ya no hay páramo que conquistar a galope. Ya estamos todos, sentémonos, repartamos las provisiones, compartamos la cosecha, y dejemos la fusta para las espantadas del jinete alocado y sus hordas de acólitos, a ver si hay suerte, se parten la crisma en la próxima poza y dejan de armar jaleo y azuzar a las pobres bestias.
Igualmente, si mañana el planeta dijera basta, si se cerrasen las tapas del libro para siempre y cayera en manos de un dios marciano… ¿salvaría nuestra memoria por la penúltima hoja, por el epílogo reciente de Hitler, Hiroshima, el genocidio silencioso de África o la devastación desaforada a la que estamos sometiendo nuestra casa? Lo mismo sucede en el arte. ¿Quién puede decir que no estamos en decadencia, con el imperio infestado de plagas… con la virtud corrompida? Acaso nuestro cenit ya pasó, y nos vigila decepcionado desde algún lugar del pasado. ¿Quién subió un peldaño más que Mozart, Flaubert o Leonardo? Decidme, ¿quién alzó una escala de veras diferente, a la que encaramarse y señalar otra estrella en el firmamento del deseo? ¿Quién, sobre todo, armó una revolución para una causa en verdad justa y fraterna? Contádmelo, que ardo en deseos de dejar mi casa y unirme a la caravana, en pos del horizonte, de un hombre, de un arte, nuevos, sí, pero de raíces que se asienten en el telúrico fervor del corazón humano y ramas que acaricien el punto de fuga de todas las líneas que traza su inquietud.
En este instante, sólo se me ocurre apagar la luz, prender una vela, sentarme en el jergón y comenzar a meditar sobre el modo de ir desapareciendo, de hacer añicos las hieráticas estatuas que he erigido en mis peores ensoñaciones para la posteridad, y volver a la tierra como simple brizna de hierba que acaricia los pies descalzos de los nómadas. Tengo la imperiosa necesidad de traicionarme, de arrojar al fuego mi vanidad y mis quimeras, y serle útil a alguien de una buena vez. Y si no le llaman arte a lo que haga, poco importa, que eso no vendría más que a saciar la voracidad de mi soberbia, y aún podría distraerme, desatendiendo el fin último y cierto, arrobado en estériles espirales en torno a mi mugriento ombligo. Cuando lleguemos al final del camino no quiero que nadie pueda decirme que saqué demasiado provecho, que ocupé esta casa sin dejar algo a mi paso, que encajé los abrazos sin infinita gratitud y las manos sin un regalo honesto. Me gustaría, para ese día, haber logrado que nadie piense que fui listo ni erudito, ni siquiera brillante, si acaso, como mucho, un poquito limpio y sabio.