Bitácora de Sergi Bellver: marzo 2007

30/3/07

Temo, pero debo.

“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, Nadie. Sólo hay un recurso: vuelva sobre sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo si moriría, en el supuesto caso de que le fuera vedado escribir. Ante todo, pregúntese en la más silente hora de la noche: “¿Debo escribir?”. Hurgue dentro de sí en procura de una profunda respuesta y, si esta resulta afirmativa, si puede afrontar tan serio interrogante con un fuerte y simple “debo”, entonces construya su vida según esta necesidad. Su vida, hasta en los más vacíos e insignificantes momentos debe convertirse en señal y testimonio de este impulso.”

Rainer Mª Rilke, Cartas a un joven poeta.


Se habla mucho del miedo del escritor a la página en blanco, al bloqueo. Pero a veces sucede lo contrario, y las hojas se arremolinan en todas las aceras por las que se apresura el escritor desaforado. Y la hojarasca se amontona al pie de las tapias, en las bocas de los desagües, en el primer escalón de todas las puertas. La hiedra zombie trepa por las piernas del escritor desmesurado y dificulta su avance como si fuera el último trozo de carne viva en la ciudad, y una inundación de pasta de papel, verdosa y caníbal, le hubiera atrapado hasta la cintura. Entonces, en vez de golpearse la frente con las manos o gritar auxilio, el escritor desorbitado busca un retal de hoja todavía seca, un pedazo de pared blanca, y entregado al delirio incurable de la escritura febril, deja que la crecida le vapulee el pulso mientras garabatea la última frase, un instante antes de ahogarse.
Hay escritores que temen derramarse sobre todas las cosas, diluirse como una llovizna fría por las calles, a los que les angustia no achicar a tiempo todas las vías de agua que amenazan desde el abismo de sus entrañas, y hoja tras hoja, tras hoja, tras hoja, comienza a adueñarse de ellos el indescriptible horror de ver cómo todos los esquemas, todos los árboles, se quedan en blanco, desposeídos, mudos. El miedo atroz a que, de tanto decir, cuando ya no quede nada con vida del presente, vengan los forasteros de mañana a pasear entre las ruinas de una ciudad cementerio, de una arboleda muerta, una catedral de ramas secas que no conserve ni el eco de una voz desolada, ni el canto de los pájaros azules, sobre la que no se pose más que el plumón de sombra de marzo.
No alcanzo a ver la suerte ni el privilegio. Vive más feliz el ganado en su abrevadero, que el centauro desquiciado, que se abandona a su naturaleza y galopa por las noches detrás de las tormentas, hasta el fragor de los acantilados. No hay más que sufrimiento en la criatura imposible que subsiste a base de lluvia y mareas. Tener la necesidad de escribir a todas horas, de tramar novelas, de esbozar cuentos, de reprimir poemas, de arrojar cartas, sondas, balizas de palabras, es una condena, que nadie os venda la bohemia, es un estigma, y no sé quién ni cómo, pero en alguna parte debería decirse alguna cosa al respecto.

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De cómo suceden estas destemplanzas: un amigo me pregunta, ya que hablo tan arrobado a veces de ellas, qué es una musa para mí, y yo le respondo atropelladamente, sin aclararme a mí mismo las ideas, con lo que desoriento a mi amigo aún más de lo que estaba. Después recuerdo un correo electrónico que respondí hace poco más de un mes, y que, utilizando las palabras de un tipo más lúcido del que soy este viernes, el inquilino que habitaba hasta hace días mi carcasa, responde bastante mejor a esa pregunta. No la finiquita, claro, hay mil flecos, mil detalles, y sobre todo dos o tres pilares que no ha mencionado, pero me doy cuenta de que ese mismo correo (que iba dirigido a otra persona) le puede servir a mi amigo para hacerse una idea de lo que tengo en mente cuando hablo de musas.
Bien, dejo el cuento sobre osos pardos en Montmârtre (o por ahí) que tengo entre manos, dejo ese jodido capítulo, o mejor dicho, escena, de la novela que tanto se me está resistiendo, dejo una reseña que tengo a medias sobre un libro de cuentos, dejo todas las versiones del currículum en las que voy cambiando las mentiras para conseguir un trabajo en esta ciudad, o en mi ciudad natal, o en otra ciudad cualquiera (se aceptan propuestas) en la que volver a nacer a mis años, dejo aquella carta incendiaria para, precisamente, una de esas musas, y decido que no estaría mal, respetando la privacidad de terceros, por supuesto, publicar el correo electrónico en la bitácora, para explicarle vagamente el asunto a unos cuantos amigos además de a mi amigo.
Después pienso en un breve (maldito iluso) preámbulo explicativo para que la gente no piense que se le ha colado cualquier cosa rara en la pantalla, o le ha dado sin querer a la tecla del correo-e, pienso también en hablar de las muchas cosas que estoy haciendo a la vez y que por eso, y por “ahorrarme algo de tiempo” (ya lo veo, ya) recurro a unas palabras (una respuesta para uno de esos correos de gente desconocida que de vez en cuando me llegan a la bandeja de entrada, a veces por rubor de comentar al albatros en público, a veces con cualquier pretexto, una duda, un dato) ya pasadas para contar algo y, en cosa de una hora, me sale “eso” que habéis podido leer arriba. Decido no corregirlo, decido incluso dejar frases ya algo sobadas en mí, como esa de las tormentas y los acantilados.
Nada que ver, supongo, o todo, yo qué sé. Me hierven las tripas y la mente cabalga el rayo, y lo inaudito es que no estoy pensando en lo que debiera en estos tiempos: que tengo que despabilar en buscarme la vida, porque no tengo donde caerme muerto. En fin, después recuerdo súbitamente un fragmento de esas cartas de Rilke, me cuadra el título, y dejo ese correo electrónico para el próximo día. Necesito un buen maestro que me enseñe a sintetizar, o a priorizar, más bien, supongo... ¡y yo qué sé!

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posdata: Hacedme el favor, si os apasionan los cuentos, de pasaros por aquí, leer las indicaciones y votar. A poco que la literatura os importe, prometo que no saldréis decepcionados.

Y echadle un ojo ahí a la derecha, en "Sugerencias", donde la mosca, vaya, a la entrevista de Ángel Zapata a Medardo Fraile. Y decidme si no han pergeñado un microcuento, probablemente sin proponérselo, a propósito de los guisantes. Vaya dos admirables bribonazos.

28/3/07

Logística.

Lo más probable es que esta entrada, entre informativa y utilitaria, vaya a estar disponible por un período de tiempo reducido, y que sea eliminada cuando publique el siguiente texto, dentro de unos días. Aprovecho la ocasión para comunicaros algunas cosas, de las que espero que toméis nota:
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• En su bitácora, Miguel Ángel Muñoz nos propone a los amantes del cuento, a los lectores que consideramos ese arte literario tan importante como la novela o la poesía, una votación. Se trata de elegir los cinco mejores libros de cuentos de los últimos veinticinco años en cualquier idioma, y, para darle más dignidad y lustre al tema, se supone que debemos votar por libros que demostremos haber leído, vamos, eso que raramente hacen los tribunales de críticos y académicos que de vez en cuando eligen la mejor novela del año, o las cien novelas del siglo… o el novelón del milenio. Yo, que aún estoy pensándome los votos, ya se lo he hecho saber a un par de buenos cuentistas, por si se animan, y ahora os traslado a vosotros la invitación. Podéis encontrar todos los detalles en esta entrada (leer las indicaciones antes de votar) del autor almeriense: El síndrome Chéjov.
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• Esta “blogosfera” se obstina en quitarle la razón, día a día, a todos aquellos que piensan que la literatura es algo vetusto y enmohecido que apenas interesa a los jóvenes, que la gente pasa de los libros y todos estos letraheridos no somos más que una panda de “freaks”. La verdad es que, más o menos acertadas, con mayor o menor talento, la red está repleta (saturada incluso) de bitácoras de personas que desean compartir sus letras con los demás, desinteresadamente, o cuanto menos, sin aspiraciones materiales de por medio. Antaño toda esa actividad quedaba silenciada, como un rumor latente y soterrado, por la privacidad de los diarios, la indecisión de los manuscritos encerrados en un cajón, la marginalidad de ciertas iniciativas y, sobre todo, por la dificultad de poner en contacto a creadores y lectores alternativos. Las estrategias editoriales tradicionales no siempre son perjudiciales para la literatura, a menudo la lastran con infinidad de títulos completamente prescindibles, pero bien es cierto que también hacen una criba imperiosa de muchos otros infumables que jamás verán la luz (lástima que se cuelen tantos). El caso es que hoy en día, gracias a la red, no sólo podemos ser “escritores” y lectores, sino que, en cierto modo, también nos convertimos en editores, al descubrir, ensalzar y promover la obra de alguna bitácora en concreto que nos haya llamado la atención. El tiempo, los lectores, y sobre todo, la calidad de las propuestas, van poniendo a cada uno en su lugar, pero lo que perdemos en “ubicuidad” (es absolutamente imposible seguir la pista de todo lo que se escribe y a veces es obligado renunciar) lo ganamos en libertad (ya no estamos ceñidos al “criterio” de las editoriales para disfrutar de un texto). En fin, esta reflexión viene a cuento por la cantidad ingente de iniciativas que se suceden en torno a las letras en la red. Y hoy quiero señalar una en particular, que ha echado a andar no hace demasiado:

• Paisajes literarios.


Se trata de una comunidad literaria, por llamarla de algún modo, en la que autores y lectores anónimos (de facto) comparten sus textos y opiniones, sin pedanterías de por medio. Últimamente hay tantos aspirantes a crítico por la red, tantos espacios privados de opinión sobre terceros y ausentes, que se agradece un poco de creatividad y riesgo en una página. Por carecer de ese mismo don de la ubicuidad, y aunque una buena amiga me ha invitado a participar, creo que no me será posible, ya que, debido a mi escasez de medios, a duras penas me arreglo con el albatros y la lectura (atenta y pausada, eso sí, la única honesta y fértil) de seis o siete de vuestras bitácoras a la semana (no siempre las mismas, claro, digamos que voy "rotando"). Ganas no me faltan, pero tal vez alguno de vosotros sí tenga además el tiempo y los medios para colaborar en este proyecto.
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• Preparo dos nuevas secciones para las dos barras laterales de esta página y me gustaría pediros una pequeña ayuda. Tardaré un poco en publicarlas (una vez visibles se irán actualizando) porque pretendo hacer yo mismo la mayor parte del trabajo, pero si me podéis echar una mano, os lo agradeceré de veras. No es complicado, sólo, tal vez, pesado. Hay que hacer un poco de memoria, o desandar un trecho del camino. Las dos secciones se llamarán "Me dicen que dije" y "De otros blogs". En la primera colgaré frases de mis entradas (contando desde el principio, desde mayo del 2004 en la anterior bitácora) o incluso de comentarios que yo haya dejado en vuestros espacios, y que, y he ahí la "gracia" del asunto, por alguna razón se os hayan quedado en mente, os hayan gustado, llegado, calado, o como queramos llamarlo. Así que si os viene al recuerdo alguna frase, o la buscáis, la dejáis en una huella, o me la mandáis al correo, señalando, eso sí, la entrada o fecha en la que fue publicada. Respecto a "De otros blogs", es justo en sentido opuesto, y recuperará frases especialmente lúcidas o potentes que vosotros hayáis escrito alguna vez en vuestra página o en vuestras huellas aquí. Eso me toca a mí, supongo, pero tal vez me señaléis las de terceros, o alguna vuestra (¿para qué modestias?) que conservéis fresca en el tintero. En fin, me huele a que pasará como con los haiku, que sólo se animó una amiga... pero por probar no perdemos nada. La idea es que otros también lleguen a vuestras páginas por el anzuelo honesto de una frase, así de sencillo.
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• Después de recordaros que un par de veces por semana reviso todos los enlaces, y que entre ellos hay novedades y alguna que otra sorpresa, os comunico que a partir de este momento se encuentra disponible una nueva versión de esta página:

• Alas de Albatros en Windows Live Spaces.


Todavía se halla en proceso de “construcción”, mientras ordeno un poco la nueva casa y desempolvo los muebles. Pero no es una mudanza, en absoluto, porque esta bitácora, tal y como la podéis ver ahora, va a seguir siendo siempre la isla madre del albatros. Aquí seguirán apareciendo todas las entradas y actualizándose los contenidos. En realidad, me gustaría disponer sólo de esta bitácora, de la versión original, y ahorrarme trabajo, pero así como en su día tuve que inaugurar la versión Alas de Albatros Redux para quienes tenían dificultades de descarga con ésta, fueran o no usuarios de Blogger, creo que ahora es un buen momento para ampliar horizontes. Me he encontrado en los últimos meses con muchos problemas para comentar en las páginas de algunos usuarios de Windows Live Spaces (anteriormente MSN Spaces), sobre todo en las de tres buenas amigas. También me consta que a algunos de esos usuarios les resulta a veces complicado acceder a esta bitácora. Así que desde ahora, con la nueva página (nueva versión de la misma de siempre), creo que he solucionado todas esas incomodidades. En lo sucesivo, aparecerán en ella los textos íntegros de todas las entradas, así como una breve selección de las anteriores. Aún estoy sopesando si volcar también vuestras huellas allí. El caso es que toda esta “dispersión” no es tal, sino una difusión. Si buscara la estadística, trataría de cumplir aquel "decálogo del perfecto blogadicto", en vez de dividir a los visitantes en tres páginas. Pero lo que me importa no es lo que digan los buscadores o los contadores, ni encaramarme unos peldaños más arriba en las listas. Lo que de veras deseo es que quien quiera leerme pueda hacerlo como le resulte más cómodo, y que lo que quiero comunicar le llegue (en todos los sentidos) con mayor facilidad. Podría decir alguien que si lo importante es eso, por qué no tengo una simple bitácora sin dibujitos ni historias, y listo. Pero es que en su día dejé mis primeras Alas de Albatros en Ya.com por dos motivos: abandonar aquella especie de diario emocional para concentrarme sólo en lo literario, y hacerlo desde un diseño que pudiera controlar totalmente, posibilidad que hasta hoy sólo me ha ofrecido el lenguaje HTML con el viejo sistema de plantillas de Blogger (el actual es excelente como tutorial para quien no quiera complicarse la vida). El continente también es importante, y aunque no mejore el contenido, sí lo presenta de otra manera. Pensad en todas esas excelentes novelas de horribles ediciones, tipografía alevosa y portadas de juzgado de guardia…
Así pues, a partir de ahora los usuarios de Windows Live Spaces, los de Hotmail, los de Messenger, tengan o no un perfil habilitado, y cualquier persona que, simplemente, prefiera otro diseño más sencillo, pero accediendo a la vez a contenidos multimedia, vídeos, música, fotos (supongo que alguna cosilla colgaremos por ahí), se encontrará con una nueva versión de Alas de Albatros.
Me han preguntado ya si me compensa, y les he contestado que la versión Alas de Albatros Redux, por ejemplo, no me habrá reportado más de diez o doce nuevos lectores, más o menos asiduos. Y que así fueran menos, me seguiría compensando, porque la literatura es cuestión de contagios privados, no de pandemias.
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• Lo que sigue es para Zoe y cualquier otro visitante que le encuentre utilidad. Voy a tratar de explicar lo básico en cuanto a las marquesinas de texto móvil y no se me ocurre mejor manera de hacerlo que con unos ejemplos prácticos.

Los cuadros de texto en blanco son para copiar, tal cual, los códigos que una vez en la plantilla o la entrada de una bitácora producen esas marquesinas:


"Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos" Sergi Bellver.



"Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos"
Sergi Bellver.




"Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos" Sergi Bellver.



"Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos"
Sergi Bellver.



Como se ve, puede cambiarse el color de fondo, quitarlo, elegir la dirección y la velocidad del texto, así como el tipo de fuente, su color y algunos códigos en HTML para la letra cursiva, negrita, etc. La velocidad se regula con el valor asigando a "scrollDelay", y si elegimos la dirección "up" conviene hacer una marquesina más alta con "height". La anchura ("width"), se adecúa a la anchura del espacio donde estamos colgando la marquesina, por lo que un valor del "100%" la ocupará por entero, y uno del "70%", por ejemplo, la escorará a la izquierda, a no ser que "centremos" la marquesina. Los ejemplos de arriba son estrechos porque están en dos columnas (ese es un sistema "patentado" que ideé para esta bitácora, pensando sobre todo en publicar poemas en versión original y traducida, como hice con Beckett) y la que figura debajo del todo, que recomiendo leer... , es más ancha porque está colocada en el cuerpo normal de la entrada.
En fin, podéis hacer pruebas con vuestra página, en los borradores de las entradas, o la vista previa de las plantllas, por ejemplo. Espero haber resultado de utilidad.

Esta bitácora tiene vocación de literaria, y no quisiera marear a mis lectores con toda esta feria de datos, enlaces y letras danzarinas. Así que tómense esto como una excepción y disculpen las molestias. Este mensaje se autodestruirá en 5, 4, 3...

21/3/07

Todavía.

“Cuando la idea ha sido transmitida,
poco importan las palabras
que le han servido de escolta”

Zhuangzi


Le ruego al lector amable que no se fije en la palabra. Le pido al lector severo que no se fije en la palabra. Le diría al juez de las palabras que, fíjese, me importa un bledo lo que dicte su señoría, si no se deja los prejuicios en casa. Invito a todo el mundo a que obvie la dotación de la escolta y repare tan sólo en el afán con el que avanza. Bajo mi mando, a menudo las palabras son reclutas, la instrucción poco rigurosa, el arsenal no alcanza y la estrategia yerra, pero estas fuerzas amadas jamás permitirían que cayera la bandera, ni se harían mercenarias, porque creen en la causa, aunque a veces no tengan demasiado claro de qué va, a qué les mueve, cuál es la meta de su empeño, pero creen, desde lo más hondo de sus entrañas, y esa fe les hace avanzar. Ahora no son más que una desbandada de fusileros asustados que gritan en cada escaramuza, para conjurar el miedo. Pero tal vez alguna oscura tarde de sudor y nubarrones, maldiciendo la bazofia del rancho en las trincheras, o quizá perdidos en mitad del campo de batalla, disparando a ciegas a la bruma para alcanzarle a cualquier ruido, de repente, por un súbito resplandor de morteros a lo lejos, y una brecha de metralla en la sien, los reclutas sean por fin soldados, los mozos se hagan hombres, y cobren conciencia de su misión, como si fuera algo antiguo e inaplazable que clamara desde sí mismos, y la cumplan sin heroísmos, sin bravatas, pero con la invencible voluntad del deseo.

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De antemano y por si acaso, haya hecho mella en mí a sabiendas o espere latente en cualquier recoveco de mi inconsciente para salir a la luz, abjuro de toda idea que mutile o parcele el mundo, pues no es más que un torpe sucedáneo de la verdad. Todas las ideas que fraccionaron la realidad y restaron al adversario de la ecuación, fueron (y serán siempre) operaciones fallidas. La naturaleza es una eterna suma y media aritmética de sus potencias, y lo más que llega a suprimir es una versión de sí misma por otra nueva, que la afirma, y en la que el agente que prevalece ocupa el mismo nicho vital que el anterior. Lo que se pierde es aire, el estertor de un nombre pronunciado y olvidado en el fragor de la vida, como se disipará el eco de nuestras disputas el día que los insectos reclamen la Tierra. Que el hombre se considere parejo o dueño de esa misma matriz que le contiene, y se crea a salvo de la imparable inercia de las cosas, es sólo una más de sus absurdas tretas, como haberse inventado un Padre, mil veces putativo, mil veces muerto, mil veces vuelto, que le diera permiso para jugar en su patio.
No, no puede condenarse una idea por el mal uso que el hombre haya hecho de ella. Un cuchillo afilado no tiene la culpa de ser usado para degollar al prójimo, ni el mérito de rebanar en finas lonchas un asado, pero posee la cualidad para ambas acciones, y sólo la mano del hombre decide, y a veces un cuchillo afilado es lo único que separa la vida de la muerte, si nos hundimos a plomo en el océano, atrapados por la soga del ancla en el tobillo. Hacen falta cuchillos afilados, hay que forjarlos con urgencia, pero imaginando una manera nueva de empuñarlos, para que una idea sin doblez sea la que esgrima el mango, y no la brutalidad de los instintos. En aras de la siempre perversa pureza se han quemado libros, hasta oscurecer el cielo y la razón humana con el combustible de su libertad, talada por el miedo leñador. En el prolífico nombre de Dios se ha masacrado a inocentes y se han barrido voces en todas las latitudes. Arrancados de sus madres, se han ensartado bebés en las bayonetas o los sables de turbas que empuñaban un libro rojo o una cruz con la misma ceguera. El Sanedrín de sus abuelos y la Inquisición de sus nietos le hubieran parecido al nazareno la misma letra muerta. El assassin que se inmola y el mártir que aniquila hubieran avergonzado por igual al espíritu pacífico del buen sufí. Creo (quiero creer) que Marx abominaría tanto del gulag como de la idolatría al líder. Por la omnipotencia del nuevo dios, cuyo nombre viene marcado como un triple seis en papel moneda, se manipula, se miente, se bombardea, se invade y, sobre todo, se rentabiliza, lanzando aleluyas a la Santísima Trinidad del Padre Dólar, el Hijo Mercado y el Rédito Santo. “¡Huid! ¡Huid sin demora!”, debiera haberle gritado alguien a todos los inocentes de la Historia que estaban a punto de ser “salvados” por forasteros iluminados.
Sí, sí existen ideas perversas desde la raíz, que sólo pueden producir holocausto y miseria moral, como el fascismo y todos sus remedos, enmascarados en la dialéctica del eterno eufemismo, empezando por el ultraliberalismo. Decir que una idea es estéril por el resultado que haya producido en la Historia, es como aseverar que la construcción de un automóvil es imposible, después de haberle dejado las tentativas a un alfarero o a un notario. Pero defender hasta la extenuación la fecundidad de ese mismo fin, delegando sus fallas sólo en el embrutecimiento del hombre, puede ser tan peligroso como justificar cualquiera de los medios que las generaciones futuras maquinen para su consecución. Tal vez las ideas que sucesivamente hemos ido ensayando, heredando, repudiando y rescatando con el tiempo no fueran todas mala cosa en su origen. Pero del mismo modo que sí existieron ideas malignas (las excluyentes) que supieron aprovechar carencias y rencores para imponer su yugo, como hizo el nacionalsocialismo en la deprimida y castigada Alemania posterior a Versalles, debe aguardar en alguna parte, cubierta de polvo y olvido, o tal vez agazapada en la semilla ignorada de un hijo que está por venir, una idea que albergue en su fuero un principio tan benigno y cierto, tan lúcido e incontestable, que la ruindad de los hombres mediocres no sea capaz de adulterarlo.
No me importa que no fueran tan pobres ni tan hueras las ideas con las que la humanidad no ha sido capaz de asegurar su dignidad (la dignidad de todos, o nunca será completa la de nadie) hasta hoy, pero no me valen, porque si esa mediocridad de los hombres fue capaz de pervertirlas, es que no eran lo bastante sólidas ni diáfanas, acotadas por la cierta necesidad de su tiempo y su lugar. Las mejores sirvieron para no conformarse con lo recibido, que no es poco, pero aún está por llegar el fogonazo que nos desvele a todos de esta somnolienta conformidad con el devenir de los días. O a lo mejor es que siempre serán más los mediocres que los justos, y cualquier idea, por honda y luminosa que sea, acabará adulterada por la codicia y la burocracia de los que se enquistan con el mismo celo en un sistema que en su contrario, con tal de medrar y tener siempre un vecino al que mirar por encima del hombro. A lo peor resulta que la naturaleza hace cuentas para que la media siga cuadrando, y se está empezando a gestar otro agente que vendrá a sustituirnos en breve, si no sabemos aprovechar nuestro plazo. Quiero creer que, si somos audaces, aún tenemos tiempo, y una penúltima oportunidad, todavía.

13/3/07

Deja que me calle.

Pour monsieur Charbon,
qui ne sait pas encore
ce qu'il m'a donné.

"Empleo las palabras que me has enseñado.
Si no significan nada, enséñame otras.
O deja que me calle"

Samuel Beckett

Después de escupir sobre los jueces y su ley, después de profanar la podredumbre de sus templos y entregarlos a la hiedra hambrienta, para que lo vegetal ahogue su discurso de piedra, ahora, de repente, necesito el silencio. Necesito desprenderme de la vaina que envuelve y asfixia mis brotes, descascarillar la pulpa dorada de mi deseo y hundirla en la tierra húmeda, como un hombre de maíz que quiere germinar en otros. En este momento, sólo me apetece honrar a los más sabios, admirar a los más humildes, encajar el abrazo de los honestos y deshacerme entre el fondo y la espuma, como un hombre de arena que bendice la marea.

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Mirlitonnades
(1976-1978)

vieil aller
vieux arrêts
aller
absent
absent
arrêter

...

fou qui disiez
plus jamais
vite
redites

...

morte parmi
ses mouches mortes
un souffle coulis
berce l'araignée


Quiebros
(1976-1978)

viejo ir
viejas paradas
ir
ausente
ausente
parar

...

loco que decías
nunca más
rápido
repítelo

...

muerta entre
sus moscas muertas
un soplo de aire
acuna a la araña

Samuel Beckett.
De Quiebros y poemas,
editorial Árdora exprés,
traducción de Loreto Casado.

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C'était à l'aurore d'une convalescence, la mienne sans doute, qui sait? brouillard! brouillard! on est si exposé, on est tout ce qu'il y a de plus exposé...
"Médicastres infâmes, me disais-je, vous écrasez en moi l'homme que je désaltère."

Era en la aurora de una convalecencia, la mía, sin duda, ¿quién sabe? ¡niebla! ¡niebla! está uno tan expuesto, se está de lo más expuesto...
"Medicastros infames -me dije-, aplastáis en mí al hombre al que alivio."

Henri Michaux.
Fragmento de Entre centro y ausencia,
de Poemas escogidos, Visor,
traducción de Julia Escobar.

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Pocos regalos tan valiosos como propagar la literatura cierta, llama que, en lo que ahora viene, debo agradecer a mi amiga Marina. Las pavesas de este poema de Joan Salvat-Papasseit prenden hogueras en la voz de Ovidi Montllor, o es el aliento del actor el que aviva sus rescoldos, tanto da. Creo que no es necesario entender el catalán para comprender el fulgor de esta poesía y su interpretación encendida, que dedico a mi amigo monsieur Charbon. Dicen que cuesta llegar a la fibra de mis paisanos, no lo sé, en todo caso, mon cher ami, ya sabes que a mí me da apuro usar ciertas palabras, porque cuando lo hago (y ahora lo estoy haciendo) es para que echen raíces y serles fiel de por vida. Tú mismo.
¡Ah! Por cierto, con la misma rotundidad y los mismos plazos, te juro solemnemente que, si es que alguna vez me publican, en la puta vida, j'insiste, jamais! figuraré por ahí entre un cocinero y un forzudo. Hay un dicho popular al otro lado de los Pirineos: Charbonnier est maître chez soi, que yo ahora tergiverso: monsieur Charbon est maître chez moi...

Ovidi Montllor recita a Salvat-Papasseit.

(pulsar y paciencia, luego se repite).



Nocturn per a acordió.

A Josep Aragay

Heus aquí: jo he guardat fusta al moll.
Vosaltres no sabeu
què és

guardar fusta al moll:

però jo he vist la pluja
a barrals
sobre els bots,
i dessota els taulons
arraulir-se el preu fet de l’angoixa;
sota els flandes
i els melis,
sota els cedres sagrats.

Quan els mossos d’esquadra espiaven la nit
i la volta del cel era una foradada
sense llums als vagons:
i he fet un foc d’estelles dins la gola del llop.

Vosaltres no sabeu
què és

guardar fusta al moll:

però totes les mans de tots els trinxeraires
com una farandola
feien un jurament al redós del meu foc.
I era com un miracle
que estirava les mans que eren balbes.
I en la boira es perdia el trepig.

Vosaltres no sabeu
què és

guardar fustes al moll:

ni sabeu l’oració dels fanals dels vaixells
que són de tants colors
com la mar sota el sol:
que no li calen veles.


Joan Salvat-Papasseit
(del llibre Óssa menor, 1925).



Traducción (traición, en este caso) aproximada, la más decente que he logrado perpetrar:

Nocturno para acordeón.
He aquí: yo he guardado madera en el muelle. / Vosotros no sabéis qué es guardar madera en el muelle: / pero yo he visto la lluvia / a barriles / sobre los cueros, / y debajo de los tablones / encogerse el precio cerrado de la angustia; / bajo los flandes / y los melis, / bajo los cedros sagrados. / Cuando los mozos de escuadra espiaban la noche / y el arco del cielo era un agujero / sin luces en los vagones: / y he hecho un fuego de astillas en la garganta del lobo.
Vosotros no sabéis qué es guardar madera en el muelle: / pero todas las manos de todos los granujas / como una farándula / hacían un juramento al abrigo de mi fuego. / Y era como un milagro / que estiraba las manos entumecidas[1]. / Y en la niebla se perdía la pisada[2].
Vosotros no sabéis qué es guardar maderas en el muelle: / ni conocéis la oración de los faroles de los barcos / que son de tantos colores / como la mar bajo el sol: / que no precisa velas.

[1]: También podría hacerse literal, "que eran valvas", lo que da otra imagen (las manos como conchas) al verso.
[2]: En el texto figura trepig, "pisada", pero Montllor parece decir trapeig, que además de "marejada" puede traducirse como "manejo" o "trapicheo", lo que tal vez casa más con el poema (por lo marinero o lo manual). Si alguien puede sacarme de dudas o corregirme, se lo agradecería.

7/3/07

Subjetivo cumplido (y IV).

“Muchos críticos de hoy han pasado de la premisa
de que una obra maestra puede ser impopular,
a la premisa de que si no es impopular
no puede ser una obra maestra”

G. K. Chesterton


7:45 AM, domingo casi azul que bosteza.

Pausa, “mi agüita amarilla” contra el silencio del patio, zapatillas sonámbulas por el pasillo, sonido de vasos en la cocina, trago largo y vuelta al teclado. El té rojo, ni que sea al micro-ondas, no sabe igual recalentado.
No sé, pero debo estar aún de mala hostia. Debe ser eso. Que mi aliada incondicional ha estado enferma y le han rajado esa piel de papel de arroz, y le han hurgado en esos huesos breves que la sostienen milagrosamente a cada salto, como una ranita inquieta por el mundo. Que hoy, domingo, debería estar aquí, en Madrid, y no aún en su Polo Norte, convaleciente, y con una nueva cicatriz que apenas encontrará sitio para asentarse en su cuerpo de marioneta animada. Debe ser eso, una ausencia imprevista, un abrazo que todavía no, una conjunción planetaria que se enfría, lo que me tiene de mala leche. La magia del encuentro no sabe igual recalentada. Un agravante más para mi ineludible delito de subjetividad.
Pero aún me queda motivo para la sonrisa, ya ves, y esta viene por la del prójimo. Mi flaca reunió fuerzas para cosechar un gran éxito dirigiendo desde bambalinas su ballet flamenco, y apoyada en el bastón aparece en una fotografía del diario local de su ciudad vikinga, vestida de volantes, recogiendo aplausos y afecto. Y así a uno se le ensancha el corazón y le caben las ausencias, las distancias, y la felicidad del otro, al que abraza por encima de los mapas.

¡Yo había venido aquí a hablar de su libro!
(voz cazallera de insomnio y perennes ojeras)


Y aun en asuntos menos íntimos, pero deseos y delitos al fin, en los que también se siente involucrado, en los que también ve la sonrisa del prójimo, uno encuentra pretexto para el buen humor. Hay ocasiones en que una obra maestra pasa desapercibida para el mundillo literario, y aunque consiga encender a muchos amantes, lectores o autores, del cuento, no encuentra eco en ese entramado de intereses y se le ningunea con total desfachatez, con lo que permanece inadvertida para el público. Eso es lo que le ha sucedido, por ¿desgracia?, al mejor libro de cuentos publicado en España en el pasado año 2006, La vida ausente (Páginas de Espuma). Me cuestiono el matiz de esa situación, ya que ese libro de relatos no tiene vocación de producto, ni aspira a una difusión masiva, aunque se venda en la misma FNAC que la Beyoncé y en la misma Casa del Libro que la Grandes –inescrutables paradojas del sistema-, porque desde la misma raíz habita en los márgenes, sin posturas afectadas, sin lamentaciones baratas, convencido de la propia cualidad del nadador a contracorriente. Incluso esa cita de Chesterton, que sigue acertando desde el pasado (porque la crítica sigue arrastrando las mismas inercias), vale para confirmar esta excepción de la regla. Por eso, si ya la llama de ese maestro, de Ángel Zapata, ya está dicho, pasa como un testigo de boca en boca, en voz baja, en un incendio discreto para el paseante pero arrollador para el oído atento, qué silencios no habrán de lastimar la expectación de unos autores que se lanzan de cabeza por primera vez, o como si fuera la primera vez, a esa corriente. Pero por eso sonrío, por eso me regresa el buen humor, porque las yemas de nuevas raíces vienen empujando.

La editorial Gens acaba de publicar Parábola de los talentos, una selección de autores, casi todos inéditos, amén de ciertos galardones y otras publicaciones colectivas o minoritarias, pero desconocidos de hecho para el lector común, que ha ido descubriendo en los rincones más apartados de la periferia literaria. Si esta iniciativa no pasa desapercibida del todo, tal vez venga algún crítico de lo más rústico y se saque del morral algo así como “vaya bola de los talentos” para el título (de lo más jocoso, oiga, o cualquier otra chanza barata de romo aguijón) de su próxima columna del suplemento o entrada de la bitácora, quién sabe. Todo es, insisto, completamente subjetivo, y arremeter contra el que recién asoma la cabeza es demasiado fácil. Pero vendrán esas hienas, no quepa duda. Yo prefiero darle un poco de margen al que empieza (en esto de la literatura, creo que "empezar" es tarea de años, de rocosa paciencia, así que nadie se me ofenda) porque el cuento necesita savia nueva, y por eso me ahorro las críticas que no escatimo a los “consagrados”.
Pero dar margen no supone dar coba, así que seamos honestos. Subjetiva es mi apreciación y tampoco voy a decir que la próxima década ya tiene su generación de cuentistas deslumbrantes, porque sería exagerar un mundo, y creo que para el artista inteligente es más útil la sinceridad que la palmadita en la espalda. Así que no voy a hacer ningún cumplido, ni por camaradería, que no lo justificaría, ni por amistad, que a día de hoy no existe. En Parábola de los talentos se desacoplan las inevitables diferencias entre un amplio número de autores, y en esa selección, subjetiva también, por supuesto, de la editorial, encontramos incluso altibajos entre relatos de un mismo autor. Pero me parece encomiable el esfuerzo y la audacia que supone apostar por un grupo heterogéneo de escritores no reconocidos (aún... porque intuyo que al menos hay dos nombres ahí, tal vez cuatro, que sonarán mucho en un futuro no muy lejano), y todavía más si se hace en torno a la emergente pero todavía no lo bastante escuchada manifestación literaria del cuento. Zarandearlo, poner ante la mirada del lector inquieto esta reunión de talentos e intenciones es la aspiración de este libro, y en cuanto a eso, y a la espera de lo que los propios cuentos consigan mover por sí mismos entre los lectores, creo que se puede considerar su objetivo cumplido.
Cada vez que nos encontramos con un nuevo cuentista en Parábola de los talentos, a modo de presentación, aparece un breve párrafo en cursiva, como si fueran citados, como si los autores recurrieran a la ficción de sí mismos que tantas veces resulta la biografía de los escritores. En esos párrafos se desgrana el currículum o el palmarés (si se tercia) de cada autor, lo que a mi modo de ver puede condicionar, como cualquier solapa, a algunos lectores. De nuevo no hay premio ni apellido que mejore un texto. No hay caso, no hace falta que nos revelen la pertenencia de un par de cuentistas al colectivo La llave de los campos, por ejemplo, para reparar en la pulsión surrealista de Julio Jurado o Inés Mendoza. El vértigo ante el borde de la pecera de El constructor no se queda a cenar, la mejor de las dos piezas de Jurado, o los relatos de la autora venezolana, especialmente atrevida en Cuento neoplástico, y lo bastante hábil en su otro cuento, si no incendiario, sí encendido, como para haberme dejado con ganas de más, hablan por sí mismos del afán de estas dos firmas por subvertir la lógica enmohecida, usando una prosa sin ruido, efectiva como una percusión atemperada.
El inteligente juego, sin aspavientos, que Juan Carlos Márquez hace en Las preposiciones de Blint o la prosa de Enrique Triana (La cuchara, que también me ha gustado, me ha recordado un poco al asfixiante Quiroga), sorprendente para todo aquél que albergue prejuicios contra las capacidades literarias de un ingeniero aeronáutico (ármese de paciencia el ortodoxo, que vendrán más ingenieros –sugerente Elena González-, médicos –osado Ignacio Jáuregui-, arquitectos, físicos teóricos, y lo que haga falta, para hacer tambalear su preconcepción de la escritura), son sólo algunos ejemplos de la diversidad de intenciones, estéticas y propuestas de esta antología, y aunque unos anden más acertados que otros, debe reconocerse la honestidad con que este grupo de cuentistas se acerca al relato.
En fin, desgranar mi opinión sobre todos y cada uno de los autores de Parábola de los talentos, doce, como los apóstoles, por cerrar el círculo bíblico (se echa de menos un Judas subversivo y visceral, molotov en mano, si acaso), supondría emplear más tiempo del que dispongo en este momento, ahora que la claridad de la mañana ya empieza a resultar molesta para unos ojos aún errantes entre el desvelo y el sueño atrasado. Además, ni me compete, ni me siento con autoridad para ello, ni me ha mandado nadie invitación para este bautizo. ¿Por qué me meteré en estos “fregaos”? Después de haber leído atentamente Parábola de los talentos en estos últimos días, imagino que si a estas horas de la mañana me vienen unos nombres y no otros será porque esos autores me han dejado más huella, y es que a veces hay que permitir que las cosas reposen y tomen cuerpo en la parte menos utilitaria del consciente, en la fibra que las hace ciertas. Si reseñara cada relato, sinceramente, podría desfallecer ante el teclado, o matar de inanición al incauto que leyera esta entrada completa (¿habrá insensatos?), pero para no eludir del todo ese desafío, seré despreciablemente injusto y me concentraré en los últimos, que serán los primeros, cuando se lea el libro, se entiende:
Quien escribe Cuando se muere la nevera no sólo transparenta, sino que dignifica y merece sus influencias. No se dejen engañar por la efectividad de la primera frase, no hay boutades en ese cuento, todo está perfectamente trabajado, pulido, y les aseguro que aún hay hallazgos mayores cuando la narración se va asomando al acantilado, nunca mejor dicho, cuando se atreve a hacer equilibrios entre el lirismo de un vestido de novia al viento y la hilarante rotundidad de una mecedora asesina (no despejen incógnitas, la mecedora no es el mayordomo en este thriller, a la nevera se le ocurre solita, en un gesto incomprensible, morirse). No en vano encabeza esta selección de nuevas voces (bregadas ya en la palestra algunas, lejos de los focos, pero en todo caso nuevas para el lector común, insisto). Este relato no abre fuego por casualidad (porque el orden alfabético bien parece en este caso una “causalidad” intencionada), digo, ya que, a mi parecer, es de los más valiosos del libro. En los dos siguientes asoma el talento y la ambición de Matías Candeira, pero Cuando se muere la nevera me parece, a pesar de los inquietantes coleópteros, un logro más redondo que los otros, más brillante, más capaz de soportar varias lecturas (en el sentido literal y en el de interpretación diversa), lo que es síntoma de literatura.


¿Han pensado alguna vez que ese relato en una bitácora o aquél cuento perdido en un foro, o aquella perla agazapada en una revista local merecían una publicación en toda regla, o valían más que algunos de los títulos que se encuentran en las librerías? Pues aquí tienen una ocasión para comprobar si la intuición les funcionaba. Con este breve esbozo (plúmbeo, sí, pero brevísimo si se trata de valorar el trabajo de doce personas) de los últimos párrafos creo que basta para constatar mi parecer, y como en la parábola del evangelista Mateo, las monedas de los cuentistas que más hayan arriesgado e invertido no acumularán polvo en ningún terruño, en ninguna bitácora, en ningún fanzine, porque puede usted gastarse sus talentos (unos dieciséis) en adquirir esta Parábola y leerla sin prisas. No sabría si recomendarle que empleara su dinero en Parábola de los talentos, desde luego, no en el Alumbramiento de Neuman. Si porfía en Neuman, cualquiera de sus títulos anteriores tendrá algo que ofrecerle, pero ese quizás le deje insatisfecho, a poco que sea usted un exigente lector de cuentos. Si acaso espere un poco, que dicen que Páginas de Espuma va a reeditar El último minuto (si no quieren hacer caso a este papafolios, háganselo a Eloy Tizón, a quien también le gustó de veras). Y si insiste en Anagrama, hágame caso, ahora sí, sin titubeos, mire hacia Los girasoles ciegos y deje a Gándara en el estante, no vaya a levantar su pedrusco y le pique el alacrán del tedio.
Veremos que nos trae la editorial Gens en el futuro, ojalá más títulos concentrados en un solo autor (apuesta que siempre prefiero), tal vez en los más talentosos de esta parábola. Creo que cuanto menos hay un puñado de ellos que se lo merecen. Por ahora he repartido estopa a un autor de Anagrama (sin quitar una coma) y a un título (no a Neuman, quien no compartirá pero tal vez sepa entender mi subjetiva desmesura y del que espero sinceramente una obra mayor) de Páginas de Espuma. Y he dejado claro que admiro profundamente a otro autor de Anagrama (el por desgracia ya desaparecido Méndez) y a otro de Páginas de Espuma (se hará larga la espera hasta el próximo título de Zapata). Así que nadie podrá acusarme ni de pandillero, ni de nadar y guardar la ropa. De bocazas, eso sí, me declaro culpable yo solito, sin remisión, ni más atenuante que este arrebatado madrugón dominical.

.........


Si logré despertarle la curiosidad, o tiene usted una vena exploradora, o es un lector militante del cuento, o simplemente quiere romperle las piernas a este pelmazo, este viernes tiene una cita en Madrid:

Viernes, día 9, a las 19 h, en La Casa Encendida, Ronda de Valencia, 2. Madrid. Metro Embajadores, Bus 27, etc. Entrada libre hasta completar aforo.

Posdata a jueves, 8, día previo al evento:


Para otra opinión con más rigor y tablas sobre Parábola de los talentos, consultar esta entrada de El síndrome Chéjov.

Y como nota curiosa, para los que mañana lleguen demasiado pronto y no sepan cómo matar el rato: vale la pena tomar el ascensor y hacer una visita a la azotea de La Casa Encendida.

6/3/07

Subjetivo cumplido (III de IV).

“Un creador es un hombre que en algo ‘perfectamente’
conocido encuentra aspectos desconocidos.
Pero, sobre todo, es un exagerado”

Ernesto Sábato


7:06 AM, domingo en alborada.

Pero los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela no son los únicos culpables del felicísimo sopor en el que se halla sumida la realidad literaria de este país. Los escritores que más pasan a veces por garantes de la diversidad, cuando se doctoran, recetan su talento en píldoras que pretenden asegurar la profilaxis del lector libre ante el monólogo atronador, monolítico, monoaural, monosabio, vamos, lo han adivinado ya, en una palabra: simiesco, de lo establecido y su discurso. Si el auténtico triunfo del diablo sería hacerle creer al mundo que no existe, el verdadero pecado de las letras es hacerle pensar al público que hay una alternativa donde sólo se diversifica la oferta. Agitar el banderín de esa alternativa no te convierte en una voz discordante, si musitas las mismas salmodias en privado, si te acomodas en la misma poltrona para ponerte estupendo. Abanderar desde un otero la militancia del cuento frente a la novela, pero no bregarse en el campo de batalla, disparar desde lejos sin embotar de sangre el sable, no es más que otra impostura.
Por eso, no desde el estupor ni la indignación, pero sí desde una honda decepción, acuso a Andrés Neuman, por ejemplo, ante el jurado de los cuentistas. Le acuso… bueno, tal vez me falten pruebas y los indicios no sean lo bastante potentes como para sostener una acusación, así que debería encontrar otra fórmula, no sé, no soy jurista, a ver, ¿le imputo? ¿le añado al sumario del caso? ¡Y yo que sé! Sólo entiendo que necesito decirle que Alumbramiento me ha defraudado.
Así que le ¿reprocho? sí, eso no sienta cátedra y refleja mejor lo subjetivo de esta imputación particular. Le reprocho, pues, desperdiciar su talento en hueros artificios, en peligrosos devaneos con el mecano resultón, ocurrente, entregando el pendón del cuento al enemigo, que no es el novelista, si es audaz, sino el prosista circunspecto y discreto. Y esa insignia, esa bandera, no es otra que la capacidad de prender una llama en el lector, de cuestionar su mundo, de elegir la deriva y la posibilidad de otra orilla, antes que fijar el rumbo a puertos harto conocidos. La facultad de exagerar amores y odios, si cabe, antes que sumergirse en la calma chicha de la tibieza. En su dodecálogo (y revisión), que no está mal, pero que ya viene de más, digo yo, a la tercera vez que lo publica… dice que “si no emociona, no cuenta”, y creo que esa sería la prueba más flagrante de su parto fallido, porque se lleva la contraria y no sacude ninguna fibra.
Reprocho a Andrés Neuman venir a buenas horas con cierta condescendencia hacia el maestro Cortázar, como si lo hubiera superado ya (eso parece creer), como si esos nuevos caminos que sin duda requiere el cuento los hubiera hollado ya el ahora vecino de Granada, como si haber bebido de sus fuentes (de las de Cortázar, digo, no de las de la divina Alhambra) fuera a resultar a estas alturas una especie de iniciación juvenil, de comprensible bisoñez adolescente, un botellón más antes de los distinguidos caldos que la madurez y el sueldo permiten en la bodega. Le reprocho la cuadratura del círculo duplicado de su porteño trasero en el rígido molde del “éxito”, del otro, del que no trashuma de lector en lector y se queda en los establos de las listas de ventas o el juego de codos en los banquetes literarios de postín. Le reprocho haberme hecho sospechar (ojalá me equivoque) que empieza a vivir de las rentas de unos inicios prometedores y acaso precozmente ensalzados por un mercado ávido de caras nuevas, de calafatear su nave con la basta estopa de esos réditos y cubrir así los resquicios por los que su vanidad, tal vez, su obra, quizás, y su valía, quién sabe, se hagan estancas y eludan el hundimiento. Le reprocho el haberse apagado en la penumbra de su Alumbramiento y la flaqueza de haberse dejado fotografiar de esa guisa en la solapa del libro. Después de leer cuentos tan simples y estafadores (tal vez sin intención, pero no es menos culpable el que yerra por omisión) como el de la bella desgraciada, el amante de la paralítica y el pobrecito cuentista al que el malo malísimo demanda una novela en el despacho de la editorial; después de leer sus piruetas minimalistas, con red y sin riesgo, por supuesto, y la desobediencia a su propio dodecálogo del final (¿qué suerte de osadía es trazar un camino para otros si uno mismo no se entrega al viaje sin trucos en las alforjas?), y viendo otra vez la foto de la solapa, uno tiene alucinaciones extrañas, y comienza a temer que al tipo de la imagen se le vaya estrechando poco a poco la barba hasta cerrar un pequeño candado alrededor de los labios, e igual que la perilla, el cabello vaya retirándose de la frente y encaneciendo, y esa sonrisa de jesuita encantador vaya mutando con el todo y, con la prosa, poco a poco, todo el conjunto se vaya convirtiendo en una especie de revisión ilustrada de Paulo Coelho para incautos gourmands del cuento “rabiosamente vanguardista” y los aforismos de postal.
Reprocho a Andrés Neuman, más que nada, el haberse acomodado a sí mismo y parecerse sólo en la forma al Andrés Neuman del excelente El último minuto, y pensarse ahí, llegado, establecido, y traicionar el talento que le asiste con no sé qué librito de mantenimiento o lo que quiera que sea este invento. Su único atenuante es una suerte de ensimismamiento mental transitorio, del que aún está a tiempo de desembarazarse para alumbrar de nuevo a un verdadero cuentista. La treintena es una estación demasiado temprana para que el artista se aburguese. Y si exagero un poco, cosa probable, es precisamente porque en los primeros títulos de Neuman me pareció ver un valor genuino, y pocas cosas me enervan tanto como el conformismo del creador, sobre todo si me ha gustado alguna vez. Que nadie se equivoque, aquí no hay envidia ni ojeriza hacia el autor argentino (sería absurdo negar que le sobra el talento que a mí seguramente me falte siempre, y además, de entrada, me parece un tipo afable, que no se mete con nadie, alguien que te llevarías de viaje o presentarías a tu hermana), sino decepción con el escritor que podría ser si ambicionara otras metas. Voz amable, le llaman en Babelia, originalísima, por otros lares, por haber imaginado un hombre “encinto” (coño, si va a ser por eso, hasta el australopithecus del Schwarzenegger se calzó un bombo), prestigioso y con eco, dicen, capaz de satisfacer a cualquier lector… en fin, un camino peligrosamente festoneado de sirenas, ante las que inshallá Neuman haga oídos sordos, como seguramente hará a estas necias palabras mías, no importa, pero que de veras regrese a su propia voz, al inconformismo y la sana mala leche, “sin saber demasiado de antemano qué quiere hacer”, como él mismo ha citado de Valéry en varios foros, no sea que “esa certeza le empañe la visión” del artista y se quede en el mero oficio del escritor. Por increíble que parezca, escribo todo esto desde una especie de afecto atrabiliario, sí, no me he vuelto loco (no más aún, quiero decir), y no lo escribiría si no pensara que Neuman es capaz de mucho más. En mi delirio, estoy seguro de decir lo que unos pocos comentan en camarilla pero callan en público. Al fin y al cabo, yo no tengo ni reputación, ni proyección, ni obra que proteger, sólo soy un infeliz escritorzuelo de manos vacías que no tiene nada que perder hablando claro.

Ah, Cortázar, con su cara de tiburón martillo, los ojos muy separados, la boca de pez lento, curvada hacia abajo, paciente y delgada como una luna eclipsada, la barba guevariana de guerrillero y la mirada pacífica de concertista, merodeando fantasmal y escualo por el Sena o el Mar del Plata como un médico por los pasillos de su consulta (porque a Cortázar me lo he imaginado muchas veces con bata blanca y métodos heterodoxos de estomatólogo urbano que te atiende sin prisa, entrañable, ajastjando las ejes como anclas que tropiezan con los ahogados en el lecho del río, con la foto de alguna aldea africana en el despacho, con la idea de volver y embarrancar sus aletas en alguna playa ecuatorial, a curar las barrigas hinchadas de los mocosos descalzos). Cuando aprenderán, Julio, a dejar de imitar tu casa, tomada demasiadas veces por una ingeniosa atracción de feria.

5/3/07

Subjetivo cumplido (II de IV).

“Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún estés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a considerarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de vista. Esto te despeja, te libera y te defiende más allá de lo imaginable. Eso te da otro yo. Vales por dos”

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche.


6:33 AM, domingo durmiente.

No, que el té es rojo, que no me corto.
Sin necesidad de que nadie me llame al estrado, y jurando sobre Chéjov, prometo decir la verdad, toda la verdad, y algo más que la verdad. Yo acuso. Acuso a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Acuso a las secretarias de los ministros, a los columnistas y los zancarrones que pasan por maestros de letras. Acuso a los escribientes, los chupatintas y los bufones. Acuso, sobre todo, a los impostores.
¿De qué narices habla este enajenado? Está bien, le daré nombres al ministerio fiscal, si eso es lo que quiere. Granjearme enemigos no entraña peligro a estas alturas, consciente ya de mi insignificancia, por eso mismo puede ahorrarse usted el programa de protección de testigos, que nadie va a venir a girarme la cara, como no sea la propia, la del delatado que me muestra la nuca, para ignorar mi dedo inquisidor.
Uno tiende a creer que si un escritor vapulea a otro y cuestiona la talla de su obra, y más aún, ejerce de maestro de futuribles y diserta sobre las fórmulas y los hallazgos de la creación literaria, debe ser capaz entonces, cuanto menos, de superar a aquél en cada faceta de la vocación y el oficio en cuestión. Es decir, que cualquier patán puede opinar alegremente sobre música clásica o pintura contemporánea, decir cualquier barbaridad impunemente y volver a casa con el diario deportivo bajo el brazo. Pero uno deduce, cándido, quizás, que alguien que esté trabajando en el mismo campo, en la literatura, en el caso que nos ocupa, debe dominar su métier, como mínimo en un grado superior al colega objeto de su crítica. Pero no.
Por eso no sé si es la estupefacción o la indignación la que me mueve a esta acusación, pero el caso es que denuncio a Alejandro Gándara, por ejemplo, ante el tribunal de la ficción. Le acuso de envidiar el éxito merecido de otros escritores, y con esto eludo cualquier referencia a la crítica o las ventas, y me refiero al único éxito apreciable, al que acontece en privado a manos de cada lector. Acuso a Alejandro Gándara de acodarse en su bitácora de El Mundo y abrillantar su aguijón como el guardia civil que mantiene su arma reglamentaria en perfecto estado de revista, hasta dejarlo reluciente como el caparazón de un alacrán o un tricornio de gala, desleído el veneno en la pólvora mojada. Le acuso de caer en el chascarrillo facilón y la prosa ramplona, escudado en un conocimiento de la literatura que no le redime de su falta de sabiduría y humildad. Le acuso de abrigarse con la basta estopa de los sacos terreros que sus entregados alumnos amontonan para defender su criterio. Le acuso de no tener ni remota idea de la vasta estepa de la literatura cierta y acomodarse en su trinchera. Le acuso de hacer chiste barato con el talento de los otros, como si temiera su valía o pretendiera construirse otro yo a base de inquina, tratando de valer por dos cuando el autor y el crítico a duras penas suman uno.
Acuso a Alejando Gándara, sobre todo, de utilizar una excusa inapropiada para ¿soliviantar? a la crítica y haber perpetrado un ataque injustificado y mezquino contra Alberto Méndez, tachando Los girasoles ciegos de “libro mediano” en un acto de “generosidad” (sic). Le acuso de una miopía severa por no ver el “motivo para apearse del juicio harto modesto que le merece”, y de, efectivamente, haber “perdido toda capacidad de juicio, toda intuición y gusto en su trato con la literatura”. Le acuso de calificar de “histérico” el reconocimiento casi unánime de su valía literaria, y de cuestionar veladamente el merecimiento del Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa que Los girasoles ciegos recibió en el 2004. Tanto daría un premio u otro, tanto dan todos, la reedición y el boca a boca son los únicos baremos, y ni siquiera estos son inamovibles, de la calidad literaria. Los premios a veces aciertan y casi siempre medran.
Y le acuso, finalmente, de añadir el peor de los agravantes, la más flagrante de las alevosías a su falta, y es que ese Premio Nadal, ese Premio Herralde (no sabría si calificar tales desmanes de histéricos o históricos), ese escritor que publica en Anagrama, igual que Méndez, se permite mirar por encima del hombro a su colega cuando su Últimas noticias de nuestro mundo aburre a una vaca muerta. Alejandro Gándara tiene perfecto derecho a opinar lo que le venga en gana, a enjuiciar y valorar lo que quiera y como quiera, a excederse, si cabe. Todo es subjetivo. Pero es que yo, aun aprendiz de juntaletras desde el extrarradio de la literarura, también tengo derecho a equivocarme, y por eso le acuso sin vacilar. Eso sí, sin temor, y valiendo por uno, por mí mismo, que me basta y sobra, que no soy débil, ni modesto, sino humilde, y no me duelen prendas en admitir y admirar el talento del prójimo.

4/3/07

Subjetivo cumplido (I de IV).

“Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada por los actuales Estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela”

Aldous Huxley, Un mundo feliz, prólogo.


6:14 AM, domingo a oscuras.


Y la “aman”. O al menos ese gentío se porta como el más solícito de los maridos, cumplidor y confiado, pagador de facturas, ante todo. La esposa en cuestión no necesita que la amen, sólo persigue que la mantengan, mientras lleve bien ceñidos los pantalones. Y es que en esta “dictablanda” de la literatura española, llena de primos y de riveras, de parientes lerdos y de torrentes resbaladizos, quise decir, donde la manga parece tan ancha como estrecha la holgura por la que se deslizan los márgenes, los desmanes de la pasión, los verdaderos amantes y su exaltación, quedan para algunas incursiones clandestinas, para algún salto arriesgado sobre las tapias del libro, tachonadas de vidrios rotos, aun a riesgo de dejarse las pelotas en el intento, en una noche sin luna.
En una noche de eclipse, afilada la luna como una cimitarra o la parábola que describe una bengala en la negrura del cielo, me acosté con cierta inquietud. Me cuesta dormir. No me ayuda en absoluto un sueño cenagoso, en el que planeaba como un insecto, ese que llaman zapatero, sobre la superficie del agua, inspeccionando la fauna de un río selvático, patinando sobre los meandros del ocaso, sorteando los mangles y las serpientes que colgaban de las lianas, deslizándome sobre una fina película de cobre líquido, sin arrancar el vuelo, sin llegar a hundirme, en extraño equilibrio. A las seis de la mañana, en ayunas, lúcido sin embargo, y con mucha fe, vamos, como un cartujo, abandono el catre y me entrego a la labor. Me he hecho un té, un té rojo, que humea a la izquierda del teclado.
Mira, cuando me espera la amante en la alcoba, yo salto la tapia, y me dejo las pelotas si hace falta, que lo que necesito para el abrazo es el deseo y no los atributos, vamos, igual que Romeo, pero arrabalero y sin alcurnia, presto al navajazo si hay bronca en el callejón. Así que comienzo a repartir estopa mientras mantengo el perfume de esa hembra en lo más hondo de la fosa, abierta, fresca, erizada de raíces fosforescentes. Si me lo pensara dos veces saldría corriendo, tiraría la navaja en cualquier contenedor o negaría tres veces a la amada antes de que cantara el gallo. Por eso, y por no deberle ni un talento al sepulturero, cavé mi tumba en la tierra húmeda, dispuesto a caer en ella si me alcanza la hoja del contrario. Total, apenas soy un zombie apercibido de la luz, un sonámbulo que despabila en una noche de astros alineados, y garabatea deprisa estas palabras, con la sombra de los cuerpos pisándome los talones.
Me quema el puñal en la mano. En frío, con premeditación, el corte se puede calcular sobre la garganta del adversario, y es una tentativa de homicidio, pero así, en caliente, es probable que no pase de un aspaviento, de un molinillo atolondrado que asesta navajazos al aire y las esquivas estrellas. En suma, sé perfectamente que toda esta perorata desvelada no pasará del ruido que hace un borracho con los cubos de basura del callejón. No creo que entorpezca el sueño de los jueces, de los jueces, digo, no de los justos. Y es que en esto de la literatura no hay veredicto imparcial, todo es subjetivo. Por lo tanto, mi subjetividad es tan buena o tan necia como cualquier otra, tan severa como la de cualquier fiscal, y tan ladina como la de cualquier abogado. Tan genuina, más que nada, como la de cualquier acusado que defienda su inocencia, aunque lleve las manos manchadas de tinta.
El té ya se ha mezclado y refleja destellos de sangre. ¿Me habré cortado?

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Desde las seis a las ocho de la mañana tecleé febril, y salieron tantas cosas, que por no abrumar a nadie voy a repartirlas en cuatro días. Mañana lunes una acusación, el martes una decepción, y el miércoles una recomendación. Se supone que todo esto viene a cuento por la publicación de Parábola de los talentos, y su presentación en Madrid de este próximo viernes, pero eso ya se irá descifrando por sí mismo en los textos.