“Continúen leyendo estas barbaridades, no abandonen
prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando,
no sé cómo, no soy más que una escritora,
pero ustedes saldrán ganando”.
¿Flannery O’Connor?
prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando,
no sé cómo, no soy más que una escritora,
pero ustedes saldrán ganando”.
¿Flannery O’Connor?
Aclaración del todo prescindible: la redacción de la entrada anterior, "Musgo y roca", me tomó dos horas de impulso en la noche del martes y otras dos de correcciones en la mañana del miércoles. Esto es completamente irrelevante para todo el mundo, pero como quiera que, por una vez, tengo noción exacta de esos plazos, la comparto. Su publicación fue el resultado de una concatenación de hechos y vértigos a lo largo de la última semana, de la que paso a dar una relación desordenada:
• La broma con una amiga, a la hora de la comida, que desencadena el recuerdo de la madre muerta.
• La lectura de algunos pasajes de “Mil grullas” de Yasunari Kawabata.
• La bonita edición, a cargo de “emecé”, de otro título del autor japonés.
• La relectura, en aras de una futura reseña, del cuento “Ambulancias”, del libro “El síndrome Chéjov” (Páginas de espuma, 2006), de Miguel Ángel Muñoz.
• Los fragmentos, leídos por encima, y los posteriores juegos malabares con tres títulos de John Cheever, influenciado por la serie “Cheeveriana” del autor de “Ambulancias” en su bitácora, justo dos días antes (lo juro, me someto al polígrafo si hace falta) de encontrar, por una de esas “casualidades” de la mente planetaria, mi nombre en la dedicatoria del capítulo sexto.
• La cierta pero fugaz idea de robar varios libros (los que barajaba de Cheever, el de Kawabata y alguno más) en sendas librerías de las calles Alcalá y Fuencarral; corrijo, en sendos hipermercados del libro.
• La decepción con un cuentista madrileño del que no diré una palabra, ni sobre la presunción de su inocencia, hasta que demuestre lo contrario. Edgar Degas dijo que "un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen". Lo mismo un cuento, si tiene entrañas.
• La decepción con otro cuentista argentino del que pronto hablaré sin tapujos ni abogado, aunque pueda ser utilizado en mi contra. De todos los crímenes, la estafa es de los menores, de los más tibios, y por tanto, el más distinto a un cuento.
• La decepción con una musa argentina (mera coincidencia, usualmente adoro a esa gente histriónica y abrazable) que no se digna a enviarme de una vez ese extraño poema de Julia Prilutzky Farny.
• La enésima relectura de “Enemigos” de Antón Chéjov, y sin embargo lo de siempre: admiración infinita por un crimen perfecto, por un relato sublime.
• La relectura de algunos cuentos de Cortázar y O’Connor y la consecuente comprensión de las carencias de sus imitadores, aunque sean buenos, y de la estrechez de miras de los malos.
• La lectura cruzada de Bolaño y Vila-Matas y una suerte de cansancio, el que sobrevendría de un atracón de tu comida favorita y su versión playera, hasta hacerte dudar de tus gustos.
• El hartazgo que comienza a producirme la omnipresencia de la metáfora en mi prosa, como una red de pesca a la deriva en la que perecen los delfines. ¿Lo ves? Estoy enfermo.
• La relectura de “La mujer que viene a cenar esta noche”, “Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas)”, y “El amor es sólo tiempo” del libro de cuentos “Amor del bueno” (Caja España, 2004), de Víctor García Antón (al que le voy a rajar el escroto como siga sin leer esta bitácora), y una certeza inmediata: esos cuentos siguen siendo tan buenos como entonces, pero yo ahora soy mejor lector que hace dos años, y puedo apreciarlos del todo.
• El indescriptible agobio de la hora puta en la línea 3 del metro de Madrid ("es lo que te hace sentir..."), y la certera premonición, la deducción casi, de que si ya los maestros son ignorados, de que si apenas se encuentra uno con los mismos best sellers de siempre, de estación en estación, mis libros le importarán un carajo a casi toda esta muchedumbre, enlatada en el trajín subterráneo de sus días.
• La obsesiva audición durante dos días de “Nocturn per a acordiò”, un poema de Joan Salvat-Papasseit, maravillosamente recitado por Ovidi Montllor, que una amiga (sentida la palabra) me hizo llegar al correo, y del que he perpetrado una traducción al castellano para compartirlo en breve.
• La proximidad de la visita de mi incondicional aliada desde el Polo Norte y el previsible desorden que dejará a su paso ese huracán de impaciencia y huesos.
• La relectura de una entrevista a Ángel Zapata, y una de las citas del poeta granadino que el militante utilizó en “El vacío y el centro” (Fuentetaja, 2002), y que me tomé la libertad de reproducir.
• El paréntesis en el que tengo detenido “Memorias de Adriano” de Yourcenar, un poco por estar en otra cosa, un poco porque quiero volver a disfrutarlo sin distracciones, porque no quiero que se acabe.
• El paréntesis en el que tengo detenido el manuscrito de la novela.
• La redacción y reelaboración constante de un cuento, del que sólo tengo absolutamente decididas la primera frase (su motor, en realidad) y un par de imágenes.
• Un sueño húmedo en el que se sucedían larguísimas escenas de sexo oral con una mujer de melena oscura y labios, todos, resbaladizos como fruta recién pelada.
• El andantino de la sonata para piano nº 20 de Franz Schubert, y la canción "High and dry" de Radiohead.
• El perfeccionamiento de mi receta de arroz picante de calamares para bohemios o escritores en ciernes sin trabajo (a un euro la ración).
• La incurable nostalgia por el mar, no sólo mi mar antiguo, por cualquiera, por todos los mares.
La influencia de todas estas circunstancias en el texto es obvia en algunos casos e indescifrable en otros, pero perfectamente demostrable en todos. La pertinencia de esta nota aclaratoria es absolutamente cuestionable, pero no me he parado a pensarla, tan sólo la vuelco. Quizá le sea útil a alguien para comprender eso que viene a llamarse “proceso creativo”. Yo sólo expongo los atenuantes y agravantes de esta tentativa. A lo mejor un día, no sé cómo, entiendo el por qué.
(*) Apéndice informativo a martes, 27 de febrero de 2007:
Con “Alas de Albatros Redux”, la versión sencilla de mi bitácora, quise garantizar a todo el mundo un fácil acceso a mis entradas. Por eso, en “Redux” el formato es simple, y sólo cuentan los textos, para que la descarga no ofrezca problemas y los minimalistas no encuentren distracciones molestas. Salvo un par de excepciones, cada vez que publico una nueva entrada lo hago de manera simultánea en ambas versiones, de modo que una y otra bitácora son absolutamente idénticas en el contenido principal. Por esta razón, y por mi convencimiento de que el intercambio de opiniones tiene un valor inestimable en esta realidad de las bitácoras, a partir de ahora volcaré (con la inevitable demora en algunos casos) vuestros comentarios y mis respuestas (que trataré en breve de poner al día) de una a otra versión, para que no pasen desapercibidos a aquellos que sólo regresan a una de las dos, o para que el lector ocasional no se pierda cualquiera de vuestras aportaciones. Así pues, desde este momento, cada vez que publiquéis un comentario, o mejor dicho, cada vez que yo tenga noticia de ello y actualice, vuestra huella aparecerá duplicada en la otra versión, exactamente igual que el cuerpo de las entradas. El objetivo final, tras lograr esta especie de “clonación” íntegra, no es otro que hacer más provechosa la experiencia para todos.
