Bitácora de Sergi Bellver: febrero 2007

23/2/07

La trastienda.

“Continúen leyendo estas barbaridades, no abandonen
prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando,
no sé cómo, no soy más que una escritora,
pero ustedes saldrán ganando”.

¿Flannery O’Connor?

Aclaración del todo prescindible: la redacción de la entrada anterior, "Musgo y roca", me tomó dos horas de impulso en la noche del martes y otras dos de correcciones en la mañana del miércoles. Esto es completamente irrelevante para todo el mundo, pero como quiera que, por una vez, tengo noción exacta de esos plazos, la comparto. Su publicación fue el resultado de una concatenación de hechos y vértigos a lo largo de la última semana, de la que paso a dar una relación desordenada:

• La broma con una amiga, a la hora de la comida, que desencadena el recuerdo de la madre muerta.
• La lectura de algunos pasajes de “Mil grullas” de Yasunari Kawabata.
• La bonita edición, a cargo de “emecé”, de otro título del autor japonés.
• La relectura, en aras de una futura reseña, del cuento “Ambulancias”, del libro “El síndrome Chéjov” (Páginas de espuma, 2006), de Miguel Ángel Muñoz.
• Los fragmentos, leídos por encima, y los posteriores juegos malabares con tres títulos de John Cheever, influenciado por la serie “Cheeveriana” del autor de “Ambulancias” en su bitácora, justo dos días antes (lo juro, me someto al polígrafo si hace falta) de encontrar, por una de esas “casualidades” de la mente planetaria, mi nombre en la dedicatoria del capítulo sexto.
• La cierta pero fugaz idea de robar varios libros (los que barajaba de Cheever, el de Kawabata y alguno más) en sendas librerías de las calles Alcalá y Fuencarral; corrijo, en sendos hipermercados del libro.
• La decepción con un cuentista madrileño del que no diré una palabra, ni sobre la presunción de su inocencia, hasta que demuestre lo contrario. Edgar Degas dijo que "un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen". Lo mismo un cuento, si tiene entrañas.
• La decepción con otro cuentista argentino del que pronto hablaré sin tapujos ni abogado, aunque pueda ser utilizado en mi contra. De todos los crímenes, la estafa es de los menores, de los más tibios, y por tanto, el más distinto a un cuento.
• La decepción con una musa argentina (mera coincidencia, usualmente adoro a esa gente histriónica y abrazable) que no se digna a enviarme de una vez ese extraño poema de Julia Prilutzky Farny.
• La enésima relectura de “Enemigos” de Antón Chéjov, y sin embargo lo de siempre: admiración infinita por un crimen perfecto, por un relato sublime.
• La relectura de algunos cuentos de Cortázar y O’Connor y la consecuente comprensión de las carencias de sus imitadores, aunque sean buenos, y de la estrechez de miras de los malos.
• La lectura cruzada de Bolaño y Vila-Matas y una suerte de cansancio, el que sobrevendría de un atracón de tu comida favorita y su versión playera, hasta hacerte dudar de tus gustos.
• El hartazgo que comienza a producirme la omnipresencia de la metáfora en mi prosa, como una red de pesca a la deriva en la que perecen los delfines. ¿Lo ves? Estoy enfermo.
• La relectura de “La mujer que viene a cenar esta noche”, “Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas)”, y “El amor es sólo tiempo” del libro de cuentos “Amor del bueno” (Caja España, 2004), de Víctor García Antón (al que le voy a rajar el escroto como siga sin leer esta bitácora), y una certeza inmediata: esos cuentos siguen siendo tan buenos como entonces, pero yo ahora soy mejor lector que hace dos años, y puedo apreciarlos del todo.
• El indescriptible agobio de la hora puta en la línea 3 del metro de Madrid ("es lo que te hace sentir..."), y la certera premonición, la deducción casi, de que si ya los maestros son ignorados, de que si apenas se encuentra uno con los mismos best sellers de siempre, de estación en estación, mis libros le importarán un carajo a casi toda esta muchedumbre, enlatada en el trajín subterráneo de sus días.
• La obsesiva audición durante dos días de “Nocturn per a acordiò”, un poema de Joan Salvat-Papasseit, maravillosamente recitado por Ovidi Montllor, que una amiga (sentida la palabra) me hizo llegar al correo, y del que he perpetrado una traducción al castellano para compartirlo en breve.
• La proximidad de la visita de mi incondicional aliada desde el Polo Norte y el previsible desorden que dejará a su paso ese huracán de impaciencia y huesos.
• La relectura de una entrevista a Ángel Zapata, y una de las citas del poeta granadino que el militante utilizó en “El vacío y el centro” (Fuentetaja, 2002), y que me tomé la libertad de reproducir.
• El paréntesis en el que tengo detenido “Memorias de Adriano” de Yourcenar, un poco por estar en otra cosa, un poco porque quiero volver a disfrutarlo sin distracciones, porque no quiero que se acabe.
• El paréntesis en el que tengo detenido el manuscrito de la novela.
• La redacción y reelaboración constante de un cuento, del que sólo tengo absolutamente decididas la primera frase (su motor, en realidad) y un par de imágenes.
• Un sueño húmedo en el que se sucedían larguísimas escenas de sexo oral con una mujer de melena oscura y labios, todos, resbaladizos como fruta recién pelada.
• El andantino de la sonata para piano nº 20 de Franz Schubert, y la canción "High and dry" de Radiohead.
• El perfeccionamiento de mi receta de arroz picante de calamares para bohemios o escritores en ciernes sin trabajo (a un euro la ración).
• La incurable nostalgia por el mar, no sólo mi mar antiguo, por cualquiera, por todos los mares.

La influencia de todas estas circunstancias en el texto es obvia en algunos casos e indescifrable en otros, pero perfectamente demostrable en todos. La pertinencia de esta nota aclaratoria es absolutamente cuestionable, pero no me he parado a pensarla, tan sólo la vuelco. Quizá le sea útil a alguien para comprender eso que viene a llamarse “proceso creativo”. Yo sólo expongo los atenuantes y agravantes de esta tentativa. A lo mejor un día, no sé cómo, entiendo el por qué.

.........


(*) Apéndice informativo a martes, 27 de febrero de 2007:

Con “Alas de Albatros Redux”, la versión sencilla de mi bitácora, quise garantizar a todo el mundo un fácil acceso a mis entradas. Por eso, en “Redux” el formato es simple, y sólo cuentan los textos, para que la descarga no ofrezca problemas y los minimalistas no encuentren distracciones molestas. Salvo un par de excepciones, cada vez que publico una nueva entrada lo hago de manera simultánea en ambas versiones, de modo que una y otra bitácora son absolutamente idénticas en el contenido principal. Por esta razón, y por mi convencimiento de que el intercambio de opiniones tiene un valor inestimable en esta realidad de las bitácoras, a partir de ahora volcaré (con la inevitable demora en algunos casos) vuestros comentarios y mis respuestas (que trataré en breve de poner al día) de una a otra versión, para que no pasen desapercibidos a aquellos que sólo regresan a una de las dos, o para que el lector ocasional no se pierda cualquiera de vuestras aportaciones. Así pues, desde este momento, cada vez que publiquéis un comentario, o mejor dicho, cada vez que yo tenga noticia de ello y actualice, vuestra huella aparecerá duplicada en la otra versión, exactamente igual que el cuerpo de las entradas. El objetivo final, tras lograr esta especie de “clonación” íntegra, no es otro que hacer más provechosa la experiencia para todos.

21/2/07

Musgo y roca.

“No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío”.

Federico García Lorca


Con la paciencia de una roca en la corriente, el libro espera. Desde la orilla se distingue la belleza lítica y ancestral de su sencillez, sitiada por el río. Vadeo la riada de espaldas hurañas y rostros vueltos, avanzo completamente solo entre la multitud que no cesa, maldigo la inercia heladora de las aguas y su indiferencia, me hundo hasta las caderas en un frío sepulcral, aterido hasta la médula, pero al fin alcanzo el islote. Mis dedos, surcados de azul, retiran con cuidado la cabellera clareada del musgo, más tibio y suave que el mineral, como si peinaran a una madre anciana tras el baño. Grabada en la piedra embotada, leo una predicción de juventud de Kawabata: la literatura sustituirá algún día a la religión. Quiero robar ese libro. No por avidez, ni afán de poseerlo, ni siquiera por la hambruna cierta de mi bolsillo, tan sólo para que se quede conmigo, para que me hable despacio, sin la prisa de burdel que busca su salario. Quiero robarlo, para rezarlo a solas, pero no me atrevo.
Conseguí domarlo, obligarle a comer de mi mano y retirarse, forzarle a bajar la mirada y arrinconarse en la jaula. El miedo al dolor es un felino traicionero y hay que ser implacable. No suelo pensar en ello, lo tengo aparcado en algún sótano, al miedo, reposando a oscuras con otros trastos viejos, para que no haga ruido, para poder pasar de largo, pero a veces suelta un zarpazo desde la penumbra y sucede, y, de repente, echo de menos a mi madre. Hoy he extrañado su paciencia burlona ante mis tomaduras de pelo, su colleja entre risas cuando me metía con esos guisos que ahora imploro, su canción murmurada entre fogones, su presencia callada entre la radio y mis libros. Su rendición incondicional cuando leía el termómetro que yo, verdadero cabronazo, había mantenido junto al calor de la lámpara para librarme del colegio. He extrañado, sobre todo, su conversación en otro idioma con los mayores, mientras yo atendía al regreso de cierta alegría en sus ojos. Lamento no haber perdido el autobús aquél día, no haberme quedado a darle el desayuno la última vez que la ví, arropada por la luz glauca que entraba en la habitación, como si al otro lado de la ventana, tras los pabellones, más allá del aparcamiento y las ambulancias, cruzado el paseo marítimo, no hubiera sólo un mar dócil, velador, sino también inmensas praderas iluminadas por el blanco fulgor de millones de flores diminutas, o estepas interminables cuajadas por las nieves tardías, resplandores a la espera. Sólo era la claridad de otra mañana de mayo en la ciudad, nada más, filtrándose por los estores del ventanal, mezclándose con el verde desvaído de las paredes y el blanco desvalido de la cama, sosteniendo a mi madre extenuada en lo que habría de ser un recuerdo adulterado, como lo son todos en el lienzo de nuestra memoria. Pero un recuerdo indeleble, en el que el agua turbia y salina de entonces ha llegado a convertirse en el hielo compacto y afilado que hoy soy capaz de esculpir. La dibujo, la veo, sonriendo por encima del agotamiento cuando me despedí hasta el próximo día, como si fuera a haberlo, como si al cabo de los años hubiera podido lavarle la cabeza, ya blanca y rala, a la nunca abuela de mis improbables hijos. Pero se fue con el cabello oscuro todavía, el mismo que me dejó en herencia, junto con este atisbo de tristeza mal curada, o esta tremenda pereza para el enfado, o esta alegría mansa, domesticada, igual que el miedo de mi sótano. Se fue demasiado pronto, demasiado en voz baja, como el arroyo que va apagando su murmullo entre la arboleda al alejarnos. Odio haberme acostumbrado a la canción del bosque, al viento seco que mece la hojarasca. Odio recordar el rumor del arroyo como si fuera una vaga leyenda, ser capaz de evocarlo siquiera con esta serenidad, contemplando un mar contaminado y sin brío, y el musgo esponjoso y sucio de la espuma que el oleaje deposita en la arena. Odio, sobre todo, haber olvidado el puerto de partida y no ser capaz de otra cosa, más que navegar aferrado a la gavia del vigía, oteando el horizonte, persiguiendo el crujido de las tormentas en la lejanía.
Quiero robar ese libro, quiero robarlos todos. ¿Le parecería pecado al galileo si robara un jirón de su túnica, o entrara a hurtadillas en la última cena, para estar más cerca de lo divino, pegado al sudor del hermano amado? ¿Me desterraría de su lado si, a sus espaldas, besara a la Magdalena y le bebiera las lágrimas del rostro? ¿Me apartaría de su regazo si viniera a abrazarle arrepentido por haberle robado unas palabras, por haberme apropiado de una emoción, si hundiera mi rostro aferrado a su pierna como un náufrago al madero? ¿Renunciaría Él a su madero si se lo suplicara, si le dijera que no vale la pena, que la gente no sabe lo que hace ni le importa? ¿Le importaría si, empecinado en su calvario, el agua fresca de mi paño en su frente fuera robada? Pero no, no me atreveré a robar nada, me puede más la vergüenza si me sorprenden, sólo soy un cobarde más, con la penitencia de que lo sé, y me importa. Puedo aliviar la pulsión con otros libros, rescatarlos de las bibliotecas, sacarlos en plena madrugada de la habitación y huir a la carrera por los pasillos de un hospital, franquear el silencio de las salas de espera y las sepulturas abiertas, donde se anotan los estertores y se predicen las ausencias. Cruzar al otro lado, atravesar los campos plagados de luciérnagas, adentrarme en la neblina que flota sobre la hierba azul de la noche, guiado por la ebriedad, difuminado en un vapor de luz dorada, como el farol de una barca a la deriva. La literatura no se ha convertido en una religión, sólo en una iglesia, en una curia, en una inquisición, en la bula que se conceden a sí mismos los ministros de las escrituras. Kawabata tal vez se refería a la fuerza del río, y no a su cauce, a la verdadera fe, a la sed del espíritu, no lo sé. La verdad es que no sé una mierda. Y todo lo que puede saber un hombre es siempre tan frágil, incompleto y huidizo, que no concibo esa jerarquía extraña de los que se buscan la virtud en la sotana, la casulla, en el oro mezquino bordado en las ínfulas. No pienso santiguarme, no voy a comulgar, sólo deseo sentir la presencia de algo cierto, de algo puro, incondicional, cuando los rescoldos del mediodía me rocen las mejillas, o cuando ya la luna haya muerto, y la humedad de la alborada me refresque las sienes. Cuando estreche la mano del viajero. Sólo quiero tener la misma fe que Kawabata en el poder infinito de la creación y la redención del amor para todos los absurdos del hombre. Tan sólo pretendo volcar mi fervor en esas inasibles verdades, aunque fueran las fugaces flores del cerezo, sin poseerlas, sin comprarlas, conservándolas intactas, puras y perecederas como copos de nieve en las manos abiertas del otro, apenas un rastro de frescor en la palma tendida de su lectura. Sólo quiero creer en lo que hago, tener fe, y dejar un trozo de vida a mi paso, una herencia de palabras que le sirva a alguien alguna vez, y luego, sin más, extinguirme en silencio en el punto de fuga de toda la geometría humana, en el curso de las cosas, como polvo de roca en el lecho del río.

13/2/07

Alta fidelidad.

“La libertad de amar no es menos sagrada
que la libertad de pensar.
Lo que hoy se llama adulterio,
antaño se llamó herejía”.

Víctor Hugo


Fiel.


Se me llena la boca de palomitas, blancas y escandalosas, como esponjas de sal, cuando hablo con entusiasmo de esto y de aquello, pero luego llegan el silencio y la soledad y me hago polvo los dientes con el maíz crudo, la grava amarilla. El hervor de la pasión hace que las cosas se inflen y estallen, que alimenten el ansia y nos elevemos, pero en frío, los guijarros de la realidad nos recuerdan que seguimos descalzos. Yo no sé quedarme a vivir en ninguna parte, no puedo estar todo el día volando, alguna vez hay que amerizar y sumergir el pico en las aguas de lo real, subsistir, supongo. Pero tampoco puedo permanecer mucho tiempo sobre la superficie, a merced de los tiburones, ni mucho menos en tierra, desollándome las membranas de las patas con la aspereza pedregosa de los acantilados, como banderas rasgadas por una turba reaccionaria. ¡Soy un albatros, demonios, que no me pidan volar sobre seguro ni caminar con gracia! O planeo como el puto amo, enseñoreado del cielo, o me coso las alas y aprendo a marchar como un soldadito de plomo al que le dan cuerda. Habría nacido gallo de pelea, o pavo real, si me contentara con la seguridad del suelo, la fugacidad de las pírricas victorias, y la vanidad del plumaje chillón. Pero no me interesan esos juegos de corral, y algo tendré que hacer, digo yo, con este par de alas, que al caminar me estorban como dos remos arrastrados por el polvo. ¿Y qué narices quieren que haga con ellas, sino volar, aunque pierda de vista los mapas, y me adentre en la tormenta, y desaparezca cualquier día al atravesar el brumoso corazón de las nubes, y ya nada ni nadie, nunca?


Infiel.


De repente, en cualquier párrafo del proyecto de la novela, escribo una frase absurda, y me pide a gritos que la saque de allí. No porque no pueda ser escrita, sino precisamente porque me ordena que la escriba en otra parte. Así que apago el ordenador, me voy a la cama y estreno un nuevo cuaderno, otro de esos de tapas blandas, para poder encajarlo en cualquier bolsillo, en el trasero del pantalón, si hace falta. Si algún carterista se llevara mi billetera, sólo lo lamentaría por la pesadez de tener que renovarme el dni, de vacía que va siempre, pero como el manilargo confunda el otro bulto con un buen fajo, le persigo y lo muelo a palos hasta que me devuelva mis notas. No es que ahí aguarde ninguna joya, pero una vez escritas, las frases no regresan nunca iguales, y con eso no se juega.
La cama es mal sitio para corregir, un campo de batalla en el que nunca funcionan las estrategias, ni en las letras, ni en el sexo. La cama es para dejarse llevar. Por eso anoto la frase rebelde, y después le sucede otra, y luego el bolígrafo va tan rápido que no me da tiempo a pensar la siguiente. Con el sexo me pasa igual, por mucho que me demore, al final necesito la velocidad, lo frenético. Escribo y me agoto, y la tinta de la última palabra se corre en un borrón que casi desborda la página y mancha las sábanas. Me quedo dormido, abrazado a la libreta, satisfecho y protegiéndola a la vez. A la mañana siguiente, lunes, me levanto como un resorte, cosa rara en mí, que me cuesta trabajo cambiar del sueño a la vigilia y viceversa, a quien hay siempre que arrastrar al catre por la noche y todas las mañanas azuzar para que espabile. Pero lo primero que hago, antes de desayunar, antes incluso que vaciar el cuerpo, es pasar al ordenador las notas de anoche. Y ahí sí, fijadas en un material maleable, esparcidas como herramientas, las dejo reposar, alivio mis humedades y voy a hacerme el café. Ya no hay prisa, puede ser hoy, puede retomarse mañana, dejarlo, regresar la semana que viene. Ahora sí valen las estrategias, siempre que no traicione la espontaneidad y potencia de la primera frase. Lejos de la cama valen las palabras como artilugios, siempre que delaten al amante mentiroso, si lo es.
Y así es como, de repente, un tipo que se sabe nada, o novelista quizá, que se supone poco dotado para el estilete del relato, empieza a escribir un cuento. Así, sin previo aviso, como otras cosas que me han sucedido esta semana, como descubrir al mejor Schubert y al Brahms más bello, después de años colocándolos bajo el pedestal de Beethoven. Y como quiera que el oído nunca engaña, como en los auditorios es más difícil timar al espectador, mucho más difícil que en una galería o una pantalla, me dejo guiar por ese sabio pastor, y, una vez acabada la tercera versión del cuento, que de sobras sé que no será la última, pero que ya empieza a parecerse, a ser legible, me hago con un micrófono y la leo concentrado, interpretándola como lo haría un actor de doblaje. Nueve minutos de grabación que me acompañan el resto del día, y al siguiente, mientras friego los platos de tres cenas, ordeno la librería, o vigilo la paella para que se tueste sin quemarse. Y el cuento se repite una y otra vez, y a cada ensayo le voy encontrando un defecto, una falta, una incongruencia, un montón de paja que desbrozar, un sendero nuevo que se abre.
Y así, escuchando la esforzada lectura de mi propio cuento, cobro conciencia del valor de la poética en la prosa de los maestros, del ritmo y la armonía que he encontrado en los grandes, de lo mucho que me queda por aprender si quiero que no basten la emoción y la palabra, y que el oído interno del lector no se sienta nunca estafado. Como lo era en el principio de los tiempos, en torno a la hoguera, o en las epopeyas versadas de los ancestros, la literatura no debería tomarse por buena si no resiste la lectura en voz alta y para el otro, aunque sea mental y privada.
De modo que, sin saber si será un precedente o una mera excepción, y no como divertimento, sino con el mismo empeño y respeto que vuelco en la novela, me decido a escribir un cuento. ¡Ah, necios, los novelistas que se lo toman como un simulacro, un entrenamiento, no saben nada de lo que cuesta ordenar un deslumbramiento en ese espacio tan breve! En fin, que trabajo también en un cuento, me lleve días o meses, lo que sea, hasta que funcione solo. Eso sí, en cuanto a difusión, de bitácora nada, pero de concursos menos. Si algún día le acompaña otro relato, y luego otro, perfecto, a lo mejor con el tiempo hasta consigo un libro de cuentos, de esos que tanto me gustan cuando tienen voz propia. Y si no aparecen más frases rebeldes por ahí, más fogonazos que acaben por alumbrar otros relatos, estupendo. No tengo ni idea. Sólo sé que ha sucedido, y que me gusta explorar en lo que hasta ahora me negaba. Hay un placer extraño en llevarse la contraria, en cuestionar nuestras certezas, en cambiar de disco, de amante, pero buscando lo mismo en cada piel, porque es muy distinto que te gusten las mujeres y te vacíes en cada arrebato, a que en ellas busques la mujer y te llene en cada encuentro. Beso los mismos labios en cada boca. También al escribir, acabo de darme cuenta.

Suena tan bien ese violín...

.........


Posdata para interesados y viandantes: parecen dos entradas más, largas, para variar, pero acabo de colgar sendas respuestas conjuntas a los comentarios en la versión original de “El valor del miedo” y “Quiero ser mileurista”. Santa paciencia la vuestra.

7/2/07

Quiero ser mileurista (o del éxito).


“No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que
no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal
sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del
vieux saltimbanque;
si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto.”

Robert Louis Stevenson, Ensayos.

Imagina que te compras un buen libro de cuentos, no la pachanga de un escritor acomodado que, entre tocho y tocho de su exitosa saga, ha de mantener el eco de su nombre en el mundillo, y para la que recurre a viejos relatos, parrafadas dominicales y ocurrencias por encargo, en una selección tan deplorable como la española, esa que siempre se va a merendar el mundo pero nunca se come un rosco (verás como “la pérfida Albión” hoy nos hace un descosido en Old Trafford). No, nada de eso, ni la bravata de cualquier ganapán pasado de hormonas, ya sabes, esos que llenan la atropellada prosa de “pollas” y “putas”, porque alguien le dice que es más auténtico, más intelectual, novísimo (setenta años, nada menos, llevamos con la “novedad” de marras) y se lo cree; no, no te estoy hablando de eso. Un buen libro de cuentos, digo. Imagina que te compras uno de esos que resisten con fe en las estanterías, entre gruesos lomos de novelas, como seminaristas prensados por las obesidades del prójimo en un atestado vagón de metro. Uno de esos libros de cuentos que, sin hacer mucho ruido, van goteando poco a poco desde el fondo de alguna insumisa librería de barrio. Imagina que llegas a él por obra y gracia del boca a boca, o que tu intuición recoge el sedal de tu dedo índice y lo pescas al azar, y del primer vistazo pasas a buscar a tientas un pedazo libre de pared, en el que apoyas los riñones para leer un poco más, un poco más. Imagina que te lo llevas, que pagas los doce euros, con la ilusión de estar descubriendo algo, inflamado por la misma emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa.
Ahora imagina que, con esos doce euros, estás pagándole un café a ese escritor. Bueno, no lo imagines, que no es una entelequia. Mejor piénsalo, porque es así. Del precio del libro hay que hacer dos partes, una para la distribución y otra para la publicación. Para el librero se van unos dos euros, como mucho, o para los grandes almacenes, entre que han de pagar a ese chaval del chaleco que no sabía ubicar el título que le pedías y a la cajera sin sonrisa que te lo ha cobrado, tal vez sean dos y medio. Al distribuidor, que se ocupa de que el libro llegue a tus manos, con todos los gastos de transporte y almacenaje que ello supone, y que ha de pelear un buen sitio en el escaparate, o un plazo más digno en la mesa de novedades, le llegarán algo menos de cuatro euros. La mitad de lo que has pagado es para que el libro vea la luz, para que el editor lo corrija, lo maquete, diseñe la portada, lo presente a otros autores para que se curren una reseña, lo mueva por los suplementos, etcétera. Y claro, ha de pagar otro sinfín de conceptos, y a toda una cadena de profesionales que dedican su tiempo a que el libro pase de ser un manuscrito. Un diez por ciento, en general, es lo que le queda al autor. Hasta esas putas que tanto le gustan al escritorzuelo “rebelde” sacan más cada vez que se ocupan, aún dándole la mitad del vampiro al proxeneta. Haz la cuenta, un euro con veinte, así que nada de ponerse estupendos, nada de cafetines art decó ni capuccinos, un cortado en la barra de Casa Paco y arreando.
Imagina ahora el camino previo, aunque nos saltaremos el principio de todo, lo único que en realidad cuenta, desde que el deseo o la desazón impulsan la primera frase, al momento en que el escritor da por buena la última (o se obliga a hacerlo, si quiere acabar alguna vez) de su obra. Dije un buen libro de cuentos y dije doce euros, por transitar un camino medio, ya que la odisea es peor en el caso de la poesía y distinta en proporciones de desgaste y precio, que no en la raíz, si hablamos de una novela. Imagina entonces el proceso que media entre la finalización del manuscrito y el libro mismo. Hay quien envía su original a una editorial que le merece respeto, hay quien lo envía a todas las que puede, y hay quien lo presenta a concursos. Los más hacen las tres cosas. En el supuesto de que no desechen al primer vistazo la obra, lo cual es duro, pero frecuente, y necesario, o la saturación del mercado editorial sería del todo insostenible (más aún, quiero decir), el aspirante deberá armarse de paciencia, ya que los títulos se acumulan y el equipo de lectores de la editorial establece una especie de lista de espera. Esto en el mejor de los casos, ya que el simple hecho de que se llegue a leer un original, en general con un plazo de varios meses, es de por sí una hazaña para el escritor. Una pequeña editorial independiente, si alcanza cierto prestigio por su labor, puede recibir doscientos manuscritos al año, una fuerte, de algún grupo grande, recibe miles. Es como una gigantesca selección de personal, en la que cientos o miles de candidatos optan a un puñado de puestos. Y hay que tener en cuenta que esa misma editorial independiente, por ejemplo, no puede publicar (si quiere seguir siendo viable) más que a uno o dos autores noveles por año.
Así que el simple hecho de recibir la llamada de un editor que se anima a publicar sus relatos, su novela, o, delirante, su poemario, es ya en sí mismo para el escritor (no digamos ya para el principiante) un logro inconcebible, prodigioso, codiciado por el resto de los desvelados autores. Así las cosas, y sin contar con el tiempo que le tome escribir su obra (años en muchos casos), entre la llegada del manuscrito a la editorial y la colocación del libro en la estantería (o, con mucha suerte e influencias, en la mesa de novedades) en la que lo encontrarás, puede transcurrir perfectamente un año, siendo optimistas. Durante ese año, en el que tal vez el escritor conserve el extravagante hábito de comer un par de veces al día y dormir bajo techo, sólo cabe proveerse de infinitas reservas de paciencia. En los siguientes doce meses, mientras el libro (seamos audaces, utópicos) va ganando el oído de los lectores, circulando por suplementos y debates, haciéndose un nombre… vendiéndose, vamos, se va anotando todo en el balance para pasar cuentas al final. Suponiendo que el libro sea genial (cómo no), que la fortuna lo roce con su varita, que su llama prenda entre otros escritores que lo ensalcen, que la crítica se fije en esa hoguera, y su agente (que del pellizco de este, si lo hay, no hemos hablado) o su editor propaguen otras, más prosaicas, en la camarilla literaria, suponiendo que esa ópera prima (pongámonos en ese caso) sea “todo un éxito”, tal vez podrían venderse unos cinco o diez mil ejemplares de las dos primeras ediciones. Y digo dos porque raro es que se pase de mil ejemplares en la primera tirada de un autor novel, que una editorial no es una ONG, y por muy independiente y amante de la verdadera literatura que sea, ha de ser rentable y nada siempre guardando la ropa. De las editoriales de los grandes grupos ni hablamos, porque allí todo funciona igual que una multinacional de telefonía móvil, por ejemplo, lo único que cuenta es el margen de beneficios, y las estrategias son tan agresivas como las de cualquier otro producto, con lo que se hace inevitable que el peso del capital oprima el aliento del arte. Tal vez no llegue a ahogarlo, siempre resiste de alguna manera, pero aprieta demasiado.
Imagina, entonces, que ese cuentista, ese novelista o ese poeta, que ha logrado contagiarte algo de su entusiasmo o ha conseguido seducirte de algún modo con su voz, ha de conducirse entre los mortales como todo hijo de vecino, con austeridad, si cabe, modestamente, haciendo cábalas para llegar a fin de mes, aguantándose como todos las ganas de ese viaje, como un “mileurista” más. Y eso es mucho, pero mucho imaginar, porque teniendo en cuenta todo lo dicho, un escritor, si no se siente capacitado o con autoridad para impartir clases en talleres literarios, si no le apetece venderse a plazos en columnas de opinión (la que le “sugieran” desde arriba), ni escribir panfletos digeribles para mendigar premios por la geografía patria, ni prestarse al pregón de las fiestas de la patrona, ni apuñalar por la espalda a otros autores o enjabonar los libros de los colegas en cualquier suplemento… si no hace todas esas cosas aledañas del “oficio” que poco o nada tienen que ver con la vocación, debería vender nada menos que veinte o treinta libros al día para poder subsistir como el más humilde de los proletarios. Algo con lo que quien suscribe ya sueña, algo que firmaría presto y fáustico, con tal de abocar todo su esfuerzo en una única dirección. Algo impensable, casi.
Llegados a este punto, cabe replantearse el concepto de “éxito” que tienen muchos aspirantes a escritor cuando maquinan sueños de grandeza en su inquieta cabecita, sobre todo si aún les queda en las venas algo de sangre artista, y pretenden ser fieles a sí mismos, y no caer demasiado pronto en el cinismo y la vacuidad. Por tanto, vamos a excluir a todos los futuribles danbrowns y sus probables códigos, a todos los próximos zafones con sus bonitas novelas juveniles, y a todos los rebeldes jovencitos de impetuosas erupciones “postmodernas”. Olvidémonos de toda postura que tenga en cuenta a la cámara y centrémonos en el creador, pues. ¿Qué le queda por hacer al que sólo quisiera dedicarse a escribir, sino transigir y robarle toneladas de tiempo a su vocación para emplearse en cualquier cosa, disipando su aliento mientras “se gana la vida”? ¿Qué debería significar el “éxito” para él, entonces? ¿Algo diferente, acaso, a tener noticia, alguna vez, de haber provocado en algún lector aquella emoción inteligente del que madruga para ver a solas, vacía y mojada por el alba, una ciudad hermosa?

6/2/07

Para Corte y confección.

(Comentario –extenso e intenso, que es de lo que peco- a la entrada “El museo de los esfuerzos inútiles” en la bitácora de Gabriel Báñez, a la que remito a los lectores, y reflejado aquí puesto que Blogger, la conexión de esta biblioteca, y algún maldito duendecillo se deben haber confabulado para impedir su publicación –a la que no pensaba renunciar- donde correspondía. Por la extensión sé que no ha sido, ya que algunos ejemplos he dejado en los últimos días y en ciertas bitácoras, de mi incontinencia. Mis disculpas a todos).

Entrada lúcida, sensata, y ácida, Gabriel.
Ahora no recuerdo si fue en Quimera o Letras Libres, pero ayer mismo, en la sección de revistas del Funesto Negocio del Arte Comprimido, desplegados los codos contra devoradores de prensa deportiva y adolescentes lenguaraces, leía un artículo de Gabriel Zaid sobre el supuesto liderazgo de la publicación y edición españolas sobre la mexicana, que sostenía con una serie de inquietantes cifras. Siempre que me presentan letras numeradas, que me cuantifican la palabra, ni que sea con ironía y sana intención, tuerzo el gesto.
Al hilo de esa sagacidad femenina que mencionas, lo de los prescindibles escritorzuelos “tala árboles”, ¿cuanto bosque, por muy artificial que sea, por mucho que estrague la tierra (la mitad, por cierto, de lo que lo hace el algodón que vestimos y las hamburguesas, su combustible en pasto, que muchos comen), riñón de la sucia atmósfera al fin, no se cargan los rotativos futboleros, la prensa rosa del colon (qué corazón ni qué narices, colon, recto, detritus) y la propaganda política de cada bando (quiero decir los diarios de in-formación de facciones)?
Una cosa es la sociedad en general, que escribe tan poco como lee, y aún cuando lo poco que lee es sólo placebo, gasta más papel del que se puede permitir (el reciclado no da abasto), y otra muy distinta eso que algunos llaman con ampulosidad “La República de las Letras”, donde hay tanta aristocracia, tanto reyezuelo, servil marqués y aspirante a virrey que no habría guillotinas suficientes para esta revolución. No veo mala cosa que la gente se exprese, se explaye, fabule, exorcice sus demonios, levante la tapa del guiso (o del water), o simplemente aplaque su ego con una bitácora; mira, un hacha menos, que acumulará polvo en el desván, y un árbol más en el horizonte. Lo que me parece triste es que los únicos y últimos responsables de la publicación, los editores y distribuidores, se hayan convertido en meros fabricantes de billetes, siempre de papel moneda y pocas veces de viaje, casi nunca de boleto de ida a odiseas literarias. Que tanta gente quiera escribir y trascender es tan natural, previsible y absurdo como querer zafarse de la muerte. Todos quisiéramos. Lo malo es que a otros eso les parezca rentable y editen más de lo que nadie será nunca capaz de leer, porque a veces basta con el empuje de la primera tirada para sacar réditos, aunque luego se pudra en cualquier sótano. Mejor que yo sabéis muchos cómo funcionan realmente, por ejemplo, las listas de los libros más vendidos. Más colocados en el almacén, más apilados en escaparates, más comentados, pero ¿más leídos…?
En realidad, el problema del libro (y de las selvas) es que la mayoría de la gente lee muy poco, y muy mal, y se dejan uncir por aviesos pastores para elegir lecturas, y compran galardones, y acumulan contraportadas, y regalan planetas baldíos, sin árboles, y el mercader lo sabe y juega la baza de ese lector desubicado. Porque, aunque parezca lo contrario, cuanto más y mejor leyera la gente, menos libros se publicarían, eso lo imagináis ya, menos pero mejores. Es fácil venderle un novelón infumable, un poemario apestoso o unos relatos de pandereta y serpentina a alguien que aún ignora la verdadera literatura, si se lo envuelves adecuadamente y le dices que así será un tipo más “culto”. Pero al que de veras cultiva el gusto (como se cultivan las cosas, con esfuerzo, arando humilde los terrones de la incertidumbre, sembrando con paciencia) no podrá volver a darle nadie gato por li(e)br(e)o. Y si esto proliferara, muchos mercaderes cesarían la producción masiva de su infame papel moneda, o seguirían haciéndolo con folletines y manuales, pero sin adulterar la literatura, dejándola para los atrevidos e insensatos editores que sí apuestan por ella.
Cierto, se escribe más que nunca, los talleres de escritura no han conocido etapa más boyante, muchos alumnos sólo aspiran a poner en orden sus ideas, casi como una terapia, pero la mayoría quiere desentrañar la fórmula del “éxito”, aunque pocos tomen en cuenta eso que Medardo Fraile, maestro de maestros (literal y literario), dijo en una presentación (de esas en las que el público SÍ ha leído el libro, ya sabéis, sin señoronas ni crepados) y que debería recordar todo escritorzuelo antes de ponerse a jugar a ser artista: “Se puede aprender a escribir, pero no se puede aprender a mirar”.
En fin, “la culpa de todo la tiene Yoko Ono…” cantaba aquél, quiero decir, toda esa marabunta de hormigas miopes y gritonas que quieren casarse con el genio y vender a plazos el talento, creyendo que lo poseen. Los que escriben no aprenden apenas nada, sólo va aflorando poco a poco lo que les habita, y de fuera no vienen más que alientos o mordazas, motivaciones o frustraciones. Los que de veras tienen algo que decir, lo harán de todos modos, en papel, en hipertexto virtual, o en el yeso de la pared.

(Lo que sigue lo añado ahora y no hubiera ido en el comentario, aunque pudiera).

Aclaro algo: soy cándido, dicen con mucha razón, pero no soy inocente. Escribo. Vocación siempre latente pero de revelación tardía. Desde hace muy pocos años, y al principio con esa estúpida noción (también fui idiota) de que leer demasiado adulteraría lo poco de original que quedara en mi voz. Ahora sé que, de haber algo genuino por ahí, sobrevivirá y se enriquecerá por otras voces, y por eso leo, leo, leo y escribo. Leo, por cierto, desprovisto de prejuicios, libros y bitácoras, incluyendo en estas algunas de quienes sé perfectamente que jamás me leen, y a veces no leo a quien debiera, aunque fuese por cortesía, que también soy bastardo ocasional. Leeré libros de escritores que jamás comenten los míos (si llegan). Lo que sea, mientras lo aprecie y mueva "algo" en mí cuando lo lea. Cualquier servidumbre en las letras no hace otra cosa que marchitar el germen que debiera siempre sustentarlas. Espero publicar alguna vez, en papel reciclado y sin cloro, eso sí. De momento lo hago por libre y sin rozar un árbol, en una pantalla como esta, sin gastar una gota de savia, pero poniéndole unas cuantas de sangre al tema, como creo que hay que escribir, poniéndole pasión y verdad. Si luego no llega a ninguna parte, mala suerte, pero el que escribe de veras lo hace porque no puede evitarlo. Y, seamos francos, por muy domesticadas que tenga las fieras de la vanidad, escribe para que en alguna parte alguien le lea alguna vez y se sienta tocado por “algo”.
Escribo en privado una ¿novela? (la llamaré así por convención, más que convicción, no sé lo que será) porque es mi manera de interpretar la canción, porque como lector amo tanto o más el cuento y la poesía, pero no se me dan, no alcanzo, no sirvo, no afino si intento esas músicas. A lo peor tampoco lo consigo con esta, pero eso aún no lo sé. Y escribo de un modo que bien poco tiene que ver con esta bitácora (aquí me permito licencias con las que allí jamás transijo). Si no cuaja, no importa, me queda una dichosa vida de lector (de lector de ideas y latidos, sean en papel o en bits) por delante. Lo que no haría jamás (y no he hecho) es presentar manuscritos y opositar a premios con algo que no pueda asumir plenamente. Hay veces que lo peor que puede pasarle a un escritor que empieza, es ganar un premio y caer en la trampa, pensarse "ahí", llegado. Lo veo en otros a cada instante. Por eso digo siempre, cuando me hablan de escribir y tratar de publicar "en serio", que no tengo obra, que aún no he escrito nada.
Y dicho esto, y acordándome de las revistas literarias en las que ayer buceaba, pienso que bien harían muchos, muchos “escritores” que han “trascendido” (y que en esas revistas van en negrita al lado de sus textos, como si fuera más importante el nombre que la palabra) en tener una bitácora y no volver a publicar un libro en su vida, porque, sinceramente, papel en mano, leyendo, leyendo, uno se da cuenta de que demasiadas veces, con demasiada gente, “no hay para tanto”, y de que el mundo, en efecto, anda saturado de libros y escaso de árboles.
Se me perdone la verborrea galopante. La literatura, como ciertas mujeres o un viaje, agrava esta fiebre y mi impaciencia.
¿Pero tú no habías hecho voto de brevedad, pedazo de animal?

3/2/07

El valor del miedo.

(En respuesta a los comentarios al hilo de “Malas noticias”,
brazos tendidos de los amigos sin rostro que ahuyentan la locura del que cree hablarle a las paredes, o por qué cavilaba mi cabezota sobre la muerte de la novela).

"En la naturaleza están todos los estilos futuros".
Auguste Rodin

Una certeza puede bloquear un camino con el desprendimiento de alguna rocosa verdad que ni intuíamos. Y esa carretera cortada puede ser una condena o una bendición. Las manos desesperarán, incrédulas, intentando desenterrar de la cabeza una salida, tan seguras como estaban de tener al alcance el destino, oculto ahora al otro lado del súbito muro. Esa sería la penitencia, agotarse en vanas lamentaciones y aferrarse al trecho andado. La fortuna, en cambio, sería sacar provecho de la adversidad, atreverse no sólo a sortear el obstáculo, sino sobre todo a cuestionar el rumbo, y adentrarse en la arboleda hasta dejar atrás la seguridad del asfalto.
Estoy en ello, campo a través. El sotobosque desgarra la tela de mis pantalones hasta lacerar mis piernas, y la humedad de los arbustos empapa mi ropa y cala en agujas heladas que martirizan mis riñones. La escapada no tiene nada de bucólico, porque he dejado de oír hace rato el canto de las aves o las conversaciones de los árboles, y sólo puedo escuchar mis jadeos, que me nublan la vista con sus fríos vapores y parecen rodearme hasta empujarme la nuca, como una bestia hostigada por un extraño pavor a su espalda. El tiempo es un cazador invisible que no varía jamás su paso y sabe exactamente en qué punto del paisaje nos dará alcance. Sobrevivir cabalmente es aceptar y olvidarse. Vivir, insensato, y exponerse, es retar al cazador, engañarle cuando crea cobrar su presa, y dejar un rastro indeleble que pueda incitar a otros a la huída valiente, al respirar consciente. Escribir es llenar el bosque de señuelos que nos salven de ser abatidos. Avanzo, exhausto, pero sin detenerme, y apenas distingo ya el mortero ahogado de mis pies en la hojarasca y el barro, o el roce violento de las ramas sobre mis hombros. No tengo pena, ninguna, sólo miedo. No esa clase de terror que paraliza y aborta, sino miedo alentador, de quien ya reunió el valor necesario para dar el paso, pero sabe que no hay vuelta atrás. Atreverse es quedarse solo.

Y de repente el derrumbe de esa certeza, tantas veces leída de prestado, pero nunca hasta ahora, como calan al fin todas las verdades del mundo en el hombre, por sí mismas y en la propia carne, aprehendida. La novela, como expresión, ha tenido su hegemonía hasta el día de hoy, así como el pasado se escribía en ensayos, el medievo en cantares, la antigüedad en tragedias y los albores del tiempo con la poesía épica de la leyenda. Sí murió, amigos, aunque todavía traten de sacarle rentas en su ataúd. Murió como se apaga el prado en invierno. Debería regresar la primavera, traer de vuelta los retoños, las yemas de lo vegetal, la vida, aletargada bajo esta pesada capa de nieve, página en blanco sobre la que se escribe lo mismo una y otra vez. Pero sucede que el arte se ha convertido en un Saturno impávido, que, provisto de Gore-tex, botas de esquí, y gorro lapón (sólo te traerá un regalo si eres un niño bueno), va devorando sucesivamente a sus hijos, mientras esperamos turno los hermanos menores, tiritando y perdiendo el estupor en la costumbre, contemplando cómo hace la digestión. Es como insensibilizar la carne ante el telediario, de tan rutinaria la desgracia ajena, sin imaginar siquiera que algún día será la propia. Como almorzar con un buitre posado en nuestro hombro, mientras atacamos la lasagna y él aguarda paciente a que reventemos de abundancia. El arte de hoy es un cadáver enorme, perfumado y brillante como la cera, presentable, relleno de paja, que no cría malvas sino pequeñas orugas rumiantes, devoradoras de forraje insípido, y no de entrañas, abotargadas ya, pero en las que alguna vez bombeara siquiera una gota de pasión. Los gusanos se han acostumbrado al pienso y olvidaron el sabor de la sangre. Tal vez no ha muerto, pero desde luego la novela es toda una ilustre momia de cartón.
Melancolía, dicen, que era esa terrible enfermedad del alma que podía llevarse al otro mundo al romántico (no al de postal rosa, sino al de óleo de Friedrich). No, no es pena lo que tengo, sólo miedo, y también cierta nostalgia adelantada de lo que quisiera ver llegar, porque de momento conservo la insolencia de amar la vida (y esa manera de vivenciarla que es la literatura), y no es tristeza, sino necesidad, lo que me lleva a pensar así. Necesidad de no perder el tiempo en piruetas y encontrar un sentido al escribir. Cortinas, sábanas… les hemos dado la vuelta tantas veces para disimular las manchas (¿o cuantas si no hemos regresado al pasado para inventar un futuro?), que ya es imposible quitar del lecho ese olor, mezcla de amantes y moribundos, sudor de dicha fugaz y estertores de la enfermedad. Me devano los sesos buscando otro jergón en el que tener un sueño distinto o, cuanto menos, auténtico. Me busco el sexo tramando otro deseo en el que habitar, un fuego nuevo o, por lo menos, intenso.
Es probable (en realidad, es seguro) que nada muera, que todo sea crecer y ensayar réplicas mejores, y tal vez el hombre deba reconciliarse con su finitud, aceptar que es una ola más en el batir incesante del tiempo, y hallar el equilibrio (¿lo encontró Jung?) entre su poder creador y la herencia colectiva, grabada en su médula.
O eso siento, porque a día de hoy sólo encuentro en el ser humano dos gestos, dos impulsos, que de veras valgan la pena o justifiquen su tránsito por el cosmos: dejar algo bello a su paso y serle útil a alguien alguna vez. Creo que ya podría contentarme con eso. Sólo trato de no traicionar la sed que me empuja, las corrientes subterráneas que me sostienen, y la promesa de lluvia que me alienta. Por fidelidad a mí mismo y honestidad con la palabra, no cambiaría una sola coma de mi novela por pensar en el lector, pero una vez vivo el libro en sus manos, no me perdonaría ni media, si descubro que le aburre, le escatima belleza, o le es completamente inútil. Si no le convierte, por imperceptible que sea el cambio, en alguien distinto cuando pase la última página.