Bitácora de Sergi Bellver: enero 2007

31/1/07

La desnudez recobrada.

(O introspección matinal provocada por la lectura convaleciente de Yourcenar en la madrugada, y el regusto salado de alguno de los sueños posteriores, en el primer bostezo, con vaga presencia de una oscura espalda femenina).

”La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana,
un poco como las grandes actitudes inmóviles de las
estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio,
y posteriormente, la vida me aclaró los libros”.
“Memorias de Adriano”
, Marguerite Yourcenar


No creo en la literatura como panteón de dioses graves y deidades menores. No hay jerarquía ni estirpe que justifique la proliferación de capillas y altares en los que velan armas los hermanos fraticidas. No hay paternidad ni vasallaje entre los distintos acentos de la literatura, y sólo un necio puede apostarse en uno contra el otro. No hay verdad que resista incólume los embates del cínico si no se hace flexible, como el tronco de un árbol joven, ni mentira, por fragante y carnívora que sea, que no albergue una hebra de razón en su tallo. Así como la fe, el agua límpida del arroyo, es el único sustento veraz de la espiritualidad y la religión es sólo el lodo con el que la tosquedad del hombre la enturbia, el arte de la palabra es la savia única que bombea desde la raíz al filo de las hojas, y todo lo demás no es sino desperdicio de los días que comba las ramas. Poesía, relato, novela, teatro… no son caminos, sino caminares del mismo viajero. No son liturgias, sino experiencia. En la escuela del tiempo, las materias que asimila no llenan compartimentos distintos en el lego, sino que van colmando poco a poco la vasija única del hombre sabio. Por eso, los que aprenden credos y fórmulas de carrerilla, difícilmente aprehenderán lo que hay detrás de todo ello, y se tendrán aún por buenos estudiantes, por proyectos de erudito, por creadores, en la peor de las falacias, apilando legajos en anaqueles separados. Aquí la emoción y la centella, vaya la poesía pues, aquí la comedia humana, diez tomos de tragedias, aquí la novela, dos librerías hasta el techo, aquí un hueco para los saltimbanquis, un par de estantes para el relato. Aquí no va la prosa, que me desordenas los acertijos. ¿Qué haces? No, lírica en el relato no, demonios, que fastidiamos el gesto. ¿No lo ves? Hazme el favor de quitar de ahí esa fiebre, no me vayas a contagiar la novela. ¡Hala! Ficción y biografía, nada menos. ¡Venga! Fervor en la trama, ¿pero tú eres idiota? Déjalo, anda, ya sigo yo, que no te enteras.
No, no me entero, ni quiero. Con el tiempo he desaprendido lo suficiente como para poder recordar otra vez cómo eran las cosas antes de que me las dieran digeridas. Le he perdido lo justo el respeto a las leyes, como para franquear alegremente las fronteras y volver a ser un nómada, a caballo entre el libro y la vida. De nuevo soy capaz de descubrir territorios en otro cuerpo y encontrar asilo en el sudor de su extenuación. He vuelto a leer libros desnudo y atento, y he dejado de aceptar las lecturas de otros como señuelos. Bastante confusa es ya la ficción del mundo como para dejarse guiar por lazarillos tan viciados, y sólo por nuestro propio pie, desollando el alma descalza si es preciso, podemos llegar al corazón del espejismo y descubrir si era en verdad un oasis o sólo el reflejo de otra bruma huidiza. Nadie puede enseñarnos ese trecho, de ninguna otra mano podemos aprender a ser los que seremos, hasta que lleguemos. Tanta impostura he encontrado en poemas arcanos, tanta futilidad en las piruetas de ciertos cuentos, vanidades tan hueras entre las peroratas de tantas novelas, que hoy sólo me preocupo de tener la carne bien dispuesta, para cuando llegan los anzuelos de la verdadera literatura a salvarme de esta tediosa laguna. Tanta deslealtad, humores tan caprichosos, pieles tan lejanas en el abrazo ensayado, fuentes tan agotadas en las bocas mordidas, frases tan vueltas sobre sí mismas, arenas tan movedizas en los países del otro, que ahora sólo me ocupo de mantener atenta la mirada, por si se cruzan los ojos de alguna intención genuina, alma hermana y en paz, para asomarme a esa dichosa ventana.
Haber recuperado la humildad y la audacia en la misma actitud, despojado de viejos harapos y expuesto el pecho al frío, hace que pueda volver a celebrar la vida y los libros de la única manera que me suena a cierta, temblando y a gritos.

26/1/07

Metamorfosis

“Manejar el silencio es más difícil
que manejar la palabra”.

Clemenceau

“No hay talento más valioso que el de no usar
dos palabras cuando basta una”.

Thomas Jefferson

A lo mejor es que aún persisten los efectos secundarios del cambio de año, y me quedaron ganas de hacer eso que los anglosajones llaman resolutions, pero lo cierto es que casi nueve meses después de haber comenzado a publicar en Blogger, necesitaba parir otra cosa, mudar la piel. Como tantas buenas intenciones, es probable que se vayan gastando con el tiempo y queden en meras tentativas, pero al menos por ahora vienen en firme.
Esta nueva versión de la bitácora (que todavía estoy ajustando) quiere desprenderse cada vez un poco más de lo inútil, o cuanto menos de lo superfluo. Podría llegar al extremo y reducir toda presentación a una hoja en blanco, como tantas otras bitácoras, pero tengo dos buenos motivos para no hacerlo: el primero, que continuará disponible una versión abreviada para minimalistas en “Alas de Albatros Redux”, y el segundo (aparte de por el mero placer de dibujar), que, como dice Andrés Trapiello, las palabras dicen cosas distintas en distintas ediciones y con distintas tipografías. El caso es que esta tabla de corcho, este libro viejo, este marcador, estos cuadernos, estos albatros, incluso esta mosca cascarrabias que se pasea por la pantalla, son parte indisoluble del todo, y no cambian en nada el cariz de los textos, pero sí dicen más, para bien o para mal, de su intención. Al sobrio le parecerán burdas cenefas, y para el que hable el idioma de las cosas llevarán cifrado otro mensaje. Como dato curioso he de decir que hasta ahora el diseño de la bitácora, cabecera móvil y dos barras laterales, tomaba otro de www.insaini.com como armazón, aunque completamente retocado en gráficos y medidas. Pero el nuevo diseño lo he desarrollado enteramente desde cero, desde la plantilla mínima original de Blogger. Ha sido laborioso pelearse con el HTML y encontrar la manera de disponer el cuerpo de las entradas entre dos barras laterales, o idear algunos trucos, como el de publicar una entrada a dos columnas, como en los enlaces, por ejemplo, pero en fin, espero que el resultado valga la pena. Algunos gráficos, como el del libro viejo, los he dibujado también desde cero (si lo veis reproducido por ahí, recordad que el copyright es de estas alas), y otros, como la animación de la cabecera, los he hecho con retales de fotografías, con los programas Paint y Microsoft GIF Animator. En fin, la culpa de mis reiterados silencios en estos últimos tiempos se la reparten mi novela, que avanza, retrocede, muta y renace a cada instante (cuando un escritorzuelo se tira siglos preparando algo, parece que va a ser la leche, que traerá un novelón fin de siglo o epatará al mundillo con una vanguardia, pero no, no es el caso, el único motivo por el que este horno cuece lento es el afán de dar lo mejor de sí mismo), y cierto gusto por el diseño virtual, que en breve traerá un par de proyectos por encargo. Uno ya está terminado (y me ha procurado los cuentos completos de Flannery O’Connor) pero el dueño de esa bitácora está reuniendo material antes de emprender el viaje, y el otro estoy a punto de acabarlo (palabra), y con él, una peculiar y heterogénea cuadrilla promete amenizar el panorama de la “blogosfera”.
Para que el bosque crezca saludable es preciso desbrozarlo, quemar los rastrojos. Por eso desaparecen algunas secciones que durante meses titubeaban a los flancos de los textos. La agenda llegaba a menudo con retraso, los mensajes de bienvenida que, en el apartado de traducción, se supone debía grabar de viva voz en los idiomas que hablo o chapurreo, se quedaron para siempre “under construction”, y últimamente parece que se ha colapsado el servicio de alojamiento de archivos en el que guardaba la música de esta bitácora. Todavía estoy buscando la mejor manera de ponerle banda sonora a esta página, espero no tardar mucho. Desaparecen los “haiku” (a los que sólo se animó Marina), y también “Mi ventana”, que tanto prefería la hechicera, aunque en “El baúl del albatros” quedará rastro de lo publicado en su día, por si hay algún aficionado a la arqueología virtual.
Por supuesto, también se esfuma la encuesta sobre mis textos, ese disparadero anónimo. Echaré de menos esos aguijonazos en el trasero que me espabilaban de vez en cuando, infumable, infumable… pero en fin, creo que fue un sano ejercicio aceptar que cualquiera pudiera opinar impunemente lo que le apeteciera. Que conste que podrán seguir haciéndolo en los comentarios, aquí no se censura ni se filtra nada, excepto el mal gusto. Ni siquiera el insulto, si este viene con ingenio. En general, los que no aprecian una bitácora dejan de visitarla, sin más, rara vez se toman la molestia de criticarla (aunque aquí hubo alguna estrepitosa excepción), y mucho menos a cara descubierta. Quien deja un comentario suele hacerlo con opinión favorable, y el que echaría pestes de lo que acaba de leer (si de veras se ha tomado el tiempo necesario) no se atreve o no se digna a hacerlo. Por eso pensé en exponerme al tomatazo, aunque al final resultó bastante más benévolo de lo esperado…
Al cabo de los 238 días que ha estado disponible “Tu crítica”, y a un total de 261 votos mis textos les han parecido:

Buenos:      88 (33,72%).
Profundos:   57 (21,84%).
Brillantes:    41 (15,71%).
Geniales:      25 (9,58%).
Correctos:     14 (5,36%).

Mejorables:  12 (4,60%).
Recargados:   9 (3,45%).
Infumables:   8 (3,06%).
Superficiales:  4 (1,53%).
Ininteligibles:  3 (1,15%).

Números, sólo eso, simples logaritmos que siempre casan mal con las letras. Si me preocuparan mucho, o si midiera la valía de este impulso por ellos, sería un necio más. Durante los dos años que publiqué “Alas de Albatros” en blogs.ya.com acumulé un total de ochenta mil visitas, y eso quiere decir que ahora recibo al día, como máximo, un tercio de las de entonces. Pero eso es algo que ya suponía cuando decidí abandonar en lo posible la pornografía emocional y concentrarme más en lo literario, una ley no escrita. Los hay que no concilian el sueño hasta ver su bitácora en el podio, pero esto, creedme, no tiene demasiado secreto. La fórmula para ser una estrella de la “blogosfera” es bien sencilla:

-Publicitarse por todos los medios imaginables.

-Dejar comentarios estereotipados en el mayor número posible de bitácoras cuyas entradas rara vez se leerán más que de pasada, en el mejor de los casos.

-Responder a los comentarios del prójimo siempre en la propia, incitando al regreso escrutador.

-Colgar fotos espectaculares y no extenderse demasiado en los textos, ni profundizar en los conceptos, es decir, servir “fast-blog” con panecillos de sésamo.

-Hablar siempre al ritmo de la actualidad, confundiendo interés con novedad.

-Hablar de lo mismo que se farfolla en papel impreso, dejando estéril la posibilidad de crear una verdadera alternativa con lo virtual.

-Hablar de sexo y sucedáneos, por supuesto, o de política (otra manera de joder), que eso nunca falla.

-Pergeñar alguna que otra trifulca entre “blogueros” y entrar al trapo de las ajenas.

-Abrumar al visitante con datos, citas y conocimientos arcanos en el caso de las bitácoras literarias hasta que el incauto crea indispensable seguir al santón de turno.

-Pasar de la felación mutua al mal humor de enfant térrible, impostando lo que haga falta con tal de estar en boga.

Evidentemente, hay excepciones, y algunas de las bitácoras más visitadas en general, y de tema literario, en particular, lo son por méritos genuinos y no les preocupa incumplir, ni siquiera cumplir ocasionalmente desde la heterodoxia, esta especie de infame decálogo del perfecto “blogadicto”, ya que obedecen sólo a su necesidad de decir y compartir, y se prodigan bien poco en otros menesteres. Quienes leen esas bitácoras lo hacen por lo que allí encuentran, y no por un extraño entramado de complacencias. No es complicado, en suma, acceder al público por esa otra vía adyacente, ni siquiera hace falta talento, sólo se requiere tiempo libre y una buena sobredosis de vanidad. Lo difícil es llegar al individuo, llegarle de veras, hacer temblar alguna fibra en él, y eso no obedece a estrategias someras. Uno debe hacer lo que le pide el deseo, y hacerlo sin contar con la respuesta o la repercusión, estas llegarán (o no) por los caminos más insospechados. Y puedo asegurar que alguna vez sucede, pues me lo ha hecho saber parte de esa grata minoría que tiene a bien visitar estas alas de vez en cuando.
Sólo queda dejar constancia de los dos propósitos más importantes para esta nueva etapa en el viaje del albatros: la palabra y el tiempo. En cuanto a la palabra, intentaré cuidar un poco más los textos, desenmarañarlos, pulirlos hasta el hueso, y aún una vez más, hasta desenmascarar la médula. No me ha sido concedido el don de la brevedad, por eso, aunque como lector considere a esa manifestación literaria hermana y par de la novela o la poesía, no soy cuentista. Creo que el cuento es en sí mismo otra manera de hacer literatura, y no un campo de juego para novelistas o palestra de aprendices. Por eso mismo, por respeto y decencia, no soy cuentista. Lo que publiqué para constatar el efecto de “La vida ausente” era una reseña ficcionada, nada más, o, como el propio Ángel Zapata me dijo generosamente en privado (todo impulso genuino tiene su respuesta al final): “Tu “deriva” me parece una de las mejores maneras posibles de expresar la pasión por un libro”.
Si a partir de ahora los textos perseguirán la brevedad (no comencé hoy, como se ve, pero esto es simple logística, prometo hacerle caso a Jefferson en adelante) no será para acomodarlos al apresurado gusto del internauta, sino por ganar en efectividad y perder los ripios. Pocas ficciones llegarán aquí, ya que agoto todo el imaginario, o acaso es mi imaginación la que queda exhausta, al servicio de esa novela, pero cuando tenga algo que decir al margen (o a cuento) de dicha labor, trataré de no avasallar al visitante.
Y en cuanto al tiempo… bueno, eso no está del todo en mi mano, sigo sin conexión en esta casa prestada, y además siempre he preferido leer a fondo una o dos bitácoras en cada momento que pasar fugazmente por decenas de una sentada. Ni tendría lógica (a no ser que fuera ferviente cumplidor del infame decálogo), ni valdría para nada. Pero lo único que puedo decir es que a partir de ahora voy a intentar leer (siempre leer) y comentar (cuando proceda y pueda hacerlo sin prisas) vuestras bitácoras. De antemano, mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que aún alberguen paciencia para soportarme.
Ya rasgó la seda, ya desentumeció sus alas y reestrena el vuelo. Veremos qué sale de esta metamorfosis.

23/1/07

Vuestras huellas.

Nota previa, actualizada a 26 de enero de 2008:

Desde hoy queda habilitada la opción de aceptar sólo comentarios de usuarios regsitrados, en Blogger, Open ID, AOL, Wordpress, etcétera. Los que no dispongáis de una bitácora sólo tenéis que registraros como usuarios, o acceder con una cuenta de Google. Esta medida tiene carácter provisional.


De junio de 2006:

Mientras se mantenga activa la moderación de comentarios, el administrador de esta bitácora (o sea, el que suscribe) deberá aprobar vuestras huellas para que sean publicadas. Los comentarios se revisarán y se actualizarán como mínimo una vez al día de lunes a viernes, en el peor de los casos, y hasta cuatro o cinco veces en el mejor, cuando sea posible. Por razones obvias, el fin de semana puede descender el ritmo de revisión y actualización de vuestras intervenciones. De manera ocasional podrá desactivarse la moderación de comentarios, en los intervalos en los que el administrador se encuentre conectado y pueda supervisarlos a posteriori. En principio la no moderación de comentarios aseguraría (y así sucedía hasta ahora) una mayor agilidad e interactividad en vuestras aportaciones, y me gusta pensar que esta bitácora la hacemos entre todos, pero hay algunos motivos que, por el momento, me llevan a tomar estas medidas, que son provisionales. Lo que no variará en un futuro será la inclusión de un breve código alfabético que deberéis completar para poder validar vuestras huellas, aún antes de ser moderadas, ya que, de lo contrario, tendría que vérmelas con el famoso spam. Doy fe de que en ocasiones pueden acumularse más de cien "comentarios" colgados por cualquier robot informático, los que no aparecerían publicados de todos modos, pero sí tomarían demasiado tiempo a la hora de eliminarlos.
En esta bitácora se ha respetado y se respetará siempre la libertad de expresión (y el anonimato, si así se desea, de sus usuarios), salvo los casos en los que se incurra en apología de cualquier conducta delictiva o reprobable, como pueden ser el terrorismo, la xenofobia, la pederastia, el sexismo o la violencia, así como otras, si no ilegales en todos sus matices, sí ilegítimas e inmorales a mi parecer, como por ejemplo la simple y basta grosería. En este sentido, no se tolerarán en ningún caso los insultos personales ni las injurias a terceros, así como toda forma de publicidad gratuita o autopromoción que no demuestre interés alguno por los contenidos de esta página, por lo que el administrador se reserva el derecho a editar los comentarios que no respeten dichos criterios, pudiendo censurar una parte o la totalidad de una intervención. En caso de hacer una corrección parcial a un comentario, se ofrecerá siempre una explicación argumentada a dicha actuación.
Todas estas disposiciones tienen como único objetivo garantizar el correcto funcionamiento de la bitácora y la integridad moral tanto de su creador como de sus visitantes, así como la observancia de un mínimo código ético que sería deseable en cualquier entorno virtual. El sentido de vuestras huellas aquí no es otro que el de crear un ambiente propicio al debate y el intercambio, así como ofreceros la posibilidad de exponer vuestras opiniones, tanto favorables como críticas, por lo que os animo tanto a unas como a otras, lejos en todo momento de la más pacata corrección política, pero ceñidos a esa ética indispensable de la que hablábamos, en aras de enriquecer la perspectiva y la tarea del autor de esta bitácora, y la experiencia que los lectores obtengan de su visita. Gracias a todos por vuestra atención.

10/1/07

Malas noticias.

“El hombre común vive y ha de vivir de una manera tan convencional,
que la verdad en cargas de pólvora contribuye más
a desmantelar su credo que a fortalecerlo”.

Robert Louis Stevenson



La pintura murió. Las señoritas de Avignon ya enviudaron, y musitan en un corredor del asilo, meciendo su cabeza hacia el patio, en el que todavía gimotea un poco la lluvia. Danae se hizo un corte en el muslo cuando trataba de saltar afuera para respirar el aliento fresco de la tormenta, y por los ventanales corrieron regueros de sangre y oro, diluidos en el agua. Los peces eléctricos del crepúsculo ya desaparecieron, vertidos por la puerta de atrás sobre la acera del horizonte, mezclados con girasoles mustios y la basura del callejón. La granada, la abeja, el cabracho, los tigres y los fusiles se precipitaron al suelo y el polvo los va cubriendo en un trastero. Ya de noche, colgado de la cornisa de un colegio vacío, el último lienzo se deshace en goterones, corroído por la orina de un loco suicida y excremento de palomas. Aún permanece un grupo de ellas, grises y sucias como buzones, que observan la escena desde una azotea cercana. La pintura murió, lo saben esas palomas urbanas que gorgotean en la azotea de una oficina de patentes. Murió, aunque fue hermoso verla agitarse antes de caer, como lo es aprender otras maneras de gozar la carne del amante, de procurarle tensión a su espalda y campo abierto al grito, mientras dura ese cortejo con el que vamos cobrando conciencia del otro, y en cuyo delirio y abandono hallamos la medida de nosotros mismos. Sólo entregados al lienzo virgen del otro, traza la vida nuestro verdadero nombre. Antes de eso, todo son palos de ciego, después, rutina y desencanto. Así la pintura murió hace mucho, y la enterraron con una lápida sucia y gris, como una pizarra sin maestro, en un rincón del cementerio al que van los cuervos a recitarse poemas, entre árboles pulidos por el invierno. De vez en cuando, con rumor de mocos y suspiros, se deja caer por allí alguna comitiva de echarpes y chisteras, que se descubren con ceremonia y repasan de oídas la vida de la muerta, atentos durante un rato a las palabras del vecino, antes de dar por terminada la salmodia, despedirse, desandar el camino, y sacudirse esquirlas de hojarasca de los hombros, adecentando una ropa que en su vida jamás mancharon óleos, acuarelas, ni sangre dorada. Hay que ver cuánto aman el aire embotellado, estos cuervos sin alas.
Ya no hay nada que pueda volverse a pintar como por primera vez, porque lo gastado es el pincel y no el motivo. Ya no tiene gracia seguir haciendo piruetas, con algún sabueso pegado al trasero, anotando los grados y la altura de cada giro. Te hablo de ella porque es más fácil llorarle a un rostro que puedes dibujar en tu mente, porque entenderás que no es esa cara la que no puede invocarse otra vez, sino la mirada, la capacidad de conmoverse, la que ya se ha perdido para siempre, de tan adiestrada como la dejó la costumbre. Te hablo de la pintura con este rodeo azorado, sopesando el calibre de la impresión en tu gesto antes de darte el segundo mazazo, porque me resulta más difícil, y más doloroso, decirte que la novela también ha muerto. Me cuesta contártelo, me resisto a creerlo, pero en mi interior sé que es cierto. La novela se nos murió, se le gastó la voz, desperdiciada en palmoteos y operetas. Queda el recuerdo de algunas actuaciones memorables, irrepetibles, cuando a esa voz se le quedó pequeño el escenario, y eclosionó. Cada vez que rebosó el vaso y la existencia se derramó incontrolable, desbordando la ciencia de los cuervos sin alas que aman tanto, hay que ver, la vida envasada. Por supuesto, hay mil historias que no se han contado, mil anécdotas que rescatar de los anales, si acaso alguna penúltima utopía que atisbar, y, por descontado, legiones de códices rentables y pingües maleficios. Pero aquella capacidad para el estremecimiento se perdió, maltrecha como la dejaron el cinismo y la severidad de las papadas satisfechas, que en toda su maldita vida lograron, ni media vez siquiera, contagiarle al prójimo un temblor placentero.
La novela nació del hambre y hoy no es más que un guiñapo abotargado por los excesos. Surgió de la voracidad del insatisfecho, y ahora le chorrean la espuma y el lodo por las comisuras. La novela fue un “gran blanco”, un tiburón voraz que creía reconocerse en la depredación y el ansia, pero todo el mundo sabe que lo que en realidad mantiene con vida a un tiburón es el movimiento, y que a este se le acabaron los mares y las migraciones, y se hunde a plomo hacia el fondo de la pecera. Los cuervos sin alas pegan la geta al vidrio, y miran cómo desciende, y miden la trayectoria y la velocidad del pecio contra el fondo, aunque sólo ven sus caras reflejadas en el tanque, sin haberse mojado siquiera una vez de veras el plumaje, ni haber sabido nunca del salitre en las venas.
La novela murió hace un tiempo, y siguen paseando su cadáver de aquí para allá en santa comparsa, con mortajas de colores, satinadas, parecen como de seda, a la moda, buen paño. La gente se lo lleva a casa y lo acuesta sobre el televisor, o en ataúdes acolchados junto a la almohada. A veces lo exponen en alguna vitrina, como reliquia a la vista de todos los fieles. De cuerpo presente, como atrezzo de una comedia ateniense, imprescindible, pocas semanas en cartel, no se lo pierda, no se es nadie si no se está allí, en una réplica moderna de teatro griego, como cualquier parque temático rodeado de autopistas y aparcamientos.
Taxidermia, arqueología, arte funeraria, no sé a qué demonios me dedico, pero aún sigo envolviendo mi deseo y forrando esta momia de vendas, ungiéndola de bálsamos, en silencio, con el amor de una madre desquiciada que asea el cuerpo frío e inerte del niño, para que no se marchite. Sigo escribiendo mi novela despacio, porque la muerte es casi tan frágil como la vida, y entre las manos se me puede quebrar, pero sin detenerme un instante, o pronto toda la casa empezará a apestar. Es curioso amar la vida a través de un funeral, reunirse con los amigos y celebrarla con el moscatel del velorio, apreciar el aroma de los crisantemos en pleno sepelio, reparar en la contundencia de las curvas de la bella viuda o detestar la vulgar pantomima de las plañideras. Escribo algo muerto, lo sé, un nicho por el que pululan fantasmas, personajes, conflictos, voluntades, paisajes y neblinas luminiscentes, fuegos fatuos, pero quién sabe… en los cementerios crecen más hermosos los árboles y la vida tiene el silencio y la paz justas para rebrotar feraz en cualquier momento. Cualquiera diría que de algo tan inerte y pedregoso como una semilla, puede nacer un día un ciprés que te señale el cielo y la tierra con su vértice y su sombra.

4/1/07

Del nómada estelar (IV).

"La bombilla que brilla con el doble de intensidad dura la mitad
de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy."

Tyrell

B.S.O. "Blade Runner": Memories of green.


(Mientras falle el servicio de alojamineto original, de prueba):


Un pobre idiota que, a pesar de los batacazos, aún cree en las reinas magas, y, bien altas las cejas, como el mocoso que se embelesa con la forma de una nube, espera su regalo. Un paleto convencido de que se lo traerán todas aquellas cartas en las que volcó su testarudez, aunque ese regalo no existe en ninguna parte, más que en el vago cordel de incienso de su imaginación. Un hombrecillo en el andén de la estación, encogido de hombros y haciendo memoria de los trenes perdidos, al otro lado del cristal, apenas un borrón fugaz en el que no repara la mirada adormecida de los viajeros. Un apátrida con pasaporte, polizón en un barco fantasma, sin vocación de perdedor, soñando en secreto con salvar el mundo, pero enfundado en un traje prestado, gastando un nombre marcado en el reverso de los naipes, que de vez en cuando sigue confiando en ganarle la mano al tahúr del tiempo. Un perrucho callejero que por el día ayuda a cruzar la calle a un ciego, orina en los abrigos de las señoronas o roba tiramisú en las pastelerías, y por la noche se adueña de los parques solitarios, donde olisquea a cualquier perrita con pedigrí, buscándole los instintos de loba, por el placer de mezclarse. Un infeliz que aún conserva unos cuantos jirones de fe y unos retales de deseo, con los que a veces logra tejer un parco sombrero, para guarecerse del silencio cuando sopla demasiado frío, para quitárselo siempre que llueve, para saludar jovial a la gente que se mira a los ojos por la calle, para despedirse del público tras el último acto. Un pobre idiota que aún cree que valdrá para algo su ineludible necesidad de dejar por escrito lo que le late, como si de esas huellas se pudiera recomponer el puzzle de una identidad, como si a alguien fuera a importarle. Un hombrecillo que desea muy pocas cosas, pero las desea demasiado, y escribe mucho. Apenas soy algo más que eso: un paleto sediento. Por qué escribo lo sé, pero cada vez me pregunto más para qué narices lo hago.
La experiencia de escribir, tal como la percibo, insisto, es otra cosa, y en esto no importa el lado del papel. Al intentar, casi siempre en vano, materializar en palabras lo que me conmueve y aturde, creo estar comulgando con la misma avidez que impulsó e impulsará a otros a buscar rastros en el lenguaje y seguirle la pista a la vida. Algunos genios aún fueron capaces (ahí no llegaré jamás) de rebasarla y dejarle señuelos a lo real, para abrir senderos nuevos, pero esos, cuando hienden la tierra, son bisontes blancos que confunden a la parda manada, siempre lenta de reflejos, hasta que la polvareda se disipa y los caminos vírgenes cobran forma. Soy sólo un torpe cuadrúpedo que embiste al vacío de la noche, también tardo en reconocer esos senderos, lo más que alcanzo es a orillarlos con mi hocico, y sólo tengo claro que en mi memoria siguen presentes las verdes laderas de mis ancestros pero que mi paisaje no termina en la pradera. Para entenderme con esto de la escritura me bastan los maestros, los adelantados de la manada, y la precariedad de mi talento, a su lado, desbarata todas mis tentativas de decir algo que merezca la pena ser escuchado, pero la voluntad y, sobre todo, la efervescencia del deseo son las mismas. También en el otro lado, como puro lector, a veces me asalta un fogonazo súbito o me rodea un halo de lucidez sostenida desde las páginas de ciertos libros, y esa paleta de autores de éticas y estéticas distintas, aún en toda su gama de frecuencias (colores y voces que componen la misma luz), confirma mi noción de lo que de vivencia tiene la literatura.
Vivir de las letras no es ningún pecado, siempre que resulte la consecuencia de un afán anterior y no el fin último. Quedarse a vivir en las letras y olvidarse la vida en el camino es, cuanto menos, una huída más, la estrategia del ave corredora que entierra su cabeza en la ficción. El mundo es el que es, y la fealdad o la belleza son sólo dos estilos de lo real, o dos imposturas más, que diría el desertor Bardamu, y la existencia es un laberinto inextricable de afinidades, del todo imprevisibles, que otorga su público a cada comediante. Por eso hay mulas y pura sangres en las mismas cuadras. Hagan juego, pues, señoras y señores, ya que la ruleta no tiene dueño y la bola caerá siempre en una casilla sin fondo. En realidad no importa lo que hagamos, sino lo que hará con ello el paseante que recoja nuestra apuesta. Una pirueta más del trapecista, una expresión quebradiza en la cara empolvada del payaso listo, el lamento y la euforia, desmedidos siempre, del payaso tonto, la mirada enjaulada de un sucedáneo de tigre, la comparsa de los enanos, el infinito rencor del elefante, todo el espectáculo del circo, con su triste algarabía, captará miradas aquí y allá, recaudará indiferencias y apegos por igual, y aún habrá una cuadrilla de monosabios que estudien el asunto con severidad, tratando de calzarle un birrete académico al oso de feria. Todo es perecedero y prescindible, de modo que el único sentido de la función, para el saltimbanqui que escribe, es hacerle evocar al público un trasunto de miedo y audacia, dejarles una duda colgando del hilo, poniendo en riesgo su voz en cada acrobacia, y cayendo de pie o partiéndose la crisma con la misma disposición.
Escribir así, con la desnudez que marcan las ceñidas ropas del acróbata, es hacer equilibrios en todas partes. Es deshacerse del timón y temblar, extender los brazos para abarcar la incertidumbre, aferrado a babor y estribor en una canoa desvalida, con el fragor de las cataratas al fondo, acercándose al abismo, y recobrar el aliento de repente, al abandonar la nave y zambullirse en el río, como un pez que se salva. Es un modo de ahogarse en las cosas, de respirar entre la luz y las sombras, un acto reflejo del aullido y el gesto ante lo terrible y la belleza, un testimonio de cómo es “el pensamiento capaz de transmutarse, todo él, en sentimiento, y el sentimiento capaz de devenir, todo él, idea” (*); el territorio en el que espíritu y razón se hacen país y bandera; un resquicio por el que alargamos la mano, persiguiendo en vano lo intangible, que se nos escapa y nos marca un rumbo al tiempo; una epifanía o una condena, tanto da, una entrega absoluta a cada herida y cada tragaluz que la vida nos abre en la carne, como un san Sebastián ensaetado, o la apostasía de todo lo que nos ha sido impuesto, no como un san Pablo descabalgado que cambia un fanatismo por otro, sino más bien como un Ángel Caído que se desdice de obediencias a dioses vengativos y refunda su propio Edén.
La tinta que derrama un escritor sobre los folios, o los bits que gotean de sus dedos por estas ventanas de silicio, le incumben a la pulsión y el deseo de decir algo, tanto mejor cuanto menos convencido esté de la dirección de sus pasos, y más abierto a dejarse llevar por la corazonada, pues la obra que encaja con precisión relojera desde el primer bosquejo corre el peligro de convertirse en un divertimento más, o en otra labor de confitería para el paladar del monstruo, en esa pérfida auto-censura de la que hablábamos, si comete el error de tomar a la razón como única maestra de ceremonias. Nos habitan demasiadas potencias bajo la espesa capa de la cognición como para mellar de entrada nuestra voz. Hay algo que está por encima del talento mismo, a la misma altura que el trabajo, y es el poderoso brío de la intuición. Bregada en el trabajo arduo y honesto, impulsada por los latidos del talento, si nos asiste, esa tinta colmada de intuición y deseo brota de unas venas que nada tienen que ver con esta otra anatomía de la industria. Escribir en una cabaña del bosque, alejado del mundo entre las dunas y la brisa del mar, o en una pensión de mala muerte y pura vida, zarandeado por el guirigay mundano de cualquier ciudad, incluso escribir sobre una mesa de nogal pulido y ebrio del olor a memoria encuadernada, si cabe, hasta escribir sin piedad arramblando con la paciencia del otro en una bitácora, como le sucede a este albatros en secano, lo que sea, pero escribir volcado en ese legajo de vida sin pensar en lo que queda al otro lado de la cubierta. O todo seguirá moviéndose tibiamente para quedarse en el mismo sitio.
Decir, decir, decir, y no hablar más de ello.

(*): de “La muerte en Venecia”, Thomas Mann.