Bitácora de Sergi Bellver: Cap de Creus.

10/10/07

Cap de Creus.

Este texto, que ya tiene un tiempo, fue inspirado por la música de David Salvans, concretamente, por una pieza, «Terres d'aigua» [*], perteneciente a su trabajo discográfico Impressions (1998), que en ese mismo año fue incluida, con el título de «Cap de Creus», en el disco Espais naturals de Catalunya, a raíz de la serie «Hidrogen», del Canal 33 de TVC (Televisió de Catalunya). Desde hace casi una década, pues, esa música me ha acompañado en numerosas ocasiones, y ha querido el «azar objetivo» –puesto que uno ha de negarle a veces ciertos méritos a la casualidad– que, al cabo de los años, me haya cruzado en el camino de ese músico, y, desde hace unos meses, la vida me haya hecho un valioso regalo con su amistad, de la que me enorgullezco. Vaya pues este escrito casi onírico, en homenaje al amigo y al artista.

[* Para escuchar un breve fragmento de la pieza, puedes entrar en la página oficial de David Salvans, y seguir este itinerario: Selección de idioma / Intro –ver o saltar– / Obra / 1998-Impressions / Audio / Terres d'aigua. De todos modos, te aconsejo pasear libremente por su página y perderte en el abrazo de su música].

Que els nostres camins mai s’allunyin, David, doncs ens hem trobat per alguna raó, potser per ajudar-nos a donar el millor de nosaltres, amb el nostre treball i la nostra inspiració, i provocar quelcom positiu a la gent que gaudeixi de la teva música o trobi les meves lletres.
Una abraçada infinita, amic meu!


CAP DE CREUS.



Para David Salvans.


ESTE MAR ANTIGUO respira con la serenidad de un anciano en paz consigo mismo, adormecido por los años y la quietud de su conciencia. Y sin embargo, bajo las sienes curtidas y el pecho hundido, aún palpita y hierve una sustancia indómita, un corazón de Ulises, tan presto a la aventura como añorante de su Ítaca. La mirada del Mediterráneo navega encendida por encima de la proa, como una candela que la brisa no consigue extinguir. La cera derretida tiembla y rebosa, formando goterones por los que la llama del deseo brilla, como si fuera el pasado el que impregnara la luz a través de esas gotas, como revive el sol en el ámbar o la miel. El deseo de descubrir, la sed por conocer, bogan sin cesar para mantener el rumbo de este navío perpetuo. El horizonte es el país en blanco, la última isla siempre ignota, en la que reinventar la realidad, pero a popa, a espaldas del olvido, el corazón tiende un cabo inquebrantable, un nudo apretado en torno al hogar y el rostro de los seres amados. Así, entre el destino y el refugio, como el oleaje del alba, todo parece nuevo y al tiempo eterno, y cada día es el primero y el último en el plan maestro de la Naturaleza. Porque cada ola rota es el epitafio de un presente a punto de extinguirse, porque cada ola que riza sus crines de espuma y cabalga contra la orilla, es el nuevo nombre con que este mar bautiza a sus hijos.
Este mar escrito todavía compila versos y bosqueja el mapa de un mundo inventado, sobre la página siempre inconclusa de la existencia humana. Este mar todavía inventa mitos, y se abandona a mundos oníricos, y se rebela contra la infamia del hormigón y las muchedumbres, y se sacude la muerte desde lo más profundo, como un animal herido que se zafa del arpón, como si las praderas de algas y las manadas de ballenas aún pudieran repoblar el futuro y arrebatárselo al acero y la inmundicia urbana. Bajo la superficie del agua, velando los cadáveres que flotan en las esquinas de los muelles, en las estelas negras de los barcos, se percibe un tumulto de escamas brillantes y agujas que refulgen veloces y huyen de la codicia, se presiente la conspiración de los peces, una revolución para plantar su bandera arco iris sobre los bastiones siniestros de los hombres. Sobre las gaviotas se abate una guerra civil, entre las que aprendieron a ser carroñeras en los vertederos de las ciudades y las que todavía respetan la ley no escrita de los marinos primigenios y los islotes a salvo. Todavía hay una última playa, siempre aguarda en alguna parte una cala recóndita en la que todo es posible. El intenso azul del cielo en esta parte del mundo se diluye, como en una pintura surrealista, en un manto salado que reverbera la luz como en un espejo agitado por todas las hijas de Neptuno. Sí, todavía hay espacio para el viaje iniciático a orillas de la conciencia, todavía hay oráculos inexplorados, como templos fantasmas varados en las playas de nuestras almas. Tan sólo hay que observar con atención, palpar las columnas de la Verdad en cada encuentro, apreciar el rostro de las cariátides en cada sonrisa, y descubrir el mensaje secreto de la Vida en esos altares invisibles, en cada abrazo, en cada mirada.
Este mar paterno todavía sueña en voz alta, cuando musita sus letanías y le canta sus leyendas a las tierras que baña, con una tonada llana y familiar, con su alma de viejo pescador que recoge alegre el sedal. Desde las profundidades del sueño llega un rumor de líquido añejo, un aceite esencial, espíritu de sabiduría prensado de los frutos que el Hombre supo recoger de esta tierra milenaria, destellos dorados en el vientre oscuro y fresco de ánforas inmortales. La mano paciente del anciano vuelca sus caricias de plata y arcilla sobre la orilla de todas las cosas, y el eco de mil generaciones resuena en el alma del viajero. En las lindes de este mar vencido nadie es extranjero, y la sangre vertida por los siglos es la que corre, como promesa de vida, por las venas de todos los hombres. Hay un poso de vino dulce y humilde en el abrazo de estas gentes, un sopor amable en el ocaso de sus palabras, una sencillez dignísima en la mano tendida y la sonrisa discreta. No, nadie es extranjero en esta frontera intemporal, a la orilla del mar nuestro, entre la brisa despierta y dulzona de los pinares, sobre las suaves dunas calladas que aún resisten entre las matas, en las laderas grises del olivar, al borde de acantilados blancos y pedregales batidos por el oleaje. Las manos de un Dios niño parecen haber jugado con la roca, como si apenas fuese barro fresco en ellas, y aún puede uno imaginar sus dedos jugando con las formas, la risa eufórica del niño que descubre una nueva posibilidad a cada gesto, al ver las huellas de su alegría marcadas en estos peñascos desnudos y estos farallones imposibles. Este rincón del mundo todavía conserva ese aliento a la vez eterno y fresco, como si al niño Dios le hubiera llamado su madre en mitad del juego, como si la escena de la Creación se hubiera detenido en una instantánea cotidiana, como si mañana mismo pudieran regresar las manos del Artista a moldear otro paisaje. Nadie es extranjero en esta parábola arcaica, en la inmensa metáfora que es este mar antiguo que viene bañando nuestras almas con la paciencia de un padre. Nadie queda indiferente a su luz, ni al céfiro salado que besa el rostro y embriaga el espíritu del viajero, y con ese susurro, con la pureza de una palabra al viento, le viste con una sensación de patria cierta y herencia bendita, como una corona de laurel trenzada por las voces de todos los sabios, como una toga tejida por las voces de todas las madres.
Este mar es mi única patria, la senda de mis ancestros, el lienzo en el que trazar mi camino, mi lugar en el mundo.

3 comentarios:

Marsu dijo...

Me has redescubierto el mar de mis veranos.

Ojalá regreses, y encuentres la cala escondida.

A identidade do indiscernível dijo...

Odiseo, no necessitas de Itaca!
Beso.

Anónimo dijo...

Y sin querer la vida nos une, nos regala momentos comúnes a pesar de la distancia.
Gran paradoja la nuestra, Sergi, David.
Ambos formando parte de mi vida sin haberos mirado directamente a los ojos.

Ese es mi deseo. Así sea.

Philo.