Bitácora de Sergi Bellver: Visibilidad reducida (I).

6/6/07

Visibilidad reducida (I).

Para Matías Candeira



I



El rumor del tren a ratos me acuna y a ratos me aturde, el rumor del tren, maquinaria errabunda, cla-clac cu-cun, el rumor del tren, que a ratos me lleva en volandas y a ratos me tortura, retumba, trueno sostenido de tuercas y tornos en rutinas proletarias, cla-clac cu-cun, herrumbre veloz y el paisaje tan lento, una rauda cárcel de hierro y una anguila de plomo que cla-clac cu-cun, y me bate un rumor de jugos en las tripas del tren, me repiten la leche ardiendo y la misma cocina, en este rumor de ballena blanca, panza arriba, cla-clac cu-cun, con las estrías del vientre al cielo brumoso del alba, y como Jonás me asomo afuera por el ámbar de los ojos, y están, y pasan, y cla-clac cu-cun, y están, y pasan, y se borran en la lejanía los postes de la electricidad, maderos grises que renuncian, y la llanura es un océano de ceniza, cla-clac cu-cun, y se hunde un caserío en el horizonte, y la inercia del tren es un dedo en la espuma, que dibuja la estela de una gran ballena, y el sopor me vence en el asiento, aunque el vidrio me hiele la sien, y el suelo del vagón huela a betún, cla-clac cu-cun, y el rumor del tren, que ahora me seda y al rato me sacude.
Y el monstruo aminora, y clac, y la gente se despereza y el plástico de las bolsas cruje, las mochilas resbalan, y cun. Los edificios a la deriva flotan como gabarras, y clac, y encallan despacio en la mirada, y la ciudad bosteza, y cun. Y el aire lleva el mismo eco de los estibadores en un muelle, y la sombra pesada de las grúas, y la herrumbre que vara despacio entre adoquines, y sopla, como un cetáceo de metal. Y atraca, y vomita a los náufragos en los andenes, y sopla una última vez, por allí, y calla del todo, y creo que despierto.


*


Lucía —le imagino ese nombre desde la primera vez— toma el tren de las siete y veintinueve todos los días del mundo, y si algún día, Lucía, que siempre se sienta de espaldas al sentido de la marcha, dejara de tomar ese tren, el mundo dejaría de tener días con siete y veintinueve, y todos los relojes —también en Odessa, Adelaida o Vancouver— faltarían a la costumbre y darían la media de golpe. A Lucía le gusta mirarse en el vidrio de la ventanilla cuando el tren todavía está varado en los andenes, en la penumbra temprana, bajo la techumbre de vigas negruzcas y madera ahumada, cuando aún es de noche en los vidrios, y las vías, que llegan frías de la madrugada, huelen a grifo, y sólo de lejos, donde acaba la estación y se adentran en la periferia, un tibio sol comienza a dibujarlas como rayajos de tiza en un pizarrón abatido de grava y mugre —aunque me temo que ella no repara en todo esto, que sólo aprovecha el vidrio mientras le sirve de espejo—.
Cuando el tren se sacude la pereza, Lucía amortigua la vibración contra el asiento, y mientras los vagones abandonan despacio la estación y penetran en la claridad del día, Lucía, que siempre acomoda su espalda con el gesto de una gata, abre una revista de moda y la sostiene muy extendida, con las manos separadas, como quien tiende una prenda mojada, y sumerge su mirada entre el satinado de las páginas, y olvida la ciudad de ahí afuera, olvida el vidrio de la ventanilla, que ahora aparece molesto y sucio, a la luz desnatada de las siete y media de la mañana, y estoy seguro de que hoy tampoco me ha visto, aunque me siente delante, todos los días del mundo, y me haga a veces el dormido.


48 comentarios:

M dijo...

:)

No sé si es un relato, pero como texto vaya que si vibra. Honrado me siento.

Anónimo dijo...

¡Madre mía, qué desbordamiento de prosa! Como te dicen, no es un relato, no al uso, desde luego, no hay historia apenas, no hay anécdota, principio, final, pero el caso es que he llegado a oler ese vagón de tren, a sentir el traqueteo sobre las vías y el ruido de la estación, y eso debe venir de algún sitio.
La primera parte es como un poema en prosa, con ese juego que haces con las erres y las onomatopeyas. La segunda anticipa algo más parecido a un cuento. ¿Habrá próxima estación entonces?

Un abrazo.

Faerie dijo...

Es precioso, Sergi, hasta me ha entrado un sueño raro al leer la primera parte - NO de aburrimiento sino que el cla-clac cu-cun me adormecía como me adormecen los trenes de verdad...

Ada Juneau dijo...

¿Quién es más necio, Lucía, por no reparar en ese narrador del asiento de enfrente, o este, por prestarle tanta atención a alguien tan simple?

El primer párrafo, tan lírico como confuso, me ha recordado mis millones de trayectos en tren durante cinco años, miles de horas de casa a la facultad y de la facultad a casa, atravesando cultivos y zonas industriales. Lástima que nunca hubiera un pasajero que me llamara tanto la atención, a esa hora de la mañana (o igual sí, pero con el sueño que arrastraba, me pasaría desapercibido).

Tu blog tiene algo especial.
Un beso.

Ana Lucía dijo...

Primera vez por aca, que hermoso relato.
;O)

Palimp dijo...

Matias ya va creando escuela...

Buen relato. A ver ese libro que tienes a punto.

Soledad dijo...

Me recordaste a Neruda, al Museo Ferroviario de Temuco que lo recuerda y lleva su nombre, a su "Oda a los trenes del sur"...

(...)Trenes del sur, pequeños entre volcanes, deslizando vagones sobre rieles mojados por la lluvia vitalicia, entre montañas crespas y pesadumbre de palos quemados(...)

Y entre recuerdos, y entre la melodía que dejan sobre los rieles, me he emocionado con tu relato. No esperaba menos, la verdad.

Alguien que ha dejado en mi blog un comentario tan transparente y brillante a la vez, necesariamente iba a a conmoverme con sus palabras. Gracias por eso, por todas tus palabras, y por los recuerdos.

Un abrazo desde Chile,
Soledad.

Juan Carlos Márquez dijo...

Me ha parecido que estaba llegando La Estación del Norte. Caserío, grúas, estibadores, gabarras... Ha sido como volver a casa, al Bilbao que fue (cada quien, supongo, verá una ciudad portuaria idealizada). No es un relato en sentido estricto, como te han sugerido ya, porque no se produce un cambio (o un no cambio significativo); para mí es una bella estampa que precisaría desarrollo, pero como ejercicio de estilo me parece brillante. Lo siento, Sergi (lo de ser tan académico), pero en estas ocasiones me sale el profe que llevo dentro. No puedo remediarlo.

marina dijo...

Es inevitable hacer comparaciones con nuestros viajes diarios en tren... Casi todos tienen el mismo latido hipnótico... Ese hilo musical que nos une a todos, sean los vagones de metal frío de la mañana, tostados por el sol mortecino, envueltos por silbidos de bosques densos o salpicados por la sal del mediterráneo.
Sergi,fins a la pròxima estació...!

Marsu dijo...

Qué susto me he dado, creía que se me había roto el ordenador y se salían sus tripas por la mesa. He estado unos segundos buscando el ruido como una tonta. Ya te vale con el tracatrá...

José C. dijo...

Sé que soy un pesado, amigo Sergi, que te digo casi siempre lo mismo, que tienes que pulir muchas cosas, que has de seguir trabajando, pero déjame que sea también un pelmazo en otra cosa que también te he dicho otras veces aunque no con estas palabras (creo) ni con esta emoción, después de leer tu último texto: tienes verdadera madera de escritor, estoy seguro de que el día que publiques, la novela, los cuentos, lo que sea, será algo vibrante, como te dijo el primer comentarista.

Me gustan los cambios que le estás haciendo a la página. La música árabe de los vídeos es una gozada.

Un fuerte abrazo.

Marcelo on tour dijo...

Estimado Sergi:

No he podido evitar el recuerdo de aquellos viajes en tren que cada año me llevaban, al menos una vez, a la vieja haciendita de mis abuelos. Era un tren bien distinto en algo al de tu relato, y es que se trataba de un largo recorrido, como dicen acá, y por lo tanto tu Lucía no habría podido tomarlo cada mañana del mundo, porque la mina se hubiera muerto agotada o algo peor. A lo mejor lo conoces, porque me contaste que estuviste allá hace muchos años, el viaje de Santiago a Puerto Montt duraba (y sigue durando, creo, eso no habrá cambiado mucho) un montón de horas, y el tren era lento y achacoso. Pero los paisajes del sur de mi país, la magia del Bio-Bio, los alerces, los volcanes, el lago y los frutillares (fresas, decís acá), en fin, me has recordado todo eso... pero sobre todo la sensación de irrealidad del paisaje, de extrañeza de sí mismo en el viajero, de tiempo indefinido, que las he ido reviviendo mientras leía esa primera parte delirante y atrevida de tu relato.

Se me cuida, compadre. Nos vemos en unos días, si todo va bien.

Isabel Romana dijo...

Felicidades por este texto, sergi. En la primera parte logras plenamente reproducir en la mente del lector el conjunto de sensaciones, ruidos, imágenes, sopor, que experimenta un viajero en la rutina del camino diario. En la segunda, la emoción que rompe todo lo anterior y transforma al personaje: deja de ser un cronista del ambiente y el paisaje para convertirse en protagonista del deseo. Besos, querido amigo.

fmop dijo...

Buen texto cargado de onomatopeyas y de imágenes bien construidas. Esa contrariedad aparente de describir un paisaje ferroviario con vocabulario marino le dan bastante realce a la descripción. Enhorabuena.


http://elsexodelasmoscas.blogspot.com/

Solvvinge dijo...

Chapeau, mi querido Albatros. Si yo fuera Lucía dudo que pudiera mantener la mirada en esa revista teniendo delante a alguien como tú. Quien sabe... si cuando repite ese ritual de buscar su reflejo en el vidrio de la ventana, lo que busca en realidad es tu propio reflejo en el justo momento en que tú te haces el dormido.

Al margen de Lucía, me encanta el ritmo de la primera parte y la descripción que haces de tu propio viaje. Veo un trayecto rutinario, tal vez de la ciudad al extrarradio, al que has sabido dotar de una belleza propia de un sueño sobre raíles. Los trenes tienen la virtud de invitar a viajar a nuestra mente al tiempo que lo hace nuestro cuerpo.

Y para concluír, sonrío porque... parece que los trenes me persiguen últimamente. Ya te contaré ;)

Un besazo enorme, Sergi.

Carmen

Gabriel Báñez dijo...

Sergi, noble y encarrilado texto. Ahí te puse en tus rieles para mi estación-. El abrazo siempre.

moderato_josef dijo...

El tren vía de comunicación indiscutible que transporta nuestros sueños y los transforma en vivos retratos de realidad palpitante. Felicitaciones. Me encantó visitarte y leerte. Un saludo!

Zoe dijo...

No me lo creo, no es domingo todavía (falta media hora) y ya estoy aquí! A ver si de una vez puedo acercarme a una de esas presentaciones de las que nos hablas últimamente y te doy un par de besos, y te pongo cara, y voz, y hablamos de todo un poco. Eso sí, que sean siempre en viernes por la tarde no me lo pone muy fácil, por los horarios, pero bueno.

Y respecto a este último post tuyo, hay una cosa que está clara, y es que te debe quedar mucho por aprender y todo eso, no lo dudo, el que es inteligente no deja nunca de aprender, nunca cree saberlo todo, pero el caso es que si miro lo que escribías hace tres años, y lo que haces ahora, aunque sea con la misma intensidad, o le pongas la misma pasión, lo que está claro es que has mejorado mucho, Sergi. Ahora escribes mejor, eso es incuestionable, y me hace pensar que en el futuro vas a dar muchas cosas buenas en tus obras.

Me ha encantado lo que he leído, haces que una se suba a ese tren, pero, más o menos como te ha dicho el anónimo, la primera parte parece un poema, y casi sin prosa, tal cual, y si no, mira debajo cómo se me aparece el poema, si lo hubieras concebido como tal.

Un besazo, sol, estamos en contacto.

"El rumor del tren
a ratos me acuna y a ratos me aturde,
el rumor del tren,
maquinaria errabunda,
cla-clac cu-cun,
el rumor del tren,
que a ratos me lleva en volandas y a ratos me tortura,
retumba,
trueno sostenido de tuercas y tornos
en rutinas proletarias,
cla-clac cu-cun,
herrumbre veloz y el paisaje tan lento,
una rauda cárcel de hierro
y una anguila de plomo que
cla-clac cu-cun,
y me bate un rumor de jugos
en las tripas del tren,
me repiten la leche ardiendo y la misma cocina,
en este rumor de ballena blanca,
panza arriba,
cla-clac cu-cun,
con las estrías del vientre al cielo brumoso del alba,
y como Jonás me asomo afuera
por el ámbar de los ojos,
y están, y pasan,
y cla-clac cu-cun,
y están, y pasan,
y se borran en la lejanía los postes de la electricidad,
maderos grises que renuncian,
y la llanura es un océano de ceniza,
cla-clac cu-cun,
y se hunde un caserío en el horizonte,
y la inercia del tren es un dedo en la espuma,
que dibuja la estela de una gran ballena,
y el sopor me vence en el asiento,
aunque el vidrio me hiele la sien,
y el suelo del vagón huela a betún,
cla-clac cu-cun,
y el rumor del tren,
que ahora me seda y al rato me sacude."

Es o no es???

Sergi Bellver dijo...

De eso se trata, Matías, de que la cosa vibre (onomatopeyas más o menos afortunadas aparte). En teoría es la primera parte de “algo” que seguirá. Subiré o me apearé de ese tren según me convoquen las ganas, pero digamos que, si no un relato, esto es al menos un retal, una tentativa de narración.

Relatos los tuyos, cachoperro, que ya me estoy leyendo (por orden, palabrita) los de tu libro, aún inédito, y que ojalá pronto vean la luz en papel, porque sin duda lo merecen.

Sergi Bellver dijo...

Como acabo de decirle a M, habrá próxima estación, Anónimo (dos o tres, por lo menos). Aparte de que es sólo la primera parte de algo que seguirá, estoy de acuerdo con que no es un cuento en lo formal, pero tampoco creo que pase nada si un relato se carga los puntos de giro, el planteamiento, nudo y desenlace y toda esa ortodoxia. Creo que “sé” hacer un cuento obedeciendo esa “norma”. Pero de un tiempo a esta parte me preocupa más ejercitar el estilo, probar cosas, etc. Lo que me hace sentir bien (aun sabiendo todos los defectos de forma del texto) es que la cosa se desborde y contagie “algo”, aunque sea sólo el ambiente, cierto estado de ánimo.

Gracias por fijarte en los detalles y lo amable de tu huella. Y bienvenido/a, si es que es la ¿primera vez? que vienes al albatros (estos anónimos, me tienen loco).

Sergi Bellver dijo...

Conociendo tus gustos, amiga Faerie, me alegra un montón que hayas tenido esa complicidad con el ruido de fondo del texto. Lo de la onomatopeya me tiene indeciso, por un lado consigue el efecto, pero por otro me parece que he abusado. Como me ha dicho un amigo cuentista (GRAN cuentista y mejor amigo), tendría que haber tratado de conseguir el mismo efecto con el propio ritmo de las palabras y ahorrarme ese recurso, tal vez algo facilón.

Por cierto, hoy me habían invitado al Teatro de Cámara Chéjov, pero me ha sido imposible acudir. ¿Lo conoces? Yo creo que, después de Kaspar Hauser y otras, te pegaría trabajar en iniciativas como esa.

Un estrujabrazo, niña.

Sergi Bellver dijo...

¿De qué me suena tu nombre, Ada Juneau...? Pues seguramente es más necio el protagonista, que fabula y divaga sin conocer de nada a Lucía (si es que se llama así), que ella misma, que no tiene que rendirle cuentas a nadie, pienso, si la chica decide ir a su bola. La vida es así, en realidad todo es desencuentro y extrañeza. Conocerse, comulgar, rozarse apenas un instante y reparar en el dichoso accidente, en esta vida que llevamos, me parece casi un milagro.
Ese primer párrafo trataba de ser confuso a propósito, porque el narrador-personaje va haciendo equilibrios entre lo consciente y la somnolencia.

Muchas gracias por pensar que mi bitácora pueda tener algo distinto, y distintivo. Espero merecerme tu regreso.

Un abrazo y bienvenida.

Sergi Bellver dijo...

Y bienvenida también, Ana Lucía, me alegra que te haya gustado. Repite cuando quieras.

Sergi Bellver dijo...

No sé si “el señor nevera” crea escuela o no, Palimp, pero sus cuentos suelen ser un buen revulsivo para que quien esto escribe no se permita la pereza, y trate (a menudo en vano) de resistir comparaciones.

Ah, mi libro, mi libro... si fuera un escritorzuelo de esos que arrastran un ego hambriento a todas horas, me daría prisa, movería todos los hilos, le haría todas las felaciones (intelectuales, claro, o quién sabe...) posibles a los que dirigen ciertos círculos de influencia, sería la más puta en el mundillo... con tal de ver Mi Obra (declamado, con toda la pompa) pero hete aquí que prefiero publicar dentro de dos años, si hace falta, con tal de haber escrito algo bello, potente y socavador, algo con efecto de veras en los lectores.

Suerte que, mucho antes (crucemos los dedos) en cuanto un editor con algo de vista se decida (yo estoy en una editorial pero no tengo esa potestad, por ahora...), tendremos pronto entre las manos ese libro de relatos de Matías Candeira (me estoy leyendo el manuscrito esta semana y me está entusiasmando, como a ti en su día).

Un abrazo, Palimp, a ver si me lo sigo currando tanto como para que regreses a menudo.

Pd: va el correo pendiente en breve, no me olvido.

Sergi Bellver dijo...

Bienvenida, Soledad. Me emociona también que mentes al de Isla Negra, porque en este caso concreto hay algo más que admiración hacia su poesía, en este caso hay una huella indeleble y compartida de antiguos viajes por aquellas tierras, por aquellas vías, entre aquellos bosques, donde los helechos eran hembras verdes que llevaban falda, y en su festón temblaban las gotas de lluvia... Se me clavó dentro el sur de Chile y ojalá un día pueda regresar a hurgar en la feliz herida.

Me atrevo a pensar que hay algo por encima de la forma, algo que enuncia la vida, que está latente bajo todas las cosas en equilibrio. Prefiero un texto que huela a verdad, aunque sea imperfecto, que un perfecto mecanismo de relojería que sólo sepa dar horas muertas. La emoción es la vara con la que mido casi todas las cosas, el conocimiento es un artesano necesario, sin duda, pero la emoción es el juez supremo de la belleza.

Un fuerte abrazo hacia esa estrecha pero amada esquina del mundo.

Sergi Bellver dijo...

Esta sí que es buena, Juan Carlos, que el albatros te haya hurtado un pedacito de emoción en el recuerdo me hace sentir orgulloso. Supongo que esa es la facultad de algunas de las cosas que leemos, que dejan que nos apropiemos de ellas para vestir un sentimiento intransferible, para traducir a lo personal lo que a priori nos viene de fuera.

De nuevo te doy la razón en que, tal y como está, no es un relato cerrado, ni tampoco uno deliberadamente abierto, pero el caso es que es sólo la primera parte, así que a ver qué tal voy trenzando el resto. Creo que das en el clavo, porque, aparte de eso, y de que aquí cuelgo entradas (cuando son ficción) que no me caben en el libro como relatos, que brotan sin mucho sentido, estas cosas son ante todo, un ejercicio de estilo: un entrenamiento en busca de no sé qué voz aún.

Para mí es un placer y un privilegio que te hayas tomado unos minutos en sacar al profesor. La perspectiva académica (por decirlo así) también le hace mucha falta a esta bitácora. Me consta que debes estar hasta la txapela de corregir cuentos en tus talleres, así que infinitas gracias. Es verdad lo que me dijiste en persona el otro día, mi tarea fundamental va a consistir en aligerar las cosas, en desbrozarlas.

Un abrazo a lo vizcaíno, es decir, usando los omóplatos de timbales.

Sergi Bellver dijo...

Debe ser por ese latido hipnótico, Marina, que no hay ninguna manera de viajar que tenga el mismo embrujo que el tren. Claro que el de la rutina diaria se acaba convirtiendo en un trámite más, en una mera inercia, como la que hace que pasemos todos los días por delante de un edificio maravilloso sin alzar apenas la vista. Pero también hay gente que, por ejemplo, debía cruzar la acera de la Sagrada Familia dos veces al día de lunes a viernes, y nunca pudo evitar elevar la mirada hacia esas agujas surrealistas.

En esos trenes que mencionas, en los matutinos, en los que surcan el verano, en los que se adentran en la arboleda invernal, o en los que bordean el azul, siempre viaja alguna persona que sabe distinguir la belleza al otro lado del vidrio. La vida se parece bastante a un viaje en tren, en muchos sentidos, y por las ventanillas asoman a veces cabecitas impagables, que las utilizan como algo más que espejos. O eso es lo que yo veo desde este andén, cuando pasa vuestro vagón.

Petonàs al nas, passatgera.

Sergi Bellver dijo...

Siento el respingo, amiga Marsu, sólo era por poner en situación a la gente en cuanto se dejara caer por el albatros. La próxima vez aviso, como en las estaciones, con un “ding dong diiing: se comunica a los señores viajeros...” o algo así.

Bueno, y el texto qué, ¿te gustó?

Y lo que es aún más importante, ¿sobreviviste a las labores de anfitriona con toda la tropa, este fin de semana?

Un besote.

Sergi Bellver dijo...

El día, José C., que deje de apreciar la atención prestada y te tenga por “pesado”, me avisas, que yo mismo me administraré la dosis preceptiva de collejas. Tengo que pulir, desbrozar, como le reconozco a Juan Carlos, trabajar siempre, trabajar mucho, y no es mala cosa que se me recuerde a cada rato, por si cometo la estupidez de pensarme alguna vez “instalado” en algo. Me ruboriza tu opinión, tanto más si no la tomo como cumplido de compromiso y me ha de cuadrar en la misma sinceridad con la que me sacas los defectos. Así que gracias de corazón.

Si te gustó la música de Anouar Brahem, échale un vistazo a la que colgué ahora en el Albatros Café (la voy cambiando cada cierto tiempo). La primera versión de Adiós Nonino es la original del maestro Piazzolla, nada que añadir, sublime. Pero tómate unos minutos en descubrir la segunda (sólo dicen cuatro frases al principio, presentando su trabajo, pero como el brasilero suena tan bonito, qué más da lo que digan, ¿no?), porque es de veras bella.

Abrazo al cubo (elevado, quiero decir, que de repente me ha venido una imagen a la mente que... no, nada de resacas, que este fin de semana he sido bueno).

Sergi Bellver dijo...

De nuevo me alegra desenterrar recuerdos, los tuyos y los propios, Marcelo. Vaya que si conozco ese tren... lo malo es que tuve la infeliz ocurrencia de tomarme un “mote con huesillo” en un parque cercano a la estación de Santiago y, como adivinarás, mi estómago de “gallego” no pudo resistir el efecto del líquido sospechoso, y me pasé la mitad del viaje (que hace 13 años era de unas 22 horas, por cierto, ¿y ahora?) implorando un poco más de papel higiénico e instalándome prácticamente en el lavabo del vagón. Menos mal que a partir de Temuco conseguí detener la colitis, con carbón y arroz blanco, y entre cabezada y cabezada, pude disfrutar del resto del trayecto.

La verdad, con agua embotellada y precintada, por supuesto, pero ahora mismo daría cualquier cosa por repetir el viaje.

Un fuerte abrazo y a ver si es verdad que nos vemos.

Sergi Bellver dijo...

Muchas gracias, Isabel Romana. En efecto el viaje de este texto es rutinario, cansino, y el protagonista-narrador lo asume, pero batalla contra la somnolencia, para llegar atento y predispuesto a la estación, cuando sabe que la vida se detiene y reemprenderá el camino con una posibilidad de cambio, cuando Lucía suba al vagón, y ese deseo le mantenga vigilante, a ver si ese día, al fin, sucede el milagro. Veremos qué pasa en la próxima estación...

Siempre tengo ración doble de sonrisa cuando te acercas al albatros, amiga, y más sabiendo que tampoco te sobra el tiempo.

Un petonàs amb orxata i fartons, xiqueta, vora la Malvarrosa.

Sergi Bellver dijo...

Gracias por leer el texto con buenos ojos, pero sobre todo con atención, Fmop. Creo que podría haber pulido más el vocabulario, para quizás haber prescindido de tanta onomatopeya y realzar de otro modo ese efecto que señalas, pero, en fin, tampoco creo que la historia en sí (casi un mero estado de ánimo ante el deseo no sublimado) merezca el trabajo de semanas que me están llevando los otros cuentos, a los que sí les sueño el papel.

Bienvenido y espero que te bajes de nuevo en próximas estaciones.

Sergi Bellver dijo...

El mundo está lleno de Lucías, queridísima Solvvinge-Carmen, y de lucios, besugos y demás fauna lacustre. El mundo está lleno de princesitas y peces bobos que no hacen otra cosa que mirarse en el espejo, en la pared del acuario, y olvidan al instante lo que de bello podría habérseles cruzado por delante. Yo también soy uno de esos lucios muchas veces, me temo. De todos modos, Lucía (si es que se llama así) ignora al narrador-protagonista (creo que no busca nada del otro en ese reflejo), y no tanto al autor, que de momento tiene la suerte de poder ir a trabajar caminando (esto es una trampa imperdonable, una excusa barata, porque no cojo ningún tren a diario pero sí resbalo en el vidrio de la indiferencia de ciertas Lucías que... En fin, tenía que intentar la maniobra de distracción, pero ya sabes que todo escrito es casi siempre autobiográfico).

Como le he contestado antes a nuestra amiga Marina, hay “algo” en el viajar en tren, sea a diario en el cercanías de las 07:29 o una vez en la vida en el Transiberiano, que es como una metáfora de la propia vida. Así como el mar lo es de la existencia, y por eso nos seduce, y nos sentimos hijos de algo más grande en su presencia.

Ten cuidado, a ver por dónde te persiguen, no sea que te arrollen, pero ya me contarás lo de tus trenes, que soy un curiosón.

Un estrujabrazo Atocha-Sants, por la vía 2.

Pd: tengo casi acabadas dos reseñas para tu biblioteca Papyrum, perdona que me haya demorado tanto, que voy de p*** c***, a ver si esta semana ya las acabo.

Y por cierto, ¿no tendrás la dirección de Tamudo, este chico tan majo, verdad? Era por mandarle un regalito de nada... Collons, quina mala sort!

Sergi Bellver dijo...

Noble no sé, Gabriel, pero con que el texto no descarrile, y funcione de alguna manera, ya me doy por satisfecho. Gracias por hacer obras en el andén, me entristecería que alguien, y sobre todo tú mismo, encontrara una vía muerta por no poner yo al día la otra versión del albatros. Ya me dirás si tienes cualquier problema con esta original, ahora que la reciclé.

Y añado, al hilo de lo que te comenté último en tu taller de Corte y Confección, lo de que el desinterés o la incapacidad evitan que circulen muchos trenes literarios entre España y la Argentina (y el resto de Latinoamérica): ¿puedo conseguir alguno de tus libros en Madrid?

Quedo a la espera, y el abrazo como nunca.

pd: seguro que te gustó el último menú del Albatros Café.

Sergi Bellver dijo...

Vibrante, emocionante, palpitante, gracias por añadir un sinónimo al efecto que persigo con lo que hago, Moderato Josef. Y qué bien que te haya cundido el apearte en esta estación. Ojalá tengas billete de vuelta y regreses en otra ocasión. Acabo de echarle un vistazo a tus bitácoras y, desde luego, vas cargado de equipaje y buenas intenciones.

Saludos ferroviarios.

Sergi Bellver dijo...

Apabullante, Zoe, mira que me han pasado cosas raras (en ambos sentidos, extrañas-absurdas y bellas-inusuales) con el albatros. Me han mandado anónimos ofensivos, me han intentado suplantar la identidad, me han hecho críticas feroces con máscara, me han ignorado por no ser complaciente, me han escrito alguna que otra declaración erótica, me han mandado anónimos generosísimos con críticas meticulosas a alguno de mis textos, han estampado un poema mío en las farolas de una ciudad, me han hecho una camiseta con una foto y la dirección de la antigua bitácora, me han regalado un Pc de manera anónima y desinteresada (esto se lleva la palma, creo), me han leído un texto en una clase universitaria, han repartido fotocopias de otro en una canaria, creo, etc., etc., etc., pero nunca me habían hecho un poema con mi propia prosa... Eres the milk, la verdad. Además me parece que has “cortado” y montado muy bien los “versos”, así que el mérito, si es que lo hay, es más tuyo que mío.

Ya sabes, gracias es poco, por ese “Zoe’s cut” del texto, y por todas las buenas vibraciones que me mandas.

Es verdad, las presentaciones a las que me refiero suelen ser a esas horas y en viernes, lo que a veces es un acierto y otras un impedimento para que acudan ciertas personas. Hay un colectivo interesantísimo de escritores en Madrid, por ejemplo, que no puede asistir casi a ninguna porque su reunión semanal de trabajo la tienen a esas horas, y todos los viernes. Y luego están los trabajadores con horario común, que salen a las ocho o así... En fin, a ver si pronto podemos coincidir, aunque digo yo que tampoco es obligatorio que sea en la presentación de un libro, ¿no?

Besos a vapor y con silbato.

Raquel dijo...

Hola, Sergi.

Cada día me gusta más como escribes. Me ha encantado tu relato. Perdón, tu texto, no me vayan a dar una colleja virtual por aquello del conflicto, el cambio y demás familia. Ahora en serio, me ha gustado mucho, mucho.

Un beso muy fuerte,
Raquel

lyamorgana dijo...

solo dejarte un beso

Nacho dijo...

Hay algunos excesos imperdonables en ese texto, te lo tengo que decir, con sinceridad, sobre todo en la primera parte. Las onomatopeyas nunca me han gustado, me parecen tramposas, algo para salvar los muebles cuando no se ha conseguido describir con palabras lo que quiere hacer el autor. Es como si pusieras una canción o una fotografía en vez de describir una música o una escena. ¿Te imaginas que los libros tuvieran que venir con un cd o un álbum de fotos, para cuando las palabras no alcanzan a describir lo necesario? Para quien le entusiasmen las onomatopeyas, fenomenal, pero si no es el caso, la lectura se hace pesadísima. Alguna que otra metáfora también se me hace un poco rebuscada, pero por lo demás el texto no está mal, hay alguna que otra imagen muy buena, y resulta interesante el contraste entre el primer ambiente onírico y la actitud espectativa de cuando la chica sube al tren. En fin, tienes mucho que mejorar todavía, pero tampoco vas por mal camino. Saludos otra vez.

Ada Juneau dijo...

Si alguien responde a un comentario con estas palabras:

“La vida es así, en realidad todo es desencuentro y extrañeza. Conocerse, comulgar, rozarse apenas un instante y reparar en el dichoso accidente, en esta vida que llevamos, me parece casi un milagro.”

Y si además ese alguien, en otro comentario, en un papel suelto, en un cuaderno, o donde sea, dice cosas como estas:

“de antiguos viajes por aquellas tierras, por aquellas vías, entre aquellos bosques, donde los helechos eran hembras verdes que llevaban falda, y en su festón temblaban las gotas de lluvia...”

“La emoción es la vara con la que mido casi todas las cosas, el conocimiento es un artesano necesario, sin duda, pero la emoción es el juez supremo de la belleza.”

“Supongo que esa es la facultad de algunas de las cosas que leemos, que dejan que nos apropiemos de ellas para vestir un sentimiento intransferible, para traducir a lo personal lo que a priori nos viene de fuera.”

“La vida se parece bastante a un viaje en tren, en muchos sentidos, y por las ventanillas asoman a veces cabecitas impagables, que las utilizan como algo más que espejos. “

“El mundo está lleno de princesitas y peces bobos que no hacen otra cosa que mirarse en el espejo, en la pared del acuario, y olvidan al instante lo que de bello podría habérseles cruzado por delante. Yo también soy uno de esos lucios muchas veces, me temo.”


Entonces, no me extraña que empapelen las farolas de cualquier ciudad con las palabras de ese alguien. No sé si prefiero tus entradas o tus huellas, Sergi, en todo caso, disfruto leyendo ambas cosas. Le respondes a otras personas en esos comentarios, cierto, pero en realidad, a menudo, es como si me hablaras a mí, o a cualquiera que esté leyendo. Es un placer mirar por el ojo de la cerradura de tu puerta.

¿Mi nombre? Sólo es un antifaz como cualquier otro, tal vez te suene de alguna fiesta de disfraces, quién sabe, qué importa.
Besos.

posdata: en cuanto a ese tal Nacho, no te preocupes demasiado por lo que ha escrito, Sergi. Me gustaría decirle que las onomatopeyas, como todo, pueden ser acertadas o no, todo depende del dónde y el cómo, y que no he visto ninguna metáfora en ese texto que estuviera fuera de lugar. De hecho, se lo digo, y añado que la crítica constructiva es siempre útil, pero que su comentario me ha parecido un poquito arisco y vanidoso, como mínimo.

Sergi Bellver dijo...

• Raquel, esto de la escritura y la lectura debería ser como otras dos artes que nunca engañan, la música y la cocina (sí, no me he vuelto loco, he dicho dos artes). Al oído y al paladar es muy difícil engañarles, y nadie convierte una estridencia en una sonata ni sale del restaurante complacido si el menú sabía a rayos. Sin embargo, a no ser que sea un musicólogo o un gastrónomo de alto copete, tampoco sale preguntándose por las conexiones cuánticas de todo el puzzle. Simplemente lo disfruta o lo olvida. Por lo tanto, gracias por pensar que poco a poco voy afinando los instrumentos, y atinando con el punto de sal de mis guisos.

Un abrazo enorme.

• Lya, querida, sólo con saber que cierta bailarina sigue la pista del albatros de vez en cuando, desde el caótico D.F., ya basta para mantener el afecto intacto.

Otro beso por bulerías.

Sergi Bellver dijo...

Aunque es evidente que no estoy de acuerdo con varias de las cosas que dices, Nacho, lo que me provoca cierta inquietud es el tono, entre condescendiente y resabiado, con el que las expones. Te lo tengo que decir me suena a imperativo exagerado y, al fin y al cabo, tu opinión es tan válida como la de cualquier otro, y tan espontánea como gratuita, es decir, libre. Di lo que creas conveniente y ya, sin justificarlo, y sin tanto aspaviento. Hay otras personas que han empleado otro acento para señalar cosas parecidas. Yo mismo he dudado de la legitimidad de esas onomatopeyas, por ejemplo, pero tampoco hay que ponerse tan estupendo, creo, con lo que no deja de ser una entrada más de la bitácora. No digo que no deba pedirse un mínimo de rigor en lo que se publica, en todo lo que se publica, sea en papel o en una pantalla como esta, pero no es lo mismo, en ningún caso, un relato trabajado, corregido y pulido durante meses, que un ejercicio de estilo como el que nos ocupa, al que uno le ha dedicado un par de horas. Hay que señalar los defectos, por supuesto, y estoy atento para sacar partido de toda crítica argumentada, pero no hay que emplearse tan a fondo, como si estuvieras escribiendo una reseña para el Babelia, vamos, creo yo.

Por cierto, el narrador-protagonista hace un poco de eSpectador, pero es algo más que eso y, en todo caso, estaría a la eXpectativa del deseo por cumplir. Se te escapó una falta, pero no te preocupes, en Babelia también sucede de vez en cuando y aún hay quien lee ese suplemento ¿cultural? como si fuera la Biblia de las Letras.

Sea como fuere, y a pesar de todo, gracias por esa "bendición papal" al final de tu intervención, y por tu tiempo, ya que por lo menos te has leído el texto, que no es poco.

Sergi Bellver dijo...

Vaya, Ada, debería añadirle una hache a tu nombre, porque en un segundo, como con una varita, has conseguido dibujarme otra vez una sonrisa. Gracias de todo corazón, sobre todo por el esfuerzo de ponerte a copiar esos fragmentos, por el tiempo y el cariño que le has puesto a tu comentario (el trabajo de orfebrería de tu huella, debería decir), y sobre todo por la inmerecida atención con la que me abrumas. Como dijo un amiguete en su bitácora el otro día, y como ya he dicho yo en la mía alguna vez, los lectores son, de largo, lo mejor de este lugar.

Tienes parte de razón cuando dices que escribo para todo el mundo, aunque esté contestándole a una persona en particular, porque supongo que al ser públicas todas las huellas, no dejo de tener en cuenta que la palabra empleada seguirá definiendo mi motivación y mi empeño en esta tarea del escribir. En fin, gracias otra vez, aunque hago una salvedad con esta idea, y me refiero a tu posdata. Te agradezco también ese gesto, pero por experiencia, sé que es mejor mantenerse al margen de estas cosas y evitar que nada te salpique. Ya me apañaré yo con las críticas, sean constructivas o gratuitas.

Lo de las farolas fue un arrebato de una amiga latinoamericana, una entrañable locura que le agradeceré siempre. A esta amiga le hirvió la sangre con uno de mis viejos poemas, pero estoy lejos de reincidir en ello, ya que no me siento dotado para la verdadera poesía. Sólo fue una búsqueda más, ahora abandonada.

En fin, me quedaré con la incógnita de esa rara familiaridad. Pensar en un carnaval veneciano me estimula.

Un fuerte abrazo.

MentesSueltas dijo...

Pase a conocer tu espacio, atraído por el nombre... y debo decir que descubrí tus hermosas letras. Comaparto con los comentarios anteriores, una historia relatada en forma excelente.
Volveré.

MentesSueltas, Buenos Aires

MaleNa dijo...

Escribo lo que siento, al fin y al cabo es lo único real, lo nacido en la boca del estómago.
Los trenes tienen una añeja melancolía, no importa que paisajes atraviesen, siempre en sus ventanas llueve.

Suelo tomar el que va desde Flores a Once, atravesando Buenos Aires., tantas veces cierro los ojos e imagino otros paisajes, nunca miro a mí alrededor, voy con mis imágenes internas.
Tu mano me lleva por el andén de la nostalgia.



Pd. Adiós Nonino en la versión que sea, hace que acaricie nuevamente a mi padre, bendito sea.

Sergi Bellver dijo...

A lo mejor no lo recuerdas, Mentes Sueltas, porque fue allá por el Pleistoceno, pero gracias "casualmente" (cada vez creo menos en esa palabra) a nuestra querida amiga, esa que siempre está Encendida en Buenos Aires, supe de ti y te dejé una vez un comentario en tu espacio. Me alegra mucho que el destino haya dado las vueltas necesarias para que llegues a mi puerta y te vayas satisfecho con la visita.

Bienvenido, procuraré seguir adecentando mi casa para cuando regreses.

Sergi Bellver dijo...

Sabes mejor que nadie, MaLeNa, mi pequeño haiku encendido, que las palabras a veces no bastan ni valen, y que tú y yo tenemos un andén, en alguna parte, en el que apearnos y apear al tiempo de su alocado viaje.

Estás, siempre, a todas horas, mi querida amiga, cómplice y camarada. Estás con tu pincel de carne y hueso, pintando la belleza por todas partes.

Bendita tú por mantener siempre limpia tu fe en las personas lindas.

Es una suerte conocer a alguien como tú.

ella y su orgía dijo...

Menudo granito en el culo nos ha salido en el Albatros. Tú ni caso, querido, que nosotros estamos a otras cosas.

Besos orgiásticos.

PD: Por cierto, y a seguir escribiendo tan lindo.